domingo, 18 de agosto de 2019

Impuestos

—En castellano la palabra impuesto es bien transparente.
—¿Que quiere decir?
—Que algunos elementos de su significado los ve enseguida cualquier hablante.
—¿Por ejemplo?
—La ausencia de altruismo. Impuesto es, en primer lugar, el participio del verbo imponer. El verbo imponer viene preñado de connotaciones que implican fuerza, incluso violencia. Cuando el participio se sustantiva para nombrar las aportaciones dinerarias de los ciudadanos al sostenimiento de lo público, no pierde en absoluto la idea de coacción: los impuestos se exigen.
—No parece cosa muy democrática.
—En origen quizá no lo fuera. Ahora lo es plenamente: los impuestos, impuestos por quien tiene la potestad legítima de imponerlos, son la esencia de la democracia moderna.
El conservador cree que don Juan exagera:
—Y ¿dónde mete usted los derechos y las libertades, la iniciativa individual, la seguridad jurídica, la propiedad privada? ¿Se olvida de ellos?
—Cómo me voy a olvidar. Solo digo que, sin impuestos, la democracia es una quimera.
—Explíquenos eso.
—Frente a la palabra contribución, que mantiene parentesco con la generosidad, casi con la limosna, los impuestos entran en la órbita imperativa de la justicia: concretamente, tocan a esa parte primordial de la justicia llamada equidad. La democracia, para llevar dignamente el nombre, ha de ser equitativa.
—¿En qué consiste la equidad?
—En dar a cada uno lo que merece.
—Luego habrá quien reciba más y quien reciba menos.
—Naturalmente. La democracia surgida de la Revolución Francesa aspira a un máximo de libertad, igualdad y fraternidad, que no llegará gratis de la noche a la mañana, sino paulatina y trabajosamente. Hoy nadie sensato alberga dudas acerca de que la libertad ha de ser mucha y la misma para todos; de que la igualdad absoluta ni es posible ni buena, pero que sí es bueno reducir los márgenes de la desigualdad social y económica mediante mecanismos eficientes que están ya bien ensayados —la educación pública obligatoria, la sanidad universal, los seguros y servicios sociales—; y que eso solo se puede lograr mediante la fraternidad. Ahora bien, por razones obvias, no cabe confiar en la fraternidad puramente altruista, en la caridad cristiana o cosas parecidas; por el contrario: para dar los resultados que se esperan —mengua de la desigualdad y extensión de la libertad— la fraternidad tendrá que ser forzosa, es decir, impuesta mediante impuestos. De ahí que, por equidad, determinados ciudadanos recibirán más y pagarán menos —los que tienen menos y necesitan más—, en tanto que determinados ciudadanos recibirán menos y pagarán más —los que tienen más y necesitan menos—, porque todos merecen un mínimo idéntico que les garantice la vida digna y el ejercicio efectivo de las libertades.
Al rojo le dan ganas de aplaudir; el conservador muestra reticencias:
—Reconocerá usted que numerosas veces los impuestos no están bien diseñados, que la recaudación es ineficiente, que lo recaudado se malgasta o despilfarra…
—Por supuesto, pero esas son cuestiones técnicas que no echan por tierra los principios. Lo mismo que hay cuestiones políticas que tampoco los rebaten: cuánto se debe imponer, a quiénes, cómo se debe gastar, en qué…
—El dinero donde mejor está es en el bolsillo del contribuyente.
—Claro. Los impuestos no son confiscaciones: al ciudadano rico, después de pagar impuestos, le debe quedar lo suficiente para vivir con desahogada comodidad, hasta con lujosa ostentación. De buena tinta sé que aquí en España los ricos no sufren penalidades.
—Los impuestos asfixian la economía.
—No hay ningún ejemplo que lo demuestre. Más bien al contrario.
—Lo privado es más eficiente que lo público.
—Lo dudo. Y en ciertos sectores lo privado se limita a parasitar lo público.
—Entonces, ¿por qué los dirigentes políticos presumen de bajar impuestos y se atreven a calificar eso de revolución? —pregunta el cándido.
—Acaso por ingenuidad; porque Vox, de hecho, ha ganado las elecciones; o por experiencia propia.
—¿Experiencia propia?
—Mire a Díaz Ayuso. Pensará: si a mí me ha ido bien evadiendo impuestos y dejando sin pagar los préstamos, generalicemos la receta.
—Don Juan…
—O porque nos está empezando a gobernar —en beneficio propio y de su clase— gente que nunca ha bajado al metro, que no ha pisado jamás un hospital público, que se educó en colegios privados, que juega al golf, que no se tumba en la arena de la playa sino en la cubierta del yate, que come en restaurantes de trescientos euros…
—Pero los vota gente que sí necesita los hospitales y colegios públicos, que baja al metro diariamente, que se sofoca en playas atestadas y bebe tinto de verano en chiringuitos hediondos…
—Estarán aguardando a que les toque la lotería para dejar de hacerlo.

domingo, 11 de agosto de 2019

Serpientes de verano

—¡Ay, las serpientes de verano! —suspira don Juan mientras dobla y aparta un periódico viejo.
Agosto, por lo menos en España, es un mes diferente. Si estuviéramos en el hemisferio sur —en la Argentina, por ejemplo—, diríamos que el país hiberna, que se aletarga como los osos o los reptiles: mengua el ritmo de la vida, cierran numerosos establecimientos, bastantes acortan el horario, y en las calles se nota el vacío de una población diezmada, huida u oculta en madrigueras.
—Hace mucho que no va usted a la playa, don Juan.
—Hace mucho, sí; pero me acuerdo. La actividad de los sitios de playa, aunque bulla frenética, se parece solo superficialmente a la actividad usual de los meses laborables; agosto es el domingo del año: unos pocos se matan a trabajar atendiendo el ocio de la mayoría.
—Y les pagamos miserablemente —el rojo lleva el agua a su molino.
—Ese es un asunto distinto —justifica el conservador.
—Es el mismo asunto. O ambos quedan bien próximos —interviene don Juan—: hablaremos de ello.
—¿Cuando hablemos de los sueldos de los políticos? —dice mordaz el cínico.
—Quizá.
—Entonces, ¿de qué estamos hablando hoy? —pide socorro el despistado.
—De la prensa. La prensa también se aletarga. Los periodistas de primer nivel, seguros de que en agosto no ocurrirá nada memorable, se van de vacaciones; toman el relevo los subalternos o los desdichados becarios; a ellos les encargan que llenen las revistas de verano con asuntos ligeros, intrascendentes, divertidos —la palabra se usa mucho—, que cualquiera entienda sin esforzarse demasiado.
—¿Las serpientes de verano? —pregunta uno.
—Las serpientes de verano son antiguallas: los directores las prohíben —responde el culto.
—En sentido estricto, si: ningún periódico, por chapucero que sea, se atreve ya a jugar con Nessie, la serpiente estival por excelencia. Ahora bien: hay muchos nessies, y no todos viven en los lagos de Escocia.
—¿Se refiere a eso que llaman fake news?
—No: las fake news —o sea, los bulos aventados con el propósito de intoxicar— brotan feraces durante todo el año, siempre al servicio del creador o promotor. Las serpientes de verano, en cambio, son el simple y desnudo resultado de una manera de trabajar menos rigurosa, acaso sustentada en la creencia de que las facultades mentales del lector disminuyen en agosto.
—También hay periódicos que se dedican permanentemente a las serpientes de verano —puntualiza el escéptico.
—Quién lo duda. Conocemos varios de por aquí cerca: especialistas en lo inane. No merecen atención nunca, en ningún caso, por aburrido o aletargado que uno esté. Tampoco merece la pena detenerse en los pobres periódicos deportivos, que serán fáciles de llenar un lunes después de la jornada de liga, pero que ahora, sin Mundial ni Olimpiadas, no tendrán más remedio que recurrir a neymares diversos.
—¿Entonces?
—Se lo he dicho: las serpientes de verano de los periódicos serios.
—Miente alguna.
—Las costumbres y tradiciones populares son un filón; la sociología comparada; la psicología positiva; la medicina milagrosa; la historia anecdótica o insólita o jamás contada; la arqueología, sobre todo la que se refiere a civilizaciones perdidas, o la que confirma o refuta convicciones asentadas de tipo patriótico o religioso…
—El País le está prestando mucha atención últimamente a la arqueología.
—Y, en la estela, los medios provinciales… ¿o eran provincianos? —duda histriónicamente el cínico.
Don Juan no se para:
—La última información del El País sobre Alarcos tal vez entre en el saco de las serpientes de verano.
—Hombre, don Juan, que la avalan tres prestigiosos arqueólogos.
—Pero la firma un periodista al que se le va la mano con facilidad. Fíjense en el torpe subtítulo: Los expertos creen que pudieron participar en la batalla en la que el general cartaginés Amílcar murió.
—¿Y no lo creen?
—No se atreverán a jurarlo sobre los Santos Evangelios. Lo que apuntan prudentemente es: No sabemos el papel concreto de estos íberos de Alarcos en los sucesos de la época de la Segunda Guerra Púnica, pero es muy tentador [aunque muy poco probable] imaginar que estuvieran con el cartaginés.
—No se ponga usted estricto, que es verano; además, las incoherencias entre titular y cuerpo son moneda corriente.
—Mal de muchos... Y no me pongo estricto: cuando intento comulgar con ruedas de molino, me atraganto.
El despistado, que lo miraba distraído, levanta los ojos del periódico y pregunta ingenuo:
—¿Esto de la Corte de Honor de la Virgen del Prado también es serpiente, don Juan?
El rojo se adelanta:
—En el apartado de costumbres y tradiciones populares.
El conservador salta raudo:
—Es buen periodismo al servicio de las costumbres y tradiciones populares.
—¿Don Juan?
Don Juan engorda la lista de aplazamientos:
—Es tarde: otro día.

domingo, 4 de agosto de 2019

Excursión

Desde hace cinco años —mentira parece— don Juan nos invita a comer en Navaltizón el primer sábado de agosto. Se trata, quizás y a la vez, de cerrar un curso y abrir el próximo, puesto que, jubilados, el hiato vacacional ha desaparecido. Como en otras ocasiones, ayer los más valientes acudimos al amanecer porque íbamos de excursión. La mañana era fresca; el cielo de un azul blanquecino; por Ruidera el sol se levantaba orondo y cegador.
—¿Adónde nos lleva, don Juan?
—A la ermita.
Pero en las excursiones de don Juan —y en los discursos del alcalde— el camino importa más que la posada. De modo que no vamos a la ermita: la ermita es el mero pretexto para un paseo de doce o catorce kilómetros siguiendo el itinerario tradicional de los solaneros que vienen a la romería de la Virgen de Peñarroya.
El casero nos acerca en la furgoneta a la Casa de don Jerónimo; desde allí echamos a andar hacia el nordeste; el camino es fácil, llano, muy agradable. Don Juan habla de la Virgen de Peñarroya, que se apareció en término de Argamasilla a un pastor de la Solana y es patrona de los dos pueblos; cómo pasa cuatro meses en cada uno y cuatro en la ermita; las romerías, los cultos, los roces que de cuando en cuando se suscitan por cualquier menudencia. Explica también el paisaje y sus cambios a lo largo del tiempo, sobre todo desde las desamortizaciones del siglo XIX: las casas y casillas, los caminos, los cultivos, las manchas de monte que aún sobreviven. En poco menos de dos horas, casi sin darnos cuenta, llegamos a una balsa enorme que se alimenta del canal de Peñarroya. Descansamos mientras don Juan refiere la historia de los desbordamientos del Guadiana, del canal, del pantano, de los regadíos, de la Mancha Verde que encandiló a tantos —a Francisco García Pavón, por ejemplo— y que todavía nombra a un grupo folclórico… Bajamos al cauce del Guadiana, lo remontamos; exploramos las tristes ruinas de los molinos hidráulicos, la motilla grandiosa y enigmática. El pie de la presa nos cierra el paso: hay que subir. La subida es breve, pero muy empinada; don Juan, manejando sabiamente la garrota, va el primero; algunos quedan rezagados. Al llegar arriba, la mole del castillo se refleja en el acero lustroso del embalse, casi lleno. Descansamos; los hay que se sientan en el suelo, en los bancos, que se apoyan en el pretil; don Juan aguanta de pie, las dos manos en la empuñadura del bastón.
Visitamos el castillo y, en él, la ermita; la Virgen no está: a mediados de septiembre regresará de Argamasilla; luego la llevarán a la Solana; en enero volverá al santuario; permanecerá aquí hasta abril. Reparamos largamente en las pinturas murales, bien interesantes y bien restauradas; salimos al pantano; a mí me fascina una pareja de cormoranes: se sumergen intrépidos, los veo bucear bajo el agua transparente; se me pierden; reaparecen largo trecho después; en un risco se secan las alas al sol.
Viene el casero con la furgoneta; trae víveres: vino, pan, queso, jamón, embutidos; almorzamos mejor que un obispo.
—No te burles —dice amablemente el conservador.
El rojo me defiende:
—Es la verdad; los obispos de hoy son austeros: peor para ellos.
—La templanza es una virtud cardinal.
—Que las jerarquías eclesiásticas no han practicado siempre.
—Porque estaban más atentas a las virtudes teologales —apoya el cínico.
El conservador no se arredra, ironiza:
—Ahora las virtudes —teologales y cardinales— son cosa de los vuestros.
—¿Por qué lo dices?
—Porque todos presumen de sobriedad y rectitud. Y de practicar la caridad. Mirad las barras bravas de Ada Colau.
El rojo se escama:
—¿Qué hace Colau?
—¿Ella? Lo desconozco; sus partidarios, en cambio, defender la subida de sueldo arguyendo que una buena parte la dedica a obras pías.
Don Juan no quiere que la discusión empiece tan pronto:
—Luego repasaremos los sueldos de los políticos.
—Sí, pero anticípenos algo
—Quizá tenga interés hablar de los políticos que hay en España y de cuánto ganan. A mí, de todas formas, no me parece esa la cuestión decisiva, sino qué beneficio reportan a los ciudadanos en comparación con trabajadores que cobren igual.
—¿Y de las limosnas?
—Que pertenecen a la vida privada; publicarlas y presumir de ellas es ridículo; si uno quiere ganar el cielo de esa manera, que se lo calle: Dios lo ve todo.
Los demás callamos también; volvemos a la casa; comemos y bebemos sin templanza ni culpa. Cuando llegan las copas no tenemos fuerzas para ahondar en profundidades: ya las tendremos.

domingo, 28 de julio de 2019

Aprendamos a ignorar

En la tertulia todos estamos decepcionados; el conservador también.
—¿Y por qué no os abstuvisteis?
—Por respeto.
—¿Respeto?
—A nuestros votantes, pero sobre todo a los vuestros; ellos esperan —esperaban— con ilusión que seáis —fuerais— capaces de poneros de acuerdo: ¿quiénes somos nosotros para meternos donde no nos llaman?
El rojo no tiene alientos para porfiar:
—Visto así…
—No hay otra manera de verlo. La noche del 28 de abril todos los españoles —unos contentos, otros tristes— nos acostamos convencidos de que habría gobierno de izquierdas y de que duraría cuatro años. Si no lo hay aún no es por culpa de los votantes en general ni de los partidos que perdieron las elecciones, sino de quienes aparecían eufóricos tras haberlas ganado.
—¿Qué opina usted, don Juan?
—Que nuestro amigo acierta. No se puede mendigar al adversario que te saque del atolladero del que tú no has sido capaz de salir.
—No será fácil negociar con Iglesias.
—Debe ser muy difícil. Los podemistas constituyen el prototipo de secta milenarista nacida de una experiencia pentecostal —o sea, mística, alejada de toda racionalidad política— como fue la concentración del 15 M en la Puerta del Sol. De allí salieron inundados del espíritu santo, seguros de que los cielos se hallaban al alcance la mano, de que no habría obstáculo que se les resistiese, y despreciando los votos de los gentiles, a los gentiles mismos. En ello perseveran muchos años después, pese a los chascos y las defecciones: en el fanatismo de pueblo elegido, en la desconfianza hacia los infieles, en la terquedad de mula. El conspicuo espécimen podemista es Raquel Romero. Iglesias, aunque suavizado en las formas, se le parece mucho: si la realidad tozuda de los votos se le opone, peor para la realidad; importa la pureza de la fe. De modo que, en efecto, no será fácil negociar con ellos: ¿se imaginan ustedes a un corintio del siglo I, civilizado, tibio y descreído, negociando con san Pablo?
—¿Entonces?
—Solo cabe aguardar a los herejes, que alguno habrá. O a los milagros.
—Tampoco es usted muy racional…
—En estos tiempos hoscos la sensatez, la generosidad, el equilibrio, la razón, la reflexión quizá se hayan convertido en rémoras para la dicha: aprendamos a ignorar.
—¿Eso nos aconseja?
—Se trata de un verso del romance de sor Juana Inés de la Cruz que empieza proponiendo: Finjamos que soy feliz, / triste pensamiento, un rato.
—¿Y a qué cuento viene?
—A que pudiera ser buena receta para lograr la beatitud y a que el otro día vimos en la Universidad Popular una función que se llamaba, precisamente, Finjamos que soy feliz.
—¿Le gustó?
—Hubo cosas que me gustaron.
—Desmenuce.
—Asistimos al intento de montar una obra de teatro, con textos de sor Juana, mediante el cual la directora pretende hacerle decir cosas que posiblemente ella nunca quiso decir —¿o sí?—, mientras que el actor se resiste a desertar de lo que dijo literalmente. Se trata, por tanto, de teatro dentro del teatro. La obra es compleja y tal vez confusa o equívoca; pide del espectador que conozca bien la vida y la obra de la monja —la poesía lírica, las comedias, las cartas—; que esté al tanto del uso de sus textos en los diálogos —con diferentes propósitos— que mantienen los actores; que posea las claves de determinados feminismos y su jergas —espléndido el lenguaje inclusivo de la directora—, y que se sumerja en el México de hoy, representado distópicamente a través de un noticiero televisivo sumamente agudo.
—¿Demasiado ambiciosa?
—Probablemente. El objetivo es que nos replanteemos el papel de sor Juana en tanto que mujer, culta, escritora, monja y criolla en un mundo frecuentemente inhóspito; que apreciemos su vigencia en el nuestro, no tan distinto de aquel; y que veamos cuáles son las lecturas de la vida y la obra pertinentes hoy. Mucho, desde luego.
—¿El público lo entendió?
—Cabe dudarlo. Cuando nosotros estuvimos el público era de acarreo, y el tifus —así lo dicen los taurinos— muy abundante. Los comentarios que oíamos al salir, aparte de lamentar el calor y la incomodidad de los asientos, expresaban la decepción de quien no comprende algo que le han anunciado como teatro y que no se ajusta a la idea que él tiene del teatro.
—¿Por qué el tifus?
—Porque los organizadores se temerían la ausencia de los cultos y no querrían que la sala quedara desierta.
—¿Le parece bien?
—¿La ausencia de los cultos? Ellos sabrán. En cambio, regalar entradas a cierto público para ciertos espectáculos acaso resulte desacertado: creará más rechazo que afición. No me pillarán en otra, dijo alguno.
—Lo mismo que si se repitieran las elecciones.

domingo, 21 de julio de 2019

'Bello es el riesgo'

Los días del Festival el Marqués está lleno de exquisitos. Mientras dura la invasión, nosotros les cedemos el puesto y escapamos a la penumbra fresca de un bar de la ronda. Los clientes habituales, ajenos desde luego a las selectas pompas de la farándula, juegan al dominó con natural y ruidosa desenvoltura o miran en la tele las cuestas del Tour sin hacernos demasiado caso, aunque nos saludan al entrar con la cortesía indispensable y a don Juan, incluso, alguno con educada familiaridad. En cambio, el camarero, que por exigencias del oficio está atento a fidelizar nuevos parroquianos, sí nos sirve más ágil y quizás más esmerado que a los fijos: recibe en pago justas pullas, las cuales, como no tienen intención de ofender, a nadie ofenden.
Entre que nos acomodamos y ponen los cafés, pienso para mí que estos bares a estas horas son lo mejor de España; se me ocurre la idea de que, si Sánchez e Iglesias hubieran negociado en un bar de pueblo, rodeados de jugadores de dominó y sufridos espectadores del Tour, ya habrían cerrado el trato[1] y convidado al alboroque. Claro que ellos no pisarán sitios así.
La desatinada idea, que callo, me saca momentáneamente de la conversación. Al volver, don Juan muestra un librito cuya filiación —vamos aprendiendo— reconozco enseguida: de la colección Adonáis; me esfuerzo un poco: en la faja pone que ganó el premio de 2018; distingo el título: Bello es el riesgo[2]. Un amigo lo está refutando:
—Será para los jóvenes; a nosotros los riesgos nos estorban: ¿o está usted para aventuras?
—Quizá nos conviniera emprender esta: a muchos los consuela en la vejez.
—¿Aventurarse a los riesgos?
—Al riesgo de creer en el alma inmortal.
Palabras mayores: en la tertulia se hace el silencio; hasta parece que decae la algarabía del dominó.
—Sócrates en el Fedón. Está a punto de tomar la cicuta: porque cree en la inmortalidad del alma, se enfrenta a la muerte con absoluta tranquilidad.
—¿Usted también?
—Confío en tener la muerte más lejos —dice sarcástico—. No se trata ahora de hablar de estas cosas, sino del poemario. Entre Sócrates y Cristo, es decir, entre la filosofía y la fe, la autora traza un libro espléndido, formalmente impecable, denso, emocionante y a ratos irónico. Un libro, además, que lleva a otros a Platón —gran poeta—, a Jenofonte —¡El mar, el mar!: la adolescencia—; o a saberes olvidados: las Tenebræ, por ejemplo, o el Exsultet. Hasta incluye —obligado tributo a la modernidad— un poema de haikus. Y en otro —«Don y oficio»: escueta precisión— cuenta cómo se ha de escribir un poema.
—O sea, que le ha gustado.
—Me ha fortalecido en la fe de la poesía, que no es poco.
—En estos tiempos hay más poesía que nunca.
—La misma. Poesía ha habido siempre en abundancia; buena, poca; mala, a hinchar. Hoy la poesía mala es más visible: nos persigue a todas horas. Y los malos poetas nos acosan tenaces con recitales y libros deprimentes: dan ganas de huir. Gracias a Dios, no faltan poetas, libros y recitales que animan.
—¿Se refiere a Almagro Íntimo[3]?
—Podría.
—¿Estuvo usted? ¿Se coló[4]?
—Llegué a las ocho y diez; la cola no era larga; la seguí pacientemente; vi cómo crecía, cómo los organizadores se inquietaban; entré en mi turno; me puse detrás de unas maestras cuyos alumnos habían dibujado a Gala: exultaban.
—¿Cola en un acto poético?
—Era por el flamenco, no por los poetas convencionales.
—El año pasado trató usted duramente al recital; ¿qué opina de este?
—Ha mejorado. Entre otras cosas, gracias al flamenco: muy bien tocado, muy bien cantado y muy bien recitado: Luz de luna inundó el auditorio de genuina poesía, y El Piyayo, a mí, me devolvió a la infancia: un respeto imponente merecen el que cantó —Raimundo Espinosa—, el guitarrista —Joaquín Ángel Aranda— y Valeriano Gascón, el recitador.
—¿Poetas y poemas?
—De distinta calidad. Buenos los poemas de Galanes; dignos los del resto. Lástima que dos flaquearan: uno, ampuloso panfleto, no hubiera estado mal rapeado, recitado dejó visible la futilidad literaria; el otro, los otros, premiados y todo, los podría haber escrito y cantado Pimpinela. Y sigo pensando que a los poetas se les debería evitar el paso bajo las horcas caudinas de leer en voz alta a los clásicos: por momentos sospeché que —algunos/as— leían mal porque no se enteraban de lo leído.
—¿El homenaje a Gala?
—Saben lo que opino de Gala.
—Entonces, ¿no le convence Almagro Íntimo?
—Habría que aligerarlo y pulirlo.
—O sea: arriesgar —sugiere un amigo.
—Bello es el riesgo.

[1] Hace tres meses que se celebraron las elecciones generales. Todo el mundo dio por hecho entonces que habría gobierno de izquierdas. Sin embargo, todavía no hay pacto. Y mañana comienza el debate de investidura…

[2] Marcela Duque. Bello es el riesgo. Ediciones Rialp. Madrid. 2019. Diez euros.

[3] La tercera edición de Almagro Íntimo se celebró el lunes pasado (15/07/19) en el patio —ellos dicen claustro: a saber por qué— del Museo Nacional del Teatro. El «homenaje» estuvo dedicado a sor Juana Inés de la Cruz y a Antonio Gala. Los poetas intervinientes fueron Juan José Alcolea, Pilar Astray, Alberto Ávila, Ester Bueno, Miguel Galanes, Rafa Psico, Pilar Serrano y Nieves Fernández.

[4] La afluencia sorprendió a los organizadores. Como superaba el aforo, hubo gente que se quedó afuera; sin embargo, parece que a ciertos enchufados les dejaron entrar.

domingo, 14 de julio de 2019

Miguel de Molina y la Reina

Suponía yo que íbamos a hablar de las exposiciones que, por el Festival, hay en diversos sitios. El fin de semana pasado y ayer mañana las visitamos; la de Miguel de Molina me gustó mucho: el montaje, aunque profuso, es bello y eficaz; los materiales, curiosos y bien escogidos; las explicaciones, suficientes y atinadas; y algunas partes —la galería de retratos tapizando una pared entera, acaso inspirada en las que perduran todavía en numerosos bares y tabernas castizos—, evocadora de un tiempo —amarillo ya— que no acaba de fenecer. Lo que no supuse es que la plática se iba a despeñar adonde se ha despeñado.
—¿Qué tiene que ver Miguel de Molina con el teatro clásico? —pregunta un quisquilloso.
—No lo sé: pregúntaselo a don Juan. Imagino que el Museo Nacional del Teatro aprovecha para sacar fondos a la luz, llegar a un público amplio y menos entendido, y así, de paso, darse a conocer.
—Nunca sobra reivindicar ciertas cosas y abominar de otras —suma el rojo.
—¿Reivindicar? ¿Abominar?
—Claro. En Miguel de Molina —cantante de copla, rojo, homosexual, perseguido, exiliado en la Argentina, olvidado— cabe reivindicar la copla como género eminentemente popular que se hizo un hueco entre lo culto: igual que el teatro clásico; la homosexualidad, en una edición en que el Festival se proclama feminista, para recordar que hay más géneros… Y abominar de la época oscura —esa que evoca la galería de retratos, a la que solo le falta el olor a fritanga— en donde se persigue a los homosexuales y a todo el que no cuadra en la normalidad, y los encarcelan, los echan de España, los matan.
—¿Por qué hablas en presente? —pregunta susceptible el conservador.
—Es presente histórico —se entromete un culto.
—Ojalá. Desgraciadamente, en España es presente habitual; Dios quiera que no sea futuro próximo.
—Aquí todo prestigio y fama conducen a Diego de Almagro —observa el cínico.
—¿De qué hablas?
—¿Habéis visto el paseo de la fama? Supervisándolo desde la majestad ecuestre está don Diego de Almagro. A sus pies, los diecinueve ganadores del premio Corral de Comedias son apenas lacayos o aprendices de la fama y prestigio verdaderos: los que se sustentan en la espada.
—Se trata de un inocente photocall para entretener a los turistas, hombre.
—Pero lo han puesto, precisamente, en los jardines del caballo —los niños siempre dan en la diana—, no orientado hacia un bar, ni siquiera a una iglesia: será por algo, que a esta gente tan lista no se le escapa nada.
—No desvaríes, anda.
El rojo vuelve con bríos:
—¿Desvariar? No desvaría en absoluto. Un franquismo áspero, montaraz, terco y envalentonado ha alcanzado las instituciones con todo el desparpajo del mundo; les impone chulescamente el programa a las derechas convencionales; estas se achican; retrocedemos a los toros, a la sexualidad ortodoxa, al índice de libros prohibidos, a los nombres recios, a las mayúsculas. A la Edad Media, al Imperio; o sea, a la España eterna.
Don Juan, que ha oído la conversación en silencio, matiza ahora:
—A la Castilla eterna, querrá decir.
—Castilla hizo a España —se encrespa el conservador.
—Eso creen muchos patriotas españoles a quienes les estorba cualquier ingrediente exótico de un guiso en realidad rico y variado. Creyéndolo así, pudieran estar echándolo a perder.
—Otros pecan del mismo pecado —justifica un ecuánime.
—Obviamente: luego convendría pensárselo un poco mientras quede tiempo.
Aburrido de unas peroratas que parecen no tener fin, alguien intenta cambiar de tema:
—¿Vio usted a la reina, don Juan?
—No me invitaron.
—Pero estará al tanto.
—Me parece bien que venga la reina y que lo haga para favorecer políticas de inclusión.
—Los almagreños la recibieron enfervorizados.
—A mí, accidentalista convencido, casi me ocurrió como a Horcajada: tan extremado fervor, si no vergüenza, me provocó perplejidad. Hubiera preferido un recibimiento menos entusiasta, templado: quizá en esto también hayamos regresado a la Edad Media.
—De las autoridades ¿qué nos dice?
—Voy de asombro en asombro. ¿A qué se debió la ausencia de los concejales de Ciudadanos?: ¿despiste o confesión republicana? Menos mal que Fernández Bravo, el diputado de esta provincia que los representa en el Congreso, anduvo al quite: nos ha explicado detalladamente que la reina le rindió homenaje.
—Una curiosidad, don Juan: ¿dijo Cervantes que el camino es mejor que la posada?
—Pudo decirlo.
—Pregunto si lo escribió.
—Tal vez lo escribiera. Hoy nadie se atrevería a asegurarlo: nadie lo ha visto en ningún libro o documento suyo.
—¿Nadie? El alcalde le atribuyó el dicho resueltamente.
—Gozará de información privilegiada.
—Y el público lo aceptó sin extrañeza.
—Nuevo regreso a la Edad Media: cuanto afirma internet es verdad revelada. Y de libre disposición.

domingo, 7 de julio de 2019

Discursos inaugurales

Don Juan se hace el remolón últimamente. Habla poco y desganado: ¡con lo que él era! Esta tarde, no por darse importancia, le ha costado llegar adonde todos queríamos. Luego, menos mal, se ha embalado.
—¿Acudió usted a la inauguración del Festival? Estamos en ascuas.
—Acudí. Pasé calor.
—Se queja del calor, pero va todos los años.
—Voy porque me invitan: no está bien cometer desaires; porque el acto me gusta, incluso en lo que tiene de cotilleo; y esta vez por oír al ministro de Cultura, que el año pasado, estrenando cargo, leyó el discurso con bastantes ínfulas y muy despectivamente para quien se lo había escrito: anhelaba comprobar cómo se maneja este hombre.
—El ministro no habló.
—Nos quedamos con las ganas, sí, acaso para siempre.
—¿Para siempre?
—¿Quién sabe si él será ministro el año próximo o si nosotros estaremos aquí para verlo?
Alguien ahuyenta los malos presagios.
—Estaremos, don Juan, si Dios quiere. Y ministro habrá, no le quepa duda. O vicepresidenta.
—La vicepresidenta estuvo muy bien.
—Cuéntenos el acto, entonces.
—¿Por dónde empiezo?
—Por las novedades. ¿Las hubo?
—Una nada más: en el escenario solo permanecieron todo el rato Ana Ozores —la premiada—, Elvira lindo, que hizo la laudatio, y el director del Festival, maestro de ceremonias; los demás intervinientes fueron subiendo y bajando.
—¿Aprueba la innovación?
—Por un lado sí: los escenarios superpoblados distraen; por otro no: escrutamos mejor a los que estaban y pudimos comprobar, en ocasiones, el aburrimiento de alguna.
—Ahora, los cotilleos.
—Que la inauguración del Festival es una cosa importante se demuestra en que vienen muchos que pretenden serlo. Vimos al presidente regional del PP arropar a las menguadas huestes almagreñas; vimos a Lola Merino junto a una columna del fondo esperando saludar a alguien o que alguien la saludara; vimos a la alcaldesa de Ciudad Real junto a las máximas autoridades: como si ser la alcaldesa del principal pueblo de la provincia equivaliera a ser la alcaldesa de la provincia al completo; vimos que el alcalde de Valdepeñas presentó en sociedad a su segunda: ¿la hija bien amada en quien ha puesto sus complacencias?; vimos a Rosana Torres, unánimemente respetada; vimos a algunos políticos amortizados; vimos a la intelectualidad local…
—¿No faltó nadie?
—García Page. El presidente regional vino en 2015; no ha vuelto: tendrá cosas que hacer.
—¿Los discursos?
—De circunstancias, como es natural. Hubo cuatro buenos y dos manifiestamente mejorables.
—¿Por qué dice de circunstancias?
—Porque es verdad. Discursos de circunstancias son los que uno pronuncia cuando no hay más remedio; en un contexto que se escapa de su control y está plagado de convenciones; para un público hecho a oírlos y que, en consecuencia, conoce lo que aguarda y dispone de vara de medir… Por acabar pronto: un engorro y una trampa insidiosa en la que es fácil deslizarse hacia el tópico o el ridículo y difícil alcanzar la brillantez.
—Hombre, en medio queda salir del paso con una faena de aliño que no se recuerde durante mucho tiempo, pero que tampoco se pueda criticar.
—Eso hacen los más curtidos. Curiosamente no son muchos quienes se resignan a ello. Así les va.
—¿Cómo les fue?
—Olvidemos al director del Festival; él, como maestro de ceremonias y organizador, goza de libertad para saltarse las convenciones: hizo un discurso notable, útil, bien dicho y con oportuna exhibición de citas literarias, que nunca estorban.
—¿La laudatio?
—Correcta y digna. Quizá echáramos de menos algunos rasgos característicos de la escritura de Elvira Lindo; pero hubo otros que sí apreciamos, más en los ademanes que en las palabras: la naturalidad, por ejemplo, visible en el gesto de mojarse el dedo en la lengua para pasar las páginas.
—¿Los políticos?
—El alcalde, estupendo. Perfecto, de no haber transformado en grave cierto apellido agudo, y muy prestigioso en el mundo del libro.
—¿El presidente de la Diputación?
—El presidente de la Diputación y el consejero de Cultura repitieron discursos que les llevamos oyendo cuatro o cinco años: gastados, de vuelo bajo, pueblerinos, burdamente propagandísticos y largos hasta cansar. Es verdad que han olvidado lo emblemático, pero incurren en las señas de identidad: ignoramos qué es peor.
—¿Conoce el remedio?
—Claro: contratar a un negro.
—Don Juan…
—De acreditada solvencia.
El amigo no insiste:
—¿La vicepresidenta del Gobierno?
—Dijo un discurso espléndido, muy bien estructurado, fluido, profundo, atento a los que se habían pronunciado antes… y sin leer. Recibió muchos y merecidísimos aplausos.
—¿Y la premiada?
—Igual que Elvira Lindo, Adriana Ozores también estuvo correcta y digna. Por otra parte, las dos iban vestidas del mismo color. No logré averiguar si por casualidad o aposta: recompenso a quien me saque de dudas.
—¿Le interesa la moda?
—Recuerde a Terencio: homo sum…