domingo, 24 de junio de 2018

Onomástica y fascismo

Don Juan nos invita hoy a comer en Navaltizón por el santo.
—Antes —dice— los santos se celebraban más que los cumpleaños.
—¿Por qué?
—Supongo que por diversas razones: sociedad religiosa, nombres que indefectiblemente provenían del santoral. En muchos casos, el nombre se heredaba, de modo que celebrando a Juan se celebraba también al padre o al abuelo; en otros, el nombre era el del santo del día, así que cuadraba con el cumpleaños. Pero no me hagan caso: antropólogos habrá que hayan estudiado el asunto.
—Los antropólogos tienen tareas de mayor enjundia.
—Esta también es importante. Los nombres nunca se han puesto al tuntún. Los padres de la nueva criatura —y antiguamente también los padrinos y la familia— dedican tiempo a pensar el nombre; en él proyectan sentimientos, convicciones o anhelos conscientes o inconscientes cuyo estudio nos informaría mejor sobre los individuos y las sociedades que otros datos inanes con los que nos apedrean los periódicos de vez en cuando.
—¿Qué nos dicen?
—No lo sé: no soy antropólogo. Pero repare en que todavía quedan ancianos que se llaman Germinal o Floreal: tenga por seguro que nacieron antes de 1939 y que sus padres no fueron partidarios de Franco; tenga por seguro también que alguna vez les afearían el nombre durante el franquismo.
—En eso no se fija nadie, don Juan.
—En Almagro, a comienzos del XXI, a lo mejor no se fija nadie: ojalá. Pero hace cinco siglos se fijaba todo el mundo: de ahí que los hijos de los conversos —moriscos o judíos— recalcitrantes tuvieran un nombre para la casa y otro para la calle. Y en el País Vasco de los años de plomo no era inocente que un Rodríguez le pusiera Karmele a su niña en vez de Carmen, que se llamaba la abuela del Moral. Acaso en Cataluña ocurra lo mismo.
—Pero hay Aitores o Nurias en Almagro…
—Será por algo, no lo dude, aunque a nosotros se nos escape la causa.
A mí las disquisiciones onomásticas me interesan poco. Sintiendo el peso del sol en la cabeza, voy a la alberca, umbría bajo la copa inmensa de la noguera; arranco una hoja y me empapa el olor de las travesuras infantiles: ganas me dan de meterme desnudo en el agua; para que no me digan loco, me conformo con oírla correr hacia el huerto del casero; miro el cielo blanco, casi del color del rastrojo, en la línea del horizonte; pienso con aprensión en las complejidades de la vida, en el tiempo que huye. Cuando me llaman para el aperitivo, acudo mustio y dócil. El tema de la conversación no anima: siguen escarbando en los nombres.
—Entre otras cosas, los nombres son un rasgo de identidad: indican la que se tiene o a la que se aspira. Y, frente a otros, ofrecen la ventaja de que, dentro de un orden, se pueden elegir. Es decir, no vienen impuestos casi obligatoriamente y para siempre como los apellidos o las costumbres alimentarias. En situaciones de identidad conflictiva —o sea, cuando pertenecer a determinado grupo puede acarrear inconvenientes o ventajas—, los padres juegan la baza del nombre a favor del hijo. Incluso el propio individuo, si lo considera oportuno, cambia de nombre más o menos drásticamente.
—Ponga ejemplos.
—Que unos padres españoles le pongan a su hijo el nombre del protagonista de cierta película es mera seña de inocente esnobismo. Para un turco de nacionalidad búlgara la cosa es ya algo más complicada; alguien que nació Máximo en una comarca castellanohablante acaso tenga razones poderosas para cambiar a Màxim en algún momento… En Europa se aprecia un resurgir de las identidades como sujetos políticos: quizá no tarden las leyes que indiquen a los padres los nombres preferibles y los proscritos.
—No exagere, don Juan.
—No exagero. Veo señales ominosas: se está pasando de las palabras a los hechos con demasiada rapidez: en Polonia, en Hungría, en Austria, en Italia. El fascismo asoma las orejas.
—Don Juan…
—Salvini llama carne humana a quienes tratan de cruzar precariamente el Mediterráneo; dentro de poco los llamará carne; y, a continuación, basura: que haya algo más de basura en el mar no alarmará a nadie. El mismo Salvini se lamenta de no poder expulsar a todos los gitanos de Italia, pero los va a censar. ¿Para qué? No es preciso hacer un gran esfuerzo de imaginación para saberlo. Y los italianos, tan contentos: aclamándolo.
—Hombre, algunos se opondrán…
—No demasiados.
De regreso, me quedo adormilado en el coche. Sueño que todos los italianos se llaman Benito.

domingo, 17 de junio de 2018

Espartero

El conservador es pudoroso:
—Salvo por ciertas partes —al parecer, destacadas— de la anatomía de su montura, a Espartero no lo recuerda nadie.
—Ni al caballo tampoco: los viejos —me atrevo a opinar.
—En Madrid tiene una calle de las principales —informa el optimista.
—¿El caballo? —ironizo.
—El amo, hombre.
—Pocos serán los que identifiquen a Espartero con el Príncipe de Vergara —retruco.
Interviene don Juan:
—El callejero del barrio de Salamanca es un inventario de próceres que han envejecido muy mal en la memoria de la gente. ¿Cuántos saben quiénes fueron O'Donnell, Silvela, Diego de León, Serrano…?
—¡Nefasta consecuencia del intolerable abandono de las humanidades en el sistema educativo! —pontifica el culto.
—A Goya y Velázquez los conocemos, incluso a Ortega y Gasset —protesta uno.
—Quizá los personajes ilustres no lo fueran tanto. Artistas, científicos, políticos o libros contemporáneos que nos parecen hitos fundamentales de la historia humana acaso queden arrumbados en el trastero de lo irrelevante dentro de cuatro días. Y viceversa: es posible que tengamos delante de las narices algo o alguien indispensable y no lo veamos. Miren a Cervantes, sin ir más lejos.
—¿A qué viene la perorata? Creía yo que hoy hablaríamos de Huerta —se queja el despistado.
—Viene a que ayer hubo en Granátula un acto de homenaje a Espartero, y a que durante todo este año están celebrando los 225 de su nacimiento —le informo.
—¿Qué celebran?
—Te lo he dicho: los 225 años del nacimiento de Espartero.
El despistado sonríe:
—Pregunto qué celebran cuando celebran el nacimiento de Espartero.
Don Juan me echa un capote:
—Se celebran a sí mismos principalmente. Es decir, proyectan en Espartero lo que creen ser o aspiran a ser.
—¿Por qué no se explica mejor, don Juan?
—Espartero nació en Granátula, lo sabemos; estudió en Almagro, también lo sabemos; pero en cuanto vino la Francesada se marchó de aquí para no volver más. O sea, toda la vida adulta de Espartero transcurrió fuera de la comarca; no dejó en Granátula huella ninguna; no se acordó para nada de los paisanos…
—¿Entonces?
—Entonces habría que preguntarse por qué lo celebran a él, y no dedican ni un minuto a recordar a los que se quedaron aquí, levantaron casas, plantaron viñas, criaron hijos, penaron o gozaron y contribuyeron a que el pueblo siguiera adelante.
—Pregúnteselo y respóndanoslo.
—Espartero alcanzó elevadas cotas de notoriedad, riqueza, reconocimiento, poder. En personas que saliendo de la nada vuelan tan arriba es frecuente —y hasta comprensible— la negación y el alejamiento de sus orígenes: por muy encumbrado que llegara a estar, de haber vuelto a Granátula no habría pasado de ser el chico de Mengano y la Zutana. Sin embargo, siglo y medio después de la muerte los descendientes de aquellos de los que se desentendió le han perdonado el desapego: ahora es —piensan ellos— un árbol frondoso bajo cuya sombra se pueden cobijar y recibir una pizca de lustre y hasta de publicidad para atraer a turistas despistados.
—¿Y se equivocan?
—En cuanto a prestigio y propaganda, por supuesto: Espartero está amortizado. Sin embargo, las autoridades de hoy se pavonean a su costa, organizan fastos, montan desfiles…
—¿Desfiles?
—Ayer hubo un desfile militar.
—¿A qué cuento?
—Espartero bombardeó Barcelona desde el castillo de Montjuïc —dice el rojo paladeando un sorbo de Macallan.
Nos sorprende la salida. Él pregunta:
—¿No dice don Juan que las celebraciones sirven sobre todo como pretexto para celebrarnos a nosotros mismos, para sacar a la luz nuestras creencias y anhelos?
—¿Queremos que se bombardee Barcelona?
—Algunos, sí. Y, desde luego, tanto desfile militar, tanta profusión de banderas no andarán lejos de la preocupación por la patria en peligro, y de una determinada concepción del papel del ejército en la vida pública.
—No desvaríes, anda —pide con sorna el conservador—. Hubo desfile militar porque Espartero fue militar de la más alta graduación.
—Probablemente —apacigua don Juan—. Sin embargo, si las celebraciones fueran menos y las conmemoraciones más, los ciudadanos saldríamos ganando aunque las autoridades perdieran ocasiones de lucir palmito. En este asunto, por ejemplo, cabría estudiar la figura y personalidad de Espartero, la vinculación con Granátula, las hazañas de guerra y paz, la pervivencia de su prestigio, las innumerables y entusiastas adhesiones que concitó y que no decayeron tras su desafortunada actividad política, la sensatez en el tramo final de la vida… Pero cabría estudiar también un infausto modo de interferencia de lo militar en lo político: el llamado gobierno de los espadones. Espartero fue un espadón de los más conspicuos: el primero de todos. Y eso no es menester celebrarlo.

domingo, 10 de junio de 2018

¿Se repetirá la historia?

—Para que no se escape la oportunidad, lo diré enseguida: me gusta el gobierno de Sánchez.
—¿Qué oportunidad?
—La de poder decirlo. Nosotros, que vamos siendo viejos, sabemos bien cómo es la vida: los entusiasmos se disipan, las ilusiones se ajan: pronto o tarde este gobierno me irá gustando menos. De modo que, antes que el tiempo muera en nuestros brazos, antes que el viento helado marchite las rosas ahora frescas, antes que sean lástima vanaantes que los oboes
—Don Juan, frene, que las efusiones líricas son resbaladizas: se lo hemos dicho innumerables veces.
—Freno. Pero no me priven ustedes de este pequeño y raro placer.
—¿Cuál?
—El placer de estar de acuerdo con el gobierno y proclamarlo en voz alta: me gusta el Gobierno de Sánchez.
El conservador tampoco se priva de una suave pulla:
—¡Con las alabanzas de hoy no querrá usted tapar desafecciones de antaño?
—En absoluto. No le debo nada a nadie ni espero nada de nadie, por lo tanto, procurando no ofender, puedo expresarme con franqueza en casi todos los asuntos.
—¿Ha cambiado de opinión sobre Sánchez?
—Todavía no; sin embargo, en los últimos quince días advierto en él virtudes que no sospechaba.
—Díganos alguna.
—Visto desde ahora, lo que supusimos dejadez acaso fuera paciencia, o sea, no carece de perseverancia ni tesón; en el asunto de la moción de censura ha demostrado sentido de la oportunidad; ha tenido suerte; El País se le ha puesto en contra…
—¿Es una virtud la suerte?
—Napoleón, que sabía de estas cosas, apreciaba la suerte de sus generales más que cualquier otra.
—Tener en contra a El País ¿también lo es?
—No; pero me recuerda lo de Adolfo Suárez.
—¿Adolfo Suárez?
—Al llegar al palacio de Villamejor —allí estuvo hasta enero de 1977 la presidencia del gobierno: en Castellana, 3—, Suárez era joven —cuarenta y cuatro años—, apuesto, ambicioso, con poca experiencia de gobierno y mucha en las covachuelas del partido —movimiento, en aquel caso—, flexible, inculto, práctico, ligero de ideología, El País lo recibió con el celebérrimo ¡Qué error, qué inmenso error!… Sánchez es joven —cuarenta y seis años—, apuesto…
—Frene, don Juan, que ya sabemos adónde quiere ir.
—Me falta una cosa: Suárez supo —y, por lo que vemos, Sánchez sabe— reconocer el mérito ajeno: ¡y esa es una virtud grande e infrecuente!
—¿Quiere decir que sus ministros los superan?
—Sí.
—¿Y que asistimos al parto de una nueva etapa política?
—No me atrevo a tanto. Las circunstancias actuales son mejores que las de hace cuarenta y dos años. Ahora bien, falta la voluntad de concordia que había entonces y no veo quiénes pudieran ser el Carrillo, el Tarradellas, incluso el Fraga, de hoy. Aunque... Como las cosas no podían / ir a peor —escribió Kafka / en su diario—, mejoraron. Ojalá.
—El gobierno de Sánchez es muy distinto del gobierno de penenes que formó Suárez en julio de 1976.
—Mejor para Sánchez. Suárez alineó un gobierno de penenes porque nadie de prestigio quería estrellarse con él. Si Sánchez ha podido juntar a personas de currículo tan contundente será porque no temen estrellarse.
—Insensatos que son.
—En todo caso, insensatas. O quizá Sánchez las haya seducido con un proyecto de regeneración del país que no tenga horizonte de meses, sino de años.
—Lo que le digo: insensatos e insensatas: ¿cómo va durar un gobierno al que sostiene menos de un cuarto de los diputados?
—Iremos viendo. Mientras, ya han hecho cosas de enorme valor simbólico que quienes vengan detrás no osarán revertir: ¿quién recuperará el crucifijo y la biblia?, ¿quién formará un gobierno solo de varones?
—Menudencias.
—Menudencias que cambian la vida de una sociedad a largo plazo: como el divorcio o la ley de los matrimonios homosexuales, por ejemplo.
—¿Le gustan todos los ministros, don Juan?
—Las ministras especialmente —lo dice sin sombra de ironía.
—¿Hasta el de cultura?
—No lo conozco: ya lo juzgaré luego.
—¿No lee los premios Primavera?
—No.
—¿Ni ve el programa de Ana Rosa?
—¿Ana Rosa la plagiaria? Tampoco. Pero a Huerta le reprochan que sea mal escritor y que no entienda de deportes: podrían reprochárnoslo a nosotros perfectamente.
—Nosotros no somos ministros.
—Ni a los ministros les es imprescindible escribir de forma exquisita o leer el Marca. Yo que ustedes miraría más bien lo que piense hacer con el Festival y el Museo del Teatro, que caen bajo su jurisdicción, es decir, a quién pone en el INAEM y con qué ideas.
—Entonces, ¿aplaude los nombramientos?
—Menos el del consultor Iván Redondo.
—¿Qué le ha hecho el hombre?
—A mí nada; a Monago, caer en el ridículo frecuentemente: ¿se acuerdan de Woody Allen?

domingo, 3 de junio de 2018

Pensamiento eclesiástico

Se cuenta de Unamuno o de Baroja el asombro algo zumbón —y apócrifo, sin duda— ante el nombre de un periódico recién aparecido —muy a finales del siglo XIX— que se llamaba El Pensamiento Navarro y que era —fue hasta la muerte— la voz del carlismo más rancio: “¿Pensamiento y navarro? No puede ser”, dicen que decían. El título que han visto arriba es un oxímoron de idéntica magnitud, pero no se me ocurre otro mejor para resumir la conversación de esta tarde: verán por qué.
Hemos comido en el campo, al pie del castillo de Calatrava la Nueva, en un restaurante medio oculto entre el monte que mira a la Atalaya y al castillo de Salvatierra. Hemos hablado —a ver— de la moción de censura. Hay opiniones múltiples y variadas, como variadas y múltiples son las copas de la sobremesa: los que se atienen al whisky aceptan sin reparos que en las democracias parlamentarias gobierna el que junta más votos en el parlamento, y que en el sistema español la moción de censura constructiva es un procedimiento serio y difícil, pensado para situaciones extraordinarias. La mayoría, adicta el gin tonic, es alegre y volátil, distraída y frívola como las burbujas de la tónica: unos apoyan a Nadal y otros que vaya manera de perder el tiempo hablando de estas cosas, que a ver qué pasará ahora con Cataluña, que si sube la prima de riesgo, que quién pondrá orden en el batiburrillo de perdedores… y que no era para tanto, que los políticos han robado siempre y no van más que a su avío. El cínico, inquebrantable en la fe del Peinado, se apresta a creer en los milagros:
—Si Sánchez ha llegado a presidente del gobierno…
Don Juan observa a contraluz la copa de jerez; toma un sorbo mínimo; echa una pregunta encima de la mesa:
—¿Qué les parce la actitud del Partido Popular?
—Se han enfadado, claro. Ahora que se las prometían felices…
—No solo se han enfadado: piensan que se ha cometido un sacrilegio.
—¿Por qué?
—En las sociedades modernas e ilustradas se acepta que no hay verdades inmutables, ni las de la ciencia siquiera; que existen casi infinitos modos de hacer las cosas bien; que la unanimidad, además de perniciosa, es inverosímil salvo por coacción; y que, conscientes de que todo el mundo tiene los mismos derechos, cabe hallar, mediante la deliberación bienintencionada y el contraste de opiniones, territorios de acuerdo en los que sea posible conciliar la satisfacción de los deseos mayoritarios con el respeto a los discrepantes.
—Y eso ¿qué tiene que ver con el Partido Popular?
—Que el Partido Popular, más que partido, parece iglesia.
—Aclárese.
—Las iglesias —es decir, las organizaciones humanas que acaparan y administran las religiones— suelen compartir un rasgo: creen que su religión es la única verdadera, y que, en consecuencia, extra ecclesiam nulla salus, lo que traducido al delicado castellano de Bilardo significa que al enemigo, ni agua.
—Nosotros, los buenos; ellos, los malos, pues.
—Absolutamente. El Partido Popular ha hecho de una determinada idea de España su religión y se ha erigido a sí mismo en la única iglesia verdadera. De ahí las reacciones destempladas del arcangelical Hernando —y de otros— ante la moción de censura: se indigna contra los demás no porque estén equivocados o sean ineptos, sino por infieles, herejes o apóstatas. El planteamiento, además de pretencioso y ridículo, es primitivo, irracional, totalitario, intransigente, pero cuenta con numerosos parroquianos que intentarán someter de grado o por la fuerza a los réprobos, y que, mientras lo sean, les negarán hasta la misma condición humana: acuérdense del pobre Zapatero.
—Un saco de vicios —masculla el cínico—: acabará en el infierno.
—En el Partido Popular habitan numerosos pecadores: ¿quiere que le dé una lista?
—Ni hace falta ni importa. El Partido Popular, en tanto que iglesia, es sociedad perfecta, inmaculada. Acepta que en su seno algunos —casos aislados— sean pecadores: el Partido no puede serlo, no se mancha con las culpas.
—Los jueces dicen otra cosa.
—¿Acaso son infalibles los jueces? ¡Herejes a quienes los fieles del Supremo enmendarán la plana y los del Poder Judicial expulsarán del paraíso!
La tarde declina; el sol se esconde tras el Mesto.
—Brindemos por Rajoy —propone el cínico.
—¿Por Rajoy?
—Es nuestro semejante, nuestro hermano: alguien que prefiere pasar la tarde con los amigos en lugar de atender las pejigueras del cargo.
—Hombre…
—Y que, papa del Renacimiento, quizá no crea mucho en los dogmas de su iglesia.
—O sepa que, afirmada en pétreos cimientos, portae inferi non prævalebunt adversum eam.
Brindamos. Pienso entre mí que, para considerarlo uno de los nuestros, le faltó haber salido del restaurante como saldremos nosotros enseguida: efusivos, locuaces, reidores, tambaleantes… Nadie es perfecto.