En la tertulia todos estamos decepcionados; el conservador
también.
—¿Y por qué no os abstuvisteis?
—Por respeto.
—¿Respeto?
—A nuestros votantes, pero sobre todo a los vuestros; ellos
esperan —esperaban— con ilusión que seáis —fuerais— capaces de poneros de
acuerdo: ¿quiénes somos nosotros para meternos donde no nos llaman?
El rojo no tiene alientos para porfiar:
—Visto así…
—No hay otra manera de verlo. La noche del 28 de abril todos
los españoles —unos contentos, otros tristes— nos acostamos convencidos
de que habría gobierno de izquierdas y de que duraría cuatro años. Si no lo hay
aún no es por culpa de los votantes en general ni de los partidos que
perdieron las elecciones, sino de quienes aparecían eufóricos tras haberlas
ganado.
—¿Qué opina usted, don Juan?
—Que nuestro amigo acierta. No se puede mendigar al
adversario que te saque del atolladero del que tú no has sido capaz de salir.
—No será fácil negociar con Iglesias.
—Debe ser muy difícil. Los podemistas constituyen el
prototipo de secta milenarista nacida de una experiencia pentecostal —o sea, mística, alejada de toda racionalidad política— como fue la concentración del 15 M en la
Puerta del Sol. De allí salieron inundados del espíritu santo, seguros de que los cielos se hallaban al alcance la
mano, de que no habría obstáculo que se les resistiese, y despreciando los
votos de los gentiles, a los gentiles mismos. En ello perseveran muchos años después, pese a los
chascos y las defecciones: en el fanatismo de pueblo elegido, en la
desconfianza hacia los infieles, en la terquedad de mula. El conspicuo espécimen podemista es Raquel Romero. Iglesias, aunque suavizado en las formas, se le
parece mucho: si la realidad tozuda de los votos se le opone, peor para la
realidad; importa la pureza de la fe. De modo que, en efecto, no será fácil
negociar con ellos: ¿se imaginan ustedes a un corintio del siglo I, civilizado, tibio y
descreído, negociando con san Pablo?
—¿Entonces?
—Solo cabe aguardar a los herejes, que alguno
habrá. O a los milagros.
—Tampoco es usted muy racional…
—En estos tiempos hoscos la sensatez, la generosidad,
el equilibrio, la razón, la reflexión quizá se hayan convertido en rémoras para la dicha: aprendamos a ignorar.
—¿Eso nos aconseja?
—Se trata de un verso del romance de sor Juana Inés de la Cruz que empieza
proponiendo: Finjamos que soy feliz, /
triste pensamiento, un rato.
—¿Y a qué cuento viene?
—A que pudiera ser buena receta para lograr la beatitud y a
que el otro día vimos en la Universidad Popular una función que se llamaba,
precisamente, Finjamos que soy feliz.
—¿Le gustó?
—Hubo cosas que me gustaron.
—Desmenuce.
—Asistimos al intento de montar una obra de teatro, con
textos de sor Juana, mediante el cual la directora pretende hacerle decir cosas que posiblemente ella nunca
quiso decir —¿o sí?—, mientras que el actor
se resiste a desertar de lo que dijo literalmente. Se trata, por tanto, de
teatro dentro del teatro. La obra es
compleja y tal vez confusa o equívoca; pide del espectador que conozca bien la
vida y la obra de la monja —la poesía lírica, las comedias, las cartas—; que esté al tanto del uso de
sus textos en los diálogos —con diferentes propósitos— que mantienen los
actores; que posea las claves de determinados feminismos y su jergas
—espléndido el lenguaje inclusivo de
la directora—, y que se sumerja en el
México de hoy, representado distópicamente a través de un noticiero televisivo
sumamente agudo.
—¿Demasiado ambiciosa?
—Probablemente. El objetivo es que nos replanteemos el papel
de sor Juana en tanto que mujer, culta, escritora, monja y criolla en un mundo frecuentemente inhóspito; que apreciemos su vigencia en el nuestro, no tan
distinto de aquel; y que veamos cuáles son las lecturas de la vida y la obra pertinentes
hoy. Mucho, desde luego.
—¿El público lo entendió?
—Cabe dudarlo. Cuando nosotros estuvimos el público era
de acarreo, y el tifus —así lo dicen
los taurinos— muy abundante. Los comentarios que oíamos al salir, aparte de lamentar el calor y la incomodidad de los asientos, expresaban la decepción de quien no comprende algo que le han anunciado como teatro y que no
se ajusta a la idea que él tiene del teatro.
—¿Por qué el tifus?
—Porque los organizadores se temerían la ausencia de los cultos y no querrían que la sala
quedara desierta.
—¿Le parece bien?
—¿La ausencia de los cultos? Ellos sabrán. En cambio,
regalar entradas a cierto público para ciertos espectáculos acaso resulte
desacertado: creará más rechazo que afición. No me pillarán en otra, dijo alguno.
—Lo mismo que si se repitieran las elecciones.
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