domingo, 25 de diciembre de 2016

Feliz navidad...

Don Juan tiene algunas dudas sobre la existencia histórica de Jesús de Nazaret. Si alguien le demostrara que Jesús de Nazaret existió realmente y anduvo predicando por Palestina hace veinte siglos, don Juan continuaría dudando tercamente de que Jesús de Nazaret fuera el Cristo, el hijo de Dios vivo. Pero las dudas de don Juan carecen de importancia: habrá en el mundo más de dos mil millones de personas que sí creen con absoluta convicción en la existencia terrenal de Jesús de Nazaret, en la Encarnación y, consiguientemente, en que Jesús es el hijo de Dios, y Dios él mismo; habrá otros cuantos millones de personas a los que esta cuestión les traiga sin cuidado pero que se identificarán de alguna forma con los primeros; aquellos y estos celebrarán —por convicción o por tradición— la navidad; y otra porción considerable de seres humanos, por imitación o porque les gustan las fiestas, celebrará también la navidad aunque el cristianismo les pille lejos o no lo aprecien en absoluto.
—Bien, don Juan, ¿va a celebrar usted la navidad o no? —pregunta alguien a quien las monsergas teológicas no le apasionan mucho, y la sociología menos aún.
—Naturalmente. Y sin ninguna reticencia.
—Pero si no es creyente…
—En las fiestas sí creo. Las fiestas, celebradas ruidosa y multitudinariamente, con rituales bien asentados en tradiciones que se creen centenarias —y que muchas veces no lo son—, revelan la buena salud de cualquier comunidad y contribuyen a mantenerla. Solo por eso ya habría que celebrar, incluso santificar, las fiestas.
El católico interviene:
—Si a una fiesta religiosa se le quita el contenido religioso, ¿qué nos queda?
—Queda la fiesta, que es siempre lo importante. Los seres humanos —y las sociedades, ya lo he dicho— necesitan celebrar fiestas de cuando en cuando: comer y beber en compañía y en exceso, intercambiar regalos, cantar y bailar, derrochar; es decir, desuncirse por un tiempo de los yugos cotidianos con que tiran de la pesada carreta de la vida.
—O sea, descansar del trabajo.
—No exactamente. La fiesta no es descanso, sino frenesí, exaltación  biológica. Por eso, a las gentes de orden, a los fundamentalistas de la laboriosidad, no les gustan las fiestas —las que ellos celebran son aburridísimas—, pero sí son partidarios del descanso, que permite trabajar más y mejor al día siguiente; las fiestas verdaderas, en cambio, perjudican la productividad, porque cansan y solo producen resaca.
—El despilfarro tampoco está bien visto.
—No. Los moralistas de toda ralea —entre ellos, los cristianos fervientes y los ateos fervientes— nos previenen de continuo contra el derroche. Los cristianos fervientes parece que no han leído el pasaje de la unción de Betania, que cuentan —con ligeras variantes— Mateo, Marcos y Juan; y los ateos fervientes, acaso en nombre de dioses nuevos, nos quieren conducir por el buen camino como si fuéramos niños atolondrados. Ambos desconfían de nosotros: sin que se lo hayamos pedido se erigen en tutores nuestros.
—¿Y usted?
—Yo no quiero conducir a nadie por ningún camino; no sé cuál es el camino: bastante tengo con pastorearme a mí mismo.
—Pero reconocerá usted que la navidad tiene un punto empalagoso y ñoño que funciona como vacuna contra el desenfreno. ¡Vaya fiesta de amor y paz! —proclama el disoluto.
—Algo de eso hay: todo lo que cabe en la palabra entrañable. Pero la gente no hace caso: el ciudadano común —mucho más listo de lo que creen los moralistas— no tiene inconveniente en decir una cosa y hacer la contraria.
—Eso es hipocresía.
—Lo de los moralistas es hipocresía; lo de los ciudadanos del montón es buen sentido: ¿qué más da celebrar el nacimiento de Cristo, el solsticio de invierno, el sol invicto o el sursuncorda? La fiesta es lo que vale. Y el derroche de la fiesta se reduce a la fiesta; fuera de ella los ciudadanos economizan y se administran bien.
Don Juan —lo saben ustedes— a veces se suelta el pelo; algunos amigos se escandalizan un poco; él sonríe irónicamente y espanta las moscas con la mano: allá lo que piense y haga cada cual.
Pero don Juan es generoso: entremedias de la charla nos convida a unas copas caras. Al despedirnos nos desea feliz navidad, me pide que se la desee a ustedes también y se va a Navaltizón con la familia.
—A cometer excesos irá... —deja caer uno a quien le sobra mala uva.
Por mi parte, soy bien mandado: feliz navidad, queridos lectores.


domingo, 18 de diciembre de 2016

Poetas y efemérides

Don Juan, aunque muy mejorado, apenas se atreve a conducir, y menos en estos días desapacibles. Por eso, de vez en cuando le hago de taxista: ayer mañana lo llevé —con escaso entusiasmo, la verdad— a la presentación de Cántiga en Ciudad Real. El claustro del antiguo convento de los mercedarios estaba lleno, pero eso carece de mérito: el sitio es pequeño; los poetas, numerosos; muchos disfrutan de la paz conyugal y Dios los ha premiado con hijos e hijas, nueras y yernos, nietos y nietas abundantes; tienen amigos…; estaban los chicos de Æternam, cuyas abuelas van a todas partes… Me entretuve mirando a la gente; salvo los poetas —bien compuestos, formales, sentados en el centro—, el resto se aburría como yo, entraban y salían, el parqué se quejaba ruidosamente de la desatención… Hubo quien compró el libro y se marchó antes de un cuarto de hora: me dio envidia. Don Juan también compró el libro —diez euros: barato para lo que se estila—; mientras tomábamos un vino en Carmen Carmen, le eché un vistazo:
—¿Tantos poetas hay en la provincia, don Juan?
—Ya veremos. No parecen pocos, pero habrá que leer y después opinar: tendremos tiempo. De todas formas, siempre ha habido superabundancia de poetas; se ha ironizado no poco sobre ello, y han sido miles las sátiras contra los poetas malos, los cuales, obviamente, son más que los buenos.
Ahí se queda. Hoy don Juan trae en el bolsillo del abrigo el libro de Rivers que nos comentó hace meses.
—En aquel tiempo también proliferaban los poetas y también se afanaban en apedrearse mutuamente. Unas veces con elegante moderación, otras con áspera fiereza. Miren, si no, las reacciones conservadoras contra la nueva poesía de Garcilaso y Boscán, miren lo que le cuenta Boscán a la duquesa de Soma, y miren este pullazo a los enemigos: Y ¿quién se ha de poner en pláticas con gente que no sabe qué cosa es verso…?
—Es que estos traían la revolución. A muchos poetas no les gustan las novedades —dice un culto.
—Traían la revolución, sí. Y el causante de aquello andaba hace cuatrocientos noventa años por Almagro.
—¿Boscán?
—No: Navagero. Navagero era embajador de Venecia ante Carlos V. Llegó a España en marzo de 1525. Un año más tarde asistió a la boda del emperador con su prima Isabel de Portugal en Sevilla. Luego, también con el emperador, estuvo en Granada desde mayo hasta diciembre. Allí conoció a Boscán y lo animó a que intentara en castellano sonetos y otras artes de trovas usadas por los buenos poetas de Italia. La semilla de Navagero tuvo un éxito rotundo que llega hasta hoy. El 10 de diciembre de 1526 salió de Granada camino de Valladolid, donde el emperador había convocado Cortes. El 16 llegó a Almagro. Escribe: Estuvimos un día en Almagro, detenidos por micer Gaspar Rótulo, y paramos en casa del bachiller del Salto. De este Rótulo sabemos bastante, gracias a Arcadio Calvo. Sabemos menos del bachiller del Salto, aunque un descendiente suyo, quizá nieto, seguía por aquí a finales del siglo.
—¿Qué dice Navagero de Almagro?
—En resumidas cuentas, nada: que es buen lugar, el mayor de la orden de Calatrava y que tiene pozos de agua agria. Habla de las minas de Almadén, de que Ciudad Real se queda a la derecha —se equivoca, claro—, de Calatrava la Vieja, del Guadiana… Pero de Almagro no dice absolutamente nada.
—No le llamaría la atención.
—Pudiera ser. Navagero es un hombre curioso, con gran capacidad de observación y vasta cultura, que describe detalladamente ciudades —Toledo o Guadalajara, por ejemplo— y edificios importantes, de modo que o en Almagro no encontró nada de interés o sus compatriotas italianos lo ocuparían en otras cosas.
—¿Cómo no le iba a llamar nada la atención? Él mismo dice que es un buen lugar…
—Lo era, por supuesto; pero no siempre los viajeros están atentos a los sitios por donde pasan. Unos días después, el 20 de diciembre, el emperador y su séquito cenaron y durmieron en Almagro; y al día siguiente también comieron aquí antes de salir para Malagón. Pero pasaron sin dejar huella y sin que Almagro la dejara en ellos, que yo sepa. O sea, que ignoramos, incluso, dónde se hospedaron, y eso que el emperador venía bien acompañado y que hacía unos meses que le había arrendado la mesa maestral al Fúcar.
—Entonces, ¿qué sabemos?
—Que fue el camino recio de fríos, aguas y nieves, y la emperatriz venía preñada. Parió el 21 de mayo de 1527.


domingo, 11 de diciembre de 2016

Plagios y falsas atribuciones

Don Juan —bien lo saben— en todo se fija; lo domina una curiosidad amplísima, voraz: acompañarlo en el paseo u oírlo en la tertulia es ir con un arqueólogo que ve noble vasija donde los demás o no vemos nada o solo vemos deleznables y obvios añicos de cerámica. Hoy ha encontrado una joya en la calle de la Feria. En la mañana húmeda, ciega de niebla, se para ante el escaparate de una tienda de comestibles para turistas, descubre algo, nos lo señala. Arrimamos las cabezas al cristal: entre pastillas de chocolate, latas de berenjenas, quesos, migas precocinadas y adornos rústicos hay una cartulina bien enmarcada, con orla y el retrato canónico de Cervantes; le atribuye la receta del queso manchego y hasta afirma que “Este texto, aun escrito hace cuatrocientos años, sigue siendo válido…”

—¿Qué les parece?
Un culto se ríe satisfecho y suficiente:
—¡Pero si el único queso con denominación de origen que menciona Cervantes es el de Tronchón! ¿A quién querrán engañar?
—A nadie —responde don Juan—. Al menos quien lo ha enmarcado y puesto aquí no quería engañar a nadie. Quería, y es muy legítimo, aprovechar la fama y el prestigio cervantinos para vender su mercancía.
—¡Pero el texto es falso!
—¿Cómo va a ser falso? ¿No lo tiene usted delante de las narices? En todo caso será falsa la atribución. Pero estoy casi seguro de que el dueño de la tienda no lo sabe, por lo tanto no lo podremos acusar de mentiroso.
—¿Y al que lo escribió?
—El autor será ingenuo y algo pedante, pero tampoco mentiroso. En su intención no estaría, desde luego, engañar a los especialistas, ni siquiera a los medianos lectores. Como mucho, pretendería alabar un producto que de por sí merece todas las alabanzas. Si lo piensan un poco se darán cuenta de que tanto el autor como el tendero están, de buena fe, rindiendo un homenaje a Cervantes: saben de su prestigio y, arrimándose a buen árbol, esperan buena sombra protectora. Aunque se lea poco, Cervantes y el Quijote son en esta tierra casi como Dios: están en todas partes y para todo se echa mano de ellos. ¿Es eso malo? Sería mejor, por supuesto, más lectura; pero ya lo remediará La Educación —ha engolado la voz— en tres o cuatro generaciones.
—¡Cómo es usted! ¡Parece mentira que se haya ganado la vida con la filología!
—He visto muchas operaciones más audaces, menos ingenuas y peor intencionadas: el mundo académico, como dicen ahora, es una selva plagada de asechanzas, y de bastantes académicos conviene no fiarse. Si quieren confirmarlo, hojeen las revistas científicas. O miren al rector de la Universidad Rey Juan Carlos.
Nosotros no estamos en estas cosas:
—¿Qué ha hecho?
—La Universidad Rey Juan Carlos no es de las mejores del mundo; pero el rector, Fernando Suárez Bilbao, cobra como si lo fuera y se sienta con los demás en la Conferencia de Rectores. Pues bien, parece que no le queda tiempo para investigar; de modo que se aprovecha con desparpajo de lo que investigan otros. Le han descubierto una buena porción de plagios que él achaca a las gentes de su equipo, es decir, a los negros que trabajan para él.
—Eso es robar —me atrevo a decir.
—Es robar por dos veces: roba las ideas de otros, y roba el tiempo y el esfuerzo de sus negros, a los que llama eufemísticamente colaboradores. Comparen esto con el cuadro de la tienda. El que escribió en nombre de Cervantes la receta del queso quería contribuir modestamente a acrecentar el edificio de la fama cervantina añadiéndole una pequeña piedrecilla: su cándido pastiche. El rector, en cambio, se comporta como el arqueólogo clandestino que expolia un yacimiento, el que pone un capitel corintio en el jardín del chalé o el rudo aldeano que usa las ruinas del castillo como cantera. Lo peor es que casi nadie se lo reprocha ni él parece arrepentirse ni avergonzarse de lo que ha hecho. Antes, por menos, se suicidaba uno o se escondía en casa implorando que la tierra lo engullera.
—Y, encima, no lee lo que fusila.
—En eso no es el primero; ni en usar negros. De haber leído todo lo que ha escrito, cuánto sabría este hombre, dijo alguien pensando en otro que tal.



domingo, 4 de diciembre de 2016

Rodolfo Llopis en el Corregidor

Qué alegría recuperar las tradiciones. Estamos en el Corregidor tomando café y copas, contentos de volver tras dieciocho meses de cierre. Don Juan, el que más:
—Durante quince o veinte años el Corregidor ha sido para la imagen exterior de Almagro casi tan importante como el Corral de Comedias o el Festival Internacional de Teatro Clásico; desde luego, por delante de cualquier otro monumento o atracción del pueblo. En los últimos años se adocenó y vivió de las rentas, pero, aun así, muchos venían a Almagro solo por el Corregidor, por el prestigio de exquisitez que había logrado acumular.
Alguien interrumpe:
—Pues bastantes almagreños no se daban cuenta.
—Es verdad. Bastantes almagreños no apreciaron el Corregidor como no aprecian algunas maravillas que tienen delante de las narices: el gusto se educa y, por desgracia, hay quien presume de no haberlo educado.
—¿Qué le parece ahora?
—Llevan una semana: es pronto para juzgar. El otro día comimos bien, pero tardamos demasiado; hasta en la cuenta se demoraron veinte minutos: eso espanta a cualquiera. Hoy he visto el cuadernillo de los menús navideños, muy mal escrito, al nivel de un figón de polígono industrial: redacción cursi, estomagante epidemia de diminutivos, ausencia de tildes, proliferación de mayúsculas…
Entre los amigos también hay gente tosca:
—¿Y eso qué importa? —pregunta uno.
—Sí no cuidan lo primero que verá el cliente, no cuidarán lo demás.
—La educación, que decía usted.
—La educación, en efecto. Educación es, sobre todo, exigencia de hacer las cosas bien.
—Pronto vendrá la panacea: el pacto que anunció Méndez de Vigo —proclama el escéptico con retintín.
—Bienvenido el pacto educativo, pero tampoco será la panacea.
—¡Imitemos a Finlandia! —prosigue el escéptico.
—O a Corea —dice don Juan, y se nos pone cara de sorpresa.
—¿Corea?
—Corea padeció una guerra cruel como la nuestra; y una dictadura que duró más que la nuestra; cuando se democratizó estaba peor que nosotros: ahora registra más patentes que Alemania o Gran Bretaña e inunda el mundo de coches y teléfonos. Nosotros fabricamos excelentes ventanas de aluminio y exportamos vino a granel. Por algo será.
—Los valores asiáticos —apunta un culto.
Don Juan prosigue:
—Pero, si Corea les pilla lejos, miren a nuestra historia. En tan solo cinco años la Segunda República levantó un sistema educativo impresionante. Del autor no se acuerda nadie: Rodolfo Llopis.
—¿Qué hizo Llopis?
—Llopis fue Director General de Enseñanza Primaria con dos ministros —Marcelino Domingo y Fernando de los Ríos— que tuvieron la virtud de confiar en quien sabía más que ellos. En pocos meses puso a andar una educación pública universal, obligatoria, gratuita, sin distinción de sexos; estableció un excelente plan de formación de maestros —el famoso Plan profesional— y les subió el sueldo;  y otro de construcción de escuelas —veintisiete mil en cinco años—. Si aquello hubiera durado…
—También la educación única y laica.
—Yo me conformaría hoy con que hubiera buenas escuelas, buenos maestros y claridad sobre lo que se debe enseñar. Las escuelas están muchísimo mejor que cuando Llopis; los maestros —y profesores— no tanto. Y en lo tercero reina la confusión.
—¿Qué hacemos?
—Nosotros, nada. Los que puedan, acordar qué debe saber —en el sentido más amplio del término— un alumno cuando acaba la escolaridad obligatoria. Y en la consecución de ese acuerdo no deben participar los maestros, porque cada uno intentaría arrimar el ascua a su sardina. Cuando se haya alcanzado, ordenar y jerarquizar las materias y poner a enseñarlas rigurosamente a un buen plantel de maestros capacitados y motivados. En teoría no parece difícil; en la práctica, si hay buena voluntad, tampoco.
—¿Y de la escuela única y laica?
—La escuela única desde la LODE ya no es posible; y es bueno que no lo sea. En cuanto al laicismo, si es un obstáculo para el acuerdo, más vale dejarlo aparcado.
Don Juan no es ateo ferviente; es ateo sin más, es decir, no pretende convertir a nadie al ateísmo y respeta sinceramente a los que creen; por otra parte, está convencido de que la formación religiosa que se da en las escuelas —pésima— contribuye más a hacer descreídos que creyentes.
—¿Por qué nadie habla de Llopis?
—La derecha, por razones obvias; los comunistas y allegados, porque él fue anticomunista convencido; los socialistas, porque era la cabeza de los que perdieron en Suresnes… Pero duele más ver cómo la UGT se ha deshecho sin compasión de la FETE, que él fundó. A ver si, para compensar, alguien tuviera el gesto de ponerle su nombre a un colegio. En Cuenca, por ejemplo, donde trabajó.
No caerá esa breva, pienso entre mí.


domingo, 27 de noviembre de 2016

Reaperturas

Recojo a don Juan en las gradas de Madre de Dios. Me espera impávido bajo la lluvia terca. Encima del abrigo de buen paño, caro, lleva un impermeable de turista que escurre el agua sobre los zapatos todavía relucientes. Yo he venido en coche; él insiste en que andemos: dice que estos días le recuerdan los temporales de la infancia, cuando los gañanes no podían salir y la casa se llenaba del olor consistente de las cuadras. Don Juan es labrador; en cambio, los almagreños somos de ciudad —chica, es cierto—: la lluvia se nos hace un engorro; el pueblo está vacío. Desayunamos en la plaza; a nuestro lado, un tendero lamenta que este tiempo crudo espante a la clientela. En la portada del periódico Fidel Castro entorna los ojos melancólicamente, no sabe uno si abrumado bajo el peso de la púrpura o molesto por el humo del cigarro. “El siglo XX queda definitivamente atrás con la muerte de Castro”, sentencia el diario con apresurado desparpajo.
—¿Qué opina, don Juan?
—Los seres humanos, bestias todavía, nos distinguimos por ciertas particularidades. Repare en dos: la conciencia de la muerte y la propensión a exagerar. De la primera, poco hay que decir. La conciencia de la propia muerte se actualiza en la muerte de los otros, que duele, tanto o más que por la pérdida de alguien al que quizás apreciáramos, porque golpea con el inexorable vaticinio de nuestra propia aniquilación. La muerte sobrecoge por eso; y por eso es sagrada. Quizá los jóvenes, que son inmortales, puedan reírse de la muerte; los viejos no podemos. Respecto a la segunda, ojalá el titular del periódico dé en la diana: que con Castro se esfume la feraz temporada de dictaduras que fue el siglo XX; que con Marcos Ana se extingan los prisioneros políticos; que Barberá se haya llevado para siempre una característica manera de gobernar muy arraigada entre los españoles de todas las clases
La lluvia flojea. Andando de nuevo, vamos a la ermita de San Juan donde presentan la restauración del camarín. Hay mucha gente, viejos y viejas la mayoría; pero entre los directivos de la hermandad abundan los jóvenes de atuendo asevillanado, con trajes y medallas ostentosas: Sevilla manda en las semanasantas de España, qué le vamos a hacer. La ermita de San Juan —nos lo ha enseñado Arcadio Calvo— se levantó en el siglo XVII, extramuros, en lo que entonces era un barrio nuevo. En el XVIII le adosaron una capilla barroca dedicada a la Virgen de los Remedios, muy elegante, parecida a San Agustín; ahora acoge al Señor de San Juan —el Cristo de las Tres Caídas, que le dicen sevillanamente—. Después de la Guerra, el camarín se añadió a la vivienda del santero. Lo han restaurado; hoy lo bendicen y lo muestran al público. A don Juan la ermita le gusta mucho; y la capilla, más: por eso hemos venido. La presentación —solemne, vistosa, bien medida— tiene caída de telón, cohetes, música y conferencia —muy instructiva— de Enrique Herrera. Incluye —ya lo he dicho— bendición. Don Juan, gran visitador de templos, procura escabullirse de las ceremonias religiosas; así que le asombra lo que ve: aplausos en la iglesia —en los entierros también: será moda—, el cura que no se reviste para la ocasión —ni una poca estola—, y los antiguos útiles de asperjar —hisopo y acetre, ¿alguien os recuerda?— arrumbados por una especie de estilográfica que cabe en el bolsillo —“Si Dios nos da salud, susurra don Juan, los veremos usar pulverizador”. Explica Herrera que los camarines fueron cosa de la Contrarreforma; bien: pero, en vísperas del quinto centenario de la machada de Wittenberg, parece que los católicos se acercan a Lutero. Ellos sabrán.
Al final subimos al camarín, cuya recuperación es, literalmente, ejemplar y debería serlo para otras futuras; los cofrades invitan a un vino en la sacristía: nos arrimamos gustosos para charlar un rato con amigos a los que don Juan ve de higos a brevas. Aprovechando una clara, volvemos a la plaza. En el Marqués nos aguarda la tertulia; tomamos el vermú; alguien informa de que también ha reabierto el Corregidor. Una vela a Dios y otra al Diablo: llamamos a las señoras, comemos en el Corregidor. Acabo de llegar a casa tras algunas copas. Ya les contaré el domingo que viene.


domingo, 20 de noviembre de 2016

20 N

Porque somos viejos miramos hacia atrás. Hoy, por ejemplo, Buenaventura Durruti, José Antonio Primo de Rivera y Francisco Franco han acaparado casi toda la conversación. Ninguno de los tres goza de las simpatías de don Juan, que nos detalla prolijamente sus numerosos defectos y pocas virtudes.
—Son fruto de su tiempo —apunta alguien misericordioso.
—Todos somos fruta del tiempo, pero no de la misma calidad: la hay deliciosa, insípida, amarga y hasta letal; estos tres, cada uno a su manera, fueron venenosos: Durruti, un pistolero que recuerda demasiado a Silva Sande. José Antonio, el señorito fascista obnubilado por la retórica. Y Franco, dictador mezquino que hizo de su vientre un dios.
—Los tres tienen todavía partidarios —continúa el mismo.
—Por desgracia. Hay demasiados españoles dispuestos a adorar dioses perversos. No sé si será una patología castiza, pero merecería la pena estudiarla para hallar remedio.
—Nos falta educación —dice el biempensante.
—En todas partes cuecen habas —matiza el escéptico.
—En todas partes cuecen habas —constata don Juan—. La educación, pese a lo que proclaman pedagogos y predicadores, puede mejorar o empeorar a algunos individuos, pero su influencia en las sociedades es escasa: cambia la educación cuando cambia la sociedad, no al revés.
Don Juan, aunque el resultado de los análisis —que nos comenta de pasada— es bueno, parece hoy pesimista. Yo, quizá por lo oscuro de la tarde, siento latigazos de melancolía que me exilian de esta conversación, siempre idéntica, oída muchas veces: los males de España. Afortunadamente, pronto hablan de Trump, compendio de los males de la tierra. Don Juan se detiene en la renuncia al sueldo:
—Los políticos, igual que todo el mundo, deben cobrar por lo que hacen. Quienes sostienen lo contrario o pretenden cobrar por otro lado o quieren que en la política solo estén los ricos.
—Lo mismo dice aquí Lola Merino —apunto.
—¿Dolores Merino? ¿La de la plataforma pro aeropuerto de Ciudad Real? ¿La de las mujeres rurales? —pregunta don Juan, que no está al día de la pequeña política.
—Una de las mujeres rurales; la otra es Quintanilla —le aclaro—. Lola Merino, que lleva muchísimos años cobrando de una organización sostenida casi exclusivamente con fondos públicos, es partidaria de que los diputados regionales no cobren. Lo mismo que Trump.
—Me alegra que aquí haya precursores de las grandes ideas —ironiza y prosigue—. Trump, además de multimillonario, es un cínico demagogo especialista en la evasión de impuestos. Si quiere dar ejemplo y hacerles justicia a los norteamericanos, que los trate como adultos: es decir, que les pague lo que les debe, intereses incluidos, y que les cobre lo que corresponda por el trabajo de presidente a partir del 20 de enero.
—Se lo cobrará, ya lo veremos —insiste el escéptico.
—Por supuesto; y los cándidos que lo han votado, tan contentos.
—De Lola Merino ¿qué nos dice?
—Nada: no la conozco. Pero hay en España —supongo que también en los demás países— mucha gente viviendo del dinero público sin que sepamos si se lo merecen.
—¿En qué quedamos, don Juan?
—Quedamos en que los cargos públicos deben estar retribuidos adecuadamente; de lo contrario, acudirán a ellos tan solo los que no saben ganarse la vida en otro sitio o los que aprovecharán el cargo para servirse de él. La profesionalización de la política no es ni mala ni buena: hay que mirar caso por caso. Pero los ciudadanos debemos saber que nadie que haya demostrado capacidad profesional fuera de la política vendrá a ella si no se le paga lo que le corresponda. Por otro lado, tampoco debemos alimentar paniaguados que no sepan más que adular a quien los tenga protegidos.
—¿Cómo se hace?
—Cada ciudadano, en su vida privada, sabe perfectamente cómo se hace: si necesita un fontanero que le arregle la calefacción, paga al fontanero cuando, de verdad, le arregla la calefacción. Ni le paga la promesa de que le arreglará la calefacción ni convida a comer a los amigos del fontanero. En lo público ha de haber mecanismos de vigilancia y control que consigan lo mismo.
—¿No confía en la honradez de gente?
—Les he dicho muchas veces que los seres humanos estamos todavía muy cerca de los animales, que la humanización no ha terminado. Mientras termina, es decir, mientras la educación —sonríe irónicamente— no remedie los muchos defectos de fábrica que traemos, no está mal que el miedo guarde la viña.



domingo, 13 de noviembre de 2016

Trump

Don Juan procura eludir las conversaciones sobre asuntos eventualmente polémicos de los que pueda opinar cualquier mentecato sin necesidad de fundamentar ni argumentar las opiniones: entran en el saco la religión, la política o el fútbol, por ejemplo. Desde la enfermedad la tendencia se ha reforzado: como aquel gran silo de discreción —y escritor imponente—, don Juan cree preferible perder una discusión antes que perder el tiempo. Por otra parte, don Juan, siempre que viene al caso, se manifiesta muy en contra del dicho —mucho más dicho que practicado, la verdad— de que todas las opiniones son igualmente respetables. No: hay opiniones respetables, pero un número considerable de ellas no merecen respeto ninguno, sino toneladas de desprecio. Con nosotros se permite la excepción: porque nos estima, porque —reconózcanmelo ustedes, por favor— no somos completamente estúpidos, y quizá porque rara vez le llevamos la contraria.
Hoy —qué remedio— ha tenido que hablar de Trump: asunto ideal para estarse callado. Le ha costado a don Juan meterse en harina, pero, aunque con alguna repugnancia, como millones de personas de todos los lugares de la tierra, sucumbe: habla de Trump.
—Probablemente, Trump es un hombre inteligente, listo y pérfido. Es inteligente porque ha detectado con perspicacia las pulsiones primitivas de sus compatriotas, es listo porque ha sabido exponerlas crudamente, y es pérfido por exacerbarlas y usarlas en su propio beneficio. Pero no es el primero: por no quedarnos muy cerca, los demagogos griegos sabían también hacer esto mismo estupendamente. O Daniel Ortega, a quien amaron tantos españoles.
—Es lo que pasa en las democracias —apunta uno, no sabemos si en serio.
—No —replica contundente don Juan—. La democracia representativa es un sistema político muy imperfecto, pero no se ha inventado otro mejor. Quienes están en contra suelen decir que cómo va a valer lo mismo el voto de un eminente científico que el de un pobre pordiosero, o dicen —y es perverso— que si solo votaran los jóvenes… Todo el mundo debe votar, naturalmente, porque a todo el mundo le afectan las decisiones políticas; pero la discusión política debe mantenerse en el ámbito de la convivencia política —es decir, de lo común, no de lo privado— y en ella solo se deben usar medios políticos: la exposición de hechos y su manejo mediante argumentos racionales. Que eso sea así efectivamente es responsabilidad de los políticos genuinos: de los que no pretenden manipular sino convencer, de los que miran por los intereses generales, de los que apaciguan y no incendian, y de los que saben que —por desgracia, pero inevitablemente— lo natural del ser humano no es la racionalidad, la convivencia pacífica, el desprendimiento… sino todo lo contrario: estamos demasiado cerca todavía de la sabana.
—Hay pocos políticos así.
—Quiero creer que no. Pero es cierto que ahora han coincidido bastantes demagogos en muchos países y se han hecho extraordinariamente visibles. Todos ellos tienen un rasgo común: abominan de la democracia representativa, de su parsimoniosa lentitud, de las cautelas que pone para no ofender y de su exasperante e ininteligible burocracia. Estos nuevos políticos traen bien identificados los males, conocen las causas y causantes, halagan nuestros peores instintos, y ofrecen remedios rápidos y eficacísimos: en cuanto confiemos en ellos se instalará la dicha en este valle de lágrimas. Habrá que eliminar a los enemigos y a los que no se chupan el dedo: no importa.
—Pero nadie esperaba que en la democracia más antigua del mundo pasara lo que ha pasado.
—Todos los seres humanos somos iguales. En la mayoría de nosotros, la razón es apenas un apéndice añadido recientemente a la pura y salvaje animalidad en la que se ha instalado y, como piloto inexperto, aún no controla del todo el vehículo en el que viaja.
—¿Hay sesenta millones de bobos salvajes en los Estados Unidos?
—No lo creo: hay casi sesenta millones de personas frágiles y desvalidas como nosotros que han mordido el anzuelo de un estupendo pescador. Confío en que Trump no sea tan bestia como aparenta, en que lo suyo fuera táctica para ganar las elecciones.
No estoy seguro, pero me lo callo: temo que se haya abierto la veda contra la democracia representativa, la única democracia digna del nombre. Pasó en los años treinta: ahora sabemos que los antidemócratas de derechas —los fascistas— eran esencialmente idénticos a los antidemócratas de izquierdas —los comunistas—, y que la identidad radicaba, precisamente, en el enemigo que ambos combatían con igual saña: la democracia representativa liberal. Habría que recordarlo a los desmemoriados.


domingo, 6 de noviembre de 2016

Videodanza

Don Juan ha terminado la segunda fase del tratamiento. A falta de lo que digan los análisis —perdón, analíticas—, como reo que espera el veredicto de un tribunal implacable y lejano, vive en Navaltizón los primeros días del otoño meteorológico con la inocencia y la tranquilidad estoica de quien sabe que, para bien o para mal, el futuro ya está escrito. Si en algún momento tuvo la tentación de lamentarse, la ha desechado: le parece mejor pasear por el campo en las mañanas diáfanas; leer a Góngora, a Lucrecio, a Marco Aurelio; observar desde lejos las labores agrícolas —¿verá la siega de lo que hoy se siembra?—; hablar con los pastores y tractoristas… y pasar algunos días en Almagro con la hija y con nosotros. Vino el jueves a mediodía en el tren desde Manzanares; dimos un paseo corto después de la comida; tomamos café en el Marqués —solitario y oficinesco—; ya bien anochecido él se fue a la inauguración del festival de videodanza.
—¿Qué es eso, don Juan?
—La videodanza, como dice su nombre, es una forma de expresión artística que combina la danza con el vídeo.
—Claro, don Juan: hasta ahí llegábamos —replico algo mosqueado.
—En realidad —sonríe apaciguador—, no sé bien lo que veremos, pero me gusta que en Almagro se hagan cosas nuevas, que de vez en cuando abandonemos la certeza del camino y nos aventuremos en lo inexplorado.
Así se queda. El entusiasmo en la concurrencia es escaso: nadie acompaña a don Juan; él tampoco insiste en que lo acompañemos. Lo vemos salir apoyándose apenas en el bastón y saludar con un gesto a Luis Molina, que está en la terraza hojeando papeles. Nosotros pasamos directamente del café al vino y cometamos los fracasos del Madrid en Varsovia y del Barcelona en Mánchester: menos mal que el honor patrio se mantuvo en pie gracias al Atleti y al Sevilla.
Yo el viernes no estuve en Almagro; ayer dediqué la tarde a ciertos compromisos familiares; de modo que hoy, nada más sentarnos, le pregunto por la videodanza:
—Ni el ojo ve ni el oído oye. Esas dos maravillosas actividades son competencia del cerebro.
Sin comprender a qué cuento viene una obviedad de la que cualquier alumno de la Eso está al cabo de la calle, le recuerdo:
—La videodanza, don Juan…
—De ella hablaba —contesta con paciencia—. El cerebro solo puede ver u oír lo que ya ha visto y oído. A diferencia de los animales, para quienes el mundo es siempre idéntico y simple, puesto que lo perciben tan solo como sexo, comida o supervivencia, el mundo humano es cambiante y complejo. El cerebro ha de entrenarse en percibirlo, clasificarlo y nombrarlo mediante un proceso que necesita aprendizaje; es decir, cultura en el más amplio sentido de la palabra.
—No sé adónde va, don Juan.
—Voy a que las cosas que vemos u oímos por primera vez, si no encajan en las clasificaciones que tenemos aprendidas, nos incomodan, inquietan y desafían. Una actitud bastante común ante ellas es descartarlas o despreciarlas; otra, más ardua, es intentar, entenderlas, o sea, esforzarse en ampliar la clasificación o, incluso, en sustituirla por otra mejor. Los científicos están acostumbrados a ello; los artistas también; los ciudadanos comunes somos más perezosos.
—¿El espectáculo del jueves era nuevo?
—En Almagro, sí. Por eso acudió tan poco público. Muchos de los que allí estábamos no entendíamos del todo lo que veíamos; pero lo que veíamos nos inquietaba, nos desafiaba, nos mantenía en suspenso, nos sobrecogía, nos conmovía y nos asomaba a territorios incógnitos. La gente aplaudió al final, tal vez sin saber exactamente qué aplaudía, pero muy consciente de que aquello era arte del bueno —signifique eso lo que signifique—. Y no salió como se sale del fútbol. Tardaremos en olvidar a Julie Barnsley y Aktion Kolectiva.
Quizá nosotros tampoco estemos entendiendo por completo a don Juan; por eso, alguien cambia de tema:
—¿Estuvo ayer en lo de Almágora?
—También estuve. Almágora ha cumplido un año superabundante de iniciativas y muy fructífero. A la celebración del cumpleaños acudió público numeroso; el fin de la recaudación es útil y noble; pero el espectáculo, francamente, desmereció.
—¿Por qué, don Juan?
—Asistimos a una función escolar. Como todas las funciones escolares, fue bienintencionada, larga, empalagosa, cursi y escasamente memorable. Æternam se nos olvidará enseguida.
Nadie replica: ¿qué vamos a decir nosotros, pobres ignorantes a quienes cualquier novedad artística nos sobresalta, que nos sentimos cómodos en los caminos transitados?


domingo, 30 de octubre de 2016

Azaña

Don Juan viene hoy reflexivo:
—Con frecuencia los viejos tenemos la sensación de que el mundo empeora. Casi siempre nos equivocamos: quienes vamos a peor somos nosotros; pero algunas veces, por desgracia, llevamos razón: el mundo empeora, en efecto y muy claramente.
—¿Por qué lo dice?
—Ayer invistieron a Rajoy; el jueves que viene se cumplirán setenta y seis años de la muerte —en Francia, de tristeza del presidente Azaña. ¿Alguien podría negar que hemos ido a peor?
Al menos uno lo niega:
—La política española de hoy no es una balsa de aceite, pero cuando Azaña fue presidente del Consejo de Ministros por segunda vez o mientras fue presidente de la República, estaba peor que ahora. Y la sociedad, mucho más dividida: tanto que la división derivó en guerra civil. Eso por no hablar de los presidentes del Consejo de Ministros que hubo mientras Azaña presidía la República: ni Barcia, ni Casares Quiroga, ni Giral, ni siquiera un Largo Caballero anciano y mermado fueron mejores que Rajoy. Negrín sí: Negrín estaba muy por encima.
Don Juan no tiene ganas de discutir; se repliega:
—Hablábamos de Azaña; de los otros ya trataremos otro día. Azaña fue una figura intelectual de primer orden, un buen escritor, un orador excepcional, un político con ideas, un estadista como ha habido pocos en la historia de España…
—¿Estadista? —pregunta el despistado.
—Estadista es el político que tiene un proyecto a largo plazo para su país, la decisión y el carácter necesarios para ponerlo en marcha, y la generosidad de no dejarse atar por sus propios intereses cotidianos. Azaña percibió con claridad los problemas de España —el atraso educativo, la desvertebración territorial, el desmesurado poder de la Iglesia y del Ejército, la propiedad de la tierra, el caciquismo…—; se enfrentó a ellos de manera decidida, rápida e irreprochablemente democrática, sin ninguna veleidad revolucionaria...
—Y fracasó —remacha el disidente.
—Fracasó, esa es la verdad, porque tuvo muy pocos apoyos e infinidad de enemigos. Fueron sus enemigos quienes querían conservar privilegios injustos; fueron sus enemigos también los partidarios de una revolución milagrosa que instaurara el paraíso en la tierra al cabo de cuatro días: por ejemplo, los insensatos anarquistas o los seguidores de Largo Caballero, más insensatos aún… Pero el ideal de Azaña perdura y el camino que trazó todavía nos sirve: él simboliza la España culta, moderada, tolerante, cívica, liberal, razonable, valiente y trabajadora. Un espejo al que puede asomarse cualquier persona de buena voluntad.
—Aznar, por decir alguien.
—Durante un tiempo, mientras aspiraba a ganar las elecciones, Aznar se dijo seguidor de Azaña y lo nombraba entre sus modelos. Algún asesor listo se lo aconsejaría, quizá para espantar el miedo de los pequeñoburgueses ilustrados. En cuanto llego a la Moncloa sus modelos y modales fueron bien diferentes. Qué le vamos a hacer.
—Pocos se acuerdan ya de eso; y de Azaña, no tantos —me atrevo a intervenir.
—De Azaña no sé quién se acuerda: en Madrid tiene una calle que todos llaman de otra manera; en Alcalá de Henares, una rotonda y, cada año por estas fechas, un ciclo de conferencias. Quienes ganaron la guerra sepultaron a Azaña bajo toneladas de ignominia; quienes la perdieron tenían otros santos a quienes encomendarse; y la democracia actual, olvidadiza, no se ocupa de estas cosas: cuando se cumplieron ochenta años de su elección como presidente de la República —el 11 de mayo de 2016— pocos se acordaron; si en alguno de estos pueblos de alrededor a algún alcalde se le ocurriera llamar Manuel Azaña a una calle, una biblioteca, un colegio, habría ruido y no poco. Y un botón de muestra absolutamente ridículo, pero muy significativo: Numancia de la Sagra se llama todavía Numancia de la Sagra.
A pesar del sol dulce que entra por la ventana, la tertulia se aniebla de melancolía. Don Juan, de puente en el tratamiento, ha venido para acercarse al cementerio de Manzanares en el que está enterrada su mujer. Aunque, obviamente, él no cree en la vida después de la vida y le parecen ganas de perder el tiempo las preocupaciones eclesiásticas sobre las cenizas de los difuntos, está convencido de que los muertos viven mientras vivan quienes conservan su memoria amada: honrar a los muertos que lo merecen es conservar digna nuestra propia vida. Y lo que vale para las personas vale para las sociedades.


domingo, 23 de octubre de 2016

Cirlot

Si don Juan no viene, ¿de qué hablo? Yo soy un hombre convencional que carece de imaginación. Puedo redactar informes, oficios, resoluciones, elevar instancias… pero no sé escribir. Bien que lo siento.
—¿Redactar no es escribir? —pregunta retóricamente un amigo, tal vez para levantarme el ánimo.
—No. El que redacta es un músico de banda; el que escribe es, por lo menos, director de orquesta.
—¿Todos los que escriben son directores de orquesta? —insiste el amigo.
—O lo pretenden. Muchos lo son verdaderamente; bastantes, compositores extremados. En cambio, yo abro el ordenador y no se me ocurre nada. La pantalla en blanco me intimida con su requerimiento acuciante; el parpadeo del cursor es un reloj que cuenta hacia atrás implacablemente los segundos que faltan para la catástrofe.
—¿Qué catástrofe?
—La del abandono, la de la rendición. Yo solo puedo, más o menos dignamente, levantar acta de las tertulias del domingo. Pero, si no viene don Juan…
—Llámalo a ver qué te dice. Algunos días te saca del aprieto con los correos electrónicos.
Lo llamo. Le pregunto por la salud, le digo que lo echamos de menos… y procuro llevar el agua a mi molino:
—¿Qué lee ahora, don Juan?
—De todo un poco. Aquí al lado tengo la antología de Cirlot que ha publicado Siruela.
—Dígame algo —imploro como quien pide una limosna.
—Cirlot nació en 1916. Hace cien años. Hace cien años nacieron también Cela, Buero Vallejo o Blas de Otero. Cirlot poco tiene que ver con ellos. Cirlot es un fenómeno extrañísimo en la poesía española, en la literatura española: sin precursores casi, sin seguidores, sin lectores, marginal y, a pesar de todo, uno de los grandes poetas del siglo XX. Es fascinante, es difícil, es original. La lectura de Cirlot produce el deslumbramiento misterioso, y la extrañeza y la maravilla de estar asomándonos a un mundo desconocido, a otro planeta. Sobre todo, si uno ha frecuentado solamente el canon poético español de los manuales de literatura. Además fue un estupendo crítico de arte y se interesó por cosas en las que nadie reparaba: ahí está, por ejemplo, el Diccionario de símbolos. La antología de Siruela es una buena puerta para entrar en él: amplia y representativa; no muy cara —veinte euros—, y materialmente impecable. La selección es de Elena Medel: hay que darle las gracias. Y el prólogo también: se lo puede uno saltar.
—¿Por qué?
—Porque es espeso, reiterativo, torpe y balbuceante. Nunca había leído prosa de Elena Medel: quizá no me haya perdido nada.
—Ya que estamos con la poesía, don Juan: ¿ha visto el programa de la semana que viene?
—¿Qué programa?
—El del trigésimo primer encuentro de poesía española.
—Nombre alto y sonoro, pero nada significativo. La que antiguamente se llamaba semana de poesía ha conocido mejores tiempos: cuando un poeta solo era capaz de llenar el teatro municipal. Luego ha rodado muchos años sin criterio, cansinamente; ahora es por completo irrelevante. Dando vueltas siempre a la misma noria, sin querer saber nada de la poesía actual —¿cuándo se les pararía el reloj a los programadores?— y despreciando al público, ha venido a ser un suceso insignificante del calendario cultural almagreño, una rutina que se cumple por cumplir.
—Es usted duro, don Juan.
—No tanto como debiera. ¿Cuánto hace que no tenemos un poeta o unos poetas? Salvo excepciones escasísimas, todo se queda en naderías musicovocales para una concurrencia más generosa que entendida.
—¡Don Juan, por Dios, que hay amigos en esto!
—Soy viejo y estoy enfermo: nadie se meterá conmigo —me imagino la sonrisita irónica—. Yo me lavo las manos, no discuto con nadie, no quiero que nadie comparta mis opiniones, conque haga usted lo que le dé la gana: si le parece, cuéntelo; si no, endúlcelo como le convenga.
Eso haré si Dios quiere: suavizar palabras tan ácidas.
—Este año sí hay poetas, don Juan.
—Poetas de tercera división.
Me pilla descuidado:
—¿De tercera división?
—Sin ánimo de ofender: poetas provinciales —algunos aseados, otros meramente voluntariosos— que tienen poco que ver con la poesía que se hace ahora en España. El resto de la programación también es provincial. Como el primer día va del Parnaso, me he acordado de aquel Parnasillo provincial de poetas apócrifos. ¿Se acuerda usted también?
—No, don Juan.
—Pues búsquelo y pasará un buen rato.
Quizá por la enfermedad, don Juan exagera: no se lo tengan en cuenta.

(Juan Eduardo Cirlot, El peor de los dragones. Antología poética 1943-1973, edición de Elena Medel, Siruela, Madrid, 2016. Veinte euros) 


domingo, 16 de octubre de 2016

Francisco Rico

Don Juan cumplió el viernes setenta y siete años. Otras veces nos ha convidado a comer y le hemos hecho algún regalo conforme a sus intereses, casi siempre libros. Este año, por la enfermedad, la celebración ha quedado orillada: ya la recuperaremos. Con todo, como le han dado unos días de descanso en el tratamiento, se ha venido a Almagro a ver a la familia. Llegó en el tren la mañana del cumpleaños; comió con la hija y los nietos; se echó la siesta; a media tarde dimos un paseo por el pueblo comentando las novedades. Está demacrado, pálido, pero se le ve de buen ánimo; no ha perdido el humor y tiene más fuerzas de las que aparenta: el paseo no se le ha resistido; aunque lleva bastón, apenas se apoya en él. Anocheciendo se despidió; dijo que iba a ver a Francisco Rico. Algunos lo acompañaron; yo tenía otros compromisos. Ayer mañana nos contaron la conferencia.
Uno de los acompañantes de don Juan estaba indignado:
—Francisco Rico es la mayor figura intelectual que ha visitado Almagro en años; no había ni cincuenta personas en el salón. Qué vergüenza.
Yo no fui; me doy por aludido:
—Hombre, no exageres: acudió el 0,5 por ciento de los almagreños. Si en Madrid a un acto de esta clase acudiera el 0,5 por ciento de los madrileños, habría que meterlos en un campo de fútbol.
—Pero los almagreños presumen de cultos y refinados —persevera.
—¡No vamos a presumir de ignorantes y brutos! Sin embargo, todos sabemos que la sabiduría y el refinamiento, la ignorancia y la zafiedad, se reparten aquí en las mismas proporciones que en el resto del mundo. No somos tan fatuos.
El indignado matiza:
—Lo de Francisco Rico era un acontecimiento, un cometa que se asoma de higos a brevas. En Madrid están acostumbrados a estas cosas. Y aquí… —se para un poco, hace recuento mental, prosigue— los profesores de instituto se podían contar con los dedos de una mano y sobraban dedos; maestros en activo solo vi a una; jóvenes de menos de treinta años había dos o tres —los profesores de literatura ¿no podrían haber mandado a los alumnos de bachillerato?—; figuras intelectuales de primer nivel, Lola Cabezudo y Elena Arenas; políticos, los que estaban de servicio…
—Completaste bien el censo —apunto maliciosamente.
No me hace caso. Continúa:
—Y estaba la polémica con Pérez Reverte. Pérez Reverte tiene muchos lectores, ¿ninguno quiso venir a defenderlo? ¿Nadie se dejó atraer por el morbo de una riña de altura? Los partidarios del lenguaje no sexista ¿dónde estaban? ¿El venenoso adverbio alatristemente carece de poder de convocatoria?
Tengo que recular:
—Había otras cosas al mismo tiempo: el teatro, la poesía de las mujeres rurales, el desfile de moda, mañana viene la Virgen…
Me mira despectivamente, seguro de haber ganado la batalla. Don Juan, que ha estado en silencio, expectante, interviene:
—La gente va a lo que le da la gana. No hay que llorar por lo de ayer; mucho menos despreciar al vulgo necio y sentirnos superiores a él como el fariseo de la parábola o los militantes de Podemos —miro de reojo al indignado: está disolviendo la azúcar del café—. Es posible que el formato de las conferencias esté anticuado ahora que cualquiera puede ver cualquier cosa en cualquier momento echando mano al teléfono de bolsillo. Además, la conferencia de Rico tampoco fue excesivamente brillante ni dijo nada que sus lectores desconocieran: quizá los que no acudieron son, precisamente, los que leen a Rico, y se lo saben.
Le brillan los ojos con una chispa de ironía. Cierra:
—Por otra parte, en estos tiempos eso que llamamos la Cultura —mayúsculas, por favor— no es solo, ni siquiera principalmente, cultura escrita.
—Carlos García Gual lo confirmaba hace poco en Babelia. Escribía que la lectura ya no es una actividad prestigiosa —paradójicamente, presumo de lecturas cultas.
—Por eso la Academia Sueca la ha dado el Nobel a Bob Dylan.
—Hay polémica ¿Usted qué opina?
—A menudo hay polémica. Estando Boyero y Sabina a favor, casi estoy por decirles que lo sensato es estar en contra, y no darle muchas vueltas. Pero no se lo diré: las cosas son siempre algo más complejas. Otro día lo comentamos.
Se despidió con prisa: la hija estaba esperándolo para acercarlo al tren. Yo no sé a qué carta quedarme.


domingo, 9 de octubre de 2016

Vinuesa en el Ateneo

La otra tarde se presentó en el Ateneo la primera novela de José Vicente Vinuesa —del que yo, pobre ignorante, no había oído hablar nunca—. Un amigo que acude a estas cosas me informa: José Vicente Vinuesa, manchego de origen, se crio en Valencia; allí se hizo músico; ahora ejerce de profesor en el instituto de Bolaños; vive en Almagro. Este primer libro suyo ya se había presentado aquí antes del verano; luego ha habido presentaciones en otros sitios; parece que se está vendiendo bien: lo han reimprimido. En el Ateneo la presentadora fue Elena Arenas Cruz; como se podía prever, estuvo brillante; no había mucha gente —también se podía prever—; los que había salieron contentos. El amigo me trajo un ejemplar; lo hojeé; se lo he mandado a don Juana a ver qué le parece. Esto me ha escrito:
Querido amigo:
La autoficción está de moda. Los autores, en lugar de idear argumentos, trazar personajes, ubicarlos en el espacio y en el tiempo, se miran al espejo, miran también lo que hay por allí cerca, y nos lo cuentan —unos mejor y otros peor, claro es—, pero sacudiéndose el compromiso de veracidad. A mí no acaba de gustarme, aunque hay excepciones que sí me gustan.
Vinuesa disimula; sin embargo, cualquier lector algo entrenado adivina enseguida que la novela —como muchas de otros tantos autores primerizos— entra de lleno en el saco de la autoficción, y hasta en el de la autobiografía. No queda malparada, sobre todo considerando que es la primera. El título, largo y sin gracia, responde bien al contenido: lo que se nos cuenta es la vida amorosa del protagonista, es decir, nada del otro jueves; las tres historias de amor acaban en desastre, es verdad: a más de uno le habrá pasado. Pero lo cuenta bien, a ratos brillantemente: por eso el libro no se nos cae de las manos. Yo, ahora que no puedo hacer otra cosa, lo he leído en dos tardes, entre el hospital y mi casa.
Lo mejor es la construcción, la arquitectura novelística, la distribución de elementos. Me atrevería a decir, incluso, que el libro responde a la estructura de alguna forma musical o tiene algo que ver con la profesión del autor: tema y variaciones, ritmos, desarrollos, ecos, están muy bien pensados y dispuestos. También son muy buenos los diálogos, ciertas descripciones y algunos tipos; y el lenguaje, en general, es rico y adecuado.
Hay es normal algunas cosas manifiestamente mejorables. Señalaré tres: las dos historias que se cuentan apenas tienen relación entre sí; por tanto, se podría haber prescindido de la segunda —la de don Juan Bermejo y El Holandés Errante— sin menoscabo; igual pasa con las anécdotas de sus amistades que nos cuenta el protagonista: perfectamente prescindibles. Las reflexiones sobre la vida y el amor son tópicas y banales. Y, finalmente, la edición está muy poco cuidada: las mayúsculas se usan mal, en los cortes de palabras a final de renglón hay abundantes incorrecciones; algún verbo se conjuga arbitrariamente, cansan las muletillas y repeticiones de palabras…
Todo ello no son más que pequeñas manchas en una obra que nos descubre a un autor con cualidades para llegar a escribir buenas novelas: si se esfuerza un poco y escoge editores más cuidadosos, lo logrará pronto.
Por otro lado, también me ha gustado que el libro se presentara en el Ateneo. Ya sabe usted que yo tengo escasa relación con él y que, por sus horarios y los míos, muy pocas veces acudo a las actividades que organiza. Pero estoy al tanto de lo que hacen y me parece muy meritorio, casi heroico, que una entidad así haya podido sobrevivir en Almagro durante tantos años sin el apoyo —y frente a la indiferencia— de las instituciones. Los socios y directivos del Ateneo mantienen encendida la llama de la cultura en un ambiente que no siempre le es propicio; y perseveran tozudamente, y siguen poniendo a disposición de los almagreños su saber y su tiempo. ¿Por qué no se les hace más caso? ¿Por qué lo que organizan apenas logra eco? Yo no lo sé; pero, desde luego, ellos no tienen la culpa.
Visto el correo de don Juan, hago dos propósitos: leer el libro de Vinuesa y acercarme de cuando en cuando al Ateneo.

(José Vicente Vinuesa, Tres historias de amor, mis desastres y yo, Oros Libros, Granada, 2016. 14 euros.)


domingo, 2 de octubre de 2016

Penas socialistas

Don Juan no ha venido hoy. Quizá no venga en todo el mes, porque el martes empieza el tratamiento de radioterapia. Esta mañana le he preguntado qué le parecía lo del PSOE. Por correo electrónico me contesta lo siguiente:
Querido amigo:
Ya sabe que nunca he votado al PSOE, y desconozco absolutamente sus interioridades. Sin embargo, estoy convencido de que un partido socialdemócrata fuerte, serio y cohesionado es imprescindible para la salud de cualquier democracia europea: de hecho —aunque no me atrevo a decir qué es causa y qué es efecto— las convulsiones actuales de muchas democracias europeas coinciden con la crisis que vive la socialdemocracia en varios países importantes.
Solo por eso me pongo a escribirle, a vuelapluma y sin ninguna pretensión de sentar cátedra, lo que se me viene ahora a la cabeza:
a) El espectáculo que han dado los llamados críticos no tiene justificación ninguna. Cualquiera que haya participado en el movimiento debería quedar marcado para siempre y —al menos, durante un tiempo— excluido de cargos internos.
b) El motín del que ha sido víctima no borra los errores de Sánchez: los que comentábamos el domingo pasado.
c) Hay quienes dicen —nuestro amigo Martínez Carrión, entre otros— que el PSOE necesita refundarse. No sé exactamente lo que eso significa. Pero sí creo que los socialistas, si quieren seguir jugando un papel de lustre en la democracia española, deben replantearse tres cuestiones: la ideología, la organización y el liderazgo. En cuanto a la ideología, lo mejor para España, me parece, es un partido socialdemócrata clásico; o sea, que asume la democracia parlamentaria y las libertades tal como se entienden en Europa; que acepta sin reservas mentales el capitalismo, pero que lo somete a normas estrictas y no renuncia a la intervención pública en sectores estratégicos como la banca, la energía o los transportes; que garantiza el llamado estado del bienestar mediante un sistema fiscal justo y progresivo; que es firme partidario de la unidad de España, pero no le incomodan las distintas sensibilidades patrióticas que en ella hay, y está dispuesto a reconocerlas políticamente; y que se siente a gusto en la Unión Europea y en la OTAN. En cuanto a la organización, debería conjugar armónicamente —y es muy difícil, lo reconozco— la legitimidad tradicional de un partido de cuadros —la que disfrutan los candidatos a diputado, por ejemplo— con la surgida de la democracia directa —la que tenía el pobre Sánchez—, dando a los militantes de base mayor protagonismo y asegurando el acceso a los cargos por mérito y capacidad, no por asentimiento. Y, por último —por último, en todos los sentidos: es decir, que no pueden empezar la casa por el tejado—, deben procurarse un líder solvente y atractivo dentro y fuera del partido. Bien sé que todo esto es más difícil de hacer que de decir, pero doctores tendrá la iglesia…
d) El PSOE no se va a romper. Desde el día siguiente a la fundación ha demostrado ser más una patria que un partido. Por eso ha sobrevivido a disensiones internas gravísimas. Ahora bien, si se empeñan, pueden pasar muchos años en la más absoluta irrelevancia.
e) El principal enemigo para la supervivencia del PSOE es Podemos. Con él es con quien deben marcar claramente la linde, cosa que, por otra parte, no es tan difícil.
f) ¿Qué pasará en los próximos meses? Lo ignoro. No creo que le ofrezcan a Rajoy una abstención sin condiciones, porque ello equivaldría a traicionar a muchos militantes y votantes. Creo, incluso, que Rajoy tal vez se permitiera despreciar el ofrecimiento —ya sabe: Roma no paga a los traidores— y forzar las terceras elecciones, que ganaría sin despeinarse.
g) ¿Se presentará Sánchez a unas hipotéticas primarias? Con los partidarios sobrevenidos que le han brotado, es probable que saliera vencedor. Por lo tanto, tendrán que buscar alguna manera de cerrarle el paso.
h)…
Podría seguir divagando —hablar de los dirigentes de su región, de alguna diputada de su provincia que parece estar secuestrada, de Felipe González, de El País—, pero estoy cansado de perder el tiempo en asuntos que me han de dar resueltos. De modo que salgo a pasear un rato por el barrio en esta hermosa mañana de domingo, ocupación más fructífera que cualquier especulación política.
Un abrazo.
Los amigos de la tertulia han leído también el correo. Le hacemos caso a don Juan: tomamos una copa y salimos a disfrutar de la tarde.


domingo, 25 de septiembre de 2016

Regreso

Don Juan está prácticamente recuperado de la operación; ahora le aguarda la segunda fase del tratamiento, que empezará en octubre y se alargará varias semanas. Entre tanto, él se ha instalado tozudo y feliz en el presente —un paraíso recién descubierto—, libre de las inquietudes del pasado y voluntariamente ignorante de las asechanzas del futuro. En el paraíso presente don Juan ha retomado el gobierno de su vida, disfruta con fruición de los dones gratuitos que se esparcen por el mundo, y se interesa ávidamente por las cosas que pasan, o sea, que les pasan a los seres humanos, en cuya tribu se ha vuelto a incluir.
Hoy acude a la tertulia algo pálido, un poco más flaco, con bastón; pide café cortado y un jerez dulce; la voz, aunque firme, me suena extraña, ronca, como oída por la radio o en una grabación antigua. Le preguntamos por la salud; se sacude el asunto en pocas palabras:
—Bien. Estoy vivo y puedo valerme. Por ahora es suficiente.
Para descartar la recurrencia, pregunta él:
—¿Hay novedades? Cuéntenmelas..
Sabemos que son preguntas retóricas, que él está al día; respondemos cautamente:
—Pocas novedades hay. En la política…
Interrumpe:
—En la política hay algunas: Sánchez quiere formar gobierno.
—¿Qué le parece?
—Me parece la única salida que le quedaba, pero no creo que tenga éxito ni sé si será bueno.
—Explíquese.
—Si Sánchez, perseverando en el no, excluye tercamente la posibilidad de un gobierno de Rajoy y no desea terceras elecciones, el camino inevitable es intentar gobernar él mismo. Se trata de un corredor arriesgado, cada vez más estrecho, infestado de abrojos, sin vuelta atrás, que quizá concluya en la celada de su muerte política. Pero ha llegado aquí por errores tácticos propios: ¿qué necesidad tenía de haberse cerrado desde el principio todas las puertas? ¿No podría haber negociado? ¿Haber dicho, al menos, que estaba dispuesto a negociar? ¿Haber puesto condiciones serias y duras al PP a cambio de la abstención y, si la negociación fructificaba, liderar en el Congreso la oposición a un gobierno en minoría?
—¿Y si no fructificaba?
—Hacer evidente que era por culpa del Partido Popular.
—No es fácil negociar con Rajoy.
—No. Y menos después de todos los desaires que el pobre Sánchez ha tenido que sufrir. Pero el Partido Popular quiere las terceras elecciones —sabe que le beneficiarán— y los desaires a Sánchez no son viscerales: forman parte de una estrategia bien calculada para frustrar cualquier negociación que merezca ese nombre; forzar la repetición de las elecciones, pero echarle la culpa al PSOE por la intransigencia de Sánchez. Es decir, la estrategia del PP tiene como objetivo la mayoría absoluta, que ahora sienten al alcance de la mano. Sánchez debería haberlo visto y haberse anticipado.
—¿Qué pasará, entonces?
—Que Sánchez fracasará en el intento de formar gobierno. Entre otras cosas porque negociar con Podemos —incluso abandonado el histrionismo pueril de antaño no es más fácil que negociar con Rajoy. Y porque incluir en el lote a partidos nacionalistas numerosos y muy diversos sería a costa de dejarse muchos pelos en la gatera. Demasiados izquierdistas españoles son, a este respecto, de una ingenuidad candorosa: creen que los partidos nacionalistas de izquierda son de izquierda antes que nacionalistas; se equivocan lamentablemente: los partidos nacionalistas —como el adjetivo indica— pondrán siempre la patria —su patria por delante de la clase.
—¿Entonces? —insiste el del piñón fijo.
—Entonces habrá elecciones. El Partido Popular, solo o en compañía de Ciudadanos se hará con la mayoría absoluta. Sánchez —si es que le dejan presentarse— saldrá de ellas amortizado políticamente; el Partido Socialista, como tantas veces en la historia, quedará hecho unos zorros; y la política, los políticos y la democracia española acumularán desprestigio sobre desprestigio. Qué lástima.
—Pero usted sostenía hasta hace bien poco que no habría elecciones…
—Es cierto. Creía que los dirigentes españoles eran más inteligentes y más generosos. Lamento haberme equivocado.
—¿No pagará el PP la corrupción que lo tizna por todos lados?
—No. Los votos escandalizados que tuviera que perder los perdió en diciembre del año pasado. Mientras, en la izquierda, el PSOE continuará desangrándose; y Podemos, ya exento de glamur, se deshinchará otro poco.
No ha terminado el café; apenas ha probado el jerez; se levanta sin apoyarse en la garrota, y se despide hasta el domingo que viene.
En la tertulia queda una sombra de desazón. La espantamos con otra copa.


domingo, 18 de septiembre de 2016

Convalecencia y memoria

Desde primeros de septiembre don Juan se ha quitado obligaciones: de la vendimia se ocupa el capataz de los rumanos bajo la supervisión del amigo bodeguero; los trabajos académicos y las lecturas profesionales han quedado aparcados sine die; vive con la hija en Almagro y, por primera vez en la vida, se deja cuidar. Por lo tanto, le queda mucho tiempo para perderlo… o echarlo en la introspección.
—La convalecencia —dice esta tarde, con la seguridad de quien se ha enterado hace poco— no es solo el periodo durante el que uno va recuperándose de la enfermedad; es también un estado de ánimo que propende a la melancolía y a la pereza: algo así como el final de las vacaciones.
—¿La enfermedad es una vacación?
—Cuando no es grave o está siendo derrotada, así se puede ver: nadie te pide cuentas, nadie te aprieta. Sin embargo, la convalecencia, propende a la melancolía porque uno no logra olvidar que ha palpado el desvalimiento y la decrepitud.
—Habría que alegrarse de haberlos eludido. ¿No?
—Si uno es viejo, no.
—¿Y la pereza?
—Las fuerzas menguadas disuaden de cualquier esfuerzo, incluso lo descartan por inútil.
—¿No hace usted nada, entonces?
—Leo distraídamente libros atrasados.
—¿Novela histórica?
Me mira con horror exagerado pero verdadero: como si la temiera más que a la enfermedad.
—No, por Dios. Leo historia más o menos polémica, sin ningún afán de contraste ni de comprobación: para pasar el rato. Hace unos cuantos años, cuando salieron al mercado, compré casi al mismo tiempo dos libros muy diferentes y complementarios: El holocausto español de Preston y El terror rojo de Julius Ruiz, y seguí las controversias a que dieron lugar. Pero, quizá por las controversias, hasta ahora no los había leído.
—¿Julius Ruiz? ¡Vaya nombre! —interrumpe un lego.
—Julius Ruiz, nieto de un español republicano exiliado en el Reino Unido, es profesor de la universidad de Edimburgo. Tiene mala prensa entre el público y los historiadores progresistas, pero nadie niega que es concienzudo, atento a las fuentes y sujeto a los datos.
Cuando todos creíamos que don Juan iba a seguir con los libros, hace un regate de los que tanto le gustan:
—Por aquel tiempo estaban arreglando la carretera de Carrión. Antes de llegar al cruce con la de Pozuelo a Torralba había en la cuneta una pequeña cruz de piedra, costrosa de líquenes, sucia, casi cubierta por los yerbajos, olvidada. Un buen día apareció limpia y con los nombres del pedestal bien visibles.
Lo miramos desconcertados, interrogantes. Don Juan prosigue.
—Hablamos aquí hace poco de la Guerra. Ochenta años han pasado y continúa viva, es decir, continúa influyendo en las conciencias de la gente, conmoviéndola y condicionando las actitudes, no solo las convicciones políticas. ¿Por qué alguien limpió la cruz de la cuneta? ¿Por qué el libro de Preston fue un best seller? ¿Por qué el de Ruiz se vendió mucho menos? ¿Por qué historiadores de pacotilla —Vidal, Moa— se hicieron ricos? ¿Por qué se habla tanto de la memoria histórica? ¿Qué es exactamente? ¿Cómo se explica lo que está pasando en Herencia?
Muchas preguntas son. Habría que irlas respondiendo poco a poco, una a una, aunque todas estén relacionadas. Parece que don Juan me hubiera oído.
—Desde muchos puntos de vista, la Guerra partió a España en dos. Todos los españoles sufrieron y muchos hicieron sufrir. Aquel sufrimiento es una herida que no está del todo cicatrizada. La historia —la historia limpia y honrada— puede ayudar a cicatrizarla. La historia mezquina y tramposa, no. Y las preguntas tendrían buenas respuestas. Por lo que estoy viendo, Ruiz hace menos trampas que Preston, aunque cometa errores y tenga algún gazapo bastante gracioso, no sé si por su culpa o la del traductor.
—Pero no todo el mundo lee historia rigurosa ni está en condiciones de distinguir el trigo de la cizaña.
—El consenso científico existe: en los institutos se podría enseñar. Y en los espacios públicos de convivencia, además o en lugar de borrar, se podría difundir. Hay quien lo está haciendo en algunos sitios; pero en Almagro, por ejemplo, que yo sepa, no lo ha hecho nadie.
—Quizá no haga falta.
—Durante un tiempo fue bueno que no se hablara de estas cosas. Ahora, tal vez es imprescindible que se hable. Con rigor y buena fe; no para ajustar cuentas: para aprender.
Y dejamos a don Juan convaleciendo.