jueves, 29 de octubre de 2015

Lecturas de don Juan: 'El desierto verde'

El desierto verde
Eduardo Moga
Editora Regional de Extremadura
Mérida, 2012


Le apetecía a don Juan hablar aquí de la Editora Regional de Extremadura, y encontrar este libro, del que había oído hablar pero nunca había visto. Afortunadamente, se topó con él la semana pasada en una librería de Toledo y mata hoy dos pájaros de un tiro.
La Editora Regional de Extremadura —pese a los vaivenes e injerencias políticas, algunos y algunas bastante llamativos, al menos vistos a distancia— es probablemente la mejor empresa —acepciones 1 y 4 del DRAE— editorial pública de todas las que existen en España. Gracias a ella han alcanzado visibilidad muchos autores de interés, lo que se escribe en Extremadura se ha podido mostrar con dignidad, y el catálogo es diverso, pero coherente, y de nivel más que aceptable. Además, los libros que publica están bien hechos, son atractivos a la vista y al tacto, y muestran como distintivo la reproducción de un objeto que a don Juan le fascina: la famosa nómina de Barcarrota —algún día hablaremos de la tragedia característicamente española que representa la biblioteca de Barcarrota y del milagro de su descubrimiento—. ¿No sería posible aprender? ¿Nuestra Consejera de Educación y Cultura no podría darse una vuelta por allí y que le expliquen? De nada, no las merece.
Respecto al autor, todos los lectores del blog conocen el aprecio que don Juan siente por Eduardo Moga. Es uno de nuestros poetas más sólidos, más arriesgados y menos previsibles. Se toma en serio la poesía y la trabaja como haría un artesano o un artista plástico; es decir, dándole importancia a la poesía misma, no al poeta que la produce. Por eso, cuando tantos poetas se miran constantemente el ombligo, él prueba, persevera, curiosea, estudia, trabaja las múltiples posibilidades de la poesía —técnica y arte— para alumbrar el mundo. Muy pocas veces decepciona y nunca aburre.
En este librito Moga habla de Hoyos, el pueblo de su casa de vacaciones. Son quince poemas más una introducción. El primero de los poemas, en verso, es la puerta del resto, o sea, la puerta del pueblo. Los demás, en prosa, pasan revista a los tópicos veraniegos: el amor sin prisas, los paseos, la piscina, las copas y conversaciones nocturnas, los ruidos rurales, el lento fluir del tiempo, el paisaje, el calor, la casa, la evocación del padre en los propios estragos de la edad... Es decir, nada nuevo ni ignorado. El mérito está en el cómo. Y ahí Moga exhibe recursos seductores y nos trasplanta al pueblo y al verano emocionadamente y con unas pizcas muy sabrosas de ironía.
He aquí un fragmento de "Fonte Santa":
Aquí estoy, viendo a las golondrinas rasguñar el agua con el alfiler de sus picos [el cristal se distiende como una flor destartalada, y se reconcilia luego en ondas, que expiran en delicados alisamientos labiales], o a las palomas torcaces, cuyo plumaje transita del índigo al perla, confundirse con la claridad, o a los gorriones encontrar apoyo en lo inestable, sabiendo que todo saber ha sido derogado, que la conciencia se ha desvanecido en el hecho aritmético de la percepción, y que la plenitud se cifra en el espacio que me separa de la araña que se pasea por el antepecho en que estoy apoyado, y en el caótico refulgir de los chopos, cuyas hojas de diamante se agitan como manos, y en la agónica certeza de que no hay certezas.
 Siete euros cuesta.