domingo, 27 de septiembre de 2015

San Miguel

Mientras los catalanes estarán votando —unos con el alma encogida, otros con la euforia de las vísperas de fiesta— nosotros hemos comprado el periódico y nos damos un paseo por el pueblo. Hablamos de Cataluña, claro.
Tengo muy escasa simpatía por los dirigentes catalanes, salvo por Iceta, que parece bueno y sensato —dice don Juan—. Pero por los catalanes rasos siento bastante aprecio; sé que la inmensa mayoría de ellos no es fanática ni estúpida ni malvada. Es decir, los catalanes son, obviamente, iguales que el resto de los seres humanos, y los defectos y cualidades comunes a los seres humanos se reparten allí en las mismas proporciones que entre los maoríes o los almagreños. De modo que, si muchos quieren la independencia, será por algo.
Pues Savater o Azúa no opinan lo mismo. Creen que Mas les ha sorbido el seso y los ha llevado a este arrebato de rauxa suicida.
Savater o Azúa son personas de extraordinaria inteligencia y escritores brillantísimos, pero serían pésimos gobernantes. Las personas de tanta inteligencia poseen una virtud que, por exceso, se hace defecto: son muy generosas con nosotros, los mortales del montón; nos creen tan inteligentes como ellos. Para nuestra desgracia, yerran los pobres: somos díscolos y duros de mollera; ni los entendemos ni atendemos los consejos que nos dan. ¡Cuánto les hacemos penar!
Don Juan...
Los buenos gobernantes son gente común o, por lo menos, entienden a la gente común. No digo que hayan de ser brutos o zafios, porque la gente común no es bruta o zafia; digo que deben comprender las flaquezas humanas: la pereza, la irreflexión, la desmemoria, la cortedad de miras, el egoísmo... lo que tenemos de primitivos, la mera biología. Y orientarnos con paciencia y con amor, sin tomarnos por tontos como los dictadores y los demagogos, y sin sobrevalorarnos como estos sabios.
No hay últimamente buenas cosechas de gobernantes; y Zapatero, según Azúa, es el peor de los peores.
Zapatero no era Churchill; pero no era peor que Rajoy, por ejemplo, y en muchas cosas era mejor: entendió bien el problema de Cataluña. A quienes no entendió fue a los periódicos de Madrid, a las televisiones digitales, a la caverna del Partido Popular —incluidos los magistrados monaguillos—... Pero a los catalanes y sus aspiraciones los entendió muy bien. Y supo que es más provechoso para la sociedad ser bombero que pirómano.
¿Qué va a pasar, don Juan?
Ojalá no haya un resultado claro. Ojalá los dirigentes saquen de ello la lección que corresponde. Ojalá los demás españoles lo comprendan también. Ojalá todos entierren la demagogia y empecemos a hablar claro y con buena voluntad. Ojalá.
Don Juan no parece muy convencido de lo que dice. La mañana amaneció fresca, ya es calurosa: nos obliga a buscar las aceras en sombra de las calles, que se están animando de gente ajena a Cataluña, ajena a lo que no sea tomarse unas cervezas en la plaza. Va siendo la hora del vermú, el último de la temporada; a partir del domingo que viene, echando de menos el Corregidor, buscaremos un sitio donde pasar las tardes. ¿Lo hallaremos? El futuro es siempre incierto pero, si Dios cierra una puerta, abre una ventana.
Pica el sol, nos acorralan las moscas: el veranillo de San Miguel.
Cuando yo era chico, el año —el año natural, quiero decir— empezaba en San Miguel. Acabadas las cosechas, ese día se ajustaban los gañanes: un nuevo ciclo en el eterno retorno de las cosas...
¿Añora la infancia, don Juan?
No, Dios me libre: añoro anticipadamente el futuro que no he de ver y sueño el pasado que me hubiera gustado ver. Su alusión a San Miguel me ha recordado a los gañanes de la infancia, pero también a don Antonio Machado. Él dijo que habría que consagrar España al Arcángel por la cantidad de Migueles excepcionales que hemos tenido: Servet, Molinos, Cervantes, Unamuno... Cervantes nació —probablemente— el día de San Miguel de 1547; el día de antes había nacido Mateo Alemán. De Cervantes hablaremos este año o el que viene si Dios nos da salud y los fastos no nos abruman. De Alemán, también. Los almagreños tienen con Alemán dos deudas —conocimiento y reconocimiento— que deberían pagar. ¿Cuándo?

jueves, 24 de septiembre de 2015

Lecturas de don Juan: 'Etnonacionalismo'

Etnonacionalismo
Walker Connor
Trama Editorial
Madrid, 1998



Sí, tocaba poesía pero, con lo que hay a la vista, más vale ponerse prosaicos: otro tiempo vendrá distinto a este y regresaremos a la lírica.
Walker Connor es un anciano nacido en 1926 que se ha ganado la vida como profesor en una oscura universidad de un oscuro estado de los Estados Unidos. Su gran mérito reside en haber sido de los primeros en estudiar, científicamente y desde planteamientos marxistas, el fenómeno del etnonacionalismo que, ya en la Primera Guerra Mundial, dejó pasmados a los marxistas de la primera hornada. Estos pensaban que la unidad esencial de las sociedades modernas es la clase y que todos los demás vínculos que ligan a los seres humanos —y los enfrentan a otros seres humanos— tienen una importancia secundaria. Pues bien: no. Lenin lamentaba amargamente que obligada a elegir entre la conciencia proletaria y el etnonacionalismo, la clase obrera de Francia y de Alemania se decidió a luchar en nombre de sus respectivas naciones. El propio Lenin, bastante a la ligera, adjudicó este hecho obvio a la vil traición al socialismo cometida por la mayoría de los líderes del proletariado. Se equivocaba. Como se equivocan hoy tantos obcecados en negar que la patria —tal vez lamentablemente, pero ¿de que les sirve a los picapedreros quejarse de que las piedras estén duras?— es la comunidad de mayor tamaño que, a la hora de la verdad, domina eficazmente las lealtades humanas. Claro que Lenin, que no era tonto, rectificó enseguida y utilizó muy sabiamente el etnonacionalismo como arma revolucionaria. Con Stalin, que tampoco era tonto, las cosas ya fueron de otra manera, aunque no por ignorancia: en 1913, en El marxismo y la cuestión  nacional, dejó una de las mejores definiciones de nación de todas las que conoce don Juan. Esta: "Una nación es una comunidad estable de personas constituida históricamente sobre la base de una lengua, un territorio, una economía y una mentalidad comunes que se manifiestan en una cultura compartida".
Algún cínico podría pensar que, como conocía muy bien a las naciones pequeñas —era georgiano, quiso eliminar engorros y dejar solo la gran Rusia. Ahora bien, ¿acabó Stalin con los nacionalismos étnicos? No, obviamente. Ni Franco tampoco.
De todas esas cosas habla el libro de Connor: delimita y aclara conceptos —etnia, patria, nación...—, se apoya en ejemplos y casos muy sugestivos, tiene un conocimiento de la historia europea verdaderamente enciclopédico, sintetiza en muy buenos esquemas y presta bastante atención a los nacionalismos catalán y vasco.
Por eso merece la pena dedicarles un poco tiempo y esfuerzo —la lectura no es siempre fácil para los profanos— a los artículos y ponencias que forman el libro: en conjunto son de lo mejor que se ha escrito sobre un tema que nos toca de cerca.
¿Se le pueden hacer objeciones? A don Juan se le ocurre una, por lo menos. Connor da excesiva importancia a la lengua como constituyente de la etnia: obviamente es un elemento importante, pero no es el más importante —ni el más duradero. Y, tal vez por eso, quizá se equivoque al tachar de étnico al nacionalismo catalán. Los españoles un poco atentos sabemos que el nacionalismo catalán no es étnico, es meramente lingüístico y, en consecuencia, asimilacionista (¿Quién es catalán? Cualquiera que tenga por lengua el catalán, aunque sea negro o nacido en Valenzuela de Calatrava). El nacionalismo vasco, en cambio —que se lo pregunten a Sabino Arana, que lo fundó— es otro cantar.
El libro cuesta diecisiete euros.

domingo, 20 de septiembre de 2015

Nostalgia de la patria

No sé cómo, sale en la conversación este poema que a don Juan le gusta mucho:

    Alta traición
No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques, desiertos, fortalezas,
una ciudad deshecha, gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
y tres o cuatro ríos.
                 José Emilio Pacheco
                 No me preguntes cómo pasa el tiempo

A don Juan le ocurre más o menos lo mismo: amar el fulgor abstracto de la patria se le hace fatigoso, pero por muchas cosas que se cobijan bajo el nombre de España —paisajes, ciudades, personas, figuras y hechos de la historia, libros, monumentos…— siente sincero aprecio, incluso —por unas pocas— agradecida veneración.
Eso ya lo sabíamos, don Juan.
Bueno es que nos conozcamos. Pero ahora… En fin: me estaré haciendo viejo —don Juan escalona pausas teatrales; luego, se lanza en carrerilla—. A los viejos se nos ablandan las meninges y nos volvemos sentimentales. Ahora —mire usted por dónde— de cuando en cuando también echo de menos el fulgor abstracto de la patria. Toda la vida pensando que las entidades políticas modernas deberían ser tan solo asociaciones racionales y escuetas de individuos libres, a las que bastaría un sistema de normas aprobado y aceptado por la mayoría, y resulta que, en la vejez, añoro las emociones sensibleras de la patria, las que se experimentan en el contacto rebañego, tibio y oloroso, del gentío.
Vaya por Dios —digo por decir algo.
Veía yo el otro día la multitud alegre y pacífica llenando las calles de Barcelona y pensaba para mí, con cierta envidia: “Esos tienen patria”. Una patria que los seduce, los ilusiona y los exalta como una novia joven. Y ¿quién podrá parar un amor así, un amor que aún no ha sufrido los desconchones de la convivencia!
Pero, don Juan: esa patria es un invento, no tiene base ni justificación.
Ya: ¿y de qué sirve contarle a alguien enamorado las taras del amor? Todas las patrias son inventos. Las religiones son inventos, las familias son inventos, los equipos de fútbol son inventos… Pero, cuando muchos creen fervientemente en ellos, cobran una potencia formidable. Gracias a inventos como estos, la gente emprende titánicas empresas colectivas y hasta entrega gozosa la hacienda y la vida por la patria o por Dios o por el Deportivo de la Coruña; por lo que sea: Omnia pro patria; dulce et decorum est pro patria mori.
¿Cuál es su patria, don Juan?
Si llevaba razón Cánovas cuando la boutade aquella de que es español el que no puede ser otra cosa, yo me resigno a ser español. Me disgusta no poco compartir patria con numerosos mentecatos que hacen de la españolía —¿españolez? ¿españolhez?— salvoconducto para cualquier atrocidad, pero hay cosas y personas que me reconcilian constantemente con ella. De todas formas, a mí, como a Erasmo, non placet Hispania. Es decir, me gustaría que fuera mejor, los españoles más cultos y más tolerantes, y la patria menos inhóspita; que se fuera desvaneciendo el afán inquisitorial de eliminar al diferente. Yo estoy seguro de que, si los españoles aceptaran constituir una entidad política ―o sea, un Estado― en el que cupieran armoniosamente varias patrias, muchos catalanes de los que estaban abarrotando las calles de Barcelona el 11 de septiembre no querrían la independencia. Porque, aunque algunos no lo entiendan, no es obligatorio que cada patria ―entidad cultural y sentimental― haya de constituirse en un estado ―entidad política y de intereses―. Ahora bien, ninguna patria aguanta cómodamente dentro de un estado que la niega o cuyos ciudadanos la denuestan.
—Los catalanes tampoco quieren diálogo: quieren la independencia por las bravas.
No lo sabemos, no sabemos cuántos: no se lo hemos preguntado, no los hemos contado. Países más civilizados que el nuestro han resuelto ―al menos por ahora― conflictos similares civilizadamente. Aprendamos de ellos. Aprendamos de Quebec o de Escocia. Seamos como Canadá o el Reino Unido.
No puedo responder. Don Juan, antes de despedirse, añade:
Es un milagro que España perdure todavía como patria de tantos. Las patrias ―porque son inventos― necesitan cuidados: alguien debe mantener vivo el fuego del patriotismo y alumbrar con él nuevos patriotas. En España eso no lo hace nadie, ni la escuela ―por ejemplo: ¿cuántos jóvenes españoles saben leer el escudo de España?―, ni las instituciones ―mire usted la cantidad de banderas mugrientas y deshilachadas que cuelgan en los edificios públicos―, ni los responsables políticos ―esté usted atento a la desgana con que se celebrará dentro de unos días la fiesta nacional―: nadie. En un caso de desidia que no tiene igual en el mundo, hemos dejado la educación patriótica en manos de los más bestias, de los más incultos, de los más turbios. Y, sin embargo, la patria permanece. Algo tendrá España cuando sobrevive a la estupidez y la zafiedad de tantos brutos que se proclaman españoles genuinos. Ya le digo: un milagro.

(Observación: el poema de Pacheco tiene otra versión con ligeras variantes —aun así, significativas—. ¿Por qué prefiere don Juan esta? Porque incluye los desiertos, obviamente, y porque no restringe los bosques a un solo tipo de bosque.)

jueves, 17 de septiembre de 2015

Lecturas de don Juan: 'La España de los pingüinos'

La España de los pingüinos
Enric Juliana
Destino
Barcelona, 2006


Hace ya muchos años, en Almagro se podía comprar La Vanguardia. Todos los días, dos o tres ejemplares formaban en el quiosco un montón ridículo junto a los montones mucho más altos de los periódicos de Madrid. Don Juan nunca llegó a saber quién o quiénes serían los compradores, pero se los imaginaba cultivados, apacibles y poco proclives a la teatral indignación que promovían —todavía promueven— algunos diarios de la capital. Aquellos desconocidos lectores de La Vanguardia —y ahora ustedes también, si tienen la curiosidad de asomarse a la edición digital— leerían, sin duda, las muy agudas crónicas que enviaba desde Madrid Enric Juliana. Juliana es un periodista a la vieja usanza, en la estela de otros grandes periodistas catalanes —Gaziel, Pla— que cuidan mucho la vertiente literaria del periodismo sin olvidar que este se reduce a tres cosas: observar, entender y contar.
Juliana publicó en 2006 el libro que ahora, con cierta melancolía, relee don Juan. Algunos de los nombres que en él aparecen se han diluido en la penumbra del olvido y uno tiene que hacer esfuerzos para rememorarlos, pero la realidad que describe, las nubes que otea en el horizonte, los riesgos sobre los que llama la atención siguen vigentes y, desgraciadamente, con pronóstico más incierto. Por eso merece la pena leer este libro: está escrito por alguien convencido de la bondad de España, cree que merece la pena trabajar por el entendimiento, pero duda de la sensatez de los españoles para asegurarle la continuidad. Si ustedes vieran a un ciego correr hacia el abismo ¿no le avisarían del riesgo, no le pedirían que se parara? Pues eso hace Juliana en resumidas cuentas. Y con una prosa excelente.
Si no encuentran este ejemplar —que a don Juan le costó dieciocho euros y medio—, pueden comprar España en el diván, un volumen que agrupa a La España de los pingüinos (2006), La deriva de España (2009) y Modesta España (2012). Cuesta veinticuatro euros, algo menos de siete en electrónico. Les vendrá bien: entender lleva más esfuerzo que descalificar, pero es mucho más sensato.

domingo, 13 de septiembre de 2015

Zancadillas

Don Juan tiene en Navaltizón unos cuantos miles de cepas viejas que no ha querido levantar en espaldera ni poner en regadío. La cosecha es menor que la de los vecinos, pero el fruto es mejor. Un amigo, viejo también, de Tomelloso, le toma la uva y hace con ella —y con otras similares— un vino excelente que vende a muy buen precio. Desde 2007 —o sea, desde la época en que los españoles andaban abducidos por la construcción y creían que esto del campo era una antigualla— a don Juan le vendimia una cuadrilla de ocho o diez rumanos, siempre los mismos, con los que tiene ya una confianza que se parece mucho a la amistad. Casi todas las tardes, al dar de mano, don Juan se sienta con ellos en el corral, beben del vino que vendimiaron el año pasado, y charlan de la vida. Los rumanos andan por los cuarenta años, son inteligentes, bastante instruidos, trabajadores, educados, se expresan en un castellano impecable... Pero son racistas —o xenófobos o etnonacionalistas, o como se les quiera llamar—. Hablan mal, sobre todo, de los gitanos, aunque tampoco dejan en muy buen lugar a los búlgaros, a los ucranianos, a los rusos, a los serbios, y menos todavía a los turcos —por extensión, a todos los musulmanes— y a los húngaros. A don Juan —nada gregario, como sabemos— esta actitud le repugna instintiva e intelectualmente, pero antes de juzgar prefieren entender. La historia del este de Europa no ha sido fácil, la convivencia entre las gentes que la han habitado, tampoco. El socialismo real, que presumía de haber acabado con los nacionalismos étnicos, no hizo en realidad más que reprimirlos fieramente y preparar así una sofisticada y peligrosa bomba de relojería. Los rumanos —estos rumanos— no tienen mala opinión de Ceaucescu.
La pasada primavera, cuando don Juan anduvo predicando por aquellas tierras, paró unos días en Budapest. Los húngaros hablaban pestes de los gitanos, de los serbios, de los ucranianos, de los eslovacos... y, sobre todo, de los rumanos: les parecen idiotas, brutos, viles, ladrones, holgazanes, fanáticos... Los húngaros han votado a un gobierno autoritario y nacionalista que no reniega de las cruces flechadas. Don Juan lo lamenta, pero el gobierno de Orbán es legítimo.
—¿A dónde nos lleva, don Juan?
—A Petra László, la periodista húngara que agredía a los sirios con solvencia de yudoca. El comportamiento de esta mujer nos parece aberrante por exagerado y ostentoso, pero la xenofobia que lo causa no es, lamentablemente, excepcional. ¿No se les ocurre a ustedes ningún periodista español que hubiera podido hacer lo mismo de haber sabido que nadie se iba a enterar? ¿No conocen a ningún periodista español que se comporte de la misma manera todos los días, aunque sea solo de palabra?
—No es lo mismo, don Juan.
—No es lo mismo, claro. Pero es una diferencia de grado, no de naturaleza: palabra, obra u omisión proceden todas de la misma raíz. Lo natural humano ha sido siempre la xenofobia; lo excepcional y maravilloso es lo contrario. Trabajar porque todos los seres humanos lleguen a considerar a todos los seres humanos como iguales y depositarios de los mismos derechos es una tarea ardua cuya culminación, si llega a producirse, tardará siglos: conviene tenerlo en cuenta para no caer en voluntarismos que se desinflan tan rápido como crecen.
—¿Qué quiere usted decir?
—Quiero decir que provocar la solidaridad momentánea es fácil, convertirla en hábito no lo es tanto, salvo que los solidarios encuentren en ello algúna utilidad. Los europeos, muchos y viejos como somos, recibiríamos un beneficio innegable y casi inmediato de la acogida de inmigrantes y refugiados: ya que nosotros no tenemos hijos, que nos los traigan hechos.
—Eso es muy mezquino, don Juan.
—Probablemente, pero a lo mejor es más útil a la hora de convencer a los ciudadanos europeos, ciegos y egoístas, que todos los sermones.
—No sé, no sé —manifiesto escepticismo.
—Si alguien necesita con urgencia que le vendimien, acoge a los rumanos con la mejor disposición. Si no lo necesita…
Don Juan me desconcierta muchas veces, sobre todo cuando baraja la gramática parda con la alta cultura.
—No me malinterprete, por favor —matiza él—. Yo no creo que los europeos seamos una horda bestial de racistas. Solo digo que el racismo existe y que hay que contar con él. Por cierto, ahora que en España tantas cosas van mal, es bueno decir que en este asunto vamos bastante bien. Tenemos un porcentaje de inmigrantes más alto que la mayoría de los países y, sin embargo, la xenofobia articulada políticamente es irrelevante.
—Ojalá dure.

jueves, 10 de septiembre de 2015

Lecturas de don Juan: 'Epístola moral a Fabio'

Epístola moral a Fabio y otros escritos
Andrés Fernández de Andrada
Real Academia Española
Madrid, 2014



La Epístola moral a Fabio es, sin discusión, una obra maestra de la literatura universal. La relación de don Juan con ella tiene más de sesenta años. La leyó por primera vez en Las cien mejores poesías líricas de la lengua castellana, esa antología tan curiosa que recopiló Menéndez Pelayo a principios del siglo XX y que quizá se siga vendiendo todavía. Seguramente no la entendió del todo, pero le dejó la misma sensación de serenidad, equilibrio y amistosa cercanía que experimenta aún cada vez que la lee o cada vez que la recuerda —y, si se lo propone, es capaz de recordarla al pie de la letra—. Todos los otoños —don Juan tiene unos cuantos textos poéticos que repasa al menos una vez al año, según las estaciones: las Soledades y el Polifemo en el verano, la Epístola moral y las Coplas de Manrique en el otoño, San Juan de la Cruz en el invierno, Garcilaso en primavera...— dedica un rato largo a la Epístola: de la lectura sale reconfortado, limpio y, a media que ha ido envejeciendo, más.
Esta tarde, a la sombra del nogal, cuyas hojas empiezan a dorarse, sintiendo como un regalo el dulce olor del mosto que todo lo impregna, se ha bañado en la Epístola. Ha visto que su mundo está bien hecho, que para la vida buena necesita muy pocas cosas, que la mayoría de las que lo rodean tienen escasísima importancia, y que de todas las que le faltan solo una desea y pide: ¡Oh muerte!, ven callada / como sueles venir en la saeta.
El volumen de la BCRAE, que recupera la edición y el estudio, excelentes, de Dámaso Alonso, cuesta menos de 23 euros; pero los doscientos cinco versos de la Epístola, valiosos como un vaso de vino y un rato de conversación, se encuentran gratis en cualquier parte. Por ejemplo, aquí.

domingo, 6 de septiembre de 2015

Paseo

La mañana nubosa y fresca, la luz triste, el pueblo desierto, mujeres solas que acuden a misa...
—Parece mentira, don Juan: estamos en otoño.
—Aún no, amigo. Como todos los años, el verano tiene un epílogo de días grises que el cine y cierta poesía han explotado muy bien: se acaba el tiempo sin tiempo —¿la felicidad?— del verano y da mucha pereza encarar las rutinas del curso. Pero esos son embelecos de las gentes sedentarias como usted —los que tienen vacaciones e inventaron la simpleza del síndrome posvacacional; para la gente del campo, sin embargo, el otoño es una bendición: se vendimia, la cosecha más feliz, y se siembra, el acto más claro de esperanza. Antes, las parejas se casaban al pasar la vendimia: la boda como siembra, confianza en el futuro.
—¡Ah, los viejos tiempos...! Está usted melancólico, don Juan —digo con algo de ironía.
Es que no como —responde socarrón.
Don Juan no es propenso a la melancolía. Pocas cosas le fastidian más que los viejos quejosos, los que dicen “En mis tiempos...”.
—Ser joven es mejor que ser viejo, pero los tiempos en que yo fui joven eran peores que estos, aunque estos no sean buenos.
No le pregunto por qué. Teníamos la intención de ir a desayunar a la plaza, pero la temperatura nos disuade. Estamos un rato viendo los hierros que cubren San Bartolomé como un mecano enorme y minucioso. Pienso que pronto echarán lonas por encima y ante nosotros, pasmados, aparecerá una de aquellas intervenciones de Christo y Jeanne-Claude. Don Juan no llega a tanto.
¿Ve usted? Imagínese esto mismo hace cincuenta años: andamios precarios de madera, materiales subidos con garrucha, hombres a punta de soga bailando en el vacío... El presente es mejor que el pasado, al menos para los albañiles.
Por la calle Compañía vamos a la ronda. Desayunamos en la barra de un bar de viejos quejosos que despotrican contra las novedades futbolísticas —“Ahora el fútbol no vale más que para hacer millonarios a los inmigrantes”, sentencia uno inapelable; veo cientos de sirios jugando en el Madrid, llenando La Finca, copando la Champions—. Reanudamos pronto la caminata: “Que no se nos pegue nada”, dice don Juan.
Desde el Paseo de la Estación llegamos enseguida al camino de Daimiel. La Veleta nos llama discretamente, con una elegancia modesta que se adapta mal a las asperezas del terreno.
Lo que esta gente hace es formidable. Y que se hayan establecido en Almagro debería agradecérseles, sobre todo ahora que cumplen cuarenta años. ¿Cuántos almagreños lo saben?
Don Juan lamenta a veces el silencio atronador de los almagreños ante ciertas cosas que merecerían reproche o alabanza. ¿Es desinterés? ¿Es ignorancia? ¿Es senectud? Don Juan no lo sabe. Yo tampoco.
En el cruce con el camino de Bolaños a Ciudad Real torcemos a la derecha, hacia la vía del tren. Una gaviota recién muerta yace insólitamente en la cuneta. Caminando junto al ferrocarril pasamos por lo que queda del cerro Moreno. Todavía hay abejarucos que salen de los nidos como flechas chillonas. Vestidos de competición, máquinas mudas empecinadas en el esfuerzo, atletas y ciclistas se cruzan con nosotros. Aunque le cueste reconocerlo, don Juan también echa de menos algunas cosas de los viejos tiempos:
En el campo se saludaba a todo el mundo, incluso se paraba uno a interesarse por lo que el otro hacía. Serían vestigios de épocas antiguas en que el campo era peligroso y quizá se necesitara ayuda. Saludar, hablar con la gente, era decirles “Estoy aquí; vengo con buenas intenciones; si me necesitas, acudiré; si te necesito, me socorrerás”. Como ahora hay teléfonos de bolsillo, nadie precisa a nadie.
Yo no digo nada: estoy acostumbrado al mutismo de los deportistas.
Callejeamos un rato por el pueblo. Entre las nubes se abren claros por los que baja tímidamente una luz de miel. Callejón de los Moros —muros desportillados, ruinas—, del Águila; ancianos en Obispo Quesada, Pradillo de San Blas... Va siendo la hora del vermú. En San Agustín don Juan ve que ha cerrado la tienda de Martínez Carrión.
¿Es que en Almagro no hay sitio para la excelencia?
El martini tiene un sabor decrépito. Apenas hablamos. Don Juan empieza mañana la vendimia. Nos retiramos pronto. Al pasar por el Corregidor, recuerdo cierto poema de Machado que parece escrito ayer tarde.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Lecturas de don Juan: 'Continente salvaje'

Continente salvaje
Keith Lowe
Galaxia Gutenberg
Barcelona, 2012



Por si hay algún despistado: el continente al que se califica de salvaje es Europa.
Hace setenta años por estas mismas fechas estaba recién terminada la Segunda Guerra Mundial, pero para muchos europeos, todavía durante bastantes años, las condiciones de vida no mejoraron nada, incluso empeoraron. Y es que la declaración oficial del fin de la guerra, además de un balance desastroso —cuarenta millones de muertos, infraestructuras destruidas, economía colapsada... — dejó tras de sí infinitos atropellos derivados de la absoluta falta de autoridad y control estatal: venganzas, violaciones, hambre, pillaje... unas veces espontáneos, otras tolerados, y hasta impulsados, por los ejércitos vencedores. De todos los desastres humanos, los más graves se produjeron en el este europeo, donde la guerra no terminó en 1945, sino que se prolongó bajo otras formas y con diversa intensidad durante años. Quizá el aspecto más siniestro de aquellos años salvajes fue la limpieza étnica: los judíos prácticamente desaparecieron de Europa, y en lugares donde habían convivido durante siglos gentes de muchas nacionalidades quedaron tan solo los vencedores. Pero en un país tan civilizado como Noruega hubo un plan sistemático de venganza contra las mujeres que habían tenido relación con alemanes y de exclusión contra los hijos de noruega y alemán...
Lowe cuenta las atrocidades con la amenidad y el rigor con que suelen hacerlo los historiadores anglosajones. Y nosotros, lo mismo que podemos horrorizarnos, podemos encontrar también razones para la esperanza: los europeos al cabo de unos años consiguieron superar aquel horror y —recurriendo a la amnesia voluntaria, como era inevitable— alcanzar una reconciliación que ha dado al continente el periodo de paz más largo de la historia. Ahora, el sistema aquel que crearon gentes como Schuman, Adenauer, Monnet, De Gasperi, Spaak... parece que hace agua: antes de tirarlo a la basura convendría pensar en recomponerlo.
El libro cuesta 19 euros.