domingo, 5 de abril de 2015

Sábado de Gloria

Don Juan me invita hoy a comer. Puntual, a las doce llama a la puerta. No lleva chaqueta ni corbata. En la calle nos espera el coche, un Mercedes grande, impoluto, señorial. Dentro huele a rico. Enfilamos la carretera de Bolaños, lo cruzamos y salimos en dirección a Manzanares. Don Juan conduce seguro, bastante rápido. Yo, que todavía no me he repuesto de la impresión, no abro la boca.
¿No quiere saber adónde vamos?
Sé que huimos de la Semana Santa. En lo demás me fío de usted.
Huimos, sí. Ya hemos tenido suficiente. El auge de la Semana Santa en los últimos años es desmesurado; como plaga medieval su veneno ha enloquecido a millones de personas. Ciertamente, es pasión; pero no de Cristo: de los cofrades y sus adláteres. Si hace cuarenta años alguien hubiera predicho esta inflación de pasos, hermandades, cortejos procesionales, nazarenos... nos hubiéramos reído en sus narices. Pero aquí está y no hace más que crecer.
¿A qué se debe, don Juan?
No lo sé. Como dicen los sociólogos y los periodistas cuando quieren nadar y guardar la ropa, será una conjunción de múltiples factores. Se me ocurren varios. En primer lugar, la celebración de la primavera: igual que los perros echan a correr si alguien hace ademán de coger una piedra, los seres humanos de hoy, aunque no vean la luna y vivan de espaldas al campo, conservan en los genes el vínculo con la naturaleza y festejan la resurrección de la vida. En segundo lugar, la Semana Santa se parece al carnaval, otro atavismo: da la oportunidad de participar en ella y sentirse importante a mucha gente que el resto del año no cuenta para nada. En tercer lugar está la moda: un machaqueo publicitario continuo en la televisión, en los periódicos, en las radios incita, para regocijo de los hosteleros, a la emulación borreguil de lo que se ofrece como modelo —y de paso difunde una jerga rimbombante, hueca y ridícula que algún día comentaremos—. Las autoridades, otra vez en la línea del carnaval o de los toros, también han contribuido: promocionando estas tradiciones tan nuestras tienen la oportunidad de exhibirse...
Algo habrá de catolicismo.
Algo hay, pero no tanto. La prueba es que muchos de los que se suman con entusiasmo a los saraos no dudan —incoherentemente, a mi parecer— en proclamarse ateos o, por lo menos, anticlericales. Y a los católicos más comprometidos no les hacen mucha gracia. Pero la iglesia transige: ella es especialista en apropiarse de festejos y dioses ajenos. Y aquí pone un dios que muere y resucita —¡hay tantos!— y un lenguaje. Que los significados de ese lenguaje no sean exactamente los mismos para los que van en las procesiones y para la jerarquía eclesiástica tiene una importancia secundaria: la iglesia cuenta a todos los cofrades como suyos.
A usted estas cosas no le gustan, ¿verdad, don Juan?
A mí me gustaría vivir en un estado laico de verdad, como Francia, por ejemplo. Pero nosotros no hicimos la revolución que hicieron ellos y, además, hay un componente musulmán en nuestra cultura —habría que volver constantemente a Américo Castro— que nos impide distinguir bien lo civil de lo religioso. Y quien podría enseñárnoslo —las autoridades mediante la escuela y el ejemplo— no tiene ningunas ganas. ¡Qué le vamos a hacer! Mientras tanto, huyo o miro con asombro, y repudio las ceras y los oros, la sangre de los toros y el humo de los altares. Ahora bien, la libertad es lo primero: que cada uno haga lo que le dé la gana.
En la autovía de Tomelloso, pasada la cárcel de Herrera, don Juan toma un desvío a la derecha; por carreteras y caminos cada vez menos transitados llega a una finca que se llama Nava del Tizón —obviamente, el vulgo le dice Navaltizón—. Era de su mujer y él la mantiene en usufructo. Allí ha mudado su biblioteca y se recoge a escribir y a leer. Comemos chuletas a la brasa, bebemos vino bueno, café de un termo que ha dejado la casera. Don Juan, con seriedad litúrgica, sirve luego unas copas de Peinado 100 años.
¿Quién va a conducir, don Juan?
No se preocupe por menudencias.
A media tarde, el casero nos acerca a la estación de Manzanares. En tren volvemos a Almagro. Se oyen los sones que preceden a la procesión de las mantillas; nos adelanta gente encopetada que acude a verla. Por calles suburbiales vamos cada uno a nuestra casa. Libres de Semana Santa, felices.