jueves, 23 de abril de 2015

Lecturas de don Juan: 'Cuarenta contra el agua'

Antología poética. Cuarenta contra el agua
Félix Francisco Casanova
Demipage
Madrid, 2010



Félix Francisco Casanova Martín, canario de la isla de la Palma, nació en 1956, y su vida —antes de tiempo y casi en flor cortada— se apagó en Santa Cruz de Tenerife en 1976. En menos de veinte años consiguió escribir una novela turbadora —El don de Vorace— y muchos poemas, que su padre, el médico y también poeta —uno de los fundadores del Postismo— Félix Casanova de Ayala, recogió con mimo y se ocupó de divulgar. Ahora la editorial Demipage está publicando toda su obra.
Y esta antología —que cuesta catorce euros— es una buena vía para acercarse a ella y para celebrar el Día del Libro. Casanova se ha comparado a Rimbaud. Como él, completó toda su obra casi antes de salir de la adolescencia; y como él alcanza momentos de gran intensidad verbal, de una belleza inquietante y oscura, honda y confusa como suelen ser las almas de los adolescentes, pero que, a la vez, tiene la certeza, la desenvoltura y la seguridad de un poeta avezado. No sabe don Juan si Casanova merece el calificativo de genio. Lo que sí sabe es que en nuestra poesía moderna no hay caso igual y que su lectura se convierte en una experiencia intensa e inolvidable. Léanlo y lo comprobarán. Pero, antes, pueden leer también esta entrevista de Fernando Aramburu —firme partidario y difusor de Casanova— que lo explica muy bien.

Y, como aperitivo, tres poemas:

LA MEMORIA OLVIDADA
¡Qué alivio...!
Eres un árbol y
no puedes seguirme.
                                   (27-7-74)

EL LEVE MARTILLEO DEL OTOÑO
como una baraja de naipes afilados,
sesga mi memoria,
y al pisar las lenguas secas,
desertoras tristes de sus árboles,
oigo mi voz y no me reconozco,
¿fue tan hermoso ese día de campanas
en que desnudo en la yerba
fabriqué este recuerdo?
                                           (1-75)

A VECES, CUANDO LA NOCHE ME APRISIONA
suelo sentarme frente a una cabina
telefónica
y contemplo las bocas que hablan
para lejanos oídos.
Y cuando el hielo de la soledad
me ha desvenado, los barrenderos moros
canturrean tristemente
y las estrellas ocupan su lugar,
yo acaricio el teléfono
y le susurro sin usar monedas.
                                                             (1-75)