domingo, 7 de enero de 2018

Carta a los Reyes

Como todos, el año empieza cuesta arriba. Y no es la cuesta que llamaban de enero, sino algo más antiguo, más difuso, más grave: la desazón, la pereza del comienzo, el peso anticipado de los días que están por venir.
—La cuesta de enero es un invento católico, el cansancio por lo que ha de llegar es pagano —sentencia el rojo paladeando un sorbo de coñá.
Lo miramos curiosos. Él, abducido por los vapores del Peinado, escurre el bulto:
—Que lo explique don Juan, que sabe más.
Don Juan recoge el guante con una sonrisa absolutoria:
—No anda equivocado el amigo. Los católicos creen firmemente que todo pecado exige su penitencia; o sea, tal vez toleren de mala gana el goce pecaminoso —goce pecaminoso es, en su mentalidad, un pleonasmo— del cuerpo, siempre que luego haya un sufrimiento igual o mayor que restaure —y recuerde— el orden natural de las cosas: que estamos aquí para penar. Cuando acabe la vida, habrá tiempo de ser felices viendo a Dios tal cual es.
—¡Tanto! La vida eterna —apostilla el rojo desde su nube de dicha inocente.
Ahora es general la sonrisa.
—Por eso —continúa don Juan—, los despilfarros, francachelas y excesos de estas tan entrañables fiestas han de purgarse con las estrecheces, privaciones y mezquindades de la cuesta de enero. Como España, casi noventa años después, va dejando de ser católica, cada vez se habla menos de la cuesta de enero. Pero la idea del padecimiento tras el goce persiste: miren la cosecha de gimnasios y dietas.
—Eso es por la salud: nada tiene que ver con la religión.
—El Cuerpo Saludable es el nuevo dios; el deporte, su religión; los gimnasios, sus templos… Y no exige menos credulidad, menos fervor ni menos sacrificios que los dioses de antes —insiste el rojo.
—Tú perseveras en el ateísmo.
—En todos los ateísmos, gracias a Dios: no iba a dejar de ser católico para meterme a deportista.
Alguien nos vuelve al redil:
—¿Y qué decíamos del paganismo?
—Lo decía el amigo: que el cansancio anticipado hunde sus raíces en él.
—¿Lleva razón?
El rojo mira para otro lado.
—Desde antiguo existe la convicción de que, si la naturaleza es cíclica, la vida y la historia humana también lo serán. Es decir, lo que ha pasado volverá a pasar, lo que hayamos de ver ya lo hemos visto: nihil novum sub sole. Lo primero —que la naturaleza obedece a ciclos— es cierto, al menos en estas latitudes y por lo que observa la experiencia; lo segundo no tanto, pero importa poco: casi todos hacemos como si lo fuera. De modo que el cansancio y la desazón de estos días son bien lógicos: ¡otra vez a empezar para volver al mismo sitio!
—Ojalá regresáramos al mismo sitio —musita el pesimista.
—¿Qué quieres decir?
—Que somos viejos: que nuestras rutinas pronto dejarán de serlo.
—Confiemos en que duren y no pensemos demasiado en el fin. Mientras llega, deseemos lo que cabe desear: no el paraíso, no una vida llena de experiencias emocionantes, no la solución definitiva de nuestros problemas reales… Algo más modesto y prudente: que permanezca lo bueno, que mengüe lo malo.
—¿Les ha pedido usted eso a los Reyes?
—A los Reyes les he pedido tiempo; ellos, crueles o sabios, me han traído un reloj. No es lo mismo, pero me conformo; los relojes son la representación perfecta de la existencia concebida como ciclo: redondos, imperturbables, ensimismados, monótonos, constantes, giran indefinidamente…
—Mientras tienen cuerda —reitera el pesimista.
—¿Para nosotros no les ha pedido nada?
—Tiempo también, y rutinario.
—¿Y para España?
—Este año se cumplirán cuarenta de la Constitución. Me da mucho miedo que repita lo que le ocurrió a la de 1876. Los españoles deberían —digo deberían porque nosotros ya estamos casi amortizados— plantearse razonablemente la convivencia futura, llegar a acuerdos sensatos sobre ella, y escribirlos en un papel que los comprometa por un tiempo prudente.
—¿Aprobar una nueva Constitución?
—Más bien reformar esta: dejar lo bueno y cambiar lo malo.
—¿Será posible?
—Creo que hay varios obstáculos considerables.
—Díganos.
—La ceguera del Partido Popular, bien representada en su jefe: viejo como nosotros, le debe importar el futuro menos que a nosotros; el asunto de Cataluña, formidable y envenenado; el cansancio o decepción de tantos españoles que se están quedando al margen; y la total ausencia de políticos con vocación de estadistas.
—Qué se le va a hacer —remata el pesimista.
—Disfrutar lo que se pueda: el hedonismo es una religión, una moral hecha a la medida de los seres humanos —dice el rojo mirando la copa vacía.


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