domingo, 17 de mayo de 2015

Candidaturas (y 4)

Cuando le pregunto por la candidatura del Partido Popular, don Juan —o el maldito cariñena— se pone solemne:
O quam cito transit gloria mundi!
Estas salidas de don Juan siempre me pillan desprevenido.
¿Cómo dice?
Yo no digo nada, es Tomás de Kempis.
No lo entiendo, don Juan.
Una vez más, ejerce docencia con alumno torpe:
Maldonado ganó las elecciones de 2011 por mayoría abrumadora. Durante tres años y medio, a él y a su equipo los almagreños les han perdonado cualquier cosa: no ya lo de los toros, por ejemplo; también —y esto es mucho más sorprendente— la retórica apolillada que se gasta. Pero, en enero o por ahí, pasó algo —cuánto daría yo por saber qué— y las cañas se tornaron lanzas. Se ha levantado la veda: en cualquier bar, en cualquier tienda, en la calle... puedes encontrarte a alguien que, sin rubor ninguno, dispara contra Maldonado; lo que eran virtudes son vicios; lo que hacía gracia enfada. Ahora bien, Maldonado habrá leído el Kempis y sabrá encajar estos golpes. ¡Oh, qué pronto pasa la gloria del mundo!
Para darme lustre recurro a Cicerón:
—Como Catilina, Maldonado ha consumido nuestra paciencia.
Me mira irónico. Continúa:
Quizá. La ruina de las personas públicas es parecida a un terremoto: se gesta en silencio durante largo tiempo; sin embargo, el estallido sorprende siempre. Luego, los sabios explicarán el proceso con toda claridad, pero nadie es capaz de preverlo. El interesado, menos que nadie.
¿Entonces, Maldonado perderá las elecciones?
No sé. Es posible, incluso, que las gane porque tiene detrás la marca del Partido Popular, que aún goza de prestigio, y porque pertenece a una de las buenas familias de Almagro: todavía algunos almagreños creen que la aptitud de ser alcalde se hereda. Sin embargo, si gana, será dejándose los pelos en la gatera.
Pues él dice que “la lista del Partido Popular está compuesta por los mejores, los más preparados y los más involucrados en la vida de nuestro pueblo”.
Lo mismo, y casi con las misma palabras, dijo hace cuatro años: ya ha visto usted cómo le ha resultado. Fíjese, además, en la construcción de la frase: si hubiera afirmado que los candidatos del Partido Popular son buenos, están preparados y se involucran en la vida del pueblo, se lo habríamos tolerado sin objeciones; pero, al usar el superlativo relativo, probablemente falta a la verdad —o ¿ha ido él, uno por uno, comparando los candidatos y comprobando científicamente que los suyos son los mejores, los más preparados, los más involucrados?— y, con desahogada ligereza, incurre en una exageración tan grande que se despeña en el ridículo. La retórica de Maldonado es ya ridícula para muchos almagreños: se han dado cuenta de que ni ilumina ni embellece la realidad; la escamotea. Y eso llega a cansar.
Don Juan, solo encuentra usted defectos en las candidaturas...
De ninguna manera. Encuentro también muchas cosas buenas, pero me las callo porque ya se encargarán los propios candidatos de repetírnoslas machaconamente durante quince días. Por otra parte, lo mío es mera curiosidad: el hábito profesional de levantar un poquito la alfombra y mirar qué hay debajo. En muchos países tienen esta costumbre desde hace tiempo y no les da malos resultados: si uno conoce lo que vota es menos probable que le salga rana. Además, lo que digamos aquí aquí se queda; yo no tengo interés en convencer a nadie: que cada uno se informe como quiera y vote a quien le dé la gana. El 24 de mayo, la suma de todas las decisiones individuales, libérrimas y secretas, será la decisión común que ponga a cada lista en su sitio. ¿No es maravilloso? A mí, que voté por primera vez en unas elecciones con treinta y siete años, me lo parece. Por eso voto siempre; votar me estimula: vuelvo al quince de junio de 1977; y, aunque constato enseguida la melancólica evidencia de que yo estoy peor, me consuelo con la certeza de que en lo colectivo nos ha ido bien: esta España es mucho mejor que aquella. Y la maquinaria electoral española me parece estupenda: sencilla, limpia y rápida. Ojalá los españoles hiciéramos todas las cosas así.
El elogio emocionado de la democracia, sincero y un tanto ingenuo, le da sed. Apura el último trago de la copa. Me atrevo a preguntarle.
¿Y ahora qué votará, don Juan?
No le molesta la pregunta.
—Para el ayuntamiento, no votaré ni a Aguirre ni a Carmona; para la comunidad, no votaré a Cifuentes.