domingo, 1 de febrero de 2015

Grammatici certant (Mirando desde lejos a Podemos)

Don Juan habla mucho de política, pero nada de politiquerías. Quiero decir que si trata de política internacional nombra más a Mackinder que a Kerry; si de política nacional, más a Azaña o a Pradera que a Rajoy. Yo llevo tiempo intentando que me diga algo de Podemos, esa supernova; hasta ahora ha rehusado, escabulléndose con cualquier pretexto.
Esta tarde, igual que todas, se quita el abrigo con solemnidad, lo deja cuidadosamente doblado en el respaldo de la silla como si fuéramos a ser tres en la conversación, y mientras pido los cafés saca del bolsillo de la chaqueta un libro bastante grueso, de portada colorida, muy linda. Lo deja boca arriba en la mesa: la Poesía completa de José Manuel Arango que publicó la Universidad de Antioquia en 2003.
Yo también tengo el libro, pero en Sibila. Este cuesta un pastón.
Don Juan frunce un poquito los labios y me mira con reproche: a él no le gustan nada las vulgaridades, ni las léxicas ni ningunas; tampoco cree que echar dinero en libros sea despilfarro.
En silencio, lo abre por la página 166; lee este poema:

GRAMMATICI CERTANT
El nosotros
lo saben los gramáticos
es un curioso pronombre
Quiere decir tú y yo
sin él
y también él y yo
sin ti
y también él y yo
contigo y contra el resto
En todo caso excluye siempre a alguien
De esta parte nosotros
de la otra los otros que nosotros

Muy bien, don Juan —digo con sincera admiración—. ¿Hoy hablaremos de poesía?
No; hablaremos de gramática. Los seres humanos no tenemos ya otra manera de entender el mundo y de expresarlo que el lenguaje. Ninguna palabra, ninguna frase, es trivial, aunque el que la dice no lo sepa.
Claro. Pero la gramática, con sus tecnicismos, sus sutilezas, su incansable sobeteo de la lengua, me parece un entretenimiento de ociosos; aburre.
Otra vez me mira con desaprobación: ahora querría fulminarme. Como es educado y está hecho a lidiar malos alumnos, prosigue en tono amable y persuasivo:
La gramática explica muchas cosas. Fíjese en el partido de moda. Para nombrarse han descartado lo descriptivo —Partido Anticapitalista Revolucionario Bolivariano (PARBO), por decir algo—; en cambio, han optado por la primera persona del plural del presente de indicativo del verbo poder. ¿Cree usted que es inocente?
No lo había pensado. Será un anglicismo, una copia de Obama...
La primera persona del plural, como dice el poema, divide el mundo en dos partes mutuamente excluyentes: ellos y nosotros (si nos ensanchamos, ellos menguan; si nos comprimimos, ellos crecen; si nos deslizamos a la derecha, ellos ocupan nuestra izquierda....). Y no hay que decir, por supuesto, que ellos son los malos y nosotros los buenos, sin dudas, sin matices, sin regateos, sin compasión.
¿Y quiénes somos nosotros, don Juan?
No sé quiénes somos nosotros; sé quién soy yo, que no es poco. En cambio, los de Podemos sí lo saben. El nosotros de Podemos empezaron siendo los parias, los marginales, los desahuciados, los “perroflautas”, los bizarros comunistas del partido que fundó Líster... Ahora ya no: el nosotros actual son exquisitos cuarentones siempre en desacuerdo con la realidad pero muy bien acomodados en ella, angelicales criaturas cuyas cándidas túnicas nunca se mancharán de tizne y cuyos delicados pies nunca pisarán el barro de este mundo. Pero siguen siendo nosotros, los buenos; lo que han perdido por la izquierda ha pasado a formar parte de ellos, los malos.
La tripa de Jorge, entonces.
Ahora don Juan no se puede contener:
Elevada metáfora, querido amigo —dice con retintín—. Pero útil al fin y al cabo: el núcleo duro, como dicen ahora, el nosotros verdadero de Podemos, está formado por buenos tácticos: ellos lo abren, lo cierran o lo mudan según convenga.
Me va interesando la gramática.
Pues dejemos la morfología y vayamos a la sintaxis. Poder es un verbo auxiliar para formar perífrasis con otro verbo, el principal, que va en infinitivo: Podemos dormir, podemos saltar esta tapia, podemos comer macarrones... Pues bien, los de Podemos no nos han dicho nunca seriamente cuál es su verbo principal, es decir, qué podemos: ¿Hacer la revolución? ¿Destruir el capitalismo? ¿No pagar la deuda? ¿Asaltar los cielos? ¿Llorar Orinocos? ¿Salir del euro? ¿Ser como Venezuela? ¿Ser como Dinamarca? ¿O quitar a ellos y ponernos nosotros?
O sea, no nos han dicho cuál es su ideología ni cuál es su programa. ¿Es así?
Eso es: de izquierda radical antisistema han reculado a meliflua socialdemocracia con toques regeneracionistas. ¿Dónde pararán?
Donde les aconseje la táctica.
O la hipocresía.
¿Todo es malo en ellos, don Juan?
No. Sin lugar a dudas, el sistema político español que nació en la Transición ha hecho crisis: necesita reforma o refundación, la vieja política —es decir, los viejos políticos, las viejas formas de hacer política— ya no sirve, urge el cambio. Y Podemos ha detectado estupendamente esta necesidad y este sentir ciudadano, mientras que los viejos partidos, amodorrados y torpes, ciegos, no se han enterado. Pero una cosa es que necesitemos un cambio, y otra que necesitemos cualquier cambio: a mí el que vocea Podemos no me seduce en absoluto.
¿Por qué, don Juan?
Ya le he dicho las razones gramaticales, pero tengo otras. No me gustan sus formas: esa petulancia juvenil que no hace prisioneros y desprecia los hechos si no se amoldan a sus prejuicios.
No lo entiendo, don Juan.
Digo que no hacen prisioneros porque van a engullir, por ejemplo, a Izquierda Unida sin ningún respeto por su trayectoria ni por sus militantes, e incluso contando descaradamente con submarinos. Y desprecian los hechos porque nos quieren explicar la historia reciente de España —¡A nosotros, que la hemos vivido!— de una manera no ya falsa sino tan descabellada que solo se la puedan creer los pánfilos que comulgan con ruedas de molino o los fanáticos rematadamente estúpidos.
También se quieren comer al PSOE.
Les va a costar algo más, pero lo iremos viendo. Tampoco me gustan sus dirigentes. No me refiero a los nacionales —el taimado Iglesias, el siniestro Errejón, el turbio Monedero...—, conspicuos miembros de la casta universitaria, que conocen bien todas sus triquiñuelas y, por eso, no proponen ningún cambio educativo: cualquiera les perjudicaría. Me refiero a los de por aquí cerca; de los que yo conozco hay varios con pasado, y no muy pulcro, en el mismo Almagro o en Valdepeñas.
Pero en Almagro han elegido bien, don Juan.
No puedo negarlo. Elena Arenas es inteligente, trabajadora, culta, de buen trato, nada sectaria...
Y doctora.
Sí. En el comunicado donde dan cuenta de su elección lo recalcan varias veces.
Para que nadie piense que anda por ahí montada en el monociclo haciendo malabares.
Desde luego, tiene el mejor currículo académico de todos los posibles candidatos a la alcaldía de Almagro.
¿La conoce usted?
Apenas; pero he leído sus publicaciones. De mayor nivel que las de Errejón o Iglesias, que también las he leído.
¿No hay cosas mejores que hacer?
A los jubilados nos sobra el tiempo.
Don Juan hace una pausa. Estas pausas siempre anuncian algo importante.
Elena Arenas tiene, sin embargo, un defecto. Creo yo.
¿Cuál? —pregunto expectante.
Algunas veces se equivoca de objetivos —otra pausa interminable—: se para en cosas o en personas que no están a su altura. Por ejemplo, en Pedro Estala: le ha dedicado mucho tiempo, mucho trabajo y enorme talento a un personaje de quinta o sexta fila. ¡Si hubiera seguido con Borges! Aquí le pasa lo mismo: dirigir Podemos en Almagro está muy por debajo de sus posibilidades. Se cansará.
La conversación ha sido larga. El café y las copas se acabaron hace tiempo. Hay que despejar la cabeza. Salimos y, pese a la tarde de perros, damos un paseo hasta San Pedro a ver la procesión de la Candelaria.