domingo, 5 de marzo de 2017

Oliva Blanco y las mujeres de hace un siglo

Ayer mañana don Juan y yo cometimos una imprudencia: mientras caían copos de nieve grandes como boinas —un amigo hace siempre la misma comparación—, nos acercamos a Ciudad Real a ver la exposición de Oliva Blanco. Don Juan tiene estas cosas: prudente y sensato de ordinario, puede arriesgar la vida por una exposición.
—No era para tanto —matiza esta tarde—: dejó de nevar enseguida, la nieve se deshizo rápidamente y pasamos un rato muy instructivo en la biblioteca.
Es verdad, ahora tengo que reconocerlo. Pero, mientras don Juan pasaba y repasaba delante de los paneles, se ponía las gafas, se las quitaba, daba un paso atrás, avanzaba y retrocedía espasmódicamente, hacía gestos aprobatorios o dubitativos… yo miraba el cielo del parque temiendo que volviera a nevar.
—¿Qué le parece?
—Que mejora el tiempo.
Me mira incrédulo:
—La exposición, hombre.
—Ah. Bien, muy bonita.
Don Juan —lo sabemos— es paciente; me hace un gesto de invitación con la mano:
—Échele un vistazo. Hace ahora cien años a la Gran Guerra le quedaban todavía casi dos. La euforia del verano de 1914 se había esfumado: en todas partes la gente, harta de penalidades, renegaba del conflicto. En Rusia, donde más.
—¿Y qué tiene que ver eso con las mujeres?
—Si el siglo XX ha de pasar a la historia por algo, no será por la bomba atómica, los viajes a la luna, el automóvil o los ordenadores: lo que se ha de recordar del siglo XX será la “liberación de la mujer”, por lo menos en la parte del mundo que llamamos Occidente.
—Quién lo diría.
—Cualquiera con algo de perspectiva histórica. El camino a la igualdad está todavía lejos de la meta, pero en el último siglo se ha avanzado hacia ella más que en todos los anteriores juntos. Y quizá la carrera empezó aquí, en la I Guerra Mundial: eso es lo que Blanco nos revela.
—¿Por qué?
—La Gran Guerra fue probablemente la primera “guerra total”, es decir, la primera que exigió poner todos los recursos materiales y humanos al servicio del esfuerzo bélico: como los hombres combatían en el frente, a las mujeres les correspondió ocuparse del resto. Mire aquí —me señala el texto que hay debajo del primer cartel.
Me va llevando a los demás: las mujeres en la industria, en la agricultura, en los “servicios auxiliares”...
Prosigue:
—Naturalmente, muchas mujeres se dieron cuenta de su propia importancia. Trabajar fuera de casa cambió las costumbres y cambió, sobre todo, las mentalidades: ¿Por qué, si hacemos lo mismo que los hombres, no tenemos los mismos derechos que los hombres? En Rusia, el protagonismo de las mujeres fue decisivo.
—¿Decisivo?
—Sí. El 8 de marzo de 1917, las mujeres de Petrogrado —una ciudad que empezó y terminó el siglo XX llamándose San Petersburgo, pero que entremedias se ha llamado Petersburgo, Petrogrado, Leningrado— comenzaron la Revolución de Febrero, que derribó al zar.
—¿Revolución de febrero el 8 de marzo?
—En Rusia usaban todavía el calendario juliano. ¿Se da cuenta? ¡Las mujeres, el Día de la Mujer, comienzan la revolución que acaba con el imperio ruso! ¿Sabe por qué?
Se contesta él solo:
—Porque, como dijo Kérenski, “el hambre era su único zar”.
—¿Quién es Kérenski?
—Un personaje al que la historia ha tratado peor de lo que merecía. Tal vez, de haber ganado la partida Kérenski y no Lenin, a Rusia y al mundo les hubiera ido mejor. Ya hablaremos de él.
Seguimos caminando por la exposición. No somos los únicos. Don Juan me hace ver que es muy buena: los carteles, estupendos y bien seleccionados, pertinentes; y las explicaciones, precisas y claras. Cuando salimos me llama la atención sobre otra cosa:
—Además, el siglo XX ha sido el siglo de la propaganda. Observe usted que la palabra propaganda ha caído en desuso; creo que los jóvenes hasta la desconocen y los viejos no la empleamos: hoy se prefiere decir publicidad. Pero no es lo mismo: la publicidad promociona productos de consumo —aunque el “producto” sea un partido político—, la propaganda es más ambiciosa: persigue cambiar ideas, es decir, personas y, en consecuencia, cambiar el mundo. De ahí que muchas obras de propaganda sean auténticas obras de arte. Oliva Blanco nos lo recuerda, nos enseña dos lecciones importantísimas: sobre la mujer y sobre la propaganda. Habrá que darle las gracias.
Estoy de acuerdo. Y el próximo 8 de marzo pensaré en aquellas mujeres de Petrogrado para quienes el hambre era el único zar.