domingo, 30 de agosto de 2015

'Caridad'

Le pedí a don Juan que me comentara el primer libro de Horcajada, de quien tantos elogios hizo aquí en primavera. Hoy me escribe esto:
Querido amigo:
Le decía yo no hace mucho que Horcajada era un poeta en agraz. Pues bien, a la vista de este primer libro que publica, tengo que corregirme: Horcajada es ya un joven poeta en sazón. Me alegro enormemente por él, por la poesía que se hace en Almagro cuya calidad mejoray por los lectores.
Como tantas otras primeras obras, Caridad —que así se llama el libroes un poemario amoroso. Los viejos, por viejos, sabemos que todas las historias de amor son iguales y pasan por idénticas etapas desde el deslumbramiento celestial del principio hasta la extinción, sea esta lacerante o sumergida en el tedio. De ahí que en los poemas de amor nos importen bien poco los hechos y los sentimientos reales de los protagonistas: nos los sabemos. Lo que de verdad nos importa es la concreción de estos hechos vicisitudes, aprensiones, fantasías, gozos, dolores...en poema. O, por decirlo pronto, todos hemos vivido experiencias amorosas, pero solo unos pocos los verdaderos poetas— son capaces de sacar de ellas, como quien encuentra un tesoro, poemas dignos de este nombre. Y eso, obviamente, se logra por procedimientos literarios. Puesto que, además, en todas las culturas la expresión literaria del amor está codificada desde antiguo, el verdadero poeta es quien destila una cosa común el amoren producto artístico original teniendo plena conciencia de cómo han hecho lo mismo antes otros artistas mejores que él pues es conveniente que, al menos al principio, el aspirante a poeta se atenga a esta presunción.
Horcajada lo consigue: o sea, el poeta Horcajada convierte en materia poética que nos concierne las venturas o desventuras amorosas del ciudadano Horcajada, que nos traen sin cuidado. El libro guarda los tópicos en el buen sentido de la palabrade la poesía amorosa, la amada cumple también las reglas: inalcanzable e inmerecida, desciende a veces a la altura del poeta, se muestra esquiva o indiferente, provoca celos, alienta esperanzas... Pero el poeta traduce todo ello en sesenta y cinco poemas nada tópicos sino originales. La mayoría van destinados a la amada en la segunda persona apelativa, unos pocos usan la tercera persona para la descripción objetiva y distanciada de hechos o sentimientos, bastantes se dirigen, en segunda persona del plural, al hipotético público de lectores ante quienes se representa —como una liturgia: feligreses aceptados, nos llama— este que es verdadero drama, y en unos cuantos muy significativos y de los mejoresel poeta se habla a sí mismo en segunda persona. Los dos poemas finales el LXIV, largo, dividido en tres partes, y el LXV, mucho más brevedan la clave de todo el libro. El penúltimo, donde se nombra por primera vez a la amada la Caridad que, ahora nos enteramos, da título al libro—, hace de resumen, incluso de epifonema, de todos los anteriores; el último diagnostica muy bella y fatalmente, pero en tono sereno, nada declamatorio, los efectos que ha producido en el alma del poeta: el amor es un camino irreversible que, paradójicamente, devuelve al poeta al sitio de partida, pero transformado: ya no es el mismo, sabe más, aunque esta sabiduría ¿cómo todas?sea dolorosa y excluya, agorera, cualquier atisbo de esperanza.
En el libro Horcajada despliega una gran variedad de recursos, los usa con maestría, se aleja claramente de lo que ha sido y, por desgracia, sigue siendo— común en los poetas provinciales y en la tribu trivial de la experiencia; y logra expresarse con una voz distinta, ya inconfundible y muy rica, que nos pide a los lectores atención y respeto. Atentos, pues, a este poeta.
Ahora, los defectos. No son muchos; es más, puede que algunos, más que defectos de Horcajada, sean manías mías, pero ahí van por si le parece oportuno mirarlos un poco:
a) La puntuación: optar por un sistema u otro de puntuación es facultad libérrima del poeta, pero, una vez tomada la opción, hay que seguirla hasta el final. Aquí se observan descuidos abundantes.
b) Rima: hay dos o tres poemas rimados. Desalentadores.
c) Lenguaje formulario: la lengua poética debe estar siempre en la máxima tensión, ser siempre significativa; por lo tanto, salvo que se haga a propósito y con propósito, es inadmisible caer en muletillas de la prosa burocrática, periodística, científica, televisiva... Y aquí nos encontramos expresiones como lo nuestro no funciona, empezar de cero, diamante en bruto, carencias afectivas, pensar en ti como persona... Y algunas más.
d) Vulgarismos: hay unos pocos leísmos que llaman la atención y dos laísmos horrorosos que desgracian cualquier poema por bueno que sea. Y, más grave, un a salvo mía imperdonable
e) Edición: manifiestamente mejorable, incluidos los paratextos.

Pero nada de ello le quita mérito a un primer libro de excelente calidad. Felicite a Horcajada en mi nombre cuando lo vea.

(Jesús Miguel Horcajada. Caridad. MRV Editor Independiente. 2015. 11 euros en papel; 3,76 euros en electrónico)


jueves, 27 de agosto de 2015

Lecturas de don Juan: 'Los reyes subterráneos'

Los reyes subterráneos
Veinte poetas jóvenes de México
La Bella Varsovia
Córdoba, 2015


Elena Medel, que apareció como un tornado en la poesía española con Mi primer bikini hace ya muchos años, sigue siendo una poeta joven. Además, tiene en Córdoba una pequeña editorial —La Bella Varsovia— que pone en el mercado —¿?— unos libros muy interesantes y muy hermosos. Aquí se ha unido con Luna Miguel —otra jovencísima poeta de familia de editores— para publicar una antología de jóvenes poetas mexicanos. Así pues, todo va de jóvenes: tan jóvenes que alguno tiene la edad del nieto mayor de don Juan.
Estos jóvenes poetas —nacidos entre 1985, el mismo año en que nació Medel, y 1994— le han gustado a don Juan. No todos por igual, claro; pero en todos nota brío, descaro, dominio y riqueza lingüísticos, y técnica. También compromiso con la candente actualidad, aunque no hagan poesía política —al menos, en el sentido que tenía esta expresión antiguamente—. Bastantes de los temas que tocan a don Juan le pillan lejanos, esa es la verdad. Sin embargo, ha disfrutado mucho con este libro que solo cuesta doce euros. Se alegra de ello porque, de alguna manera, lo rejuvenece.
Y otra cosa: qué maravilla es internet. Muchos de estos jóvenes tienen blogs, se mueven en facebook, en twitter, publican en revistas electrónicas... y eso llega —literalmente— a todo el mundo. Es decir, que si los libros no viajaban, ahora sí viajan los poemas: una bendición, que ha venido a abolir cualquier excusa de la ignorancia.
He aquí un breve poema de Xel-Ha López:


ODA A MI GATO
Mi gato es hermoso
dan las doce del mediodía y mi gato es hermoso
dan una hostia en una iglesia
y mi gato
y dan y dan y dan
y mi gato juega a la maldad con los muebles
suenan campanas de una iglesia
y lo hipnotizan todo
dentro de la sala
y mi gato
que es hermoso sobre todas las cosas
se queda también hipnotizado y quieto
como un mueble bello y bondadoso
entonces
las esporas venenosas de la iglesia se disipan
y todo vuelve a la maravilla de antes
Se afila las uñas
el padre sobre la carne de los otros
y mi gato es hemoso y bueno con los sillones de la sala.

domingo, 23 de agosto de 2015

La Noche de San Bartolomé

Las conversaciones con don Juan son como todas las conversaciones de amigos: espontáneas, relajadas y sin propósito determinado el único propósito es la propia conversación. Pero, como todas las conversaciones de amigos, están también sujetas a unas pocas reglas tácitas que las hacen discurrir por cauces previsibles. Así, muy rara vez tratamos temas personales; nunca damos pábulo a cotilleos; mantenemos siempre un tono formal del que no están excluidos el humor ni la ironía incluso la muy ácida, pero sí la vulgaridad; salvo que sean peripatéticas y a menudo lo sonvan indefectiblemente maridadas Dios me perdone la cursilería gastronómicacon bebidas alcohólicas que varían de tipo y graduación según las horas y las estaciones, pero cuyo repertorio es muy limitado: martini, vino, coñá yoy whisky él—… ¿Los temas? Ustedes los han visto, numerosos y de desigual interés: la política, la historia, la literatura, el arte, la actualidad, la naturaleza… las mujeres en franca retirada— y los asuntos de Almagro, sean los que sean.
Don Juan sabe mucho de muchas cosas; a su edad mantiene todavía una curiosidad insaciable; hay pocos asuntos de los que no pueda decir algo original o nuevo para los interlocutores. Sin embargo, no es pedante ni dogmático, y no tiene ninguna voluntad de influir en la manera de pensar o en los comportamientos ajenos. Respeta a todas las personas, pero no respeta todas las opiniones. Las opiniones que no le parecen respetables tampoco le molestan: no hace asunto de ellas; de las que se lo parecen está dispuesto a discutir interminablemente —yo creo que experimenta un placer deportivo en la discusión: como los tenistas reciben y devuelven pelotazos, él lanza o rechaza argumentos—, siempre que se guarden las reglas del juego dialéctico. Mientras dura la discusión, no es fácil que se apee del burro, pero una vez terminada le incomodan las certezas mucho más que las dudas.
Si nos ven ustedes por casualidad en la plaza, o nos vieron —¡Ay!— en las tardes invernales del Corregidor, observarán en don Juan los ademanes pausados, la voz de bajo que los años no han logrado quebrar, la indumentaria cuidadísima, la cortesía algo antigua... y en quienes le hacemos corro, las caras atentas. Acérquense si quieren y pongan el oído —a él no le importa—: al poco rato sabrán más de lo que sabían. Por ejemplo, la otra tarde estábamos hablando de la Feria, que ya está encima; en la mesa el periódico voceaba infructuoso los grises titulares del día; don Juan se fijó en uno: el boicó a cierto cantante en un festival de Castellón:
La noche del 23 al 24 de agosto de 1572 los católicos franceses —tal vez instigados por Catalina de Médici, la reina madre— empezaron a matar protestantes franceses con un entusiasmo y una crueldad que escandalizaron a los más sensatos. Las matanzas se extendieron por toda Francia y duraron hasta bien entrado el otoño. No hay cuenta exacta del número de víctimas, pero algún historiador dice que los cristianos mataron entonces a más cristianos que el mismo emperador Diocleciano en el siglo III. Se cuenta también que el papa Gregorio XIII celebró un tedeum por la carnicería. Hoy podemos pensar que lo que allí se ventilaba no era religioso sino político; puede ser: pero las gentes sencillas que en aquel frenesí mataban a sus vecinos lo hacían por la fe católica, aunque estuvieran equivocados o incluso manipulados por los gerifaltes políticos, también católicos.
¿A qué viene eso, don Juan? —pregunta un amigo, sinceramente católico—. ¿Es que los protestantes no han matado nunca?
Claro que han matado: con igual entusiasmo. Recuerde a Calvino. Pero recuerde, sobre todo, a Castellio, que le dijo aquello de que matar a un hombre no será nunca defender una doctrina, será siempre matar a un hombre.
Pero ahora no se mata —digo yo.
Donde no se puede. Donde se puede, sí. Que se lo pregunten a las víctimas del Estado Islámico. Y algunos, aunque no maten, conservan casi la misma intolerancia de los que mataban. Lea usted aquí: a este pobre muchacho judío lo tratan como lo hubiera tratado un Torquemada pulido por el aggiornamento.
¿Adónde va, don Juan?
Adonde Castellio. Y a que se puede matar de muchas maneras.

jueves, 20 de agosto de 2015

Lecturas de don Juan: 'Campo de retamas'

Campo de retamas
Rafael Sánchez Ferlosio
Literatura Random House
Madrid, 2015



Va siendo un lugar común decir que Ferlosio es "el más grande escritor vivo en lengua castellana". No sé cómo él no ha reaccionado ya ante afirmación tan repetida que suena a premonición funesta. Pero, clasificaciones aparte —sería bueno dejarlas para la liga inminente—, Ferlosio es un magnífico escritor que brilla sobre todo en estos que él llama modestamente pecios, como si de verdad fueran hallazgos casuales, y que los lectores deberíamos llamar limosnas, no por pequeñas menos valiosas, pues muchas son viáticos tan imprescindibles como el agua para el cansancio o el vino para la conversación. 
Ferlosio alumbra, conmueve, despierta o pincha, según los casos, en ráfagas de las que hay que descansar para tomar aliento. Por eso es este un libro ideal de vacaciones; uno lo tiene siempre a mano, lo abre por cualquier página, toma unos pellizcos, se relame... y hasta otro rato: algún tópico habrá caído, alguna estupidez nos enseñará las costuras, algún rodal oscuro aparecerá diáfano. Y todo ello como el que lava, sin aspavientos: más bien con la sequedad adusta de las retamas y berceos.
La edición es mejorable: tiene erratas y errores  —alguno muy obvio: las isla Terceira no es la mayor de las Azores; São Miguel casi la dobla en superficie— que desprestigian al editor, no al autor: por eso las pasamos por alto.
El libro cuesta quince euros en papel y poco más de nueve en electrónico: menos que dos copas en un chiringuito de verano y sabe mejor.

domingo, 16 de agosto de 2015

Toros

A don Juan no le gustan los toros. Come, en cambio —no sin rubor—, huevos fritos, embutidos, filetes de ternera… desayuna café con leche, lleva cinturones y zapatos de cuero, se beneficia de potingues probados antes en cobayas u otros pobres bichos inocentes…
No veo la relación.
Don Juan frunce los labios, atónito porque yo no haya captado la sutil ironía que —a su juicio— brota obvia de la polisemia de gustar y su proximidad a comer. Más le incomoda que tampoco haya reparado en las sevicias incontables que los seres humanos infligimos a los animales desde hace diez o doce mil años, pero sobre todo ahora. Resignado, don Juan, una vez más, se arma de paciencia:
Los pollos y las gallinas ponedoras, los cerdos, vacas y terneros de granja, los animales de laboratorio… llevan una existencia miserable desde el nacimiento hasta la muerte. El tormento de los toros en la plaza dura un cuarto de hora —si no los afeitan, drogan o desloman antes de la corrida, eso sí—; el de sus parientes estabulados, toda la vida.
No lo había pensado —me defiendo.
Casi nadie lo piensa, pero en muchos casos es ceguera voluntaria: ¿quién se va a acordar del pobre pato cuando degusta delicatessen de foie en un restaurante de campanillas?
No sé qué replicar.
Ahora bien —prosigue don Juan en tono serio—, una cosa no justifica ni redime a la otra. Las corridas de toros suman un agravante de refinamiento que —a algunos, por lo menos— nos las hace especialmente odiosas. Criar y matar cerdos a lo bestia o exprimir a las desgraciadas gallinas para que pongan huevos incesantemente no está bien, pero se justificaría —quizá— por utilidad alimentaria. ¿Cómo se justifican las corridas de toros? Los partidarios suelen dar dos argumentos: la tradición y el arte. Lo de la tradición es muy endeble; tradiciones más arraigadas —vivir en casas sin cuarto de baño, casarse por la Iglesia, practicar el canibalismo, discriminar a las mujeres, respetar a los viejos, fumar en los bares…— se han ido desechando por obsoletas o inmorales a medida que progresaba la humanidad: ¿por qué esta tendría que ser inconmovible? En cuanto al arte, habría que distinguir entre el que pueda habitar en la propia corrida de toros y el que se ha creado a partir de las corridas de toros. El segundo no es discutible: ahí están Goya o Picasso, por ejemplo, para demostrarlo; pero también la crucifixión de Nuestro Señor Jesucristo ha dado pie a obras de arte formidables y no creo que nadie en estos tiempos sea partidario de incluir crucifixiones en los programas de festejos. Del primero, en cambio, habría que hablar más; estamos de acuerdo en que los toros son un espectáculo, como las luchas de gladiadores, las peleas de gallos o el fútbol —de hecho, las reacciones del público en los diversos lances son muy parecidas—, pero de ahí al arte hay un buen trecho: el que va del mero entretenimiento, más o menos civilizado, a la sacudida interior que nos despierta, nos emociona y nos transforma; en los toros, si hay arte, consiste apenas en la habilidad para esquivar las cornadas. Y, en todo caso, aunque las corridas de toros fueran sublimes obras de arte, ¿merecerían la pena a costa del sufrimiento animal? ¿No se podrían sustituir por el toreo de salón? ¿No se podrían crear reses robóticas hábilmente programadas para la fiesta? Nuestros científicos tienen ahí un buen campo.
Me olvido de la sorna y de alguna que otra boutade. Pregunto:
Entonces, ¿sería usted partidario de prohibir las corridas de toros?
No. En absoluto —insiste—. Por tres razones: la primera, porque respeto muchísimo la libertad de los demás y no estoy casi nunca seguro de llevar razón; la segunda, porque prohibir los toros debería suponer simultáneamente la prohibición de cualquier otra forma de maltrato animal: ¿sobreviviría este mundo nuestro sin el sufrimiento de los animales?; y la tercera, porque los toros desaparecerán inexorablemente a no tardar.
¿Por qué?
El progreso moral de la sociedad terminaría por arrinconar las corridas en un tiempo más o menos largo. Pero no lo veremos: mucho antes, los mismos taurinos con sus trapacerías y zafiedades ahuyentarán al público: ¿cuántos jóvenes conoce usted que sean aficionados a los toros?
¿Y qué opina de lo de Almagro?
Que los toros los debe pagar quien quiera verlos. Si, a juicio de los empresarios, la plaza de Almagro es incapaz de costear una corrida, ¿qué le vamos a hacer? El dinero público —y más si no lo hay— está para otras cosas.

jueves, 13 de agosto de 2015

Lecturas de don Juan: 'El canon abierto'

El canon abierto. Última poesía en español (1970-1985)
Remedios Sánchez García
Visor Libros
Madrid, 2015


Don Juan es viejo: unas veces lo lamenta y otras no. Suele haber un punto en que los viejos se desentienden de la actualidad, se repliegan en el pasado como los caracoles en la concha, y algunos, aun sin conocerlo, descalifican el presente con acritud inmerecida y muy desagradable. Don Juan confía en no llegar a tanto; sin embargo, es cierto que —en poesía, en música, en cine...— está muy poco atento a las novedades. De cuando en cuando trata de remediarlo. Este libro es, por ejemplo, una medicina contra la vejez. ¿Eficaz? No está seguro.
La antología que don Juan lee ahora aspira a entresacar —de entre la innumerable multitud de los poetas: a ellos se refería Dios Padre cuando le prometió a Abraham una descendencia mayor que las arenas del mar— cuarenta nombres ¿jóvenes? que quizá perduren. Puede ser. El método, en principio, parece atractivo —aunque caiga en extremos ridículos: ¡Ah, el notario!; los resultados, en cambio, a don Juan le parecen desiguales. Y el estudio introductorio —menos mal que en la primera lectura se lo saltó— es anodino, pedante y redactado en esa prosa rutinaria, convencional y sembrada de muletillas cargantes, en que se ha convertido la literatura universitaria. Eso, por no hablar de alguna que otra falta de ortografía y de bastantes solecismos odiosos.
En fin, el caso es que a don Juan le ha servido para conocer a algunos poetas de los que no sabía nada, lo cual no es poca cosa.
El libro está editado por Visor —con todo lo que ello significa para bien y para mal—, y cuesta catorce euros.
He aquí un poema cuya autora le era completamente desconocida a don Juan:
XI
¿Quién golpea con su espada los bordes de la luz?

Palabras que se yerguen
como pequeños dioses olvidados,
bocas que anuncian el estallido de una fuente subterránea,
rumor de piedras que van a desprenderse
desplazando el grito y la sed.

Vocales siniestras
de una lengua imposible.
                                  LUCÍA ESTRADA




domingo, 9 de agosto de 2015

Fuego

La hija de don Juan está de vacaciones en la playa. Don Juan, siempre que puede, elude este suplicio voluntario que, como sostiene un amigo, si fuera obligatorio provocaría motines. Y no porque el mar le desagrade: el mar le gusta mucho, puede pasarse horas viéndolo u oyéndolo sin cansarse, dejándose mecer hasta la somnolencia por el ir y venir sosegado de las olas en la arena, o puesto en alerta cuando braman y se estrellan contra las rocas. Lo que no le gusta es el ritual playero de las multitudes al sol, que le obliga, ¿contra toda evidencia científica?, a incluir al homo sapiens en la superfamilia de los pinnípedos. Pero del turismo de masas hablaremos otro día —me dice—. El caso es que, por la ausencia de la hija, este fin de semana no ha venido a Almagro. Para remediarlo, hallamos una solución de compromiso: ayer sábado quedamos a comer en el Parador de Manzanares, que nos pilla, poco más o menos, a medio camino.
A las doce de este día nublado nos encontramos en la plaza —de la que han quitado el monumento a la Constitución, tan sencillo y significativo—; por la calle del Carmen, alegres bajo una ligerísima llovizna que apenas es nostalgia de la lluvia verdadera, vamos a Pilas Bonas a tomar el martini. Don Juan se acuerda de Román Orozco, alaba la iniciativa desinteresada de este hombre en su pueblo, que probablemente no tiene igual en toda la Mancha, y reprueba el sectarismo de los responsables políticos cuando le impidieron usar el Gran Teatro:
Los gobernantes creen demasiadas veces que lo que los ciudadanos les prestan es suyo, que pueden hacer con ello lo que les dé la gana. Y lo malo es que muchos ciudadanos transigen sin incomodarse.
Yo no digo nada. Andando también, nos encaminamos al Parador. El Parador de Manzanares, uno de los más antiguos, no es cosa del otro jueves, pero está fresquito y tiene un menú a buen precio que se deja comer.
Después de la comida tomamos las copas en el bar. El bar es grande, destartalado, arcaico, con una decoración que vendría estupendamente para rodar películas de Toni Leblanc. Las copas, en cambio, son buenas y los sillones, cómodos. Estamos casi solos. En la televisión dan noticias que nos llegan como ecos tenues de un mundo ajeno. De pronto la pantalla se llena de fuego: el de la sierra de Gata. Don Juan pone atención y reclama silencio alzando ligeramente la mano. El alcalde de Hoyos —joven, moderno, con mochila— habla de “catástrofe natural”; pero el presidente de Extremadura —que bien pudiera ser un ganadero de la comarca— y la delegada del Gobierno —casi tan exótica como Isabel Tocino en aquella foto memorable— piden colaboración para dar con los causantes del desastre. Como si el fuego fuera un engorro, los de la televisión, abruptamente, pasan al fútbol.
Por suerte, solo he visto una catástrofe natural: la riada de Valdepeñas del 1 de julio de 1979. No quisiera ver otra: todavía recuerdo el entierro de las víctimas y las ovejas muertas en el patio de butacas del cine —dice don Juan.
Pero los fuegos casi nunca son naturales.
¿Quién sabe? Todos los inviernos arde Australia; todos los veranos, California. Cuando yo era chico, de vez en cuando ardían las mieses en el campo o en la era, casi siempre por las oscuras inquinas de los pueblos; casi nunca por el descuido de los segadores: y todos fumaban. El fuego asusta y fascina desde la prehistoria; para el ser humano es como el perro: está domesticado, pero se nos puede asilvestrar o lo podemos usar para hacer daño.
Don Juan se para un poco. Bebe un trago del whisky.
Nunca he estado en la sierra de Gata. El otro día, sin embargo, subí al Jálama con Eduardo Moga.
Le pregunto con un gesto.
Eduardo Moga tiene una casa en Hoyos. En el blog describe el pueblo y los alrededores, cuenta lo que hace, nos presenta a la gente. Tampoco he saludado nunca a Eduardo Moga, pero casi es amigo: milagros de la literatura. De modo que esas lomas, robledales, pizarras, brezos, cortafuegos, picos... que ahora arden me duelen como si fueran las sabinas de Navaltizón.
Esta mañana he estado yo curioseando por el blog de Eduardo Moga. Ojalá pronto puedan volver a entretenerse contemplando el cielo, de un azul blanquísimo, salpicado por los destellos multicolores de los abejarucos que taracean el aire. Ojalá no le haya pasado nada a la monja budista, ni a los niños que se tiran a la piscina como comanches. Ni a las vacas. Ni a nadie. Ojalá.

jueves, 6 de agosto de 2015

Lecturas de don Juan: Aldo Leopold

Una ética de la tierra
Aldo Leopold
Catarata
Madrid, 2005


En la estela de Thoreau está Aldo Leopold. Si se hubieran llegado a conocer, indudablemente habrían congeniado, pero, cuando nació Leopold, Thoreau llevaba cinco años muerto. Leopold vino al mundo, pues, el año 1887, en Iowa; estudió ingeniería de montes en Yale; desarrolló la actividad profesional en los bosques de Nuevo México; cuando problemas de salud le impidieron continuarla, fue profesor universitario en Wisconsin; en 1935 compró una granja en Baraboo, en la comarca conocida como los Condados de Arena; ayudado por la familia se dedicó a recuperarla de acuerdo con las ideas preservacionistas; murió en 1948 mientras ayudaba a apagar un fuego en la granja vecina.
Si Thoreau había escrito que quería considerar al hombre como habitante o parte de la Naturaleza, más que como miembro de la sociedad, Leopold insiste y amplía esta idea cuando afirma: Una ética de la tierra cambia el papel del homo sapiens de conquistador de la comunidad terrestre por el de mero miembro y ciudadano de ella. Ello implica respeto hacia los otros miembros y también hacia la comunidad como tal.
Y precisamente Ética de la tierra se llama este libro, que incluye tres escritos distintos de Leopold: Un almanaque del condado arenoso, donde —por meses: de ahí el nombre— nos cuenta la vida y los aprendizajes que hace en Baraboo; Bocetos de aquí y de allá, fragmentos de una autobiografía; y Una ética de la tierra, ensayo de corte filosófico que compendia las ideas preservacionistas del autor.
Los problemas que plantea Leopold son serios y trascendentes, darían para muchas páginas —y las consecuencias que algunos han extraído de sus ideas, para bastantes más—, pero don Juan quiere hoy llamar la atención sobre el Almanaque: es una verdadera joya de escritura, de lirismo emocionante y nada de cursilería, que nos mete en la granja con toda naturalidad y, sin moralina, alecciona e ilustra de una manera literariamente formidable.
El libro, además, tiene una introducción estupenda de Jorge Riechmann, que es el responsable de la edición, y cuesta menos de 10 euros. No hay excusa para no leer esta piedra angular del ecologismo.

domingo, 2 de agosto de 2015

Navaltizón

Le preguntan a don Juan por Navaltizón. Él es hombre discreto que huye de la notoriedad como de la peste, de modo que no suele dar detalles personales. A mí mismo, después de años viéndonos a menudo y de muchos vinos, copas y conversaciones, me costaría narrar su historia familiar. Hoy, por segunda vez, me ha invitado a la finca. Acudo con mi mujer y el matrimonio amigo que nos acompañó el otro día al teatro. Aunque las indicaciones de don Juan son precisas —y hasta prolijas—, me cuesta dar con ella: Navaltizón no está en los mapas, mi coche no tiene GPS; en los caminos por los que vamos, una vez abandonado el carreterín de Herrera a La Solana, tampoco nos serviría de mucho. Pero llego a la puerta, un arco de piedra tosca encalada, con un almendro a cada lado y un azulejo de Talavera en la clave: Nava del Tizón pone. Hay una cadena tendida que impide el paso; la descolgamos y, medio kilómetro después, estamos en la casa. Don Juan nos espera en la puerta, como si hubiera temido que nos perdiéramos. Saluda ceremoniosamente a las señoras y nos lleva adentro. En realidad, pasamos a un corral empedrado que tiene porches laterales en los que hay trebejos agrícolas, un tractor y un remolque, y el Mercedes señorial, extraño como un millonario entre gañanes. Al fondo está la casa, deslumbrante de cal. De dos plantas, no es grande ni ostentosa; a los lados también hay porches: la casa de un mediano propietario agrícola que ordenaba y vigilaba personalmente las tareas —del cereal, de la uva, de la aceituna, de las ovejas…—; que tenía un buen pasar, pero que no soñaba con parecerse a los ricachos de las fincas vecinas, ya en término de Argamasilla o de Alhambra. Lo único llamativo son los torreones en las esquinas de la entrada al corral, que servirían —tal vez— de palomares. Mientras nos enseña la casa, don Juan nos va contando:
Cuando acabé la carrera, hice la mili en Campamento; luego aprobé las oposiciones a profesor de bachillerato. El primer destino lo tuve en Valdepeñas, en el Bernardo de Balbuena. Precisamente, sobre Bernardo de Balbuena fue también el primer trabajo científico que me publicaron: un artículo acerca de ciertas peculiaridades métricas de la Grandeza mexicana. Y en Valdepeñas conocí a la que sería mi mujer. Ella era maestra, hija de un notario de Manzanares. De mi suegro el notario me han quedado dos cosas: una estilográfica Montblanc, gorda y solemne como un canónigo, que todavía uso, y esta finca. La tengo en usufructo, pero no se la dejaré a mi hija hasta que me muera, no sea que sucumba a la tentación de deshacerse de ella.
En la planta baja de la casa, a la derecha del portalón, está la vivienda de los caseros: a la izquierda hay una cocina enorme, con chimenea, que hace ahora de salón y comedor; y en la planta de arriba tiene don Juan la biblioteca, una habitación grande, de techos altos, con un balcón que da al corral y una ventana a la era; don Juan usa una mesa de trabajo basta y fuerte, quizá de las matanzas, en la que, como el Mercedes junto al tractor, no encaja bien el ordenador portátil, de los más caros. Una puertecilla de cuarterones lleva de la biblioteca al dormitorio, espartano, y al cuarto de baño, minúsculo y pulquérrimo. Don Juan vive aquí como un cartujo.
En la cocina, con las ventanas entrecerradas, tomamos el martini y comemos opíparamente, sin notar el calor que afuera inflama el brocal del pozo y los guijos que empiedran el patio. Nos sirve café y copa —de Peinado 20 años: el de 100 lo deja para las grandes ocasiones—; hablamos. Las señoras le preguntan por su mujer.
Luego hice el doctorado —don Juan se escabulle—; me ofrecieron quedarme en la universidad; nos fuimos a Madrid. Mi mujer murió con cincuenta y cinco años.
Yo miro por la ventana y comento algo de la alberca y del nogal, de la era ya inútil… Don Juan, espantado el conato de melancolía, prosigue:
No he vivido mal. Los viudos, si ponemos interés, acabamos apañándonos.
En la penumbra del fondo, sobre un aparador conventual en el que hay platos de loza antigua, adivino una foto de mujer. Me acerco como si nada. Parece la hija de don Juan. Pero no: viste a la moda de hace cuarenta años.