domingo, 4 de enero de 2015

Enero

Conozco a la hija de don Juan, pero no hablo con ella. Muchas mañanas, a primera hora, cuando voy a comprar el periódico, viene a su trabajo por la calle de la Feria; casi desde Madre de Dios, la anuncia un taconeo rotundo, rítmico, que en el silencio del amanecer tiene algo de marcial —y, si hay que decirlo todo, también de ecuestre—. Es alta; guapa a la manera antigua; de porte enérgico y carnes firmes. Lleva la cabeza erguida y la melena suelta aun en estos días gélidos que a todos nos agachan un poco. Y camina rápida, decidida, sin reparar en nadie, menos todavía en los pocos hombres que a esas horas andamos por ahí, todos viejos. Pero a mí me ve, estoy seguro, y algunas veces he notado en sus ojos un rayo de reproche: ella cree que yo tengo la culpa de que su anciano padre beba más de lo que los buenos médicos y las buenas hijas consideran prudente. No me importa: aunque al revés, mi mujer piensa lo mismo. Ninguna de las dos lleva razón: don Juan y yo bebemos moderadamente, siempre en compañía y siempre en conversación; aunque el alcohol dañe nuestros cuerpos —cosa que habría que ver—, favorece nuestros espíritus, los alegra, los entona y los hace generosos y tolerantes. Si hubiera que razonarlo, podríamos echar mano a una copiosa antología de elogios del vino que don Juan está recolectando y que abarca desde los sumerios y la Biblia hasta algunos poetas bien recientes.
Pienso estas cosas en la tarde del sábado, oscurecido ya. Aquí estoy en un bar bebiendo vino, yo solo. Don Juan sigue en el campo. Un amigo con el que he quedado tarda en llegar. Me cercan la melancolía y la desazón de los primeros días de enero, todos los años iguales. En la mesa tengo dos libros: la revista Arte y pensamiento de Campo de Calatrava para comentarla con don Juan el domingo que viene, y el primer tomo de Juan de Mairena en la viejísima edición de Losada, conmigo desde los tiempos de estudiante y a la que vuelvo con frecuencia. Sin buscarla, me encuentro la reacción de Abel Martín frente a quienes criticaban su afición a la bebida: añade muy poco a la virtud la carencia de vicios. Nada que añadir.
El amigo que esperaba entra en el bar. Levanto los ojos del libro para saludarlo, me pongo las gafas de miope, y en una mesa del fondo está la hija de don Juan con su marido, tomando té o cualquier otro brebaje semejante. Me mira con desaprobación, apretando un poquito los labios, lo mismo que su padre. Yo esquivo la mirada. No me gustaría que fuera mi mujer ni mi hija, quizá sí ser su suegro a ver si mi hijo sentaba la cabeza.