domingo, 14 de octubre de 2018

"Bonito... Todo me parece bonito..."

Hoy, cumpleaños de don Juan —setenta y nueve—, hemos comido a su costa en Navaltizón. No hablamos del paso inexorable del tiempo, materia lóbrega e impropia de celebraciones —memento mori—, sino de otra ligera y achampañada: cierta consulta de El País cuyo resultado establece la clasificación de los pueblos más bonitos de España. Almagro es el trigésimo de la lista: con desigual entusiasmo numerosos almagreños han replicado la noticia en las redes sociales. Don Juan no ha prestado interés; alguien se lo reclama:
—¿Qué le parece?
—Me parece bien que la gente gane dinero.
—¿Quién gana dinero aquí?
El País en primer lugar, que ya ha logrado notable difusión y espera aumentar las ganancias cuando los pueblos de la lista, individualmente o en comandita, le vayan subvencionando reportajes.
—Si quieren.
—Querrán. Los suplementos de viajes en los periódicos —y los programas equivalentes de las radios— tienen en realidad un fin publicitario más o menos encubierto: quien aparece  ha contribuido directa o indirectamente, pero con dinero, a que el invento sobreviva.
—Las reglas del mercado —justifica el conservador.
—Por supuesto: legítimas y provechosas.
—Se burla usted…
—Yo no tengo nada contra las reglas del mercado, porque —siempre que existan efectivamente y se hagan respetar— son uno de los pilares de la sociedad libre, democrática y equitativa en que aspiro a vivir.
—No se escabulla, don Juan: cuéntenos qué opina de los pueblos bonitos.
—El sintagma es digno de estudio.
—Empiece.
—El adjetivo bonito, diminutivo de bueno, en lo que respecta al castellano de España ha ido remplazando progresivamente a lindo hasta arrinconarlo en el chiribitil de las palabras moribundas. Durante el proceso lo que ha ganado en extensión lo ha perdido en profundidad, de modo que actualmente es una palabra ómnibus que, según quien la use, vale lo mismo para un vestido de primera comunión que para la Alhambra.
—Hay muchas palabras así: que abarcan mucho y aprietan poco.
—La imprecisión de bonito se hace especialmente peligrosa.
—¿Por qué?
—Porque, armada de pereza, derriba toda jerarquía: si bajo la etiqueta de bonito caben El matrimonio Arnolfini y la foto de boda de Eugenia de York, el primero se pone a la altura trivial de la segunda.
—¿Qué es lo bonito exactamente? —pregunta el despistado.
—Debido a la amplitud semántica, definirlo con rigurosa exactitud es muy difícil. No obstante, unos cuantos rasgos acaso nos acerquen a ella.
—¿Cuáles?
—Dos al menos. Hace tiempo que bonito dejó de estar relacionado con la bondad para relacionarse solo con la belleza. La belleza es un territorio inmenso que se extiende de lo sublime a lo cursi; pues bien, todo lo bello —hasta lo sublime y lo cursi— puede ser calificado de bonito siempre que no resulte conflictivo ni su detección precise aprendizaje.
—Por favor…
—Un ejemplo: ciñéndonos a la poesía y evitando berenjenales como el de la calidad, es evidente que el Romancero gitano —siquiera en una lectura superficial— y un poema de Sastre aceptan el calificativo; las Soledades no, Poeta en Nueva York tampoco. ¿Por qué? Porque las Soledades y Poeta en Nueva York requieren del lector esfuerzo y entrenamiento, y lo interrogan y lo desasosiegan y lo retan y lo sacan de la seguridad de los caminos trillados.
—O sea, que cualquier patán se halla capacitado para apreciar lo bonito…
—Si usted lo dice… Por mi parte solo afirmo que lo bonito es cómodo y fácil: se percibe sin esfuerzo y nunca pone en cuestión nuestros presupuestos estéticos.
—Y de quien usa a menudo la palabra bonito ¿qué nos cuenta?
—Que se trata de alguien que no conoce otra o de alguien que no quiere meterse en líos. Es decir, alguien que encaja bien con un determinado tipo de turista muy abundante en los últimos años: pide arte y cultura, aunque en dosis homeopáticas.
—Los turistas de hoy buscan exotismo y experiencias.
—Y ¿dónde los van a encontrar mejores y más próximos que en los pueblos, esos sitios extraños donde vivieron nuestros abuelos como ahora viven en el Tercer Mundo? Por eso, si a lo exótico y auténtico del pueblo le añaden ustedes una belleza obvia, tierna, dulce y banal, brota el cóctel perfecto, el sintagma perfecto: pueblo bonito. Y los pueblos bonitos abundan en España y están por ahí cerca esperándonos con los brazos abiertos: vamos en un rato y nos volvemos tan campantes, satisfechos de nosotros mismos.
—Lo dicho, entonces: que a usted no le gusta eso de Almagro, uno de los pueblos más bonitos de España.
—Creo que Almagro es más y debe aspirar a más.
Pecunia non olet, don Juan. Si trae dinero…
—Pues que se agarren al anzuelo los hosteleros y cuantos comen de ordeñar turistas; los demás no tenemos la obligación de comulgar con ruedas de molino.
—Por lo tanto...
—No vendría mal dedicarle al turismo un rato de reflexión.

domingo, 7 de octubre de 2018

Otra de jueces

Colea aún —y coleará— el asunto Villarejo cuando nos enteramos de que a otro juez se le suelta la lengua en el propio juzgado —¡Templo de la Ley!— como si fuera el bar de la esquina. Alguien pregunta:
—¿De estas grabaciones no hablamos?
—¿Para qué? Son pura nadería tecnológica aderezada con un buen chorro de estupidez.
—Aclare.
—Las oficinas judiciales han pasado en poco tiempo de la burocracia filipina a las nuevas tecnologías: es comprensible que jueces y funcionarios no estén todavía hechos a apretar el botón de apagado nada más pronunciar el enfático Se levanta la sesión —o la jaculatoria que proceda—. Igual de comprensible y trivial es que los médicos critiquen —en privado— a los pacientes; los maestros a los alumnos; los curas a los feligreses, etcétera. Lo que no resulta trivial, sino estúpido, es no haber comprobado qué grabación se le estaba entregando exactamente al abogado de la demandante o como se diga en el latín leguleyo. He ahí lo único que merece reproche: la atolondrada estupidez cotidiana en la que incurren listos y tontos con la misma asiduidad.
—Incurrimos, don Juan, incurrimos —me atrevo a poner las cosas en su sitio.
—Lleva usted razón: nosotros también somos pecadores.
El conservador, sensato, retoma el hilo:
—Nadie debería criticar a quien le da de comer.
—Pero somos desagradecidos. Con frecuencia los funcionarios olvidan que comen gracias al ciudadano corriente: el médico gracias al enfermo, el maestro gracias al alumno, el cura gracias al feligrés…
—Y a los que no lo somos —salta vehemente el rojo.
Don Juan sonríe aprobatorio:
—Hablaremos otro día de la dotación del culto y clero; ahora nos quedamos en los jueces: para bastantes, el ciudadano que les da de comer es una pejiguera fastidiosa; y la obligación de estudiarse sumarios —o lo que sean— de miles de folios, un suplicio que los priva de actividades más amenas. Pobrecillos.
—Para eso les pagamos.
Don Juan se encoge de hombros dubitativo:
—Quizá… En realidad no sé para qué les pagamos.
—Para hacer justicia y mantener la paz social —proclama sin dudas el conservador.
—No, señor: para garantizar la pervivencia del sistema de opresión capitalista y patriarcal, y las desigualdades sociales —refuta el rojo, también sin dudas.
Don Juan media:
—Ambas cosas no son del todo incompatibles. Desde luego, los jueces, al menos en los casos más obvios —atracos, asesinatos, secuestros—, normalmente hacen justicia y contribuyen a la paz social. Pero la paz social —sea eso lo que sea y la llamemos como la llamemos— beneficia más a unos individuos que a otros, y ahí los jueces saben siempre en qué lado colocarse.
—Habrá de todo —objeta el ingenuo.
—Qué más quisiéramos. Grosso modo, los seres humanos somos por naturaleza idénticos: tenemos en mayor o menor proporción las mismas virtudes y defectos; sin embargo, los expresamos de maneras distintas según condicionantes históricos, familiares, étnicos, religiosos, económicos…
—Ponga ejemplos, por favor.
—Por ejemplo, y limitándonos al asunto que traemos entre manos: es muy improbable que los miembros de las clases pudientes ejerzan la violencia física ellos mismos; es muy improbable que los pobres incurran en el delito de falsedad documental o en el de prevaricación o en el de cohecho impropio…
—¿Qué tiene que ver?
—Que, curiosamente, los códigos penales castigan con dureza los delitos que suelen cometer los pobres; en cambio, para los delitos de ricos las penas son benignas, los jueces indulgentes.
—¡Pues todavía se quejan! —dice el escéptico.
—¿Quién se queja? —pregunta el despistado.
—Esperanza Aguirre.
—Se estará poniendo la venda antes de que le den la pedrada —insinúa el cínico.
El despistado insiste:
—¿De qué se queja Esperanza Aguirre?
—De que el pobre Rato vaya a ir a la cárcel por noventa mil euros de nada.
—Hay gente en la cárcel por muchísimo menos.
—Desgraciados que robaron como roban los pobres de verdad: navaja en mano; Rato y sus amigos usaron la tarjeta de crédito, un procedimiento más fino: de ahí que la pena sea más suave y el trato en la cárcel —tal vez— más delicado.
—Hay ocasiones, don Juan, donde los ricos y poderosos no reciben trato privilegiado.
—No demasiadas; en la España reciente solo se me ocurren dos, y bastante parecidas: Garzón y los secesionistas catalanes. El primero, pájaro que ensucia su propio nido, rompió de algún modo las convenciones del gremio: puso en peligro la solidaridad de clase. Los segundos, con osadía que raya en la locura, han puesto en peligro la unidad de la patria. La patria y la clase son sagradas: quien les toque un pelo no quedará impune.
—Imprudentes que son —ironiza el cínico.
—Y la justicia, ciega —concluye don Juan.

domingo, 30 de septiembre de 2018

Hormaechea

—Ustedes, que son jóvenes —dice don Juan con guasa—, no se acordarán, pero la comunidad autónoma de Cantabria ha tenido presidentes más curiosos aún que este de ahora.
—¿Por ejemplo?
—Hormaechea. Las peripecias políticas y judiciales de Juan Hormaechea son instructivas: se compró un helicóptero de segunda mano para recorrer cómodamente los cinco mil trescientos kilómetros cuadrados de la comunidad, sacó de sus casillas tanto al Partido Popular como al Partido Socialista, lo condenaron varias veces por distintos delitos, usó triquiñuelas de rábula abundantes, alguno de sus juicios tuvo que repetirse… Sin embargo, lo traigo hoy por un asunto que nos toca más de cerca.
—¿Nos roza un asunto de Hormaechea?
—Una juerga exactamente. Como a nosotros, a Hormaechea le gustaba beber con los amigos; una noche de finales de 1990, quizá tras alguna cena prenavideña, anduvo de parranda; en un pub coincidió con dos periodistas de El Diario Montañés que le dieron carrete, la francachela se alargó hasta los amaneceres…
Don Juan toma un sorbo de jerez. El rojo menea y liba el sonajero del Macallan. Don Juan prosigue:
—Mal está que pasado de copas cantara brazo en alto Montañas nevadas; mal está que ensartara barbaridades de Aznar, de Fraga, de Isabel Tocino; mal está que a otro día no se encontrara con fuerzas para presidir el consejo de gobierno ni atender las tareas de la agenda… pero está mucho peor lo que hicieron los periodistas.
—¿Qué hicieron?
—Una infamia: contarlo en el periódico.
—Hombre, don Juan, le verían interés informativo
—Por aquellos tiempos las excentricidades de Hormaechea eran bien conocidas; de modo que los periodistas, por servir al amo, cometieron una indecencia gratuita, imperdonable y, a la postre, contraproducente: violar el sacrosanto sigilo que protege las confidencias alcohólicas, más sagrado que el secreto de confesión. Aunque muchos en las antípodas políticas, morales y personales de Hormaechea, todos los bebedores nos solidarizamos con él e hicimos votos porque nadie nunca jamás quisiera tomarse unas cañas con los dos plumillas lenguaraces. Ojalá se haya cumplido la maldición.
—¡Bien! —salta el rojo entusiasta.
El conservador disiente:
—Los personajes públicos deben ser rectos en la vida pública y en la privada; y, sobre todo, deben conducirse cautamente: Hormaechea pecó de ingenuo.
—Hormaechea había bebido: el vino ve amigos en cualquier sitio. Con todo y con eso, estamos de acuerdo en lo segundo: uno ha de saber con quién se junta. Ahora bien, lo primero no puede pasar de anhelo perseguido pero inalcanzable: solo los puritanos fanáticos como Millás —Dios nos libre de ellos— y los hipócritas, despreciables siempre, permanecen fuertes en la virtud. El resto nos permitimos deslices y se los permitimos al prójimo Nolite iudicare, ut non iudicemini; sabemos que los hechos no escapan de las circunstancias ni los dichos del contexto, y que lo que hagamos o digamos aquí aquí se queda.
Me miran, me hago el sueco.
—Por eso —abunda don Juan— son tan ruines los chismosos, y repugnantes los chantajistas.
—Se deja usted a los hipócritas —observa el rojo.
—Los hemos llamado despreciables.
—Y de los que les hacen el caldo gordo a los chantajistas pensando que de ahí sacarán algo ¿qué decimos?
—Sobre hipócritas despreciables, basta calificarlos de estúpidos.
El despistado pregunta:
—¿De qué hablamos ahora?
—De cierto policía jubilado y su industria.
—¿Qué industria?
—El policía era un funcionario que en algún momento de la carrera pensó que el sueldo se le quedaba corto y que, utilizando convenientemente los medios y contactos que la sociedad le había facilitado, ganaría más dedicándose a cometer delitos que a perseguirlos. No debe ser tonto el hombre, conocerá bien las flaquezas humanas, se ha ganado fama de eficiente, ha conseguido familiaridad con gente de peso y ha acumulado toneladas de documentos, grabaciones, filmaciones que oportunamente manejadas salpicarán a muchos: ese es su escudo ahora que las cosas van mal.
—¿Quiénes sufrirán las salpicaduras?
—Solo el chantajista lo sabe.
—¿Por qué tantos le ríen las gracias, entonces?
—Por bobos, sin duda. Y entre los más bobos están los periodistas que reproducen las filtraciones del policía en crudo, sin tomarse la molestia de comprobarlas; también algún senador de los que el otro día reprobaron a Delgado: conocemos a varios —en ejercicio... ¡y jubilados!— que no le hacen ascos al gin-tónic y gastan lengua de carretero: no me extrañaría que hubiera por ahí vídeos de sus intemperancias.
—Y ¿qué pasará?
—Lo ignoro. Pero lo prudente es declarar deleznable cuanto proceda del chantajista  y sus acólitos, negarle todo crédito —se refiera al rey viejo, a la ministra Delgado o al exministro Fernández Díaz, por decir algo—; encerrarlo en la cárcel muchos años, e incautarle cuanto nos haya robado. Sin más averiguaciones: por vil.

domingo, 23 de septiembre de 2018

Los plagios

Mientras cambiamos del café a las copas, el culto se pone melancólico:
—El plagio no es sino un asunto de mala educación.
Metidos en harina me hubiera gustado preguntarle si la sentencia es suya o viene de segunda mano, y a qué se refiere cuando habla de mala educación: ¿a las muy trilladas deficiencias de nuestro sistema educativo o al conjunto de convenciones, hábitos y rutinas que caen bajo el marbete de la urbanidad?
Don Juan se me adelanta:
—El dicho, que en estos o similares términos se atribuye a Hegel, da en el clavo. Por una parte, solo en las sociedades primitivas, bárbaras, donde la educación alcanza un valor meramente utilitario, el plagio es moneda corriente, casi de curso legal. Por otra, tomar algo del prójimo sin pedirle permiso es, efectivamente, una cuestión de modales.
—Precise, don Juan.
—Ciñéndonos al ámbito académico —del hurto literario, más peliagudo, hablaremos otro día—, bastan dos apuntes. Que le damos a la educación un valor meramente utilitario resulta obvio: las universidades españolas forman técnicos excelentes, capacitadísimos —médicos, ingenieros, arquitectos, dentistas, fisioterapeutas, por ejemplo—, a los que no les cuesta ningún esfuerzo encontrar trabajo en otros países y codearse con los mejores; sin embargo, al menos en el campo de las humanidades y ciencias sociales, no atinan a formar buenos científicos que puedan enseñarles algo valioso a los de otros sitios.
—¿Por qué?
—Tal vez porque la sociedad no siente que esas disciplinas tengan importancia ni den brillo social o económico: de ahí que acaben en ellas los alumnos más torpes del bachillerato, y que la formación que reciben no sea precisamente exquisita: ¿qué más da si a lo máximo que aspiran es a ser profesores, periodistas o políticos!
—Que usted ha sido profesor…
—Porque no era de los más listos en la clase del instituto.
No sé si lo dice en serio; él prosigue:
—Y porque he sido profesor he visto a graduados que no saben citar, que pastan en la Wikipedia sin escrúpulos y que fusilan con desparpajo cualquier vertedero que hallen en la web. Ni se les cae la cara de vergüenza ni sus profesores han puesto excesivo empeño en corregirlos.
Como estamos entrando en terreno pantanoso, cambio de tercio:
—¿Y los buenos modales?
—De eso hablo. Los buenos modales conducen a pedir permiso, a dar las gracias, a disculparnos aunque no tengamos la culpa, a sobrestimar los méritos ajenos…
—De boquilla, don Juan.
—Bueno. Pero se trata de una vaselina eficaz para lubricar las relaciones sociales. En cambio, la gente grosera y basta, que no repara en tales minucias, se nos hace sumamente desagradable.
—El plagio, entonces, ¿es cosa de gente a medio civilizar?
—Claro. De gente que no tiene ni echa de menos el respeto y la consideración por el prójimo: igual que quienes se cuelan en la fila del supermercado. Y en cuanto pagan, aunque sea una cantidad simbólica, no hay quien les tosa…
—¿Qué quiere decir?
—¿Han estado ustedes en un buffet libre? ¿Han visto cómo algunos colman los platos? Pues muchos plagiarios gozan de modales semejantes: creen que, por haber comprado un libro —o haberlo fotocopiado— o por haber pagado una conexión a internet, nada les impide comer a tragantadas hasta reventar: las sutilezas esas de la propiedad intelectual se quedan para melindrosos.
—Plagiar es robar: no hay que darle vueltas —corrige el culto.
—Desde el punto de vista moral o jurídico; pero ahí no entramos. Para nosotros, que desconocemos las ciencias jurídicas y no damos lecciones a nadie, el plagio es mucho más: una imperdonable vulgaridad, una falta de respeto… y un homenaje.
—¿Homenaje?
—Al plagiado: implícitamente el plagiario lo reconoce superior; ahora bien, el homenaje se acaba al incurrir en la descortesía de saquearlo sin miramientos. En cambio, a los hipotéticos lectores el plagiario nos menosprecia desde el principio: da por hecho que ninguno advertirá la falta de educación…
—Y acierta —se entromete el cínico—: solo las nuevas tecnologías la ven.
Don Juan asiente con un gesto; continúa:
—Acaso porque en realidad no hay ya lectores solventes: se producen tan desmesuradas —y quizá tan inanes— cantidades de literatura académica que nadie lee con el sosiego y la seriedad debidos. De eso el plagiario sí es plenamente consciente: las posibilidades de que lo cacen son escasísimas.
Uno de los que no estamos en esto pregunta asombrado:
—¿Ni siquiera leen los miembros de los tribunales de doctorado?
—Rigurosamente, pocas veces. Además, suelen ser amigos.
El lego insiste:
—¿Los plagiarios cuentan con que nadie los leerá y se toman la molestia de escribir? ¿Por qué lo hacen?
—¿Escribir? Para añadir un renglón al currículo.
—¿Y plagiar?
—Por ordinarios y vulgares, por incultos, por perezosos… y porque al final carece de importancia.

domingo, 16 de septiembre de 2018

'Asuntos internos'

Almagro está lejos de Tomelloso, pero Navaltizón no. El Día del Cristo fue don Juan a comer con el amigo bodeguero para hablar de la vendimia. De la comida se trajo el precio de la uva y el libro que pone encima de la mesa.
—De no ser por el bodeguero, ni me hubiera enterado: cosas de esta provincia de ustedes donde solo hay ojos para la Meca de Ciudad Real, que los ha de engullir si se descuidan.
—Mientras tanto —dice en conservador con ironía—, cuéntenos el libro.
—Los libros no se cuentan: se leen; si nos gustan, los comentamos y recomendamos.
—¿Nos recomienda este?
—Encarecidamente.
—¿De qué va?
—De putas.
Del corro se eleva un murmullo atónito. Don Juan se sacude las pulgas:
—Cuando hablamos de literatura el tema tiene una importancia menor: importa el manejo del tema.
—Pues explíquese, que estamos en ascuas.
—El libro es una novela breve compuesta por cuarenta y seis capítulos brevísimos, que, salvo en algún caso, cuentan historias independientes y cerradas. Lo que traba los capítulos y convierte las teselas en mosaico son el lugar, el tiempo, los personajes y el tono.
—Vamos por ellos —anima alguien.
—Empezando por el lugar, el territorio de la novela es fruto de la imaginación del autor; se le denomina el páramo, siempre con minúscula: no cabe, pues, pensar en un topónimo ni tampoco, probablemente, en un término perteneciente a la geografía física; más bien, a la geografía humana: un sitio inhóspito donde reina el desamparo. En el páramo hay numerosos pueblos cuyos nombres vamos conociendo a lo largo del relato, pero la capital es Regueros. En Regueros, además de establecimientos e instituciones de menor fuste, están el juzgado, el bar La Frontera, y el emporio o imperio —no habrá que precisar en qué consiste— de doña Olga.
—¿El tiempo?
—Aunque nebuloso, detalles indirectos nos remiten a los años de franquismo: desde los albores en la siniestra posguerra —representada muy bien por el torvo Conforte, el pobre Agrimensor o el contrabando de penicilina— hasta las granzas desarrollistas —la Bultaco Metralla, los amenes de Ringo Bonavena tras la pelea con Muhammad Ali—. Ahora bien, aparte de estos u otros mínimos jalones del tiempo externo, el tiempo interno de la novela es inmutable, estático: un engrudo de alcohol, tabaco, broncas, sexo de pago, desgracias y negocios turbios amenizado por la música densa de coplas —las únicas citas textuales corresponden a poemas, uno de ellos espléndido, de Rafael de León— y boleros, que gira constantemente sobre sí mismo y del que los personajes no pueden escapar si no es por la escotilla de la muerte, a menudo violenta.
—¿Quiénes son los personajes?
—Innumerables. Entran y salen del escenario como marionetas; ni cambian ni reflexionan ni tienen conciencia moral: depravados o beatíficos, son siempre inocentes, porque los mueve el sino atroz del páramo, un demonio contra el que fracasa todo exorcismo. La onomástica improbable de la mayoría contribuye a destacar su condición de autómatas. Sin embargo, dos de ellos, evanescentes, escépticos, quedan al margen: Nilo Gaona, secretario del juzgado, y el innominado narrador, que se ocupa de los asuntos internos del negocio de doña Olga, son la escasa luz redentora del páramo.
—¿El tono?
—El tono es un cóctel bien batido de La Lozana andaluzaEl ruedo ibérico y La familia de Pascual Duarte. Es decir, vocabulario rico, deslumbrante, crudo, elevado y vulgar, que ni descarta la jerga agropecuaria ni se arredra ante los tecnicismos sicalípticos, textiles, religiosos o forenses; oraciones que son sarcásticos trallazos o relámpagos de ternura; páginas demoradas como las tardes de verano o raudas como navajazos en la madrugada. De tales exquisitos ingredientes surge el prodigio de la literatura como gozoso artefacto verbal sin el cual lo demás carece de sustancia. Y surge también el retrato oblicuo, pero vivo y fiel, de un tiempo y un país rastreros y sombríos.
—¿Quién es el autor?
—Pablo Ramírez Perona. No sé de él sino lo que me contó el amigo bodeguero y lo que se deduce de la dedicatoria: que trabaja en un instituto de Tomelloso y que tiene mujer e hijas. Poco es; no necesitamos más: desde hoy que me cuente entre sus fieles.
—¿No le pone faltas?
—Casi ninguna. Acaso podría haber atenuado ciertas influencias en exceso evidentes, y corregido levísimos errores: doña —incluso si se refiere a la emperatriz doña Olga— se escribe con minúscula; salvo que se trate de la capital de Holanda, se dice el aya; y los vocativos deben ir entre comas. El resto impecable.
Vuelvo a casa con ganas de empezar el libro.

(Pablo Ramírez Perona. Asuntos internos. Ediciones Alféizar. Valencia. 2018. Quince euros)

domingo, 9 de septiembre de 2018

De Esopo a Epicuro pasando por Protágoras

Por causas que no he logrado entender bien, esta tarde hablamos de (in)cultura. Ningún amigo echa mano a la pistola, pero a alguno le asalta la tentación de la siesta.
—Cuando se habla de incultura nadie se da por aludido —sentencia don Juan.
—Hombre, cualquiera de nosotros estaría dispuesto a confesar la propia ignorancia en determinadas materias: la física cuántica, el béisbol, o la literatura en lengua malgache, por ejemplo.
En determinadas materias... sin importancia. Obviamente, salvo los muy estúpidos, cualquiera acepta que no lo sabe todo; pero es insólito que alguien reconozca que no sabe lo que hay que saber, es decir, escasean quienes se definen como ignorantes o incultos.
—La ignorancia ajena sí se reconoce enseguida —completa el cínico.
—Claro. Recuerde la fábula de Esopo: cada hombre lleva dos alforjas
—¿Por qué está tan claro?
—Porque nos miramos con buenos ojos; pero, ahondando un poco, porque cada persona hace una interpretación restrictiva de la sentencia de Protágoras: si dicen que el hombre es la medida de todas las cosas, traducimos yo soy la medida de todas las cosas.
El cínico insiste:
—La culpa es de Protágoras y de la funesta predilección de los griegos por las ideas generales.
—Quizá. Efectivamente, no resulta fácil llegar desde mi ombligo a la humanidad entera e igualar a todos en dignidad. Como mucho, igualamos a los que se hallan más cerca: a un nosotros reducido, familiar o tribal. Los griegos dieron el salto porque eran audaces.
—¿No hablábamos de incultura?
—En ella estamos: la incultura es un caso particular de algo más general. Me visto como hay que vestirseduermo como hay que dormir, me caso como hay que casarse… Los que se visten de otra manera, comen de otra manera o se casan de otra manera están equivocados o no tienen cultura: es arduo admitir que existen innumerables formas de hacer las cosas bien; más arduo todavía es admitir que bastantes son mejores que la mía.
—Vuelva al caso particular de la incultura, por favor. ¿Por qué cuesta tanto aceptar la incultura propia y por qué vemos a la legua la ignorancia de los demás?
—Está dicho: porque cada uno se erige a sí mismo en vara de medir. En España, que pilla cerca, los que estudiamos el bachillerato por el plan de 1938 —siete años más Examen de Estado— pensamos que desde ahí hasta ahora solo ha habido decadencia; ustedes, que cursaron el plan de 1953 —seis años, divididos en bachillerato elemental y bachillerato superior, más dos reválidas y preu—, lo mismo; y los del BUP, fruto de la Ley Villar de 1970…
—El nivel ha bajado, desde luego —sienta el conservador.
—O no. Habría que verlo despacio, porque acaso se trate de un espejismo emparejado con una superstición y seguido de un corolario tan inconsistente como el padre y la madre. El espejismo consiste en dar por hecho que mis saberes son canónicos, que sé cuanto hay que saber; el corolario, que los saberes que me faltan o son muy especializados o muy triviales y, en consecuencia, irrelevantes y superfluos a efectos de merecer el marchamo de culto; la superstición, que la cultura se adquiere únicamente en el bachillerato o, siendo generosos, en ciertas carreras universitarias.
—Al menos, don Juan, eso opinan las autoridades.
—Las autoridades enumeran en leyes educativas y planes de estudios —o como ahora se diga— los saberes que el ciudadano debe manejar al término de la enseñanza común; pero se trata, claro está, de una lista de mínimos: ¿qué impide al ciudadano seguir cultivándose el resto de la vida?
—Nada, tal vez. Sin embargo, no pocos justifican sus lagunas culturales descargando la responsabilidad en el instituto.
Todos los cojos le echan la culpa al empedrado, dicen en mi pueblo; lo que viene a significar que la pereza se refugia cómodamente en la primera excusa que se le presente.
—¿Qué es la cultura? —irrumpe abruptamente el despistado.
Don Juan suspira:
—La palabra cultura es selva intrincada. Pero, en tanto que atributo —o conjunto de atributos— que otorgan a un individuo o grupo la etiqueta de culto, más que un amontonamiento de saberes preferiríamos que fuera un cierto acomodo en el mundo: respetuoso y preocupado por el mundo mismo y, más que nada, por los demás seres humanos; racional, inquisitivo; alerta contra lugares comunes, espiritualidades varias y prejuicios; abierto, comprensivo, sosegado, inmune a todo fanatismo y terquedad; consciente de la propia ignorancia y empeñado en reducirla…
Macallan en mano, propone el rojo:
—Échele usted también un chorreón de jarabe de Epicuro.
—¿Jarabe?
—O licor: cualquier cosa que endulce la vida.

domingo, 2 de septiembre de 2018

Karl Marx Stadt y las madres mercenarias

Cuesta trabajo encontrarle un hilo a la conversación de esta tarde. Entre los ruidosos saludos del regreso, las preguntas por la salud a quienes andaban achacosos cuando dejamos de vernos o por la familia a quienes tienen novedades en las que importe indagar, las reflexiones tópicas sobre el discurrir velocísimo del tiempo, las explicaciones prolijas de sus andanzas estivales que algunos quieren endosarnos venga o no a cuento, etcétera y etcétera, la charla tarda en irse asentando y, aun así, con frecuencia se esturrea en grupillos, se demora y se enreda: no hay pastor avezado ni diestro perro de carea que junte el rebaño y lo traiga al redil de una charla inteligible. Yo, simple taquígrafo, me impaciento y desespero consciente de que no ha de estar a mi alcance ordenar este caos.
—Pierde cuidado —consuela el estoico por lo bajo—: estos días todo el mundo habla de lo mismo y dice las mismas cosas, de modo que los lectores, que habrán experimentado en carne propia charlas de gallinero como esta nuestra, te entenderán y serán misericordiosos.
El consuelo resulta abracadabra: el guirigay se disipa milagrosamente; don Juan, que hablaba para pocos, habla ahora para todos:
—Dicen los gramáticos que los nombres propios no significan nada: meramente señalan a un ser para identificarlo y distinguirlo del resto.
—Y es verdad.
—Ojalá fuera siempre verdad. Pero en demasiados casos a los nombres propios los carga el diablo de connotaciones diversas, acaso altamente inflamables, que revelan propósitos turbios o interesados y que generan controversias difíciles de manejar. Algunas veces a quienes toman un nombre propio en vano les sale el tiro por la culata.
—¿Por ejemplo?
—Chemnitz: una apacible ciudad de Sajonia que entre 1955 y 1990 se llamó Karl Marx Stadt, o sea, Ciudad de Carlos Marx. Quienes le pusieron el nombre lo harían con la voluntad de honrar al dios de su régimen político y la intención diáfana de que durara eternamente. Miren adónde ha venido todo aquello: a un hartazón de xenofobia que vomita en las calles a miles de neonazis —brutos, pero no tontos— en busca de alimañas.
—¿Alimañas?
—Individuos de las razas inferiores e invasoras que ponen en peligro la pureza aria. ¿Qué pensará la enorme cabeza de Marx —¡Proletarios de todos los países…!— en la calle de los Puentes? ¿En echarse al río antes de que la echen?
—Pues otras veces el nombre, propio o común, viene como anillo al dedo —dice el rojo bailando el vaso de Macallan, cuyo celestial tintineo de whisky stones es el himno genuino de la buena vida, de la tolerancia y de la paz.
—¿A qué te refieres?
—A las Madres Mercenarias. En Almagro —lo dice el Google Maps— les han dedicado una calle. El nombre es preciso; el homenaje, merecido; y la ocasión, de plena actualidad.
Da un traguito al whisky; lo saborea; nos mira con ojos risueños; prosigue:
—Coincidiréis conmigo en que es mejor madres mercenarias que vientres de alquiler: lo segundo las cosifica; lo primero las instala de una profesión de ilustres precedentes: Jenofonte o el Cid Campeador, por ejemplo. Coincidiréis igualmente en que haber sacado de un apuro a gentes de tanto brillo como Kim Kardasian, Cristiano Ronaldo, Javier Cámara, Miguel Poveda —y otros, tan rutilantes o más, que no recuerdo— las hace acreedoras de una calle, aunque sea en el ejido del cementerio. Y, además, copan las primeras páginas de los periódicos por no sé qué asunto ocurrido en Ucrania. ¡Almagro siempre en la vanguardia de atinar con el nombre exacto de las cosas y enaltecer a quien lo merece!
Me dan ganas de aplaudir; me contengo. El conservador replica:
—La maternidad es una cosa muy seria.
—Claro: por eso conviene dejarla en manos de especialistas; pasa lo mismo con la guerra: mejor soldados profesionales que de remplazo.
El tímido apunta:
—Es curioso que mientras nos defendemos ferozmente de los invasores vayamos a buscar entre ellos a los niños que no queremos tener.
—Si son defectuosos, los devolvemos hurga el cínico.
Don Juan no lo oye:
—Nuestro tiempo ha pasado. Hay cosas alrededor que no conseguiremos comprender ya nunca.
—¿Las entienden los jóvenes?
—Deberían esforzarse, porque, de no entenderlas, en el pecado llevarán la penitencia. Nuestros padres y nosotros, por escarmentados, fuimos prudentes. Nuestros nietos —¿quizá nuestros hijos?, ¿quizá también algunos viejos desmemoriados?— esquivan la prudencia, y muchos, con la eufórica necedad del adolescente o del beodo, han echado a correr atolondradamente por un camino que lleva a la catástrofe.
—Y los pastores, durmiendo la siesta.
—O animando.
Yo creo que los amigos disparatan: habrán caído malos del síndrome posvacacional ese que dicen, o les habrá subido la atrabilis. ¡Pobrecillos!