domingo, 21 de mayo de 2017

Lanza digital

Ya sabemos que a don Juan lo invitan —y él acude— a muchos sitios que para los demás contertulios son inaccesibles. ¿Por qué lo invitan? Lo ignoro. ¿Por qué acude? Nos lo explica:
—Porque tengo tiempo, por saludar a antiguos amigos, porque nada me resulta más interesante que observar la reunión de un buen grupo tribal de seres humanos…
—¿Qué es eso de tribal? —pregunta el despistado.
—Grupos cuyos miembros, como los de una tribu, tienen algo en común: oficio, extracción social, aspiraciones, afición, ideología… Da lo mismo que sean científicos en un congreso, amigos en una fiesta o socios de la peña barcelonista: el comportamiento se parece siempre al de una horda de chimpancés.
—Claro: somos parientes; pero explíquenos el parecido.
—En estas reuniones, una vez cumplidas las formalidades del ritual, los participantes se dedican al acicalamiento mutuo; y, mediante maniobras de aproximación, saludos, gestos, risas, conversaciones, se establecen jerarquías, centros y periferias, grupos y subgrupos, quedan elementos marginados…  
—Si es siempre lo mismo, ¿por qué le interesa?
—Porque cambian los individuos.
—Entonces, lo que llama usted observación se parece bastante a lo que el resto de la gente llamamos cotilleo.
—No. El cotilleo, si acaso, vendría luego: cuando yo les contara a ustedes maliciosamente el resultado de la observación.
—¿Nos lo va a contar?
—¿Qué nos tiene que contar? ¿De qué hablamos? —pregunta otra vez el despistado.
—Don Juan estuvo el otro día en el acto del Lanza —le digo por lo bajo.
—Sí: estuve en la presentación del nuevo Lanza digital.
—O sea, en el entierro del Lanza de papel —apunta el conservador.
—En efecto. Por desgracia, pero acaso inevitablemente, el diario Lanza ha dejado de publicarse en papel. Algunos intervinientes dijeron que, pronto o tarde, les va a pasar a todos los periódicos.
—Mal de muchos…
—Es una enfermedad generalizada —don Juan elude el refrán— de la que ya hemos hablado aquí otras veces. Los periódicos en papel tienen un futuro oscuro y tormentoso, y no serán pocos los que desaparezcan. Para mí es triste, pero eso carece de importancia: a los jóvenes, que se nutren de información digital, les da lo mismo. El Lanza, además, era una anomalía.
—¿Una anomalía?
—Durante años el Lanza ha sido el único y el último periódico convencional cuya propietaria era una institución pública: la Diputación de Ciudad Real. Y de esta anomalía se han derivado varias de las dolencias que lo han llevado a la defunción: ya las analizaremos más adelante.
—¿Está usted en contra de los medios públicos?
—No: los medios privados están en contra de los medios públicos; yo, en cambio, no tengo nada contra ellos siempre que se desempeñen con criterios profesionales. Es decir, que no sean la voz de su amo, ni cuenten con una plantilla de mentalidad funcionarial.
—¿El Lanza ha funcionado así?
—Les he dicho que lo analizaremos más adelante. Lo que sí ha hecho el Lanza es llevar información y darla de lugares adonde los demás no llegaban: no está mal.
—¿Y la edición digital?
—No me gustan los periódicos digitales: la única virtud que tienen es la inmediatez, que, menos en caso de catástrofe, emergencia o acontecimiento extraordinario, no es ninguna necesidad. Y, en general, están hechos a la ligera e irreflexivamente. Ahora bien, si esta es la moda… Confío en que el Lanza digital no sea peor que otros.
—Don Juan, cuéntenos el acto.
—Sin pretensiones. Hubo demasiados discursos, como siempre, y demasiado largos: de la diputada responsable, de la directora, de la alcaldesa de Ciudad Real, del portavoz del gobierno de la Junta y del presidente de la Diputación. Nada del otro jueves, salvo el del portavoz.
—¿Bueno?
—Impertinente, confuso, pedante, tópico, propagandístico, interminable… Que Dios se lo perdone.
—Es usted duro.
—Él no tuvo compasión de los sufridos asistentes, que ya llevábamos un buen rato de pie. Encima, empezó con una de esas frases que Internet atribuye tan pronto a Buda como a Cristo, a Einstein o al papa Francisco. A partir de ella mezcló la universidad —y su magnífico rector— con el cambio climático, lo urgente con lo importante, el gobierno de García Page con las nuevas tecnologías… me pregunté si no se estaría confundiendo de acto.
—¿Quiénes eran los asistentes?
—Las autoridades civiles y militares —o sea, los mismos que asistieron a la gala de La Tribuna—, políticos en activo o amortizados, algunos intelectuales, periodistas… faltó el Partido Popular, mezquino como siempre en esta provincia de ustedes.
—¿Y luego?
—Dieron buen vino, se formaron corros, a algunos se les soltó la lengua… Ya les contaré.
Y nos deja con la miel en los labios.


domingo, 14 de mayo de 2017

'Ida y vuelta'

Don Juan deja en la mesa el último libro de Alfonso González-Calero. Mientras pide el café me atrevo a hojearlo: menos de cien páginas, toda la franciscana sencillez de la Biblioteca Añil, y —eso no lo esperaba— un manojo de poemas.
—Me lo ha hecho llegar el autor —dice don Juan—; bien que se lo agradezco. Yo tampoco sabía que fuera poeta.
—¿Qué le parece?
—Una sorpresa, una lección y un libro excelente.
—Concrete, don Juan.
—La sorpresa mayor es que, a estas alturas de la vida —la suya y la nuestra—, nos hayamos enterado de que Alfonso González-Calero es poeta, y de los buenos. Pero hay otras: por ejemplo, que firme el libro con los dos apellidos.
—Tiene madre Alfonso; todos la tenemos: ¿cuál es la sorpresa? —suelta alguien por lo bajo.
Don Juan se hace el sordo:
—Acaso la presencia del apellido materno —un García como hay tantos— sea el homenaje agradecido, pudoroso, a la persona que le inculcó las aficiones literarias: le preguntaremos.
—¿La lección?
—González-Calero es modesto: no habrá querido dar lecciones; sin embargo, en el libro hay una implícita que sirve para bastantes poetas: la poesía debe ser una actividad paciente y reflexiva. La inspiración ha de ir seguida del trabajo; el trabajo no siempre producirá de inmediato los frutos deseados: será preciso esperar, tachar, reescribir y, numerosas veces, desistir, o sea, romper lo escrito y tirarlo a la papelera. El buen poeta es buen lector de poesía; por lo tanto, leerá sus poemas como lee los ajenos; pero, si en la lectura de los demás le está permitida la indulgencia, en la lectura de lo propio no cabe ninguna. El poeta es —ojalá— antólogo de sí mismo: selecciona, desecha y nos muestra únicamente lo mejor. Así, González-Calero, que ya disfruta de la jubilación, publica ahora la cosecha escasa y sustanciosa de treinta años de labor poética: apenas sesenta poemas. 
—Hombre, don Juan, ¿hace falta llegar a viejo para publicar poesía?
—No: hace falta ser autocrítico.
—¿Por qué es un buen libro?
—Quedándonos en las meramente técnicas, por muchas razones. Una es consecuencia de la autocrítica: contiene poemas mejores y peores, pero ninguno malo. Otra: la estructura del libro y la disposición de los poemas está muy bien pensada y responde a criterios que conseguiríamos averiguar a poco que nos pusiéramos a ello, es decir, no se trata de una mera colección ni, como se ha dicho algo a la ligera, de un diario poético aunque casi todos los poemas estén datados. Tres: el sistema de puntuación y de mayúsculas no es caprichoso: tiene que ver con las intenciones expresivas, que cambian a lo largo del libro. Una más: tampoco son decorativos los epígrafes ni obedecen al exhibicionismo lector por más que se detecten muchas lecturas y ecos —de Ángel Crespo o Valente, por ejemplo— conscientes y selectos. Otra: los poemas rehúyen las modas dominantes en la poesía española de cada momento, y no encontramos rastro de los tópicos omnipresentes en la poesía manchega: mérito enorme que le agradezco como lector ahíto —ironiza don Juan—. ¿Quieren más?
—Diga.
—Esta de regalo: hay algún poema político y apenas se nota. En resumen: un libro importante —merecería estudio detenido—, entre los mejores que se han publicado últimamente en estas tierras. Y, desde luego, a partir de ahora cuenten a Alfonso González-Calero García en la nómina de los poetas y sitúenlo en la parte de arriba del escalafón.
—¿No le pone ningún pero?
—Pocos y de poca importancia: me chocan las distintas maneras de fechar, que superponga cursivas y comillas, y la tilde en Espriú...
Hace una pausa:
—El prólogo no está a la altura.
—¡Es de Corredor Matheos!
—Sí, pero pertenece a la especie de prólogos parafrásticos.
—¿Qué es eso?
—Un recurso —plaga, en realidad— muy usado y cómodo para salir del paso: no se estudia el libro ni se explica ni se aclara, tal vez se lea a la ligera; se entresacan algunos versos y se traducen en prosa ampulosamente: cualquier alumno de la ESO espabilado llegaría a lo mismo.
—¿Algo más?
—Una anécdota. Amazon ilustra nuestro libro con la foto de otro Ida y vuelta: el del falangista Antonio José Hernández Navarro, que cuenta sus andanzas en la División Azul. Hernández Navarro —algún viejo se acordará— fue de los pocos procuradores en Cortes que votó contra la Ley para la Reforma Política. Del tal libro hay edición reciente —en Actas: dónde mejor— a cargo de Carlos Caballero Jurado, comprovinciano de ustedes bien conocido en determinado círculo. No sé yo si es buena compañía.


(Alfonso González-Calero García. Ida y vuelta (Poemas 1985-2015). Almud, Ediciones de Castilla-La Mancha. Toledo. 2017. Quince euros)

domingo, 7 de mayo de 2017

El Cristo

Don Juan tiene un concepto deportivo de la discusión; acepta y se somete escrupulosamente a las normas de la dialéctica; respeta al rival: procura entenderlo; nunca desea hacer sangre. Don Juan evita a los tramposos, a los brutos, a los necios; no terquea, no pontifica, no habla de lo que ignora; rechaza las porfías arrabaleras en donde los argumentos son garrotazos y las palabras puñaladas… Don Juan no querría arrimarse al avispero del Cristo de los dominicos.
—Don Juan, la polémica está en la calle. Díganos algo.
A regañadientes, responde:
—De la polémica sé lo mismo que ustedes: que ojalá no se envenene. Del fondo del asunto, muy poco.
—¿Cuál es el fondo?
—La propiedad del Cristo. Resulta evidente que los dominicos no cuentan con documentos que se la adjudiquen: si dispusieran de ellos, ya los habrían enseñado. Pueden acreditar —eso sí, y solo eso la posesión continuada e indiscutida del Cristo los últimos sesenta y dos años. Almagro —signifique aquí la palabra lo que signifique— tampoco cuenta con documento ninguno; es más, bastantes almagreños se enteran ahora de que el Cristo existe: desde hace casi dos siglos apenas ha estado a la vista y no cabe argumentar que la imagen sea objeto de devoción especialmente arraigada…
—Quizá los historiadores nos alumbren: algo habrá escrito —supone un optimista.
—Que yo sepa, nadie se ha ocupado del Cristo, nadie lo ha estudiado. Tan solo Maldonado padre se refiere a él en dos ocasiones. En el libro Almagro, Cabeza de la Orden y Campo de Calatrava dice que pertenecía a las monjas franciscas; que estas, al abandonar el convento cuando la desamortización, se lo “entregaron” a la familia Aparicio; y que la familia “lo conservó en su casa del Arco de Valenzuela” hasta que se llevó al convento de los dominicos en 1955. En el programa de la feria de 1979 precisa que “un miembro de la familia y fraile dominico, el padre Ramón Fernández Aparicio, lo llevó a su convento de la Asunción Calatrava, donde recibe culto actualmente”; y añade que “esta verdadera historia” se la contó don Manuel Aparicio Huertas y que le dio “los detalles de todo ello por escrito”.
—Luego es de los dominicos…
—Habría que ver el escrito de don Manuel Aparicio; quizá Maldonado hijo lo conserve.
—Maldonado hijo contradice a su padre —nos ilustra un asiduo visitante de las redes sociales—. El otro día escribió en Facebook que el Cristo estuvo en el Arco de Valenzuela hasta la Guerra, que de allí fue retirado por la familia del padre Ramón Fernández —“nadie se opuso ni presentó título alguno de propiedad”—, que Ramón Fernández lo heredó legítimamente —recalca legítimamente— de sus padres y, como fraile, lo entregó a la orden, su legítima heredera.
—Mucho insiste en la legitimidad —observa el descreído.
Don Juan elude la observación:
—Ellos sabrán, pero en estas cosas me fío más del padre que del hijo, cuya versión, encima, es menos favorable a los frailes: “retirar” el Cristo de su sitio quizá estuviera justificado por la Guerra, pero no devolverlo al acabar…
—De la Guerra también habla Galán.
—Y no muy atinadamente. Galán saca a colación un asunto por completo extemporáneo —el de la iconoclasia roja durante la Guerra Civil— que, sin embargo, señala el terreno cenagoso en que acaso embarranque la cuestión: reyerta a navajazos entre católicos fervientes y ateos fervientes revestidos ambos de sus peores ropajes.
—¿Qué ropajes?
—Los de clericales y anticlericales, o sea, los de la adhesión irracional a posturas mutuamente excluyentes y con idéntica y recíproca voluntad de exterminio. Que se llegara hasta aquí era previsible, pero que fuera por culpa de un responsable político no me lo esperaba.
—Galán parece hombre impetuoso y de razonamientos nada sutiles.
—¿Qué gana sobrepasando al Partido Popular por la extrema derecha, echando sal en heridas abiertas todavía? Durante los primeros meses de la Guerra se destruyó abundante material religioso y se asesinó concienzudamente a numerosos católicos; ahora bien: ¿determinan tales salvajadas la propiedad del Cristo?
—No. Tampoco mentar a quienes reposan aún en las cunetas.
—Pues entonces Galán nos ha mostrado a las claras su verdadera posición política: después, que venga a pedir votos moderados.
—¿En qué parará esto, don Juan?
—A saber. La inmensa mayoría de los almagreños es gente sensata; los dominicos lo serán igualmente; no estorbarían unos gramos de mesura, delicadeza y generosidad. Pero si los ultras acuerdan embestirse…


domingo, 30 de abril de 2017

Núñez de Arenas

Quién lo iba a decir: me he aficionado al arte contemporáneo. Ayer, sin reserva ninguna, fui con don Juan a la exposición de Esteban Núñez de Arenas en el Centro de Arte. Nada más entrar nos llamó la atención ver al artista mirando, con aire de profundo recogimiento y el pincel en la mano, un cuadro que tiene a medias: es que, en el presbiterio de la que fue capilla, Núñez de Arenas ha instalado el atelier y allí trabaja a la vista de todos. ¿Por qué lo hace? ¿Por qué se exhibe a sí mismo en una actividad casi siempre discreta, incluso íntima, de la que el público suele conocer únicamente el resultado? ¿Será una performance de esas que dicen? ¿Una especie de happening?
—Quizá —condesciende don Juan—, o simplemente quiera mostrarnos que pintar es un trabajo arduo, que el Esto lo hace mi niño de tantos espectadores osados es una imprudente ligereza.
No molestamos al pintor. Recorremos la sala despacio. A la izquierda hay cuadros ya antiguos, en distintos soportes, y dibujos a lápiz; alguno de los cuadros es magnífico; los dibujos, minuciosos, de buena técnica, muestran con sorprendente realismo aparatos inverosímiles. A la derecha, una serie reciente y numerosa de cuadros pequeños, en blanco y negro o con mínimas pinceladas de color, donde las formas se retuercen y combinan en composiciones que parecen desenfocadas, pero que —como si fuéramos ajustando la lente de un microscopio—, tras un rato de contemplación, se organizan hasta constituir piezas oníricas de sorprendente coherencia y capacidad sugestiva. El cuadro que está pintando, de gran formato, es parte de la serie.
—Lo visible y lo invisible —dice don Juan.
—El nombre de la exposición, sí.
—Y también, creo, el del catálogo de la que hubo en Toledo hace dos o tres años por el centenario del Greco. El Greco pintaba lo visible —lo que ve todo el mundo— y lo invisible —lo que ven los creyentes con los ojos de la fe—. En cierto modo, Núñez de Arenas hace otro tanto.
—¿Pinta lo invisible? ¿Con los ojos de la fe?
—No hablo de fe. Hablo de lo que rastrean los psicólogos por debajo de la actividad mental consciente; de lo que vemos en el sueño o en los estados alterados de la conciencia; de lo que creemos ver, cuando nos pillan descuidados, en las nubes, en los desconchones de las paredes, en las sombras… ¿Conoce usted esos test de personalidad hechos con manchas de tinta china? Algo de eso hay aquí.
—O sea, ¿que mirar los cuadros es someternos a un test psicológico?
—Quiero decir que, si miramos atentamente los cuadros, sin prejuicios y sin los frenos de la percepción cotidiana, nos convertimos automáticamente en pintores de lo invisible. Los cuadros de Núñez de Arenas son el estímulo que necesitábamos para ver lo invisible. Y lo que vemos, naturalmente, no será lo mismo que ha visto el pintor mientras pintaba, ni lo que veo yo será lo mismo que esté viendo usted. Por eso no tiene sentido preguntar qué significan los cuadros.
—Pues es lo que hace mucha gente.
—Los que solo ven lo visible, lo que se ajusta a las normas convencionales de percepción: lo obvio, rutinario y banal. ¿Se ha asomado usted a las procesiones de Semana Santa?
—A algunas.
—Se habrá fijado en las imágenes, en los bordados, en la orfebrería… ¿qué le parecen?
—Muy bonitos.
—En efecto: bonitos. Y previsibles: encajan perfectamente con lo que todos se esperan. Es decir, no hay en ello ni un átomo de arte.
—¿Qué hay entonces?
—Hay artesanía, muchas veces estupenda, o mera industria. Actividades sumamente dignas —el mismo Greco montó en Toledo una verdadera factoría de pintura y escultura religiosas—, pero a las que les falta un escalón para llegar al arte. El arte sorprende, incomoda, reta, conmueve, es imprevisible: porque nos pone delante cosas con las que no contábamos, el arte es creación y los artistas verdaderos se acercan a los dioses.
—¿Lo que estamos viendo es arte?
—Tentativa de arte por lo menos.
Cuando acabamos la visita, Núñez de Arenas está para irse. Salimos con él. En la puerta enciende un cigarrillo:
—Unas veces me gana; otras le gano.
Habla del cuadro. ¿Se referirá a la dificultad de crear? Núñez de Arenas es un excelente retratista, un buen dibujante: podría dedicarse con éxito a la pintura alimenticia. Ha escogido, sin embargo, el camino difícil: la incomodidad del arte.



domingo, 23 de abril de 2017

Autores y obras

—Desde que Nuestro Señor Jesucristo proclamó aquello de A fructibus eorum cognoscetis eos, mucha gente se lo toma al pie de la letra, como dogma de fe; y lo repite al tuntún, como se repiten los dogmas de fe.
—Claro, don Juan. Si lo dijo Nuestro Señor Jesucristo, verdad será. Y lo sabe Pero Grullo: los buenos hacen buenas obras; los malos, malas
—No siempre; en Utah, a veces, los grandes hombres hacen obras malas, le dijo el juez al hombre bueno y extraordinario, jerarca mormón, que había violado a la cuñada.
—Hombre…
—El violador, sí —ironiza don Juan—; la violada es mujer.
El despistado pregunta:
—¿Hablamos de teología y de moral?
—Hablamos del Día del Libro. ¿No es hoy el Día del Libro?
—¿Y qué tiene que ver?
—A estas horas, numerosos próceres de la cultura y la política estarán alabando un libro que quizá no hayan leído, y trasladarán, sin pensárselo mucho, el elogio de sus cualidades estéticas a las cualidades éticas del autor. A mi parecer, mezclan churras con merinas.
—¿Cuáles son las churras y cuáles las merinas?
—Las que ha oído: ética y estética.
—Alguien dijo que no hay estética sin ética.
—Le salió un enunciado redondo, contundente como un disparo, oportunísimo… pero falso; lo mismo que la frase tan citada estos días de Kapuscinski, eso de que una mala persona no puede ser un buen periodista. Simplificaciones, por no decir simplezas.
—Don Juan…
—Permítanme imitar a Nuestro Señor Jesucristo, o sea, incurrir en la perogrullada: las virtudes morales se aprecian en las obras morales; las virtudes estéticas, en las obras estéticas.
—Pero un autor se manifiesta en su obra: en ella dejará su visión del mundo, valores, ideas, presupuestos estéticos…
—A veces. Las personas son seres muy versátiles que se conducen de forma distinta según las circunstancias, las necesidades, las intenciones… o ¿hablan ustedes aquí lo mismo que le hablarían al notario o al cirujano? El creador en cuanto tal —es decir, en el acto de crear— no se identifica exactamente con el padre de familia, el socio de la peña del Real Madrid o el paciente del dentista, aunque sea también todas esas cosas. Lo sabe bien cualquier poeta o lector de poesía; lo sabe cualquier aficionado al fútbol: Maradona era un futbolista magnífico y —Dios nos perdone el juicio temerario— un individuo escasamente recomendable. Por no hablar de Quevedo, de Lope, de Cela, de Ruano…
—¿Y de Cervantes?
—Cervantes sería un buen hombre, pero nadie lo recuerda por eso. Lo recordamos porque escribió una obra maestra y varias de muy alto nivel. Buenas personas hubo en su tiempo —en todos los tiempos— a millares: la inmensa mayoría pasó sin hacer ruido, duró en el recuerdo de sus allegados unos pocos lustros, se hundió después en el pozo del olvido sin que nadie la echara de menos. Como a nosotros, ay, no tardando.
—Todavía somos jóvenes —suelta un iluso.
Nadie le hace caso. Don Juan concluye:
—Por lo tanto, quizás haya que fijarse más en la obra que en el autor.
—De ninguna manera, don Juan —sobreactúa el escéptico—: ¿quién indemnizaría los egos hipertrofiados de tanto creador que crea exclusivamente con objeto de recibir alabanzas?
Don Juan soslaya la ironía. Responde:
—Aunque ahí el Arcipreste de Hita —habitualmente tan atento y perspicaz— se despistara un poco, la vanidad es uno de los motores principales de la conducta humana. Pero eso a los lectores, espectadores, oyentes, visitantes de exposiciones y museos no les importa: ¿qué más da si Góngora escribió el Polifemo para entretenerse, para exhibir ingenio y agudeza o para hacerle la pelota al conde de Niebla? El hecho es que lo escribió, y que nosotros podemos leerlo hoy con sumo deleite.
Al decir nosotros don Juan —puedo certificarlo— exagera. También exagera, me parece, al desgajar la obra del autor; lo digo en voz alta:
—¿Qué se pierde, don Juan, si atribuimos, cuando se pueda, buenas cualidades morales al autor de una obra que tiene buenas cualidades estéticas? Aunque sea por metonimia…
—No se pierde nada, amigo mío. Pero la recíproca sí estará prohibida: ¿o debemos tachar de malvado a cualquier sujeto que componga poemas ripiosos o novelas abominables?
Pienso entre mí que basta con no leerlos.





domingo, 16 de abril de 2017

Laura o el amor

Las conversaciones de bar son un picoteo distraído que abarca mucho, aprieta poco y se revuelca con desparpajo y sin remordimiento por el tópico o la desmesura. Hoy hemos hablado del amor.
Los amigos comentan la anulación de una condena por matrimonio de conveniencia. Don Juan oye atento; yo no: me entretengo pensando en que, afortunadamente, ninguno de nosotros es importante y a nadie se le ocurrirá grabar las cosas que decimos para restregárnoslas después por las narices.
Cuando la conversación se convierte en guirigay, entra don Juan:
—Para no extraviarnos quizá conviniera distinguir entre sexo, matrimonio y amor.
La trinidad cae en la tertulia como la Bomba Gorda en los desiertos de Afganistán: se hace el silencio.
—El sexo pertenece a la biología, es decir, a la naturaleza. Por lo tanto, siempre y en todo lugar, es y será idéntico. A efectos de lo genuinamente humano, su interés es mínimo.
Vaya por Dios, debe pensar alguno.
—El matrimonio y el amor, en cambio, son productos culturales, es decir, históricos: si es que existen, en cada lugar y en cada época poseen rasgos particulares que varían de un sitio a otro y de un tiempo a otro.
Don Juan, docente al fin y al cabo, subraya lo obvio.
—El matrimonio es un invento destinado a conjugar intereses —dinero, poder, sexo, protección, supervivencia— y a perpetuarlos. Todos los matrimonios —los de los magistrados del Tribunal Supremo que han anulado la condena, también— son matrimonios de conveniencia: por eso están sujetos a ciertos regímenes económicos, tienen forma de contrato que enumera derechos y deberes, se ocupan de ellos los abogados…
—También se ocupan de ellos los sacerdotes —señala un puntilloso.
—Sí, aunque prefieren hablar de la familia. Otro día veremos por qué.
Continúa don Juan:
—Cuando estas cosas estaban claras, los matrimonios eran sólidos, firmes y duraderos. Ahora que no lo están, el desprestigio del matrimonio es evidente y su estabilidad precaria. Acaso haya llegado el momento de que el estado se desentienda de él.
—¿Y los hijos?
—Esa es otra cuestión. Cada niño tiene unos progenitores que, por el hecho de serlo, han contraído con él ineludibles obligaciones; si no las cumplen, el estado debería disponer de mecanismos ágiles y eficientes para corregirlos.
—Ha mentado usted al amor, don Juan: ¿tiene algo que ver con el sexo y con el matrimonio?
—Muy poco. El amor es asunto de los poetas —y de los adolescentes: vienen a ser lo mismo, fruto de su febril imaginación destinado inicialmente a entretener a las clases ociosas que luego ha extendido su prestigio al resto de la gente. Mientras estaba separado del sexo y del matrimonio, el amor era algo inocuo: igual que el ajedrez o la pesca con mosca. Lo malo es que, en estos tiempos tan sinceros, se ha metido en donde no debía y lo ha embarullado todo.
—Don Juan, que usted es persona seria —le advierto.
—Por motivos evidentes, ya estoy retirado del sexo, del matrimonio y del amor; de modo que lo que yo les diga carece de importancia: no me hagan caso si no quieren.
—Puestos así…
—Así hay que ponerse. El amor, tal como lo conocemos en Occidente, lo inventó Petrarca el día de Viernes Santo de 1327 —era 6 de abril— cuando, en lugar de atender a los Oficios en una iglesia de Aviñón, reparó en Laura y perdió la cabeza por ella. O quizás no fuera así, porque de los poetas no hay que fiarse: el caso es que empezó a escribir poemas frenéticamente, y de ellos proviene toda la poesía amorosa occidental hasta hoy —de Garcilaso a Horcajada, por poner algo—, y, en consecuencia, la idea que los occidentales tenemos del amor. No es preciso insistir en que Petrarca nunca pensó en casarse con Laura ni en tener sexo —así se dice ahora— con ella: él distinguía.
Don Juan sonríe malicioso, apura el jerez y se despide. Lo vemos salir a la plaza inundada de sol, de bebedores escandalosos, de servilletas sucias alfombrando los suelos, de niños semisalvajes cuyos progenitores eluden las obligaciones paternales. La tertulia permanece en silencio —si don Juan quería nous épater, lo ha conseguido—; pero alguien pide una copa: las cosas vuelven a su cauce. Bendito sea Dios.
Ahora bien: ¿qué hago yo con esto? Les he avisado al principio de que las conversaciones de los bares permiten el desahogo, la exageración y una abundante cosecha de boutades; les aviso ahora de que don Juan no repetiría esto mismo en según qué sitios; y, desde luego, que no se le ocurriría escribirlo ni siquiera en el Facebook, que lo aguanta todo. Avisados quedan: no se lo cuenten a nadie.


domingo, 9 de abril de 2017

Semana Santa

Don Juan —lo saben ustedes— no es religioso; según se ve, una gran parte de los españoles tampoco; sin embargo, el año civil se sigue organizando de acuerdo con el calendario religioso. A don Juan no le importa; a la gran mayoría de los españoles parece que tampoco.
—¿Cómo es eso, don Juan? —pregunta el despistado.
—Porque soy viejo y me cansan los trabajos sin provecho. Por otra parte, las fiestas que hoy tienen nombres religiosos se vienen celebrando desde el Neolítico en las sociedades agrícolas; es decir, el calendario religioso es el calendario de la agricultura y, si me apura, el de la misma naturaleza.
—Pero ahora no se vive así, don Juan; la agricultura está muy tecnificada, casi se ha independizado de la naturaleza, y los que se dedican a ella son pocos y con escasa influencia social.
—¿Y qué? Todavía vivimos los viejos; la fuerza de la religión católica aún es considerable; y, aunque no lo fuera, para los jóvenes y los habitantes de las ciudades las fiestas religiosas, sobre el peso poderosísimo de la costumbre, añaden el atractivo de la vacación: no es poca cosa.
—Las vacaciones podrían ser en otras fechas —sugiere el descreído.
—Sin duda, pero ¿qué ganaríamos? Cambiar el calendario de vacaciones y puentes o cambiar el nombre de los actuales para desprenderles la pátina religiosa es un esfuerzo inútil al que solo se aplican los ateos fervientes que, en ocasiones, son tan integristas como los cristianos fervientes.
El católico y el descreído, que hoy se sientan juntos, se miran; los dos son escasamente fervorosos, pero el descreído insiste:
—Bien está que no toquemos el calendario de fiestas; sin embargo, ¿es preciso llenar las calles de objetos, ritos, imágenes y símbolos religiosos? ¿No se podrían recluir en las iglesias y dejar de molestar?
—Pocas veces se ocupan las calles o se causan molestias —replica el católico.
—Habría que ir preguntando. Y, cuando se llenan las calles, se llenan a lo grande: mira la Semana Santa.
—La Semana Santa tiene interés turístico —apunta uno tímidamente.
—La Semana Santa tiene interés turístico, sí —dice el descreído con ironía—. Quizá a estas alturas sea el único del que le quepa presumir.
Don Juan pone paz:
—Para bastantes conserva todavía interés religioso; para los turistas y asimilados tiene interés turístico; para un gran número cuentan la inercia, la moda, el instinto de representar; y el resto se limita al ocio y mira la maquinaria cofrade con absoluta indiferencia.
—Explíquenos eso, por favor.
—Descartemos a los creyentes de verdad, a los de todo el año —pocos—; descartemos a los indiferentes que solo piensan en la vacación —muchos—; nos quedan los turistas y los que se dejan llevar por la inercia, la moda o el afán de figurar…
—Quedan también los que militan en contra, don Juan.
—Sí, pero por ahora son cuatro, y su militancia —aparte de henchirlos de satisfacción— resulta a menudo contraproducente. Ya hablaremos de ellos.
El descreído acepta el aplazamiento. Continúa don Juan:
—Para los turistas, la Semana Santa se adorna con el atractivo de lo exótico y un cierto halo de autenticidad. Es probable que no entiendan por completo lo que ven, pero les gusta precisamente porque no lo entienden —como no entienden los ritos balineses del hinduismo o los budistas de Tailandia— y porque los prescriptores les han dicho que les debe gustar. Entre tanto, se gastan el dinero con alegría; luego, vuelven a casa contentos y convencidos de que se llevan fotografiada —fotografiada más que vista, obviamente— la genuina cultura popular.
—¿Y los cofrades? —el descreído pronuncia cofrades con un cierto retintín.
—A los seres humanos nos fascina representar lo que no somos, ponernos máscaras, disfrazarnos, actuar ante el público: jugar. Eso es lo que hacen los cofrades con el entusiasmo y la seriedad característicos del juego. Además, su entusiasmo se refuerza en la convicción —acaso equivocada, pero fortísima— de estar perpetuando tradiciones seculares.
—Benditos sean, dirán los hosteleros… —el escéptico nos señala los bares.
—El mundo es variado, amigos míos. Qué le vamos a hacer.
—¿Preferiría que las cosas fueran de otra manera?
—Posiblemente. Pero la libertad es lo primero: que cada uno haga y diga lo que le dé la gana. Parece que a muchos les apasiona la Semana Santa: mientras no perjudiquen a nadie…
Y nos centramos en la resurrección de la carne.