domingo, 14 de julio de 2019

Miguel de Molina y la Reina

Suponía yo que íbamos a hablar de las exposiciones que, por el Festival, hay en diversos sitios. El fin de semana pasado y ayer mañana las visitamos; la de Miguel de Molina me gustó mucho: el montaje, aunque profuso, es bello y eficaz; los materiales, curiosos y bien escogidos; las explicaciones, suficientes y atinadas; y algunas partes —la galería de retratos tapizando una pared entera, acaso inspirada en las que perduran todavía en numerosos bares y tabernas castizos—, evocadora de un tiempo —amarillo ya— que no acaba de fenecer. Lo que no supuse es que la plática se iba a despeñar adonde se ha despeñado.
—¿Qué tiene que ver Miguel de Molina con el teatro clásico? —pregunta un quisquilloso.
—No lo sé: pregúntaselo a don Juan. Imagino que el Museo Nacional del Teatro aprovecha para sacar fondos a la luz, llegar a un público amplio y menos entendido, y así, de paso, darse a conocer.
—Nunca sobra reivindicar ciertas cosas y abominar de otras —suma el rojo.
—¿Reivindicar? ¿Abominar?
—Claro. En Miguel de Molina —cantante de copla, rojo, homosexual, perseguido, exiliado en la Argentina, olvidado— cabe reivindicar la copla como género eminentemente popular que se hizo un hueco entre lo culto: igual que el teatro clásico; la homosexualidad, en una edición en que el Festival se proclama feminista, para recordar que hay más géneros… Y abominar de la época oscura —esa que evoca la galería de retratos, a la que solo le falta el olor a fritanga— en donde se persigue a los homosexuales y a todo el que no cuadra en la normalidad, y los encarcelan, los echan de España, los matan.
—¿Por qué hablas en presente? —pregunta susceptible el conservador.
—Es presente histórico —se entromete un culto.
—Ojalá. Desgraciadamente, en España es presente habitual; Dios quiera que no sea futuro próximo.
—Aquí todo prestigio y fama conducen a Diego de Almagro —observa el cínico.
—¿De qué hablas?
—¿Habéis visto el paseo de la fama? Supervisándolo desde la majestad ecuestre está don Diego de Almagro. A sus pies, los diecinueve ganadores del premio Corral de Comedias son apenas lacayos o aprendices de la fama y prestigio verdaderos: los que se sustentan en la espada.
—Se trata de un inocente photocall para entretener a los turistas, hombre.
—Pero lo han puesto, precisamente, en los jardines del caballo —los niños siempre dan en la diana—, no orientado hacia un bar, ni siquiera a una iglesia: será por algo, que a esta gente tan lista no se le escapa nada.
—No desvaríes, anda.
El rojo vuelve con bríos:
—¿Desvariar? No desvaría en absoluto. Un franquismo áspero, montaraz, terco y envalentonado ha alcanzado las instituciones con todo el desparpajo del mundo; les impone chulescamente el programa a las derechas convencionales; estas se achican; retrocedemos a los toros, a la sexualidad ortodoxa, al índice de libros prohibidos, a los nombres recios, a las mayúsculas. A la Edad Media, al Imperio; o sea, a la España eterna.
Don Juan, que ha oído la conversación en silencio, matiza ahora:
—A la Castilla eterna, querrá decir.
—Castilla hizo a España —se encrespa el conservador.
—Eso creen muchos patriotas españoles a quienes les estorba cualquier ingrediente exótico de un guiso en realidad rico y variado. Creyéndolo así, pudieran estar echándolo a perder.
—Otros pecan del mismo pecado —justifica un ecuánime.
—Obviamente: luego convendría pensárselo un poco mientras quede tiempo.
Aburrido de unas peroratas que parecen no tener fin, alguien intenta cambiar de tema:
—¿Vio usted a la reina, don Juan?
—No me invitaron.
—Pero estará al tanto.
—Me parece bien que venga la reina y que lo haga para favorecer políticas de inclusión.
—Los almagreños la recibieron enfervorizados.
—A mí, accidentalista convencido, casi me ocurrió como a Horcajada: tan extremado fervor, si no vergüenza, me provocó perplejidad. Hubiera preferido un recibimiento menos entusiasta, templado: quizá en esto también hayamos regresado a la Edad Media.
—De las autoridades ¿qué nos dice?
—Voy de asombro en asombro. ¿A qué se debió la ausencia de los concejales de Ciudadanos?: ¿despiste o confesión republicana? Menos mal que Fernández Bravo, el diputado de esta provincia que los representa en el Congreso, anduvo al quite: nos ha explicado detalladamente que la reina le rindió homenaje.
—Una curiosidad, don Juan: ¿dijo Cervantes que el camino es mejor que la posada?
—Pudo decirlo.
—Pregunto si lo escribió.
—Tal vez lo escribiera. Hoy nadie se atrevería a asegurarlo: nadie lo ha visto en ningún libro o documento suyo.
—¿Nadie? El alcalde le atribuyó el dicho resueltamente.
—Gozará de información privilegiada.
—Y el público lo aceptó sin extrañeza.
—Nuevo regreso a la Edad Media: cuanto afirma internet es verdad revelada. Y de libre disposición.

domingo, 7 de julio de 2019

Discursos inaugurales

Don Juan se hace el remolón últimamente. Habla poco y desganado: ¡con lo que él era! Esta tarde, no por darse importancia, le ha costado llegar adonde todos queríamos. Luego, menos mal, se ha embalado.
—¿Acudió usted a la inauguración del Festival? Estamos en ascuas.
—Acudí. Pasé calor.
—Se queja del calor, pero va todos los años.
—Voy porque me invitan: no está bien cometer desaires; porque el acto me gusta, incluso en lo que tiene de cotilleo; y esta vez por oír al ministro de Cultura, que el año pasado, estrenando cargo, leyó el discurso con bastantes ínfulas y muy despectivamente para quien se lo había escrito: anhelaba comprobar cómo se maneja este hombre.
—El ministro no habló.
—Nos quedamos con las ganas, sí, acaso para siempre.
—¿Para siempre?
—¿Quién sabe si él será ministro el año próximo o si nosotros estaremos aquí para verlo?
Alguien ahuyenta los malos presagios.
—Estaremos, don Juan, si Dios quiere. Y ministro habrá, no le quepa duda. O vicepresidenta.
—La vicepresidenta estuvo muy bien.
—Cuéntenos el acto, entonces.
—¿Por dónde empiezo?
—Por las novedades. ¿Las hubo?
—Una nada más: en el escenario solo permanecieron todo el rato Ana Ozores —la premiada—, Elvira lindo, que hizo la laudatio, y el director del Festival, maestro de ceremonias; los demás intervinientes fueron subiendo y bajando.
—¿Aprueba la innovación?
—Por un lado sí: los escenarios superpoblados distraen; por otro no: escrutamos mejor a los que estaban y pudimos comprobar, en ocasiones, el aburrimiento de alguna.
—Ahora, los cotilleos.
—Que la inauguración del Festival es una cosa importante se demuestra en que vienen muchos que pretenden serlo. Vimos al presidente regional del PP arropar a las menguadas huestes almagreñas; vimos a Lola Merino junto a una columna del fondo esperando saludar a alguien o que alguien la saludara; vimos a la alcaldesa de Ciudad Real junto a las máximas autoridades: como si ser la alcaldesa del principal pueblo de la provincia equivaliera a ser la alcaldesa de la provincia al completo; vimos que el alcalde de Valdepeñas presentó en sociedad a su segunda: ¿la hija bien amada en quien ha puesto sus complacencias?; vimos a Rosana Torres, unánimemente respetada; vimos a algunos políticos amortizados; vimos a la intelectualidad local…
—¿No faltó nadie?
—García Page. El presidente regional vino en 2015; no ha vuelto: tendrá cosas que hacer.
—¿Los discursos?
—De circunstancias, como es natural. Hubo cuatro buenos y dos manifiestamente mejorables.
—¿Por qué dice de circunstancias?
—Porque es verdad. Discursos de circunstancias son los que uno pronuncia cuando no hay más remedio; en un contexto que se escapa de su control y está plagado de convenciones; para un público hecho a oírlos y que, en consecuencia, conoce lo que aguarda y dispone de vara de medir… Por acabar pronto: un engorro y una trampa insidiosa en la que es fácil deslizarse hacia el tópico o el ridículo y difícil alcanzar la brillantez.
—Hombre, en medio queda salir del paso con una faena de aliño que no se recuerde durante mucho tiempo, pero que tampoco se pueda criticar.
—Eso hacen los más curtidos. Curiosamente no son muchos quienes se resignan a ello. Así les va.
—¿Cómo les fue?
—Olvidemos al director del Festival; él, como maestro de ceremonias y organizador, goza de libertad para saltarse las convenciones: hizo un discurso notable, útil, bien dicho y con oportuna exhibición de citas literarias, que nunca estorban.
—¿La laudatio?
—Correcta y digna. Quizá echáramos de menos algunos rasgos característicos de la escritura de Elvira Lindo; pero hubo otros que sí apreciamos, más en los ademanes que en las palabras: la naturalidad, por ejemplo, visible en el gesto de mojarse el dedo en la lengua para pasar las páginas.
—¿Los políticos?
—El alcalde, estupendo. Perfecto, de no haber transformado en grave cierto apellido agudo, y muy prestigioso en el mundo del libro.
—¿El presidente de la Diputación?
—El presidente de la Diputación y el consejero de Cultura repitieron discursos que les llevamos oyendo cuatro o cinco años: gastados, de vuelo bajo, pueblerinos, burdamente propagandísticos y largos hasta cansar. Es verdad que han olvidado lo emblemático, pero incurren en las señas de identidad: ignoramos qué es peor.
—¿Conoce el remedio?
—Claro: contratar a un negro.
—Don Juan…
—De acreditada solvencia.
El amigo no insiste:
—¿La vicepresidenta del Gobierno?
—Dijo un discurso espléndido, muy bien estructurado, fluido, profundo, atento a los que se habían pronunciado antes… y sin leer. Recibió muchos y merecidísimos aplausos.
—¿Y la premiada?
—Igual que Elvira Lindo, Adriana Ozores también estuvo correcta y digna. Por otra parte, las dos iban vestidas del mismo color. No logré averiguar si por casualidad o aposta: recompenso a quien me saque de dudas.
—¿Le interesa la moda?
—Recuerde a Terencio: homo sum

domingo, 30 de junio de 2019

Pensar el Corral

Almagro anda metido en un zafarrancho que algo tiene de limpieza y algo de preparación para el combate; es decir, la inminencia del Festival pone a Almagro patas arriba: se aprecia la magnitud del acontecimiento, se nota que bullen jefes y operarios, que la máquina se apresta para que nada falle.
—Don Juan, cada año es lo mismo: estarán ya entrenados.
—Afortunadamente están entrenados, pero me alegra que nadie se deje arrastrar por la rutina.
Esta mañana bien temprano, antes de comprar el periódico e ir a desayunar a la plaza, don Juan y yo hemos dado un paseo por el pueblo, todavía fresco y casi vacío. Hemos notado algunas novedades: la publicidad en los carteles de varios espacios escénicos o la cabeza abierta de Marsillach en la fachada del Hospital de San Juan. Los comentamos en la tertulia.
—¿Marsillach? Creía yo que era un homenaje a Ramón y Cajal: ese perfil de moneda, esa tapa de los sesos abierta, ese cerebro en el que bullen sinapsis literarias —dice el cínico.
—Marsillach y Ramón y Cajal fueron dos avatares distintos de un solo dios verdadero: la España de la rabia y de la idea —apunta un culto con absoluta solemnidad.
—No empecemos con patrias y políticas —se previene el conservador.
—A mí lo que me disgusta es la publicidad —cambia de tema el rojo.
—¿Por qué?
—Porque empiezan así, pero no sabemos dónde acabarán. Ved lo que pasa en Mérida.
—¿Qué pasa en Mérida?
Don Juan modera:
—En cuanto a organización, el festival de Mérida se parece poco al de Almagro. Allí la Junta lleva la voz cantante y el papel del Gobierno Central es subalterno. Aquí la Junta se desentiende casi: el papel protagonista corresponde al Ministerio de Cultura, que lo ha desempeñado estupendamente en los últimos años, colores políticos aparte. Además, hay que acordarse de Monago, aquel fenómeno.
—¿Qué hizo Monago?
—Cuando, tras los primeros zarpazos de la crisis —y la gestión alegre y desenfadada de los responsables— los festivales de Mérida y de Almagro se tambalearon, Monago optó por la externalización, fea palabra, y tramposa: puso la gestión del festival, a dedo, en manos de la empresa Pentación cuyo amo es Jesús Cimarro. Todavía sigue, ahora por concurso, aunque el procedimiento no sea tan limpio como el agua clara.
El conservador se atufa un poco:
—¿Es malo que las empresas ganen dinero? ¿Está usted en contra de la economía de mercado?
—Dios me libre. Ciertos asuntos se deben subcontratar —la construcción de un puente—; otros se pueden subcontratar —la limpieza, la cafetería del juzgado—; y muchos tienen que permanecer siempre en manos públicas: la sanidad, la policía, las cárceles, los museos, los festivales…
—El festival de Mérida salió del bache gracias a Cimarro.
—Y el de Almagro gracias a Natalia Menéndez, mucho más barata: la administración pública puede ser tan rigurosa como la privada y, desde luego, más económica. Hablar del despilfarro público es mera difamación interesada. Ahora bien: el control al que se sometan los responsables ha de ser firme.
—Eso les quitará iniciativa y creatividad —el conservador no ceja.
—Hay fórmulas para que no ocurra: fundaciones, consorcios, empresas públicas…
—A veces las instituciones públicas carecen de recursos para hacer ciertas cosas: ¿qué tiene de malo dejar que las hagan las empresas privadas?
—Nada, salvo que se trate de temas sensibles y sabiendo siempre que las empresas privadas atienden primero a su provecho, al nuestro luego.
El conservador retrocede a regañadientes:
—Aceptemos que el festival de Almagro se lleve como hasta ahora, sin pentaciones, pero, puesto que para el ayuntamiento supone un berenjenal complicado, ¿no cabría ceder la gestión artística del Corral de Comedias a una empresa solvente, seria, experimentada, que asegurase una programación de calidad durante todo el año y que pagara buen canon?
—Cabe. Desde luego, muchos teatros públicos de España se hallan cedidos a empresas privadas. Si la gestión del Corral se licitara no faltarían concursantes, incluso muy próximos. Pero conviene sopesar atentamente los riesgos, que abundan.
—El uso del Corral es mejorable…
—Por supuesto. El alcance cultural, económico, escénico, simbólico —hasta identitario— del Corral ha crecido mucho en los últimos años; algunos usos que se le dan lo envilecen y otros no alcanzan el nivel deseable. Acaso haya llegado el momento de pensar el Corral, considerar cómo andamos y adónde queremos ir: escrupulosamente, pacientemente, cautelosamente, responsablemente. Las circunstancias políticas actuales lo permiten, hay experiencias interesantes por ahí, gente capacitada en quien asesorarse...
Me quedo con las ganas de preguntar nombres.

domingo, 23 de junio de 2019

Cambio de época y crítica literaria

A pesar de que el verano, tópicamente, tiende al descuido, al abandono, a la relajación, a la pereza, este primer fin de semana de un estío que se prevé —así lo dicen los meteorólogos: para eso estudian— seco y caluroso llega cargado de electricidad y excitación. Por ahí afuera, en Estados Unidos, Trump ordena bombardear Irán y se arrepiente enseguida; ordena deportar inmigrantes ilegales y también se arrepiente acto seguido. ¿Se ha convertido a la paz y la concordia universales? No: amaga y no da, pero amenaza con dar en cualquier momento. En el reino Unido, Johnson —ese hombre— discute acaloradamente con la novia, la policía echa tierra sobre el asunto y los militantes del Partido Conservador no parece que se lo vayan a tener en cuenta: recemos. En España el Supremo rectifica a los jueces de Navarra: hubo violación en aquella cosa tan fea de la Manada. La mayor parte de la gente está —estamos— contenta. Menos unos cuantos: el abogado defensor, por obligación; los que vociferan en las barras de los bares, por costumbre; el jefe —si este no es el nombre oficial del cargo, debería serlo— de Vox en Andalucía, por afición y por escoceduras antiguas…
—Cuestiones de poder —resume el escéptico.
—Sí, aunque no solo —matiza el rojo.
—¿Qué hay más?
—El cambio de época.
—Los seres humanos permanecen idénticos a lo largo del tiempo, dice don Juan constantemente.
Por alusiones, interviene:
—Siempre son iguales; ahora bien: no siempre se comportan de la misma manera.
—¿En qué quedamos?
—En que las circunstancias influyen en los comportamientos.
El rojo cree que don Juan se pone de su parte:
—¿Lo ves? El cambio de época.
—Pues aclárate.
—Digo que las relaciones de poder han tenido una importancia notable en la historia humana. Entre ellas, una de las más duraderas y menos cuestionadas —al menos en Occidente— ha sido la del sometimiento de las mujeres a los hombres. Ahora las cosas están cambiando.
—Llevan siglos cambiando —exagera el escéptico.
—En asuntos importantísimos, imprescindibles, pero no esenciales.
—Si son imprescindibles…
—No tienen por qué ser esenciales. Por ejemplo: las mujeres han conseguido votar, incorporarse a casi todos los trabajos, estudiar en la universidad, vestirse como les da la gana, manejar la maternidad, disponer libremente de su cuerpo…
—¿Te parece poco? —casi se escandaliza el conservador.
—Me parece mucho; a ellas no tanto.
—¿Qué más quieren?
—Unas quieren que el poder cambie de manos radicalmente; otras, que —para lo bueno y para lo malo— se borre la distinción entre hombres y mujeres.
—Muy bien.
—Efectivamente. Salvo cuando aspiran a pasar de las palabras a los hechos de manera inmediata y efectiva. Es decir, cuando las mujeres pretenden incurrir en los vicios que hasta ahora se han considerado privilegios masculinos sin que se las crucifique por ello; cuando quieren sacudirse los grilletes que les impiden llegar a donde llegan los hombres; cuando osan mandar donde les toque sin reticencias ni complejos; cuando miran la historia con sus propios ojos, reescriben el relato de lo que ha sucedido y, en consecuencia, de lo que está sucediendo y de lo que debe suceder; cuando impugnan de hecho el reparto tradicional de papeles en la casa o en el sexo…
El despistado interrumpe:
—¿Hablamos de feminismo o de Trump, de Johnson, de la Manada, de Vox…?
—Es lo mismo: el poder tradicional del macho, fuerte durante siglos, flaquea y amenaza desplome. Es normal que los que sienten que saldrán perjudicados reaccionen de manera furibunda, extrema, caricaturesca.
—¿El fin se acerca?
—Estamos viviéndolo. Los estertores causarán víctimas.
—También las vemos.
—Hay machos —los más brutos— que no las ven. Y, si las ven, piensan que son pocas y que se lo tienen merecido. Aunque yo no me refiero a las víctimas y a los verdugos evidentes, sangrientos, sino a los otros: más duros de roer y más dañinos.
Don Juan ha participado muy poco en la plática; a veces oía atentamente, asentía o negaba con gestos; a veces miraba por la ventana, se quedaba absorto en sus cavilaciones. Alguien le pregunta.
—¿Le ocurre algo, don Juan? ¿No le interesan estas cosas?
—No veré el final de la guerra, pero las batallas últimas me interesan mucho. Más aún cómo las están contando unos y otros.
—¿Entonces?
—Estos días tengo entre manos un asunto más perentorio: me dedico a la crítica literaria.
—Don Juan…
—Estoy ordenando y podando la biblioteca: una forma drástica e inmisericorde de ejercer la crítica.
—¿Igual que el cura y el barbero?
—Aproximadamente: tampoco me tiembla el pulso al prescindir de ciertos poetas necesarios.
Pienso entre mí que don Juan se engaña o envejece: lo iré observando.

domingo, 16 de junio de 2019

Posesiones, pactos y dimisiones

Vienen los periódicos repletos de alcaldes que enarbolan —¿o blanden?— las varas, las miran enternecidos, las ofrecen al público en salones abarrotados… y sonríen con la sonrisa satisfecha y plácida del que ha llegado a la cima. Don Juan pasa las hojas distraído, deteniéndose apenas en un pie de foto, en un texto entrecomillado.
—¿Qué le parece, don Juan?
—De todo hay.
—Pero algo le llamará la atención.
—Esto lo llevamos visto, idéntico, muchas veces: los seres humanos, gracias a Dios, no cambian.
—No son seres humanos, don Juan; son alcaldes: políticos —se entromete el cínico.
—Los políticos —más los alcaldes: una categoría peculiar de político— son muestra representativa y quintaesenciada de la humanidad: si los criticamos tanto es porque nos vemos en su espejo.
—¿Qué ve usted en el espejo?
—Veo al fatuo, al humilde, al diligente, al vago, al generoso, al ruin, al perspicaz y al bobo, al culto y al ignorante… Me veo, los veo a ustedes: lo peor y lo mejor de nosotros.
—Exagera.
—Ni una pizca.
—O generaliza en exceso.
—Eso sí.
—Pues descienda y precise.
—En los pueblos de por aquí hay cosas llamativas.
—Cuente.
—Nadie recordó que ayer se cumplían cuarenta y dos años del momento fundacional de la democracia española: las elecciones del 15 de junio de 1977.
—Es la juventud, don Juan. No se lo tenga en cuenta.
—Bien. Entonces, mire qué pocas mujeres —¡menos de un cuarto!— hay entre los concejales de Almagro: algo, y no bueno, querrá decir. Mire el collar del alcalde de Valdepeñas: más ostentoso que el Toisón de Oro. Mire al alcalde de Daimiel afirmando impertérrito que apuesta por las personas: lo imaginamos en el Sportium apostando igualmente a que el Tarragona le gana al Huesca. Mire los crucifijos —¡todavía!—, de diversas materias y formas, en las mesas del juramento. Mire los discursos plagados de tópicos —y, en general, pedestres—, pero no todos. Mire cómo en la mayoría de los casos este acto sencillo y solemne, cargado de simbolismo, se desarrolla guardando exquisitamente las formas. Y mire cómo, por desgracia, en ciertos sitios los que pierden reaccionan desabridos y maleducados.
—¡Si esperaban ganar!
—Si esperaban ganar que se apliquen desde mañana a lograrlo en 2023.
—Ha habido pactos contra natura.
—El único pacto contra natura en una democracia —por lo que tiene de estupidez suicida— es el que se firma con quienes pretenden liquidarla.
—Pero otros chocan también.
—¿Se refiere a los del PSOE con Ciudadanos?
—Por ejemplo.
—Pocos lo esperaban, efectivamente. Sin embargo, a mí, más que el pacto —¿por qué no va a pactar un partido de la izquierda templada con otro que, antes, se proclamaba de centro?—, me asombra la generosidad del PSOE, me asombra que Zamora se quede con los dos primeros años del mandato y no con los dos últimos, que haya dejado abandonados a los podemistas —o como se llamen— que la sostuvieron en el pasado… y me parece destacable que en varios pueblos los pactos no se hayan cumplido.
—Cada pueblo es un mundo, don Juan.
—Y Ciudadanos, todavía un partido inmaduro.
—¿Qué quiere decir?
—Que ni tiene ideología firme ni organización disciplinada; que su militancia es de aluvión y no faltan en ella los arribistas: les queda buen trecho hasta que puedan competir con el Partido Popular.
—¿No le asombran las dimisiones, los concejales electos que no han tomado posesión?
—En general, sí; a veces, no.
—Distinga.
—Un individuo que aspira a ganar, pierde y abandona el campo merece reproche casi siempre: sea por cobardía o por desprecio a los electores. Ahora bien, abundan los precedentes ilustres que avalan tales comportamientos. En esta región de ustedes, tres que yo recuerde: Adolfo Suárez Illana, José María Barreda y María Dolores (¿de?) Cospedal. No llegaron a calentar el sillón cuando perdieron contra Bono, la propia Cospedal y Page, respectivamente.
—Les parecería indigno de sus méritos.
—Quizá.
—¿Se puede aplicar eso a Almagro?
—Creo que no. Las dimisiones de la candidata popular a la alcaldía y la de su número tres están plenamente justificadas, incluso hay que alabárselas.
—¿Y eso?
—A estas alturas resulta ya evidente que el Partido Popular se equivocó en la lista. Es también evidente que los resultados incapacitan a la candidata para promover y liderar una recuperación del partido; luego haberla mantenido durante cuatro años en el puesto hubiera sido, además de perder el tiempo, ocasión para el malestar y el desánimo de la militancia y de los votantes. Entenderlo así y haberse apartado le honra. Ojalá el nuevo portavoz tenga acierto y suerte.
—¿Del alcalde no dice nada?
—Más adelante: le restan cuatro años en el cargo. Pero apunte que me gustó el discurso.

domingo, 9 de junio de 2019

El bozal de los bueyes

—Traspapelada en el fárrago de preceptos caprichosos y crueles que es el Deuteronomio, la norma parece trivial, incluso razonable: Non ligabis os bovis terentis in area fruges tuas.
—Que significa…
—Literalmente, no le ates la boca al buey que trilla en la era tus mieses; en alguna Biblia sefardí, no emboces el buey en su trillar; y tamizada por san Pablo, no le pongas bozal al buey que trilla.
El rojo interviene a lo culto:
—San Pablo, siempre pro domo sua.
—Exactamente. San Pablo se apropia de un mandato que en origen se refería literalmente solo a los bueyes y a la trilla y lo aplica a sí mismo y a los ministros de la nueva religión: deben ser mantenidos por los fieles pues para ellos trillan.
—Y es lógico: si prestan buen servicio a la comunidad, la comunidad ha de correr con la manutención —afirma el conservador.
—Hasta cierto punto.
—Explícate.
—Habría, primero, que preguntarle a la comunidad si está de acuerdo: san Pablo no lo hace; y habría, después, que fijar claramente hasta dónde llega eso de la manutención: san Pablo tampoco lo hace.
El conservador insiste:
—Lo primero es de cajón; lo segundo queda al buen criterio de los afectados.
—He ahí el problema: no es prudente dejar estas cosas al criterio de los beneficiados, porque les das el pie y se toman la pierna.
—¿Quieres decir que san Pablo era un aprovechado?
—Quiero decir que sí hay que ponerles bozal a los bueyes cuando trillen.
El despistado lleva un rato mirándolos alternativamente sin enterarse de mucho. Confiesa al fin:
—No sé de lo que habláis.
—Hablan del aprovechamiento en beneficio propio de bienes que perteneces a otros.
—O sea, del robo.
—De la corrupción, mejor. Aunque robo es un hiperónimo amplio en el que caben holgadamente todos los tipos de corrupción.
—¿Culpan a san Pablo de haberla inventado?
—Supongo que no: san Pablo es el pretexto del uno para atacar a la iglesia y el pretexto del otro para defenderla, pero me temo que el asunto desborda los límites eclesiásticos.
—¿Todos somos corruptos?
—Todos podemos vernos tentados por la corrupción: una sociedad bien organizada debería poner los medios para evitar que caigamos en ella.
—¿Qué medios?
—Preventivos y punitivos. Ambos deben dar por sentada la amenaza del reproche y la exclusión social.
—En España no es una amenaza temible.
—No. El ciudadano común incurre con frecuencia en corruptelas más o menos graves: imprime los trabajos de sus hijos en la oficina de la empresa; escamotea productos o herramientas; usa a los amigos influyentes para que le faciliten trámites; evade impuestos… Naturalmente, alguien que hace estas cosas puede imaginarse haciendo otras mayores en caso de tener la oportunidad: de modo que, como no es hipócrita, no se escandaliza de las fechorías del prójimo.
—Hombre, sí nos escandalizamos.
—Muy poco. Hace un par de semanas hubo elecciones municipales: se habla de casos —por aquí cerca también— de manipulación o compra del voto por correo; se habla de que algún candidato ha ido prometiendo gajes o prebendas a ciertos electores. Ahora bien, jamás sabremos si es cierto o no porque nadie denunciará ni nadie investigará: se acepta como normal y hasta como legítimo.
—Sin embargo, es gravísimo.
—Claro, porque se está robando o intentando robar el patrimonio más sagrado de las personas: la dignidad.
—¿Tiene remedio?
—A corto plazo, la persecución y el castigo implacables de cualquier práctica, aun de la más inocente, que suponga apropiación de lo ajeno: dinero, poder, influencia, reconocimiento… A más largo plazo, educación cívica.
—¿Y a qué cuento viene hoy la corrupción?
—Nunca es malo llorar los males de la patria. Pero, además, está este libro que ha publicado Almud recientemente.
Don Juan lo pone encima de la mesa. Tiene una portada llamativa y un título no sé si agudo o estrafalario: C de España.
—¿Le ha gustado?
—Es un libro interesante, curioso y, en general, muy dignamente escrito, pero, usando la expresión popular, no remata.
—Don Juan…
—De vez en cuando hay que hablar como habla la gente, nosotros que somos casta.
—Don Juan…
—Me refiero a que tiene considerables defectos. Por ejemplo: a ratos es panfletario y a ratos superficial. Por ejemplo: transparenta crudamente la ideología de los autores, que se manifiesta en las numerosas muletillas y tópicos podemistas usados de manera automática y servil y nunca definidos ni, menos todavía, discutidos. Por ejemplo: lo ingenioso del título fuerza una estructura sumamente endeble y abigarrada. Por ejemplo: la superabundancia de ilustraciones —cuadros, gráficos, citas—, su naturaleza heterogénea y su disposición confunden más que ilustran…
—Pare don Juan. ¿Lo recomienda o no?
—Leído con cautela, sentido crítico y saltándose muchos trozos, sí.

Isidro Sánchez Sánchez y Pablo Rey Mazón. C de España. Manual para entender la corrupción. Almud Ediciones de Castilla-La Mancha. Toledo. 2019. Veinticuatro euros.

domingo, 2 de junio de 2019

Éxito y fracasos

No sé si, pasada una semana, los almagreños habrán digerido los resultados de las elecciones municipales; en la tertulia están ya plenamente asimilados; es más: creo apreciar entre los amigos una cierta satisfacción que proviene, en parte, de haber votado lo mismo que la mayoría y, en parte también, de que los resultados se ajustan a los pronósticos y aun los sobrepasan.
El conservador discrepa:
—Yo no he votado como la mayoría.
—Estupendo.
—Ni la opción mayoritaria me satisface especialmente.
—Hay gustos para todo.
El conservador transige algo:
—Pero acepto el fruto de las urnas y reconozco que me lo temía.
—Acaso nuestro amigo se refiera a eso —dice don Juan.
—¿A qué?
—A que la opinión común era que el PSOE ganaría las elecciones; y a que las ha ganado —don Juan, con frecuencia creciente, se parece a Pero Grullo— porque una considerable cantidad de almagreños ha votado la candidatura.
—Claro.
—Quiero decir que la gente suele alegrarse cuando se ve en el bando ganador y cuando acierta en los pronósticos.
—Naturalmente.
—De ahí la satisfacción general.
—Bien.
Queda, entonces —precisa el sensato—, explicar por qué estos resultados y qué consecuencias traerán.
—Respecto a lo segundo, prudencia; en cambio, lo primero es sencillo.
—Pues ilústrenos.
—Sin entrar —aunque no es irrelevante— en lo de Unidas Izquierda Unida Podemos, se han producido un éxito rotundo y tres fracasos de desigual intensidad.
—Éxito, el del alcalde…
—Por supuesto. Ha obtenido ochocientos votos y tres concejales más que en 2015. De modo que pasará de minoría enclenque a mayoría desahogada; es decir, los ciudadanos lo aprueban con buena nota y le dan un amplio margen de confianza para los cuatro años venideros.
—¿Por qué habla solo del alcalde?
—Desde 2015 el alcalde ha contado con un equipo eficiente y disciplinado, y en 2019 encabeza una candidatura mejorada; sin embargo, el éxito es principalmente suyo.
—Alguien ha dicho que el resultado supera a los merecimientos.
—Nada adelantamos discutiéndolo. Los electores, comentábamos el otro día, no siempre llevan razón, pero cada uno de ellos sí acumula en cada oportunidad razones suficientes —equivocadas o no— para votar como vota. Y esas razones pueden ser de adhesión o de rechazo.
—Explíquese.
—Se vota a alguien porque gusta lo que ofrece o porque disgusta lo que ofrecen los demás. En el caso del alcalde el votante ha encontrado las dos cosas juntas: por un lado, aprecio de la gestión pasada y confianza en la futura; por otro, falta de atractivo en los rivales. Ahora bien, el 26 de mayo trescientos ciudadanos no encontraron atractivo a nadie: muy sensatamente, se abstuvieron.
—El desastre del Partido Popular…
—En efecto. Una candidatura floja, acaso irresponsable, les ha procurado la triste cosecha de dos concejales.
—¿Candidatura irresponsable?
—La candidatura sí; los candidatos no: esforzados y valientes. El Partido Popular es un partido sólido, bien organizado: tiene la obligación de presentar batalla siempre y, para hacerlo, necesita buenas candidaturas. Ahora ni han presentado batalla ni buena candidatura: ellos sabrán por qué.
—¿Cree usted que daban las elecciones por perdidas?
—Sí. Algunas figuras importantes del partido quizá lo creyeran también: han escurrido el bulto.
—¿Ciudadanos?
—Decepción notable: tremendo fracaso. Pese a la deserción del Partido Popular, que le ha dejado libre todo el campo de la derecha, ha perdido casi doscientos votos.
—¿A qué lo achaca?
—A que la oposición agria, personalista, demagoga y siempre negativa seduce poco al elector juicioso.
—¿Se recuperarán?
—No lo creo. Carecen por completo de organización, la ideología es confusa y se sustentan en una sola persona… Veo mucho más cercana la recuperación del Partido Popular, que sí es un partido vertebrado y con numerosos militantes.
—Nos queda Almagro Sí!
—Los pobres…
—¿Pobres?
—Una lástima. Han perdido ciento veinticinco votos: se han quedado sin representación simplemente porque ya no están de moda.
—Hombre…
—Todo lo que está de moda viene abocado a cumplir un destino inexorable: pasar de moda. La moda es expansiva, arrebatadora, risueña, colorida, achampañada… y, si no es más que moda, falaz y perecedera. Los podemistas —perdón por la inexactitud del nombre: mientras se me ocurre otro (¿ismailíes? Piénsenlo), este vale para entendernos— no han eludido el destino por incapaces de crear una mínima estructura abierta al sentir de la sociedad, no han sabido romper el círculo.
—¿Han muerto de asfixia?
—Y de obsolescencia. ¡Tan jóvenes!
Al levantarnos, alguien prueba:
—¿Un pronóstico?
—No juego nunca. Tal vez un consejo al nuevo equipo de gobierno: que no se les suba el éxito a la cabeza y que continúen formando un equipo. O sea: que escarmienten en el Maldonado de 2011.
Y uno más:
—¿Unidas Izquierda Unida Podemos?
—Tiempo habrá. No olviden los nombres de los candidatos.