domingo, 12 de noviembre de 2017

Libros y librerías

Día de las Librerías, reportaje del Lanza, relleno del Cronista sobre la biblioteca de los dominicos, el anhelo de meterse a librero que nos ha confesado Horcajada… De modo que esta tarde hemos hablado de libros, librerías, bibliotecas y cosas por el estilo.
Don Juan no es bibliófilo ni fetichista de los libros: él los lee o los consulta, no los almacena; o los almacena solo si tiene el propósito de leerlos o consultarlos; por eso se ha aficionado a los libros electrónicos: todos los que va a leer una sola vez los compra así. Los de papel le gustan materialmente bien hechos: que se note en ellos, además de la solvencia del autor, el trabajo riguroso de los profesionales cualificados que trabajan —o trabajaban, o deberían trabajar— en el mundo editorial; así que huye de los libros autoeditados —eufemismo para decir chapuza— y, más todavía, de los publicados por ciertas editoriales que aprovechan sin pudor la ingenua vanidad de no pocos escritores sedicentes.
—Don Juan, no sea usted tiquismiquis, que cada uno se gasta el dinero en lo que quiere.
—Me parece muy bien. Eso es lo que hago yo mismo: no comprar libros autoeditados, y fiarme de las editoriales solventes.
—Pues a veces se lleva usted chascos: recuerde lo que le pasó con Pre-Textos y la antología de la poesía manchega.
—Nadie está libre de picar un anzuelo, sobre todo si viene tan bien envuelto como aquel. Pero daría algo valioso por quitarme el resquemor de no saber todavía cuánto costó el engendro ni quién puso el dinero.
—Y de los libreros y librerías ¿qué nos dice?
—Que está muy bien que haya libreros prescriptores y librerías multifunción donde lo mismo te sirven un café que te arreglan la barba hipster, pero que a mí me bastan las librerías silenciosas y bien surtidas en que no solo encuentre los libros que busco, sino, muy principalmente, los libros que no busco.
—Es usted un antiguo, don Juan.
—No lo niego. La lectura —y su herramienta principal: el libro— ha perdido buena parte del prestigio del que gozaba en otros tiempos. Acaso sea inevitable, porque ahora hay otros formatos más de moda, tal vez igualmente placenteros y útiles. Y quizás por eso también las librerías y los libreros se hayan visto obligados a transformarse —reinventarse, dirían quienes yo me sé—: ellos sabrán.
—Claro que lo saben: unos cuantos nos lo explican en el reportaje del Lanza.
—Superficial y tópico, muestra estupendamente el nivel de librerías que tienen ustedes por aquí.
—¿Cuál es?
—Superficial y tópico, ya se lo he dicho. A lo peor la tierra no da para más.
—Eso no lo sabemos, don Juan.
—Lleva usted razón: no lo sabemos. No sabemos cuánta gente lee en Almagro ni qué. Pero, si ni en Almagro ni por aquí cerca hay librerías que merezcan tal nombre, será por algo.
—Hay librerías en internet. Los almagreños compran ahí los libros.
—Probablemente. El servicio de las grandes librerías de internet será perjudicial para los libreros tradicionales; para el lector común es una maravilla: te traen cualquier libro en un momento.
—Cuándo se queden solos, veremos.
—Mientras eso llega, el único inconveniente que le nota el normal aficionado a los libros es no poder mirar, tocar ni probar el género.
—No es poco.
—Pasa con todos los artículos: el libro es ya un producto industrial como los zapatos o las corbatas. Antes era también la principal vía de acceso a la cultura: no sé si continúa siéndolo.
—¿Qué es la cultura, don Juan?
—La palabra cultura es polisémica. Significa cosas sustancialmente distintas si la miramos desde el punto de vista de la historia, de la antropología, de la sociología…, sin meternos en honduras y para lo que vamos diciendo, cultura es el cultivo intelectual de los seres humanos; como en cualquier cultivo, los frutos dependen del terreno, de las circunstancias, de la dedicación: de ahí que unas personas sean más cultas que otras.
—¿Qué entiende usted por persona culta?
Grosso modo, una persona culta es —era— una persona que lee con provecho. Es también alguien que goza de las artes, aprecia las ciencias, y cuyo comportamiento y actitudes son moral y cívicamente irreprochables.
—¿Todo al mismo nivel? ¿No es usted un tanto elitista?
—Confieso que lo segundo es más importante que lo primero. No obstante, lo ideal es que vayan juntos. Si a eso le llamamos elitismo...
Vengo a casa rumiando. Me quedan dudas abundantes. Habrá que tratar el asunto más despacio.


domingo, 5 de noviembre de 2017

Calendarios, revoluciones, libros

Hay días en que la tertulia —por obediencia a la actualidad o por la enjundia del asunto— parece traer un propósito visible: con las divagaciones y titubeos inevitables, la conversación discurre más o menos derecha. Otras veces —lo habré dicho ya— los temas se entrelazan caprichosos, se dispersan, se olvidan, reaparecen… y me veo negro para levantar acta. Hoy, por ejemplo:
—La semana que entra —dice don Juan— se cumple un siglo de la Revolución de Octubre…
—¿En noviembre?
—Cosas del calendario. En esta parte del mundo el primer calendario moderno y científico lo implantó Julio César el año 45 antes de Cristo. A César viajar a Egipto le proporcionó, además de un affaire —y un hijo, según dicen— con Cleopatra, los fundamentos para reformar el calendario. De todas formas, el calendario juliano no era perfecto: a finales del siglo XVI llevaba diez días de retraso. Lo afinó más el papa Gregorio XIII, adelantó esos diez días —santa Teresa murió el 4 de octubre de 1582; la enterraron al día siguiente, 15 de octubre— y, con ligeros ajustes, es el calendario que usamos aún. Pero un calendario papista no se aceptó fácilmente en los países protestantes ni en los ortodoxos: el 25 de octubre ruso de 1917 era en Occidente el 7 de noviembre. Todavía, por lo menos en lo religioso, los ortodoxos perseveran: este año celebrarán la Navidad cuando aquí hayan pasado los Reyes.
—Eso lo sabe todo el mundo, don Juan —interviene un culto—. Continúe usted con la Revolución, por favor.
—Lo que iba a decir de la Revolución también lo sabe todo el mundo: que es uno de los mayores chascos de la historia, un callejón sin salida del que no está siendo fácil salir.
—Hombre, no es lo que opinan bastantes…
—A estas alturas, cualquiera sabe que los diez días que estremecieron al mundo desembocaron muy pronto en una dictadura feroz, trajeron el imperialismo soviético, provocaron a la larga muchos millones de muertos, el Gulag, el Holodomor… y condicionaron el futuro de tal manera que muchos países de la órbita soviética padecen lastres pesadísimos.
—Hubo también héroes.
—Esa es una paradoja irritante —reconoce don Juan— que pone en relación al comunismo con otras religiones.
—¿El comunismo es un religión?
—Como el cristianismo, por ejemplo. Se diferencia del cristianismo en que promete el paraíso en la tierra, no en el cielo. Y tanto el comunismo como el cristianismo han producido héroes de la entereza, de la abnegación, del desprendimiento, de la solidaridad… Héroes equivocados —y una pizca fanáticos en cuanto a la certeza de sus dogmas—, pero héroes al fin.
—Y liberó al proletariado de la opresión.
—Por poco tiempo; el proletariado comenzó a padecer enseguida una opresión igual o mayor: la del Partido —con mayúsculas, claro: se había quedado solo— y su nomenklatura. Curiosamente, los únicos efectos positivos del comunismo se sintieron fuera de los países comunistas: los partidos socialistas quedaron vacunados contra toda veleidad revolucionaria —se convirtieron en socialdemócratas—, y las oligarquías de Occidente, por miedo, se dieron cuenta de que era preciso ceder y acordar. En cierto modo, eso que llamamos Estado del Bienestar es una consecuencia indirecta de la Revolución Soviética. Acaso ahí resida la causa de que al desaparecer la amenaza comunista las oligarquías capitalistas hayan vuelto por sus fueros.
—Luego es necesaria otra revolución.
—Que la hagan en otro sitio —ironiza el escéptico.
—Los partidos socialistas tardaron en vacunarse.
—Sí. La épica de la Revolución Soviética siguió —sigue, quizás anacrónicamente— atrayendo. Aquí en España, por ejemplo, la Revolución de Octubre del 34, sobre todo en Asturias, tuvo tintes claramente soviéticos. Lo cuenta muy bien —y en muy pocas palabras: dos méritos— Ángel Luis López Villaverde, paisano de ustedes que publicó hace poco un libro estupendo.
—¿Por qué no nos habla de él?
—Porque sobrepasa con mucho los límites de la tertulia: comentamos libros que se refieren a nuestro territorio, o libros de poesía, que ha sido siempre cosa de pocos. Pero les recomiendo con entusiasmo que lean este: alta divulgación, muy bien organizada, clara, y en una lengua sencilla y elegante que tiene escaso parentesco con el latín farragoso y árido de tantos historiadores, y no quiero señalar. Tan solo echo de menos en él un índice alfabético que facilitara las consultas.
—La Revolución del 34 fracasó —alguien vuelve al hilo.
—Vista desde hoy era una locura. Sin embargo quizá nos deje alguna lección: el gobierno de entonces abusó de la victoria —sangrienta—; metió en la cárcel a muchos —a Azaña, a Companys—; y uno de los cementos que fraguaron el Frente Popular fue el deseo de amnistía. ¡A ver si va a pasar algo parecido el 21 de diciembre…!

(Ángel Luis López Villaverde. La Segunda República (1931-1936). Sílex. Madrid. 2017. Veinte euros)

(John Reed. Diez días que estremecieron el mundo. Akal. Madrid. 2004. Once euros)


domingo, 29 de octubre de 2017

AVE por Tomelloso

Ayer, día espléndido para las gentes de ciudad, pésimo para los que viven del campo, don Juan nos convidó a comer en Navaltizón: celebramos que ha cumplido setenta y ocho años, y sigue lúcido y firme. Ojalá le dure.
Hablamos del tiempo —del mal tiempo: que no llueve, que no ha empezado la simienza, que el guindo del patio tiene brotes nuevos y los rosales rosas—, de la semana de poesía —a don Juan le gustó mucho Francisco Caro, pero eso lo esperaba; le sorprendió Constantino Molina: ya ha comprado sus libros—, y de Cataluña, esa tristeza.
Navaltizón está cerca de Tomelloso, mucho más cerca que de Barcelona. Quizá por eso, en lo más alto de la querella catalana, un amigo suelta inopinadamente:
—¡AVE por Tomelloso!
La sorpresa trae un silencio estupefacto: acaso el amigo se haya pasado de copas. Don Juan viene en su ayuda:
—Lleva usted razón —el amigo sonríe agradecido—. Hace diez o doce años, Tomelloso padeció una epidemia que se parecía mucho al nacionalismo. Gracias a Dios, las epidemias remiten; sin embargo, el patógeno puede andar agazapado por ahí en cualquier reservorio insospechado.
—Hable claro, por favor —implora alguien.
—Hubo un tiempo en que los tomelloseros —laboriosos, emprendedores, inteligentes, sobrios— se veían mejores que los vecinos —gandules, flojos, torpes, derrochadores—; maltratados y esquilmados por estos; humillados por las autoridades regionales y nacionales; vendidos por los políticos del pueblo —puelo, decían ellos—. Revestidos de santa ira, reaccionaron: hubo manifestaciones a las que acudieron los niños de teta y los viejos decrépitos; los balcones se llenaron de esteladas —“¡AVE por Tomelloso!”—; el alma popular cristalizó en Plataforma cátara —ANC variopinta en donde confluían no pocos intereses espurios y bastantes egos desmesurados—; en las escuelas se adoctrinó a los niños; quien no sucumbió a la fiebre patriótica quedó tachado de traidor o pusilánime; se practicaron escraches tumultuarios; oímos estruendo de cacerolas aporreadas con brío; los partidos oscilaban entre el anhelo de capitalizar el movimiento y el miedo a ser arrollados por él; de la prensa no es preciso hablar… Tomelloso fue el ombligo del mundo; todo estaba permitido, todo se podría conseguir sin más coste que el de formar bajo la sacrosanta bandera del puelo; el futuro jubiloso, la tierra que mana leche y miel, brillaban al alcance de la mano… Hasta se inventaron sus particulares països catalans: “Tomelloso y su comarca”, proclamaban, tal vez al tuntún… Afortunadamente aquellos desatinos se han olvidado.
—¿Es lo mismo Cataluña que Tomelloso? ¿No hay diferencias?
—Entre los tomelloseros y los catalanes tomados de uno en uno, no: todos los seres humanos somos iguales, todos sufrimos enfermedades contagiosas. Entre los ciudadanos de Cataluña y los de Tomelloso, es decir, entre Cataluña y Tomelloso en tanto que sujetos políticos, sí: baste mencionar el frustrado Estatuto de 2006. ¿Se acuerdan de cómo jugó el Partido Popular con una cosa tan seria? ¿Se acuerdan de las recogidas de firmas —cinco mil en esta provincia de ustedes—? ¿Se acuerdan de los manejos en el Tribunal Constitucional?
—No eran firmas contra el Estatut, eran firmas contra Zapatero, don Juan.
—En realidad pretendían matar dos pájaros de un tiro: a Zapatero consiguieron derribarlo —aunque él colaborara, y no poco, con la ceguera ante la crisis— y desprestigiarlo hasta la caricatura; por lo que respecta a Cataluña, al menos desde 2006 y hasta ayer mismo, el Partido Popular ha sembrado vientos y ahora entre todos recogemos tempestades: aquella actitud les reportó beneficios electorales a corto plazo, pero hoy sabemos que Zapatero entendía mucho mejor el curso de la Historia —con mayúscula, sí— que Rajoy.
—El Partido Popular es el garante de la unidad de España —sentencia el conservador.
—¡Quién lo diría! —murmura alguien.
—Muchos lo piensan y lo dicen —corrige don Juan—, por absurdo que sea. Nunca ha estado tan en riesgo la unidad de España: nadie culpa de ello al Partido Popular.
—Porque la culpa es de Puigdemont.
Don Juan matiza:
—No solo por eso. El Partido Popular funciona de hecho como Partido Nacionalista Español. Igual que todos los partidos nacionalistas, se apropia de la patria y, según le convenga, la usa de escudo o de lanza. Los demás partidos españoles, a saber por qué, reconocen implícitamente este derecho: cuando el PP está en la oposición le toleran los más zafios e insolente dislates —que le pregunten al pobre Zapatero—; cuando está en el poder, lo arropan siempre en los asuntos de estado, amplia capa que todo lo tapa. ¿Imaginan ustedes como se comportarían los gerifaltes del PP de estar hoy en la oposición?
Nos lo imaginamos perfectamente. Y casi nos da miedo, porque nadie aprende.

domingo, 22 de octubre de 2017

'El tiempo hermoso'

A don Juan no se le ocurre comprar jamás esa yunta redundante que forman La Razón de Marhuenda y La Tribuna de Méndez Pozo: “Si vienen envueltas en bolsa de plástico por algo será”, dice socarrón. Pero en los bares —atenuada la toxicidad por el uso y la exposición al aire— les echa un vistazo de vez en cuando: los baristas de Almagro no compran otros periódicos, acaso porque desprecien la capacidad intelectual de los clientes o porque la suya no dé para más.
—Porque son baratos, don Juan.
—Pues añada mezquindad a lo dicho.
El caso es que esta tarde cuando llegamos al Marqués está ojeando La Tribuna del jueves pasado; cierra el periódico y, antes del saludo, nos señala con el dedo la contraportada:
—Lean ustedes este libro.
—¿Cuál?
—El de Pedro Pablo Novillo que presentaron la otra tarde en Ciudad Real.
—¿Lo ha leído usted?
—De un tirón. Es emocionante e insidioso; polisémico, muy bien escrito. Un objeto literario de primer nivel.
—Cuéntenos.
—Me acerqué al libro con reservas. Aparenta ser muestrario de estampas empalagosas sobre la vida de hace sesenta años, o de batallitas autocomplacientes de un viejo que empieza a chochear: cosas que ya hemos visto. De modo que no lo hubiera leído de no ser porque frecuento el blog del autor y porque lo edita Almud.
—¿Cómo esquiva Novillo esos riesgos? —pregunta uno que lee.
—Aparte de la ñoñería y la autocomplacencia, el riesgo más evidente es la dificultad de aportar algo original en un terreno tan transitado. Creo que Novillo salva las dificultades gracias a la literatura. Quiero decir que en el contenido del libro no hay nada extraordinario, nada que no sepamos quienes nacimos antes del Plan de Estabilización…
—¿Plan de Estabilización?
—El Plan de Estabilización de 1959 marca una frontera vital decisiva: los que nacimos antes conocimos un mundo rural que había durado siglos; los que nacieron inmediatamente después ya no lo vieron porque aquel mundo colapsó en menos de diez años. Pero tal cosa, a nuestros efectos, carece de importancia: importa la literatura. Y la literatura es creación: el escritor de genio, aprovechando materiales comunes y manejándolos adecuadamente, fabrica mundos que no existían. Eso es lo que hace Novillo: crear, no recrear; y por eso el libro no es una evocación, ni unas memorias, ni una colección de estampas costumbristas, aunque algunos lo hayan visto así, y los que somos viejos y de pueblo podamos leerlo también así.
—Explíquenos cómo lo hace.
—Por procedimientos literarios, ya se lo he dicho. Dos muy importantes: el punto de vista y el lenguaje. Lo común en el caso de las estampas costumbristas es que el narrador sea un observador satisfecho y cómplice, como el narrador de las malas novelas; aquí, en cambio, el punto de vista es múltiple: por un lado el niño cuyo mundo era hermoso; por otro el adulto que evoca al niño que fue y al mundo en que vivió con los ojos de lo que sabe ahora; más los personajes secundarios, cada uno con su punto de vista fruto de una particular peripecia vital; y, por último, un tú —o un vosotros: el lector en general, ¿ciertos lectores en particular?— que no es meramente retórico porque de él se espera que opine, que complete o refute lo contado. El diálogo, el contraste de pareceres, las coincidencias y contradicciones entre unos y otros, dotan al libro de relieve y  profundidad e impiden al lector cualquier amago de idealización ahistórica.
—¿Y el lenguaje?
—Además de los distintos puntos de vista, el valor del libro viene del lenguaje; no solo del lenguaje como herramienta —el libro está muy bien escrito: otro día lo podremos comentar—, sino del lenguaje como materia y tema. El mundo que levanta Novillo —y de esto quizás también hablemos otro día— no está hecho de cosas ni de personas: está hecho de palabras; su originalidad —y carga subversiva— reside en contraponer las palabras del niño con las palabras del lector de hoy. Mostrarnos, como si dijéramos, el absurdo de una Autovía de los Viñedos en una tierra donde no hay ni un solo viñedo: hay viñas, muchas viñas.
Alguno enarca las cejas desconcertado. Otro pregunta:
—¿No le pone ningún pero?
—Casi ninguno: una olla que debería ser hoya (página 72); una palabra, aunque grave y distinguida, de acentuación aguda (página 21); y dos o tres caídas en el lenguaje formulario más ramplón de la juventud de hoy a cuenta del adjetivo especial. Es decir, que ojalá Novillo sucumba a la tentación de pasarse a ese territorio, en principio más fértil, de la ficción pura (página 57).
Me quedo con ganas de más, pero estoy contento: no hemos hablado del dichoso 155.

(Pedro Pablo Novillo Cicuéndez. El tiempo hermoso. Almud Ediciones de Castilla-La Mancha. Toledo. 2017. Quince euros)

domingo, 15 de octubre de 2017

Recular ante el abismo

—Como a un enfermo grave postrado en la cama miramos a España —exagera alguien.
—¿Tanto?
—Al menos como a un convaleciente todavía débil.
—Eso está mejor —concede don Juan.
—Lo que quiero decir —matiza el amigo— es que, parados alrededor, estamos ansiosos de cualquier indicio que señale mejoría, y temblamos ante los que muestran empeoramiento. Por eso, la pregunta de este otoño es siempre la misma: “¿Cómo anda?”.
A propósito del discurso de Rajoy don Juan ha hojeado estos días los diarios de Azaña. En la entrada del 14 de julio del 31 —apertura de las Cortes Constituyentes— Azaña comenta el estilo oratorio de Alcalá Zamora: “Sobre todo son temibles sus imágenes. Las dilata, las desarrolla, las esquilma. Cuando salen el hacha, el cincel, la escultura, etcétera, no las suelta”. Quizá vacunado, don Juan no quiere seguir por ahí.
—¿Cómo lo ven ustedes? —pregunta.
Hay división de opiniones; la tertulia deriva en guirigay: España resumida entre las cuatro paredes del Marqués. Uno sentencia:
—A veces hay que asomarse al abismo antes de recular.
Las imágenes del abismo y el vértigo están muy percudidas, pero don Juan transige:
—Lleva usted razón. Todos han reculado, y eso es bueno.
—Puigdemont no ha reculado —interviene el conservador—: ha diferido el desafío. E Iglesias continúa a lo suyo.
—Otro día hablaremos de Iglesias. Baste decir hoy que su retórica es rancia, tramposa, ensimismada, y que miente con desparpajo digno de las viejas glorias del Partido Popular: Rajoy es presidente del gobierno gracias a los errores tácticos que el propio Iglesias cometió en la legislatura corta, cuando él y sus secuaces se comportaban como adolescentes malcriados —ahora, ¿en qué sillón bescansa Carolina? ¿en cuál su nene?—. De aquellos errores infantiles Podemos no alcanzará a recuperarse nunca…
—Don Juan, que a Iglesias lo íbamos a dejar para otro día.
—Dejémoslo, sí. Lo de Puigdemont será un galimatías jurídico y un formidable vivero de chascarrillos más o menos graciosos. Pero a mí me parece que estaba ofreciendo una tregua, pidiendo que le ayudemos a rectificar. Rajoy —¡por fin!— lo entendió así, creo: hizo un buen discurso en el Congreso, se avino a reformar la Constitución; y el PSOE ha recuperado el papel de partido central en la democracia española… Además, el 12 de octubre no ocurrió nada extraordinario: una semana mejor de lo temido.
—¿Qué podíamos temer?
—Que perseveraran en sus paranoias Rajoy y Puigdemont. Rajoy, además de equivocarse gravísimamente el primero de octubre, se viene equivocando respecto a Cataluña desde los tiempos de su bisabuelo; Puigdemont también se equivoca respecto a España desde los tiempos de su bisabuelo. Acaso se hayan dado cuenta.
—Explíquenos eso.
—Digo Rajoy y Puigdemont, pero es una manera de hablar: me refiero a sus partidos y a los grupos sociales que representan. La derecha española —y la izquierda jacobina— no entiende el hecho diferencial catalán y es insensible a la lengua, la cultura y la historia catalanas: creen que Cataluña es y puede tratarse como se trata a Venta de Baños o a la Puebla del Príncipe. Tanta ignorancia les ha llevado a cometer numerosas imprudencias, que se han agravado por su afán miope de obtener réditos políticos inmediatos a costa de agraviar a los catalanes. Por su parte, muchos catalanistas desprecian España porque la consideran una construcción flaca y huera; y a los españoles, brutos, incultos y atrasados. Tanta ignorancia, les ha impedido ver que España es una democracia como las mejores del mundo y una entidad política, cultural e histórica sólida y estable. Confío en que ambos se hayan caído del caballo. Ojalá, como dice usted, llegar al borde del abismo los haya vuelto lúcidos o, si no tanto, sensatamente egoístas.
—¿Egoísmo sensato?
—El egoísmo sensato es una de las mayores virtudes que puede alcanzar el ser humano, porque es siempre la opción más inteligente: ofender al otro sin necesidad es estúpido. Hoy es obvio que Cataluña está mejor dentro de España que afuera; es también obvio que una España amputada de Cataluña estaría peor. Por otra parte, el catalanismo constituye un hecho contundente e innegable; y la solidez de las estructuras políticas españolas lo mismo: negar las evidencias —nos sean dulces o amargas— es gran estupidez…
—Luego…
—Luego habrá que llegar a acuerdos que dejarán insatisfechos a los bobos, pero que serán buenos para todos los demás. De paso, si fuera posible, hagamos una reforma de la Constitución que le alargue la vida otros cuarenta años. Y en 2060 ya verán lo que hacen quienes anden por aquí.
Pienso entre mí que es mucho pedir. Sin embargo... Dios quiera que en el aniversario de la muerte de Companys y del entierro de santa Teresa se nos bajen los humos a todos.


domingo, 8 de octubre de 2017

Francisco Caro

—Parece que no cejan las banderas…
—Ceje usted: abandone ese camino, que nos merecemos un descanso. Ya habrá tiempo la semana entrante de comentar lo que pase el martes y, sobre todo, lo que pase el jueves —corta don Juan.
—¿El jueves?
—Aunque bastantes lo desconozcan, el jueves es la Fiesta Nacional. No pocos catalanes trabajarán ese día esforzadamente solo por darles a roer cebolla a los españoles. Estoy deseando ver si Rajoy manda que la policía cierre aulas, tiendas, oficinas, talleres o fábricas como la mandó a cerrar centros electorales. Pero hoy hablaremos de poesía.
Me alegro. Un amigo pregunta:
—¿Los versos de Manolita Espinosa que han borrado del silo?
Don Juan arquea las cejas: no lo sabía. Nosotros sabemos que los han borrado: ignoramos por qué.
—Habrá que enterarse —pone tarea don Juan mientras saca del bolsillo de la chaqueta, y nos enseña, un libro pequeño, blanco, sobrio, de apariencia impecable—. Locus poetarum, Francisco Caro: ¿lo conocen?
Algunos asienten sin excesiva convicción; otros callamos.
—Francisco Caro, de Piedrabuena, estuvo aquí en la pasada semana de poesía, incluido en la jarca de poetas oretanos. Aunque lo tenía difícil por el tema y por la multitud, destacó claramente: fino sentido del humor, elegante autoironía, amplio caudal de lecturas, buena técnica y buena voz… ¿Lo recuerdan?
Algunos asienten sin excesiva convicción; otros callamos. Un alma caritativa nos saca del apuro:
—¿De qué trata?
—De poesía: poemas sobre poesía. Si frecuentan el blog de Caro sabrán de qué hablo y se notarán inmediatamente en sitio conocido. El libro se nos aparece bajo la forma de curso escolar, con examen de ingreso y todo, en el Locus Poetarum, o sea, en la academia de los poetas, cuyo Maestro —con mayúscula— ilustra, guía, da consejos al neófito y le recomienda lecturas; naturalmente, una vez superada la prueba de ingreso, el curso se reparte en trimestres. Los poemas son el resultado —y la muestra: los testigos— de los aprendizajes y lecturas del aprendiz de poeta.
—Ingenioso artificio.
—Y metáfora muy eficaz. El oficio de poeta se aprende; y las vías de aprendizaje son dos: la lectura constante, reflexiva y variada, y las indicaciones de quienes saben más. O sea, organizando así el libro, Caro nos da una lección de propia humildad y, de paso, alecciona —quizás sin pretenderlo— a un gran número de poetas jóvenes que creen serlo —y enseguida son: poetas sedicentes— sin necesidad de lecturas ni otro tipo de adiestramientos.
—¿Qué aprende Caro en el curso?
—Muchas cosas. Algunas ya sabidas desde antiguo, pero que todo poeta ha de aprehender e interiorizar carnalmente como dogmas de una religión. Por ejemplo: que la poesía es una enfermedad contagiosa e incurable, incluso un vicio adictivo; que poesía y poema no se confunden, pero que no puede haber poesía sin buen poema; que las palabras son los materiales de construcción del poema, aunque el proceso de construcción es mucho más que el mero amontonamiento de palabras; que el poeta es un topo que excava túneles para llevar la luz donde la luz no llega; que la poesía es la antítesis de lo utilitario y, sin embargo, es imprescindible…
—¿Y a quién lee?
—A muchos y muy buenos: Cernuda, Huidobro, Bécquer, Esenin, Goytisolo. Elytis, Quevedo, Girondo Valente… solo en el primer trimestre; en el segundo a Colinas, González, Lorca, Sexton, Cirlot, Juan Ramón Jiménez, Pizarnik, Adonis, Rubén Darío; y en el tercero a Stevens, Panero, Auden, Pessoa, Rilke, Vallejo, Crespo, Ungaretti, Pavesse, Mayakovski… No sé si me dejo alguno.
—¿Qué es lo que más le ha gustado?
—Casi todo. Lo primero, que el aprendiz de poeta ha seguido el curso con notable aprovechamiento y el resultado —el libro— es coherente con lo aprendido: versos de línea clara extremadamente cuidados y trabajados, elaboradísimos, en los que se evidencia que el poema es el resultado de un proceso largo de destilación, de ascesis, donde lo que hay es imprescindible porque se ha prescindido de todo lo superfluo. Lo segundo, la técnica: el dominio impecable de una multitud de recursos, que en ocasiones se disimulan coquetamente —véanse las décimas dedicadas a Bécquer y a Lorca, que lo son y muy buenas—. También la interpretación, recreación o actualización de los poetas leídos; y algunos poemas memorables —o sea, memorizables y recordables—, de entre los que destaco ahora cuatro: el de la prueba de ingreso —“La fragua de Ángel”—, uno del primer trimestre —“Arroyo”—, otro del segundo —“Parábola”— y otro del tercero —“La casa del poema”—. Buenos escudos contra la tristeza que nos cerca.
Francisco Caro: nuevo en la nómina de poetas tutelares de la tertulia. La ensancha y engrandece.

(Francisco Caro. Locus poetarum. Polibea. Madrid. 2017. Nueve euros y medio.)


domingo, 1 de octubre de 2017

Banderas

Temprano don Juan y yo hemos salido a dar un paseo. La mañana estaba fresca, el cielo bajo y gris, las calles, vacías; por el campo, ciclistas —equipados para el Tour—, servidores de perros y atletas esforzados. Nosotros, parsimoniosamente, hablando de banalidades. Ya algo tarde para la costumbre, el sol queriendo salir de entre las nubes, llegamos a la plaza, compramos el periódico —estallido rojigualda cuatribarrado o bibarrado—, desayunamos en un bar.
—¿Se ha fijado usted en las banderas? —pregunta don Juan.
—Claro. La portada está llena.
—Digo en las del pueblo.
—También. No hay demasiadas.
—Dos o tres docenas he contado. Menos cuatro o cinco, todas tienen una cosa en común: son de estreno, recién sacadas de la bolsa, flamantes, con los pliegues bien marcados.
—¿Qué importa eso?
—Claro que importa. Al contrario de lo que pasa en otros sitios —en todos los países de América, en Portugal mismo— en España no hay costumbre de exhibir la bandera nacional.
—Probablemente porque no tenemos bandera nacional —interrumpo.
—En efecto: carecemos de bandera nacional o el consenso sobre ella dista de ser unánime. Pero, al menos hoy, las que hemos visto son constitucionales.
—Una tenía el toro de Osborne —interrumpo de nuevo.
—Y cruzado por un letrero de Made in Spain: ¿ironía o bendito desconocimiento? Sin embargo, para lo que le iba a decir, eso es secundario.
—¿Qué me iba a decir?
—Que si unos cuantos ciudadanos, sin haberlo hecho antes, se han tomado la molestia de ir a los chinos a comprar una bandera y la han colgado en el balcón, por algo será. Y que si estos mismos ciudadanos —o sea, veinticinco o treinta— se juntaron ayer en la plaza para decirnos a los demás que ellos son españoles españoles españoles, también será por algo.
—Por lo de Cataluña, hombre.
—No solo por eso. En Almagro habrá unas ocho mil personas adultas y conscientes que se sientan españoles de manera natural y que crean superfluo salir a manifestarlo. Otros, en cambio, ahora lo consideran imprescindible. Dejando aparte el instinto de imitación, muy poderoso en una especie rebañega como la humana, cuando alguien se apresta a resaltar y defender lo obvio puede ser por dos razones: o porque duda de que los demás lo vean tan obvio o porque los demás son herejes o tibios a los que se debe corregir. En ambos casos la defensa encierra ciertas dosis de agresividad.
—No exagere usted. Estas banderas cuelgan pacíficamente de los balcones y quienes las han colgado son ciudadanos ejemplares.
—Quizá. Igual que los que cuelgan esteladas o quienes, en un partido de fútbol, hacen ondear otras: pacíficos en apariencia, pero más o menos dispuestos a liarse a mamporros con quien sea preciso para afirmar la propia identidad e imponerla a los remisos. La eclosión de banderas en Almagro, aunque mínima, me inquieta por eso.
—¿Por qué?
—Cataluña está lejos; el patriotismo exhibido aquí poco ha de influir en el exhibido allí; luego los que aquí han sacado banderas acaso estén, por un lado, voceando su apoyo a un cierto partido político y, por otro, reprochándonos a los demás nuestra deficiente españolía. Ninguna de las dos cosas me agrada demasiado.
—No tiene importancia.
—Sí tiene importancia: otra división más. Españoles fervientes y españoles tibios: de eso iban las mociones que presentaron el PP y AECA en el pleno del ayuntamiento el otro día.
No sé qué decir. Un tanto alicaídos nos despedimos. Esta tarde los amigos, inevitablemente, le preguntan a don Juan por Cataluña.
—El Partido Popular siempre ha manejado este asunto pro domo sua. Ahora no ha sabido ver que la situación es sustancialmente distinta: ha cometido innumerables errores. El más importante tratar como referéndum ilegal —repitiendo machaconamente lo de referéndum estaban aceptando que lo era— algo que no pasaba de performance. Y han matado moscas a cañonazos, y han hecho el ridículo ante el mundo, y han multiplicado el número de separatistas, y a muchos españoles nos han decepcionado otra vez… Es decir, han reunido copiosamente todos los inconvenientes de haber aplicado el artículo 155 de la Constitución —ganarse el título de represores, el principal— sin ninguna de sus ventajas. Un desastre.
—Los catalanes no han ayudado —dice el conservador.
—Se podía prever y no se ha previsto: se han hundido puentes y se ha conseguido reforzar en las gentes de cada bando que el malo es el otro.
—Algo habrá que hacer, dijo usted el otro día.
—Sí, pero ignoro qué.
Nadie lo sabe, pienso entre mí: qué tristeza.