domingo, 25 de junio de 2017

Dominicos

Un día de estos se irán los dominicos. Alguien llorará en Facebook lágrimas de cocodrilo; acaso haya concentración de velas y ositos de peluche como la hubo cuando se fueron las monjitas —adolescentes que eran— de la plaza de Santo Domingo. No existe riesgo de inundación; tampoco de que Almagro despierte de la siesta: el llanto no desbordará Pellejero; a la mayoría de los almagreños, metida en sus asuntos, le importará muchísimo menos que si cerrara Mercadona.
—¿Qué opina usted, Don Juan?
—Que hacen muy bien los almagreños en no darse por aludidos. Los dominicos llevan fuera de Almagro treinta y cinco años poco más o menos.
—Se equivoca, don Juan: todos los días veo al padre Baldomero de tertulia con otros viejos en la Encajera y, de vez en cuando, al padre Vicente dando vueltas por ahí. Si acudiera usted a misa, también los vería.
—Ya: dos ancianos como hay tantos, como yo mismo, sin importancia ninguna: cuando faltemos nadie lo notará. El último dominico en Almagro fue el padre Fernando. Su figura es trágica a la manera antigua.
—¿Por qué?
—Porque en circunstancias adversas se creyó el hombre providencial llamado a restaurar la presencia pública, el poder y la influencia que los dominicos ya habían perdido. Fracasó, claro está; pero hay que reconocerle inteligencia práctica, notable capacidad de seducción, y un coraje rayano en el fanatismo.
—Explíquenos eso, por favor.
—Al comienzo del siglo XX los dominicos se instalaron en el convento de las calatravas; vivieron muy plácidamente en Almagro hasta la Guerra: el seminario lleno, el pueblo a sus pies, nadie les tosía ni les disputaba la posición de preeminencia. Pero en la Guerra, naturalmente, padecieron sevicias atroces: veintitantos murieron asesinados.
—¿Por qué dice usted naturalmente?
—Porque lo contrario hubiera sido una excepción muy improbable. En los primeros meses de la Guerra la maquinaria estatal de la República se derrumbó; su lugar lo ocuparon hordas extremistas que cometieron abundantes salvajadas. Alguna vez tendremos que hablar con claridad de estas cosas e incorporarlas a lo que se ha dado en llamar “memoria histórica”: quizás el mismo día en que ya no quede ningún cadáver tirado en la cuneta o enterrado, contra la voluntad de sus deudos, en el Valle de los Caídos.
—¿Qué pasó después?
—Que las aguas volvieron a su cauce... hasta los años sesenta. A partir de ahí se precipitaron sobre los dominicos tres desastres fatales: el II Concilio Vaticano —y el consiguiente aggiornamento de la Iglesia—, que alteró las relaciones entre el clero y el pueblo y provocó la defección de numerosos frailes y seminaristas —habrá almagreñas que se acuerden—; el desarrollo económico y la modernización de la sociedad, que enfriaron notablemente el fervor religioso de los españoles y convirtieron las vocaciones en rarezas; y la proliferación de institutos —o secciones delegadas— de bachillerato, que para los adolescentes listos del mundo rural supuso una alternativa poderosísima a los internados de curas y frailes. El padre Fernando fue incapaz de entender que tales cambios eran irreversibles: combatirlos mediante el deporte, la formación profesional, el liderazgo individual o las intrigas políticas suponía un esfuerzo tan osado como inútil. Desde entonces la presencia de los dominicos en Almagro ha sido irrelevante.
—Y, encima, se llevan el Cristo —recuerda el descreído.
—Efectivamente: ni aposta hubieran conseguido una despedida tan mustia.
—Se les olvida a ustedes la universidad —interviene el católico.
—No fue un pozo de ciencia. Ni siquiera se parecía remotamente a las de Salamanca o Alcalá. En realidad andaba en el pelotón de las torpes, es decir, el de las universidades menores —Baeza, Osuna, Sigüenza, Oñate, Ávila, Osma…—, ninguna de las cuales contribuyó mucho al avance del conocimiento. Eran pobres, tenían escasísimos alumnos, malos profesores, ningún prestigio que transmitir a los egresados… o sea, formaban filósofos nutridos de sopa de convento, teólogos de vuelo rasante o gramáticos a quienes les costaría recordar la primera declinación latina. Si pudiéramos investigar la trayectoria vital de los titulados en el Colegio de Nuestra Señora del Rosario, veríamos que ninguno llegó demasiado lejos… como mucho serían buenos frailes o buenos formadores de frailes.
—Salvarían almas —ironiza el descreído.
—Y salvaron vidas —dice don Juan sin ironía—. Muchos niños espabilados se libraron de la pobreza o de la esclavitud de la tierra —es decir, llevaron una vida más digna y mejor que a la que parecían predestinados— gracias a las instituciones educativas de los dominicos: estarán eternamente agradecidos. Pero ese es otro cantar del que hablaremos más adelante.


domingo, 18 de junio de 2017

Esencias

Algunos lectores han preguntado qué quería decir don Juan el otro día con eso del paisaje lingüístico y el anuncio de Bodybell. Venía dispuesto a trasladarle la pregunta, pero los amigos toman la delantera: ellos también se han quedado en ayunas. De modo que pongo atención:
—Sin meternos en profundidades, paisaje lingüístico es el conjunto de todas las manifestaciones escritas de una lengua —o de unas lenguas— que podemos ver —y leer, si sabemos— en un determinado espacio público: rótulos, carteles, anuncios, esquelas, pintadas, avisos, bandos, publicidad… Hay estudiosos más estrictos que otros a la hora de inventariar qué elementos forman parte del paisaje lingüístico y cuáles, aun siendo mensajes escritos, no forman parte de él, pero es una cuestión menor.
—¿A quién le interesa eso? ¿Para qué vale? —interrumpe el práctico.
Don Juan se atufa un poco ante esta clase de impertinencias; sabe, sin embargo, que la ignorancia es muy atrevida: lo mira por encima de las gafas, sonríe —pensará en las palabras de Nuestro Señor Jesucristo: Padre, perdónalos…— y responde con calma:
—Les interesa a muchos y vale para muchos propósitos. A nosotros, por ejemplo, una ojeada al paisaje lingüístico de la plaza en 1610 nos basta para notar que el cuadro no es de 1610 sino del mes pasado.
—¿Por qué?
—Porque hay una tienda de esencias. Una tienda de esencias en 1610 causaría la misma extrañeza que si hoy viéramos otra de fenómenos o de apariencias… o de conceptos, accidentes, atributos, circunstancias: mercancías abstractas que solo un loco o un guasón intentaría vender.
—Explíquese, por favor.
Esencia era en 1610 un tecnicismo —de filósofos, teólogos, físicos que significaba ‘el ser de la cosa’; es decir, ‘aquello que constituye la naturaleza de las cosas, lo permanente e invariable de ellas’. Y en la lengua común se usaba la locución ser de esenciaEs de esencia que todo caballero andante haya de ser enamorado, dice un personaje del Quijote— para indicar que algo es característico, propio, inseparable o imprescindible. Nada más. Lo sabe cualquiera que haya leído a los clásicos.
La ingenuidad de don Juan es candorosa: tal vez suponga que cualquiera ha leído a los clásicos.
—¿No fabricaban y vendían esencias en 1610?
—Claro. Pero no les daban ese nombre. De ahí que esencia sea un anacronismo tan grande como si hubieran puesto el anuncio de Bodybell: había perfumes y cosméticos de muchas clases; no existían cadenas de perfumerías.
—Luego el grabado es una falsificación…
—Yo no digo tanto: digo únicamente que no es de la época de la que dice ser. En el mejor de los casos será una reconstrucción ideal de la plaza en 1610 que se ha grabado echándole ciertas dosis de imaginación, algunos detalles bien conocidos y una completa ignorancia de la historia de la lengua. Los del cine, en las películas de romanos, hacen lo mismo —reconstruir idealmente el mundo de Roma—; pero procuran asesorarse para lograr un mínimo de verosimilitud: que a los extras no se les vea el reloj de pulsera. En nuestro grabado, esencias es un reloj de pulsera demasiado grande: tapa cualquier asomo de verosimilitud.
—¿Y en el peor de los casos?
—En el peor, el grabado es un anzuelo de pescar incautos. ¿Se acuerdan ustedes de las películas del Oeste? A menudo aparecían buhoneros ofreciendo remedios milagrosos para la calvicie. ¡Y lograban venderlos! En nuestros días aún quedan primos que caen en el timo de la estampita: no les tengo lástima.
—¿Los de Almágora hacen de primos aquí?
—Los conocemos; debemos creer que no: habrán puesto el grabado como mera curiosidad.
—Podría ser una broma.
—Ojalá. Gastarles una broma a los crédulos no estaría mal.
—¿Por qué no dicen nada los historiadores?
—Están en sus cosas, predican en sus púlpitos, tienen su prestigio: no van a caer tan bajo.
—Entonces, ¿por qué habla usted?
—Yo no soy historiador. Además estoy jubilado, soy viejo: puedo hacer y decir lo que me dé la gana. Ahora bien, si me meto en este berenjenal es por dos razones: porque ustedes han preguntado, y por respeto a la lengua. Imaginen que en el dibujo apareciera un automóvil: sería el hazmerreír; a continuación piensen que la tienda de esencias es un disparate tan grande o más: nadie se ha dado cuenta.
Saben ustedes que don Juan es persona tolerante. Pero se enfada por nimiedades lingüísticas. A estas alturas ya no tiene remedio.


domingo, 11 de junio de 2017

Exposiciones

Ayer echamos la mañana a exposiciones. Don Juan es adicto; ahora bien, no siempre sale satisfecho: qué se le va a hacer.
Empezamos en el Centro de Recepción de Visitantes. Me cuesta un rato ver la exposición, es decir, caer en la cuenta de que allí han puesto algo para que lo veamos: en un sitio donde hay tantas cosas que distraen, las fotos quedan pequeñas y los textos apenas destacan en el blanco de las paredes; miope como soy, a cada instante tengo que quitarme las gafas y pegar las narices a los letreros. De modo que me desentiendo pronto; en la calle gozo de la exposición del mundo: turistas vestidos de turistas, ancianos que charlan a la sombra de los árboles, niños sueltos, jóvenes mamás, una ceremonia —con música y todo— en el monumento a la encajera. Sale don Juan; sin que le pregunte, dice:
—Horcajada tiene cualidades y vocación de artista —de poeta ya lo sabíamos, de fotógrafo nos enteramos ahora—, pero no sé si se toma las cosas en serio.
—Usted lo elogia siempre.
—Elogios merecidos. Sin embargo, creo ver en él demasiada satisfacción consigo mismo: quizá tan abundantes cualidades le veden el esfuerzo de aprender. Aquí, por ejemplo, las fotos son mejores que los textos —él sabrá por qué los llama poéticas: descuidados, efectistas, con abundantes lapsus ortográficos y tipográficos, y lamentables descensos al dialecto formulario de la televisión.
La siguiente estación es en la Universidad Popular. Cuando llegamos la están preparando para una boda. Aun así, entra don Juan al II Salón del Poema Ilustrado. Yo me quedo en el patio: la ingenuidad de las bodas —ay, la osada proclamación pública de amor eterno— y la luz hiriente de la mañana me interesan más.
—No se ha perdido usted nada —informa don Juan al cabo de diez minutos—. Aunque hay poemas estimables, la mayoría no levanta de la trivialidad bienintencionada. Las ilustraciones otro tanto; y la presentación rebosa desaliño. Si quieren que esto sobreviva han de esmerarse; de lo contrario degenerará en ejercicio escolar.
—¿Cómo se hace?
—Usando un harnero más exigente.
Mientras habla vamos paseando por las galerías; el aula del fondo tiene la puerta abierta; nos asomamos. Allí hay otra exposición mucho más modesta: trabajos finales de los alumnos. Don Juan la recorre despacio:
—El que sigue voluntariamente y con aplicación un curso —de lo que sea nos da dos lecciones morales. Una de modestia: reconoce que no sabe o que sabe menos de lo que le gustaría; otra de diligencia: se esfuerza y persevera en el aprendizaje. Parece que estos van por buen camino. No estaría mal que los del otro salón tomaran ejemplo.
Acabamos el paseo en San Agustín. La exposición de Almágora sobre la plaza es sencilla y, si no rigurosa, eficaz: enseña muy didácticamente su evolución. Me gusta mucho: las fotos, ¡la maqueta!, alguna pintura, los vídeos del Nodo… Don Juan hace que repare en la primera pieza, la vista de la plaza en 1610:
—¿Ha oído usted hablar del paisaje lingüístico?
—Yo no, don Juan.
—Otro día se lo explico. Por ahora le basta saber que el grabado quizá represente con toda exactitud cómo era y lo que había en la plaza al comienzo del siglo XVII: no lo sé; lo que sí sé es que el paisaje lingüístico resulta anacrónico: le falta un anuncio de Bodybell.
No lo entiendo; no me da tiempo a preguntarle: él ya está atento a la última foto:
—Lo vivo es sucio y cambiante. Quizás algunos desearan una plaza pulcra como pieza de museo, pero las piezas de museo, aunque sean bellísimas, están muertas. Yo la prefiero viva, promiscua, sudorosa, estridente, plebeya…
—Ándese con ojo, don Juan, o se le echarán encima los cultos.
Don Juan sonríe. Salimos; la plaza bulle:
—Dentro de un orden, eso sí: el orden de la urbanidad, del civismo, del respeto a las normas… y a los clientes —mira a los bares— que les dan de comer.
Para compensar el viacrucis,  don Juan me convida a un vermú en el Marqués:
—¿No hay demasiadas exposiciones, don Juan?
—Considere usted que no solo exhiben objetos; exhiben principalmente vanidades. Y las vanidades son incontables como las arenas del mar, proliferantes y ávidas: más exposiciones tendría que haber para saciarlas.
Luego bebemos sin prisa hablando del 15 de junio de 1977. Cómo pasa el tiempo.

Jesús Miguel Horcajada. “Rescoldos. Exposición fotográfica”. Centro de Recepción de Visitantes. Almagro.
II Salón del Poema Ilustrado. Universidad Popular. Almagro.
“Plaza Mayor: 50 años de su última remodelación”. Iglesia de San Agustín. Almagro.


domingo, 4 de junio de 2017

El 'Contubernio' de Múnich

Llego tarde a la tertulia. No hablan del Madrid, no hablan de Londres, no hablan de Goytisolo. Don Juan —cosa rara— habla de sí mismo. Me siento sin saludar ni hacer ruido; pongo atención:
—Se puede decir que mi conciencia política y posición ideológica quedaron fijadas para siempre hace cincuenta y cinco años por estas mismas fechas. Estoy seguro, incluso, de que a primeros de junio de 1962 me hice ciudadano consciente y adulto.
—¿Se cayó del caballo como san Pablo?
—No: empecé a oír emisoras de radio extranjeras en onda corta: Radio París, la BBC, Radio Moscú, la Pirenaica, la Deutsche Welle, Radio Hilversum y hasta Radio Tirana, emisora nacional de la República Popular de Albania, que a todas horas nos calentaba la cabeza con el camarada Enver Hoxha y el revisionismo soviético.
—Abigarrada mezcla —se asombra el culto.
—Efectivamente. Aquí todas las radios, todos los periódicos aparecían idénticos. Un observador poco atento hubiera pensado que solo era posible mirar la realidad de una manera: la canónica, infalible y unánime que fluía del poder. Oyendo radios tan distintas se entendía de sopetón que no, que siempre caben miradas diferentes.
—¿Qué le llevó a las radios extranjeras?
—Menéndez Pidal. Don Ramón —que ya pasaba de los noventa años— era casi un dios para quienes nos iniciábamos en la filología. Pues bien, el 6 de mayo de 1962 él fue el primer firmante de una carta pública dirigida, de catedrático a catedrático, a don Manuel Fraga Iribarne —luego se quedó en Fraga— en la que resaltaba precisamente que la prensa y las radios extranjeras hablaran de huelgas en España mientras las de aquí callaban. La curiosa elección del destinatario, la carta misma y la polvareda que causó merecerían un rato: otro día.
—¿Dónde había huelgas?
—En la minería asturiana; se extendieron pronto a otros sitios y alcanzaron una magnitud sin precedentes en el franquismo: el 4 de mayo se decretó el estado de excepción en Asturias, Vizcaya y Guipúzcoa. La carta de Menéndez Pidal, el decreto del 4 de mayo y las radios extranjeras me hicieron comprender que España era una anomalía en Europa. Y enseguida vino el Contubernio de Múnich…
—¿Contubernio?
—Otros lo llamaron artificiosa coyunda o turbias promiscuidades. En realidad fue una cosa bastante inocente: aprovechando la reunión del Movimiento Europeo que se iba a celebrar en Múnich los días 7 y 8 de junio, e invitados por él, se juntaron en la ciudad más de cien españoles del exilio y de adentro; hablaron, acordaron y el día 6 firmaron una resolución nada extremista: pedían elecciones, partidos y sindicatos libres, derechos civiles, reconocimiento de la personalidad de las distintas comunidades naturales… Lo normal en Europa y lo que dieciséis años después consagró la Constitución.
—¿Entonces?
—El franquismo no podía soportarlo. Sobre todo le dolió la imagen —¡el contubernio!— de Gil Robles y Rodolfo Llopis dándose la mano: significaba que, de espaldas al franquismo, la Guerra había terminado, que era posible la convivencia en paz de personas e ideologías muy diferentes siempre que se aceptara el juego democrático; significaba también que el franquismo no tenía futuro.
—Pues sobrevivió todavía quince años.
—Ni Franco ni los franquistas eran bobos; fueron capaces de modular el discurso y adaptarlo a las circunstancias; además, tenían la fuerza… y el apoyo de muchísimos españoles: de unos entusiasta, de otros rutinario porque en lo económico las cosas fueron muy bien durante los años sesenta.
—Algunos dicen que el franquismo sobrevive.
—Claro: como sobrevive en nosotros el niño que fuimos o como sobrevive el comunismo en Rusia, el fascismo en Italia, o Pétain —bien visible— en Francia: la historia no se borra. O sí: en la mano de los españoles de hoy está borrar los feos residuos del franquismo que aún perduran; entre ellos el caudillismo, es decir, eso de confiar ciegamente en un hombre providencial que todo lo sabe y para todo tiene remedios. Por lo que veo últimamente el caudillismo goza de muy buena salud.
—¿Qué pasó después?
—Que el 9 de junio se suspendió por dos años el artículo 14 del Fuero de los Españoles; se confinó a varios de los que estuvieron en Múnich y se les impusieron cuantiosas multas. Hubo manifestaciones espontáneas y multitudinarias de apoyo a Franco; cambió el gobierno; el ministro de la Gobernación pronunció un interesante discurso en las Cortes explicando lo sucedido… llegó 1963, la muerte de Grimáu, más huelgas, graves sevicias policiales, el Manifiesto de los 102…
—¿Y usted?
—Me convertí en demócrata radical, la represión franquista me salpicó un poquillo… Ya se lo contaré.



domingo, 28 de mayo de 2017

Por fin se acabaron las 'primarias'

Les prometí hace tiempo, misericordiosos lectores, que no escribiría nunca más de terrorismo; tan solo, si alguna vez oyera algo original del asunto, lo recogería aquí con suma prudencia; pero es muy difícil: la maldad inútil que causa dolor ajeno sin provecho propio, la cobardía de pillar al enemigo descuidado, la falta absoluta de justificación, la estupidez de matar por la patria, por la religión, por lo que sea, la locura de matarse a sí mismo para alcanzar el paraíso… las reacciones desmesuradas o insensatas, los exabruptos, las muestras sensibleras y cursis de pésame, el aprovechamiento político, la ignorancia periodística que llama ‘inmolación’ a lo que es mero suicidio por intoxicación de fanatismo… Todo está dicho y repartidas las culpas más o menos arbitrariamente por el colegio de especialistas en la equidistancia, que, de no estar creado, debería crearse. De modo que, digan lo que quieran —y hoy dicen de Mánchester—, me salgo de la conversación.
También me saldré de aquí en adelante si soban de nuevo las primarias socialistas: qué pesadez. Hoy ya iba a estrenar el propósito, pero lo que expone don Juan acaso interese:
—De las primarias del PSOE se pueden sacar innumerables conclusiones, unas mejor fundadas que otras; quizá deberíamos resaltar una cosa tan obvia que pocos reparan en ella.
—Díganos.
—Que en la política no cuentan los hechos sino las opiniones, y que para forjar opiniones es más útil y rápido apelar a los sentimientos o a los impulsos primitivos que al prudente uso de la razón.
—Lo sabíamos: Trump, Le Pen y otros populistas lo han demostrado con creces. Incluso han tratado de vestirlo con ropajes dignos: eso de los hechos alternativos, por ejemplo.
—No es preciso llegar a tanto, porque los extremos siempre parecen caricaturas.
—¿En qué nos fijamos entonces?
—En Pedro Sánchez. Muchos de quienes hoy lo adoran abominaban de él hace un año.
—Naturalmente: lo echaron abajo de mala manera.
—He ahí la clave: aparecer como víctima. Ahora bien: si Sánchez era en septiembre torpe, inculto, flojo, cándido, autoritario, ahora no puede ser diestro, culto, firme, sagaz, demócrata…
—Pentecostés está próximo —ironiza el descreído.
—Los militantes socialistas no han esperado a que llegue para creer en la milagrosa transformación: simplemente, de una forma muy humana aunque irreflexiva, se han puesto del lado de la víctima frente a los verdugos.
—Bien hecho —tercia el vehemente.
—Si se tratara de justicia, tal vez; pero se trata de utilidad. En las primarias los socialistas han juzgado con rectitud el pasado; no sé si han mirado al futuro.
—¿Cuánto durará el idilio de las bases con el líder? —pregunta alguien.
—Eso no importa todavía. Importará cuando llegue el otoño: una vez concluidos los congresos y agotada la tregua veraniega, vendrá la terca realidad a imponer sus razones. ¿Estará Sánchez a la altura? Si conserva las cualidades que tenía hasta septiembre, no; si se ha trasmutado en un personaje nuevo, quizá sí. Me alegraría mucho lo segundo.
—Ya sabemos que no le gusta Sánchez, don Juan. Sin embargo, ¿eran mejores los otros?
—De ninguna manera. El Partido Socialista nos ha propuesto un trío nada atractivo. Acaso López, y solo por contraste, superaba un listón que no se erguía hasta las nubes, sino que rozaba la yerba. ¿Es que no hay nadie en el PSOE con más enjundia? ¿Tampoco con más valor? Quiero creer que los habrá, pero por timidez u otras causas no se nos han mostrado.
—A veces me asombra su ingenuidad, don Juan.
Él sonríe; pone cara de inocente:
—La ingenuidad es un potente somnífero; si se adoba con algo de resentimiento, es también un alucinógeno estupendo.
—Don Juan, explíquese.
—Los socialistas llevan un ramalazo levantisco que viene desde el instante de la fundación del partido: por eso no han congeniado nunca con los comunistas, obedientes y disciplinados. En la elección del secretario general se ha podido observar: todos los militantes estaban al cabo de la calle de que ganaría Sánchez, porque se trataba más de fastidiar al aparato que de elegir a un líder capacitado. Como a muchos eso no les parece una actitud muy inteligente, se han tomado con gusto el brebaje que mezcla resentimiento e ingenuidad y la alucinación inmediata les ha hecho ver en Sánchez una antología de virtudes. Por eso, y porque no había mucho donde elegir, lo han votado: no por méritos ni cualidades —escasos, salvo que se cuente en ellos la tozudez— ni por ideología —tan insustancial como la del resto—.
—¿Es usted pesimista?
—Sí; pero daría algo valioso por equivocarme.


domingo, 21 de mayo de 2017

Lanza digital

Ya sabemos que a don Juan lo invitan —y él acude— a muchos sitios que para los demás contertulios son inaccesibles. ¿Por qué lo invitan? Lo ignoro. ¿Por qué acude? Nos lo explica:
—Porque tengo tiempo, por saludar a antiguos amigos, porque nada me resulta más interesante que observar la reunión de un buen grupo tribal de seres humanos…
—¿Qué es eso de tribal? —pregunta el despistado.
—Grupos cuyos miembros, como los de una tribu, tienen algo en común: oficio, extracción social, aspiraciones, afición, ideología… Da lo mismo que sean científicos en un congreso, amigos en una fiesta o socios de la peña barcelonista: el comportamiento se parece siempre al de una horda de chimpancés.
—Claro: somos parientes; pero explíquenos el parecido.
—En estas reuniones, una vez cumplidas las formalidades del ritual, los participantes se dedican al acicalamiento mutuo; y, mediante maniobras de aproximación, saludos, gestos, risas, conversaciones, se establecen jerarquías, centros y periferias, grupos y subgrupos, quedan elementos marginados…  
—Si es siempre lo mismo, ¿por qué le interesa?
—Porque cambian los individuos.
—Entonces, lo que llama usted observación se parece bastante a lo que el resto de la gente llamamos cotilleo.
—No. El cotilleo, si acaso, vendría luego: cuando yo les contara a ustedes maliciosamente el resultado de la observación.
—¿Nos lo va a contar?
—¿Qué nos tiene que contar? ¿De qué hablamos? —pregunta otra vez el despistado.
—Don Juan estuvo el otro día en el acto del Lanza —le digo por lo bajo.
—Sí: estuve en la presentación del nuevo Lanza digital.
—O sea, en el entierro del Lanza de papel —apunta el conservador.
—En efecto. Por desgracia, pero acaso inevitablemente, el diario Lanza ha dejado de publicarse en papel. Algunos intervinientes dijeron que, pronto o tarde, les va a pasar a todos los periódicos.
—Mal de muchos…
—Es una enfermedad generalizada —don Juan elude el refrán— de la que ya hemos hablado aquí otras veces. Los periódicos en papel tienen un futuro oscuro y tormentoso, y no serán pocos los que desaparezcan. Para mí es triste, pero eso carece de importancia: a los jóvenes, que se nutren de información digital, les da lo mismo. El Lanza, además, era una anomalía.
—¿Una anomalía?
—Durante años el Lanza ha sido el único y el último periódico convencional cuya propietaria era una institución pública: la Diputación de Ciudad Real. Y de esta anomalía se han derivado varias de las dolencias que lo han llevado a la defunción: ya las analizaremos más adelante.
—¿Está usted en contra de los medios públicos?
—No: los medios privados están en contra de los medios públicos; yo, en cambio, no tengo nada contra ellos siempre que se desempeñen con criterios profesionales. Es decir, que no sean la voz de su amo, ni cuenten con una plantilla de mentalidad funcionarial.
—¿El Lanza ha funcionado así?
—Les he dicho que lo analizaremos más adelante. Lo que sí ha hecho el Lanza es llevar información y darla de lugares adonde los demás no llegaban: no está mal.
—¿Y la edición digital?
—No me gustan los periódicos digitales: la única virtud que tienen es la inmediatez, que, menos en caso de catástrofe, emergencia o acontecimiento extraordinario, no es ninguna necesidad. Y, en general, están hechos a la ligera e irreflexivamente. Ahora bien, si esta es la moda… Confío en que el Lanza digital no sea peor que otros.
—Don Juan, cuéntenos el acto.
—Sin pretensiones. Hubo demasiados discursos, como siempre, y demasiado largos: de la diputada responsable, de la directora, de la alcaldesa de Ciudad Real, del portavoz del gobierno de la Junta y del presidente de la Diputación. Nada del otro jueves, salvo el del portavoz.
—¿Bueno?
—Impertinente, confuso, pedante, tópico, propagandístico, interminable… Que Dios se lo perdone.
—Es usted duro.
—Él no tuvo compasión de los sufridos asistentes, que ya llevábamos un buen rato de pie. Encima, empezó con una de esas frases que Internet atribuye tan pronto a Buda como a Cristo, a Einstein o al papa Francisco. A partir de ella mezcló la universidad —y su magnífico rector— con el cambio climático, lo urgente con lo importante, el gobierno de García Page con las nuevas tecnologías… me pregunté si no se estaría confundiendo de acto.
—¿Quiénes eran los asistentes?
—Las autoridades civiles y militares —o sea, los mismos que asistieron a la gala de La Tribuna—, políticos en activo o amortizados, algunos intelectuales, periodistas… faltó el Partido Popular, mezquino como siempre en esta provincia de ustedes.
—¿Y luego?
—Dieron buen vino, se formaron corros, a algunos se les soltó la lengua… Ya les contaré.
Y nos deja con la miel en los labios.


domingo, 14 de mayo de 2017

'Ida y vuelta'

Don Juan deja en la mesa el último libro de Alfonso González-Calero. Mientras pide el café me atrevo a hojearlo: menos de cien páginas, toda la franciscana sencillez de la Biblioteca Añil, y —eso no lo esperaba— un manojo de poemas.
—Me lo ha hecho llegar el autor —dice don Juan—; bien que se lo agradezco. Yo tampoco sabía que fuera poeta.
—¿Qué le parece?
—Una sorpresa, una lección y un libro excelente.
—Concrete, don Juan.
—La sorpresa mayor es que, a estas alturas de la vida —la suya y la nuestra—, nos hayamos enterado de que Alfonso González-Calero es poeta, y de los buenos. Pero hay otras: por ejemplo, que firme el libro con los dos apellidos.
—Tiene madre Alfonso; todos la tenemos: ¿cuál es la sorpresa? —suelta alguien por lo bajo.
Don Juan se hace el sordo:
—Acaso la presencia del apellido materno —un García como hay tantos— sea el homenaje agradecido, pudoroso, a la persona que le inculcó las aficiones literarias: le preguntaremos.
—¿La lección?
—González-Calero es modesto: no habrá querido dar lecciones; sin embargo, en el libro hay una implícita que sirve para bastantes poetas: la poesía debe ser una actividad paciente y reflexiva. La inspiración ha de ir seguida del trabajo; el trabajo no siempre producirá de inmediato los frutos deseados: será preciso esperar, tachar, reescribir y, numerosas veces, desistir, o sea, romper lo escrito y tirarlo a la papelera. El buen poeta es buen lector de poesía; por lo tanto, leerá sus poemas como lee los ajenos; pero, si en la lectura de los demás le está permitida la indulgencia, en la lectura de lo propio no cabe ninguna. El poeta es —ojalá— antólogo de sí mismo: selecciona, desecha y nos muestra únicamente lo mejor. Así, González-Calero, que ya disfruta de la jubilación, publica ahora la cosecha escasa y sustanciosa de treinta años de labor poética: apenas sesenta poemas. 
—Hombre, don Juan, ¿hace falta llegar a viejo para publicar poesía?
—No: hace falta ser autocrítico.
—¿Por qué es un buen libro?
—Quedándonos en las meramente técnicas, por muchas razones. Una es consecuencia de la autocrítica: contiene poemas mejores y peores, pero ninguno malo. Otra: la estructura del libro y la disposición de los poemas está muy bien pensada y responde a criterios que conseguiríamos averiguar a poco que nos pusiéramos a ello, es decir, no se trata de una mera colección ni, como se ha dicho algo a la ligera, de un diario poético aunque casi todos los poemas estén datados. Tres: el sistema de puntuación y de mayúsculas no es caprichoso: tiene que ver con las intenciones expresivas, que cambian a lo largo del libro. Una más: tampoco son decorativos los epígrafes ni obedecen al exhibicionismo lector por más que se detecten muchas lecturas y ecos —de Ángel Crespo o Valente, por ejemplo— conscientes y selectos. Otra: los poemas rehúyen las modas dominantes en la poesía española de cada momento, y no encontramos rastro de los tópicos omnipresentes en la poesía manchega: mérito enorme que le agradezco como lector ahíto —ironiza don Juan—. ¿Quieren más?
—Diga.
—Esta de regalo: hay algún poema político y apenas se nota. En resumen: un libro importante —merecería estudio detenido—, entre los mejores que se han publicado últimamente en estas tierras. Y, desde luego, a partir de ahora cuenten a Alfonso González-Calero García en la nómina de los poetas y sitúenlo en la parte de arriba del escalafón.
—¿No le pone ningún pero?
—Pocos y de poca importancia: me chocan las distintas maneras de fechar, que superponga cursivas y comillas, y la tilde en Espriú...
Hace una pausa:
—El prólogo no está a la altura.
—¡Es de Corredor Matheos!
—Sí, pero pertenece a la especie de prólogos parafrásticos.
—¿Qué es eso?
—Un recurso —plaga, en realidad— muy usado y cómodo para salir del paso: no se estudia el libro ni se explica ni se aclara, tal vez se lea a la ligera; se entresacan algunos versos y se traducen en prosa ampulosamente: cualquier alumno de la ESO espabilado llegaría a lo mismo.
—¿Algo más?
—Una anécdota. Amazon ilustra nuestro libro con la foto de otro Ida y vuelta: el del falangista Antonio José Hernández Navarro, que cuenta sus andanzas en la División Azul. Hernández Navarro —algún viejo se acordará— fue de los pocos procuradores en Cortes que votó contra la Ley para la Reforma Política. Del tal libro hay edición reciente —en Actas: dónde mejor— a cargo de Carlos Caballero Jurado, comprovinciano de ustedes bien conocido en determinado círculo. No sé yo si es buena compañía.


(Alfonso González-Calero García. Ida y vuelta (Poemas 1985-2015). Almud, Ediciones de Castilla-La Mancha. Toledo. 2017. Quince euros)