domingo, 17 de febrero de 2019

Fervor patriótico y literatura

El rojo, que ha estado unas semanas ausente por achaques de salud, vuelve hoy fortísimo; se agarra a la tulipa del Macallan y deja una sentencia encima de la mesa:
—Alguien dijo que lo único malo de ser aficionado al fútbol es compartir afición con demasiados mastuerzos sin complejos.
—También hay gente fina aficionada al fútbol: intelectuales que hablan de él como si fueran nietos de quien lo inventó.
—Los menos.
—¿Y tú?
—A mí el fútbol me apasiona igual que la petanca: nada.
—¿Entonces?
—Me refiero a la patria.
Por el corro sobrevuela el desconcierto. El rojo precisa:
—Ser patriota español en estos momentos se hace cuesta arriba: comparte uno sentimiento con bizarros mentecatos sin complejos que, vociferantes y envueltos en la bandera, se creen en la cancha.
—O en el campo de batalla —añade el escéptico.
—No son tantos: cuarenta y cinco mil, poco más o menos, los que estuvieron en Colón.
El conservador reacciona:
—Ni todos mentecatos ni mastuerzos ni vociferantes. ¿Leísteis ayer a Savater?
El rojo adelanta un peón:
—Y a Muñoz Molina.
—No es lo mismo, convendrás conmigo.
Don Juan, consciente de que la patria es terreno pantanoso, duda si meterse en harina. Lo hace cauto:
—No es lo mismo, claro. Pero ambos artículos podrían leerse sin necesidad de enfrentarlos: quizá se complementen.
—Hágalo.
—Savater es un intelectual de primera, un escritor brillantísimo y, sobre todo, un polemista temible. Yo leo y leeré a Savater en cualquier parte, envuelto en la bandera o disfrazado de picador; ahora bien: no lo querría ni para presidir la comunidad de vecinos.
—¿Por qué?
—Porque la verdadera literatura ilumina el mundo de una manera inédita y sugestiva, pero no capacita para manejarlo convenientemente: Platón demostró gran sensatez al expulsar de su república a los poetas.
—¿Qué dice el artículo?
—Lanza, como quien no hace nada, dos pullas venenosas contra colegas del periódico Vicent y del Molino; recuerda con toda justicia y oportunidad los tiempos heroicos —verdaderamente heroicos— en que unas docenas de vascos se manifestaban ¡en el País Vasco! contra la crueldad idiota del terrorismo entre la indiferencia o la hostilidad generales; y, sin que nos hayamos dado cuenta, pone en relación aquello con lo de Colón: sutilísimamente nos ha conducido a una ratonera intelectual de la que nos costará trabajo salir.
—¿Cuál es la ratonera?
—No ha necesitado decirlo expresamente, pero mete en el mismo saco a los terroristas de ETA y a los catalanes independentistas, a los que se manifestaban en Colón y a quienes lo hacían en San Sebastián o Andoáin durante los años de plomo; y a los lectores nos pone a la altura de aquellos vascos biempensantes que se daban a la gula para no tener que darse a las virtudes cívicas ni exponerse a quedar señalados: el lector corriente acaba arrepentido de no haber ido a Madrid; yo mismo, de haber estado aquí tomando copas.
—Muy hábil.
—Y deslumbrante. Literatura de altísima calidad en cuyo manejo hay que andarse con cuidado.
—¿Muñoz Molina?
—Literatura también, aunque discreta y despojada de brillo y afán seductor. Se limita a describir, sencilla y certeramente, el contraste entre la multitud enfervorizada —da igual por qué: el fútbol, por ejemplo, también es una patria— y el ciudadano solo y timorato que recela de ella. Un poema de Aleixandre hablaba de esto mismo, pero aportaba notables matices que acaso analicemos otro día.
—¿Y usted qué opina?
Don Juan tal vez dude entre nadar y guardar la ropa; al cabo, se muestra equidistante:
—Literariamente estoy con Savater; en lo personal, con Muñoz Molina. Por lo demás, coincido —mira al rojo— con el amigo: en el amor a la patria convergen individuos de toda calaña; algunos, la verdad, nada recomendables indeseables, los llama Savater con afilado sarcasmo—, y menos en multitud.
—Aquí hemos tenido estos días una erupción patriótica bien interesante: hubiera merecido mayor bombo —malmete el cínico.
—¿Dónde?
—En Calzada. Están muy enfadados con José María Barreda por no sé qué comentario imprudente sobre el capitán de los armaos. El alcalde, indignadísimo, le exige que pida perdón.
—¿De pedirlo, lo absolverían? —pregunta inocentemente el despistado.
—Probablemente, no. Toda ofensa al patriotismo es, casi por definición, imperdonable: los patriotas se nutren de las ofensas del prójimo, sean verdaderas o inventadas. Luego pronto declararán al pobre Barreda persona non grata y, como lo vean algún año en las caras, lo apedrearán.
—La patria exige esos sacrificios.
—Más cuando se aproximan elecciones.
—Basta que uno se arme con las razones de la tribu: las ofensivas y las defensivas.
—Encomendémonos a san Juan de Mairena. ¿No es suyo el deseo aquel de te libre Dios de tarascada de bruto cargado de razón?
—Suyo es. Dios nos libre.
—Amén.

domingo, 10 de febrero de 2019

Libros y relatos

Aunque no todos los concurrentes muestran idéntica afición, en la tertulia —lo saben ustedes— los libros son a menudo el centro de la plática. Esta tarde, don Juan quería hablar de dos: el de García Pavón que ha publicado Almud y la antología de Francisco Caro, pero se ha interpuesto Manual de resistencia —estupendo título—, que publicará enseguida Pedro Sánchez.
—¿Le queda tiempo para escribir a un presidente del Gobierno? —pregunta el ingenuo.
—Debería quedarle para leer más que los papeles oficiales y el Marca —contesta el escéptico.
—Numerosos mandatarios han escrito, y no todos chapuceramente: recuerden a Marco Aurelio —previene don Juan.
—Y a Romanones —retruca el cínico—. Un pérfido dijo que, de haber leído todos los libros que él mismo había escrito, hubiera sido un hombre cultísimo.
El despistado muestra extrañeza:
—¡Escribir supone leer muy despacio, con extrema atención! Las escasas veces que me veo obligado a redactar, pienso, escribo, leo, borro, vuelvo a pensar, vuelvo a escribir… Al acabar, que no es pronto, me lo sé de memoria. Y don Juan nos dijo un día que redactar está a leguas de escribir.
—Pero Romanones disponía de negros.
—¿Esclavos? La esclavitud llevaba tiempo abolida.
—Se llama negro —ilustra don Juan— al que escribe lo que firmará otro. Según parece, Romanones a sus negros les pagaba bien. Ellos por su parte se aplicaban escrupulosamente a la tarea: gastaban el mismo rigor y desparpajo escribiendo biografías, memorias, reflexiones políticas de alta enjundia o lo que se terciara.
—¿Están insinuando que Sánchez no ha escrito el libro que va a publicar?
—Dios nos libre. Estamos diciendo que Sánchez, después del asunto de la tesis, no debería tentar al diablo, que un presidente del Gobierno bastante tiene con dedicarse a gobernar… y que de vuelta a la vida privada le sobrará tiempo para contar sus resistencias, lo cual acaso no resulte superfluo.
—¿Contar o relatar? —pregunta el cínico.
—Da lo mismo.
—A nosotros nos da lo mismo, sí. Pero él quizá estuviera pensando en el manual cuando desenterró cierta palabra que llevaba siglos enterrada.
Veo sonrisas irónicas, gestos de pasmo exagerado. Un sensato vuelve las aguas a su cauce:
—¿Leerá usted el libro, don Juan?
—Habiendo tantos días enteros no perderé el tiempo en medios días.
—Pues entonces pasemos a otra cosa.
—Sensata propuesta.
—Háblenos del libro de García Pavón.
—No hay mucho que decir. Lo mismo ahora que cuando se publicó en la Imprenta del Santo Escapulario —¡que ya es nombre para imprenta!—, se trata de un libro de circunstancias.
—Explíquenos eso.
—En 1951 García Pavón era un joven treintañero que llevaba tiempo tanteando caminos literarios. Escribía frecuentemente en el Lanza; tal vez no hallara el eco o el reconocimiento que creía merecer; padecería, pues, la escocedura que tantos escritores noveles padecen: “Siendo excelente lo que escribo, ¿por qué nadie le hace caso?”; de modo que juntó estos escritos en un libro que pagó de su bolsillo… y tampoco alcanzó demasiado reconocimiento: la brevísima y convencional reseña en el Lanza del 6 de noviembre del mismo año de la publicación.
—¿Merecía más?
—Creo que no. Un discurso anodino en los juegos florales de Daimiel de 1950 —que suponía premios cuantiosísimos para los poetas ganadores: me gustaría saber quiénes fueron—, una conferencia en Tomelloso, un artículo en el Lanza, y la carta abierta a Gregorio Prieto no son gran cosa ni desde el punto de vista literario ni desde el —así lo escribe ampulosamente el autor— filosófico.
—Algo bueno habrá…
—Que no nos acusen de tacaños: la Biología de un pueblo incluye diagnósticos agudos, originales, certeros y sumamente audaces; la Teoría del paisaje manchego destila alto lirismo en no pocos fragmentos… No obstante, lo de estudios manchegos se nos antoja excesivo: con tomelloseros le hubiera bastado.
—Luego no está justificada la reedición…
—El prestigio literario, merecidísimo, de García Pavón apenas gana con ella. Ahora bien, sea por razones literarias, históricas, sentimentales… o para alimentar la nostalgia de quienes peinamos canas, nunca estorba poner a disposición de los lectores de hoy libros que son inencontrables. Yo he disfrutado muchísimo leyendo este librito que —¡una vez más!— nos regla González-Calero, Dios lo bendiga.
—Sin embargo…
—Sin embargo, el texto original debe ser —empleemos la jerga filológica— un texto abundantemente deturpado. Muchas de las deturpaciones han pasado a la reedición de Almud: quizá hubiera convenido corregirlas y alumbrarnos una pizca sobre el libro, porque el prólogo, bueno, de Rivero es de alcance general.
—¿La antología de Caro?
—Otros —González-Calero, Morante, Escobar...— han escrito de él con mejor criterio.
—Pero tendrá usted opinión.
—Claro: que es el mejor regalo que se le puede hacer a un poeta; que me ha gustado mucho, y que se lo recomiendo vivamente.

Francisco Caro. Este nueve de enero. Lastura Ediciones. Ocaña. 2019. Trece euros.

Francisco García Pavón. Estudios manchegos (Tres ensayos y una carta). Almud Ediciones de Castilla-La Mancha. Toledo. 2019. Doce euros.

domingo, 3 de febrero de 2019

¡Viva el vino!

La mañana de san Blas es radiante: invita a pasear despreocupadamente mirando el pueblo como si fuera de estreno bajo la luz tan limpia. Estamos un rato absortos en el quehacer de las cigüeñas, que han vuelto al nido de las Calatravas: lo reparan y agrandan, entre arrumacos y crotoreos, con delicadeza y aplicación fascinantes.
—Las cigüeñas son ejemplo de laboriosidad —pondera alguien.
—Y de amor conyugal —añade otro.
—¿Conyugal? Si se enteran los de Vox te lapidan: por ofensa al matrimonio, que es solo el de hombre con mujer.
Don Juan apacigua:
—Desde la antigüedad remota, probablemente desde el Neolítico, la cigüeña es un símbolo muy potente. Porque las parejas de cigüeñas son fieles y trabajadoras, los romanos —lo cuenta Cirlot— las consagraron a Juno, diosa de la familia y la maternidad: traían a los niños, anunciaban el fin del invierno, la abundancia de la primavera. Por eso, lo mismo que a las golondrinas, las dejaban anidar libremente en cualquier sitio y a nadie se le ocurría hostigarlas; matarlas era tabú.
—Sería antes. Cuando arreglaron la cubierta de San Bartolomé derribaron el nido y se empeñaron en que no lo volvieran a levantar; las pobres cigüeñas anduvieron explorando torres y tejados: en ningún sitio les dieron posada. A las golondrinas pocos les toleran que aniden en sus casas…
—Las sociedades modernas piensan, equivocadamente, que pueden vivir de espaldas a la naturaleza: desconocen los rituales de la agricultura la agricultura misma se ha transformado en industria, han olvidado saberes que durante milenios sostuvieron un cierto tipo de civilización, y la ignorancia e irreverencia que vemos alrededor, más que indignación o vergüenza, producen espanto y lástima.
Al cínico le brilla en los ojos una chispa de ironía:
—Yerra el tiro, don Juan. La hostilidad hacia golondrinas y cigüeñas no deriva de la ignorancia ni de que sean unos huéspedes molestos y sucios: deriva de que son aves migratorias.
Se queda tan ancho, esperando la petición de explicaciones.
—Qué tendrá que ver —objeta un ingenuo.
—En el mejor de los casos, los inmigrantes vienen a incordiar; en el peor, a violar a nuestras hijas, a robarnos, a que les trasplantemos nuestros riñones. Además, igual que las cigüeñas, los que antes aparecían solo durante una temporada ahora se empeñan en quedarse para siempre: comen lo que tiramos a la basura, abundan como moscas, son insolentes, guarros, maleducados… ¿Vamos a darles facilidades?
—Hombre…
—Pues claro que no —remacha el cínico inmisericorde—: que se queden en África.
Llevamos ya un buen rato de paseo. Se acerca la hora de la comida. Alguien propone dejarse de divagaciones e ir a lo práctico:
—¿Tomamos unos vinos?
El cínico persevera:
—De ninguna manera. El vino es pecado: agua clara. O, si hay que revolcarse en la depravación, Fanta de naranja.
La turba se subleva: una cosa es bromear con los inmigrantes y otra, insoportable, hacerlo con las bebidas alcohólicas.
—¡¡¡Te has vuelto loco???
Don Juan viene en su ayuda:
—Quizá nuestro amigo esté pensando en los viajes del presidente Sánchez.
—No veo la relación.
—Estos días hemos asistido a uno de los debates parlamentarios más ridículos y sonrojantes de la historia de la democracia. Por un lado el Partido Popular reprocha al presidente del Gobierno que viaje como presidente del Gobierno. Por otro, el Partido Socialista reprocha al anterior presidente del Gobierno que en el avión presidencial llevara vino y whisky.
—Ya sabe usted, don Juan, que los diputados se distraen con estas cosas: son como niños.
—Pero la polémica, aunque tonta, es significativa.
—¿Por qué?
—Porque retrata muy bien a una cierta derecha y a una cierta izquierda. Hay una derecha arcaica y abundante que cree, por nacimiento, ser propietaria de derechos exclusivos. La patria es suya; a los demás, advenedizos, inmigrantes, parias, se nos soporta siempre que no nos pasemos de la raya. El presidente Rajoy, de las mejores familias de Pontevedra, podía disfrutar legítimamente de todo el lujo que le diera la gana. En cambio, Sánchez, un donnadie, ¿qué se habrá creído?
—¿Y la izquierda?
—La izquierda, en lugar de reivindicar para el presidente del Gobierno la dignidad y el boato que le corresponden por el cargo, incluso de apreciar y resaltar su alto valor simbólico, resucita un puritanismo apolillado, torpe —acaso hipócrita— que contribuye a hacerme cada vez más simpática la figura de Rajoy: alguien que bebe vino y whisky —o, al menos, que los tiene a mano por lo que pueda pasar— es una persona sensata y razonable: lo aceptaríamos con mucho gusto en la tertulia. ¿Verdad?
El asentimiento es general. En el Marqués, mientras suenan remotos los cohetes en honor de san Blas, pedimos unos chatos y brindamos por Rajoy y por el sentido común:
—¡Viva el vino!
—¡Viva!

domingo, 27 de enero de 2019

'El gorrión de Proust'

Mea culpa —repite don Juan en tono de broma que no oculta el disgusto real.
—Se flagela usted por poco —consuela o se burla el cínico.
—No me flagelo. Lamento que este libro haya estado varios meses al otro lado de la plaza y, de no ser por el amigo que me lo ha regalado…
—¿Cuántos libros se publican en España cada año? Decenas de miles. ¿Quién puede aspirar a conocerlos todos? Absolutamente nadie. Entre los que dejamos de conocer quizá se halle alguna obra maestra; paciencia: acabaremos enterándonos, porque ya la descubrirá alguien, acaso algún amigo que nos la  regale —insiste el cínico.
—O no. Pero, aunque así fuera, ahora no se trata de eso. ¿Cuántos libros se publican cada año en Almagro? ¿Media docena? No llegará. Luego el desconocimiento de cualquiera de ellos sí es de lamentar.
—O no, digo yo también. ¿A nuestros años?
—A nuestros años y a todos. Naturalmente, no lamento que este libro me haya pasado inadvertido por ningún prurito de novedad, de estar a la última: eso sí que a nuestra edad carece de importancia. Lo lamento por otras dos razones de mayor peso: porque probablemente lo sucedido nos dé pistas sobre la endeblez de la comunidad lectora almagreña —el libro ni siquiera ha encontrado hueco en la biblioteca pública—, y porque los lectores se están perdiendo una obra original, verdaderamente insólita y de notable interés.
—Va demasiado rápido, don Juan: que no se haya enterado usted del libro no significa que nadie se haya enterado. ¿No estará perdiendo facultades?
Don Juan encaja el golpe con deportividad:
—Lleva usted toda la razón: acaso esté siendo un best-seller. Ojalá. Es improbable, sin embargo.
—¿Por qué?
—Porque, además de lo dicho, hay que contar con la discreción de las autoras y del editor.
—Autores y editores ¿no quieren, ante todo, vender?
—La mayoría, sí. Otros quieren vender, pero no ante todo.
—¿De qué libro hablan? —pregunta alguien cansado de rodeos.
—De este: El gorrión de Proust. Una hermosura.
—¿Quién es el autor?
—Las autoras: Gudrun Ewert y Karim Taylhardat.
—¿Almagreñas?
Don Juan pasa por alto la ironía:
—Karim Taylhardat vive en Almagro desde hace muchos años; tiene una trayectoria literaria abundante y muy apreciable; ha publicado en editoriales de importancia como Huerga & Fierro o Lengua de Trapo; demuestra siempre gran sensibilidad y delicadeza tanto en los temas —el arte, la condición femenina, los animales: un libro delicioso es, por ejemplo, Perritos del halda, en Huerga & Fierro— como en el lenguaje: sutil, exquisito, franciscano, primoroso… y trabajado.
—Pocos la conocen aquí.
—No le hará falta. A su marido tampoco lo conocía nadie, y era un sabio.
—¿Y Gudrun Ewert?
—De Ewert —mea culpa de nuevo: la ignorancia es mucha— yo no había tenido noticia hasta ver este libro: bien que lo siento. Gracias a Google he sabido que es una artista —pintora, dibujante, escultora— alemana afincada en Madrid, en Valdemorillo. De aquí en adelante estaré más atento.
—¿El libro?
—En el libro, brevísimo, Karim Taylhardat pone los textos —verdaderos poemas en prosa— y Gudrun Ewert los dibujos, estupendos.
—¿Una especie de poemas ilustrados?
—No. Ni los dibujos ilustran al texto ni el texto explica los dibujos. Hay más bien una simbiosis de elementos independientes que se complementan armoniosamente, quizá porque ambas han trabajado a la vez, quizá porque compartan la misma sensibilidad, o más probablemente porque la entidad creadora de las dos es grande. El hecho de que texto y dibujo no compartan página, aunque una mínima parte del dibujo se halle siempre presente debajo del texto, como evocación o llamada, subraya —muy acertadamente, a mi juicio— la interconexión y la independencia.
—¿De qué trata?
—De gorriones, es decir, de lo más quebradizo y de lo más resistente; de la vida, la enfermedad, la muerte; de la destrucción y la guerra; y del amor y la naturaleza; de la melancolía y la felicidad… O sea, de las cosas que de verdad importan, las que parecen triviales.
—¿El título?
—A Proust le interesaban mucho los pájaros; de hacer caso al famoso cuestionario que lleva su nombre, el gorrión el que más.
—¿El editor?
—Francisco Romero. Tampoco sabía yo que se dedicara a ello. Algún día hablaremos de Francisco Romero, vox —perdón— clamantis in deserto, que lleva a cabo una labor descomunal de agitación cultural, abnegadamente, incansablemente, ¿solitariamente?
—¿No le pone peros al libro?
—Ninguno. Tiene una o dos erratas, algún descuido ortográfico: nada de importancia, porque la edición en conjunto es impecable, a la altura del libro.
—¿Nos lo recomienda, entonces?
—Con entusiasmo: es una pequeña maravilla que nos habla al oído y nos toca el alma. No andamos sobrados de libros así.
Pues habrá que leerlo.

(Gudrun Ewert y Karim Taylhardat. El gorrión de Proust. Samán Ediciones. Almagro. 2018. Nueve euros)

domingo, 20 de enero de 2019

La rueda de la fortuna

Hemos seguido estos días —con poca diligencia, esa es la verdad— el debate de investidura en Andalucía y la toma de posesión de Juan Manuel Moreno Bonilla. Nos parece Moreno un hombre en la estela de Rajoy, es decir, comedido, funcionarial, poltrón, sencillo —se firma Juanma—, escasamente dado a las estridencias…
—Pues ahí lo tiene usted hecho un don Pelayo.
—Sin comerlo ni beberlo, sin esperarlo; probablemente a su pesar. Estoy seguro de que el pobre hace unas semanas se resignaba a vivir cómodamente otros cuatro años en la dorada medianía de jefe de la oposición… que el puesto no tendrá glamur, pero carece de riesgos y no es mal cobijo para quien ha hecho de la política su pan.
—La rueda de la fortuna no para de dar vueltas: ahora Moreno arriba, Díaz abajo, y Casado alimentando esperanzas.
—¿Por qué habláis de don Pelayo? —pregunta el despistado.
—Porque Moreno iniciará la reconquista patriótica desde Sevilla: San Telmo es Covadonga.
—Quien monta a caballo es Abascal. Y todavía no está al mando.
—A saber. Por lo pronto ha logrado dos cosas importantísimas: forzar la unión de todas las derechas y marcarles la agenda a ellas y a los demás.
—¿En qué se nota?
—En que todos hablamos de toros, de caza o de Semana Santa… y de inmigración e impuesto de sucesiones. O sea, de tres estupideces sin importancia ninguna y de dos trampantojos con que engatusar a ignorantes. Las estupideces nos llevan a su idea de patria nacionalcatólica de obvia filiación franquista; la inmigración nos sube a la ola xenófoba que recorre el mundo; y el impuesto de sucesiones —estupendo capote, hay que reconocerlo— apunta en apariencia a la familia tradicional, de orden, que madruga y ahorra, pero en la práctica viene a abogar tan solo por los que heredan en grande. ¿Les parece poco? Pide Aznar que el Partido Popular vuelva a ser la casa común —¿casa común para familia común?— del centro-derecha: lo será; ahora bien, amueblada por Abascal.
—¿Y qué hacemos?
—Nosotros nada. No prestarles atención y esperar que pase la tormenta. Razonar es inútil. Como Podemos hace unos años, Vox es ahora moda y religión: ni a los que van a la moda ni a los que abrazan una fe es posible persuadirlos de que las dejen. Menos mal que las modas se pasan y la fe se enfría.
—Para moda que se pasa y fe que se enfría, la de Podemos, sin ir más lejos.
—En efecto: es muy difícil envejecer tan mal y tan pronto.
—¿A qué se debe?
—A diversas causas. Citemos, por ejemplo, el infantilismo: muchos de los cuadros, y aun de los votantes, de la ensalada podemista son gente fina y delicada, a quienes la vida les ha dado todos los caprichos; en cuanto les niega alguno se enfurruñan y se apartan; de ahí que no hayan podido hacer buenas migas con los cuadros y votantes de Izquierda Unida, que vienen de sitio muy diferente. El infantilismo —¿o la puerilidad?— se manifiesta, al menos, de dos maneras, parecidas aunque no idénticas: el milenarismo y el voluntarismo. Milenarismo es creer que el cielo está a la vuelta de la esquina; como no está, la frustración es pronto inevitable. Voluntarismo es creer que basta desear algo para que se produzca inmediatamente; de ahí que hayan descuidado lo prosaico organización, disciplina; mire cómo se inscriben, cómo debaten y cómo votan: como si la política fuese un juego de niños.
—De niños malcriados que, si pierden, rompen la baraja.
—Exactamente.
—Pero los dirigentes son politólogos acreditados.
—¿Recuerda el poema de León Felipe? ¿Ha leído artículos —perdón: papersacadémicos firmados por politólogos?
—Yo no.
—No se ha perdido nada. De todas formas lo que pasa hoy en Podemos nos dice más sobre la condición humana en general que sobre la política en particular.
—Explíquese.
—Podemos era al desembarcar en el Congreso una cuadrilla de posadolescentes simpáticos, descarados y un pelín gamberros. Ha pasado el tiempo, algunos han sentado la cabeza, la pandilla se ha deshecho: llega el momento de ajustar cuentas. Mal asunto y muy feo.
—¿Se notará en Almagro?
—Los de Almagro Sí Puede también se han echado afuera, acaso dando un portazo. De modo que volverán a presentarse como agrupación de electores. Puesto que ya no tienen el viento de popa, les costará completar la candidatura y juntar los avales.
—Si precisan los nuestros…
—Se los daremos encantados: una cosa es no profesarles simpatías y otra privar a alguien del derecho a participar en la vida pública.
—¿Y a Vox?
—Vox no necesita avales.
—¿Presentará candidatura?
—No cabe duda. Y le sobrarán candidatos.
Pienso entre mí que nos esperan meses entretenidos.

domingo, 13 de enero de 2019

El orden establecido

Alguien mienta el orden establecido. El dicho, quizá pasado de moda, cae en la tertulia como bomba de racimo: la conversación se dispersa, se embarulla, se agria, se acalora. Don Juan procura restablecer el orden:
—Acaso desde el franquismo, acaso desde mucho antes, el orden establecido padece entre nosotros mala reputación. Incluso todavía hay quienes, para ponderar los méritos de un individuo, dicen que luchó contra el orden establecido. Obviamente, se trata de una simplificación perezosa cuya pertinencia habría que justificar caso por caso.
—Explíquenos.
—Casi por definición el orden establecido nunca satisface completamente a nadie: está tan cerca que le notamos los rotos y los descosidos, a unos les viene ancho y a otros les aprieta la sisa. Pero el malestar en lo cotidiano no debería conducirnos a pecar de imprudentes: antes de luchar contra el orden establecido con el objetivo de liquidarlo, habría que pensar si es legítimo o ilegítimo, justo o injusto, si sus taras tienen arreglo y, sobre todo, ponerse a considerar bien despacio cómo es el orden que se pretende establecer, el cual inevitablemente se convertiría de inmediato en orden establecido… y ¿vuelta a empezar? A los que peinamos canas la revolución permanente nos seduce poco.
—Qué trabalenguas incomprensible. ¿Adónde quiere ir?
—A la España de hoy. Resulta evidente que la democracia española ofrece claros síntomas de deterioro desde hace varios años. No nos pararemos a analizarlos: algunos se igualan a los que sufren otras democracias de nuestro entorno y otros son genuinamente carpetovetónicos.
—¿Carpetovetónicos?
—No me hagan caso. He leído esta semana una novela de cierto joven almagreño estudiante de periodismo, que lleva la palabra en el título. ¿Quién sabe en nuestros días lo que significa? ¿Estará resucitando? Aún me dura la extrañeza: habrá que dedicarles un rato a la novela —interesante—, al prólogo y al título —deleznables—.
—Recuperemos el hilo, don Juan.
—Como la democracia española renquea no son pocos los que quieren derribarla. Todos ellos se asemejan en dos cosas: en ofrecernos el paraíso y en utilizar técnicas de charlatán de feria para que se lo compremos.
—Identifique a los demoledores.
—Tres básicamente: los populistas de izquierda, los populistas de derecha y los independentistas catalanes. De estos últimos y de sus delirios hemos hablado aquí y tendremos ocasión de hablar más veces. De los primeros también hemos hablado; es un gusto comprobar cómo su furor mengua, cómo se van domesticando y cómo aterrizan veloces en la inocuidad y en la vana palabrería, pero es una enorme decepción ver cómo han frustrado las esperanzas renovadoras que muchos pusieron en ellos y cómo, si traían alguna levadura de cambio razonable, la han echado a perder: culpa solo suya, perjuicio colectivo.
—¿Y los populistas de derecha?
—Han copiado estupendamente las técnicas y métodos de charlatanería que usaron los populistas de izquierda —no hay sino fijarse en las redes—; han cambiado el ilusorio paraíso milenarista del futuro por otro paraíso glorioso —e igualmente ilusorio— ubicado en un tiempo impreciso del pasado, y han apelado muy eficazmente al antielitismo zafio que perdura en un número considerable de españoles: parece que les va dando buenos réditos.
—Tendrán ideología…
—En lo económico, ultraliberalismo; en lo demás, franquismo hediondo. Los pobres que los voten harán un pan como unas hostias.
—¿Es que los españoles somos bobos? ¿Nos puede engatusar cualquiera?
—Somos del mismo barro que el resto: capaces de agarrarnos a un clavo ardiendo si en el clavo se cifra la redención: todavía pica gente en el timo de la estampita, todavía se venden crecepelos, todavía hay quien confía en los horóscopos, la homeopatía, el reiki o espiritualidades varias… Cuando el anzuelo es suculento, morder el anzuelo es lo más natural.
—Pero el anzuelo no es suculento: es tramposo.
—Qué más da: brilla suculento, aunque sea letal. Mire el asunto de la Semana Santa: ¿alguien piensa que la Semana Santa está en peligro? ¿No se dan cuenta de que hay miles de hosteleros y millones de cofrades entusiastas defendiéndola cómo si les fuera en ello la vida, a saber por qué?
—Algún motivo les han dado los ateos fervientes, que dice usted.
—Efectivamente. Unos y otros se complementan de maravilla.
—¿Peligra la religión?
—Nadie habla de religión, menos aún de fe, ni siquiera de iglesia. Hablan de tradiciones, es decir, de esas cosas que la gente hace al tuntún, porque se han hecho siempre, sin pensar.
—Siempre las mujeres han estado sujetas al varón, siempre se ha educado a los niños con mano firme, siempre se ha fumado en los bares, siempre ha habido pobres y ricos, siempre se ha desconfiado de la inteligencia, siempre se han despreciado las novedades, siempre hemos sido cerriles…
—Eso es: la España eterna.
Pienso entre mí que prefiero el orden establecido.

(David Fermín Aparicio Díaz. El carpetovetónico cavilador Pascual Ungría. Círculo Rojo. Diez euros)

domingo, 6 de enero de 2019

'Conciencia del agua'

El día de los Reyes explota el globo de las fiestas navideñas, tan entrañables, mientras avanza hosco el yugo del calendario laboral. Pero los niños todavía no lo saben; ellos se abandonan inconscientes a una exaltación de risas, gritos y carreras que convierten el bar en patio de manicomio; los adultos, en cambio, expiden negras nubes de melancolía o aburrimiento cuya toxicidad se expresa a veces en largos silencios, a veces en ásperas reconvenciones a los nenes, de inutilidad manifiesta. Los amigos, todos sin hijos ya, casi sin nietos, acuerdan rápidamente buscar refugio en sitio más hospitalario. Tenemos éxito. Mientras sirven las copas, alguien pregunta:
—¿Qué les ha pedido a los Reyes, don Juan?
—Lo de siempre: salud, curiosidad y tiempo para satisfacerla. Que venga para ustedes lo mismo.
—¿Y qué le han traído?
—Este libro.
Lo busca parsimoniosamente en el bolsillo del abrigo, lo saca, lo deja encima de la mesa: Conciencia del agua, de Jesús Miguel Horcajada.
—¿Ya lo ha leído?
—Un par de veces, pero lo leeré otras cuantas.
—¿Por qué?
—Porque es un libro denso, complejo, rico, oscuro y no fácil.
—Está usted espantando lectores…
—Creo que no: más bien incitándolos. Los lectores de poesía huyen de lo trivial como de la peste.
—Serán algunos.
—Los que merecen el nombre. La poesía es reto, misterio, campo de minas, selva que desbrozar —lo recordaba el otro día un buen amigo y gran poeta— para encontrar enigmas…
—Empiece usted a desbrozarnos esta.
—Es imposible. Cada lector halla en la poesía lo que puede hallar: un buen poema tiene para cada lector —y aun para cada momento de lectura— un mensaje exclusivo, nada obvio y siempre nuevo.
—Bien, pero facilítenos la entrada a la selva, que luego saldremos como mejor sepamos.
—Horcajada es poeta generoso. Desde hace años deja ver en el Facebook o en los blogs cómo avanza en los afanes poéticos, de modo que bastantes poemas del libro los conocíamos; conocíamos también el clima en el que se han ido forjando e, incluso, las peripecias vitales que les han dado ocasión. De modo que al lector atento no lo pillan desprevenido.
—No todos estamos en esas cosas, don Juan.
—Porque no quieran. Aun así, si se acercan a libro, si lo comparan con los anteriores, notarán enseguida dos cosas: que Horcajada ha dejado de ser un poeta joven —signifique eso lo que signifique— y que se ha convertido, muy probablemente, en el artista de mayor nivel que ha dado Almagro en los últimos cuarenta o cincuenta años. En lo segundo no me detendré, porque es terreno resbaladizo, salvo para decir que le ha llegado la hora de hacerse un hueco más allá de la poesía en Ciudad Real y provincia. En lo primero, sí: Horcajada es un poeta maduro que ha encontrado su propia vena —en la segunda acepción del DLE— y tiene recursos sobrados para explotarla provechosamente.
—¿La vena es rica?
—Y frecuentada: el amor, los arrebatos y aprensiones que origina; el malestar del mundo y sus perplejidades; la cautelosa desconfianza con que el poeta se ausculta a sí mismo y los asombros, los temores, las oscuridades que encuentra; la luz orientadora que irradian otros libros…
—¿Entonces, dónde está la novedad?
—Donde la han encontrado siempre los buenos poetas: en la mirada y en la voz. O sea: Horcajada, en la mina de todos, ha dado con una forma exclusiva e inconfundible de tratar el material, hecha de segura inseguridad, de frágil dureza, de sabia ignorancia, y de la resuelta voluntad de perseverar en la poesía pase lo que pase. Y, naturalmente, en la tarea se sirve de herramienta propia: una voz original, aunque nutrida certeramente de otros muchos poetas, de otras muchas poetas, más bien.
—Descríbanosla.
—La voz de Horcajada se mueve entre el balbuceo y la afirmación rotunda, entre la timidez frente lo incomprensible o lo horrendo del mundo y la resuelta seguridad que le dan, de cuando en cuando, algunos tenues rayos de luz: el amor, la familia... Una voz profética —en el sentido bíblico del término—, muy adecuada para un poeta que —como todos los verdaderos— no ha elegido serlo, sino que ha llegado a la poesía arrastrado por una fuerza superior e implacable. Esa es precisamente la conciencia del agua.
—¿Qué quiere decir?
—Que en el libro el agua toma conciencia de su poder salvífico y de su capacidad para abrirse paso, entre oscuridades y turbulencias o entre pantanos pestilentes, hacia algún lugar desconocido, pero imprescindible y sagrado.
—Será verdad.
—Lo es. Compren el libro y lo comprobarán.
Yo me quedo con la copla: he aquí el primer regalo del año.

(Jesús Miguel Horcajada. Conciencia del agua. Lastura. Ocaña. 2018. Diez euros)