domingo, 19 de agosto de 2018

París y Praga

Vive don Juan encerrado en Navaltizón estos días de mediados de agosto en que muchos retozan practicando el turismo activo, una moda, y otros gastan las horas tumbados panza arriba en las playas, moda igualmente, más antigua y duradera. Aunque ni lo uno ni lo otro le entusiasma en exceso, no será él quien critique los esparcimientos del prójimo: allá cada cual con sus caprichos. Don Juan los tiene, y recios: en Navaltizón pasa la mayor parte del tiempo solo, sin hablar con nadie, entretenido con las caminatas por el campo al amanecer y las lecturas el resto del día.
Lo llamé esta mañana para preguntarle por la salud. Me dice que la salud bien, gracias a Dios, y que la vida, gracias a Dios también, sin mayores sobresaltos.
—Mucho mienta usted a Dios, don Juan. ¿Se va a convertir?
—Ni Dios lo quiera. Es una manera de hablar aprendida en la infancia que no hace mal a nadie.
—Pues los progresistas no opinan lo mismo.
—Ellos sabrán. Mientras no manden y lo prohíban —que lo prohibirían— hablaré como me plazca.
—Dicen que es retrógrado expresarse así; que perpetuará estereotipos, supersticiones, incluso formas de opresión tradicionales más o menos violentas.
—Exageran. Una lengua, por supuesto, revela la cultura del conjunto de los hablantes e impregna de ella a los que empiezan a hablarla; la cultura cambia con el tiempo y cambia la lengua; en el proceso de cambio van quedando orilladas palabras o expresiones cuyo significado se deslíe: sobreviven como muletillas o frases hechas que quizá para los estudiosos signifiquen algo, pero que para el hablante no son sino rutinas. Darles más valor tiene poco sentido y tratar de erradicarlas es un esfuerzo innecesario —que acaso distraiga de otros más importantes—, puesto que acabarán desapareciendo solas. Estas que yo uso, a no tardar: en cuanto nos muramos los viejos.
—Se podrán acelerar los procesos...
—Naturalmente. Un procedimiento eficacísimo y veloz de acelerarlos es eliminar a quienes se empeñan en hablar como antes. Se ha hecho a menudo; sorprendentemente, a veces falla.
—¿Cómo que falla? Muerto el perro se acabará la rabia.
—No siempre. Fíjese en la Unión Soviética, por ejemplo: setenta años de ateísmo oficial, concienzudo y feroz, y mire dónde han venido a parar: a que Putin acuda a las procesiones como acudía Franco y a que la iglesia haya vuelto a ser poderosísima. De haber sido menos fanáticos, tal vez Rusia estaría mejor, y el presidente no se solazaría en bodorrios ultraderechistas.
—¿Se habrían orientado hacia Occidente?
—En Occidente hay de todo; no conviene simplificar ni olvidar que algunos se orientan hoy hacia Oriente. Ahora bien, piense en dos acontecimiento que sucedieron hace cincuenta años: el Mayo francés —y sus alrededores— y la Primavera de Praga. El primero, un magma inconsistente, nacido de manera más o menos espontánea. Los protagonistas, universitarios y otras gentes perfectamente instaladas en la sociedad. Las aspiraciones, vagas, expresadas retórica y muy empalagosamente. Cuando De Gaulle se hartó de monsergas, volvieron las aguas a su cauce y los estudiantes a las aulas como corderillos. Parecía que no hubiera ocurrido nada. Pero ocurrió: los grandes cambios sociales que hemos vivido los que estamos a punto de morir —y que parecen irreversibles— vienen de allí.
—De acuerdo. Sin embargo, la Primavera de Praga no fracasó: la agostaron los tanques del Pacto de Varsovia.
—Por estas fechas fue. Me acuerdo perfectamente. Y claro que fracasó: dos fracasos tremendos que provocaron enormes e inútiles sufrimientos.
—¿Qué dos fracasos?
—Por un lado, Dubcek y compañía, unos ilusos que pretendieron lo imposible: democratizar el comunismo y, de paso, olvidar la geopolítica. Aunque ni ocho meses les duró el sueño, podemos perdonárselo, porque el idealismo enternece. Enfrente, la hirsuta rigidez del hosco Brezhnev y sus monaguillos del Pacto de Varsovia: aplastaron las ansias de libertad checoslovacas como se aplasta un mosquito que nos incomoda: en unos días volvieron las aguas a su cauce y los checoslovacos a la jaula. Parecía que no hubiera ocurrido nada. Y nada ocurrió, efectivamente.
—Hombre, sí ocurrió: el comunismo desapareció veinte años después.
—La Primavera de Praga estaba olvidada para entonces: el comunismo colapsó por sus propias contradicciones internas. No hay en la historia humana fracaso mayor ni que haya hecho penar a más gente. Y las democracias de Chequia y Eslovaquia en poco se parecen a la que se imaginó en el 68.
—¿Qué quiere decir?
—Que la coacción a la larga no vale para nada, y que, en política, los ilusos tampoco.
Me gustaría hacerle alguna objeción; se queda para cuando nos veamos.

domingo, 12 de agosto de 2018

AIFF

—¿Acudió usted a la inauguración del Eiaidabelef? —al conservador le dura un ratillo entre los labios la sonrisa maliciosa.
Don Juan contesta sin inmutarse:
—Por supuesto.
—¿Qué trabalenguas es ese? —me pregunta el despistado por lo bajo.
—No lo sé —respondo mirando a don Juan.
Don Juan es misericordioso:
—El AIFF: Almagro International Film Festival. Nuestro amigo, políglota, ha deletreado las siglas en inglés.
—Ah.
El conservador se hace el sueco:
—¿También lo invitan a estas novedades?
—No. Pero fue en la plaza, estaba en la terraza del Marqués bebiendo vino: no me perdí detalle.
—¿Le gustó la inauguración?
—Bastante.
—¿El nombre también le gusta?
—Probablemente el nombre incluirá una parte de esnobismo; y otra, más grande, de necesidad.
—¿Qué quiere decir?
—No es menester profundizar: siempre que gentes de lenguas distintas han estado en contacto, una de ellas —u otra inventada o elegida exprofeso— se ha convertido en lengua franca. Piense en el papel del acadio en tiempos de Ramsés II, del arameo cuando Darío, del griego, del latín hasta ayer mismo, del francés, del suajili en África Oriental… Ahora la lengua de la ciencia, del arte, de los deportes, de la diplomacia, de la comunicación universal es el inglés; en el equipo del Festival hay gentes de varios países de Europa, aspiran a que sea verdaderamente internacional, luego…
—Pues a ciertos almagreños no les hace gracia.
—A ciertos almagreños que, como usted, practican running, conducen un SUV, respetan el STOP, braman en la Champons, se echan aftershave, viven pegados al smarphone, beben gintónic… Acaso haya una pizca de chovinismo —no me lo tome a mal— xenófobo en muchos de los que se soliviantan por tales minucias.
El conservador recula.
—Cuéntenos la inauguración —digo para salir del paso.
—Escasamente original en la forma y con mínimos defectos, pero muy interesante.
—Vamos a los defectos.
—Empezó casi media hora después de lo anunciado; duró más de dos; la megafonía titubeaba, de modo que las proyecciones se oían bien, los discursos no… y hubo desfile de modelos.
—¿Desfile de modelos? ¿Eso es malo?
—Cuando las modelos desfilan para lucir modelos, no; cuando desfilan para lucir palmito exclusivamente, sí: a ratos tenía la sensación de asistir a un mercado de esclavos o a una feria de ganado. Y no es que a mí, viejo y todo, me disguste ver chicas guapas: es que no venía a cuento. Además, se hizo eterno.
—¿Por qué cree que lo incluyeron?
—Ellos sabrán. Quizá por la cosa del glamur.
—¿Qué más hubo?
—Discursos: una proliferación de discursos.
—¿De quiénes?
—Del acalde; del vicepresidente de la Diputación; de la delegada de la Junta; de una directora general de no sé qué; de Marco Montana, padre de la criatura; de Heinz Hermanns, director del Interfilm Berlín y pieza básica del AIFF; de cada uno de los responsables de los cortos…
—¿Buenos?
—Los cortos, muy buenos: agudos, irónicos, sensibles, modernos, bien rodados, bien interpretados.
—¿Los discursos?
—No los oí: la penosa megafonía y los vecinos de mesa, que hablaban de Curtois, me lo impidieron.
—También la sordera, don Juan.
—Quizá. Sin embargo, quien piense actos así para la plaza debería considerar que es muy grande y que hay gente a la que les interesarán y otra que no pondrá la más mínima atención; por lo tanto, adecuar la megafonía es esencial. En la clausura del Festival de Teatro pasó lo mismo: la mayoría de la concurrencia se quedó en ayunas.
—¿El público?
—Lo hubo, y aplaudió con ganas.
—¿Tiene futuro el AIFF?
—Confío en que sí: saben que me emocionan las iniciativas culturales privadas, sobre todo las ambiciosas. Aquí hay un grupo de gente muy joven que ha puesto entusiasmo, conocimientos y dinero; las instituciones y numerosas empresas privadas han colaborado; las fechas son buenas; en Almagro el cine ha carecido de relevancia mucho tiempo; la selección de obras es amplia y de calidad; las actividades alrededor, variadas e interesantes; se les da cabida a los niños; la gente está respondiendo… Creo que el Almagro Internéisional Film Féstival —lo dice con retintín, los ojos en el conservador— merece consolidarse. Ojalá. Ahora bien, tendrán que acomodar detalles.
—Tiempo habrá. ¿Qué más?
—Los planetas. Con las luces apagadas el cielo sin luna de la plaza estaba hermosísimo. Durante la función vimos salir a Marte por encima del callejón del Toril, a Saturno sobre el Corral de Comedias, y Júpiter se puso tras la pantalla mientras los protagonistas del corto de Bonelli —excelente— se debatían entre besarse o no besarse. ¿Presagio?



domingo, 5 de agosto de 2018

'El cuaderno iluminado'

Primer sábado de agosto, conque don Juan nos invita a comer en Navaltizón. La casa en penumbra es un búnker donde resistimos hasta el atardecer las iras del infierno. Comemos, bebemos, hablamos, tomamos café y copas en la biblioteca… En la mesa de trabajo, junto al ordenador, me tienta un libro de Almud.
—Extraordinario. Y el adjetivo sirve de descripción y elogio —dice don Juan antes de que alargue la mano.
—Cuente.
—Saben ustedes que, en general, la poesía de por aquí es más bien alicorta. Este libro, en cambio, es audaz, vuela alto: supone, pues, un acontecimiento casi milagroso y, desde luego, inesperado. Pero también es un libro de notable calidad que merecería saltar las bardas del corral de su provincia.
—¿Por qué?
—Porque es culto y exquisito.
—¿Elitista?
—Naturalmente: dirigido a la inmensa minoría de lectores que esperan de la poesía algo más que prosa anodina dispuesta en renglones cortos. Y en unos tiempos en que los poemarios apenas se distinguen de los libros de autoayuda y en que la poesastra por excelencia presume de tristeza —una tristeza light, de mentirijillas, para qué engañarnos— dar con un libro tan logrado y jubiloso regocija el alma y la llena de optimismo: hay esperanza.
—¿A qué se refiere?
—A la poesía. Desde hace demasiado tiempo, la poesía española es mayoritariamente —quienes se salen de la corriente mayoritaria son anomalías heroicas— rastrera, pobre y satisfecha de sí misma; de los parapoetas jóvenes para qué hablar; urge una renovación que, obviamente, ha de venir sobre todo por el lado de la lengua: la poesía es, antes que nada, un lenguaje desacostumbrado, de estreno, que se distingue del lenguaje cotidiano en el léxico, en la sintaxis y en los procedimientos expresivos, y se inscribe en una tradición que ya ha dado frutos magníficos —por lo que toca a nuestro libro, Góngora, García Baena o Martínez Mesanza, entre otros—. Cualquier poeta digno del nombre —aparte de los talentos que Dios le haya dado y del afán que haya puesto en cultivarlos— debe saber que manejará materiales delicados y peligrosos: las palabras; ha de tratarlas con respeto, seriedad y conciencia del riesgo.
—Pero, si se pone el acento solo en el lenguaje, acaso caigamos en una poesía sonajero, ampulosa, hueca y ajena a los intereses y necesidades de las personas comunes.
—No sé qué entenderá usted por intereses y necesidades de las personas comunes, aunque supongo que estará hablando de lo que inquieta y colma a todos los seres humanos, comunes o no: el amor, el paso del tiempo, la felicidad o la desgracia, el asombro y el desasosiego ante el espectáculo del mundo, el afán de belleza, la comprensión de uno mismo, la muerte…. Si es así, y olvidando por ahora que el poeta hace al lector, es evidente que cabe acercarse a tales intereses y necesidades con veneración y cautela o al tuntún y chabacanamente; es decir, si el poeta es consciente de su oficio, usará un lenguaje a la altura; si no, se expresará como quien compra boquerones.
—Carretero pertenecerá al primer grupo…
—Naturalmente. Carretero ofrece en El cuaderno iluminado —al que le faltan las iluminaciones, tal vez porque fuera costoso publicarlas, pero nos las va dando semanalmente en Facebook— veintisiete hermosísimos sonetos formados casi siempre por endecasílabos blancos. Los sonetos describen paisajes, mitos, objetos artísticos, faenas, poetas y poemas, recuerdos; cada uno viene situado en el tiempo —estación del año y momento del día— y, a menudo, en el espacio, sea de manera precisa —Zanzíbar, Bordighera, Pontevedra, Heraclión— o por algún elemento que muy frecuentemente tiene que ver con el agua. Usa un léxico rico y lujoso —pero no insólito—, una sintaxis ortodoxa, y recursos expresivos diversos, entre los que descuellan las aliteraciones: brillantísimas. Todo el libro exhala refinamiento, nunca pedantería.
—Dice usted que describe mitos: ¿no los narra?
—No; y es uno de los grandes aciertos. Los mitos se evocan, no se cuentan, mediante ciertos detalles del paisaje: el conocimiento del amor entre Dafnis y Cloe por la exuberancia feliz del verano, la muerte de Tiresias por la luna que fosforece en la fuente, el rapto de Hilas por los extraños círculos del agua, la sangre de Acis convertida en río por la luz roja del crepúsculo… Este de Acis es, por cierto, el único poema con rima: asonante en los pares; quizá otro día nos aventuremos a explicar por qué.
—O sea, que le ha gustado el libro.
—Me ha entusiasmado: le debo muchos ratos felices. Y algo tiene que ver en ello la labor de González-Calero: es tipográficamente impecable.
—¿Valdría para Almagro Íntimo?
—No es cosa nuestra. Pregúnteselo a los organizadores.

Fernando José Carretero. El cuaderno iluminado (En la galería de las rosas). Almud, ediciones de Castilla-La Mancha. Toledo. 2018. Doce euros. 

domingo, 29 de julio de 2018

Malentendidos

La noche de la luna de sangre fui con don Juan a ver La dama duende. Al pasar por la plaza, además del eclipse y de la gente que lo miraba desde las terrazas de los bares, me pareció ver a García Page.
—¿No puede venir el presidente al teatro?
—Naturalmente: las veces que quiera; pero ¿por qué no acudió a la inauguración? Se está comportando igual que Cospedal.
—No sea usted puntilloso —suaviza don Juan—: tendría otras obligaciones.
—Eso será.
Don Juan es duro de oído. Algunas veces me ha dicho que en las representaciones deberían poner siempre sobretítulos.
—Mejor ajustados que los de La vida es sueño que padecimos en la Antigua Universidad —apunto.
Don Juan está hoy misericordioso:
—Qué más da: todo el mundo se sabe La vida es sueño.
Ignoro a quién se refiere con todo el mundo. Él sí se sabe las obras, porque a pesar de sus deficiencias auditivas las sigue fluidamente. Por eso me extraña una pregunta casi al principio de la representación:
—¿Qué ha dicho Cosme?
Que el bebedor conoce a su enemigo.
—Ah.
Luego en la plaza, copas ya servidas, le pido que me disipe la extrañeza:
—¿Tanto le importaba lo de Cosme?
—Algo. Cosme es un gracioso muy interesante y bien trazado. La métrica de la escena —silva de pareados— también lo es. Así que me chocó que el adaptador cambiara el verso de Calderón —que es traidor quien da paso a su enemigo— por otro de su cosecha.
—Tendrá que ganarse el sueldo.
—Creo que el endecasílabo de Álvaro Tato supera al de Calderón.
—¿Qué hacen los adaptadores, don Juan?
—Un cínico diría que generar derechos de autor en obras de dominio público: dar de comer a los hijos. En realidad, un buen adaptador sirve al director y al público: al primero le facilita un texto que se acomode a sus propósitos; al segundo se lo hace más comprensible.
—O sea, se lo traduce. Tanto criticar a Trapiello y con estos nadie se mete.
—Claro que se meten. Y los hay buenos y malos: Tato es de los buenos.
—Sin embargo, con adaptadores o sin ellos, mucha gente no entiende los textos.
—Cualquier espectador algo entrenado los entiende.
—Pues el otro día, cuando se conmemoraron los trescientos noventa años del Corral, una joven preguntó si los espectadores del XVII entendían las obras.
—¿Y?
—No sea ingenuo, don Juan. La pregunta era confesión y perplejidad: Si yo, que he nacido en esta maravilla del siglo XXI, no entiendo la jerigonza del teatro clásico, ¿cómo iban a entenderla aquellos patanes de hace cuatro siglos?
—Le faltará entrenamiento. Si persevera acostumbrará el oído y entenderá.
Cambio de tema:
—¿Le gustó el acto conmemorativo del Corral?
—Las cosas que organiza el Ateneo suelen ser largas y prolijas, de modo que con demasiada frecuencia se escoran hacia el aburrimiento. De las siete u ocho peroratas que hubo solo dos merecieran la pena.
—¿Cuáles?
—Las de García de León y Diego Peris.
—¿Por qué?
—García de León nos dejó un buen recorrido por la historia del Corral y de Almagro, aunque luego se metiera innecesariamente en un berenjenal de tópicos y ligerezas al resbalarse por el castellano antiguo y lo bien que hablan el español en Iberoamérica: nadie la había llamado para eso. Y Diego Peris, arquitecto que mide y lee las construcciones, se ciñó al Corral en cuanto edificio con una exacta precisión muy de agradecer en aquel pantano de logorrea ampulosa.
—¿Enrique Herrera?
—No me entusiasmó, pero su sermón fue muy instructivo.
—¿En qué quedamos?
—Ya hemos dicho alguna vez que Herrera sería un telepredicador formidable: se exalta y exalta al auditorio con maestría. Ahora bien, el sermón del miércoles resultó un ejemplo excelente de los errores de perspectiva que en ocasiones cometen los superespecialistas.
—Explíquese.
—En el texto que documenta la construcción del Corral aparece la palabra adorno. Quizá por no entenderla, Herrera nos dio una lección —magnífica, pero extemporánea— sobre la arquitectura artística de Almagro a comienzos del XVII. O sea, se trataba de peras y él nos habló de manzanas.
—Adorno es palabra corriente.
—Que, como todas, puede utilizarse dentro de una figura literaria. En el documento que digo, adorno —aparte de integrarse en una fórmula retórica bien sobada— constituye una metonimia: será el mero hecho de tener un corral —y, en consecuencia, poder ofrecer representaciones como Dios manda— lo que adorne a Almagro. Es decir, el Corral no pertenece a la arquitectura exhibicionista de los poderosos —iglesias, palacios, conventos—, sino a la funcional y utilitaria del pueblo llano. El único que cayó en la cuenta fue Diego Peris.

domingo, 22 de julio de 2018

Curas casados

Cuando llego a la plaza don Juan está hojeando el periódico de ayer. Me ve; lo cierra; sin saludar ni nada, señala la columna de la última página:
Curas: eso es lo que nos sobra.
—¿Que sobran curas? Ande, don Juan, ¡si quedan cuatro…!
—Contando únicamente los que han recibido el sacramento del orden, sí: quedan pocos; incluso en ciertos países —el nuestro, por ejemplo— casi habría que protegerlos como especie en peligro de extinción.
—¿Entonces?
Contesta con otra pregunta:
—¿Sabe usted lo que es un cura?
Titubeo:
—Hombre…
Don Juan se responde solo:
—Dejando aparte lo que digan el derecho canónico o el catecismo, en realidad un cura es alguien que lo sabe todo, que no duda nunca, que guarda en la mochila las recetas para la felicidad presente o futura del prójimo. Precisamente porque se sabe en posesión de la verdad, se cree en la obligación de decirles a los demás lo que deben creer, lo que deben pensar, cómo deben obrar… ¡Ay de ellos si no le hacen caso! Si no le hacen caso, serán declarados réprobos y expulsados a las tinieblas exteriores.
—Tampoco hay tantos de esos, don Juan: a la mayoría de la gente las ideas, creencias o comportamientos ajenos le traen sin cuidado.
—Quizá. Sin embargo, por desgracia abundan también los que tienen vocación sacerdotal.
—Dígame alguno.
—Le diré dos que nos pillan cerca.
—Adelante.
Desdobla el periódico de hoy; me enseña el titular de la elección de Casado:
Aquí tiene uno. Quiere obstaculizar los abortos, olvidar la memoria histórica, impedir la eutanasia, engordar la enseñanza concertada en perjuicio de la pública, prohibir el independentismo…
—Eso es ideología, don Juan: nada más. Casado percibe acertadamente que Rajoy y Sáenz de Santamaría se ha comportado como meros burócratas y que los militantes del PP están deseando el rearme ideológico para contrarrestar a Ciudadanos.
Rearme: dice usted bien. Si alguien se rearma será por dos razones: o porque quiere guerra o porque tiene pensado imponer sus ideas a mamporros. Casado, como el abuelito Aznar, junta ambas.
—¿Es malo tener ideología?
—De ninguna manera: es malo querer imponerla a la fuerza. En las democracias liberales —es decir, en las únicas que merecen el nombre— existen consensos básicos en lo que se refiere al ámbito público; en cambio, en el ámbito privado nadie debe entrometerse.
—¿Qué quiere decir?
—Que en las democracias los derechos no se restringen, se amplían. ¿Casado y sus secuaces están en contra del aborto? Que no aborten. ¿Quiere morir decrépito y en un ay? Él verá… Ahora bien: ¿qué le importa lo que hagamos los demás! Si le importa es porque tiene vocación sacerdotal, desde luego.
—Pero lo de la memoria histórica o la enseñanza concertada sí son cuestiones ideológicas.
—Claro. Y lo retratan perfectamente: orgulloso de sus orígenes franquistas y partidario de las desigualdades sociales. O sea, alguien del que cualquier persona sensata debería huir como del diablo.
—Está usted dando recetas, don Juan.
—No: por eso he usado el condicional. Aunque me gustaría que las cosas fueran de otra manera, es evidente que en España quedan muchos franquistas, como en Italia quedan fascistas, en Alemania —y en Austria, más nazis, en Rusia bolcheviques… Y en todo el mundo hay numerosísimos partidarios de las desigualdades. Ahora bien, que disimulen por lo menos: es lo que hacen los más inteligentes.
—Lo que hacían: ahora se están quitando la careta.
Don Juan asiente:
—Lleva usted razón. Acaso por viejo peco de optimismo. Rajoy o Santamaría disimulaban; Casado se ha quitado la careta.
—¿A qué se debe?
—Lo ignoro. Ahora bien, de vez en cuando fantaseo con una conjetura que me intranquiliza no poco.
—Cuéntemela.
—A lo largo de la historia se han sucedido etapas más racionales y otras menos. La conjetura es que hemos empezado a caminar por una de esas etapas oscuras en que la razón se arrumba y gana terreno la fe.
—Vacas gordas para los curas.
—Efectivamente. Y de todos los pelajes.
—¿Pelajes?
—Ayer tarde estuve en el Silo viendo una representación del Almagro Off. El escenario estaba plagado de curas. Modernos y biempensantes, pero curas. Por eso nos echaron un sermón genuino; o sea, nos consideraron bobos y pecadores. Como nos consideraban bobos, nos administraron la doctrina muy bien triturada; como nos consideraban pecadores, nos proporcionaron las herramientas infalibles para evitar el pecado. Hasta nos dieron una piedra…
—¿Para qué?
Qui sine peccato est
—¿Qué hizo con ella?
La saca del bolsillo de la chaqueta:
—Aquí está, pero se me pasaron ganas de tirársela.

domingo, 15 de julio de 2018

Almagro Íntimo

Don Juan mira al cielo. El cielo es un rectángulo azul enmarcado de sombra. Nos separa de él una malla menuda, pero bien visible, que lo cuadricula. Observo a don Juan: creo ver en sus ojos una ligera mancha de melancolía o tedio. Quizá sienta que la red es frontera erizada de concertinas: deja pasar, libres y ágiles, la mirada y la imaginación; les permite volver cargadas de fantasías aéreas; y, sin embargo, nos tiene aquí sujetos a la silla en el fondo del pozo. Del contraste entre la imaginación que vuela y la silla que ata nace la melancolía; de saber que la condena durará largo rato nace el aburrimiento.
—¿Qué mira, don Juan?
—Los vencejos.
Yo no había reparado. Al otro lado de la malla, vencejos infinitos vienen de la sombra, vuelven a la sombra: son raudas, incansables agujas que tejen con el vuelo otra red, más delicada, de atrapar sueños; o acaso lápices que escriben en la página azul un poema refinado y hermético.
—Cazan mosquitos. Si hubiera silencio los oiríamos trisar.
Don Juan es perito en ducha escocesa: abate la elevación lírica con el manguerazo de la entomofagia, pero enseguida la recompone con el soplo infrecuente del verbo trisar.
—¿Qué es trisar?
—Lo que hacen las golondrinas y otras aves parecidas: chillar.
—Ya. Los vencejos, las golondrinas, los aviones trisan; las cigüeñas crotoran; los elefantes barritan; la gallina cacarea y la vaca muge; el público bosteza…
—No generalice: bostezará usted.
De vez en cuando las palomas garabatean un renglón prosaico y torpe que enmienda la sutileza de los vencejos.
—Y los que se salen, don Juan.
—Tendrán cosas que hacer.
—¿No se aburre usted?
—No me aburro nunca.
Una pareja de cernícalos primilla se cierne sobre nosotros, descifra el poema escrito en el cielo, abandona en lo alto un temblor de amenaza, tal vez una esperanza de salvación.
—¿Por qué mira tanto al cielo entonces?
Siempre la claridad viene del cielo; es un don: no se halla entre las cosas. Habría que ser un estúpido desagradecido o un niño malcriado para despreciar el don que el cielo ofrece esta tarde: la claridad limpia en donde los vencejos escriben un poema que no entendemos, pero en donde se encierran —no cabe dudarlo— el máximo conocimiento y la máxima dicha.
—Don Juan…
Beatus qui legit, escribió Dios.
—Hemos venido a oír, no a leer.
—Si lo que oímos es bello y verdadero nos ayuda a entender lo que estamos leyendo; si lo que oímos es palabrería huera mejor es concentrarse en la lectura.
Me esfuerzo en ser irónico:
—Dios en el Apocalipsis se explicaba mejor.
Una luz agria, tosca e industrial va inundando el patio del museo. Ante ella el cielo se apaga dulcemente como se cierra un libro al que hemos de volver; poco antes de apagarse nos concede el último regalo.
—¿Qué regalo?
—¿Ha oído usted el soneto de Nicolás del Hierro que ha leído el espontáneo? Mucho mejor que casi todo lo demás.
Es cierto: les sobraba un poema y lo han ofrecido al público. Un anciano ha subido dificultosamente a la tarima; puesto frente al atril ha leído con magnífica voz un soneto estupendo; ya era bueno: ha conseguido mejorarlo y emocionar. Belleza regalada.
Salimos a la plaza; nos sentamos en la terraza del Marqués a beber vino.
—¿Qué le ha parecido, don Juan?
—Mejorable. La idea —se la debemos a Nieves Fernández— es excelente: debe lograr continuidad. Tenemos el sitio —el patio del Museo del Teatro—, el día —11 de julio, cumpleaños de Góngora—, el público... Falta afinarla.
—¿Cómo?
—Por lo pronto, abreviando: tres rondas de once poetas cada una, más tres o cuatro interpretaciones musicales, más las explicaciones que cada poeta se cree obligado a dar, más el prólogo institucional... Convendría escoger menos y mejores poetas, redimirlos de la obligación de recitar a los clásicos —como ha demostrado el anciano espontáneo, hay quien sabe hacerlo mejor—, atinar en la música…
—De modo que no le ha gustado.
—Hubiera querido que me gustara más. Con excepciones —Caro, Dyso—, la primera parte ha parecido de función escolar; en la segunda ha habido poemas —Propósito, por ejemplo— muy buenos y otros mediocres tirando a malos; y en la tercera hemos vuelto a tropezar en la misma piedra en que tropezamos al principio.
—Es usted muy crítico; las redes sociales rebosan alabanzas.
Pueblo mío, los que te llaman bienaventurado esos son los que te engañan. Es decir, para que esto perdure y alcance el nivel que merece, hay que ser ambiciosos y críticos: el que cree haber llegado a la cima no sigue escalando.

domingo, 8 de julio de 2018

Empieza el Festival

Vino don Juan el jueves a la inauguración del Festival como todos los años, porque lo siguen invitando. A él —se aprecia a la legua— le gusta:
—No porque me vean, bien lo saben ustedes: por ver.
Lo sabemos: don Juan es educado y discreto; saluda a quienes lo saludan; elude las fotos; se coloca en sitios apartados, pero con buena visibilidad; no pierde detalle; y, en cuanto el acto acaba, se escabulle sin que nadie lo note, sin que nadie lo eche de menos; desde luego, no acude al cóctel: prefiere tomarse unos chatos en la plaza con cualquiera o, si se tercia, solo.
Puesto que a los demás no nos invitan, estamos deseando preguntarle:
—¿El cambio de director trajo novedades?
—Algunas hubo y, tal vez, significativas.
—Cuéntenos.
—Llegué pronto al Corral, me planté arriba, acodado en la barandilla, frente al escenario. No hay sitio mejor: se ve a los oficiantes perfectamente y se tiene debajo a los invitados distinguidos.
—¿Qué vio?
Don Juan remolonea:
—Las primeras dos cosas que me interesaron las vi antes, en la puerta.
—Cuente.
—En un corrillo estaban hablando de las elecciones a presidente del Partido Popular: once papeletas obtuvo Casado; tres logró Sáenz de Santamaría; y tres inasequibles al desaliento votaron a Cospedal: diecisiete electores.
—No son muchos: a las cenas de Navidad vamos más —se extraña el conservador.
—Usted sabrá, que se abstuvo; pero, si el Partido Popular cuenta diecisiete militantes en Almagro, se le hará difícil ganar las elecciones.
—¿La segunda?
—Un poco más allá gentes del teatro comentaban el nombramiento de Amaya de Miguel para el INAEM.
—¿Qué le parece?
—Veremos. En los tiempos de directora del Festival se prestaba más atención a ciertos dimes y diretes —nada relacionados con el teatro— que a su labor. Huella dejó poca; sin embargo, debemos suponer que aquellas habladurías se han disipado y sabemos que es persona competente: démosle un voto de confianza.
A mí hoy la política me importa un higo:
—Vamos al acto, don Juan.
—Comenzó tarde; vino el ministro de cultura; unas fanfarrias barrocas le dieron la bienvenida… y ahí empezamos a advertir las innovaciones y las continuidades.
—¿Innovaciones?
—El acto fue más sobrio y menos glamuroso. Más ágil también: no hubo pantallas para los elogios enlatados, por ejemplo. Ignacio García —le dicen Nacho—, el nuevo director, viste más informal y hace un discurso menos esforzado, pero quizás más culto. Desde luego no tiene el empaque ni la elegancia de Natalia Menéndez, aunque se expresa con notable facundia, y deja traslucir un bagaje amplísimo de lecturas y gran familiaridad con los clásicos.
—¿Las continuidades?
—La forma del acto, idéntica. Después del saludo del director, Carmen Conesa interpretó una canción y elogió brevemente a Carlos Hipólito, el premiado; Querejeta, con espléndida voz, dijo lo previsible; la laudatio fue sosa…
—¿Y los políticos?
—El alcalde dejó un buen discurso, que incluyó oportunas reivindicaciones feministas: en el escenario —¡después de lo de Sánchez!— había ocho varones y una sola mujer; el presidente de la diputación y el consejero repitieron el del año pasado, hasta el de hace dos años; y el ministro leyó, con escaso entusiasmo, el que le habían preparado; era obvio que le disgustaba la abundancia de lugares comunes y los perifollos formularios de la retórica administrativa: se permitió ciertas bromas; le podemos perdonar, por ser el primero, que no lo trajera repasado, pero tenemos derecho a pedirle más.
—¿El de Carlos Hipólito?
—Excelente: sencillo, llano, emotivo, justo y —era de prever— estupendamente dicho: levantó aplausos largos y entusiastas.
—¿Después?
—Después llamaron a los miembros del patronato para la foto de familia; yo me salí, pero pude ver casi de reojo que subieron también el delegado del gobierno y la subdelegada; están recién nombrados: o no tienen práctica o andan ansiosos de figurar.
—¿Se quedó al espectáculo de la plaza? Dicen…
A veces don Juan supera a Houdini:
—Me quedé en la terraza del Marqués, tomando unos vinos con un exconcejal de Argamasilla, casi tan viejo como yo, que tiene una finca cerca de Navaltizón.
—Don Juan, le preguntaba qué opina del espectáculo.
Otras va derecho al grano:
—Que entra, para mal, en el capítulo de las innovaciones.
—¿Y eso?
—Hay numerosos almagreños que no van al teatro; para ellos el Festival se reduce a la inauguración y a la clausura en una plaza repleta de gente; están acostumbrados a que les den cosas llamativas, nunca vistas; por eso el espectáculo del jueves —pese a la calidad, que le sobraba— no les sedujo mucho: lo ven todos los años en la feria.