domingo, 24 de junio de 2018

Onomástica y fascismo

Don Juan nos invita hoy a comer en Navaltizón por el santo.
—Antes —dice— los santos se celebraban más que los cumpleaños.
—¿Por qué?
—Supongo que por diversas razones: sociedad religiosa, nombres que indefectiblemente provenían del santoral. En muchos casos, el nombre se heredaba, de modo que celebrando a Juan se celebraba también al padre o al abuelo; en otros, el nombre era el del santo del día, así que cuadraba con el cumpleaños. Pero no me hagan caso: antropólogos habrá que hayan estudiado el asunto.
—Los antropólogos tienen tareas de mayor enjundia.
—Esta también es importante. Los nombres nunca se han puesto al tuntún. Los padres de la nueva criatura —y antiguamente también los padrinos y la familia— dedican tiempo a pensar el nombre; en él proyectan sentimientos, convicciones o anhelos conscientes o inconscientes cuyo estudio nos informaría mejor sobre los individuos y las sociedades que otros datos inanes con los que nos apedrean los periódicos de vez en cuando.
—¿Qué nos dicen?
—No lo sé: no soy antropólogo. Pero repare en que todavía quedan ancianos que se llaman Germinal o Floreal: tenga por seguro que nacieron antes de 1939 y que sus padres no fueron partidarios de Franco; tenga por seguro también que alguna vez les afearían el nombre durante el franquismo.
—En eso no se fija nadie, don Juan.
—En Almagro, a comienzos del XXI, a lo mejor no se fija nadie: ojalá. Pero hace cinco siglos se fijaba todo el mundo: de ahí que los hijos de los conversos —moriscos o judíos— recalcitrantes tuvieran un nombre para la casa y otro para la calle. Y en el País Vasco de los años de plomo no era inocente que un Rodríguez le pusiera Karmele a su niña en vez de Carmen, que se llamaba la abuela del Moral. Acaso en Cataluña ocurra lo mismo.
—Pero hay Aitores o Nurias en Almagro…
—Será por algo, no lo dude, aunque a nosotros se nos escape la causa.
A mí las disquisiciones onomásticas me interesan poco. Sintiendo el peso del sol en la cabeza, voy a la alberca, umbría bajo la copa inmensa de la noguera; arranco una hoja y me empapa el olor de las travesuras infantiles: ganas me dan de meterme desnudo en el agua; para que no me digan loco, me conformo con oírla correr hacia el huerto del casero; miro el cielo blanco, casi del color del rastrojo, en la línea del horizonte; pienso con aprensión en las complejidades de la vida, en el tiempo que huye. Cuando me llaman para el aperitivo, acudo mustio y dócil. El tema de la conversación no anima: siguen escarbando en los nombres.
—Entre otras cosas, los nombres son un rasgo de identidad: indican la que se tiene o a la que se aspira. Y, frente a otros, ofrecen la ventaja de que, dentro de un orden, se pueden elegir. Es decir, no vienen impuestos casi obligatoriamente y para siempre como los apellidos o las costumbres alimentarias. En situaciones de identidad conflictiva —o sea, cuando pertenecer a determinado grupo puede acarrear inconvenientes o ventajas—, los padres juegan la baza del nombre a favor del hijo. Incluso el propio individuo, si lo considera oportuno, cambia de nombre más o menos drásticamente.
—Ponga ejemplos.
—Que unos padres españoles le pongan a su hijo el nombre del protagonista de cierta película es mera seña de inocente esnobismo. Para un turco de nacionalidad búlgara la cosa es ya algo más complicada; alguien que nació Máximo en una comarca castellanohablante acaso tenga razones poderosas para cambiar a Màxim en algún momento… En Europa se aprecia un resurgir de las identidades como sujetos políticos: quizá no tarden las leyes que indiquen a los padres los nombres preferibles y los proscritos.
—No exagere, don Juan.
—No exagero. Veo señales ominosas: se está pasando de las palabras a los hechos con demasiada rapidez: en Polonia, en Hungría, en Italia. El fascismo asoma las orejas.
—Don Juan…
—Salvini llama carne humana a quienes tratan de cruzar precariamente el Mediterráneo; dentro de poco los llamará carne; y, a continuación, basura: que haya algo más de basura en el mar no alarmará a nadie. El mismo Salvini se lamenta de no poder expulsar a todos los gitanos de Italia, pero los va acensar. ¿Para qué? No es preciso hacer un gran esfuerzo de imaginación para saberlo. Y los italianos, tan contentos: aclamándolo.
—Hombre, algunos se opondrán…
—No demasiados.
De regreso, me quedo adormilado en el coche. Sueño que todos los niños italianos se llaman Benito, que tienen la cabeza gorda y rapada…

domingo, 17 de junio de 2018

Espartero

El conservador es pudoroso:
—Salvo por ciertas partes —al parecer, destacadas— de la anatomía de su montura, a Espartero no lo recuerda nadie.
—Ni al caballo tampoco: los viejos —me atrevo a opinar.
—En Madrid tiene una calle de las principales —informa el optimista.
—¿El caballo? —ironizo.
—El amo, hombre.
—Pocos serán los que identifiquen a Espartero con el Príncipe de Vergara —retruco.
Interviene don Juan:
—El callejero del barrio de Salamanca es un inventario de próceres que han envejecido muy mal en la memoria de la gente. ¿Cuántos saben quiénes fueron O'Donnell, Silvela, Diego de León, Serrano…?
—¡Nefasta consecuencia del intolerable abandono de las humanidades en el sistema educativo! —pontifica el culto.
—A Goya y Velázquez los conocemos, incluso a Ortega y Gasset —protesta uno.
—Quizá los personajes ilustres no lo fueran tanto. Artistas, científicos, políticos o libros contemporáneos que nos parecen hitos fundamentales de la historia humana acaso queden arrumbados en el trastero de lo irrelevante dentro de cuatro días. Y viceversa: es posible que tengamos delante de las narices algo o alguien indispensable y no lo veamos. Piensen en Cervantes, sin ir más lejos.
—¿A qué viene la perorata? Creía yo que hoy hablaríamos de Huerta —se queja el despistado.
—Viene a que ayer hubo en Granátula un acto de homenaje a Espartero, y a que durante todo este año están celebrando los 225 de su nacimiento —le informo.
—¿Qué celebran?
—Te lo he dicho: los 225 años del nacimiento de Espartero.
El despistado sonríe:
—Pregunto qué celebran cuando celebran el nacimiento de Espartero.
Don Juan me echa un capote:
—Se celebran a sí mismos principalmente. Es decir, proyectan en Espartero lo que creen ser o aspiran a ser.
—¿Por qué no se explica mejor, don Juan?
—Espartero nació en Granátula, lo sabemos; estudió en Almagro, también lo sabemos; pero en cuanto vino la Francesada se marchó de aquí para no volver más. O sea, toda la vida adulta de Espartero transcurrió fuera de la comarca; no dejó en Granátula huella ninguna; no se acordó para nada de los paisanos…
—¿Entonces?
—Entonces habría que preguntarse por qué lo celebran a él, y no dedican ni un minuto a recordar a los que se quedaron aquí, levantaron casas, plantaron viñas, criaron hijos, penaron o gozaron y contribuyeron a que el pueblo siguiera adelante.
—Pregúnteselo y respóndanoslo.
—Espartero alcanzó elevadas cotas de notoriedad, riqueza, reconocimiento, poder. En personas que saliendo de la nada vuelan tan arriba es frecuente —y hasta comprensible— la negación y el alejamiento de sus orígenes: por muy encumbrado que llegara a estar, de haber vuelto a Granátula, no habría pasado de ser el chico de Mengano y la Zutana. Sin embargo, siglo y medio después de la muerte, los descendientes de aquellos de los que se desentendió le han perdonado el desapego: ahora es —piensan ellos— un árbol frondoso bajo cuya sombra se pueden cobijar y recibir una pizca de lustre y hasta de publicidad para atraer a turistas despistados.
—¿Y se equivocan?
—En cuanto a prestigio y propaganda, por supuesto: Espartero está amortizado. Sin embargo, las autoridades de hoy se pavonean a su costa, organizan fastos, montan desfiles…
—¿Desfiles?
—Ayer hubo un desfile militar.
—¿A qué cuento?
—Espartero bombardeó Barcelona desde el castillo de Montjuïc —dice el rojo paladeando un sorbo de Macallan.
Nos sorprende la salida. Él pregunta:
—¿No dice don Juan que las celebraciones sirven sobre todo como pretexto para celebrarnos a nosotros mismos, para sacar a la luz nuestras creencias y anhelos?
—¿Queremos que se bombardee Barcelona?
—Algunos, sí. Y, desde luego, tanto desfile militar, tanta profusión de banderas, no andarán lejos de la preocupación por la patria en peligro, y de una determinada concepción del papel del ejército en la vida pública.
—No desvaríes, anda —pide con sorna el conservador—. Hubo desfile militar porque Espartero fue militar de la más alta graduación.
—Probablemente —apacigua don Juan—. Sin embargo, si las celebraciones fueran menos y las conmemoraciones más, los ciudadanos saldríamos ganando, aunque las autoridades perdieran ocasiones de lucir palmito. En este asunto, por ejemplo, cabría estudiar la figura y personalidad de Espartero, la vinculación con Granátula, las hazañas de guerra y paz, la pervivencia de su prestigio, las innumerables y entusiastas adhesiones que concitó y que no decayeron tras su desafortunada actividad política, la sensatez en el tramo final de la vida… Pero cabría estudiar también un infausto modo de interferencia de lo militar en lo político: el llamado gobierno de los espadones. Espartero fue un espadón de los más conspicuos: el primero de todos. Y eso no es menester celebrarlo.
  

domingo, 10 de junio de 2018

¿Se repetirá la historia?

—Para que no se escape la oportunidad, lo diré enseguida: me gusta el gobierno de Sánchez.
—¿Qué oportunidad?
—La de poder decirlo. Nosotros, que vamos siendo viejos, sabemos bien cómo es la vida: los entusiasmos se disipan, las ilusiones se ajan: pronto o tarde este gobierno me irá gustando menos. De modo que, antes que el tiempo muera en nuestros brazos, antes que el viento helado marchite las rosas ahora frescas, antes que sean lástima vanaantes que los oboes
—Don Juan, frene, que las efusiones líricas son resbaladizas: se lo hemos dicho innumerables veces.
—Freno. Pero no me priven ustedes de este pequeño y raro placer.
—¿Cuál?
—El placer de estar de acuerdo con el gobierno y proclamarlo en voz alta: me gusta el Gobierno de Sánchez.
El conservador tampoco se priva de una suave pulla:
—¡Con las alabanzas de hoy no querrá usted tapar desafecciones de antaño?
—En absoluto. No le debo nada a nadie ni espero nada de nadie, por lo tanto, procurando no ofender, puedo expresarme con franqueza en casi todos los asuntos.
—¿Ha cambiado de opinión sobre Sánchez?
—Todavía no; sin embargo, en los últimos quince días advierto en él virtudes que no sospechaba.
—Díganos alguna.
—Visto desde ahora, lo que supusimos dejadez acaso fuera paciencia, o sea, no carece de perseverancia ni tesón; en el asunto de la moción de censura ha demostrado sentido de la oportunidad; ha tenido suerte; El País se le ha puesto en contra…
—¿Es una virtud la suerte?
—Napoleón, que sabía de estas cosas, apreciaba la suerte de sus generales más que cualquier otra.
—Tener en contra a El País ¿también lo es?
—No; pero me recuerda lo de Adolfo Suárez.
—¿Adolfo Suárez?
—Al llegar al palacio de Villamejor —allí estuvo hasta enero de 1977 la presidencia del gobierno: en Castellana, 3—, Suárez era joven —cuarenta y cuatro años—, apuesto, ambicioso, con poca experiencia de gobierno y mucha en las covachuelas del partido —movimiento, en aquel caso—, flexible, inculto, práctico, ligero de ideología, El País lo recibió con el celebérrimo ¡Qué error, qué inmenso error!… Sánchez es joven —cuarenta y seis años—, apuesto…
—Frene, don Juan, que ya sabemos adónde quiere ir.
—Me falta una cosa: Suarez supo —y, por lo que vemos, Sánchez sabe— reconocer el mérito ajeno: ¡y esa es una virtud grande e infrecuente!
—¿Quiere decir que sus ministros los superan?
—Sí.
—¿Y que asistimos al parto de una nueva etapa política?
—No me atrevo a tanto. Las circunstancias actuales son mejores que las de hace cuarenta y dos años. Ahora bien, falta la voluntad de concordia que había entonces y no veo quiénes pudieran ser el Carrillo, el Tarradellas, incluso el Fraga, de hoy. Aunque... Como las cosas no podían / ir a peor —escribió Kafka / en su diario—, mejoraron. Ojalá.
—El gobierno de Sánchez es muy distinto del gobierno de penenes que formó Suárez en julio de 1976.
—Mejor para Sánchez. Suárez alineó un gobierno de penenes porque nadie de prestigio quería estrellarse con él. Si Sánchez ha podido juntar a personas de currículo tan contundente será porque no temen estrellarse.
—Insensatos que son.
—En todo caso, insensatas. O quizá Sánchez las haya seducido con un proyecto de regeneración del país que no tenga horizonte de meses, sino de años.
—Lo que le digo: insensatos e insensatas: ¿cómo va durar un gobierno al que sostiene menos de un cuarto de los diputados?
—Iremos viendo. Mientras, ya han hecho cosas de enorme valor simbólico que quienes vengan detrás no osarán revertir: ¿quién recuperará el crucifijo y la biblia?, ¿quién formará un gobierno solo de varones?
—Menudencias.
—Menudencias que cambian la vida de una sociedad a largo plazo: como el divorcio o la ley de los matrimonios homosexuales, por ejemplo.
—¿Le gustan todos los ministros, don Juan?
—Las ministras especialmente —lo dice sin sombra de ironía.
—¿Hasta el de cultura?
—No lo conozco: ya lo juzgaré luego.
—¿No lee los premios Primavera?
—No.
—¿Ni ve el programa de Ana Rosa?
—¿Ana Rosa la plagiaria? Tampoco. Pero a Huerta le reprochan que sea mal escritor y que no entienda de deportes: podrían reprochárnoslo a nosotros perfectamente.
—Nosotros no somos ministros.
—Ni a los ministros les es imprescindible escribir de forma exquisita o leer el Marca. Yo que ustedes miraría más bien lo que piense hacer con el Festival y el Museo del Teatro, que caen bajo su jurisdicción, es decir, a quién pone en el INAEM y con qué ideas.
—Entonces, ¿aplaude los nombramientos?
—Menos el del consultor Iván Redondo.
—¿Qué le ha hecho el hombre?
—A mí nada; a Monago, caer en el ridículo frecuentemente: ¿se acuerdan de Woody Allen?

domingo, 3 de junio de 2018

Pensamiento eclesiástico

Se cuenta de Unamuno o de Baroja el asombro algo zumbón —y apócrifo, sin duda— ante el nombre de un periódico recién aparecido —muy a finales del siglo XIX— que se llamaba El pensamiento navarro y que era —fue hasta la muerte— la voz del carlismo más rancio: “¿Pensamiento y navarro? No puede ser”, dicen que decían. El título que han visto arriba es un oxímoron de idéntica magnitud, pero no se me ocurre otro mejor para resumir la conversación de esta tarde: verán por qué.
Hemos comido en el campo, al pie del castillo de Calatrava la Nueva, en un restaurante medio oculto entre el monte que mira a la Atalaya y al castillo de Salvatierra. Hemos hablado —a ver— de la moción de censura. Hay opiniones múltiples y variadas, como variadas y múltiples son las copas de la sobremesa: los que se atienen al whisky aceptan sin reparos que en las democracias parlamentarias gobierna el que junta más votos en el parlamento, y que en el sistema español la moción de censura constructiva es un procedimiento serio y difícil, pensado para situaciones extraordinarias. La mayoría, adicta el gin tonic, es alegre y volátil, distraída y frívola como las burbujas de la tónica: unos apoyan a Nadal y otros que vaya manera de perder el tiempo hablando de estas cosas, que a ver qué pasará ahora con Cataluña, que si sube la prima de riesgo, que quién pondrá orden en el batiburrillo de perdedores… y que no era para tanto, que los políticos han robado siempre y no van más que a su avío. El cínico, inquebrantable en la fe del Peinado, se apresta a creer en los milagros:
—Si Sánchez ha llegado a presidente del gobierno…
Don Juan observa a contraluz la copa de jerez; toma un sorbo mínimo; echa una pregunta encima de la mesa:
—¿Qué les parce la actitud del Partido Popular?
—Se han enfadado, claro. Ahora que se las prometían felices…
—No solo se han enfadado: piensan que se ha cometido un sacrilegio.
—¿Por qué?
—En las sociedades modernas e ilustradas se acepta que no hay verdades inmutables, ni las de la ciencia siquiera; que existen casi infinitos modos de hacer las cosas bien; que la unanimidad, además de perniciosa, es inverosímil salvo por coacción; y que, conscientes de que todo el mundo tiene los mismos derechos, cabe hallar, mediante la deliberación bienintencionada y el contraste de opiniones, territorios de acuerdo en los que sea posible conciliar la satisfacción de los deseos mayoritarios con el respeto a los discrepantes.
—Y eso ¿qué tiene que ver con el Partido Popular?
—Que el Partido Popular, más que partido, parece iglesia.
—Aclárese.
—Las iglesias —es decir, las organizaciones humanas que acaparan y administran las religiones— suelen compartir un rasgo: creen que su religión es la única verdadera, y que, en consecuencia, extra ecclesiam nulla salus, lo que traducido al delicado castellano de Bilardo significa que al enemigo, ni agua.
—Nosotros, los buenos; ellos, los malos, pues.
—Absolutamente. El Partido Popular ha hecho de una determinada idea de España su religión y se ha erigido a sí mismo en la única iglesia verdadera. De ahí las reacciones destempladas del arcangelical Hernando —y de otros— ante la moción de censura: se indigna contra los demás no porque estén equivocados o sean ineptos, sino por infieles, herejes o apóstatas. El planteamiento, además de pretencioso y ridículo, es primitivo, irracional, totalitario, intransigente, pero cuenta con numerosos parroquianos que intentarán someter de grado o por la fuerza a los réprobos, y que, mientras lo sean, les negarán hasta la misma condición humana: acuérdense del pobre Zapatero.
—Un saco de vicios —masculla el cínico—: acabará en el infierno.
—En el Partido Popular habitan numerosos pecadores: ¿quiere que le dé una lista?
—Ni hace falta ni importa. El Partido Popular, en tanto que iglesia, es sociedad perfecta, inmaculada. Acepta que en su seno algunos —casos aislados— sean pecadores: el Partido no puede serlo, no se mancha con las culpas.
—Los jueces dicen otra cosa.
—¿Acaso son infalibles los jueces? ¡Herejes a quienes los fieles del Supremo enmendarán la plana y los del Poder Judicial expulsarán del paraíso!
La tarde declina; el sol se esconde tras el Mesto.
—Brindemos por Rajoy —propone el cínico.
—¿Por Rajoy?
—Es nuestro semejante, nuestro hermano: alguien que prefiere pasar la tarde con los amigos en lugar de atender las pejigueras del cargo.
—Hombre…
—Y que, papa del Renacimiento, quizá no crea mucho en los dogmas de su iglesia.
—O sepa que, afirmada en pétreos cimientos, portae inferi non prævalebunt adversum eam.
Brindamos. Pienso entre mí que, para considerarlo uno de los nuestros, le faltó haber salido del restaurante como saldremos nosotros enseguida: efusivos, locuaces, reidores, tambaleantes… Nadie es perfecto.

domingo, 27 de mayo de 2018

Neorrurales

Hoy el conservador viene contento: emula —y aun supera— al rojo en el disfrute voluptuoso del Macallan.
—¿Por la Champions?
 Se relame, rechaza sacudiendo la mano la fútil pregunta, proclama la buena nueva:
—Porque no habrá revolución.
—¿Revolución? ¿Qué revolución?
—La de la gente contra nosotros.
—¿Quiénes somos nosotros?
—¡Quienes vamos a ser: la casta corrupta, pérfida y caduca brotada al abrigo del régimen del 78!
Casta lo serás tú —se mosquea el rojo.
—Y tú, que has sido funcionario del grupo A, cobras una buena pensión y tienes casa en Sanlúcar.
—Nada que ver.
—Si estuvieras inscrito en Podemos, nada tendría que ver. Pero, como ni siquiera los votas, eres casta rancia y hedionda.
Da otro sorbo al Macallan; continúa indulgente:
—De todas formas, pierde cuidado: ¡No habrá revolución! ¡No te quitarán la casa de Sanlúcar! ¡Beberemos whisky del caro sin que nos miren con reproche!
—¿De qué habláis? —pregunta el despistado.
—De Montero e Iglesias. Si han sucumbido a los encantos de la familia y de la propiedad privada, el estado este no corre riesgo ninguno. Además, cuentan con la bendición de Monedero —oportuno capote al discípulo amado—, que tilda de revoltosos a los críticos: de modo que los feligreses de Iglesias habrán sancionado ya a estas horas telemáticamente —son modernos— la operación materno‑paterno‑inmobiliaria, y todos felices. Nosotros, la casta, los que más: a dormir tranquilos.
—Frente a la religión y la patria todavía permanecen erguidos.
—Se arrodillarán: tiempo al tiempo. Y bautizarán a los niños; o, por lo menos, los presentarán en el templo igual que al nene de Bescansa.
—¿Qué opina usted, don Juan?
—Que lleva razón nuestro amigo: mejor que la música, el calor del hogar dulcifica y amansa a las fieras.
—Pero ¿le parece bien lo de la casa rural?
—Naturalmente: cada uno con su dinero que haga lo que quiera.
—¿Y la coherencia?
—La coherencia entendida como adhesión permanente e inquebrantable a unos principios —tal vez formulados a la ligera— no me parece virtud, sino terquedad de mulo, estupidez. La coherencia, para ser virtud, ha de acomodarse a las circunstancias; las circunstancias de la pareja han cambiado; ergo
—Don Juan…
—¿Han cambiado o no han cambiado? Ya conocen ustedes la fuerza del amor y lo que se hace por los hijos.
—Don Juan…
—Por otra parte —don Juan se reacomoda en el sillón—, la opción por los pobres, que sostienen Kichi, el papa Francisco y otras cuantas almas cándidas, delata enseguida a quienes no lo son, o sea, no pasa de postureo, que se dice ahora; los pobres de verdad no optan por la pobreza ni la aman: la padecen. Y, lógicamente, quieren salir de ella y olvidarla en cuanto puedan: es lo que han hecho, de manera muy razonable y coherente, Iglesias y Montero.
—¿Qué han hecho razonable y coherentemente? ¡Ellos no eran pobres!
—Han abandonado el postureo: eso les honra. Kichi o el papa Fracisco perseveran tercos: de no haber pobres, ¿qué harían?
—Don Juan…
—Si uno es rico o disfruta de un buen pasar —nosotros, por ejemplo— y quiere contribuir —nosotros por ejemplo— a que los pobres salgan de la pobreza, solo le quedan dos caminos: o promover la revolución —pero sabemos bien adónde han conducido las revoluciones que pretendían acabar con la pobreza—, o promover la solidaridad en forma de impuestos. Lo demás es caridad: postureo.
—¿Se han hecho socialdemócratas Montero e Iglesias?
—Por la vía de los hechos: pagarán los impuestos que les correspondan hasta el último céntimo, y nada más llegar al gobierno los subirán. Yo me alegro.
—Y yo —se suma el rojo.
El conservador titubea:
—Eso de subir los impuestos… Aunque de la vuelta al redil sí me alegro, claro: Dico vobis: ita gaudium erit in cælo super uno peccatore pænitentiam agente…
—¿Sabe usted latín?
El conservador casi se disculpa:
—Soy de pueblo: estudié en el seminario. Por ser de pueblo hay otras dos cosas en la compra de Iglesias y Montero que me gustan, y una que me intriga.
—Díganos.
—Me gusta que se vayan a vivir precisamente a un entorno rural, ahora que se vacía el campo: demuestra que son personas sensibles, amantes de la naturaleza, de las tradiciones, de lo auténtico…
—Podrían haberse ido a Terrinches: el alcalde les pagaba parte de la hipoteca.
El conservador desmonta la objeción enseguida:
—Terrinches está lejos: ellos se deben al ombligo de la patria.
Continúa:
—Me enternece también que hayan decidido llevar los nenes a la escuela del pueblo, a que se rocen con los hijos de los lugareños: pastores, guardas, tractoristas… ¡Un ejemplo!
Alguien sonríe dubitativo; no le hacemos caso.
—Y ¿qué le intriga?
—Que hayan contratado la hipoteca con la Caja de Ingenieros, no con la Caja Rural.
—Será la caja de los ingenieros agrícolas.

domingo, 20 de mayo de 2018

Gemma Arenas

Gemma Arenas es presencia frecuente en la conversación, especie de ruido de fondo que en algunas ocasiones se hace perfectamente audible y en otras se mantiene en sordina. Se hace audible cuando logra alguno de los grandes éxitos a los que nos va teniendo acostumbrados; se mantiene en sordina cuando acaba la temporada y pasa a ser una joven normal que hace vida normal sin que los humos se le suban a la cabeza. Don Juan, a quien los deportes le entusiasman poco, habla con frecuencia de Gemma Arenas, a la que admira sinceramente; esta tarde, viniendo a la tertulia, ha pasado por delante del ayuntamiento y ha visto las dos grandes fotos de homenaje por el campeonato del mundo de trail running, en el que ha quedado la cuarta y ha contribuido a que la selección de España quede la primera. Le ha gustado:
—Es bueno que una sociedad reconozca los méritos de quienes en ella destacan por algo. Veo que los almagreños lo han hecho con Arenas. Me alegro.
—Don Juan, si no sabe usted cuáles son sus méritos… —dice uno con retintín.
—Lleva usted razón —don Juan no se incomoda—: ignoro los detalles de las carreras de montaña, aunque el nombre sea bien transparente; desconozco quién organiza los campeonatos, cuántas atletas participan, de cuántos países… y no voy a hacer ningún esfuerzo por averiguarlo.
—¿Entonces?
—Entonces sé que lograr el cuarto puesto en un campeonato del mundo, sea de lo que sea, no es chica hazaña. Y que alcanzarlo le habrá supuesto largo tiempo de entrenamiento, con todos los sacrificios que comporta, y una férrea determinación capaz de superar contratiempos; le habrá supuesto también la renuncia a pequeños placeres y comodidades que nosotros disfrutamos sin darles importancia; habrá tenido que organizarse bien para conjugar las carreras con los requerimientos de la vida cotidiana… Con saber todo eso tengo bastante. Pero, si le añaden que es mujer y madre, la hazaña crece.
—A menudo habla usted mal del papel que el deporte tiene en esta sociedad: lo compara, peyorativamente, con una religión.
—Poco tiene que ver una cosa con otra. Yo creo que el deporte ocupa demasiado espacio y consume recursos y energías que cabría dedicar a otra cosa. Sin embargo, creo también firmemente en la libertad individual: que cada uno haga lo que quiera; es decir, que si uno quiere consumir el ocio en el gimnasio o leyendo el Marca, que lo consuma: no le hace mal a nadie, aunque a mí no se me ocurrirá nunca ir al gimnasio ni leer el Marca; tampoco se me ocurrirá meterme a mahometano o practicar la arteterapia, y nada tengo contra quienes lo son o la practican: allá cada cual.
—Pero si no le interesan los deportes…
—Pueden interesarme los deportistas. Y, más todavía, las deportistas como Gemma Arenas.
—¿Por qué?
—Las razones son muchas. En primer lugar, porque me satisfacen los éxitos del prójimo, siempre que sean de buena ley. Luego, no me importa repetirlo, porque el trabajo y el afán de superación, la disciplina de Arenas, quizá valgan de ejemplo a los jóvenes.
—¿Para que se hagan deportistas?
—No. Para que persigan su vocación y cultiven tenazmente, sabiendo que nada se obtiene gratis, los talentos que Dios les haya concedido; sabiendo también que acaso ni la tenacidad ni el talento los conduzcan al éxito, pero que sin ellos el fracaso estará asegurado.
—Podría escribir usted libros de autoayuda o hacerse predicador.
—Me he dedicado a la docencia: quedarán resabios —ironiza don Juan y vuelve al hilo—. Y hay otras dos cosas destacables: Gema Arenas es mujer. Hemos dicho aquí alguna vez que la igualdad completa entre hombres y mujeres estará conseguida el día en que las mujeres puedan hacer con naturalidad las cosas —malas y buenas— que los hombres hacen con naturalidad. El deporte es una: sesenta años atrás las mujeres que llevaban pantalones en Almagro eran una rareza; las que llevaban la falda algo más arriba de lo prudente un escándalo; y resultaba descabellado, impensable, que una mujer corriera en pantalón corto y camiseta sola por los cerros. Hoy Gemma Arenas y otras lo hacen con naturalidad; y hay muchachas que juegan al fútbol de maravilla: ¿no es para alegrarse? ¿No es también para considerar si encuentran ya —o no— las mismas facilidades que los hombres?
—Bueno, don Juan…
—Y otro asuntillo: Arenas practica un deporte modesto, elemental y digno que hunde sus raíces en la prehistoria, cuando éramos cazadores; nada de la sofisticación glamurosa de otros: también me gusta eso.
—Nos ha convencido, don Juan. Brindemos por Gema Arenas.
Y brindamos sin reticencias ningunas.

domingo, 13 de mayo de 2018

Despoblación: modestas proposiciones

Le hemos pillado el gusto a los viajes. Hoy, las señoras también, al valle de Alcudia, un lugar espléndido y deshabitado. Los pueblos, desde San Lorenzo hasta Alamillo, agonizan exangües; las gentes que vivían en las fincas no viven o no tienen hijos que llevar a la escuela; si el campo de Montiel está a punto de convertirse en un desierto demográfico, el Valle lo es ya: no llega a los dos habitantes por kilómetro cuadrado.
—¿Y eso es malo? —pregunta uno desde el puerto de Mestanza; a nuestros pies la suave ondulación verde donde yerran en paz vacas y ovejas; enfrente la negra sierra de la Umbría; arriba el cielo de un azul limpísimo.
—Habría que verlo. Algunos de los países más ricos de la tierra —Canadá, Australia, por ejemplo— tienen densidades bajísimas; algunos de los más pobres están superpoblados.
—Pero en Canadá o Australia vive ahora más gente que nunca; aquí, en cambio, hay ahora menos gente que nunca.
—Puede ser por dos razones: o porque estas tierras no dan para mantener a más gente, o porque la gente, aunque coma de lo que aquí se produce, prefiera vivir en otros sitios. Sin descartar la primera, me inclino por la segunda.
—¿Por qué va a abandonar alguien su pueblo si tiene en él todo lo que necesita?
—Porque no hay tiendas, lo decíamos el otro día. O sea, pongamos aquí los mismos servicios públicos que en las ciudades: seguirían faltando otras cosas que hoy se consideran esenciales para el desarrollo personal: diversiones, bullicio, cultura, libertad… es decir, gente.
—De haber trabajo, la gente se quedaría.
—No lo creo. La gente viviría en otro sitio y vendría aquí solo a trabajar: mire los médicos, los maestros, los funcionarios de los ayuntamientos, los alcaldes, los ricachos de las fincas de caza: ni uno se queda a dormir. Recuerde que hay buenas carreteras.
—¡Tantas tradiciones perdidas…! —lamenta un cándido.
—Véngase usted a recuperarlas.
Del puerto de Mestanza vamos a Hinojosas por la carretera que ciñe la sierra de la Solana; bajamos al pantano; paseamos; encontramos excursionistas —equipados hasta la exageración— huéspedes de una casa rural.
—El campo es un parque o una cancha para los que viven en las ciudades: estos y nosotros —que también somos gente— venimos, emporcamos, cantamos tópicas loas a la naturaleza, a la vida auténtica de los indígenas, dejamos unos pocos euros… y regresamos tan contentos a casa. Si fuera obligatorio quedarse un mes nos amotinaríamos.
Comemos cerca de Cabezarrubias, bajo la estación del tren minero desmantelado que iba de Puertollano a Peñarroya. Don Juan recapitula:
—Si consideramos la provincia como unidad demográfica, veremos que en los últimos años esta de ustedes pierde habitantes, mientras que la capital los gana. Que la capital gane población les produce a las autoridades un gran regocijo: que los pueblos se yermen, una gran tristeza: ¿no les parece contradictorio?
—¿Por qué?
—Porque la gente que falta en los pueblos está en la capital, y la que falta en el conjunto de la provincia se ha muerto.
—Llorarán por los muertos, entonces.
—Quizá. En tiempos de recesión demográfica, para remediar la despoblación no basta evitar que la gente se vaya: es preciso devolver a los que se han ido o traer habitantes de donde sobran. Lo segundo obligaría a abrir las puertas de la inmigración generosamente; lo primero…
—A obrar milagros o a emplear la fuerza —propone el cínico.
Lo miramos desconcertados; él se explica:
—Tal vez se pudiera resucitar a los muertos, pero los que se han ido por propia voluntad no vendrán por propia voluntad: habrá que traerlos a empujones.
—¿Cómo?
—La deportación sería eficaz. Valdría también dispersar las dependencias de la Diputación —¿no es provincial?— por la provincia: recaudación, en Socuéllamos; obras, en Guadalmez; cultura, en Villanueva de la Fuente; servicios sanitarios y asistenciales, en Anchuras. Administraciones autonómica, central y universidad, lo mismo: facultad de medicina, en Alhambra; escuela de ingenieros, en Solana del Pino; letras, en Retuerta del Bullaque… Y, claro, obligar al personal a tener casa abierta y dormir todas las noches donde esté su trabajo. Cabría a continuación prohibir que se instalaran hipermercados y tiendas de marca a menos de cien kilómetros de la capital; cerrar los gimnasios, cines, piscinas cubiertas, etc. que existen y abrir otros en Horcajo de los Montes, Viso del Marqués, Almadenejos, Puebla de don Rodrigo…
—Poner en la plaza del Pilar el vertedero provincial de residuos sólidos urbanos ayudaría igualmente —apoya otro.
—Y llevarse el hospital general a Terrinches —insiste alguien.
—Más que las Jornadas...
Don Juan echa el alto:
—Si las autoridades oyeran lo que piden ustedes, les pasaría lo que al joven del evangelio: Cum audisset autem adulescens verbum, abiit tristis; erat enim habens multas possesiones.
—Pues que las disfruten y no hagan demagogia.