domingo, 14 de enero de 2018

La nieve, la vergüenza y la parábola del hijo pródigo

Antes nevaba de verdad. La nieve, presagiada por una luz más tenue, caía en copos mansos, apagaba los ruidos, suavizaba las formas de las cosas y abría un tiempo de calma, vaho tibio en las cuadras, lumbre crepitante y comidas arcaicas; la nieve era alegría de sentirse invulnerables en el útero dulce de la casa y compasión por los arrojados a la intemperie. Pasado el estupor de la nieve cayendo, la nieve era juguete que abrasaba las manos de frío y exaltaba pasiones dormidas desde la Prehistoria…
—Don Juan, repórtese, que de las cumbres líricas al pozo del ridículo hay un paso no largo —avisa el prudente—. Y tenga en cuenta que únicamente los viejos recordamos ya semejantes antiguallas. Ahora la nieve es un engorro o un bien que cae bajo la jurisdicción de los economistas: es decir, o cepo de automóviles y peatones, o cancha deportiva y embalse que guardará el agua hasta la primavera. Nada más.
—Algo más habrá, antiguo y misterioso, cuando un poeta dice que nieve es la palabra que salvaría él de las asechanzas de cuantos toman la lengua en vano.
—A los poetas no hay que hacerles caso. Baje usted a la AP-6: verá las tonterías que han hecho y dicho los que mandan.
Don Juan cambia de tercio: baja, en efecto, al suelo envilecido, pisoteado y sucio de la AP-6:
—Sobre todo Hernández y Fernández —ironiza—, o sea, el Director General de Tráfico y su jefe el Ministro del Interior, ineptos y soberbios. Pero no son la ineptitud ni la soberbia lo que más me llama la atención en su conducta: al fin y al cabo, ineptos somos todos si nos metemos en asuntos que rebasen nuestra siempre limitada capacidad; y la soberbia, aunque menos frecuente, tampoco está muy injustamente repartida.
—¿Qué otra cosa?
—La falta de vergüenza.
—¿Los insulta usted? ¿Los llama sinvergüenzas?
—Dios me libre. La vergüenza, además de ser una virtud moral que impide a los seres humanos cometer conscientemente actos que menoscaben su propia dignidad, es también un hecho fisiológico: el rubor y la turbación que nos asaltan cuando nos pillan en un renuncio, aunque el renuncio haya sido involuntario. Resulta obvio que el Director General de Tráfico se resbaló aparatosamente en la nevada de los Reyes; y es igual de evidente que no ha manifestado por ello azoramiento ninguno: le echa la culpa al empedrado. A esa falta de vergüenza puramente física me refería; de la otra no opino.
—Pues anda que Rato… —remacha el rojo copa en mano.
—Hombre, Rato dentro de poco irá a la cárcel; está derrotado y solo; no tiene nada que perder, ni siquiera la dignidad: podemos consentir que patalee.
—Si se arrepintiera, quizá lo perdonáramos: mire el hijo pródigo —interviene el católico.
—Tanta misericordia, de Dios; los seres humanos somos menos generosos.
—No hablo de la misericordia divina ni de la parábola del hijo pródigo que cuenta el evangelio de san Lucas: me quedo por aquí cerca —dice enigmático, y nos escruta travieso y feliz.
Le devolvemos miradas interrogantes.
—Entonces ¿de qué hablas?
Se regodea:
—¿No sabéis nada?
Hace una pausa interminable; rompe por fin:
—En Almagro parecen estar cuajando ciertas maniobras que alterarán el panorama político, ya veréis.
—¿Qué veremos? —acucia alguien.
—Veremos regresar al hijo pródigo, nostálgico de la casa familiar y sus comodidades; veremos al padre alegrarse de la vuelta, abrazarlo emocionado, vestirlo lujosamente; veremos celebrar un banquete; veremos al hijo pródigo colocado en el primer puesto de la lista, digo, de la mesa; veremos finalmente al padre exultar: Epulemur, quia hic filius meus mortus erat et revixit, perierat et inventus est! Habiendo pasado una temporada —hace una pausa, carraspea— en Madrid para ganar lustre.
Don Juan, que parece entender, pregunta:
—Los otros hermanos ¿no se enojarán? ¿No le reprocharán al padre la diferencia de trato? ¿No se negarán a participar en el banquete?
El católico se encoge de hombros:
—El padre se excusará displicente: Filii, vos semper mecum estis, et omnia mea vestra sunt.
Don Juan insiste:
—¿Tendrán premio igualmente los compañeros de parranda del hijo prodigo, los que junto a él devoraron cum meretricibus el caudal del padre?
El católico vuelve a encogerse de hombros:
—De esos el evangelio no dice nada.
El rojo, súbitamente iluminado, interviene:
—¿Y la vergüenza?
El católico no responde; don Juan tampoco; la tertulia concluye. ¿Se enteran ustedes? Yo —debo confesarlo— estoy en ayunas. Vuelvo a casa confuso y mohíno: los laberintos producen dolor de cabeza. Pero les prometo, amigos lectores, que, si averiguo de qué iba la conversación, se lo contaré.


domingo, 7 de enero de 2018

Carta a los Reyes

Como todos, el año empieza cuesta arriba. Y no es la cuesta que llamaban de enero, sino algo más antiguo, más difuso, más grave: la desazón, la pereza del comienzo, el peso anticipado de los días que están por venir.
—La cuesta de enero es un invento católico, el cansancio por lo que ha de llegar es pagano —sentencia el rojo paladeando un sorbo de coñá.
Lo miramos curiosos. Él, abducido por los vapores del Peinado, escurre el bulto:
—Que lo explique don Juan, que sabe más.
Don Juan recoge el guante con una sonrisa absolutoria:
—No anda equivocado el amigo. Los católicos creen firmemente que todo pecado exige su penitencia; o sea, tal vez toleren de mala gana el goce pecaminoso —goce pecaminoso es, en su mentalidad, un pleonasmo— del cuerpo, siempre que luego haya un sufrimiento igual o mayor que restaure —y recuerde— el orden natural de las cosas: que estamos aquí para penar. Cuando acabe la vida, habrá tiempo de ser felices viendo a Dios tal cual es.
—¡Tanto! La vida eterna —apostilla el rojo desde su nube de dicha inocente.
Ahora es general la sonrisa.
—Por eso —continúa don Juan—, los despilfarros, francachelas y excesos de estas tan entrañables fiestas han de purgarse con las estrecheces, privaciones y mezquindades de la cuesta de enero. Como España, casi noventa años después, va dejando de ser católica, cada vez se habla menos de la cuesta de enero. Pero la idea del padecimiento tras el goce persiste: miren la cosecha de gimnasios y dietas.
—Eso es por la salud: nada tiene que ver con la religión.
—El Cuerpo Saludable es el nuevo dios; el deporte, su religión; los gimnasios, sus templos… Y no exige menos credulidad, menos fervor ni menos sacrificios que los dioses de antes —insiste el rojo.
—Tú perseveras en el ateísmo.
—En todos los ateísmos, gracias a Dios: no iba a dejar de ser católico para meterme a deportista.
Alguien nos vuelve al redil:
—¿Y qué decíamos del paganismo?
—Lo decía el amigo: que el cansancio anticipado hunde sus raíces en él.
—¿Lleva razón?
El rojo mira para otro lado.
—Desde antiguo existe la convicción de que, si la naturaleza es cíclica, la vida y la historia humana también lo serán. Es decir, lo que ha pasado volverá a pasar, lo que hayamos de ver ya lo hemos visto: nihil novum sub sole. Lo primero —que la naturaleza obedece a ciclos— es cierto, al menos en estas latitudes y por lo que observa la experiencia; lo segundo no tanto, pero importa poco: casi todos hacemos como si lo fuera. De modo que el cansancio y la desazón de estos días son bien lógicos: ¡otra vez a empezar para volver al mismo sitio!
—Ojalá regresáramos al mismo sitio —musita el pesimista.
—¿Qué quieres decir?
—Que somos viejos: que nuestras rutinas pronto dejarán de serlo.
—Confiemos en que duren y no pensemos demasiado en el fin. Mientras llega, deseemos lo que cabe desear: no el paraíso, no una vida llena de experiencias emocionantes, no la solución definitiva de nuestros problemas reales… Algo más modesto y prudente: que permanezca lo bueno, que mengüe lo malo.
—¿Les ha pedido usted eso a los Reyes?
—A los Reyes les he pedido tiempo; ellos, crueles o sabios, me han traído un reloj. No es lo mismo, pero me conformo; los relojes son la representación perfecta de la existencia concebida como ciclo: redondos, imperturbables, ensimismados, monótonos, constantes, giran indefinidamente…
—Mientras tienen cuerda —reitera el pesimista.
—¿Para nosotros no les ha pedido nada?
—Tiempo también, y rutinario.
—¿Y para España?
—Este año se cumplirán cuarenta de la Constitución. Me da mucho miedo que repita lo que le ocurrió a la de 1876. Los españoles deberían —digo deberían porque nosotros ya estamos casi amortizados— plantearse razonablemente la convivencia futura, llegar a acuerdos sensatos sobre ella, y escribirlos en un papel que los comprometa por un tiempo prudente.
—¿Aprobar una nueva Constitución?
—Más bien reformar esta: dejar lo bueno y cambiar lo malo.
—¿Será posible?
—Creo que hay varios obstáculos considerables.
—Díganos.
—La ceguera del Partido Popular, bien representada en su jefe: viejo como nosotros, le debe importar el futuro menos que a nosotros; el asunto de Cataluña, formidable y envenenado; el cansancio o decepción de tantos españoles que se están quedando al margen; y la total ausencia de políticos con vocación de estadistas.
—Qué se le va a hacer —remata el pesimista.
—Disfrutar lo que se pueda: el hedonismo es una religión, una moral hecha a la medida de los seres humanos —dice el rojo mirando la copa vacía.


domingo, 31 de diciembre de 2017

Divagaciones calatravas y buenos deseos

Don Juan pasa la Nochevieja en Navaltizón con toda la familia, incluidas las novias —o como ahora se diga— de los nietos. Aunque los preparativos le dan quehacer, no le disgustan estas cosas y, a medida que ha ido envejeciendo, cada vez menos: la vejez enternece. Para ultimar algún detalle vino a ver a la hija el miércoles pasado y se quedó hasta el jueves. En la noche del miércoles lo acompañé al teatro, a una lectura dramatizada de La judía de Toledo. Me aburrí no poco: el horario infame, la duración kilométrica, los discursos prolijos… Salí a escape antes de que acabaran los generosísimos aplausos. Don Juan, en cambio, parecía en su salsa: se quedó al vino que dieron como estrambote.
Hoy hablo con él por teléfono:
—¿Qué celebraban, don Juan?
—Que, según dicen, hace ochocientos años que los calatravos se mudaron de Calatrava la Vieja a la Nueva.
—¿Tiene eso algo que ver con las aventuras extramatrimoniales de Alfonso VIII?
—Poco, creo yo. Como no sea que Alfonso VIII perdió Calatrava la Vieja tras el desastre de Alarcos y la recuperó cuando las Navas…
—¿La perdió por sus andanzas sexuales?
—Quién sabe: el Dios de la Edad Media era más duro que el de ahora. El caso es que los amores de Alfonso con la judía de Toledo han tenido consecuencias literarias muy notables. La que nos leyeron la otra noche tal vez no sea de las mejores.
—Pero estuvo usted bien atento…
—Me interesa El Taular. Para ser un grupo aficionado, tiene buen nivel. Me interesa también el Centro de Estudios Calatravos: conviene que haya alguna institución solvente dedicada a la investigación y la reflexión sobre la comarca; y sería estupendo que difundieran eficazmente lo investigado y reflexionado. No sé si hacen lo primero, pero lo segundo no lo hacen; es decir, apenas publican y la repercusión de sus actividades es mínima.
—Pues hay en él gente muy importante.
—Sin duda: empezando por la cabeza, Sánchez Meseguer, cuyo currículo es brillantísimo.
—Nos enteramos el martes de que en la intimidad le dicen Mese.
—Poco habríamos perdido de no saberlo. A los viejos estas familiaridades en actos que deberían ser formales y hasta solemnes nos desconciertan un tanto: tardamos en enterarnos de que Mariano es Rajoy o de que Pablo es Iglesias; y ya, si emplean los hipocorísticos, nos desorientan del todo.
—Lo harán aposta.
—Es posible, pero no lo creo. Lo hacen así porque no distinguen que hay situaciones y situaciones; quizá tampoco sepan que en cuanto la camaradería sobrepasa ciertos límites se torna chabacana; y, sobre todo, ignoran que el público no tiene por qué participar de sus efusiones: la formalidad y la buena educación no sobran nunca; el respeto tampoco.
—No se enfade usted, don Juan: esta guerra la tenemos perdida.
—Pudiera ser —dice melancólico.
Vuelve al camino del que nos ha sacado la digresión:
—Y me interesa, igualmente, la orden de Calatrava, más como mito fundacional que como realidad histórica.
—Explíquese.
—Dejando para otro día juicios de valor y demás cuestiones espinosas, concedo que acaso en los primeros tiempos los calatravos cumplieran eficazmente la misión de proteger a la cristiandad contra la morisma. En cuanto dejó de hacer falta se convirtieron en el prototipo de élite extractiva; es decir, emplearon todas sus energías en la explotación concienzuda de estas tierras y sus gentes, sin un átomo de misericordia.
—Así eran entonces las cosas.
—Eran así, en efecto. Pero ¿por qué quienes viven ahora en la comarca se sienten tan orgullosos de los que exprimieron ferozmente a sus antepasados? ¿Por qué la cruz de Calatrava —más garra ensangrentada que otra cosa— está en todas partes?
—Hombre, don Juan: la orden de Calatrava es un elemento muy principal de nuestra historia, nos hizo como somos.
—¿Igual que Hitler hizo a Primo Levi, por ejemplo?
—Exagera usted.
—Conviene que alguien exagere por el lado de la crítica para compensar un poco el platillo de la beatería laudatoria.
—¿Echa usted sobre sus hombros tan alta misión?
—Yo no estoy para misiones ni proselitismos: que cada uno piense, diga y haga lo que quiera. Pero, de vez en cuando, no viene mal abrir el armario de los mitos fundacionales y airearlos un poco.
Será verdad: habrá tiempo. Abrevio la conversación. Intercambiamos buenos deseos. Me pide que los extienda a ustedes, pacientes lectores. Obedezco: que el año venidero les sea propicio, que les devuelva con creces todo lo que nosotros les debemos y no sabemos cómo pagarles.

domingo, 24 de diciembre de 2017

Feliz Navidad

A estas horas el Marqués está lleno; los clientes ríen, brindan, hablan alto, se saludan o despiden con abrazos. Grises, morigerados, viejos, somos la isla extravagante que salva la dignidad vespertina de este humilde domingo de invierno: para los demás no es domingo, es Nochebuena, la puerta grande de las Fiestas. Reclamos innumerables se disputan, como aves de presa, la adhesión o el bolsillo de los pobres mortales. No es fácil escapar al aturdimiento, a la embriaguez de dicha que se ofrece al alcance de la mano. No será difícil despertar con resaca después de los Reyes.
—¿Y qué hacemos? —pregunta alguien con resignación.
—Huir —dice el escéptico.
—Disfrutar lo que podamos: no se pongan ustedes exquisitos ni se suban al púlpito de quienes piensan que saben, porque no beben el vino de las tabernas —corrige don Juan.
—¿Nosotros? —replica el escéptico.
—Nosotros también tenemos derecho a disfrutar de las fiestas aunque seamos viejos y, dentro de un orden —valga el oxímoron—, incluso a cometer excesos.
—Pero estas son fiestas religiosas —precisa, como siempre, el católico.
—Son fiestas; el apellido que se les ponga carece de importancia. En el mundo occidental han sido durante siglos fiestas religiosas. ¿Lo son todavía? Cabe dudarlo. En el resto de la tierra la tradición cristiana ni siquiera existe, pero las fiestas —o sea, la Navidad— sí, cada vez más. ¿Tiene algo de malo? No lo creo.
—Es malo el imperialismo cultural de Occidente —se altera el rojo.
—Ojalá todos los imperialismos fueran tan recios como este —ironiza don Juan—. Hay actualmente un afán de pureza étnica, cultural, religiosa, bastante ingenuo que incurre en excesos algo ridículos. Sin irnos muy lejos: me cuentan que las familias de ciertos alumnos del colegio Cervantes han pedido que no vayan sus hijos al belén. Tienen todo el derecho del mundo y no seré yo quien se lo niegue, pero ¿no estarán simplificando excesivamente las cosas, es decir, incurriendo en un fundamentalismo pedestre que en nada beneficia a la formación de los niños?
—¿Y si los padres son musulmanes u ortodoxos o ateos?
—Aunque lo sean. La cultura occidental incluye grandes dosis de cristianismo, de judaísmo, de herencia grecolatina… Resulta imposible entender a Garcilaso o a Góngora sin rudimentos de mitología clásica; no es preciso ser cristiano para oír gozosamente la música de Bach, pero conviene conocer qué es un Kyrie antes de sumergirnos en la Misa en si menor, por decir algo. ¿Se puede ir al Prado, al Louvre, a la Galleria degli Uffizi ignorando por completo la iconografía cristiana? Quizá, pero no estorbaría.
Don Juan toma un sorbo de jerez. Prosigue:
—Conocen ustedes cuáles son mis creencias religiosas: ninguna. Aun así considero imprescindibles y sumamente placenteros los productos culturales del cristianismo, desde las sutilezas laberínticas de la cristología de los primeros concilios a los villancicos populares, de las iglesias románicas a la música de Händel, del Greco a Miguel de Molinos. Y eso nada tiene que ver con la fe.
—Hombre, al menos en su origen…
—Quizá en su origen, ya no necesariamente. Luego excluir a los niños de todo ese formidable legado cultural me parece un insensatez y una ligereza, cuando no un rasgo de fanatismo. Lo mismo opino de las fiestas: ¿a quién ofenden los que en el bar se están achispando despreocupadamente? A nadie, felices ellos, salvo en lo de usar gorros de Papá Noel.
—La iglesia católica habla del sentido religioso de la fiesta.
—Que haga lo que quiera. La iglesia tiene un reducido número de fieles —¿cuántos por mera tradición, cuántos por fe viva?— que acuden a los cultos y tratan de ocupar simbólicamente los espacios públicos de maneras diversas: que los pastoree como le plazca. ¿Aborrecen el jolgorio, las comilonas, el despilfarro, los excesos? Ellos se lo pierden. El ciudadano común, sensato y moderado, está tan lejos del catolicismo ferviente como del ateísmo ferviente, y oye con la misma risueña indiferencia a los solemnes predicadores de las religiones nuevas como a los de las religiones viejas: todos refractarios al alborozo festivo, sosos de nacimiento.
Don Juan —la moderación misma— nos tiene acostumbrados a exaltadas defensas de la juerga. A sus años, sabemos que lo hace más por nostalgia y aversión a los moralistas que por la propia juerga, ya casi inalcanzable.
Como partidario de la fiesta —de cualquier fiesta— y enemigo declarado de quienes se oponga a ella —sean quienes sean—, nos despide con un brindis, nos desea una feliz Navidad y me encarga que yo también se la desee a todos ustedes, misericordiosos lectores.
Obedezco gustoso: pásenla bien.

domingo, 17 de diciembre de 2017

"Esfínters dil·latats"

Los amigos de la tertulia somos gente como el resto. Abundamos en vicios —unos fruto de la edad, de la educación y los prejuicios; otros de la naturaleza, que nos sacó imperfectos; ninguno de la voluntad de obrar mal—; no presumimos de ellos: si no atinamos a corregirlos, al menos les ponemos sordina. Desde luego, sabiéndonos del mismo barro que los otros, evitamos dar lecciones a nadie aunque metamos baza con absoluta libertad en lo que se tercie…
—Habría que matizar —interrumpe don Juan.
—Matice, por favor.
—La edad por sí sola no cría vicios ni virtudes. La educación —intencionada o por impregnación— sí puede dar lugar a tropiezos y conductas más o menos sinuosas: hay que andarse con ojo.
—Eso quería decir, don Juan: que somos viejos, que tenemos costumbres anticuadas y antojeras que nos impiden apreciar bien las novedades.
—Precisemos de nuevo: las costumbres son territorio privado; cada uno tiene las que le placen. Por ejemplo, esta es una tertulia de hombres solos, bebedores y, supongo, de sexualidad más o menos convencional —signifique lo que signifique—: a nadie le importa. Pero defendemos la igualdad de mujeres y hombres, no exhortamos al alcoholismo, y las preferencias sexuales del prójimo nos traen sin cuidado.
—Claro, don Juan.
Él va embalado:
—Y en lo de opinar libremente… no estaría mal añadirle algo de conocimiento y una pizca de prudencia. O sea, tratemos de evitar las muchas tonterías y la excesiva difusión de las que digamos; ahora, el prójimo que diga las que quiera y las difunda a los cuatro vientos: la libertad de expresión es sagrada.
—Hombre… —duda alguien.
—Sabiendo, eso sí, que al que dice muchas tonterías lo llaman tonto muy justamente.
Algún amigo no encuentra el hilo:
—¿De qué se habla hoy?
—De que la estupidez está bien repartida —se anticipa don Juan—. Miren los comentarios de un ilustre científico sobre Miquel Iceta.
—Poco tienen que ver con nosotros.
—Quién sabe. El patriotismo es ponzoñoso.
El amigo sigue perdido, pero no dice nada; don Juan continúa.
—Cuando digo patriotismo, perdonen el atrevimiento y entiendan cualquier tipo de adhesión emotiva a un grupo. Con demasiada frecuencia los grupos se fundamentan en el odio a lo ajeno tanto como en el amor a lo propio. De ahí las rivalidades y conflictos; de ahí también la descalificación previa y absoluta del otro, lo conozcamos o no: si no es de los nuestros, es pérfido y no son precisas más averiguaciones.
—Pero un científico es una persona racional: no afirma las cosas a humo de pajas, sino después de haberlas comprobado.
—Mientras actúa de científico, probablemente sí. En cuanto sale del laboratorio, ya es un hombre común, con su carga de prejuicios a cuestas: cultura no siempre es sinónimo de inteligencia ni de racionalidad, menos todavía de rectitud moral. Cuando una lumbrera de la ciencia, del arte o de la cultura cae enfermo de patriotismo se vuelve muy peligroso: las tonterías o vilezas que haga o diga serán mucho más tontas y viles que las de otro cualquiera.
—¿No es un freno la inteligencia, entonces?
—Solo si se combina con la ética. De lo contrario, hasta podría ser un acicate. Miren este buen hombre: emplea oblicuamente la expresión esfínters dil·latats, un sintagma culto, para acusar a Iceta de ciertas prácticas sexuales que él considera perversas y que, por tanto, lo incapacitan absolutamente. Ahora bien: ¿está completamente seguro de que la actividad sexual de Iceta ocasiona la dilatación de esfínteres?, ¿lo ha comprobado él?, ¿cree a estas alturas que solo hay un tipo de sexualidad ortodoxo y aceptable?, ¿qué le da derecho a pensar que las actividades sexuales de alguien anulen las cualidades o capacidades que pueda tener, sean estas para jugar al mus o para presidir la Generalitat, y que lo conviertan automáticamente en impostor, ignorante, demagogo…?, ¿no se da cuenta de que sus prejuicios son los mismos que los del Dios del Antiguo Testamento y sus secuaces hasta hoy? A qué seguir: basta para darnos cuenta de lo encenagada que anda la convivencia en algunos sitios.
—¿Tiene remedio?
—En la medida en que lo tienen las cosas que atañen a la condición humana. Los seres humanos somos animales, y no de los mejores. Lo natural en los seres humanos es la lealtad irracional al grupo —rebaño, manada, patria, fe, lo que sea— y el odio feroz a lo que no sea grupo. Contra esa tendencia natural lleva siglos oponiéndose la civilización. La civilización es un trabajo arduo y lento. Confiemos en que no sea un trabajo inútil.


domingo, 10 de diciembre de 2017

Suum cuique

Don Juan no había vuelto al Corral de Comedias desde el verano, cuando estuvo en la representación —correctísima políticamente, quizá tramposa— de A secreto agravio, secreta venganza, la función que ganó el Almagro Off. El viernes último, con un hato de amigos pastoreados por una guía monótona y funcionarial, volvió como turista: aunque se lo conoce bien, lo recorrió a conciencia, despacio, fijándose en detalles y pequeños cambios que casi nadie nota. Dos le llamaron la atención, ambos perfectamente prescindibles: la placa en memoria de Elena Damiana de Juren, a quien le está dedicado uno de los innumerables tomos de las comedias de Lope, y la prolija aclaración junto al poema de Manolita Espinosa del que hablamos hace unos meses. La placa es erudita y discreta, e incluso puede excitar la curiosidad intelectual de algún visitante, pero don Juan piensa que está traída por los pelos y que a este paso el Corral se va llenando de cachivaches banales; en cuanto al escolio del poema…
—¿Qué es un escolio? —pregunta alguien que no pertenece a la cofradía de los cultos.
—Los escolios son observaciones o comentarios en forma de nota que se añaden a un texto para explicar algo que precise explicación. Antiguamente se ponían en los márgenes, y en los márgenes han puesto el de Espinosa.
—¿En qué márgenes? ¿Qué han puesto? ¿Para qué?
Don Juan es paciente:
—Desde hace muchos años en el vestíbulo del Corral hay un cuadro de marco funerario que, además de ciertos dibujos ingenuamente almagreñistas, copia el poema este de Manolita Espinosa, caligrafiado con el tipo de letra emperifollada que estuvo de moda hace un siglo. El tiempo ha desleído el texto, pero todavía se ve perfectamente, al pie, el nombre de la autora. De modo que nadie duda de que el poema es obra exclusiva del ingenio y la inspiración de la poeta local por excelencia.
—El escolio ¿qué dice?
—Que el poema es de Manolita Espinosa, que se ha traducido a diversas lenguas, que lo han leído y representado importantes personalidades, y —cabe deducir, porque la redacción es lóbrega— que está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual. Toda esa información, impresa en una de las fuentes más cursis del Office, ocupa un folio, enmarcado también funeralmente, que han colgado como hijuela junto al texto principal.
—¿Para qué?
—¡Si hicieran ustedes las tareas…! —se lamenta irónico don Juan.
—¿Qué tareas, don Juan? Déjese de enigmas, por favor.
—¿No han borrado los versos de Espinosa que había en el silo? ¿No les encargué que averiguaran la causa?
Por mi parte estaba convencido de que aquel fue un encargo retórico que no nos obligaba a nada: lo había olvidado por completo; los demás, igual.
—¿Qué relación hay? —la pregunta es casi una llamada de auxilio.
—A estas alturas ignoramos todavía por qué borraron los versos; pero ya tenemos una pista —don Juan se pone detectivesco.
—¿Cuál?
—El Registro de la Propiedad Intelectual. Si nos dicen que el poema está protegido por un escudo tan poderoso, será para ahuyentar a quienes quieran echarle mano.
—¿Antonio Laguna pretendió aprovecharse de la obra de Espinosa? Eso es descabellado, don Juan. Laguna quiso hacer un homenaje a la poeta: así lo dijo públicamente, y confesó que siente por ella profunda admiración.
—Quién lo duda. Pero no puso el nombre de la autora. Y ya saben cómo son de susceptibles los poetas. Quizá a alguien no le gustara la falta.
—La omisión o falta que dice usted no pasaba de descuido fácilmente enmendable. ¿Qué necesidad había de quitar los versos ni de advertir del registro?
—No lo sabemos. Tampoco creo que nadie nos vaya a facilitar las pesquisas. Pero ahí están los hechos a la vista de todos. ¿No les llaman a ustedes la atención?
—Están los hechos, pero establecer una relación entre ellos es aventurado: ¿a qué poeta le incomoda la difusión de sus versos?
—La difusión, a ninguno; el control de la difusión a muchos. Quizá en otros tiempos el máximo honor de los poetas fuera que sus versos llegaran a ser tan populares que se convirtiesen en anónimos: Juan de Mairena dijo algo al respecto. En nuestros días, en cambio, el marchamo de la autoría debe acompañar al poema necesariamente; de lo contrario, el poeta sufre sarpullidos y escoceduras muy molestos y dolorosas.
Sé que don Juan carga la suerte aposta, y que se arriesga a ser malinterpretado, pero no quiero pedirle precisiones: al alcance de cualquiera está que, salvo algunos parapoetas, nadie se ha hecho rico escribiendo versos; ahora bien, que los autores quieran ver reconocida la autoría no tiene nada de malo: es mera justicia.


domingo, 3 de diciembre de 2017

Y, además, suerte

El 3 de diciembre de 1977 cayó en sábado. ¿Era los sábados cuando salían entonces las revistas de información general? Don Juan no lo recuerda, pero hoy ha repasado los números fechados aquel día por dos que guarda con mucho cariño, completas, encuadernadas, y que —cosas de viejo— hojea de vez en cuando para entretenerse: Triunfo y Cuadernos para el Diálogo.
—Para entretenerme, y para refrescar la memoria y aprender.
—Hombre, la historia se aprende mejor en los libros de historia, digo yo — y lo dice el amigo sin excesiva meditación.
Don Juan lo mira interrogante; el otro se retrae; don Juan precisa:
—Los libros de historia, si son buenos, nos cuentan las cosas como fueron, vistas desde hoy. Usando un lugar común de nuestros días, los buenos historiadores presentan un relato coherente de lo que pasó, bien estructurado a la manera de las buenas novelas, con sus causas y consecuencias; de modo que el lector, de no andar sobre aviso, podría creer que lo sucedido tenía que suceder inexorablemente, obedeciendo a leyes tan estrictas como las de la física.
—¿Y no es así? —pregunta un ingenuo.
—Ignoro si la historia, la vida en general, tiene algún sentido; si lo tiene, se me escapa. Se les escapa igual, obviamente, a quienes están haciendo o padeciendo la historia en el momento de hacerla o padecerla.
—Es usted muy pesimista, don Juan.
—Creo que no. Ahora bien: hay personas a quienes el sinsentido del presente y la incertidumbre del futuro les causan desasosiego; por eso se han inventado las religiones: el marxismo o el cristianismo sí están seguros de que la historia tiene sentido, tanto que a menudo escriben la palabra con mayúscula.
—Los patriotas, lo mismo —amplía alguien con agudeza.
—Claro: las patrias son religiones; es decir, cada patria es un relato perfecto, sin desfallecimientos: la Historia de la Salvación de un pueblo heroico que, conducido por pastores maravillosos, salva incontables peligros, arriba —o ha de arribar— a la Tierra Prometida, y hace realidad lo que era desde el principio de los tiempos un Destino Manifiesto. Antiguamente estas cosas las contaban muy bien los poetas; ahora las cuentan —muy mal— historiadores capciosos, maestros de escuela, políticos balbucientes y otros varios tenderos de mercancías averiadas.
—La gente los cree.
—Ya hemos dicho que las incertidumbres dan miedo: el calor del rebaño y la clarividencia del pastor lo mitigan. Pero el rebaño no sabe adónde va hasta que ha llegado; los pastores, tampoco.
—No exagere usted, don Juan: los seres humanos tienen aspiraciones, expectativas, anhelos; tales sentimientos pueden ser compartidos; de vez en cuando surgen líderes visionarios y seductores capaces de proponer metas al pueblo y de disciplinarlo para encaminarse a ellas.
—Quién lo niega. Por supuesto hay aspiraciones individuales y colectivas, líderes carismáticos, etcétera y etcétera. Lo que no hay son destinos manifiestos ni pueblos elegidos. Quiero decir que las aspiraciones se pueden frustrar o ser descabelladas, y que con demasiada frecuencia vemos líderes atolondrados y tramposos que guían al pueblo por el filo de la navaja o lo arrojan al precipicio. No es preciso traer ejemplos de que unas veces las cosas salen bien —la Transición— y otras mal —la Segunda República—, y no siempre por los aciertos o errores de quienes reman o están al timón. Así que lo mejor que se les puede pedir a los gobernantes es inteligencia, tacto y buena fe; luego, generosidad, sentido común, respeto, humildad y… suerte.
—¿A qué viene todo esto, don Juan?
—Lean los números de Triunfo y de Cuadernos para el Diálogo del 3 de diciembre de 1977. Faltaba un año para el referendun de la Constitución: nadie lo sabía, claro está; pocos eran optimistas. En el número de la semana anterior Cuadernos publicó el borrador al que habían llegado trabajosamente los siete padres que, andando el tiempo, serían cubiertos de elogios: por aquellos días no paraban de caerles palos encima, algunos con muy mala uva. Y el texto que se había filtrado —¡un mero primer borrador!— recibió críticas de todas partes: desde lingüistas a politólogos, de plumillas pretendidamente ingeniosos a sesudos profesores, de la derecha extrema y de la extrema izquierda, de los sindicatos y de las patronales; de Pedro Altares y de Haro Tecglen; de la iglesia católica, por supuesto. Haro Tecglen escribió: Una Constitución se hace para muchos años, pero la española se está haciendo mediante componendas y pactos para una coyuntura; Pozuelo, su heterónimo, se burlaba inmisericorde en la columna de al lado de los siete enanitos...
—¿Y?
—Que la iglesia católica, barriendo siempre para casa, no se ha movido un milímetro. Y que tuvimos suerte.