domingo, 9 de diciembre de 2018

¿Chorro de voz o 'flatus vocis'?

El rojo viene enfadado: no ha digerido aún el resultado de las elecciones en Andalucía.
—¿Te vas a manifestar tú también contra los resultados? —pregunta sarcástico el conservador.
—Los resultados son un dato tan cierto e irreversible como el solsticio de invierno o el cerro de la Yezosa. Manifestarse contra ellos es una estupidez considerable; procurar que no se repitan o prevenirse contra las consecuencias es, en cambio, sensato. Por lo demás, yo solo me manifiesto aquí, ante vosotros, de palabra. Con don Juan he aprendido lo inútil del proselitismo y lo agotador de la predicación.
—Inútil no —matiza don Juan—; agotador, quizá tampoco. Mire a san Pablo, a Mahoma, a Buda, incluso a Santiago Abascal. Inasequibles al desaliento, ellos han hecho proselitismo tenazmente: su esfuerzo ha logrado recompensa. Otra cosa es que nosotros no tengamos vocación.
—Así va el mundo —deja caer el escéptico.
—Así va, en efecto; e irá peor —profetiza el rojo.
—¿Cuándo?
—En cuanto Vox entre en el gobierno.
—Valls lo impedirá. ¿Cómo va a permitir Ciudadanos que la extrema derecha se le siente al lado? ¿Cómo va aceptar siquiera sus votos?
—Valls viene de Francia, una tierra feraz en derechistas extremos —los hubo siempre: Pétain no estaba solo—, pero en la que los demócratas se reconocen mejor mutuamente e identifican bien a los enemigos de la democracia.
—¿En España no?
—En España la división es, sobre todo, entre izquierda y derecha. En épocas turbulentas, principalmente, esa es la raya que importa. Conque, para derribar a la izquierda, Ciudadanos y el Partido Popular absolverán sin remordimiento a Vox de sus veleidades autoritarias.
—La izquierda hace lo mismo cuando le conviene.
—Y no es para estar orgullosos.
—Tal vez piensen de los extremistas lo que muchos padres piensan de los hijos díscolos: que dándoles todos los caprichos se tornarán dóciles y reinará en la casa por siempre la paz.
—Se equivocan, claro.
—Claro; suele ser al revés.
—¿Qué hacemos entonces con Vox?
—Volverlo a su condición de diccionario —musita el cínico.
Don Juan, que oye lo que quiere, le sonríe:
—Los diccionarios, sabios y silenciosos, merecen respeto. Pero la figura es aprovechable: ¿de chorro de voz a flatus vocis? Sería estupendo, aunque ignoremos cómo se hace. Por lo pronto, a los dirigentes habría que negarles el pan y la sal: recluirlos en el lazareto de los apestados.
—Y ¿con los votantes?
—Ese es otro cantar.
Interviene el optimista:
—Los votantes no tienen la culpa. Ellos, pobres y mal informados, han dado rienda suelta a las frustraciones y se han rendido a los cantos de sirena de quien les promete remediar sus males de inmediato y por las bravas. Será fácil traerlos al buen camino.
Desconocemos si es ironía; el rojo reacciona airado:
—Encima de pobres y mal informados, también son fachas.
—Dice Errejón que no hay cuatrocientos mil fachas en Andalucía.
—Errejón es un ingenuo como tú.
—¿Qué opina, don Juan?
—Que habrá de todo un poco. No cabe descartar, desde luego, el hartazgo de tantos años de socialismo nominal, la competencia entre pobres —los de aquí y los recién venidos— por las migajas del banquete de los ricos —los de siempre y los nuevos: a los de El Ejido se les nota todavía el pelo de la dehesa—; el resurgir del nacionalismo español frente al independentismo catalán, del machismo frente al feminismo, del franquismo latente frente a la exhumación de Franco… Ahora bien, tampoco cabe olvidar que había en España muchos fachas a quienes el Partido Popular creía tener sujetos. ¿Por qué se han asilvestrado? Los sociólogos sabrán.
—Es usted blando, don Juan —protesta el rojo—. Los votos de Vox son votos indeseables para individuos indeseables de individuos indeseables. Tan indeseables que se avergüenzan de serlo: solo en los bares, pasados de copas, vociferan las barbaridades sin sonrojo.
—Y en internet.
El rojo briza la tulipa de Macallan:
—En internet abundan los bares de hombres solos, turbios y bestiales, cargados de humo y alcohol barato, donde rebuznar entre amigos.
Don Juan previene:
—¿No hablaba de los datos? Téngalos en cuenta. Porque ¿no querrá usted privar del derecho al voto a los votantes de Vox?
—El derecho al voto es sagrado, don Juan. Ciertos votos —hasta ciertos votantes— pueden parecernos nauseabundos; habrá que soportarlos, no obstante. Pero sin achicarnos: intus timoris, sí; foris pugnæ.
—¿Dijo eso san Pablo?
—Aproximadamente.
No entro en latines; pienso entre mí —acaso quiera engañarme— que será un sarampión: que los indignados de 2018 están en la extrema derecha como los indignados de 2011 estaban en la extrema izquierda; estos se han domesticado y van veloces a la irrelevancia; a aquellos —¿padres o hermanos menores?— les pasará lo mismo más temprano que tarde. La democracia española es firme y consistente. Ojalá.

domingo, 2 de diciembre de 2018

La plaza

Hacía algunas semanas que no veníamos por la plaza. Cuando la abordamos esta tarde desde la calle de la Feria don Juan repara de inmediato en la ausencia de toldos, de sillas y mesas apiladas, en que el lado de la umbría se halla completamente despejado de los cachivaches que con frecuencia convertían la plaza en un revoltijo de trastos. Se hace de nuevas:
—¿Qué ha pasado aquí? ¿Una epidemia de civismo en los hosteleros?
—Aún no, don Juan: un cambio en la ordenanza.
—¿No ha habido tumultos ni motines?
—Tampoco.
—Me alegro.
—¿Por qué lo pregunta?
—Los espacios públicos, —las plazas en particular, cuando están vivas— suelen ser lugares de confrontación y conflicto; unas veces los conflictos son endógenos; otras, conflictos originados afuera vienen a hacerse visibles, a manifestarse en ellas: así ha sido siempre y así será.
—¿Qué quiere decir?
—Quiero decir que en la plaza de Almagro —que todavía está viva, o sea, que no es mera atracción para turistas, aunque vaya camino de serlo— confluyen múltiples intereses: económicos, de ocio y convivencia, ideológicos, estéticos, de exhibición de poder o posición social… No será fácil armonizarlos sin roces.
—Alguien debería probar.
—Las autoridades, desde luego; pero las autoridades, y más si se acercan elecciones, procuran no meterse en avisperos de los que puedan salir perjudicadas.
—A veces lo hacen.
—Por fortuna. En los últimos días hemos visto dos casos: el de Madrid y este de Almagro.
—Hombre, no compare…
—Salvo por las dimensiones, son de naturaleza idéntica: el propósito de llevar algo de sensatez al uso de los espacios públicos sabiendo que nadie quedará por completo satisfecho, pero que el interés general saldrá ganando. Y en ambos resulta sorprendente la reacción ciudadana: comprensiva, expectante y moderada. ¿Se acuerdan ustedes de la manifestación del jueves 1 de julio de 2004, cateta y vergonzosa? ¿Se acuerdan de cuando se prohibió fumar en ciertos espacios públicos?
—Era por razones de salud.
—De convivencia también. La mayoría de los fumadores lo aceptaron muy cívicamente: hoy nadie concebiría la vuelta a aquellas atmósferas nocivas y asquerosas. Las profecías apocalípticas y las reacciones desmesuradas de los fundamentalistas cerriles —valga el pleonasmo se deslieron como azucarillos en agua.
—Pues aquí ha habido protestas.
—Que han durado poco. Por lo que he podido observar, las protestas han venido de cuatro grupos de personas: los residentes, los hosteleros, los políticos de la oposición y los estetas.
—Qué opina de cada caso.
—De todos, los residentes son quienes merecen mayor respeto y cuidado: no solo habrán de cambiar pequeñas rutinas, sino que quizá se vean perjudicados seriamente en algunos de los requerimientos importantes de la vida cotidiana. Como lo peor que le podría pasar a la plaza es que se quedara sin almagreños y fuera invadida por la plaga de alojamientos turísticos, conviene prestar detenida atención a las demandas de los residentes, ver cómo va evolucionando la situación y modular cuanto sea preciso para que no sucumban a la tentación de huir. Naturalmente, lo dicho de los residentes vale para los pocos establecimientos que aún prestan servicio a quienes viven en Almagro.
—¿Los hosteleros?
—Los hosteleros son de naturaleza egoísta, plañidera, conservadora, poltrona y rutinaria. Las reticencias que hayan podido albergar se les pasarán enseguida: en cuanto vean que entre todos les seguimos trayendo clientes a mansalva para que los ordeñen muy cómodamente.
—¿Los políticos?
—Me choca la reacción de la mayoría: extraordinariamente cauta.
—Normal —interviene el cínico—: no querrán perder un solo voto ni por exceso ni por defecto.
—Esperaba, al menos, la crítica por falta de perfección.
—¿Qué es eso?
—La regla número uno de la oposición demagógica y ventajista: si el gobierno hace algo que no se puede criticar frontalmente, se le echa en cara que no haya alcanzado la perfección.
—Eso es pueril, don Juan.
—Pero común y sorprendentemente eficaz. Le pongo un ejemplo: si en su casa gotea un grifo o se rompe un cristal no se muda usted a otra: arregla el grifo o cambia el cristal.
—Claro.
—Pues en política parece que no es así: o todo está completamente bien o todo está completamente mal, no hay vicios pequeños. Cuando dentro de unos días celebremos la Constitución podrá comprobarlo: nadie discute que haya sido buena para los españoles; quienes la descalifican lo hacen porque no ha sido perfecta: no nos ha conducido al paraíso. Una lástima.
—¿Y los estetas?
—A los pobres les gustaría que la plaza fuera un museo donde no tuvieran cabida las miserias del mundo: una pieza aséptica, silenciosa, vacía, en cuya contemplación se pudieran deleitar perennemente. O sea, el cielo. Lo malo es que el cielo viene tras la muerte.

domingo, 25 de noviembre de 2018

Sagaseta

Hemos comido en un restaurante recién abierto de la calle de Bernardas. Salvo por el nombre y una niña que lloraba sin consuelo ni tregua, nos ha gustado: tendremos que volver. Copas luego en la calle de Madre de Dios, en un sitio penumbroso, de aire cándidamente pasado de moda; don Juan no lo conocía; tal vez le recuerde tiempos mejores, porque lleva un rato sin meter baza en la conversación. De pronto dice:
—En la primera legislatura de la democracia la actividad del Congreso de los Diputados acabó siendo muy interesante y, vista desde hoy, sumamente instructiva.
Del corro brotan sonrisas y murmullos entre comprensivos e indulgentes: cosas de don Juan, pensarán.
Cosas de don Juan, en efecto, pienso entre mí yo también. A menudo don Juan echa mano a la historia no por lo que pueda tener de erudición, menos todavía por exhibicionismo pedante; don Juan recurre a la historia como magistra vitæ, que decían los antiguos: para extraer de ella alguna luz que ilumine el presente y constatar —unas veces con melancolía, otras con satisfacción— que las flaquezas y virtudes humanas son en la actualidad las mismas que en el Paleolítico.
—¿Qué pasó en la primera legislatura de la democracia, don Juan?
—Muchas cosas que quizá no venga mal recordar.
—Empiece.
—Ahora se habla constantemente de que el bipartidismo ha desaparecido para siempre y que hemos de acostumbrarnos a la pluralidad, a los gobiernos en minoría, a los pactos y coaliciones. Será verdad. Pero en el Congreso de 2018 hay siete grupos parlamentarios; en el de la primera legislatura había diez. El grupo mixto —el cajón de sastre donde van a parar los diputados que no hallan acomodo en otro sitio— cobija en 2018 a diecinueve diputados; el de la primera legislatura llegó a contar treinta y tres. Había allí gentes conspicuas y diversas: Juan María Bandrés, Heribert Barrera, Francisco Fernández Ordóñez, Modesto Fraile —aquel que, según el chiste de Forges, pretendía ascender a Importante Obispo—, Francisco Letamendía, Telesforo Monzón, Ramón Tamames —que empezó por entonces el camino hacia la derechización y la irrelevancia—, o Blas Piñar y Fernando Sagaseta…
De la letanía de don Juan nos suenan algunos nombres; otros —y probablemente hablaríamos de ellos largo y tendido en su momento— yacen sepultados bajo la losa del olvido.
—¿Nos va a contar la vida y milagros de cada uno, don Juan? —pregunta aprensivo el despistado.
—Más adelante, quizá —responde don Juan tranquilizador—. Por ahora confórmese con los dos últimos.
—A Blas Piñar lo conocemos —interviene el conservador.
—Unos más que otros —puntualiza el rojo con algo de ironía.
—Unos más que otros, claro —el conservador no se achica—. Todos, sin embargo, sabemos que era un franquista recalcitrante, acaso más franquista que el propio Franco, con ribetes fascistas, impulsivo, fundador de un partido extremista y violento… En la Europa de nuestros días hubiera hecho buenas migas con Le Pen, Salvini, Orbán, o sea, con gente poco recomendable, lo reconozco. Ahora bien, nadie podrá negarle ni coherencia ni dotes oratorias.
—Llamas coherencia a lo que nos es más que obcecación, y dotes oratorias a la palabrería ampulosa, enfática, mentirosa y, al cabo, inane.
Don Juan atiende complacido; pero alguien, temiendo que la disputa se haga interminable, cambia de tema:
—¿Sagaseta quién fue, don Juan?
—Fernando Sagaseta Cabrera era un abogado nacido en Las Palmas que padeció la cárcel durante el franquismo, militó en el PCE, fundó la Unión del Pueblo Canario, anduvo en el PCPE, en Izquierda Unida… y, a pesar de tantos vaivenes y cambios, nunca se apartó del marxismo-leninismo ortodoxo ni del nacionalismo canario. Fue famosa su oratoria contundente, inflamada y viva.
—Es decir, igual que Blas Piñar, pero en las antípodas —resume uno.
—Los extremos se tocan —remacha otro.
—Aunque Sagaseta, exaltado en las formas y algo naíf si trataba del imperialismo yanqui o de la crisis final del capitalismo, decía muchas cosas sensatas acerca, por ejemplo, del problema del agua y la sobrepoblación de Canarias; y distinguía bien entre liberación de los pueblos e independencia. Mientras que Blas Piñar…
El despistado ruega:
—¿A qué viene esta matraca? ¿Sacaremos algo en claro? Podríamos hablar de la actualidad
—De eso hablamos —tranquiliza don Juan—. Algunos incidentes de la semana pasada en el Congreso, broncos, torpes, tabernarios, me han recordado aquellos tiempos en que era posible discutir sin salirse de madre. Si uno compara a Sagaseta con Rufián o con Hernando, dan ganas de sumarse a los viejos que pontifican sobre la decadencia de la humanidad en general, o a los cultos que lamentan el descrédito de las humanidades, haya las que haya. ¡Adónde iremos a parar!

domingo, 18 de noviembre de 2018

Otra vez las Calatravas

En la televisión las selecciones de Inglaterra y Croacia disputan un partido cuyo resultado, creo entender, le importa también a la selección de España: misterios del fútbol. Con entusiasmo variable, la mayoría de los amigos y parroquianos del bar mira la tele; muchos se exaltan, se abaten o se remansan alternativamente sin otra solución de continuidad que los tragos distraídos, maquinales, que toman de cuando en cuando; apenas hablan, pero gruñen, suspiran, rezan, bufan, gritan, gesticulan; en el descanso aprovechan para ir al váter y rellenar las copas. Un amigo, olvidado provisionalmente del fútbol, se dirige a don Juan:
—Estará usted contento: los de Almagro Sí Puede le han hecho caso.
—¿En qué?
—En lo de las Calatravas. Han sacado una nota pidiendo que se paralice la venta hasta aclarar la titularidad del edificio.
—La he visto. No es un prodigio de argumentación.
—Me sorprende usted. ¿Le incomoda que nos lean?
—A nosotros nos lee muy poca gente, y menos aún es la que nos toma en serio. Hacen bien; no somos nadie: meros ciudadanos particulares que los domingos se juntan a tomar copas.
—La vanidad…
—La vanidad —me mira—, si la quiere, para el escribiente.
—Con todo y con eso, le parecerá bien que salgan a la luz las dudas sobre la propiedad del monasterio.
—Claro. Es el punto esencial: los podemistas, ahí, atinan; en lo demás, resbalan. Ellos, tan seguros de sí, tan convencidos de la propia suficiencia, se desentienden a menudo de ser rigurosos.
—Les profesa escasa simpatía.
—A algunos, no solo simpatía: cariño y admiración. Pero la nota de prensa decepciona bastante.
—Muéstrelo.
—Dejando aparte algunas inexactitudes históricas y el sintagma emblemático edificio, merecedor de cárcel o cuantiosa multa, por lo que atañe a la nota del viernes resulta asombroso ver cómo disparatan —para regocijo del obispado, probablemente— respecto al Real Decreto-Ley del 9 de agosto de 1926, relativo al Tesoro artístico arqueológico nacional, y al Decreto de 3 de junio de 1931, el cual, entre otros numerosísimos edificios, declara Monumento Histórico-Artístico perteneciente al Tesoro Artístico Nacional el Convento de la Asunción de Calatrava, en Almagro. Por mucho que se empeñen los podemistas, ninguna de las dos normas expropia o nacionaliza nada, simplemente pone limitaciones —sensatas y razonables— a la propiedad. Es más: el artículo 10 del Real Decreto-Ley de 1926 dice nítidamente que los edificios o sus ruinas declarados pertenecientes al Tesoro Artístico Nacional propiedad o en poder de particulares podrán ser libremente enajenados sin traba ni limitación alguna y sin necesidad de dar conocimiento al Estado, aunque, claro está, el adquiriente queda obligado a conservarlos con arreglo a las prescripciones de este Decreto-Ley y a poner el hecho de la adquisición en conocimiento del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes. Y más todavía: los artículos 15 y 16 del mismo Real Decreto-Ley dejan abierta la posibilidad de conceder la custodia y conservación de monumentos pertenecientes al Tesoro Artístico Nacional a aquellas corporaciones, entidades o particulares que, ofreciendo las necesarias garantías, lo soliciten. No es preciso seguir.
—Y ¿qué más da, don Juan? Importa la intención.
—Importan la intención y la manera de concretarla. La intención de los podemistas es buena; la argumentación que la apoya, pésima.
—¿Por qué?
—Porque lo errado de los argumentos quizá desacredite la propuesta y distraiga del fondo del asunto.
—¿Que es…?
—Saber qué títulos de propiedad adujo el obispado para que el registrador inscribiera a su nombre el monasterio. Los podemistas, la prensa, las instituciones preocupadas por la conservación del patrimonio, el alcalde, el Ministerio de Hacienda, que era el dueño y lo cedió en 1903 —el domingo pasado vimos las condiciones deberían batallar porque se hagan públicos. Que se pare o no se pare la venta —no habrá puñetazos para comprarlo— puede esperar.
—¿Qué títulos serán?
—Lo ignoramos. Inmatricularlo basándose en el artículo 6º del Convenio-Ley de 1860 es difícil: tendría que aparecer expresamente en la relación por triplicado de bienes excluidos de la desamortización que se les pidió a los obispos en su momento, pero se antoja improbable que el de Ciudad Real —que no se interesó por las Calatravas hasta 1902— lo incluyera. Más difícil es alegar, como se ha hecho en tantos sitios, que el obispado lo ha poseído desde tiempo inmemorial, porque sabemos fehacientemente que no se le cedió hasta principios de 1903, o sea, ayer tarde: además de la Real Orden de 17 de febrero de 1903, todavía queda en casas almagreñas un curioso librito que lo corrobora: Restablecimiento de los dominicos en la ciudad de Almagro e inauguración de su iglesia en los días 2, 3, 4 y 5 de febrero de 1905.
—¿Entonces?
—Quizá lo compraran en algún momento. Ya veremos. Por lo pronto, para mitigar la tristeza del fútbol, tomémonos otra copa.

domingo, 11 de noviembre de 2018

Las Calatravas

Esta mañana nos hemos acercado al convento de los dominicos.
—Todavía hay almagreños que lo llaman las Calatravas. No andan descaminados.
—¿Por qué?
—Porque monasterio de calatravas fue durante dos siglos y medio.
De la construcción, más que lo bello —que conocemos: don Juan no se cansa de alabarla—, conmueve lo vacío: se han ido los frailes, y hasta Dios mismo, aburrido de que nadie le haga caso, parece haber abandonado la iglesia. Un grupo de turistas deambula, fantasmal y disperso, por salas y galerías. Entran en el coro; oyen el eco susurrante de sus voces; sienten el frío de la ausencia; se marchan cabizbajos. Nosotros también salimos sobrecogidos; menos mal que es la hora del vermú: vinos y martinis espantan la tristeza, nos devuelven al presente inmediato y carnal, y a sus exigencias:
—¿Qué va a ser de esto, don Juan?
—No lo sé; nadie lo sabe.
—Hay quien propone que lo compre el ayuntamiento.
—Antes de pensar en la compra habría que formularse —y responder— dos preguntas: ¿para qué lo quiere el ayuntamiento?, ¿para qué lo quiere el obispado?
—Contéstelas.
—La preocupación máxima del ayuntamiento y de los almagreños ha de ser la restauración y conservación del edificio; no cabe conservación sin uso adecuado: ¿qué uso adecuado y realista le daría el ayuntamiento?, ¿con qué dinero lo compraría?, ¿con qué dinero lo mantendría?
—Y ¿el obispado?
—Las propiedades de la iglesia se justifican solo por tres motivos: el culto, el sustento digno de quienes la sirven, y determinados fines sociales como la evangelización, la caridad, la enseñanza, la cultura… Por eso, la propia iglesia se impone restricciones a la hora de comerciar con sus bienes. Sin embargo, en las Calatravas se ha suprimido el culto, se ha dejado a su suerte el monumento y se ha descartado cualquier utilidad social salvo la mera explotación turística. Es decir, el obispado, que no necesita el inmueble, aspira a convertirlo en dinero cuanto antes: quizá no sea un comportamiento muy ejemplar, sobre todo comparándolo con el que han adoptado los dominicos respecto a la huerta.
—¿Debería donarlo?
—Se le agradecería.
El rojo interviene:
—Olvida usted una cuestión previa y decisiva: cómo ha venido la finca a propiedad del obispado.
—Es cierto. Se trata de un asunto que nadie plantea y que acaso debiera plantearse. Pero nosotros somos legos en la materia: ignoramos las vicisitudes históricas y nos perdemos en los laberintos jurídicos. Historiadores y juristas sí podrían alumbrar.
—Algo sabremos…
—Muy poco. Que el monasterio se desamortizó en 1836: en la desamortización de Mendizábal; entonces era de los calatravos; la diócesis de Ciudad Real ni siquiera existía. Que no se consiguió vender en las subastas que hubo a continuación. Que, si bien el Concordato de 1851 devolvió a la iglesia las propiedades desamortizadas y no vendidas, el obispado de Ciudad Real —nacido del propio Concordato— no lo reclamó. Que tampoco lo reclamó cuando el Convenio-Ley de 1860 permitió a la iglesia reservarse los edificios destinados al culto, a residencia de los eclesiásticos y al uso y esparcimiento de los obispos. Que solo en 1902 —¡cincuenta y un años después de contar con la posibilidad!—, apalabrada con los dominicos la ocupación, el obispo solicita al Ministerio de Hacienda que se lo entregue, aunque —Dios lo habrá perdonado, porque la intención era buena— echándole dos mentirijillas sin importancia: que lo restauraría —en realidad lo iban a restaurar los dominicos— y que lo usaría para su propio esparcimiento —que sepamos, ningún obispo de Ciudad Real se ha esparcido nunca por aquí—. Que el ministro accedió a la pretensión del obispo en febrero de 1903 considerando, entre otras cosas, que de pasar este edificio al poder del prelado no perdería su carácter histórico y artístico pues que no podría aquel —o sea, el obispo— proceder en ningún tiempo a su enajenación sin previa autorización del Gobierno. Y que, acto seguido, el obispo se apresuró a autorizar a los RR. PP. dominicos de la provincia Bética para que lo ocuparan indefinidamente.
—¿Entonces?
—Entonces queda claro que el obispado, históricamente, ha mostrado nulo interés por el monasterio, y el que muestra ahora es solo crematístico: de ahí que una vez evacuado por los dominicos se haya aprestado a venderlo.
—Me refería a la propiedad...
—¿La propiedad? Somos gente de orden; confiamos ciegamente en la iglesia, los notarios, los registradores Ahora bien... hemos leído —sin formar opinión: no estamos capacitados— que la inmatriculación a nombre de los obispos de los predios desamortizados en 1836 y recuperados por la iglesia en virtud del Concordato de 1851 y del Convenio-Ley de 1860 presenta dificultades.
—¡Inmatriculación! Ya salió la palabreja.
—Los obispos la han puesto de moda. Para evitar suspicacias de los santotomases quisquillosos y malpensados, convendría despejar toda duda.


domingo, 4 de noviembre de 2018

Hemeroteca

Estos días del otoño que ya huelen a invierno —fríos, lluviosos, insólitamente nivosos— son propicios para encerrarse en casa y emplear el tiempo en tareas prescindibles que uno llevaba meses postergando. Con frecuencia, tareas melancólicas cuyo efecto inmediato es revestirnos de tristeza: la conciencia punzante del tiempo que ha pasado —los días luminosos en que fuimos felices—, del tiempo que nos queda —breve y raudo como el atardecer—.
—¿Ha ido usted al cementerio, don Juan?
—Todos los años voy: sin tristeza ninguna.
—¿Ha hecho testamento?
—Lo tengo desde antes de enviudar.
—¿Entonces?
—He estado buscando el primer poema de Manolita Espinosa.
—¿Por qué?
—Mera curiosidad: este verano leí en algún sitio que se lo había publicado el Lanza en 1968.
—¿Lo ha encontrado?
—Sí: el 13 de junio. La versión del Lanza presenta ligeras variantes, que más parecen erratas o errores, respecto a la versión definitiva, bien conocida, de la que hemos hablado aquí dos o tres veces.
—Y ¿eso es tristeza, don Juan? ¡Eso es filología! —anima el rojo, que se da al Macallan sin remordimiento ni aprensión.
—En la misma página publicaban otro poema de Espinosa; no lo había visto nunca; me parece enigmático.
—Más filología.
—Y, de Angelita Rodero, uno muy bueno dedicado a Sagrario Torres. Las dos llevan muertas largo tiempo.
—Eran bastante más viejas que usted.
—Ya puesto, he ojeado todos los números del año.
—El Lanza del 68 no sería el colmo de la diversión: ¿quizás por eso la melancolía?
—Quizá. Y porque he recordado muchas cosas y me he enterado de otras que desconocía.
—Cuente.
—Limitándonos a Almagro, es decir, olvidando los acontecimientos mundiales que todos saben, se aprecia que algo empezaba a cambiar o, mejor, que cambios empezados unos años antes comenzaban a hacerse visibles.
—Ponga ejemplos.
—Solo algunos. De la feria en adelante: el 24 de agosto alguien escribe engoladamente una sarta de tópicos sobre las calles de Almagro… que a no pocos aún les parecerán bonitos; en la feria hubo toros con lleno a rebosar —Palomo Linares, Diego Puerta, Calatraveño—, pero el 30 y el 31 de agosto actuaron Los Goliardos en el Corral de Comedias. El 3 de noviembre, Utrera Molina —¿Se acuerdan? El suegro de Gallardón— pronunció una conferencia en Sevilla sobre las provincias en las que había estado de gobernador; de esta de ustedes dijo abundantes y ampulosas tonterías sin sustancia… que a no pocos aún les parecerán bonitas. El 3 de diciembre el ministro de Información y Turismo —¿Se acuerdan? Manuel Fraga; entonces era todavía Fraga Iribarne— impuso la medalla de bronce al mérito turístico al alcalde de Almagro. Unos días antes, el director general de Empresas y Actividades Turísticas había inaugurado la oficina de turismo. Dos o tres semanas después, el director general de Promoción Turística volvió a inaugurar —eran adictos— la oficina de turismo con ocasión de reunirse en Almagro el pleno de la Comunidad Turística de la Mancha; hubo asistencia profusa de autoridades, discursos altisonantes e inundación de agua bendita; el cronista no ahorra elogios: la oficina ha sido concebida, tanto en su arqu itectura como en su decoración, respetando el más puro y típico estilo manchego. Todas las piezas de que consta están perfectamente armonizadas, con muebles, cuadros, detalles de la más bella artesanía y arte. Y el 22 de diciembre —¡plaga de inauguraciones!— se inauguró el Club Juventud; también hubo misas, un par de frailes —no durarían siglos—, autoridades, representación del Juman Club —consiliario a la cabeza—, teatro, música, conferencia… y “animado baile”. ¿No es para ponerse melancólicos?
—Claro, don Juan. Pero hablaba usted de cambios que se hacían visibles…
—Efectivamente. Leer el Lanza de aquellos años nos revela un país en la cáscara todavía oscuro, opresivo, ultracatólico, autoritario, pero en cuyo interior se estaba incubando y ya brotaba otro nuevo: los bailes, los frailes promoviendo asociaciones juveniles de chicos y chicas —y luego secularizándose—, Los Goliardos, el turismo. Ese país que nacía hizo posible, diez años después, la Constitución de 1978.
—Mucha ranciedumbre de aquella continúa viva —observa el rojo.
—Por desgracia. Quedándonos de nuevo en Almagro, los tópicos esencialistas, y un mal gusto firmemente arraigado que induce a identificar lo bonito con la estética del Parador, pastiche perverso porque se ha erigido en el único estándar de belleza.
—No empecemos, don Juan —se queja el conservador.
—No empecemos. Pero sería curioso ver ahora en el cincuentenario aquella decoración de la oficina de turismo del más puro y típico estilo manchego. ¿Quedarán fotos? La oficina turismo, probablemente la primera de la provincia, acaso mereciera un recuerdo, una modesta exposición fotográfica y documental para comprobar cuánto hemos cambiado —a mejor—, por lo menos en asuntos decorativos. ¿Se atreverá alguien? No costaría tanto.



domingo, 28 de octubre de 2018

Homenaje a Luis Molina

Tratamos poco a Luis Molina. Lo vemos, eso sí, casi todos los días por las calles de Almagro paseando la noble, la quijotesca figura: un Quijote que, tras regresar a la aldea, no se resignara ni a la muerte ni al papel de Alonso Quijano; lo oímos a menudo pronunciar discursos largos, divagatorios y una pizca enfáticos en numerosos actos públicos; asistimos habitualmente a recitales poéticos en los que, con muy buena voz y ademanes solemnes, declama —esa es la palabra— versos ampulosos de Machado, de Lorca, de Hernández, de Felipe… Pero apenas hemos hablado con él.
Sabemos, no obstante, de su generosidad para con tanta gente que se inicia en el camino de las artes; del magisterio que continúa ejerciendo con numerosos artistas que ya andan solos; de su inagotable feracidad como promotor de iniciativas culturales; del tesón con que ha levantado el oasis de La Veleta, hortus conclusus que paradójicamente se abre fácilmente a cualquier creador que quiera traspasar los muros: teatristas, poetas, pintores, músicos…
Conocemos la impronta que de él pervive en instituciones culturales muy relevantes —el Ateneo, por ejemplo, heredero de bastantes de sus virtudes y algunas de sus flaquezas— o en acontecimientos que esparcen por Almagro y todo el Campo de Calatrava la semilla de la ilustración, de la curiosidad, de la inquietud artística.
Hemos seguido la trayectoria de Luis Molina en Almagro desde que hace más de veinte años —a saber por qué— se instalaron aquí: las ilusiones, los sinsabores, las decepciones, los frutos, la perseverancia. Hemos palpado la actitud tibia, indiferente, de muchos almagreños ante lo que Molina les estaba ofreciendo: tal vez la actitud displicente del sordo ante la música, por excelsa que sea.
Intuimos —aunque se nos escape su exacta dimensión— la importancia del CELCIT como levadura para la modernización del teatro, incubadora de festivales, congresos, encuentros, y puente al fin, todavía transitable, entre el teatro de América y el de España. Nos consta, a este respecto, el aprecio que sienten por él relevantes figuras de la escena española y latinoamericana, y la huella que ha dejado en Puerto Rico, en Colombia, en Venezuela, en Cádiz, en Agüimes…
Nos admira el Festival Iberoamericano de Teatro Contemporáneo que trae todos los años a Almagro espectáculos de muy alta calidad y sirve de trampolín para que muchas compañías americanas puedan representar en España y en Europa.
Lamentamos que el CELCIT, La Veleta y, consiguientemente, el propio Luis Molina y su familia estén atravesando momentos difíciles y teniendo que enfrentarse a adversidades sin cuento.
Por eso, vimos desde el primer momento con simpatía el homenaje que un grupo de incondicionales pretendía tributarle. Pensamos que el homenaje sería el justo reconocimiento a una obra fecundísima; y pensamos también, acaso ingenuamente, que sería un medio eficaz de recaudar fondos para que el futuro se presentase algo menos áspero, algo más halagüeño. Por eso, varios amigos hemos ido con don Juan al Silo y no todos hemos resistido hasta el final.
—Menudo aburrimiento —suelta uno de los que no ha resistido.
—¿Cuál?
—El de esta mañana: el homenaje a Luis Molina en el Silo. No vuelvo.
—¿Cómo ha sido?
—Largo y tedioso.
—¿Está usted de acuerdo, don Juan?
—Quizás el amigo exagere un poco. La gala ha resultado deslavazada y larga, sí: es decir, por momentos, inevitablemente aburrida. Además, ha concluido con un vino español… Los viejos nos preguntamos melancólicamente por qué pervive aún este sintagma rancio, y hubiéramos querido salir huyendo adonde pusieran vinos mejores, aunque fueran de Australia.
—Luego viene a coincidir usted con el amigo.
—No. Su descripción peca de expeditiva y sumaria: se le han olvidado dos aspectos muy relevantes, uno encomiable y el otro detestable.
—¿Cuál es cuál?
—Encomiable, el trabajo de los organizadores: sacrificado y paciente, porque habrán tenido que lidiar con numerosas dificultadas, armonizar pretensiones diversas e incluso vanidades crecidas. Encomiable igualmente, la participación de quienes han intervenido y de quienes han acudido; sin los primeros el acto no hubiera llegado a celebrarse: altruistas, han exhibido ante nosotros sus creaciones con la mejor voluntad; los segundos se han sobrepuesto a la mañana desapacible y fría para asistir resueltamente a algo que consideran justo.
—¿Detestable?
—Que hubiera apenas una docena de almagreños —políticos, los que estaban de servicio, y lo exiguo de los fondos recaudados. A mucha gente se le llena la boca con el “Salvemos La Veleta”, firma manifiestos, los mueve por las redes sociales, se rasga las vestiduras ante el poco aprecio en que se tiene a la cultura… pero, si hay que traducir en obras las buenas razones, recula.
—Hombre, esto es cosa de las instituciones.
—¿Por qué se embarcarían las instituciones en un asunto que a los ciudadanos —o sea, al bolsillo de los ciudadanos— les trae sin cuidado?