domingo, 15 de abril de 2018

14 de Abril

Desde que nos recuerdo en la tertulia el rojo siempre llama Puente de la República al fin de semana de mediados de abril. Hay quien todavía se solivianta —pero acepta de buen grado que nos convide— y quien participa encantado. Al rojo le da hoy por la historia virtual:
—Si la República hubiera corrido mejor suerte, por estas fechas habría un puente largo. Los españoles celebrarían la fiesta en la playa o en la feria de Sevilla, y las autoridades —banda tricolor terciada— presidirían desfiles y echarían discursos. ¿No es preferible la fiesta nacional en primavera que en diciembre?
El culto precisa:
—La Fiesta Nacional se celebra el 12 de octubre; con la República lo celebraríamos también; en diciembre, igual que ahora, celebraríamos el Día de la Constitución, aunque no el 6: el 9.
El escéptico baja los humos:
—Quienes denuestan el régimen del 78 denostarían el régimen del 31: clamarían por la Tercera o Cuarta República; nosotros estaríamos aquí bebiendo y denostando el máster de Cifuentes… Y las tres fiestas quedarían demasiado cerca de otras religiosas —la Semana Santa, el Pilar, la Inmaculada— como para sobresalir.
El rojo no se rinde:
—Con la República la religión —un asunto privado— se estaría en las iglesias; la educación sería una cosa seria. De modo que nadie sacaría títulos fraudulentos, y por estas fechas —se corrige— no habría un puente largo, sino las vacaciones escolares de la República o de la Primavera, en vez de las vacaciones de Semana Santa.
—¿No saldrían las procesiones? —pregunta sonriente el católico.
—Habiendo obtenido la autorización correspondiente, es posible, porque el artículo 27 de la Constitución las seguiría permitiendo; pero es más probable que a estas alturas, pasados casi noventa años, de las procesiones no se acordara nadie.
—La religión es el alma del pueblo: dijera lo que dijera Azaña, los españoles perseveraríamos firmes en la fe.
Primero el rojo se aplica al sarcasmo; luego al matiz; por último, a la exageración y el Macallan:
—¡Tal que ahora! Además, Azaña no habló de los españoles: habló de España, o sea, de las instituciones. Y en nuestros días asombra la llamativa paradoja de que los españoles hayan dejado de ser católicos mientras ciertos ministros y ministerios aún lo son al modo tridentino.
Don Juan entra en la conversación prudente y apaciguador:
—Desde luego, la democracia española actual no es peor que la republicana, si estuviera vigente.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque no es peor que las democracias europeas contemporáneas. Ahora bien, acaso la educación —la “instrucción pública”, que se decía entonces de forma modesta y práctica— se apreciara, acaso los españoles fuéramos más cultos, acaso tuviéramos universidades prestigiosas… Por supuesto, la influencia de la iglesia sería poca, no habría centros concertados, el Tribunal de Garantías Constitucionales nunca se hubiera revolcado en el ridículo teniendo que decidir sobre la segregación de sexos en las escuelas…
—Luego la democracia sería mejor.
—Otros defectos tendría, y bastantes de los problemas que tenemos. De todas formas, en la vida de las personas como en la de los pueblos, no hay que perder mucho tiempo fantaseando melancólicamente sobre lo que pudo haber sido y no fue. Bastaría con que esta democracia del 78 reconociera como suya a la del 31: no sería locura ni extravagancia festejar oficialmente el 14 de abril, porque fue el día más luminoso, alegre y esperanzado de la historia española.
—Hasta que se torció.
—Se torció la República como sistema político, no como ilusión y anhelo de libertad, paz, igualdad, justicia, cultura… Mírenos celebrándola.
—Una ilusión ilusa —se burla el conservador.
—Una ilusión alta y noble de cualquiera que aspire a la felicidad propia y ajena: las ilusiones no se cumplen nunca del todo, pero orientan la vida, le dan sentido.
—La República acabó en un baño de sangre.
—La República fue liquidada mediante un baño de sangre. Sin embargo, es cierto que la República democrática, liberal, reformista e integradora tuvo pocos entusiastas: la sensatez no despierta entusiasmos. Acabaron siendo mayoría los extremistas, que sí entusiasman.
—Entonces ¿celebramos el 14 de abril y olvidamos lo que hubo después?
—No. Lo que hubo después lo explicamos: convendría establecer y explicar ciertas “fechas de la memoria” de las que pudiéramos aprender algo; convendría enterrar dignamente a los que yacen indignamente esturreados; convendría honrar a todos los que murieron o penaron por sus ideas, y abominar de quienes los mataron o les hicieron penar por sus ideas... Pero esa es otra historia: hoy limitémonos a festejar el limpio júbilo del 14 de abril.
Y brindamos. Brinden ustedes con nosotros, amigos lectores: están invitados.

domingo, 8 de abril de 2018

Massiel, los negros y los gitanos

Por viejos, en la tertulia miramos con frecuencia al pasado. Este año, al cumplirse medio siglo de otro rodeado ya de una aureola mítica, lo haremos más aún. Hoy, en el prólogo perezoso y deslavazado, mientras vamos sentándonos y pidiendo el café y las copas, alguien se acuerda de Massiel, que el 6 de abril de 1968 ganó Eurovisión con una canción del Dúo Dinámico, de música sofisticada, letra sesuda y puesta en escena alegre y faldicorta:
—Aquello, no lo negaréis, fue una inyección de autoestima: por fin, desde el gol de Marcelino, teníamos algo de que presumir.
—¡Mira de lo que presumíamos! —viene el escéptico con el cubo de agua.
—Pero tuvo su gracia —concede don Juan—. España cabalgaba eufórica en la cresta del desarrollismo, abrazada a los brillos de la modernidad —la emigración, el turismo, la construcción desaforada, los seiscientos, la televisión—, enterrando apresuradamente y sin lágrimas una cultura rural vieja de siglos, pero sintiéndose distinta todavía —Spain is different, ¿recuerdan?—; de modo que lo de Massiel fue un gran éxito. Y, encima, obtenido democráticamente: mediante votos, aunque fueran points. Nos querían los europeos por fin.
—Votos acaso no tan limpios; letra que no se pudo interpretar en catalán; cantante escogida de rebote…
—Claro. La realidad es compleja y variada: dos días antes de Eurovisión mataron a Luther King —dice inopinadamente alguien.
Lo miramos asombrados; hay un momento de silencio; interviene don Juan:
—Casi todos los españoles se entusiasmaron con Massiel, pero muchos se quedaron atónitos y tristes con la muerte de Luther King.
—¿No pillaba demasiado lejos?
—Las grandes figuras de la historia —Martin Luther King lo fue— nos interpelan siempre y nos seducen a menudo: un hombre valiente, un orador formidable, una causa justa, un movimiento pacífico y multitudinario, un asesino improbable, marginal, chapucero… ¿Quién no llora a un héroe?
—También tenía defectos.
—¿Que pecaba de gula y de lujuria? Qui sine peccato est
—Los españoles de entonces, viendo las discriminaciones que padecían los negros en América, presumían mucho de estar libres del pecado de racismo.
—¿Y les tiraban piedras a los americanos?
—Los despreciaban por racistas.
—Con la boca chica sería: aquí había negros que no vivían precisamente en la opulencia.
El conservador se sobresalta un poco:
—¿Negros?
—Los gitanos, por ejemplo. Hoy es el Día Internacional del Pueblo Gitano: quizás no hayáis reparado en ello —el rojo habla con sorna.
—Había y hay gitanos —interviene don Juan—, que padecían y padecen discriminaciones abundantes: nosotros tampoco estamos libres de pecado, pero siempre cabe matizar.
—Matice usted.
—Los gitanos españoles son apenas el uno por ciento de la población; los negros americanos se acercarán al quince. Entre los blancos y los negros de América ha habido desde el principio una relación de dominio obvio y feroz, la cual ha implicado un contacto asiduo. En España, gitanos y payos han formado grupos separados que, en general, solo ocasionalmente entablaban una relación epidérmica, a veces simbiótica, a veces parasitaria. Las cosas no han cambiado mucho.
—¿En España o en América?
—En ninguno de los dos sitios. En ambos, la situación es mejor en muchos aspectos, pero sin acercarse al ideal. En América la discriminación persiste, pese a haber desaparecido las leyes que la consagraban y aunque haya habido un presidente negro. En España continúa la vida en mundos separados, los recelos e incomprensiones mutuos, y es impensable que vayamos a ver un gitano en la Moncloa: ni de jardinero.
El conservador se atufa:
—Para jardineros no valen: los gitanos son unos delincuentes que no quieren integrarse. Mire lo que pasó aquí en el centro de salud el otro día, mire lo de Madrid.
Afortunadamente, pocos le prestan atención.
—Es posible que no valgan para jardineros. Los gitanos han llevado vida nómada y libre; han proporcionado a los payos cosas que los payos no sabían o no querían hacer: les lañaban lebrillos y orzas, les vendían canastas o borricos, pero no trabajaban para ellos a cambio de salario. Ya no lañan, tapizan; no venden canastas, sino calzoncillos; y se avienen mal a los horarios y actividades regladas: son creativos, artistas.
—Ahora se hacen médicos y abogados —el rojo ve la botella medio llena.
—Muy pocos; las mujeres, menos aún. Sin embargo, a la escuela van. Teniendo en cuenta que hace cincuenta años ni estaban empadronados, es un avance.
—¿Qué hacemos?
—Pregúntenles a los reformadores sociales —se sacude las moscas—. Quizá, esforzarse en derribar prejuicios; respetar los rasgos culturales, respetar la realidad; huir del optimismo; aprender de la historia; y, mirando a los Estados Unidos, copiarles lo bueno y evitar los errores.

domingo, 1 de abril de 2018

Iglesias peronistas (del séptimo día)

Don Juan ha pasado la Semana Santa en Madrid, adonde no había vuelto desde enero. Aunque ya no viva en ella y la visite de tarde en tarde, Madrid sigue siendo la ciudad que más le gusta de todas las que conoce: no es monumental ni bella, pero es cómoda; se puede ir a todas partes andando y, si no, dispone de una red de transporte público impecable; tiene alguno de los mejores museos del mundo; buenos cines y teatros, buenas librerías y bibliotecas; parques excelentes, bares, restaurantes…
—Casinos, gimnasios, chinos por legión, aceras alfombradas de heces perrunas, tascas fétidas, los ministros y ministerios del reino, glamur manchego... —deja caer el cínico por lo bajo.
Luego, ya en voz alta, pregunta con retintín:
—¿Esta publicidad la paga el ayuntamiento, don Juan?
Don Juan mira por encima de las gafas. Sonríe. Prosigue:
—Pero, sobre todo, es una ciudad variada y tolerante: allí conviven, sin excesivos conflictos, gentes diversas, y se pone poco interés en indicarle a nadie lo que debe hacer o con qué se ha de identificar.
—¿Carece de identidad?
—No: tiene bastantes, y casi ninguna excluyente.
—Pues no faltan banderas en los balcones —apunta el rojo.
—En muchos barrios no hay ninguna; y, en donde más hay, hay menos que en Lisboa, Nueva York, Londres o Barcelona, por ejemplo.
El rojo insiste:
—Lo de la convivencia sin conflictos habría de precisarse.
—Naturalmente. Ahora bien, no he negado que existan conflictos: he dicho que no son excesivos en comparación con lo que se ve en París o Roma, sin ir más lejos. ¿Quiere una prueba? La muerte del mantero de Lavapiés, a pesar de las innumerables torpezas, se ha digerido más que aceptablemente.
—¿Qué ha hecho en Madrid, don Juan? —pregunta alguien que no tiene el cuerpo para debates.
—He ido de librerías, he paseado, he visto a los amigos… El jueves quedé con uno cerca de las Ventas, crucé andando el barrio de Salamanca —vacío: estarán en los yates— hasta Manuel Becerra; como llevaba tiempo y hacía buena mañana, me senté a leer el periódico en un banco del parque de Eva Duarte: me dio un vuelco el corazón al ver lo de Iglesias en la Argentina.
—¿Qué le pasa a Iglesias? ¿Qué le pasó a usted?
—Iglesias se proclama hoy peronista con el mismo desparpajo con que ayer se proclamó otras cosas: no me alarma. Lo que me alarma es la ignorancia de la historia de España. Cualquier viejo le podría decir que el parque donde yo leía el periódico se llama así desde mediados del siglo XX; que el nombre se lo puso el alcalde de entonces —franquista, obviamente: José Moreno Torres—; y que, al ponérselo, reconocía e intentaba pagar la deuda que Franco había contraído con Perón.
—¿Deuda?
—Tras la Segunda Guerra Mundial, las potencias vencedoras aislaron a Franco; el régimen pasó serias penalidades; sin embargo, el franquismo sobrevivió en buena medida gracias a que Perón, entre 1946 y 1949, fue generosísimo en el suministro de alimentos. Por eso en el parque hay un monumento a Eva Duarte —Santa Evita— que está siempre limpísimo, a menudo con flores, y en el que han dejado placas personajes de interés. Por eso una calle importante de Madrid se llama General Perón. Por eso, cuando Perón fue derrocado, encontró en Madrid refugio seguro. Por eso vive todavía en Madrid la segunda mujer, María Estela Isabelita Martínez, que también fue presidenta —sucesora por defunción— de la Argentina…
—O sea, que proclamarse peronista es proclamarse franquista —ironiza el conservador.
—No te precipites —salta el rojo—;  en el peronismo caben muchas ideologías: mira los Montoneros…
—Los de Ni votos ni botas, fusiles y pelotas: tampoco parecen gente muy recomendable —vuelve el conservador a la ironía.
Don Juan, por una vez, se inclina hacia el conservador:
—No sé si proclamarse peronista ahora es proclamarse franquista; sí sé que hace setenta años todos los franquistas eran peronistas. Y que lo característico del peronismo es, justamente, su capacidad para aglutinar gentes, sensibilidades e ideologías dispares, y modular unas u otras según le vaya conviniendo. Es decir, lo característico del peronismo es su esencia populista: tener una cara y una palabra para cada ocasión. El peronismo es el populismo por antonomasia. No extraña, pues, que Iglesias se declare peronista, o sea, oportunista: está en su ser.
—Le falta el nacionalismo —el conservador insiste en la guasa.
—Iglesias será nacionalista español en cuanto sople viento propicio.
—¿También se echará una esposa que, viuda y vicaria, lo remplace —ojalá falten muchos años— cuando Dios lo llame de este mundo a su presencia?
—Pudiera ser.
—Menos mal que Madrid lo aguanta todo.

domingo, 25 de marzo de 2018

Cifuentes y don Juan Manuel

—¿Qué opina de Cifuentes, don Juan?
—Es muy bonito.
En la tarde aborrascada del Domingo de Ramos, entre los insaciables bebedores de botellines que aún infestan la plaza convertida en muladar, la respuesta de don Juan, aunque no debería, sorprende a los amigos. Lo miran expectantes; él sigue a lo suyo:
—Cifuentes es un pueblo de la Alcarria que conserva formidable castillo del siglo XIV mandado levantar por don Juan Manuel, aquel noble orgulloso y levantisco, nieto de rey, sobrino de rey, yerno de rey, suegro de reyes, abuelo de reyes, casi rey él mismo, poderosísimo, que fue también persona muy instruida y escritor excelente. El topónimo del pueblo es exacto y simbólico: a los pies del castillo y por los alrededores brota multitud de fuentes —cien— cuyas aguas confluyen hasta formar un río que desemboca en al Tajo.
—Don Juan, no se vaya por los cerros de Úbeda…
—No estaría mal ir ahora por los cerros de Úbeda, o por Úbeda misma, estupenda ciudad.
Algunos amigos desesperan:
—¿No lee usted los periódicos? Hablamos de la presidenta de Madrid.
—¿Doña María Cristina Cifuentes Cuencas?
—La misma.
Don Juan ha dedicado la vida a la docencia; ha procurado —no está seguro de haberlo conseguido— el máximo rigor científico; ha puesto en ella toda la decencia de que ha sido capaz: por eso este asunto le entristece; por eso querría eludirlo.
—Su caso me interesa poco; me interesa más la universidad.
—¿Por qué?
—Cifuentes no es la primera profesional de la política que hincha el currículo de manera heterodoxa. Limitándonos a la Democracia, desde Roldán a hoy no son pocos los que afirman haber cursado, por decir algo, estudios de ingeniería mecánica —dando a entender que obtuvieron el título— cuando quizá ni llegaran a matricularse.
—Cifuentes sí ha obtenido el título.
—Por eso me preocupa la universidad. Que un estudiante copie, falsifique notas, recurra a triquiñuelas para salir adelante… no es ejemplar, pero resulta comprensible: ha pasado siempre, pasa en todos los sitios, seguirá pasando mientras los seres humanos estemos hechos de barro. Ahora bien: que la universidad haya, como mínimo, mirado para otro lado decepciona mucho.
—También la universidad está compuesta de personas hechas de barro.
—Naturalmente. Sin embargo, deberían ser mejores que los demás puesto que, suponemos, han pasado filtros rigurosos hasta llegar a ella. Además, como toda institución, la universidad, consciente de la fragilidad de sus miembros, tendrá sistemas internos de control y vigilancia que dificulten los chanchullos. Y, en caso de que los controles y vigilancias fallen, habrá alguna manera de castigar ejemplarmente a los tramposos en cuanto sean descubiertos.
—Es muy optimista, don Juan —dice el cínico—. Parece que desconociera usted la plaga de clientelismos, endogamias, favores, colusiones, las plazas previamente asignadas, los tribunales de amigos; parece que ignorara las ocultaciones de tesis, los plagios, la explotación de becarios, los negros que investigan para el jefe; parece que habitara usted en otro planeta: ¡que es la Rey Juan Carlos, hombre!
Don Juan se sale por la tangente:
—Pues habrá que hacer algo.
—¿Por ejemplo?
—Lo ignoro; alguien con autoridad habrá que lo sepa y quiera ponerlo por obra. Mientras tanto, me permitiría aconsejar a Cifuentes que dimita, y que, una vez dimitida, mate sus ocios leyendo a don Juan Manuel: no obtendrá título, pero aprenderá.
—¿Leer?
—Leer no es pecado. Leer a don Juan Manuel es también útil y entretenido.
—¿Qué debería leer?
—Que empiece por el exemplo XXVI del Conde Lucanor que trata de lo que le pasó al árbol de la mentira; que siga con el XXXVII donde se cuenta el caso de un hombre que iba cargado de piedras preciosas y se ahogó en un río; que descanse un poco, medite, y continúe con uno muy gracioso, el XLVI, cuyo protagonista es un filósofo que “por ocasión entró en una calle do moraban malas mujeres”…
Don Juan toma un sorbo del jerez. Prosigue.
—Tampoco le estorbará el L: habla de Saladino y la vergüenza, madre y cabeza de todas las bondades. La vergüenza nos impide, por nuestro bien y honra, cometer ciertos actos aunque nos gusten mucho; por el contrario, no hay cosa tan mala y tan dañosa y tan fea como perder la vergüenza… Tal vez sea verdad.
—A lo mejor no está acostumbrada a darse estos atracones de leer, don Juan.
—Para el trabajo de fin de máster leería. De todas formas, por si se confirmaran los rumores del fuego amigo, al menos que no deje de echarle un vistazo al exemplo XIII: cuenta la historia de un hombre que cazaba perdices. Le viene al pelo.


domingo, 18 de marzo de 2018

¿Justicia o venganza? ¿Civilización o barbarie?

Una de las parábolas que más le gustan a don Juan es la del fariseo y el publicano que cuenta el evangelio de san Lucas: Duo homines ascenderunt in templum
—Conmueve la actitud del publicano, pero a menudo somos fariseos —dice don Juan.
—O sea, que creemos ser buenos y, ya puestos, mejores que los demás.
—Exactamente.
—¿Y es verdad?
—A veces. Si todo el que se cree bueno hiciera siempre el bien, la tierra sería un paraíso.
—¿De qué hablamos? —pregunta el despistado.
—De que, lógicamente, damos por hecha la maldad de los malos, pero nos desconcierta e incomoda la maldad de los buenos.
El despistado pide clemencia:
—Don Juan…
—Un ejemplo: mucha gente buena está pidiendo a voces la muerte de Ana Julia Quezada —pronuncien [kesáda], por favor—.
—La muerte no; la prisión permanente revisable —matiza el conservador.
—El sintagma ‘prisión permanente’ es sinónimo estricto de ‘cadena perpetua’; el adjetivo ‘revisable’ parece un mero añadido cosmético, vergonzante quizá, para tranquilizar a los buenos cuya conciencia acaso se remueva ante la pena de muerte.
—¿Pena de muerte?
—Sí; ¿qué es más inhumano: condenar a uno a muerte o condenarlo a que se muera —a que se pudra, les gusta decir a los buenos— en la cárcel?
—No se trata de humanidad; se trata de justicia: el que comete un delito cruel que pague una pena cruel —insiste el conservador.
—Cuando éramos animales pasaba así; a medida que progresa, con retrocesos y parones, la humanización —la civilización: remplazo de naturaleza por cultura—, pasa cada vez menos, gracias a Dios. Al principio se estilaba la venganza espontánea, cruda y terrible, con el propósito de infligir no un daño proporcional, sino el mayor daño. Más tarde, las religiones y los poderes políticos regularon la venganza, la institucionalizaron convertida en ley del talión: el código de Hammurabi o el Antiguo Testamento son buenos ejemplos; dice el Deuteronomio: Non misereberis eius, sed animam pro anima, oculum pro oculo, dentem pro dente, manum pro manu, pedem pro pede exiges. Los hititas, más prácticos, sustituyen —casi— venganza por compensación. Hoy, al menos en ciertos países, la venganza está descartada; en lugar de ello se refuerza la compensación a la víctima, y se procura la redención, reeducación y reinserción del victimario.
—Rara vez se logra: hay delincuentes cuya reinserción es sumamente improbable. Además, la pena debe, para ser justa, incluir castigo; y, para ser eficaz, servir de ejemplo. Por otra parte, en ocasiones, el dolor de las víctimas, porque es tremendo, no admite otra compensación sino la venganza —insiste el conservador.
Muchos asienten con la cabeza; miran a don Juan con interrogante reproche.
—Tiene que haber castigo —responde don Juan pausadamente—, claro; el castigo debe cumplir funciones disuasorias, cierto —aunque, a la vista está que la función disuasoria de las penas es poca: de lo contrario, delitos y delincuentes habrían pasado a la historia—. No obstante, la civilización impone que el castigo venga modulado por la proporción y la compasión, y limitado por la propia dignidad humana que ni el delincuente más abyecto pierde jamás.
—¿La compasión, la dignidad? ¡Como si Quezada hubiera tenido compasión o dignidad! —salta un ofendido.
—Ella es mala; nosotros buenos: recuérdelo. Si los buenos obramos lo mismo que los malos…
—¡Se hace justicia! —continúa el ofendido cargado de razón.
—O se retrocede a la barbarie.
—¿Y las víctimas?
—Hemos hablado aquí de las víctimas: un asunto peliagudo. Sabemos que el dolor de las víctimas de crímenes atroces es tan atroz que se hace inefable: no se puede entender ni comunicar. En consecuencia, de algún modo, las víctimas se tornan sobrehumanas, sagradas: a nadie, diga lo que diga, le es dado ponerse en su lugar. De modo que, en realidad, compensarlas es, como decía usted, imposible; y tratar de compensarlas con la venganza, aparte de imposible, bárbaro e inmoral. Ahora bien: les debemos respeto, consuelo, honor, acompañamiento en el duelo, dinero, lo que precisen.
—Y conviene aprovechar su experiencia.
—En absoluto. La experiencia de las víctimas, por extraordinaria e incomunicable, no sirve para nada: como su dolor es inmenso y las sitúa al margen de las experiencias comunes, seguir los consejos que pudieran darnos sería absurdo, inútil y probablemente pernicioso.
—Pues bien que las llevaron al Congreso el otro día, y hoy a Huelva —mete malilla el rojo.
—Hicieron mal quienes las llevaron e hicieron mal ellas por dejarse llevar. A las víctimas podemos perdonárselo todo: desde la ofuscación al deseo de venganza; quienes las pastorean, en cambio, merecen el reproche de que, siendo buenos, pretendan alentar la maldad atávica, biológica, del ciudadano corriente en beneficio propio. Espero que fracasen: significará que los españoles son mejores que ellos.
—¿Y el referéndum?
—La civilización no se somete a referéndum.

domingo, 11 de marzo de 2018

Heteropatriarcado

Dura —en todo el mundo, en toda España: miren cómo reculan quienes trataron de desacreditarlo— la resaca del formidable, acaso histórico, Día de la Mujer, y dura en la tertulia nuestra —ínsula extraña y mínima de viejos que ni damos lecciones ni queremos ruido— el eco de las últimas palabras de don Juan el domingo pasado: que abomina del heteropatriarcado, pero que no acaba de gustarle la etiqueta.
—¿Por qué, don Juan? —pregunta alguien como si no hubiera pasado una semana.
—Por dos razones principalmente: la primera, que, existiendo desde hace tiempo la palabra ‘patriarcado’ y estando bien estudiado y definido el concepto que designa, añadirle el elemento compositivo hetero- o es prescindible por redundante o encierra intenciones que hasta emborronan y perjudican lo que aparentan aclarar.
—Explíquenos eso, por favor.
—Sin entrar en precisiones científicas, llamamos patriarcado al sistema de organización social en que el poder está en manos de los varones, mientras que las mujeres desempeñan, a tal efecto, papeles subalternos. Durante la historia conocida de la humanidad, en nuestros días también, la inmensa mayoría de las sociedades han sido patriarcales aunque hayan existido diferencias de grado entre unas y otras en cuanto a la contundencia del poder masculino y, consiguientemente, de la opresión femenina: la sociedad española actual es más benigna que la de hace sesenta años —cuando las españolas, por ejemplo, iban aún tapadas como afganas—, pero nadie negará que los varones seguimos teniendo la sartén por el mango.
—El reparto de papeles entre varones y mujeres es natural, biológico: en los demás primates pasa lo mismo —dice el católico.
—Es posible. Pero si algo caracteriza a la historia humana es la capacidad de sobreponerse a los dictados de la biología. Se ha dicho innumerables veces: lo específicamente humano es la cultura, no la naturaleza. Por eso hemos aprendido a curar enfermedades incurables o bebemos vino en vez de agua.
—La naturaleza, o sea, el Creador establece límites infranqueables: las mujeres paren, por ejemplo —insiste el católico.
—Antes, con dolor; ahora, con la epidural —deja caer el rojo maliciosamente.
Don Juan responde al católico:
—Tales límites —unos más infranqueables que otros— se pueden manejar mediante pautas culturales: las mujeres paren, en efecto, pero ello no significa que estén destinadas exclusivamente a cuidar de los niños, los ancianos, los enfermos, los maridos, la casa.
Creo que la charla va camino de precipitarse en divagación. Lo advierto:
—Volvamos al hetero-, don Juan.
—Volvamos. Decía que es prescindible porque, obviamente, da poca información: la mayoría de los varones son heterosexuales, luego se usa para señalar otras cosas menos obvias.
—¿Por ejemplo?
—Para convertir las preferencias sexuales de los ciudadanos en elemento central de la organización social. Y, a partir de ahí, culpar a los varones heterosexuales, uno a uno y en conjunto, de todos los males del mundo. Se trata, como poco, de una exageración restrictiva: sobra lo de heterosexuales.
—Pero los varones homosexuales, las mujeres lesbianas, los transexuales, etc. padecen discriminaciones evidentes.
—Y los gitanos, los sordos, los albinos en África, los zurdos… Piense en los zurdos —un diez por ciento de la población humana, poco más o menos— y en la pareja de antónimos ‘diestro’ y ‘siniestro’: verá.
—Habrá que eliminar las discriminaciones.
—Naturalmente, pero no metiéndolas todas en el mismo saco: la discriminación femenina es universal, afecta a la mitad de la humanidad, a todas las clases sociales y grupos donde haya mujeres y varones… Ninguna otra desigualdad es comparable ni cuantitativamente ni por su repercusión en todos los asuntos de la vida, desde las mentalidades a la distribución de espacios en los restaurantes. Y, además, es previa e independiente de los sistemas económicos o políticos.
—¿Qué quiere decir?
—Que no es consecuencia del sistema capitalista ni de la democracia liberal burguesa: acabar con el capitalismo no acabaría automáticamente con la discriminación femenina, la democracia liberal ha sido el sistema político en el que se ha alcanzado el más alto grado de igualdad hasta ahora. Da algo de vergüenza insistir en lo evidente.
—Pues muchas —y muchos— piensan que sí es consecuencia del capitalismo y de la democracia liberal.
—Y se equivocan: la condición femenina no impide los errores ni vacuna contra la estupidez; el extremismo político tampoco.
—¿Insulta usted a las feministas?
—Dios me libre: la humanidad actual les debe mucho. Sin embargo, creo que en ocasiones ponen el acento en donde no debieran: se ha de lograr que todas las mujeres —todas: las listas y las tontas, las pobres y las ricas, las gitanas y las payas— puedan hacer, con absoluta naturalidad, cualquier cosa que hagan los hombres con absoluta naturalidad. Cuando hayamos logrado eso, ya iremos viendo.
—¿Y la otra razón, don Juan?
—Se me hace tarde. Quédese para mañana.

  

domingo, 4 de marzo de 2018

El amor y la huelga feminista

La tertulia está partida en tres: los amigos incultos atienden al fútbol de la tele y, absortos, se exaltan o se abaten alternativamente sin solución de continuidad; los cultos lamentan las muertes de Forges y de Wagensberg como lamenta uno que se vaya la luz cuando más falta hace; el resto habla del tiempo esperando la lluvia. Las charlas serpentean desganadas, rozan la desafección creciente hacia los catalanes —que se me antoja imprudente y peligrosa—, la marcha de la Virgen a su retiro de verano, o la lástima —eso dicen algunos a quienes acaso les gustaría enmendarle la plana al Creador— de que tanta agua fluya desperdiciada al mar; y hay pausas y silencios en los que solo se oyen los suspiros e interjecciones de los futboleros. Pero la cosa cambia en cuanto sale la Huelga Feminista del jueves que viene: entonces la tertulia se convierte en una olla de grillos en la que ya no hay lluvia, ni muerte, ni fútbol, ni Virgen de las Nieves ni nada de nada.
—¡Es una huelga contra el amor! —clama el católico.
—Será contra el sexo —responde irónico el rojo.
—Contra el amor, contra el sexo y contra el orden natural de las cosas: contra los hombres —replica el católico.
—Eso es. ¡Si hasta Lola Cabezudo, que es una anciana apacible, dice que las mujeres deben infundir miedo…! Miedo ¿a quién? A nosotros, naturalmente: ¡dónde iremos a parar? —apoya el conservador.
—Y, encima, una huelga elitista… —se burla el rojo.
—Claro que es una huelga elitista; de actrices, pintoras y gente así: desocupadas.
El rojo, copa en mano, derrocha sorna:
—Por eso las señoras y señoritas del Partido Popular, de tan populares que son, no la apoyan: ese día tendrán que acudir al tajo si quieren comer.
Don Juan, que ha estado pendiente de la discusión sin entrar en ella, interviene por fin cuando los ánimos amenazan con salirse de madre:
—Hablemos del amor —dice plagiando a Raphael.
Se hace el silencio; lo miramos con interrogante asombro; tememos que empiece a chochear:
—Aquí hemos hablado a menudo del amor —continúa impasible—: del amor literario y del amor como fuego que inflama la vida de gozo y acerca a la tapia del paraíso. Pero hay otro tipo de amor, por lo menos: el sentimiento que impulsa a muchos a postergar las propias preferencias e intereses en beneficio de los demás.
Sin saber muy bien adónde querrá ir, el católico arrima el ascua a su sardina:
—El amor al prójimo que predicaba Nuestro Señor Jesucristo: la manifestación del amor que debemos a Dios.
Don Juan no hace mucho caso. Prosigue:
—Quizá. Pero ¿se han parado ustedes a pensar que esa forma de amor tal vez pudiera ser una construcción cultural al servicio de los varones?
El asombro evoluciona a estupor; el católico se remueve en el asiento; continúa don Juan:
—Educadas en la abnegación, las mujeres —por amor a los demás; o sea, padres, hijos, esposos, Dios— han sido a lo largo de la historia poco más que servidoras de intereses ajenos, dejando los suyos de lado: papel meramente ancilar, aunque imprescindible, eso sí, para que la sociedad —esta sociedad, quiero decir— sobreviviera.
—Hombre, don Juan, exagera usted: nosotros queremos y respetamos a las madres, a las hijas, a las esposas; no las consideramos siervas. Y, a lo largo de la historia, los hombres, han procurado sustento y protección a las mujeres.
—Ahí está la trampa: en la división de papeles donde unos ponen poco y mandan, mientras las otras ponen mucho y obedecen. Nosotros amamos y respetamos a nuestras madres, esposas e hijas, precisamente porque son nuestras madres, esposas e hijas. Veríamos lo que pasaba si no se resignaran a eso.
Algunos piensan ya a estas alturas que don Juan desvaría. Él remacha:
—Salvo excepciones —reinas, monjas, mujeres de talento excepcional— las mujeres que en el pasado no aceptaban el papel subalterno han padecido amargas represalias. En el último siglo, desde las sufragistas hasta hoy, las cosas han cambiado mucho y muy rápido en Occidente, pero no hemos llegado al final: quedan los coletazos agrios del machismo en forma de violencia sexual o de brecha salarial, cada vez más visibles y odiosos por anacrónicos. Y quedan, mucho menos visibles, las trampas del amor.
—O sea, que apoya usted la huelga.
—Sí.
—Y que abomina del heteropatriarcado.
—Naturalmente, aunque no me guste la etiqueta. Pero de esto deberíamos tratar más despacio: de las exageraciones, inconsistencias, simplificaciones, arribismos, hipocresías, generalizaciones, modas y frivolidades que se esconden bajo esa tan amplia capa que ahora todo lo tapa. Luego.