domingo, 9 de abril de 2017

Semana Santa

Don Juan —lo saben ustedes— no es religioso; según se ve, una gran parte de los españoles tampoco; sin embargo, el año civil se sigue organizando de acuerdo con el calendario religioso. A don Juan no le importa; a la gran mayoría de los españoles parece que tampoco.
—¿Cómo es eso, don Juan? —pregunta el despistado.
—Porque soy viejo y me cansan los trabajos sin provecho. Por otra parte, las fiestas que hoy tienen nombres religiosos se vienen celebrando desde el Neolítico en las sociedades agrícolas; es decir, el calendario religioso es el calendario de la agricultura y, si me apura, el de la misma naturaleza.
—Pero ahora no se vive así, don Juan; la agricultura está muy tecnificada, casi se ha independizado de la naturaleza, y los que se dedican a ella son pocos y con escasa influencia social.
—¿Y qué? Todavía vivimos los viejos; la fuerza de la religión católica aún es considerable; y, aunque no lo fuera, para los jóvenes y los habitantes de las ciudades las fiestas religiosas, sobre el peso poderosísimo de la costumbre, añaden el atractivo de la vacación: no es poca cosa.
—Las vacaciones podrían ser en otras fechas —sugiere el descreído.
—Sin duda, pero ¿qué ganaríamos? Cambiar el calendario de vacaciones y puentes o cambiar el nombre de los actuales para desprenderles la pátina religiosa es un esfuerzo inútil al que solo se aplican los ateos fervientes que, en ocasiones, son tan integristas como los cristianos fervientes.
El católico y el descreído, que hoy se sientan juntos, se miran; los dos son escasamente fervorosos, pero el descreído insiste:
—Bien está que no toquemos el calendario de fiestas; sin embargo, ¿es preciso llenar las calles de objetos, ritos, imágenes y símbolos religiosos? ¿No se podrían recluir en las iglesias y dejar de molestar?
—Pocas veces se ocupan las calles o se causan molestias —replica el católico.
—Habría que ir preguntando. Y, cuando se llenan las calles, se llenan a lo grande: mira la Semana Santa.
—La Semana Santa tiene interés turístico —apunta uno tímidamente.
—La Semana Santa tiene interés turístico, sí —dice el descreído con ironía—. Quizá a estas alturas sea el único del que le quepa presumir.
Don Juan pone paz:
—Para bastantes conserva todavía interés religioso; para los turistas y asimilados tiene interés turístico; para un gran número cuentan la inercia, la moda, el instinto de representar; y el resto se limita al ocio y mira la maquinaria cofrade con absoluta indiferencia.
—Explíquenos eso, por favor.
—Descartemos a los creyentes de verdad, a los de todo el año —pocos—; descartemos a los indiferentes que solo piensan en la vacación —muchos—; nos quedan los turistas y los que se dejan llevar por la inercia, la moda o el afán de figurar…
—Quedan también los que militan en contra, don Juan.
—Sí, pero por ahora son cuatro, y su militancia —aparte de henchirlos de satisfacción— resulta a menudo contraproducente. Ya hablaremos de ellos.
El descreído acepta el aplazamiento. Continúa don Juan:
—Para los turistas, la Semana Santa se adorna con el atractivo de lo exótico y un cierto halo de autenticidad. Es probable que no entiendan por completo lo que ven, pero les gusta precisamente porque no lo entienden —como no entienden los ritos balineses del hinduismo o los budistas de Tailandia— y porque los prescriptores les han dicho que les debe gustar. Entre tanto, se gastan el dinero con alegría; luego, vuelven a casa contentos y convencidos de que se llevan fotografiada —fotografiada más que vista, obviamente— la genuina cultura popular.
—¿Y los cofrades? —el descreído pronuncia cofrades con un cierto retintín.
—A los seres humanos nos fascina representar lo que no somos, ponernos máscaras, disfrazarnos, actuar ante el público: jugar. Eso es lo que hacen los cofrades con el entusiasmo y la seriedad característicos del juego. Además, su entusiasmo se refuerza en la convicción —acaso equivocada, pero fortísima— de estar perpetuando tradiciones seculares.
—Benditos sean, dirán los hosteleros… —el escéptico nos señala los bares.
—El mundo es variado, amigos míos. Qué le vamos a hacer.
—¿Preferiría que las cosas fueran de otra manera?
—Posiblemente. Pero la libertad es lo primero: que cada uno haga y diga lo que le dé la gana. Parece que a muchos les apasiona la Semana Santa: mientras no perjudiquen a nadie…
Y nos centramos en la resurrección de la carne.