domingo, 30 de abril de 2017

Núñez de Arenas

Quién lo iba a decir: me he aficionado al arte contemporáneo. Ayer, sin reserva ninguna, fui con don Juan a la exposición de Esteban Núñez de Arenas en el Centro de Arte. Nada más entrar nos llamó la atención ver al artista mirando, con aire de profundo recogimiento y el pincel en la mano, un cuadro que tiene a medias: es que, en el presbiterio de la que fue capilla, Núñez de Arenas ha instalado el atelier y allí trabaja a la vista de todos. ¿Por qué lo hace? ¿Por qué se exhibe a sí mismo en una actividad casi siempre discreta, incluso íntima, de la que el público suele conocer únicamente el resultado? ¿Será una performance de esas que dicen? ¿Una especie de happening?
—Quizá —condesciende don Juan—, o simplemente quiera mostrarnos que pintar es un trabajo arduo, que el Esto lo hace mi niño de tantos espectadores osados es una imprudente ligereza.
No molestamos al pintor. Recorremos la sala despacio. A la izquierda hay cuadros ya antiguos, en distintos soportes, y dibujos a lápiz; alguno de los cuadros es magnífico; los dibujos, minuciosos, de buena técnica, muestran con sorprendente realismo aparatos inverosímiles. A la derecha, una serie reciente y numerosa de cuadros pequeños, en blanco y negro o con mínimas pinceladas de color, donde las formas se retuercen y combinan en composiciones que parecen desenfocadas, pero que —como si fuéramos ajustando la lente de un microscopio—, tras un rato de contemplación, se organizan hasta constituir piezas oníricas de sorprendente coherencia y capacidad sugestiva. El cuadro que está pintando, de gran formato, es parte de la serie.
—Lo visible y lo invisible —dice don Juan.
—El nombre de la exposición, sí.
—Y también, creo, el del catálogo de la que hubo en Toledo hace dos o tres años por el centenario del Greco. El Greco pintaba lo visible —lo que ve todo el mundo— y lo invisible —lo que ven los creyentes con los ojos de la fe—. En cierto modo, Núñez de Arenas hace otro tanto.
—¿Pinta lo invisible? ¿Con los ojos de la fe?
—No hablo de fe. Hablo de lo que rastrean los psicólogos por debajo de la actividad mental consciente; de lo que vemos en el sueño o en los estados alterados de la conciencia; de lo que creemos ver, cuando nos pillan descuidados, en las nubes, en los desconchones de las paredes, en las sombras… ¿Conoce usted esos test de personalidad hechos con manchas de tinta china? Algo de eso hay aquí.
—O sea, ¿que mirar los cuadros es someternos a un test psicológico?
—Quiero decir que, si miramos atentamente los cuadros, sin prejuicios y sin los frenos de la percepción cotidiana, nos convertimos automáticamente en pintores de lo invisible. Los cuadros de Núñez de Arenas son el estímulo que necesitábamos para ver lo invisible. Y lo que vemos, naturalmente, no será lo mismo que ha visto el pintor mientras pintaba, ni lo que veo yo será lo mismo que esté viendo usted. Por eso no tiene sentido preguntar qué significan los cuadros.
—Pues es lo que hace mucha gente.
—Los que solo ven lo visible, lo que se ajusta a las normas convencionales de percepción: lo obvio, rutinario y banal. ¿Se ha asomado usted a las procesiones de Semana Santa?
—A algunas.
—Se habrá fijado en las imágenes, en los bordados, en la orfebrería… ¿qué le parecen?
—Muy bonitos.
—En efecto: bonitos. Y previsibles: encajan perfectamente con lo que todos se esperan. Es decir, no hay en ello ni un átomo de arte.
—¿Qué hay entonces?
—Hay artesanía, muchas veces estupenda, o mera industria. Actividades sumamente dignas —el mismo Greco montó en Toledo una verdadera factoría de pintura y escultura religiosas—, pero a las que les falta un escalón para llegar al arte. El arte sorprende, incomoda, reta, conmueve, es imprevisible: porque nos pone delante cosas con las que no contábamos, el arte es creación y los artistas verdaderos se acercan a los dioses.
—¿Lo que estamos viendo es arte?
—Tentativa de arte por lo menos.
Cuando acabamos la visita, Núñez de Arenas está para irse. Salimos con él. En la puerta enciende un cigarrillo:
—Unas veces me gana; otras le gano.
Habla del cuadro. ¿Se referirá a la dificultad de crear? Núñez de Arenas es un excelente retratista, un buen dibujante: podría dedicarse con éxito a la pintura alimenticia. Ha escogido, sin embargo, el camino difícil: la incomodidad del arte.



domingo, 23 de abril de 2017

Autores y obras

—Desde que Nuestro Señor Jesucristo proclamó aquello de A fructibus eorum cognoscetis eos, mucha gente se lo toma al pie de la letra, como dogma de fe; y lo repite al tuntún, como se repiten los dogmas de fe.
—Claro, don Juan. Si lo dijo Nuestro Señor Jesucristo, verdad será. Y lo sabe Pero Grullo: los buenos hacen buenas obras; los malos, malas
—No siempre; en Utah, a veces, los grandes hombres hacen obras malas, le dijo el juez al hombre bueno y extraordinario, jerarca mormón, que había violado a la cuñada.
—Hombre…
—El violador, sí —ironiza don Juan—; la violada es mujer.
El despistado pregunta:
—¿Hablamos de teología y de moral?
—Hablamos del Día del Libro. ¿No es hoy el Día del Libro?
—¿Y qué tiene que ver?
—A estas horas, numerosos próceres de la cultura y la política estarán alabando un libro que quizá no hayan leído, y trasladarán, sin pensárselo mucho, el elogio de sus cualidades estéticas a las cualidades éticas del autor. A mi parecer, mezclan churras con merinas.
—¿Cuáles son las churras y cuáles las merinas?
—Las que ha oído: ética y estética.
—Alguien dijo que no hay estética sin ética.
—Le salió un enunciado redondo, contundente como un disparo, oportunísimo… pero falso; lo mismo que la frase tan citada estos días de Kapuscinski, eso de que una mala persona no puede ser un buen periodista. Simplificaciones, por no decir simplezas.
—Don Juan…
—Permítanme imitar a Nuestro Señor Jesucristo, o sea, incurrir en la perogrullada: las virtudes morales se aprecian en las obras morales; las virtudes estéticas, en las obras estéticas.
—Pero un autor se manifiesta en su obra: en ella dejará su visión del mundo, valores, ideas, presupuestos estéticos…
—A veces. Las personas son seres muy versátiles que se conducen de forma distinta según las circunstancias, las necesidades, las intenciones… o ¿hablan ustedes aquí lo mismo que le hablarían al notario o al cirujano? El creador en cuanto tal —es decir, en el acto de crear— no se identifica exactamente con el padre de familia, el socio de la peña del Real Madrid o el paciente del dentista, aunque sea también todas esas cosas. Lo sabe bien cualquier poeta o lector de poesía; lo sabe cualquier aficionado al fútbol: Maradona era un futbolista magnífico y —Dios nos perdone el juicio temerario— un individuo escasamente recomendable. Por no hablar de Quevedo, de Lope, de Cela, de Ruano…
—¿Y de Cervantes?
—Cervantes sería un buen hombre, pero nadie lo recuerda por eso. Lo recordamos porque escribió una obra maestra y varias de muy alto nivel. Buenas personas hubo en su tiempo —en todos los tiempos— a millares: la inmensa mayoría pasó sin hacer ruido, duró en el recuerdo de sus allegados unos pocos lustros, se hundió después en el pozo del olvido sin que nadie la echara de menos. Como a nosotros, ay, no tardando.
—Todavía somos jóvenes —suelta un iluso.
Nadie le hace caso. Don Juan concluye:
—Por lo tanto, quizás haya que fijarse más en la obra que en el autor.
—De ninguna manera, don Juan —sobreactúa el escéptico—: ¿quién indemnizaría los egos hipertrofiados de tanto creador que crea exclusivamente con objeto de recibir alabanzas?
Don Juan soslaya la ironía. Responde:
—Aunque ahí el Arcipreste de Hita —habitualmente tan atento y perspicaz— se despistara un poco, la vanidad es uno de los motores principales de la conducta humana. Pero eso a los lectores, espectadores, oyentes, visitantes de exposiciones y museos no les importa: ¿qué más da si Góngora escribió el Polifemo para entretenerse, para exhibir ingenio y agudeza o para hacerle la pelota al conde de Niebla? El hecho es que lo escribió, y que nosotros podemos leerlo hoy con sumo deleite.
Al decir nosotros don Juan —puedo certificarlo— exagera. También exagera, me parece, al desgajar la obra del autor; lo digo en voz alta:
—¿Qué se pierde, don Juan, si atribuimos, cuando se pueda, buenas cualidades morales al autor de una obra que tiene buenas cualidades estéticas? Aunque sea por metonimia…
—No se pierde nada, amigo mío. Pero la recíproca sí estará prohibida: ¿o debemos tachar de malvado a cualquier sujeto que componga poemas ripiosos o novelas abominables?
Pienso entre mí que basta con no leerlos.





domingo, 16 de abril de 2017

Laura o el amor

Las conversaciones de bar son un picoteo distraído que abarca mucho, aprieta poco y se revuelca con desparpajo y sin remordimiento por el tópico o la desmesura. Hoy hemos hablado del amor.
Los amigos comentan la anulación de una condena por matrimonio de conveniencia. Don Juan oye atento; yo no: me entretengo pensando en que, afortunadamente, ninguno de nosotros es importante y a nadie se le ocurrirá grabar las cosas que decimos para restregárnoslas después por las narices.
Cuando la conversación se convierte en guirigay, entra don Juan:
—Para no extraviarnos quizá conviniera distinguir entre sexo, matrimonio y amor.
La trinidad cae en la tertulia como la Bomba Gorda en los desiertos de Afganistán: se hace el silencio.
—El sexo pertenece a la biología, es decir, a la naturaleza. Por lo tanto, siempre y en todo lugar, es y será idéntico. A efectos de lo genuinamente humano, su interés es mínimo.
Vaya por Dios, debe pensar alguno.
—El matrimonio y el amor, en cambio, son productos culturales, es decir, históricos: si es que existen, en cada lugar y en cada época poseen rasgos particulares que varían de un sitio a otro y de un tiempo a otro.
Don Juan, docente al fin y al cabo, subraya lo obvio.
—El matrimonio es un invento destinado a conjugar intereses —dinero, poder, sexo, protección, supervivencia— y a perpetuarlos. Todos los matrimonios —los de los magistrados del Tribunal Supremo que han anulado la condena, también— son matrimonios de conveniencia: por eso están sujetos a ciertos regímenes económicos, tienen forma de contrato que enumera derechos y deberes, se ocupan de ellos los abogados…
—También se ocupan de ellos los sacerdotes —señala un puntilloso.
—Sí, aunque prefieren hablar de la familia. Otro día veremos por qué.
Continúa don Juan:
—Cuando estas cosas estaban claras, los matrimonios eran sólidos, firmes y duraderos. Ahora que no lo están, el desprestigio del matrimonio es evidente y su estabilidad precaria. Acaso haya llegado el momento de que el estado se desentienda de él.
—¿Y los hijos?
—Esa es otra cuestión. Cada niño tiene unos progenitores que, por el hecho de serlo, han contraído con él ineludibles obligaciones; si no las cumplen, el estado debería disponer de mecanismos ágiles y eficientes para corregirlos.
—Ha mentado usted al amor, don Juan: ¿tiene algo que ver con el sexo y con el matrimonio?
—Muy poco. El amor es asunto de los poetas —y de los adolescentes: vienen a ser lo mismo, fruto de su febril imaginación destinado inicialmente a entretener a las clases ociosas que luego ha extendido su prestigio al resto de la gente. Mientras estaba separado del sexo y del matrimonio, el amor era algo inocuo: igual que el ajedrez o la pesca con mosca. Lo malo es que, en estos tiempos tan sinceros, se ha metido en donde no debía y lo ha embarullado todo.
—Don Juan, que usted es persona seria —le advierto.
—Por motivos evidentes, ya estoy retirado del sexo, del matrimonio y del amor; de modo que lo que yo les diga carece de importancia: no me hagan caso si no quieren.
—Puestos así…
—Así hay que ponerse. El amor, tal como lo conocemos en Occidente, lo inventó Petrarca el día de Viernes Santo de 1327 —era 6 de abril— cuando, en lugar de atender a los Oficios en una iglesia de Aviñón, reparó en Laura y perdió la cabeza por ella. O quizás no fuera así, porque de los poetas no hay que fiarse: el caso es que empezó a escribir poemas frenéticamente, y de ellos proviene toda la poesía amorosa occidental hasta hoy —de Garcilaso a Horcajada, por poner algo—, y, en consecuencia, la idea que los occidentales tenemos del amor. No es preciso insistir en que Petrarca nunca pensó en casarse con Laura ni en tener sexo —así se dice ahora— con ella: él distinguía.
Don Juan sonríe malicioso, apura el jerez y se despide. Lo vemos salir a la plaza inundada de sol, de bebedores escandalosos, de servilletas sucias alfombrando los suelos, de niños semisalvajes cuyos progenitores eluden las obligaciones paternales. La tertulia permanece en silencio —si don Juan quería nous épater, lo ha conseguido—; pero alguien pide una copa: las cosas vuelven a su cauce. Bendito sea Dios.
Ahora bien: ¿qué hago yo con esto? Les he avisado al principio de que las conversaciones de los bares permiten el desahogo, la exageración y una abundante cosecha de boutades; les aviso ahora de que don Juan no repetiría esto mismo en según qué sitios; y, desde luego, que no se le ocurriría escribirlo ni siquiera en el Facebook, que lo aguanta todo. Avisados quedan: no se lo cuenten a nadie.


domingo, 9 de abril de 2017

Semana Santa

Don Juan —lo saben ustedes— no es religioso; según se ve, una gran parte de los españoles tampoco; sin embargo, el año civil se sigue organizando de acuerdo con el calendario religioso. A don Juan no le importa; a la gran mayoría de los españoles parece que tampoco.
—¿Cómo es eso, don Juan? —pregunta el despistado.
—Porque soy viejo y me cansan los trabajos sin provecho. Por otra parte, las fiestas que hoy tienen nombres religiosos se vienen celebrando desde el Neolítico en las sociedades agrícolas; es decir, el calendario religioso es el calendario de la agricultura y, si me apura, el de la misma naturaleza.
—Pero ahora no se vive así, don Juan; la agricultura está muy tecnificada, casi se ha independizado de la naturaleza, y los que se dedican a ella son pocos y con escasa influencia social.
—¿Y qué? Todavía vivimos los viejos; la fuerza de la religión católica aún es considerable; y, aunque no lo fuera, para los jóvenes y los habitantes de las ciudades las fiestas religiosas, sobre el peso poderosísimo de la costumbre, añaden el atractivo de la vacación: no es poca cosa.
—Las vacaciones podrían ser en otras fechas —sugiere el descreído.
—Sin duda, pero ¿qué ganaríamos? Cambiar el calendario de vacaciones y puentes o cambiar el nombre de los actuales para desprenderles la pátina religiosa es un esfuerzo inútil al que solo se aplican los ateos fervientes que, en ocasiones, son tan integristas como los cristianos fervientes.
El católico y el descreído, que hoy se sientan juntos, se miran; los dos son escasamente fervorosos, pero el descreído insiste:
—Bien está que no toquemos el calendario de fiestas; sin embargo, ¿es preciso llenar las calles de objetos, ritos, imágenes y símbolos religiosos? ¿No se podrían recluir en las iglesias y dejar de molestar?
—Pocas veces se ocupan las calles o se causan molestias —replica el católico.
—Habría que ir preguntando. Y, cuando se llenan las calles, se llenan a lo grande: mira la Semana Santa.
—La Semana Santa tiene interés turístico —apunta uno tímidamente.
—La Semana Santa tiene interés turístico, sí —dice el descreído con ironía—. Quizá a estas alturas sea el único del que le quepa presumir.
Don Juan pone paz:
—Para bastantes conserva todavía interés religioso; para los turistas y asimilados tiene interés turístico; para un gran número cuentan la inercia, la moda, el instinto de representar; y el resto se limita al ocio y mira la maquinaria cofrade con absoluta indiferencia.
—Explíquenos eso, por favor.
—Descartemos a los creyentes de verdad, a los de todo el año —pocos—; descartemos a los indiferentes que solo piensan en la vacación —muchos—; nos quedan los turistas y los que se dejan llevar por la inercia, la moda o el afán de figurar…
—Quedan también los que militan en contra, don Juan.
—Sí, pero por ahora son cuatro, y su militancia —aparte de henchirlos de satisfacción— resulta a menudo contraproducente. Ya hablaremos de ellos.
El descreído acepta el aplazamiento. Continúa don Juan:
—Para los turistas, la Semana Santa se adorna con el atractivo de lo exótico y un cierto halo de autenticidad. Es probable que no entiendan por completo lo que ven, pero les gusta precisamente porque no lo entienden —como no entienden los ritos balineses del hinduismo o los budistas de Tailandia— y porque los prescriptores les han dicho que les debe gustar. Entre tanto, se gastan el dinero con alegría; luego, vuelven a casa contentos y convencidos de que se llevan fotografiada —fotografiada más que vista, obviamente— la genuina cultura popular.
—¿Y los cofrades? —el descreído pronuncia cofrades con un cierto retintín.
—A los seres humanos nos fascina representar lo que no somos, ponernos máscaras, disfrazarnos, actuar ante el público: jugar. Eso es lo que hacen los cofrades con el entusiasmo y la seriedad característicos del juego. Además, su entusiasmo se refuerza en la convicción —acaso equivocada, pero fortísima— de estar perpetuando tradiciones seculares.
—Benditos sean, dirán los hosteleros… —el escéptico nos señala los bares.
—El mundo es variado, amigos míos. Qué le vamos a hacer.
—¿Preferiría que las cosas fueran de otra manera?
—Posiblemente. Pero la libertad es lo primero: que cada uno haga y diga lo que le dé la gana. Parece que a muchos les apasiona la Semana Santa: mientras no perjudiquen a nadie…
Y nos centramos en la resurrección de la carne.


domingo, 2 de abril de 2017

Maquiavelo y las 'primarias'

Don Juan está pendiente, con la omnívora curiosidad que lo caracteriza, de todo el embrollo de las primarias socialistas, del que yo me desentendí hace meses harto de escandalera. Pero la tertulia es variopinta; por eso sale el asunto en la conversación mientras yo andaba en otra cosa. Cuando aterrizo, don Juan va diciendo:
—Lo que sus partidarios más aprecian en Sánchez es una virtud genuinamente antipolítica: la terquedad intransigente. Terco como una mula, decían en el pueblo cuando yo era chico; y a las mulas les atribuían muchas virtudes, pero no la inteligencia.
—Terquedad no, don Juan: respeto a los principios —corta el rojo.
—Se equivoca usted, querido amigo. Sin remontarnos a Maquiavelo, ni a lo que escribió sobre la qualità dei tempi, ni menos todavía a su opinión sobre la palabra dada…
Queda un momento pensativo. Pregunta:
—¿Es usted aficionado al fútbol?
Sorprendido —él y los demás, el amigo asiente.
—Pues entonces sabrá que los buenos futbolistas son capaces de leer el partido, un mérito que se les alaba mucho, y con razón. El político, como el futbolista, por su propio bien y por el de la sociedad o el equipo, ha de ser una persona inteligente y flexible, capaz, sin renunciar a los principios, de leer el partido bien leído en cada momento, y de adaptarse a las circunstancias para modificarlas a su favor: unas veces se comportará como león, otras como zorro, nunca como mula.
—No entiendo —interviene el despistado, que se pierde entre tanta zoología.
—Quizá Sánchez leyera bien el partido tras las elecciones de diciembre: de no impedirlo la atolondrada soberbia de Iglesias —imprevisible entonces; ya no—, hubiera alcanzado el éxito actuando como zorro. Sin embargo, después de las elecciones de junio se transformó en mula: erre que erre en el No es no, cavó su propia fosa.
El rojo persevera:
—Le cavaron la fosa los amotinados de octubre.
—Sánchez insistía tercamente en suicidarse —remacha don Juan. Ahora bien: el comportamiento de los que llama usted amotinados es absolutamente censurable: no solo obraron con evidente deslealtad e infringieron todas las normas estatutarias, sino que enseguida se les vio el plumero; o sea, quién estaba detrás y con qué intenciones. Ellos tampoco lograrían la aprobación de Maquiavelo.
Maquiavélico está… —cuela el leído.
—He comido estupendamente —don Juan sigue la broma—. Maquiavelo es el clásico por excelencia de la acción política. Estoy seguro de que ni Sánchez ni Díaz lo han leído; sus seguidores, probablemente, tampoco: así les va.
Toma un sorbo del jerez. Continúa quijotesco:
—Aunque las malas lenguas dicen que el derribo de Sánchez salió tan mal por culpa del brazo ejecutor: un paisano de ustedes de cuyo nombre no quiero acordarme.
—¿Bono? ¿Page? —pregunta el despistado.
—No: alguien del segundo escalón, el de los fontaneros.
—¡Vaya lío! —suspiro.
—Un lío, en efecto. Del que nos convendría a todos que el PSOE saliera cuanto antes, pacificado y unido, firme en los principios tradicionales de libertad, igualdad y fraternidad —o sea, los de la socialdemocracia—, curado de la enfermedad infantil del izquierdismo, y consciente de sus responsabilidades como partido esencial de la democracia española. Y, a ser posible, mejor preparado tácticamente.
Nadie replica; las caras son de escepticismo. Don Juan prosigue:
—Si así fuera, arrumbaría a Podemos en el chiribitil de Izquierda Unida, recuperaría los votos obreros desorientados, tal vez hasta los votos resabiados y pulcros de las clases cultas, y estaría en disposición de combatir al PP de igual a igual, y de ganarle.
—¿Hay mimbres para el cesto?
—Podría haberlos mejores, pero con estos bueyes tienen que arar. Y, si —a una por torpe, al otro por terco— descartamos a Díaz y a Sánchez, solo nos queda López.
—¿Le gusta a usted?
—Es serio, comedido y experimentado; no grita ni hace aspavientos; tampoco se le va la fuerza por la boca. Quizá no levante entusiasmos: no provoca rechazos. Parece hombre de paz y, en la línea de Fernández, podría restañar heridas que aún sangran.
—¿Es buen candidato para las elecciones generales?
—Mejor que Rajoy, casi cualquiera. Siempre que los españoles lo vean como previsible y de fiar. De todas formas, no es eso lo que se ventila ahora: ahora se trata de recomponer el Partido Socialista; luego, ya se verá.
Como don Juan, también creo que, si al PSOE le va bien, le va bien a la democracia española: así que empezaré a interesarme por el cenagal de las primarias.