domingo, 19 de febrero de 2017

Herrera

Don Juan regresó el jueves de Madrid. Fui a recogerlo a la estación de Ciudad Real y luego asistimos a la conferencia de Enrique Herrera en el Palacio —o lo que sea— que dicen de los Fúcares —o de quien sea: a ver si los historiadores acaban de ponerse de acuerdo—. A mí no me seducen las conferencias: tienen algo de solemnidad impostada, como de ceremonia religiosa en que los creyentes oyen con recogimiento el sermón y se marchan reconfortados a rumiarlo. A don Juan, sí: don Juan es casi adicto.
El templo rebosaba de gente: Herrera tiene muchos seguidores entusiastas y fieles. Nos acomodamos en una de las últimas filas, detrás de tres señoras poco más jóvenes que don Juan que cuchicheaban a menudo y no paraban de moverse. La conferencia se me hizo interminable: casi dos horas, sillas duras, lenguaje sacerdotal —o sea, críptico: serliano, siloesco, la edilicia—, tics profesorales, repeticiones, gotas de demagogia, pellizquitos de monja ecuánimemente distribuidos… Pero a don Juan le gustó:
—Herrera —concede don Juan— es declamatorio y teatral como un predicador evangélico; y, como un predicador evangélico, llena los auditorios y los colma de entusiasmo. No es poco en este Almagro tan renuente a los estímulos culturales. Además posee sólidos conocimientos: ha dedicado la vida a investigar y a difundir los valores artísticos del pueblo, y ha conseguido crear una escuela abundante de discípulos capaces y rigurosos. También entre los legos —nosotros, por ejemplo— ha sembrado la semilla del interés, el respeto y la salvaguardia del patrimonio: el hecho de que tanta gente acuda a oírlo lo demuestra a las claras.
—No sé lo que demuestra, don Juan: todos los almagreños son partidarios de que se conserven los edificios emblemáticos que pertenecen a instituciones; muchos menos aprecian la arquitectura popular; y pocos están dispuestos a acomodar sus conveniencias, intereses o caprichos a esos valores que, cuando se trata del prójimo, sí consideran superiores e irrenunciables: no hay más que darse un paseo por ahí —dice alguien que trabaja en estos asuntos.
—Es posible: muchas fechorías se han perpetrado y no siempre por los particulares. Sin embargo, el conocimiento y la sensibilidad artísticos son ahora mayores que nunca: no se flagelen ustedes ni adopten la actitud plañidera de tantos cultos que se escandalizan por cualquier menudencia. Es más: quizá sea bueno cometer de cuando en cuando pecados veniales para que los cultos, escandalizándose, se reconozcan entre sí y se reafirmen en su conciencia de casta superior.
Las ironías de don Juan nos descolocan cada vez menos. Pregunta uno:
—¿No le encontró defectos a la conferencia de Herrera?
—Apenas. El tiempo y la, tal vez, inadecuada valoración del auditorio. Hubo, es inevitable, algún mínimo desliz sin importancia: Dragonara no está donde dijo que estaba… Y me hubiera gustado oírle más precisiones sobre la puerta norte de la iglesia: las diferencias entre el cuerpo inferior y el superior, el escudo tan singular e infrecuente: águila bicéfala, corona real—, que merece comentario y puede dar mucha información... Ya se las leeremos en el libro que prometió.
—¿Qué va a ser del edificio, don Juan?
—Lo ignoro, pero así no podrá continuar. El monasterio de la Asunción —habría que decir algo de este dogma recentísimo de la Iglesia Católica: otro día— es la construcción más importante de Almagro; el claustro, uno de los mejores de España. Desde antes de la desamortización ha dado tumbos diversos; con los dominicos pareció hallar uso estable; pero ya no hay dominicos en ningún sitio; la Iglesia, que es la propietaria, y las autoridades civiles deberían llegar a algún tipo de acuerdo parecido al que alcanzaron con la parte que hoy es instituto. Ellos verán: yo no soy quién para dar consejos.
—La desamortización hizo mucho daño —cuela el católico.
—No hubo una desamortización sino varias. Hoy se cumplen 181 años desde que la Reina Gobernadora firmó el decreto de la más famosa: la de Mendizábal, ni la primera ni la más radical. Las desamortizaciones fueron inevitables y, aun con sus fallos de ejecución, sumamente beneficiosas. ¿Que se perdió patrimonio artístico y cultural? Indudablemente. ¿Que se desperdició la oportunidad de un reparto equitativo de la tierra? También. ¿Que se puso el acento en el pago de las deudas públicas? Sin duda. ¿Qué muchos bienes pasaron de las manos muertas del clero a las manos ausentes de los compradores? Obvio. ¿Qué bastantes eran meros especuladores sin escrúpulos? Por supuesto… Pero de ahí nace la España contemporánea.
—Y no es un ejemplo para nadie...
—Quizá: ya hablaremos de eso.