domingo, 4 de diciembre de 2016

Rodolfo Llopis en el Corregidor

Qué alegría recuperar las tradiciones. Estamos en el Corregidor tomando café y copas, contentos de volver tras dieciocho meses de cierre. Don Juan, el que más:
—Durante quince o veinte años el Corregidor ha sido para la imagen exterior de Almagro casi tan importante como el Corral de Comedias o el Festival Internacional de Teatro Clásico; desde luego, por delante de cualquier otro monumento o atracción del pueblo. En los últimos años se adocenó y vivió de las rentas, pero, aun así, muchos venían a Almagro solo por el Corregidor, por el prestigio de exquisitez que había logrado acumular.
Alguien interrumpe:
—Pues bastantes almagreños no se daban cuenta.
—Es verdad. Bastantes almagreños no apreciaron el Corregidor como no aprecian algunas maravillas que tienen delante de las narices: el gusto se educa y, por desgracia, hay quien presume de no haberlo educado.
—¿Qué le parece ahora?
—Llevan una semana: es pronto para juzgar. El otro día comimos bien, pero tardamos demasiado; hasta en la cuenta se demoraron veinte minutos: eso espanta a cualquiera. Hoy he visto el cuadernillo de los menús navideños, muy mal escrito, al nivel de un figón de polígono industrial: redacción cursi, estomagante epidemia de diminutivos, ausencia de tildes, proliferación de mayúsculas…
Entre los amigos también hay gente tosca:
—¿Y eso qué importa? —pregunta uno.
—Sí no cuidan lo primero que verá el cliente, no cuidarán lo demás.
—La educación, que decía usted.
—La educación, en efecto. Educación es, sobre todo, exigencia de hacer las cosas bien.
—Pronto vendrá la panacea: el pacto que anunció Méndez de Vigo —proclama el escéptico con retintín.
—Bienvenido el pacto educativo, pero tampoco será la panacea.
—¡Imitemos a Finlandia! —prosigue el escéptico.
—O a Corea —dice don Juan, y se nos pone cara de sorpresa.
—¿Corea?
—Corea padeció una guerra cruel como la nuestra; y una dictadura que duró más que la nuestra; cuando se democratizó estaba peor que nosotros: ahora registra más patentes que Alemania o Gran Bretaña e inunda el mundo de coches y teléfonos. Nosotros fabricamos excelentes ventanas de aluminio y exportamos vino a granel. Por algo será.
—Los valores asiáticos —apunta un culto.
Don Juan prosigue:
—Pero, si Corea les pilla lejos, miren a nuestra historia. En tan solo cinco años la Segunda República levantó un sistema educativo impresionante. Del autor no se acuerda nadie: Rodolfo Llopis.
—¿Qué hizo Llopis?
—Llopis fue Director General de Enseñanza Primaria con dos ministros —Marcelino Domingo y Fernando de los Ríos— que tuvieron la virtud de confiar en quien sabía más que ellos. En pocos meses puso a andar una educación pública universal, obligatoria, gratuita, sin distinción de sexos; estableció un excelente plan de formación de maestros —el famoso Plan profesional— y les subió el sueldo;  y otro de construcción de escuelas —veintisiete mil en cinco años—. Si aquello hubiera durado…
—También la educación única y laica.
—Yo me conformaría hoy con que hubiera buenas escuelas, buenos maestros y claridad sobre lo que se debe enseñar. Las escuelas están muchísimo mejor que cuando Llopis; los maestros —y profesores— no tanto. Y en lo tercero reina la confusión.
—¿Qué hacemos?
—Nosotros, nada. Los que puedan, acordar qué debe saber —en el sentido más amplio del término— un alumno cuando acaba la escolaridad obligatoria. Y en la consecución de ese acuerdo no deben participar los maestros, porque cada uno intentaría arrimar el ascua a su sardina. Cuando se haya alcanzado, ordenar y jerarquizar las materias y poner a enseñarlas rigurosamente a un buen plantel de maestros capacitados y motivados. En teoría no parece difícil; en la práctica, si hay buena voluntad, tampoco.
—¿Y de la escuela única y laica?
—La escuela única desde la LODE ya no es posible; y es bueno que no lo sea. En cuanto al laicismo, si es un obstáculo para el acuerdo, más vale dejarlo aparcado.
Don Juan no es ateo ferviente; es ateo sin más, es decir, no pretende convertir a nadie al ateísmo y respeta sinceramente a los que creen; por otra parte, está convencido de que la formación religiosa que se da en las escuelas —pésima— contribuye más a hacer descreídos que creyentes.
—¿Por qué nadie habla de Llopis?
—La derecha, por razones obvias; los comunistas y allegados, porque él fue anticomunista convencido; los socialistas, porque era la cabeza de los que perdieron en Suresnes… Pero duele más ver cómo la UGT se ha deshecho sin compasión de la FETE, que él fundó. A ver si, para compensar, alguien tuviera el gesto de ponerle su nombre a un colegio. En Cuenca, por ejemplo, donde trabajó.
No caerá esa breva, pienso entre mí.