domingo, 11 de diciembre de 2016

Plagios y falsas atribuciones

Don Juan —bien lo saben— en todo se fija; lo domina una curiosidad amplísima, voraz: acompañarlo en el paseo u oírlo en la tertulia es ir con un arqueólogo que ve noble vasija donde los demás o no vemos nada o solo vemos deleznables y obvios añicos de cerámica. Hoy ha encontrado una joya en la calle de la Feria. En la mañana húmeda, ciega de niebla, se para ante el escaparate de una tienda de comestibles para turistas, descubre algo, nos lo señala. Arrimamos las cabezas al cristal: entre pastillas de chocolate, latas de berenjenas, quesos, migas precocinadas y adornos rústicos hay una cartulina bien enmarcada, con orla y el retrato canónico de Cervantes; le atribuye la receta del queso manchego y hasta afirma que “Este texto, aun escrito hace cuatrocientos años, sigue siendo válido…”

—¿Qué les parece?
Un culto se ríe satisfecho y suficiente:
—¡Pero si el único queso con denominación de origen que menciona Cervantes es el de Tronchón! ¿A quién querrán engañar?
—A nadie —responde don Juan—. Al menos quien lo ha enmarcado y puesto aquí no quería engañar a nadie. Quería, y es muy legítimo, aprovechar la fama y el prestigio cervantinos para vender su mercancía.
—¡Pero el texto es falso!
—¿Cómo va a ser falso? ¿No lo tiene usted delante de las narices? En todo caso será falsa la atribución. Pero estoy casi seguro de que el dueño de la tienda no lo sabe, por lo tanto no lo podremos acusar de mentiroso.
—¿Y al que lo escribió?
—El autor será ingenuo y algo pedante, pero tampoco mentiroso. En su intención no estaría, desde luego, engañar a los especialistas, ni siquiera a los medianos lectores. Como mucho, pretendería alabar un producto que de por sí merece todas las alabanzas. Si lo piensan un poco se darán cuenta de que tanto el autor como el tendero están, de buena fe, rindiendo un homenaje a Cervantes: saben de su prestigio y, arrimándose a buen árbol, esperan buena sombra protectora. Aunque se lea poco, Cervantes y el Quijote son en esta tierra casi como Dios: están en todas partes y para todo se echa mano de ellos. ¿Es eso malo? Sería mejor, por supuesto, más lectura; pero ya lo remediará La Educación —ha engolado la voz— en tres o cuatro generaciones.
—¡Cómo es usted! ¡Parece mentira que se haya ganado la vida con la filología!
—He visto muchas operaciones más audaces, menos ingenuas y peor intencionadas: el mundo académico, como dicen ahora, es una selva plagada de asechanzas, y de bastantes académicos conviene no fiarse. Si quieren confirmarlo, hojeen las revistas científicas. O miren al rector de la Universidad Rey Juan Carlos.
Nosotros no estamos en estas cosas:
—¿Qué ha hecho?
—La Universidad Rey Juan Carlos no es de las mejores del mundo; pero el rector, Fernando Suárez Bilbao, cobra como si lo fuera y se sienta con los demás en la Conferencia de Rectores. Pues bien, parece que no le queda tiempo para investigar; de modo que se aprovecha con desparpajo de lo que investigan otros. Le han descubierto una buena porción de plagios que él achaca a las gentes de su equipo, es decir, a los negros que trabajan para él.
—Eso es robar —me atrevo a decir.
—Es robar por dos veces: roba las ideas de otros, y roba el tiempo y el esfuerzo de sus negros, a los que llama eufemísticamente colaboradores. Comparen esto con el cuadro de la tienda. El que escribió en nombre de Cervantes la receta del queso quería contribuir modestamente a acrecentar el edificio de la fama cervantina añadiéndole una pequeña piedrecilla: su cándido pastiche. El rector, en cambio, se comporta como el arqueólogo clandestino que expolia un yacimiento, el que pone un capitel corintio en el jardín del chalé o el rudo aldeano que usa las ruinas del castillo como cantera. Lo peor es que casi nadie se lo reprocha ni él parece arrepentirse ni avergonzarse de lo que ha hecho. Antes, por menos, se suicidaba uno o se escondía en casa implorando que la tierra lo engullera.
—Y, encima, no lee lo que fusila.
—En eso no es el primero; ni en usar negros. De haber leído todo lo que ha escrito, cuánto sabría este hombre, dijo alguien pensando en otro que tal.