domingo, 6 de noviembre de 2016

Videodanza

Don Juan ha terminado la segunda fase del tratamiento. A falta de lo que digan los análisis —perdón, analíticas—, como reo que espera el veredicto de un tribunal implacable y lejano, vive en Navaltizón los primeros días del otoño meteorológico con la inocencia y la tranquilidad estoica de quien sabe que, para bien o para mal, el futuro ya está escrito. Si en algún momento tuvo la tentación de lamentarse, la ha desechado: le parece mejor pasear por el campo en las mañanas diáfanas; leer a Góngora, a Lucrecio, a Marco Aurelio; observar desde lejos las labores agrícolas —¿verá la siega de lo que hoy se siembra?—; hablar con los pastores y tractoristas… y pasar algunos días en Almagro con la hija y con nosotros. Vino el jueves a mediodía en el tren desde Manzanares; dimos un paseo corto después de la comida; tomamos café en el Marqués —solitario y oficinesco—; ya bien anochecido él se fue a la inauguración del festival de videodanza.
—¿Qué es eso, don Juan?
—La videodanza, como dice su nombre, es una forma de expresión artística que combina la danza con el vídeo.
—Claro, don Juan: hasta ahí llegábamos —replico algo mosqueado.
—En realidad —sonríe apaciguador—, no sé bien lo que veremos, pero me gusta que en Almagro se hagan cosas nuevas, que de vez en cuando abandonemos la certeza del camino y nos aventuremos en lo inexplorado.
Así se queda. El entusiasmo en la concurrencia es escaso: nadie acompaña a don Juan; él tampoco insiste en que lo acompañemos. Lo vemos salir apoyándose apenas en el bastón y saludar con un gesto a Luis Molina, que está en la terraza hojeando papeles. Nosotros pasamos directamente del café al vino y cometamos los fracasos del Madrid en Varsovia y del Barcelona en Mánchester: menos mal que el honor patrio se mantuvo en pie gracias al Atleti y al Sevilla.
Yo el viernes no estuve en Almagro; ayer dediqué la tarde a ciertos compromisos familiares; de modo que hoy, nada más sentarnos, le pregunto por la videodanza:
—Ni el ojo ve ni el oído oye. Esas dos maravillosas actividades son competencia del cerebro.
Sin comprender a qué cuento viene una obviedad de la que cualquier alumno de la Eso está al cabo de la calle, le recuerdo:
—La videodanza, don Juan…
—De ella hablaba —contesta con paciencia—. El cerebro solo puede ver u oír lo que ya ha visto y oído. A diferencia de los animales, para quienes el mundo es siempre idéntico y simple, puesto que lo perciben tan solo como sexo, comida o supervivencia, el mundo humano es cambiante y complejo. El cerebro ha de entrenarse en percibirlo, clasificarlo y nombrarlo mediante un proceso que necesita aprendizaje; es decir, cultura en el más amplio sentido de la palabra.
—No sé adónde va, don Juan.
—Voy a que las cosas que vemos u oímos por primera vez, si no encajan en las clasificaciones que tenemos aprendidas, nos incomodan, inquietan y desafían. Una actitud bastante común ante ellas es descartarlas o despreciarlas; otra, más ardua, es intentar, entenderlas, o sea, esforzarse en ampliar la clasificación o, incluso, en sustituirla por otra mejor. Los científicos están acostumbrados a ello; los artistas también; los ciudadanos comunes somos más perezosos.
—¿El espectáculo del jueves era nuevo?
—En Almagro, sí. Por eso acudió tan poco público. Muchos de los que allí estábamos no entendíamos del todo lo que veíamos; pero lo que veíamos nos inquietaba, nos desafiaba, nos mantenía en suspenso, nos sobrecogía, nos conmovía y nos asomaba a territorios incógnitos. La gente aplaudió al final, tal vez sin saber exactamente qué aplaudía, pero muy consciente de que aquello era arte del bueno —signifique eso lo que signifique—. Y no salió como se sale del fútbol. Tardaremos en olvidar a Julie Barnsley y Aktion Kolectiva.
Quizá nosotros tampoco estemos entendiendo por completo a don Juan; por eso, alguien cambia de tema:
—¿Estuvo ayer en lo de Almágora?
—También estuve. Almágora ha cumplido un año superabundante de iniciativas y muy fructífero. A la celebración del cumpleaños acudió público numeroso; el fin de la recaudación es útil y noble; pero el espectáculo, francamente, desmereció.
—¿Por qué, don Juan?
—Asistimos a una función escolar. Como todas las funciones escolares, fue bienintencionada, larga, empalagosa, cursi y escasamente memorable. Æternam se nos olvidará enseguida.
Nadie replica: ¿qué vamos a decir nosotros, pobres ignorantes a quienes cualquier novedad artística nos sobresalta, que nos sentimos cómodos en los caminos transitados?