domingo, 24 de abril de 2016

El amigo Cervantes

—Don Juan, hoy hablaremos de Cervantes, ¿no?
Sale por peteneras:
—El 25 de abril de 1574 era domingo. Ese día, Melchor Pérez de Torico, gobernador del Campo de Calatrava, mandó pregonar en la plaza de Almagro que los moriscos de la villa se concentrasen a las dos de la tarde en el hospital de las Comendadoras “para hacer lista general y que no faltase ninguno so pena de perdimiento de sus bienes”.
—¿Cuál era el hospital de las Comendadoras?
—Las Comendadoras, obviamente, son las monjas calatravas. Supongo, por suponer algo, que su hospital sería el antecedente del que aún se conserva en la calle Dominicas. ¿Dónde estaba en 1574? Lo ignoro: alguien más instruido nos lo podrá decir.
—Nos lo dirá un alma caritativa, sí. Pero yo le preguntaba por Cervantes.
—Y yo le contesto.
O don Juan nos va a mostrar sofisticadas teorías científicas o nos descubrirá algún Mediterráneo.
—¿Habla usted del efecto mariposa? ¿El pregón de Melchor Pérez provocó el cautiverio de Cervantes, por ejemplo?
Se trata del Mediterráneo:
—No. El pregón de Pérez y el cautiverio de Cervantes reflejan bien la situación del Mediterráneo en la época, y cómo la gran política golpea, sobre todo, a los individuos del montón: los moriscos de Almagro o Miguel de Cervantes, sin ir más lejos.
—Explíquese, por favor.
—En 1574, como ahora, al Mediterráneo se asomaban cristianos y musulmanes. Siguiendo las agujas del reloj, desde las costas del Adriático hasta Gibraltar dominaban los musulmanes; desde Gibraltar a las costas croatas —entonces venecianas, los cristianos. Como ahora, las relaciones entre cristianos y musulmanes eran complejas, a menudo violentas, y dominadas tanto o más por la geopolítica que por la religión. Como ahora, algunos cristianos —los renegados— se pasaban al bando musulmán y se dedicaban a esa suerte de terrorismo avant la lettre que era la piratería. Como ahora, se miraba a los musulmanes o descendientes de musulmanes que vivían en territorios cristianos —por ejemplo, en España— con recelo.
—Poco ha cambiado el mundo.
—El mundo es siempre idéntico. Cervantes estaba aquel domingo de abril en Nápoles. Tenía veintiséis años. Había participado en la conquista de Túnez, que se perdería enseguida. En poco tiempo saldrá para España; lo apresarán los piratas; vivirá cautivo varios años… Es decir, el joven soldado lleno de entusiasmo se transformará en adulto esclavizado por las exigencias perentorias de una vida inclemente.
—¿Y los moriscos de Almagro?
—Los moriscos habían venido deportados tras la guerra de las Alpujarras. La guerra de las Alpujarras fue durísima, atroz, salvaje por ambas partes. Para que no se repitiera, Felipe II decidió deportar a todos los habitantes de las tierras sublevadas, repartirlos por la corona de Castilla, y repoblar el reino de Granada con cristianos viejos. Al Campo de Calatrava llegaron muchos granadinos. Y había que controlarlos: por eso el pregón. ¿Les suena? Imaginen la triste recua humana por los caminos: el hambre, la sed, las enfermedades, los muertos; imaginen la llegada a los pueblos, el realojo. Imaginen también a los cristianos apresados por los piratas, a los cautivos de Argel…
—Penando e incubando rencores.
—Que duran hasta hoy. Pero no todos se dedicaron a la industria del odio. Cervantes, por ejemplo, prefirió observar, comprender, aprender. Y numerosos cristianos viejos tuvieron buenas relaciones con los moriscos y, cuando llegó el momento de la expulsión, los avalaron, los escondieron, les ayudaron a escabullirse y a volver. Todavía quedan por aquí muchos descendientes de moriscos. Pocos tendrán conciencia de que lo son; pero, si los historiadores o los antropólogos se ponen a escarbar, pronto encuentran huellas.
—Hay gente buena en todas partes.
—Claro: Cervantes es uno. Miren si la vida le dio golpes; miren si su talento estuvo poco reconocido… él fue incapaz de odiar o de amargarse. Por eso, como hoy habrá infinitos doctos incensando al Cervantes personaje, creo yo que no es mal día para recordar los méritos del Cervantes persona: normal, inteligente y comprensivo, bueno como la mayoría la multitud inacabable de hombres y mujeres comunes que sufren la historia sin hacerla—, amigo que podría estar aquí bebiendo vino —si bien, permanentemente estupefacto ante la balumba de estupideces y rimbombancias que le hacen decir. O sea, uno de los tantos que, sin enterarse, salvan el mundo. ¿Les parece bien?
Y nosotros, ni héroes ni sabios ni santos, simples bebedores, nos pedimos otra ronda en su honor.

(Nota: el dato del pregón está en la página 291 de Los moriscos de la Mancha. Sociedad, economía y modos de vida de una minoría en la Castilla moderna, libro excelente de Francisco J. Moreno Díaz publicado por el CSIC en 2009.)


domingo, 17 de abril de 2016

Harmagedón

En los primeros años universitarios, todavía muy desorientado ideológicamente, don Juan siguió con curiosidad y creciente asombro la polémica que, acerca del teatro posible o imposible, mantuvieron Alfonso Sastre y Antonio Buero Vallejo. Hizo mucho ruido. Entendámonos: hizo ruido entre los pocos cientos sería exagerado decir miles de personas que leían revistas como Primer Acto, pero los ecos sí llegaron bastante lejos; por lo menos, hasta la muerte de Buero.
Preparando una conferencia, don Juan se ha encontrado de nuevo con aquel asunto. Aunque ahora no hay curiosidad, el asombro es tan grande o mayor que entonces, sobre todo por los que intervinieron Alfonso Paso, los propios Sastre y Buero, Arrabal— y cómo fueron evolucionando ideológica, personal y literariamente: las vidas son novelas cuyo sentido, desvelado poco a poco, se alcanza únicamente al terminar de leerlas.
—¿Quién se acuerda, don Juan!
—Nadie: los especialistas y algunos viejos.
—Batallitas, entonces.
—Quizá. Los viejos tenemos esas cosas. Y los jóvenes, con buen criterio, no nos hacen caso. Ellos verán. Pero de cuando en cuando, si no a los viejos, deberían leer a los jóvenes de otras épocas. Algo aprenderían, porque los viejos de ahora —mentira nos parece— fuimos jóvenes y no nos distinguíamos tanto de los que ahora lo son.
—Habla usted enigmáticamente, como Nuestro Señor Jesucristo.
—Dios no lo quiera —dice, y sonríe—. Nuestro Señor Jesucristo pretendía —¿o no?— establecer para siempre un sistema de creencias y comportamientos; yo me conformo con que cada uno haga y diga lo que le dé la gana, a ser posible, eso sí, sin salpicar a los de al lado.
—Nos lo ha dicho muchas veces, don Juan.
—Pero no está de más repetirlo en estos tiempos en que las sectas proliferan. El que hace y dice lo que le da la gana se arriesga a convertirse en forajido, es decir, en alguien “desterrado de su patria y casa”. Cuando uno es joven eso requiere valor; cuando se es viejo, mucho menos.
—No hay quien lo entienda, don Juan.
—El teatro de Buero ya no me gusta; los de Paso, Sastre o Arrabal no me han gustado nunca. Sin embargo, la trayectoria política y personal de Buero me parece más respetable que las de los otros. Y más inteligente. Uno debe, si quiere, exigirse a sí mismo el máximo rigor en todos los aspectos de la vida, no permitirse ni perdonarse la mínima debilidad; pero es una imprudencia —cuando no una estupidez fanática o hipócrita— exigirles al prójimo y al mundo más de lo que en cada momento puedan dar. Solo aceptando las flaquezas humanas y la realidad tal como es se pueden poner los medios para que algo vaya mejor.
—También nos ha repetido usted esta obviedad en otras ocasiones.
—Sin éxito ninguno, al parecer.
—Muéstrenos, por lo menos, algún ejemplo nuevo.
—Por desgracia, hay muchísimos. Ahí va uno: el comportamiento de Podemos en estos meses. Con los aires de superioridad moral —¿o de matonismo y chulería?, la rectitud impostada, el discurso a lo Savonarola, han hecho todo lo que ha estado en su mano para conseguir que Rajoy continúe en el sillón. Es decir, mirando las cosas objetivamente, como querían los marxistas de antes, el Partido Popular ha encontrado en Podemos al mejor aliado. Parece mentira que ciertos izquierdistas no sean capaces de verlo.
—Aliado involuntario e inesperado será.
—No estoy tan seguro. Si los dirigentes de Podemos fueran analfabetos, cabría pensar que los pierde el ímpetu juvenil, la impaciencia del recién llegado o la ignorancia. Pero, ojo, nos enseñan a todas horas la patente de politólogos —sea eso lo que sea—, luego deben saber lo que hacen.
—Y ¿qué hacen?
—Ya se lo he dicho: procurar que el Partido Popular gobierne. Ellos habrán leído los catecismos de Marta Harnecker. Esperan que las contradicciones internas conduzcan al PSOE a la irrelevancia, igual que a Izquierda Unida; que Ciudadanos sea una estrella fugaz que se apague enseguida; y que, pronto, ellos solos constituyan La Izquierda —¡Mayúsculas Mayúsculas¡— que se enfrente a La Derecha —¡Mayúsculas Mayúsculas!— en la lucha final, es decir, en el Harmagedón que abrirá felizmente—¡Aleluya!— las puertas del Milenio —¡Mayúsculas Mayúsculas!—. Quienes vivan entonces podrán contar que vieron cælum apertum: et ecce equus albus; et qui sedebat super eum vocabatur Fidelix et Verax, et in iustitia iudicat et pugnat.
—¿El Mesías?
—No; el Mesías es poco: Pablo Iglesias.


domingo, 10 de abril de 2016

Mercadillos cervantinos

La mañana es oscura, de nubes bajas, a ratos llueve con brío; sin embargo, muchos puestos del mercadillo cervantino perseveran abiertos; los vendedores, sabios y pacientes, miran al cielo con resignación biológica, con fe asentada en una experiencia de siglos: escampará. De vez en cuando, el milagroso rompimiento de gloria de un ojo de sol premia tan tenaz estoicismo, les da ánimos; entonces sacuden los toldos, exhiben los tesoros más valiosos, llaman a los transeúntes que, de creencias menos firmes, avivan el paso hacia las casas, las misas, los bares: hacia la seguridad cobarde del techado. Dura poco la alegría de los ambulantes: el cielo se encapota enseguida y vuelve a bombardearlos con lluvia inclemente. Así es su vida; así fue, quizá, la vida de sus antepasados. Por culpa de los chaparrones, el paseo que damos nosotros también es espasmódico: el sol lo demora y nos detiene en una multitud de cachivaches heterogéneos y de atracciones que apenas nos atraen; la lluvia nos apiña bajo las lonas, en el refugio de los quicios de las puertas y, al final, nos mete a empujones en un bar atestado. Hacemos un hueco junto a la puerta, pedimos vino, vemos caer la lluvia sobre las terrazas inútiles —otra esperanza que se va por los imbornales—…
Don Juan, el abrigo y el pelo mojados, piensa en el campo:
—Aunque ustedes no lo crean, aunque les moleste, la lluvia es buena.
—Pregúnteselo a los vendedores —ironiza uno.
Don Juan, que sigue a Mairena en esto de exprimir los refranes y dichos comunes, cae en lo previsible:
—Nunca llueve a gusto de todos, dice el refrán. Pero se refiere al momento de la lluvia, no a la lluvia misma. La lluvia es la máxima generosidad de la naturaleza; también para ustedes: recorriendo intrincados recovecos, esta agua que ven caer se derramará luego sobre sus cabezas en la ducha de todos los días. También para los vendedores: antes por lo menos vendían más si los agricultores habían tenido buena cosecha.
—Bebamos vino para celebrar el agua —dice el de antes.
Bebemos. Alguien pregunta:
—¿Y a qué viene lo de cervantino? ¿Qué tiene que ver esto con Cervantes?
—Tiene que ver con la condición humana. En las ciudades sumerias, hace cinco mil años, había mercados como este. Cuando fui por primera vez a Nueva York, a pesar del cine, a pesar de los libros, todo me causaba pasmo: menos el mercadillo de Union Square. El mercadillo era igual que cualquier otro en un sitio cualquiera de la tierra. Y los vendedores han sabido aprovechar muy bien las ocasiones para colocar sus productos: romerías, fiestas, partidos de fútbol, celebraciones religiosas. Pocos gremios han demostrado tanta capacidad de adaptación. Cervantes es un pretexto formidable. Y estoy seguro de que a él no le disgustaría: él entendió estupendamente la condición humana.
—Pero ¿a usted no le parece un poco irreverente? ¿No cree que las autoridades deberían apoyar otras cosas?
—No sé lo que deberían apoyar las autoridades: que hagan lo que quieran. Pero sí sé que Cervantes fue un hombre común que llevó una vida más bien baqueteada, siempre a punto de despeñarse hasta la indigencia; que trató con arrieros, trajinantes, buhoneros… se los encontró en caminos y ventas, conocía bien las penas que pasaban, su forma de hablar, el género que vendían, las añagazas con que engatusaban al público; Cervantes frecuentó los mercados callejeros de Sevilla, de Córdoba, de Toledo... Precisamente en la alcaná de Toledo encontró el manuscrito del Quijote: lo confiesa él mismo en el capítulo IX de la primera parte.
—Hombre, don Juan, eso es un recurso literario.
—¡Quién sabe! Lo que no cuenta Cervantes es que encontrara el manuscrito en una biblioteca universitaria o en un archivo catedralicio.
—¿Qué quiere decir?
—Nada. Que Cervantes tuvo más trato con esta gente que con los doctos oficiales y que aprendió muchísimo de ellos. Si resucitara, se sentiría más cómodo aquí que en una ceremonia académica o en un congreso de cervantistas. Y no olviden ustedes que los actos académicos, los congresos, los seminarios, los simposios, son también mercadillos.
—¿Mercadillos?
—Por supuesto. Y no de los más limpios. Se venden en ellos muchas mercancías averiadas o faltas de peso; las romanas y varas de medir no siempre son de ley; y las engañifas para colocar el propio producto... De modo que Cervantes preferiría echar un rato de conversación en estas calles antes que verse adorado por la caterva de cultos que hoy comen de él.
Si lo dice don Juan, que conoce el paño, verdad será.


domingo, 3 de abril de 2016

Toledo

Una de las cosas que más le gustan a don Juan es pasear por Toledo, perderse en Toledo. Casi siempre que vuelve de Madrid a Navaltizón se viene por allí; deja el coche en Recaredo o en la estación de autobuses y, bendiciendo las escaleras mecánicas, llega enseguida a la Diputación o a Zocodover. Elude a los turistas, echa a andar sin hoja de ruta —¿a quién se le ocurriría, Dios mío, esta expresión tonta que ya ha arraigado en el idioma como arraigan las malas yerbas?—, el bondadoso azar lo premia con sitios que no conocía o le muestra de otra manera sitios muy conocidos: justicia poética de algún palacio rebajado a casa de vecinos, rejas con geranios, gatos orondos y solemnes, ruinas afrentadas del amarillo jaramago, torres al final de un callejón desierto, el esplendor del cielo tras una cuesta, la estatua solitaria de Garcilaso…
El miércoles pasado llegó después del mediodía, comió en un restaurante proletario de Santa Teresa, redondeó la comida con un carajillo de Soberano; para ventilar la cabeza se subió andando; por la puerta del Cambrón, trepó a la plaza de la Virgen de Gracia. En el centro silencioso y limpio de la tarde, paró a descansar: San Juan de los Reyes, el puente de San Martín, el río, los cigarrales… hacia la Puebla de Montalbán, el templo de Hatshepsut en Deir el-Bahari.
—Don Juan…
Don Juan está de buen humor. Habiéndose muerto Zaha Hadid el otro día, no va a pellizcar hoy a los arquitectos: ya lo hizo ayer Vicente Verdú. Sigue con el itinerario:
—Toledo tiene también una librería que me gusta mucho: Hoja Blanca. Discreta y bien surtida, con el solo ruido de la madera crujiendo bajo los pies, da gusto repasar las estanterías, abrir los libros, leer un rato. Invertí treinta euros en la Poesía reunida de Aníbal Núñez que ha editado Calambur. Ojalá contribuya a poner a Núñez en el sitio que se merece.
La conversación yerra un rato por libros y librerías. Regresa don Juan a Toledo:
—Al salir de la librería me fui para la Biblioteca Regional.
—Empacho de libros —murmura un hombre práctico.
Don Juan, que oye lo que quiere, sonríe pícaramente y deja caer:
—Los libros buenos no sobran nunca; ni los malos tampoco: de todo ha de haber. Recuerden ustedes que el mismo Dios, por mano de San Juan, escribió: Beatus qui legit.
—Pero usted no cree en Dios.
—Cuando me conviene, sí. En la Biblioteca Regional se presentaba un libro que ha coordinado González-Calero. Ya les he hablado en muchas ocasiones de este formidable agitador cultural que está empeñado en hacer región a fuerza de libros. Me satisface coincidir en esto con el director de la Biblioteca. Él, además, propuso que el gobierno regional tome nota y se lo reconozca de alguna forma. Estoy de acuerdo, aunque entre los “distinguidos” haya tanta nadería de chichinabo.
—Hombre, don Juan…
—No me obliguen a señalar —zanja y prosigue—. El libro se llama Castilla y la Mancha en el siglo XVIII. Aproximación y miscelánea. Está muy bien la aproximación: tres monografías estupendas —sobre literatura, arquitectura y economía— redactadas por especialistas solventes —Ángel Romera, Adolfo de Mingo y Miguel Ramón Pardo—; pero es excelente la miscelánea: una cronología sumamente práctica a efectos de consulta, un compendio de biografías amplio, interesante y curioso, y dos apéndices de calidad literaria notabilísima: los Viajes a la Mancha de José Viera y Clavijo y de Tomás de Iriarte. Todo por veinte euros. Dijo alguien en la presentación que preparar el libro ha llevado cuatro años. Se podría añadir que también mucho talento y mucho saber. O sea, un regalo.
—¿Había gente?
—La sala no se quedó pequeña. Treinta personas contadas. Todas viejas, salvo dos veinteañeras en las últimas filas que tomaban fotos y notas: ¿sería por afición? ¿por obligación académica? ¿por despiste? Da lo mismo; era un gusto verlas: yo se lo agradezco de todo corazón. El resto, lo habitual: quienes acuden a estas cosas son tan reconocibles como los testigos de Jehová.
—Usted también, don Juan.
—Claro. Yo pertenezco a la secta. Los sectarios somos pocos y entrados en años: ¿cuánto durará?
—¿Le preocupa mucho?
—Nada en absoluto: que cada uno haga lo que le dé la gana. Si me preocupara les habría preguntado cómo fue la presentación del libro en Ciudad Real, que les pilla cerca.
Por la Autovía de los Viñedos —¿a quién se le ocurrió este nombre cursi? ¿no se daría cuenta de que en la Mancha no hay ni un solo viñedo, que lo de aquí son viñas?—, en algo más de una hora estaba en su casa. Que perseveren los González-Calero, que no se cansen nunca.