domingo, 11 de marzo de 2018

Heteropatriarcado

Dura —en todo el mundo, en toda España: miren cómo reculan quienes trataron de desacreditarlo— la resaca del formidable, acaso histórico, Día de la Mujer, y dura en la tertulia nuestra —ínsula extraña y mínima de viejos que ni damos lecciones ni queremos ruido— el eco de las últimas palabras de don Juan el domingo pasado: que abomina del heteropatriarcado, pero que no acaba de gustarle la etiqueta.
—¿Por qué, don Juan? —pregunta alguien como si no hubiera pasado una semana.
—Por dos razones principalmente: la primera, que, existiendo desde hace tiempo la palabra ‘patriarcado’ y estando bien estudiado y definido el concepto que designa, añadirle el elemento compositivo hetero- o es prescindible por redundante o encierra intenciones que hasta emborronan y perjudican lo que aparentan aclarar.
—Explíquenos eso, por favor.
—Sin entrar en precisiones científicas, llamamos patriarcado al sistema de organización social en que el poder está en manos de los varones, mientras que las mujeres desempeñan, a tal efecto, papeles subalternos. Durante la historia conocida de la humanidad, en nuestros días también, la inmensa mayoría de las sociedades han sido patriarcales aunque hayan existido diferencias de grado entre unas y otras en cuanto a la contundencia del poder masculino y, consiguientemente, de la opresión femenina: la sociedad española actual es más benigna que la de hace sesenta años —cuando las españolas, por ejemplo, iban aún tapadas como afganas—, pero nadie negará que los varones seguimos teniendo la sartén por el mango.
—El reparto de papeles entre varones y mujeres es natural, biológico: en los demás primates pasa lo mismo —dice el católico.
—Es posible. Pero si algo caracteriza a la historia humana es la capacidad de sobreponerse a los dictados de la biología. Se ha dicho innumerables veces: lo específicamente humano es la cultura, no la naturaleza. Por eso hemos aprendido a curar enfermedades incurables o bebemos vino en vez de agua.
—La naturaleza, o sea, el Creador establece límites infranqueables: las mujeres paren, por ejemplo —insiste el católico.
—Antes, con dolor; ahora, con la epidural —deja caer el rojo maliciosamente.
Don Juan responde al católico:
—Tales límites —unos más infranqueables que otros— se pueden manejar mediante pautas culturales: las mujeres paren, en efecto, pero ello no significa que estén destinadas exclusivamente a cuidar de los niños, los ancianos, los enfermos, los maridos, la casa.
Creo que la charla va camino de precipitarse en divagación. Lo advierto:
—Volvamos al hetero-, don Juan.
—Volvamos. Decía que es prescindible porque, obviamente, da poca información: la mayoría de los varones son heterosexuales, luego se usa para señalar otras cosas menos obvias.
—¿Por ejemplo?
—Para convertir las preferencias sexuales de los ciudadanos en elemento central de la organización social. Y, a partir de ahí, culpar a los varones heterosexuales, uno a uno y en conjunto, de todos los males del mundo. Se trata, como poco, de una exageración restrictiva: sobra lo de heterosexuales.
—Pero los varones homosexuales, las mujeres lesbianas, los transexuales, etc. padecen discriminaciones evidentes.
—Y los gitanos, los sordos, los albinos en África, los zurdos… Piense en los zurdos —un diez por ciento de la población humana, poco más o menos— y en la pareja de antónimos ‘diestro’ y ‘siniestro’: verá.
—Habrá que eliminar las discriminaciones.
—Naturalmente, pero no metiéndolas todas en el mismo saco: la discriminación femenina es universal, afecta a la mitad de la humanidad, a todas las clases sociales y grupos donde haya mujeres y varones… Ninguna otra desigualdad es comparable ni cuantitativamente ni por su repercusión en todos los asuntos de la vida, desde las mentalidades a la distribución de espacios en los restaurantes. Y, además, es previa e independiente de los sistemas económicos o políticos.
—¿Qué quiere decir?
—Que no es consecuencia del sistema capitalista ni de la democracia liberal burguesa: acabar con el capitalismo no acabaría automáticamente con la discriminación femenina, la democracia liberal ha sido el sistema político en el que se ha alcanzado el más alto grado de igualdad hasta ahora. Da algo de vergüenza insistir en lo evidente.
—Pues muchas —y muchos— piensan que sí es consecuencia del capitalismo y de la democracia liberal.
—Y se equivocan: la condición femenina no impide los errores ni vacuna contra la estupidez; el extremismo político tampoco.
—¿Insulta usted a las feministas?
—Dios me libre: la humanidad actual les debe mucho. Sin embargo, creo que en ocasiones ponen el acento en donde no debieran: se ha de lograr que todas las mujeres —todas: las listas y las tontas, las pobres y las ricas, las gitanas y las payas— puedan hacer, con absoluta naturalidad, cualquier cosa que hagan los hombres con absoluta naturalidad. Cuando hayamos logrado eso, ya iremos viendo.
—¿Y la otra razón, don Juan?
—Se me hace tarde. Quédese para mañana.