domingo, 14 de agosto de 2016

Víctimas

Hace unos días, en un pueblo de playa, vio don Juan a María del Mar Blanco. Estaba con un hombre y dos niñas, que serían el marido y las hijas, en la terraza de un bar, ya más que anochecido. María del Mar es hermana de Miguel Ángel Blanco, el pobre concejal de Ermua asesinado por ETA de una manera vil, innecesariamente cruel, torpe y, al final, contraproducente. María del Mar ha tenido desde entonces un papel de cierta relevancia en el mundo de las víctimas del terrorismo, y ahora es diputada del Partido Popular en el Congreso por la circunscripción de Madrid.
—¿Qué quiere decir, don Juan? ¿Que las víctimas han de ejercer de víctimas las veinticuatro horas del día, sin respiro ninguno? ¿Que no pueden tomarse una copa siquiera? ¿Qué les está vedada la vida familiar o el ocio?
—Bien sabe usted que no. Nadie, salvo quizá los santos, los presos o los marineros, puede desempeñar el mismo papel a todas horas: a ratos es usted oficinista, a ratos padre, a ratos esposo… y las tardes de domingo, como los demás, bebedor entusiasta.
—¿Entonces?
—Entonces me dio por pensar en que el concepto de víctima y su relevancia pública son cosa reciente. Y en que apenas si reparamos en ello. Siempre ha habido víctimas, claro está —de accidentes, de catástrofes naturales, de la guerra, de cualquier otra forma de violencia…—; a ellas o a sus allegados se les tenía compasión, se les ayudaba a superar el trance, se les compensaba y honraba si era procedente y se confiaba en que el tiempo fuera cerrando las heridas cuanto antes mejor. Pero tal vez desde el Holocausto las cosas han cambiado, quizá para bien: las víctimas se han convertido en un referente moral y en depositarios de ciertos atributos casi sagrados que las hacen inviolables.
—¿Por qué, don Juan?
—Probablemente porque, en la modalidad industrial de matar que fue el Holocausto o en la indiscriminada y oportunista del terrorismo moderno, víctima puede ser cualquiera. Es decir, la víctima no es un héroe que haya asumido conscientemente unos ciertos riesgos, sino alguien que pasaba por allí, ustedes, yo mismo, los que están en la barra.
—Pero eso debería devaluar a las víctimas, puesto que lo son a su pesar.
—Al contrario: si víctima puede ser cualquiera, la víctima es la dignidad humana —la de cualquiera, la de todos—, el conjunto de sus derechos —que también son los de todos—, alguno de los cuales le resulta al victimario especialmente odioso: la raza, el sexo, la religión, la militancia política… Y eso es lo que honramos en las víctimas: que ellas representan, en su desnuda plenitud, lo esencial de la humanidad.
—Miguel Ángel Blanco era, porque quiso y porque lo votaron, concejal del Partido Popular.
—Es cierto. Estar afiliado al Partido Popular o al PSOE, ser militar, policía o guardia civil suponía no hace tanto en el País Vasco un riesgo mayor que ser ciudadano de a pie, sobre todo si el ciudadano de a pie procuraba mimetizarse con el paisaje abertzale o escabullirse. Quienes asumieron a sabiendas esos riesgos merecen nuestro respeto porque en momentos extraordinariamente duros salvaron nuestra dignidad.
—¿Entonces? —repite el de antes.
—Que, aun así, a los terroristas les daba lo mismo matar a uno que a otro. Mataban, literalmente, al que tenían más a tiro. En este caso, matando a quien se atrevía a ejercer libremente una opción política, pretendían matar el derecho a ejercer la libertad política.
—En la teoría —me atrevo a apuntar— eso que dice está muy bien, pero cuando descendemos a lo cotidiano la cosa se complica: mire a Trump, mire a Bonafini, mire a algunos personajes españoles.
—Lleva usted razón. Si las víctimas lo son a su pesar, merecen ser compensadas y honradas por el resto de los ciudadanos, que las convertimos en símbolos de lo que los victimarios nos quieren quitar a todos; ahora bien, no pueden pedirnos nada más: es decir, aunque víctimas, no tienen más derechos civiles que la gente común ni deben prevalerse de su condición para lograr privilegios en ese terreno.
—Pues algunos creen que sí.
—Por desgracia. Algunas víctimas han bajado a la arena política de manera muy poco elegante, y algún partido las ha usado con descaro a su conveniencia. Es una lástima y un desprestigio.
—¿Se puede hacer algo?
—Por lo pronto, saber que María del Mar Blanco ya no es víctima del terrorismo: es tan solo una diputada del Partido Popular. Cuando deje el Congreso, veremos.