domingo, 18 de septiembre de 2016

Convalecencia y memoria

Desde primeros de septiembre don Juan se ha quitado obligaciones: de la vendimia se ocupa el capataz de los rumanos bajo la supervisión del amigo bodeguero; los trabajos académicos y las lecturas profesionales han quedado aparcados sine die; vive con la hija en Almagro y, por primera vez en la vida, se deja cuidar. Por lo tanto, le queda mucho tiempo para perderlo… o echarlo en la introspección.
—La convalecencia —dice esta tarde, con la seguridad de quien se ha enterado hace poco— no es solo el periodo durante el que uno va recuperándose de la enfermedad; es también un estado de ánimo que propende a la melancolía y a la pereza: algo así como el final de las vacaciones.
—¿La enfermedad es una vacación?
—Cuando no es grave o está siendo derrotada, así se puede ver: nadie te pide cuentas, nadie te aprieta. Sin embargo, la convalecencia, propende a la melancolía porque uno no logra olvidar que ha palpado el desvalimiento y la decrepitud.
—Habría que alegrarse de haberlos eludido. ¿No?
—Si uno es viejo, no.
—¿Y la pereza?
—Las fuerzas menguadas disuaden de cualquier esfuerzo, incluso lo descartan por inútil.
—¿No hace usted nada, entonces?
—Leo distraídamente libros atrasados.
—¿Novela histórica?
Me mira con horror exagerado pero verdadero: como si la temiera más que a la enfermedad.
—No, por Dios. Leo historia más o menos polémica, sin ningún afán de contraste ni de comprobación: para pasar el rato. Hace unos cuantos años, cuando salieron al mercado, compré casi al mismo tiempo dos libros muy diferentes y complementarios: El holocausto español de Preston y El terror rojo de Julius Ruiz, y seguí las controversias a que dieron lugar. Pero, quizá por las controversias, hasta ahora no los había leído.
—¿Julius Ruiz? ¡Vaya nombre! —interrumpe un lego.
—Julius Ruiz, nieto de un español republicano exiliado en el Reino Unido, es profesor de la universidad de Edimburgo. Tiene mala prensa entre el público y los historiadores progresistas, pero nadie niega que es concienzudo, atento a las fuentes y sujeto a los datos.
Cuando todos creíamos que don Juan iba a seguir con los libros, hace un regate de los que tanto le gustan:
—Por aquel tiempo estaban arreglando la carretera de Carrión. Antes de llegar al cruce con la de Pozuelo a Torralba había en la cuneta una pequeña cruz de piedra, costrosa de líquenes, sucia, casi cubierta por los yerbajos, olvidada. Un buen día apareció limpia y con los nombres del pedestal bien visibles.
Lo miramos desconcertados, interrogantes. Don Juan prosigue.
—Hablamos aquí hace poco de la Guerra. Ochenta años han pasado y continúa viva, es decir, continúa influyendo en las conciencias de la gente, conmoviéndola y condicionando las actitudes, no solo las convicciones políticas. ¿Por qué alguien limpió la cruz de la cuneta? ¿Por qué el libro de Preston fue un best seller? ¿Por qué el de Ruiz se vendió mucho menos? ¿Por qué historiadores de pacotilla —Vidal, Moa— se hicieron ricos? ¿Por qué se habla tanto de la memoria histórica? ¿Qué es exactamente? ¿Cómo se explica lo que está pasando en Herencia?
Muchas preguntas son. Habría que irlas respondiendo poco a poco, una a una, aunque todas estén relacionadas. Parece que don Juan me hubiera oído.
—Desde muchos puntos de vista, la Guerra partió a España en dos. Todos los españoles sufrieron y muchos hicieron sufrir. Aquel sufrimiento es una herida que no está del todo cicatrizada. La historia —la historia limpia y honrada— puede ayudar a cicatrizarla. La historia mezquina y tramposa, no. Y las preguntas tendrían buenas respuestas. Por lo que estoy viendo, Ruiz hace menos trampas que Preston, aunque cometa errores y tenga algún gazapo bastante gracioso, no sé si por su culpa o la del traductor.
—Pero no todo el mundo lee historia rigurosa ni está en condiciones de distinguir el trigo de la cizaña.
—El consenso científico existe: en los institutos se podría enseñar. Y en los espacios públicos de convivencia, además o en lugar de borrar, se podría difundir. Hay quien lo está haciendo en algunos sitios; pero en Almagro, por ejemplo, que yo sepa, no lo ha hecho nadie.
—Quizá no haga falta.
—Durante un tiempo fue bueno que no se hablara de estas cosas. Ahora, tal vez es imprescindible que se hable. Con rigor y buena fe; no para ajustar cuentas: para aprender.
Y dejamos a don Juan convaleciendo.