domingo, 24 de julio de 2016

Monleón

No queda otro remedio: en julio se habla del teatro y sus alrededores. Entre los contertulios unos tienen más autoridad que otros: hay omnívoros y glotones que se tragan con idéntico apetito el Quijote en malabar, la convencional Reina Juana o un Brujo cada vez más insípido; hay inapetentes que apenas pican —por cumplir— algo de la Compañía Nacional, y hay exquisitos que solo acuden a las delicatessen. Pero todos metemos baza.
—Me han dicho que La villana de Getafe viene descafeinada —apunta alguien.
Yo, que ignoro casi todo de estos asuntos, muestro extrañeza:
—¡Mira que es difícil descafeinar a Lope: él nunca echó los pies fuera del tiesto!
—Me refiero al montaje: parece que este de aquí es más pudoroso.
—Por algo será.
—Se me ocurren dos razones: o bien las audacias iniciales no tenían ninguna relevancia artística, conque prescindir de ellas era algo absolutamente irrelevante, o bien, aun teniéndola, se considera menor de edad al público de Almagro y hay que evitarles a sus castos ojos las tentaciones de la carne.
Interviene don Juan:
—Saben ustedes que la semana pasada se murió Monleón. Yo apenas lo conocía, pero me consta que estaba bien relacionado con Almagro a través de Luis Molina y el CELCIT, y que hace ocho o diez años alumnos del Cervantes —mi nieto también— viajaron a Marruecos gracias a su Instituto Internacional de Teatro del Mediterráneo. De Monleón he leído, creo, todos los artículos de Triunfo, bastantes de Primer Acto y algunos libros: pocas personas de la tribu escénica, a menudo tan superficial, reunían los conocimientos, el rigor y la capacidad didáctica de este hombre. A varias generaciones de españoles les enseñó a ver teatro. Además, estaba al tanto de lo que se hacía en Europa, en América, en el norte de África, y posiblemente fuera el primero que, en Madrid, se ocupó del teatro en catalán.
Don Juan —cosas de viejo— se va de cuando en cuando por las ramas. Alguien se lo recuerda:
—Ya, don Juan, pero hablábamos del público de Almagro.
Él prosigue como si no hubiera oído:
—Estos días he revisado la vieja colección de Triunfo buscando artículos de Monleón y, de paso, entreteniéndome con lo que saliera. En el número del 21 de octubre del 78 —cuyo plato fuerte es un editorial sobre “El País Vasco y los crímenes de ETA”— Monleón escribe de Así que pasen cinco años, la obra “irrepresentable” de Lorca que Narros estaba representando en el Eslava con el TEC.
—¿El TEC?
—El Teatro Estable Castellano: ¿No se acuerdan?
Aunque deberíamos, no nos acordamos. Don Juan hoy se salta las explicaciones.
—En el artículo, Monleón habla poco de la función y mucho del público. Habla, por ejemplo, de “públicos que celebraban no verse sorprendidos”, de —citando a Lorca— “un teatro de oro y de cristales donde los hombres van a dormirse y las señoras… a dormirse también”, de la “inferioridad del púbico teatral cotidiano” respecto al de otras manifestaciones artísticas, de que la “burguesía frívola y materializada” no es adicta a las innovaciones… Afirma —otra vez con Lorca— que “nuestro público, los verdaderos captadores del arte teatral, están en los dos extremos: las clases cultas universitarias y el pueblo”. Y, centrándose ya en Así que pasen cinco años, Monleón se pregunta: “¿Tenemos un público numeroso para la obra? ¿Será posible, en el marco económico del Eslava y dentro de nuestra realidad cultural y política, enganchar la composición del público, atraer a sectores que suelen, no sin razón, menospreciar las manifestaciones dramáticas? ¿Conseguirá la obra, en un momento en que nuestra clase media proclama prácticamente la inutilidad del teatro, demostrar que la poesía teatral es necesaria?”
Don Juan nos mira. No sabemos qué decir. Continúa:
—Las artes escénicas, incluida en ellas la música, no pueden vivir sin público, es decir, son crudamente industria. ¿Han reparado ustedes en que cada público tiene el teatro que se merece y en que, recíprocamente, cada artista quizá tenga también el público que se merece?
La mayoría no habíamos reparado. Pero a mí me parece que, si es como dice don Juan, público y artistas se educan mutuamente: el público cuenta con la capacidad de estimular al artista y el artista con la de instruir al público. ¿O es que tanto uno como otro “celebran no verse sorprendidos”? Habría que pensarlo; y pensarlo, concretamente, por lo que toca al Festival de Almagro. Pero no me hagan mucho caso, que yo de estas cosas lo ignoro casi todo.