domingo, 8 de mayo de 2016

El País, Huizinga y la poesía

Hemos echado la mayor parte de la conversación en el aniversario de El País. Quien más, quien menos, todos recordábamos, gracias a El País, el 4 de mayo de 1976. Costumbre de viejos, nos hemos contado los recuerdos: el más joven —yo— hacía la mili; la hija de don Juan tenía ocho años; él estaba a punto de defender la tesis y de abandonar Valdepeñas; los demás también se habían casado y, aproximadamente, se dedicaban a las mismas ocupaciones de las que han acabado jubilándose. Sin ignorar que la memoria se parece al photoshop, convenimos en que los españoles de entonces estaban mucho peor que los de ahora, pero tenían más esperanza. El País era parte de aquella esperanza. La esperanza es un impulso no necesariamente infundado, aunque tampoco absolutamente racional que lleva a confiar en un porvenir colmado de ventura: por eso abunda más en los eternos desgraciados —tienen poco que perder— que en los dichosos abandonados por la dicha. La esperanza del 76 se materializó con creces: España y El País fueron pronto espléndidas realidades de las que los españoles, durante un tiempo, nos sentimos orgullosos. ¡Pero recuérdenle ustedes la felicidad del amor a quien lo ha perdido! Otro día —volveremos al asunto, sin duda— escribiré de esas cosas.
En los amenes de la charla las copas vacías, la tarde cayendo aborrascada don Juan dice que está ordenando la biblioteca de Navaltizón. A Navaltizón ha llevado don Juan mil o dos mil libros, los que más usa, los que más quiere: poesía, los clásicos españoles, los clásicos latinos, Montaigne, la Biblia del Oso… y unas cuantas obras esenciales de historia cultural. Para don Juan, anciano, ordenar la biblioteca es un trabajo largo y cansado, pero no aburrido. Como quien se encuentra a un viejo amigo y habla un rato con él, don Juan se entretiene con cualquier ejemplar: lo  abre, lo hojea, repasa las anotaciones, se  sobresalta al encontrar una entrada de cine, un prospecto, un recorte de periódico —que lo asoman, ay, a tiempos mejores—, lee un rato… Y así se le van ocho o diez días fatigosos y felices.
Hoy ha traído consigo a uno de sus buenos amigos: Homo ludens, en una viejísima edición argentina de Emecé. Lo tiene repetido; nos lo regala. Se queda con él alguien que no lo conocía. Don Juan aprovecha para hacer el elogio de Huizinga, un sabio a la manera antigua que al final de la vida fue coceado por la barbarie nazi, de su obra más influyente —El otoño de la Edad Media, esa época que tanto se pareció a la nuestra—, y de este librito, discutible, superado en muchos puntos, pero todavía sugestivo y estimulante. Lo abre al azar, lee unos párrafos del capítulo sobre la poesía. Estos:

Si se considera que lo serio es aquello que se expresa de manera consecuente con las palabras de la vida alerta, entonces la poesía nunca será algo serio. Se halla más allá de lo serio, en aquel recinto, más antiguo, donde habitan el niño, el animal, el salvaje, el vidente, en el campo del sueño, del encanto, de la embriaguez y de la risa. Para comprender la poesía hay que ser capaz de aniñarse el alma, de investirse el alma del niño como una camisa mágica y de preferir su sabiduría a la del adulto. Nada hay que esté tan cerca del puro concepto del juego como esa esencia primitiva de la poesía.
[…]
La primera condición para esta comprensión [de la poesía] reside en liberarse de la idea de que la poesía tiene tan solo una función estética o que habrá de ser explicada desde bases exclusivamente estéticas. En toda cultura floreciente, viva y, sobre todo, en las culturas arcaicas, la poesía representa una función vital, social y litúrgica. Toda poesía antigua es, al mismo tiempo, culto, diversión, festival, juego de sociedad, proeza artística, prueba o enigma, y enseñanza, persuasión, encantamiento, adivinación, profecía y competición. El poeta es vates, un poseso, lleno de Dios, un frenético.
[…]
Ni que hablar, todavía, de una satisfacción consciente del deseo de belleza. Este permanece desconocido para la vivencia del acto sagrado, que se expresa en forma poética y que se siente como prodigio, como embriaguez de la fiesta, como arrobo.

Don Juan alza la vista del libro. Nos mira por encima de las gafas. Pregunta qué nos parece. Callamos.
—¿No opinan? ¿No les interesa poesía? Ustedes se lo pierden.