domingo, 29 de mayo de 2016

Olga Alarcón

No sin reticencias, esta mañana he ido con don Juan al Centro de Arte Contemporáneo. Viviendo en Almagro casi ininterrumpidamente desde que nací, me pasa, creo, como a muchísimos almagreños: que nunca había estado.
—¿Y eso? —pregunta incrédulo don Juan.
—El arte contemporáneo da algo de miedo: vacila uno entre la sartén y el fuego. La sartén es el temor de que lo valioso se te escape; el fuego, que te den gato por liebre. Encima, las pocas veces que he intentado leer críticas en los periódicos no me he enterado de nada: galimatías ininteligible, formulario, engolado, que vale para cualquier exposición o artista… o para ninguno.
—¿Y no será que lo ha probado usted poco? ¿Le gustó el coñá la primera vez que se tomó una copa?
—Ya no me acuerdo, don Juan. Pero no es lo mismo.
—Es muy parecido. A todo hay que acostumbrarse: en el arte, en la comida, en la moda, en los usos sociales nada es natural, aunque lo nuestro —es decir, aquello a lo que estamos habituados desde chicos— nos lo parezca. El arte contemporáneo —una etiqueta muy poco precisa, la verdad— necesita aprendizaje: todo lo que vale la pena necesita aprendizaje. Y para aprender solo hacen falta dos cosas: buena voluntad y buenos maestros.
—Será eso.
—Claro que lo es. Acérquese a las exposiciones o a los museos, mire sin prejuicios, dedíquele un rato a cada obra, pregunte a quién sepa... verá que en poco tiempo ya no le parece tan extraño. Al final, será como el vino: quizá no llegue a estar preparado nunca para una cata a ciegas, quizá no sepa dar muchas explicaciones, pero sabrá distinguir entre lo bueno y lo malo sin vacilación. Además, puede empezar el aprendizaje aquí mismo: el Centro de Arte Contemporáneo de Almagro tiene una colección estupenda.
—Pues a muchos les parece una tontería, una manera inútil de gastar el dinero. En la época de las vacas gordas los dirigentes políticos locales se dejaron llevar por la moda de los centros de arte. A lo mejor se creían que estaban haciendo un Guggenheim…
—Hubo una moda, es cierto. ¡Hasta Ciudad Real —y no habrá en España rincón más triste en asuntos culturales y artísticos— tiene uno! Que no está mal, todo hay que decirlo. Pero en Almagro seguir aquella moda no costó demasiado dinero; y ahí queda la colección.
Hablando hablando, hemos llegado al Hospital de San Juan. La sala es grande, alta, diáfana, bien iluminada. Conserva algo de la solemnidad del templo, pero matizada, humanizada por el útil prosaísmo hospitalario y los aún más prosaicos usos posteriores; la transición, visible, es muy delicada. Aquí se está bien.
Don Juan me cuenta que el Centro alterna la colección propia con exposiciones temporales. La que hay ahora se llama Si las Paredes Hablaran. Es de Olga Alarcón, artista de la que yo he leído algunos artículos en la revista Arte y Pensamiento. Damos una vuelta, acercándonos a los cuadros o tomando distancias, hablando muy bajo.
—¿Qué le parece?
No esperaba la pregunta. Pienso un poco; me atrevo a responder:
—Me parece que Olga Alarcón domestica los demonios interiores muy hábil y armoniosamente. El resultado es agradable a la vista, pero tiene poco de decorativo o de trivial: aquí hay un mundo rico, no siempre apacible, que ha encontrado forma adecuada de expresión.
Don Juan me mira algo asombrado:
—¿No decía usted que el arte contemporáneo era abstruso? Siga siga.
—Veo también ganas de aprender, de experimentar; y mucho trabajo.
Si he dicho alguna tontería, don Juan la pasa por alto. Damos otro repaso. Esferándote —han leído bien se llama la primera serie; predomina el dibujo, ligeramente coloreado, sobre papel: la metáfora de la esfera que eclosiona o se abre al amor, a la amistad, al otro, o que permanece impenetrable mientras aguarda, es contundente. La Tempestad, también de título obvio y factura atormentada, baraja imágenes que pertenecen al acervo común y las recompone eficazmente sobre colores fríos: hay una, con menús de la autora hospitalizada, tremenda. Constelaciones Imposibles me ha gustado mucho: es quizá lo más fácil de ver, lo que necesita un paladar menos entrenado: abstracciones que recuerdan las imágenes captadas por potentes telescopios en el cielo infinito, en el infinito corazón. Y el homenaje a Kandinsky es lo más vistoso: cuadros coloridos, cálidos, basados en el anacronismo de una relación maestro-discípula. Quizá por la fatiga —el arte se toma en pequeñas dosis— Fantaciencia, surrealismo previsible, no me ha entusiasmado: se salva gracias a la música de Justo Fernández.
—Otra vez será —dice don Juan.
Vamos al vermú. Estoy contento: he pasado un buen rato y he aprendido mucho. A Olga Alarcón se lo debo. Prueben ustedes también.


domingo, 22 de mayo de 2016

Fútbol

Don Juan sigue el fútbol a bastante distancia y sin pasión ninguna; le ocurre lo mismo con la teología o el macramé, por decir algo. Pero no desprecia en absoluto estas dignísimas actividades y, menos todavía, a quienes las practican o están pendientes de ellas. Por el contrario, don Juan acepta, bien lo sabemos, que los seres humanos somos múltiples y variados, que a unos les da por una cosa y a otros por otra, y que es bueno que todos hagan y digan, con entera libertad, lo que les dé la gana.
—Don Juan, siempre repite usted lo mismo.
—Lleva usted razón: los viejos tenemos esa mala costumbre, para desesperación de los jóvenes —mira al interviniente de arriba abajo, con exagerada ironía—. Pero algunas de las cosas que repito no sobran nunca: esta, por ejemplo.
El otro sonríe y recula. Meto baza:
—Nunca hablamos de fútbol, don Juan: seremos los únicos.
—Hoy es buen día para enmendarnos: celebremos que el Almagro se ha clasificado para la fase de ascenso a Segunda B…
—Se entera usted de todo.
—Uno de mis nietos tiene amigos futbolistas: está muy contento de la heroicidad. Y, más todavía, de que le hayan ganado esta mañana al Atlético de Madrid en el primer partido. Él ha estado allí; le ha llegado al alma que los madrileños gritaran "Que boten los paletos", refiriéndose a la afición almagreña. Ya saben: el patriotismo es susceptible y propende a la vehemencia... 
—¿Le interesa el asunto?
—El del patriotismo, sí; el del fútbol, escasamente. Pero me alegra que un grupo de personas de las que nadie esperaba tal hazaña la hayan logrado. Mucha ilusión, mucha fe, mucho esfuerzo y bastante inteligencia habrán puesto en ello. Y a mí los éxitos de los demás conseguidos limpiamente me satisfacen siempre.
—¿Inteligencia? ¿En el fútbol?
—Cualquier cosa que se haga bien hecha requiere inteligencia: la inteligencia también es múltiple y variada.
—Pero hay ocupaciones mejores que el fútbol. Estos muchachos podrían haber empleado la ilusión, la fe, el esfuerzo y la inteligencia en empresas más altas —deja caer un culto.
También lo mira don Juan con ironía:
—Confunde usted la liturgia con la metalurgia. El día tiene veinticuatro horas; los años, trescientos sesenta y cinco días; y la vida, en general, muchos años: tiempo para todo. Siempre que no hagan daño a nadie, no hay ocupaciones más altas que otras: depende del momento y de la ocasión. Y el juego es una cosa muy seria: ¿no han visto ustedes las caras de concentración de los jugadores, el ahínco y la intensidad con que se entregan a la tarea? ¿No han visto el interés de los que miran? Mientras el juego dura, para los jugadores y los espectadores no hay otra cosa más importante. Luego, se regresa a la vida real y, por supuesto, hay otras cosas más importantes.
—Así que el fútbol es un narcótico: el opio del pueblo.
—No. El fútbol es, simplemente, el juego más difundido. El ser humano no puede vivir sin jugar, de modo que el fútbol no es opio, es juego: una ocupación imprescindible —casi igual que la comida o el sexo—, y tan necesaria como el trabajo. ¿Que a ustedes les gustan más otros juegos? A mí también; pero eso, para lo que estamos comentando, es irrelevante.
—Ha dicho usted muchas veces que el deporte de hoy no se parece al juego, que, en ciertos aspectos, es lo contrario del juego.
—En ciertos aspectos. Para que el juego lo sea verdaderamente, ha de estar acotado en el tiempo. El juego es un paréntesis durante el cual se suspende la vida cotidiana. Por lo tanto, el juego no puede ser la vida cotidiana. La mayoría de la gente lo entiende así y, si es aficionada al fútbol o al ajedrez, no se entrega a la afición a todas horas. Pero algunos se pasan: los viciosos, es decir, los fanáticos de esta nueva religión deportiva cuyos ritos y valores impregnan la vida entera de incontables fieles.
—¿No educa el deporte?
—De refilón, si acaso; y al juego no le hace falta ser educativo: el juego es juego, se agota en sí mismo. Pero ese es otro asunto del que ya hemos hablado y al que tendremos que volver: ahora no importa. Lo que importa ahora es celebrar la proeza del Almagro, dar la enhorabuena a quienes la han alcanzado y desear que no se acabe todavía: que lleguen más lejos.
—¿Adónde? ¿A la segunda división B? He leído que eso sería una locura.
—Yo no lo sé: no entiendo de fútbol. Pero podrían ganar el ascenso y después ya se vería.
—¿Qué habríamos de ver?
—Si se sube o no: cabe renunciar a lo ganado. Y es muy elegante.

domingo, 15 de mayo de 2016

Ramallos, Pujaltes y demás ralea

—¿Se acuerdan ustedes de Ramallo?
Habrán comprobado, misericordiosos lectores, que últimamente hablamos mucho del pasado. Compréndannos y apiádense: todos nosotros tenemos más camino andado que por andar.
—¿De António Ramalho Eanes? —pregunta alguno que ha leído más o tiene mejor memoria.
—No. Aunque serán de la edad y quizá compartan algún antepasado, en poco se parecen: Ramalho Eanes fue general en la guerra de Angola, miembro destacado del Movimiento de las Fuerzas Armadas y presidente de la República ocho o diez años. Como buen portugués, se trata de un hombre íntegro y comedido. Por el contrario, el Ramallo extremeño ejerció de jabalí muy exitosamente y el partido se lo recompensó con alguna sinecura, no recuerdo cuál.
—¿Jabalí?
—Los jabalíes, no hace falta decirlo, son cerdos salvajes. Pues bien, en la Segunda República llamaron jabalíes a unos cuantos diputados —aparentemente de extrema izquierda, pero en realidad demagogos, ignorantes, golfos y soeces— que se dedicaban mayormente a alborotar e interrumpir. Es decir, el nombre que les dieron les venía al pelo por el comportamiento feroz y sucio del que presumían. Uno, y bien conspicuo, era diputado por esta provincia de ustedes: Joaquín Pérez de Madrigal, buena pieza, que acabó en meapilas. Ya hablaremos algún día de él.
—En aquellos tiempos Ramallo ni siquiera había nacido…
—No. No había nacido todavía Luis Ramallo.
—¿Entonces?
—En las Cortes de la democracia también ha habido buenos jabalíes.
—En la izquierda, pocos —interrumpe el rojo.
—Algunos sí: no me lo niegue.
—Pocos, insisto; y ninguno ha cometido otro pecado.
Don Juan no quiere transitar por la vereda de comparar maldades, pero tampoco mete la mano en el fuego por nadie.
—Es posible. La mayoría de los jabalíes, tengo que reconocerlo, ha estado y está en la derecha: faltones, chulos, zafios, vocingleros, gamberros… ¿A que me podrían decir diez o doce sin pensarlo mucho?
Yo me acuerdo de unos cuantos, pero no abro la boca.
—Normalmente son diputados de segunda fila que desean medrar halagando al jefe, o darse a conocer; otros lo hacen por táctica y coordinadamente para distraer o poner nervioso al adversario. Sin embargo, los hay que se comportan así por afición o por carácter: habría que haberlos visto en la escuela…
—En todos los parlamentos cuecen habas.
—Naturalmente, pero en unos las broncas son más civilizadas que en otros. Sin negar que el parlamento y la vida parlamentaria tienen mucho de representación teatral y, por lo tanto, de espectáculo, incluso de juego, a mí no me gustan las broncas, y menos si son groseras: algún diputado montaraz le dijo “cabrón” a Manuel Marín, y, quizás el mismo, “hijo de puta” a Zapatero. No es muy edificante. Ni el “que se jodan” de Andrea Fabra.
—La mayoría de los diputados se comporta bien.
—Sí, pero a menudo aplaude a los exaltados. Los ciudadanos, antes, no veían estas cosas y apenas se enteraban de ellas. Ahora, las ven y las oyen todos los días. Sin duda es una de las gotas que —entre otras muchas, desgraciadamente— ha contribuido a colmar el vaso del desprestigio de la política y de los políticos. Y los nuevos han demostrado, aquí también, ser alumnos aplicados.
—¿Por qué habla usted hoy de esto si las Cortes están disueltas?
—Por si tomaran nota los que llenen las próximas —dice con ironía—, y porque un famoso jabalí se halla ahora en plena actualidad.
—¿Quién?
—Vicente Martínez Pujalte, un buen aprendiz de Ramallo que acabó superando al maestro. Ramallo se fue de la política salpicado por Gescartera —¿se acuerdan?— y Pujalte, el pobre, por “cobrar sin hacer nada”.
—¡Cuánta gente cobra sin hacer nada!
Don Juan sonríe aprobatoriamente.
—Lo dice el fiscal. Pero me atrevería a asegurar que está equivocado. ¿Unos empresarios le iban a pagar varios miles de euros mensuales a Pujalte por no hacer nada? Algo haría, sin duda, pero turbio. Me gustaría saber qué.
—Se lo puede imaginar.
—No es lo mismo. Yo pensaba que Pujalte era un baranda, un infeliz con mala uva y ganas de llamar la atención; resulta que, además, es un vivales aprovechado. Si, por lo menos hubiera cometido las fechorías sin dar ruido…
—¿Cómo Arístegui o Gómez de la Serna, que son gente fina y discreta?
—Y que, curiosamente, también le pagaban a Pujalte... No; no me llenan los modales untuosos de estos pollos con apellidos ilustres. Aun así, he de alabar su discreción: ellos a lo suyo, que es llenar los bolsillos. En cambio, los Ramallos, los Pujaltes, los Granados, los Fabras…, gente de lengua suelta y vergüenza escasa. La verdad: prefiero a Berlusconi.


domingo, 8 de mayo de 2016

El País, Huizinga y la poesía

Hemos echado la mayor parte de la conversación en el aniversario de El País. Quien más, quien menos, todos recordábamos, gracias a El País, el 4 de mayo de 1976. Costumbre de viejos, nos hemos contado los recuerdos: el más joven —yo— hacía la mili; la hija de don Juan tenía ocho años; él estaba a punto de defender la tesis y de abandonar Valdepeñas; los demás también se habían casado y, aproximadamente, se dedicaban a las mismas ocupaciones de las que han acabado jubilándose. Sin ignorar que la memoria se parece al photoshop, convenimos en que los españoles de entonces estaban mucho peor que los de ahora, pero tenían más esperanza. El País era parte de aquella esperanza. La esperanza es un impulso no necesariamente infundado, aunque tampoco absolutamente racional que lleva a confiar en un porvenir colmado de ventura: por eso abunda más en los eternos desgraciados —tienen poco que perder— que en los dichosos abandonados por la dicha. La esperanza del 76 se materializó con creces: España y El País fueron pronto espléndidas realidades de las que los españoles, durante un tiempo, nos sentimos orgullosos. ¡Pero recuérdenle ustedes la felicidad del amor a quien lo ha perdido! Otro día —volveremos al asunto, sin duda— escribiré de esas cosas.
En los amenes de la charla las copas vacías, la tarde cayendo aborrascada don Juan dice que está ordenando la biblioteca de Navaltizón. A Navaltizón ha llevado don Juan mil o dos mil libros, los que más usa, los que más quiere: poesía, los clásicos españoles, los clásicos latinos, Montaigne, la Biblia del Oso… y unas cuantas obras esenciales de historia cultural. Para don Juan, anciano, ordenar la biblioteca es un trabajo largo y cansado, pero no aburrido. Como quien se encuentra a un viejo amigo y habla un rato con él, don Juan se entretiene con cualquier ejemplar: lo  abre, lo hojea, repasa las anotaciones, se  sobresalta al encontrar una entrada de cine, un prospecto, un recorte de periódico —que lo asoman, ay, a tiempos mejores—, lee un rato… Y así se le van ocho o diez días fatigosos y felices.
Hoy ha traído consigo a uno de sus buenos amigos: Homo ludens, en una viejísima edición argentina de Emecé. Lo tiene repetido; nos lo regala. Se queda con él alguien que no lo conocía. Don Juan aprovecha para hacer el elogio de Huizinga, un sabio a la manera antigua que al final de la vida fue coceado por la barbarie nazi, de su obra más influyente —El otoño de la Edad Media, esa época que tanto se pareció a la nuestra—, y de este librito, discutible, superado en muchos puntos, pero todavía sugestivo y estimulante. Lo abre al azar, lee unos párrafos del capítulo sobre la poesía. Estos:

Si se considera que lo serio es aquello que se expresa de manera consecuente con las palabras de la vida alerta, entonces la poesía nunca será algo serio. Se halla más allá de lo serio, en aquel recinto, más antiguo, donde habitan el niño, el animal, el salvaje, el vidente, en el campo del sueño, del encanto, de la embriaguez y de la risa. Para comprender la poesía hay que ser capaz de aniñarse el alma, de investirse el alma del niño como una camisa mágica y de preferir su sabiduría a la del adulto. Nada hay que esté tan cerca del puro concepto del juego como esa esencia primitiva de la poesía.
[…]
La primera condición para esta comprensión [de la poesía] reside en liberarse de la idea de que la poesía tiene tan solo una función estética o que habrá de ser explicada desde bases exclusivamente estéticas. En toda cultura floreciente, viva y, sobre todo, en las culturas arcaicas, la poesía representa una función vital, social y litúrgica. Toda poesía antigua es, al mismo tiempo, culto, diversión, festival, juego de sociedad, proeza artística, prueba o enigma, y enseñanza, persuasión, encantamiento, adivinación, profecía y competición. El poeta es vates, un poseso, lleno de Dios, un frenético.
[…]
Ni que hablar, todavía, de una satisfacción consciente del deseo de belleza. Este permanece desconocido para la vivencia del acto sagrado, que se expresa en forma poética y que se siente como prodigio, como embriaguez de la fiesta, como arrobo.

Don Juan alza la vista del libro. Nos mira por encima de las gafas. Pregunta qué nos parece. Callamos.
—¿No opinan? ¿No les interesa poesía? Ustedes se lo pierden.

domingo, 1 de mayo de 2016

Pereza

Habrá elecciones. Casi nadie quería que pasara, pero todos sabíamos que iba a pasar. Y dan mucha pereza: una pereza semejante a la famosa melancolía nacida del esfuerzo inútil. Porque la pereza actual profetiza y anticipa, sin riesgo de error, la melancolía que se apoderará de los españoles a finales de junio, cuando comprueben que el esfuerzo no ha valido de nada, que estamos como estábamos.
—Hombre, don Juan —dice un optimista—, de algo han servido estos meses: los dirigentes se han retratado, que dicen ahora.
—Poca cosa es eso, e innecesaria.
—¿Reniega usted de la democracia, don Juan? ¿A estas alturas?
—No reniego de la democracia, Dios me libre. Reniego de los dirigentes que nos han tocado. En algún momento —¿Cuándo se jodió el Perú, Zabalita?—, seguramente por su culpa, la ocupación política empezó a desprestigiarse: los ciudadanos apreciaron que bastantes de los que estaban en ella, al revés que Nuestro Señor Jesucristo, no habían venido a servir, sino a ser servidos; y el desprestigio creciente ahuyentó de la política a las personas valiosas: quedan recuelos. Pero no están dispuestos a irse.
—Hay gente nueva.
—Que ha aprendido muy pronto los vicios de los viejos y ya no se diferencia en nada de ellos. Observen, por ejemplo, que en este momento no sería posible un “debate” virginal como aquel con Jordi Évole: en medio año los nuevos son ancianos; pocos casos habrá de envejecimiento tan prematuro.
—En el atuendo sí son jóvenes aún.
—En el atuendo, en efecto. Y también en otra cosa que los hace especialmente antipáticos: las ínfulas de superioridad moral e intelectual. Se creen más inteligentes y mejores que el resto y nos lo restriegan en las narices de día y de noche. Aunque fuera cierto, molesta.
—¿Molesta? Como no sea a usted, no le molesta a nadie.
—A mí no me molesta, claro está, que haya gente más instruida o de moral más elevada que la mía: eso lo constato diariamente desde la infancia y nunca me ha dado envidia ni pesar. También tengo constatado que las personas de verdad inteligentes y bondadosas ni suelen proclamarlo de sí mismas ni suelen reprochar a los demás que no lo sean;  por eso, tampoco me molesta la fatuidad boba de quien presume de sus virtudes venga o no a cuento.
—¿En qué quedamos?
—Quedamos en que los simples ciudadanos tenemos derechos —el de hacer o decir estupideces, por ejemplo— que los dirigentes políticos, en cuanto que dirigentes políticos, no deberían permitirse. Idealmente, al menos, la política democrática es un ámbito de confrontación racional y educada en el que partidos y dirigentes racionales y educados compiten por el voto de ciudadanos racionales y educados. En ese ámbito nadie pretende eliminar al adversario; es más, considera al adversario imprescindible, puesto que constituye la piedra de toque de las ideas propias y el vigilante de la propia rectitud.
—Pide usted mucho.
—Pasaba no hace tanto. Ahora, por desgracia, el ámbito racional de la política se desliza cada vez más hacia el dominio irracional de la religión: lo importante no es la consistencia de las ideas o lo irreprochable de los comportamientos; lo importante es pertenecer a una secta. Dentro de la secta habitan, por definición —o sea, por revelación—, la sabiduría y la bondad; fuera de la secta, la ignorancia y la perfidia. El adversario no merece respeto, pues: o se convierte o será eliminado. Hemos retrocedido al mundo de la fe del carbonero y las lealtades inquebrantables.
—En la derecha siempre ha sido así —dice un rojo.
—Probablemente. Cierta derecha, como en los tiempos de la limpieza de sangre, cree conservar todavía prerrogativas innatas que le pertenecen por razón de herencia. Yo pensaba que era algo residual, casi anecdótico y en vías de extinción. Ahora veo que se extiende sin recato y que en la izquierda ocurre algo semejante. Miedo me da.
—¿Por qué?
—Porque perderemos los tibios: entre el yunque de unos y el martillo de otros nos aplastarán.
—¿A quiénes?
—A quienes no queremos comulgar con ruedas de molino, a quienes no nos consideramos mejores que nadie, a los que oímos al prójimo con atención por si tuviera algo interesante que decir, a los que huimos de las certezas cómodas y arrogantes de la religión y sobrellevamos con humildad el peso de las dudas: en resumen, a los pobres infelices que acampamos solos a la intemperie, pero por nada del mundo aceptaríamos afiliarnos a un rebaño. Ni siquiera al rebaño de los que no están en ningún rebaño.
En silencio apuramos las copas. Con algo de aprensión, pienso entre mí que, paradójicamente, si su diagnóstico es atinado, don Juan yerra en el pronóstico: mucho cambiará en junio; la política española quedará en manos de los que siempre quisieron repetir las elecciones. Por desistimiento o incomparecencia de los tibios. Por pereza.