domingo, 9 de septiembre de 2018

De Esopo a Epicuro pasando por Protágoras

Por causas que no he logrado entender bien, esta tarde hablamos de (in)cultura. Ningún amigo echa mano a la pistola, pero a alguno le asalta la tentación de la siesta.
—Cuando se habla de incultura nadie se da por aludido —sentencia don Juan.
—Hombre, cualquiera de nosotros estaría dispuesto a confesar la propia ignorancia en determinadas materias: la física cuántica, el béisbol, o la literatura en lengua malgache, por ejemplo.
En determinadas materias... sin importancia. Obviamente, salvo los muy estúpidos, cualquiera acepta que no lo sabe todo; pero es insólito que alguien reconozca que no sabe lo que hay que saber, es decir, escasean quienes se definen como ignorantes o incultos.
—La ignorancia ajena sí se reconoce enseguida —completa el cínico.
—Claro. Recuerde la fábula de Esopo: cada hombre lleva dos alforjas
—¿Por qué está tan claro?
—Porque nos miramos con buenos ojos; pero, ahondando un poco, porque cada persona hace una interpretación restrictiva de la sentencia de Protágoras: si dicen que el hombre es la medida de todas las cosas, traducimos yo soy la medida de todas las cosas.
El cínico insiste:
—La culpa es de Protágoras y de la funesta predilección de los griegos por las ideas generales.
—Quizá. Efectivamente, no resulta fácil llegar desde mi ombligo a la humanidad entera e igualar a todos en dignidad. Como mucho, igualamos a los que se hallan más cerca: a un nosotros reducido, familiar o tribal. Los griegos dieron el salto porque eran audaces.
—¿No hablábamos de incultura?
—En ella estamos: la incultura es un caso particular de algo más general. Me visto como hay que vestirseduermo como hay que dormir, me caso como hay que casarse… Los que se visten de otra manera, comen de otra manera o se casan de otra manera están equivocados o no tienen cultura: es arduo admitir que existen innumerables formas de hacer las cosas bien; más arduo todavía es admitir que bastantes son mejores que la mía.
—Vuelva al caso particular de la incultura, por favor. ¿Por qué cuesta tanto aceptar la incultura propia y por qué vemos a la legua la ignorancia de los demás?
—Está dicho: porque cada uno se erige a sí mismo en vara de medir. En España, que pilla cerca, los que estudiamos el bachillerato por el plan de 1938 —siete años más Examen de Estado— pensamos que desde ahí hasta ahora solo ha habido decadencia; ustedes, que cursaron el plan de 1953 —seis años, divididos en bachillerato elemental y bachillerato superior, más dos reválidas y preu—, lo mismo; y los del BUP, fruto de la Ley Villar de 1970…
—El nivel ha bajado, desde luego —sienta el conservador.
—O no. Habría que verlo despacio, porque acaso se trate de un espejismo emparejado con una superstición y seguido de un corolario tan inconsistente como el padre y la madre. El espejismo consiste en dar por hecho que mis saberes son canónicos, que sé cuanto hay que saber; el corolario, que los saberes que me faltan o son muy especializados o muy triviales y, en consecuencia, irrelevantes y superfluos a efectos de merecer el marchamo de culto; la superstición, que la cultura se adquiere únicamente en el bachillerato o, siendo generosos, en ciertas carreras universitarias.
—Al menos, don Juan, eso opinan las autoridades.
—Las autoridades enumeran en leyes educativas y planes de estudios —o como ahora se diga— los saberes que el ciudadano debe manejar al término de la enseñanza común; pero se trata, claro está, de una lista de mínimos: ¿qué impide al ciudadano seguir cultivándose el resto de la vida?
—Nada, tal vez. Sin embargo, no pocos justifican sus lagunas culturales descargando la responsabilidad en el instituto.
Todos los cojos le echan la culpa al empedrado, dicen en mi pueblo; lo que viene a significar que la pereza se refugia cómodamente en la primera excusa que se le presente.
—¿Qué es la cultura? —irrumpe abruptamente el despistado.
Don Juan suspira:
—La palabra cultura es selva intrincada. Pero, en tanto que atributo —o conjunto de atributos— que otorgan a un individuo o grupo la etiqueta de culto, más que un amontonamiento de saberes preferiríamos que fuera un cierto acomodo en el mundo: respetuoso y preocupado por el mundo mismo y, más que nada, por los demás seres humanos; racional, inquisitivo; alerta contra lugares comunes, espiritualidades varias y prejuicios; abierto, comprensivo, sosegado, inmune a todo fanatismo y terquedad; consciente de la propia ignorancia y empeñado en reducirla…
Macallan en mano, propone el rojo:
—Échele usted también un chorreón de jarabe de Epicuro.
—¿Jarabe?
—O licor: cualquier cosa que endulce la vida.