domingo, 11 de febrero de 2018

'Arte en Castilla-La Mancha'

El martes pasado don Juan estuvo en la presentación de Arte en Castilla-La Mancha, otro estupendo libro que publica Almud —a ver cuándo se les da el reconocimiento que merecen—, en la Biblioteca de Ciudad Real.
—Llegué tarde —informa—; me tuve que salir temprano, porque mi hija esperaba impaciente en la puerta; de modo que no saludé ni al editor ni a los dos o tres almagreños que andaban por allí; pero el acto estuvo bien: había bastante gente, los autores fueron breves, precisos, amenos; y vi algunas cajas vacías: seña de que los libros se vendieron aceptablemente.
—¿Los libros?
—La obra ocupa dos volúmenes de unas trescientas páginas cada uno.
—¿Es una historia del arte?
—Sí; en el sentido convencional del término. Quiero decir que trata casi exclusivamente de arquitectura, pintura y escultura, y que va derecha desde la Prehistoria a la actualidad.
—¿Ya la ha leído usted?
—A mi manera. Algunos trozos —no he podido evitarlo—, en diagonal. Me he saltado dos capítulos: el de los parques arqueológicos, cuya pertinencia quiero mirar despacio; y el del Greco, porque tengo leído un par de libros de Cortés Arrese sobre él.
—¿Nos la recomienda?
No sé si responde con retranca:
—Va dirigida al conglomerado que suele llamarse público culto no especialista. De ahí que no se pare a explicar los contextos históricos, y que dé por sabidos las periodizaciones y movimientos artísticos, y los conceptos principales de la materia. También debe dar por hecho que el lector no se chupa el dedo en cuanto a las funciones que el Arte ha cumplido en la sociedad a lo largo del tiempo. Si se tiene eso en cuenta, la obra es sumamente útil como vademécum, y muy agradable de leer; además, no abusa de tecnicismos ni otros latines que solo interesan a los del gremio —ahora bien: no faltan los comitentes ni la edilicia, palabros-guía que delatan a un historiador del arte así se halle a tres leguas o disfrazado de picador—. Lo único que echo de menos es un índice o índices de lugares, autores y obras; en cambio, la bibliografía y las notas podrían ser menos.
—¿Solo esas pegas?
—Pocas más: el solapamiento, acaso inevitable, de capítulos contiguos —con la consecuencia indeseada de llamar al mismo sitio con nombres diferentes: aquí, por ejemplo, monasterio de Santo Domingo (I, 241) y monasterio del Rosario (II, 35) a la que hoy se conoce como Antigua Universidad—; la contumacia en acentuar Luís y Ruíz; o tachar de hilarantes, sin explicar por qué, a las iglesias medievales del Alto Henares, especialmente a la iglesita de Cubillas del Pinar (I, 131): no pillo el chiste
—¿Sale Almagro?
—Naturalmente. Y creo que bien, aunque no siempre entiendo lo que quieren decir: por ejemplo, cuando en el apartado de la Prehistoria nombran las morras de Almagro y de Despeñaperros (I, 21), o cuando afirman que un escudo de grandes dimensiones domina la portada de Valdeparaíso (II, 145), o que Almagro cuenta con el corral de comedias mejor conservado (II, 185) de toda la región.
—Tampoco hay que ponerse quisquillosos.
—Lleva usted razón. Sobre todo porque atinan en lo demás: sitúan a Madre de Dios entre las principales Hallenkirchen de nuestra tierra (I, 224); constatan el influjo de San Juan de los Reyes en la iglesia de la Asunción (I,224); elogian mucho la imagen de la Virgen del Rosario que perteneció al monasterio de Santo Domingo (I, 241) y todo el retablo de la iglesia (II, 35); se detienen en los palacios y casas solariegas (II, 17 y 96); alaban como merecen el convento de las calatravas, particularmente el claustro (II, 17 y 18), la iglesia de los jesuitas (II, 82), el santuario de las Nieves (II, 94); aciertan al situar la plaza como referente de las de Tembleque o San Carlos del Valle (II, 95 y 96); en el siglo XIX mencionan el ayuntamiento (II, 178), el teatro (II, 185), la plaza de los toros (II, 187)… y tal vez alguno se sorprenda al ver que en el último capítulo —excelente: hablaremos de él otro día dedican mucho espacio y muy elogioso a la galería Fúcares y a Norberto Dotor.
—¿Le sorprende a usted?
—A mí no. Probablemente la iglesia de San Agustín —que olvidan— sea más valiosa que la galería Fúcares; pero, sin duda ninguna, la relevancia de la galería Fúcares dentro del panorama del arte contemporáneo es mayor que la de San Agustín en su tiempo.
Y ahí nos deja: dice que se va a ver el carnaval.

Miguel Cortés Arrese (coordinador). Arte en Castilla-La Mancha (dos volúmenes). Almud Ediciones de Castilla-La Mancha. Toledo. 2018. Veinticinco euros.