domingo, 12 de noviembre de 2017

Libros y librerías

Día de las Librerías, reportaje del Lanza, relleno del Cronista sobre la biblioteca de los dominicos, el anhelo de meterse a librero que nos ha confesado Horcajada… De modo que esta tarde hemos hablado de libros, librerías, bibliotecas y cosas por el estilo.
Don Juan no es bibliófilo ni fetichista de los libros: él los lee o los consulta, no los almacena; o los almacena solo si tiene el propósito de leerlos o consultarlos; por eso se ha aficionado a los libros electrónicos: todos los que va a leer una sola vez los compra así. Los de papel le gustan materialmente bien hechos: que se note en ellos, además de la solvencia del autor, el trabajo riguroso de los profesionales cualificados que trabajan —o trabajaban, o deberían trabajar— en el mundo editorial; así que huye de los libros autoeditados —eufemismo para decir chapuza— y, más todavía, de los publicados por ciertas editoriales que aprovechan sin pudor la ingenua vanidad de no pocos escritores sedicentes.
—Don Juan, no sea usted tiquismiquis, que cada uno se gasta el dinero en lo que quiere.
—Me parece muy bien. Eso es lo que hago yo mismo: no comprar libros autoeditados, y fiarme de las editoriales solventes.
—Pues a veces se lleva usted chascos: recuerde lo que le pasó con Pre-Textos y la antología de la poesía manchega.
—Nadie está libre de picar un anzuelo, sobre todo si viene tan bien envuelto como aquel. Pero daría algo valioso por quitarme el resquemor de no saber todavía cuánto costó el engendro ni quién puso el dinero.
—Y de los libreros y librerías ¿qué nos dice?
—Que está muy bien que haya libreros prescriptores y librerías multifunción donde lo mismo te sirven un café que te arreglan la barba hipster, pero que a mí me bastan las librerías silenciosas y bien surtidas en que no solo encuentre los libros que busco, sino, muy principalmente, los libros que no busco.
—Es usted un antiguo, don Juan.
—No lo niego. La lectura —y su herramienta principal: el libro— ha perdido buena parte del prestigio del que gozaba en otros tiempos. Acaso sea inevitable, porque ahora hay otros formatos más de moda, tal vez igualmente placenteros y útiles. Y quizás por eso también las librerías y los libreros se hayan visto obligados a transformarse —reinventarse, dirían quienes yo me sé—: ellos sabrán.
—Claro que lo saben: unos cuantos nos lo explican en el reportaje del Lanza.
—Superficial y tópico, muestra estupendamente el nivel de librerías que tienen ustedes por aquí.
—¿Cuál es?
—Superficial y tópico, ya se lo he dicho. A lo peor la tierra no da para más.
—Eso no lo sabemos, don Juan.
—Lleva usted razón: no lo sabemos. No sabemos cuánta gente lee en Almagro ni qué. Pero, si ni en Almagro ni por aquí cerca hay librerías que merezcan tal nombre, será por algo.
—Hay librerías en internet. Los almagreños compran ahí los libros.
—Probablemente. El servicio de las grandes librerías de internet será perjudicial para los libreros tradicionales; para el lector común es una maravilla: te traen cualquier libro en un momento.
—Cuándo se queden solos, veremos.
—Mientras eso llega, el único inconveniente que le nota el normal aficionado a los libros es no poder mirar, tocar ni probar el género.
—No es poco.
—Pasa con todos los artículos: el libro es ya un producto industrial como los zapatos o las corbatas. Antes era también la principal vía de acceso a la cultura: no sé si continúa siéndolo.
—¿Qué es la cultura, don Juan?
—La palabra cultura es polisémica. Significa cosas sustancialmente distintas si la miramos desde el punto de vista de la historia, de la antropología, de la sociología…, sin meternos en honduras y para lo que vamos diciendo, cultura es el cultivo intelectual de los seres humanos; como en cualquier cultivo, los frutos dependen del terreno, de las circunstancias, de la dedicación: de ahí que unas personas sean más cultas que otras.
—¿Qué entiende usted por persona culta?
Grosso modo, una persona culta es —era— una persona que lee con provecho. Es también alguien que goza de las artes, aprecia las ciencias, y cuyo comportamiento y actitudes son moral y cívicamente irreprochables.
—¿Todo al mismo nivel? ¿No es usted un tanto elitista?
—Confieso que lo segundo es más importante que lo primero. No obstante, lo ideal es que vayan juntos. Si a eso le llamamos elitismo...
Vengo a casa rumiando. Me quedan dudas abundantes. Habrá que tratar el asunto más despacio.