domingo, 8 de octubre de 2017

Francisco Caro

—Parece que no cejan las banderas…
—Ceje usted: abandone ese camino, que nos merecemos un descanso. Ya habrá tiempo la semana entrante de comentar lo que pase el martes y, sobre todo, lo que pase el jueves —corta don Juan.
—¿El jueves?
—Aunque bastantes lo desconozcan, el jueves es la Fiesta Nacional. No pocos catalanes trabajarán ese día esforzadamente solo por darles a roer cebolla a los españoles. Estoy deseando ver si Rajoy manda que la policía cierre aulas, tiendas, oficinas, talleres o fábricas como la mandó a cerrar centros electorales. Pero hoy hablaremos de poesía.
Me alegro. Un amigo pregunta:
—¿Los versos de Manolita Espinosa que han borrado del silo?
Don Juan arquea las cejas: no lo sabía. Nosotros sabemos que los han borrado: ignoramos por qué.
—Habrá que enterarse —pone tarea don Juan mientras saca del bolsillo de la chaqueta, y nos enseña, un libro pequeño, blanco, sobrio, de apariencia impecable—. Locus poetarum, Francisco Caro: ¿lo conocen?
Algunos asienten sin excesiva convicción; otros callamos.
—Francisco Caro, de Piedrabuena, estuvo aquí en la pasada semana de poesía, incluido en la jarca de poetas oretanos. Aunque lo tenía difícil por el tema y por la multitud, destacó claramente: fino sentido del humor, elegante autoironía, amplio caudal de lecturas, buena técnica y buena voz… ¿Lo recuerdan?
Algunos asienten sin excesiva convicción; otros callamos. Un alma caritativa nos saca del apuro:
—¿De qué trata?
—De poesía: poemas sobre poesía. Si frecuentan el blog de Caro sabrán de qué hablo y se notarán inmediatamente en sitio conocido. El libro se nos aparece bajo la forma de curso escolar, con examen de ingreso y todo, en el Locus Poetarum, o sea, en la academia de los poetas, cuyo Maestro —con mayúscula— ilustra, guía, da consejos al neófito y le recomienda lecturas; naturalmente, una vez superada la prueba de ingreso, el curso se reparte en trimestres. Los poemas son el resultado —y la muestra: los testigos— de los aprendizajes y lecturas del aprendiz de poeta.
—Ingenioso artificio.
—Y metáfora muy eficaz. El oficio de poeta se aprende; y las vías de aprendizaje son dos: la lectura constante, reflexiva y variada, y las indicaciones de quienes saben más. O sea, organizando así el libro, Caro nos da una lección de propia humildad y, de paso, alecciona —quizás sin pretenderlo— a un gran número de poetas jóvenes que creen serlo —y enseguida son: poetas sedicentes— sin necesidad de lecturas ni otro tipo de adiestramientos.
—¿Qué aprende Caro en el curso?
—Muchas cosas. Algunas ya sabidas desde antiguo, pero que todo poeta ha de aprehender e interiorizar carnalmente como dogmas de una religión. Por ejemplo: que la poesía es una enfermedad contagiosa e incurable, incluso un vicio adictivo; que poesía y poema no se confunden, pero que no puede haber poesía sin buen poema; que las palabras son los materiales de construcción del poema, aunque el proceso de construcción es mucho más que el mero amontonamiento de palabras; que el poeta es un topo que excava túneles para llevar la luz donde la luz no llega; que la poesía es la antítesis de lo utilitario y, sin embargo, es imprescindible…
—¿Y a quién lee?
—A muchos y muy buenos: Cernuda, Huidobro, Bécquer, Esenin, Goytisolo. Elytis, Quevedo, Girondo Valente… solo en el primer trimestre; en el segundo a Colinas, González, Lorca, Sexton, Cirlot, Juan Ramón Jiménez, Pizarnik, Adonis, Rubén Darío; y en el tercero a Stevens, Panero, Auden, Pessoa, Rilke, Vallejo, Crespo, Ungaretti, Pavesse, Mayakovski… No sé si me dejo alguno.
—¿Qué es lo que más le ha gustado?
—Casi todo. Lo primero, que el aprendiz de poeta ha seguido el curso con notable aprovechamiento y el resultado —el libro— es coherente con lo aprendido: versos de línea clara extremadamente cuidados y trabajados, elaboradísimos, en los que se evidencia que el poema es el resultado de un proceso largo de destilación, de ascesis, donde lo que hay es imprescindible porque se ha prescindido de todo lo superfluo. Lo segundo, la técnica: el dominio impecable de una multitud de recursos, que en ocasiones se disimulan coquetamente —véanse las décimas dedicadas a Bécquer y a Lorca, que lo son y muy buenas—. También la interpretación, recreación o actualización de los poetas leídos; y algunos poemas memorables —o sea, memorizables y recordables—, de entre los que destaco ahora cuatro: el de la prueba de ingreso —“La fragua de Ángel”—, uno del primer trimestre —“Arroyo”—, otro del segundo —“Parábola”— y otro del tercero —“La casa del poema”—. Buenos escudos contra la tristeza que nos cerca.
Francisco Caro: nuevo en la nómina de poetas tutelares de la tertulia. La ensancha y engrandece.

(Francisco Caro. Locus poetarum. Polibea. Madrid. 2017. Nueve euros y medio.)