domingo, 6 de agosto de 2017

Asfalto en Navaltizón

Como la hija y los nietos están de vacaciones, don Juan se ha recluido en Navaltizón. Allí hace vida retirada: al amanecer pasea por el campo, inspecciona los cultivos, habla con el pastor, el tractorista, los caseros; desayuna y se encierra en la biblioteca; al mediodía se baña en la alberca; duerme la siesta; cuando el sol afloja lee en el porche o bajo la noguera; se acuesta temprano, no mira el teléfono… Así todos los días, iguales y felices: don Juan, hombre sociable, disfruta de la soledad tanto como de la buena compañía.
Nosotros seremos buena compañía: ayer nos convidó a comer, una costumbre que acabará en tradición. Don Juan está contento: los temores del año pasado se han diluido, goza de buena salud, puede hacer la vida que le gusta con pocas limitaciones. Nos recibe muy cariñoso, saluda ceremoniosamente a las señoras, comemos y tomamos las copas en la biblioteca. La charla es ligera, saltarina, errabunda, inconsistente, divagatoria, banal como suelen serlo a menudo las charlas de amigos; pero, al calor de las copas, alguien pregunta por el asfalto:
—A mí no me gusta: aquí no hay ni un centímetro cuadrado.
—Usted no lo necesita, don Juan. No arregla el camino porque vienen pocos coches y para no facilitarles el acceso a los ladrones; y la era y el patio están bien como estaban.
Don Juan evita —lo sabemos— las ásperas polémicas locales, más si se amplifican en las redes: ensucian los asuntos, excluyen el matiz, sacan a relucir rancias inquinas, rara vez se atienen a razones o argumentos… nada se gana en ellas y puede acabar uno salpicado de pringue. Sin embargo, con nosotros siempre hace la excepción:
—Ha dado usted la clave: la era y el patio quedan bien así, el camino lo arreglaría si pasaran más coches.
Estamos acostumbrados a los enigmas de don Juan; esperamos en silencio; prosigue:
—Quiero decir que han de asfaltarse —o pavimentarse con otro material adecuado: quizá lo haya— las calles que tengan tránsito abundante: el ejido de San Lázaro, la Santa, la propia calle de San Lázaro o el camino de Daimiel; ya se ha hecho acertadamente con otras —San Ildefonso, Bolaños, las rondas— y nadie se ha llevado las manos a la cabeza. En cambio, las de poco tránsito que se dejen como están.
—Pero ¿y el atentado contra el patrimonio? ¿Y los efectos sobre el turismo?
—Almagro, afortunadamente, no es todavía un pueblo pintoresco de esos que están vacíos la mayor parte del año y abren en verano y los fines de semana. En Almagro vive gente —ustedes mismos— que quizá diariamente sufra incomodidades superfluas. La cuestión está en superar tales incomodidades sin atentar contra el patrimonio. Si alguien cree que se ha atentado contra el patrimonio debería argumentarlo de manera contundente; por ejemplo, demostrando que el pavimento actual tiene valor patrimonial o evitando afirmar a la ligera que en estas calles hay portadas mudéjares o casas de labranza: ¡qué tendrán que ver las portadas mudéjares —que no las hay— o las casas de labranza con el pavimento si cuando las levantaron no había otro pavimento que la tierra?
—Dicen que el empedrado da sabor a nuestro pueblo y atrae turistas.
—Aceptemos el sabor —aunque no sepamos lo que significa—: ¿por qué, entonces, se alteró de manera tan brutal e incómoda el pavimento de las calles Mayor de Carnicerías y de la Feria? ¿Por qué esa cursilada de la calle bonita? ¿Por qué las pizarras del pradillo de San Blas? ¿Por qué el asfalto alrededor de la Magdalena o San Ildefonso?
—¿Y los turistas?
—El patrimonio tiene valor intrínseco; la explotación turística es consecuencia, y no causa, del valor patrimonial. De todas formas, por las calles que han asfaltado no pasan turistas.
—Por Pedro de Oviedo pasan.
—Sí: los que se alojan en un hotel que no es precisamente ejemplo de respeto al patrimonio. En Almagro y en este asunto, vemos a veces notables hipocresías: se enfurecen ciertos almagreños por cosas irrelevantes o corregibles —el pavimento, los muebles de la plaza— mientras que no se inmutan ante pérdidas y esperpentos irremediables.
—Luego es usted partidario del asfaltado.
—No. Dentro de las rondas, nunca —ni asfalto ni suelos extravagantes o bonitos—, porque el casco histórico debe ir acercándose a la peatonalización; fuera de ellas, cuando sea preciso lo he dicho antes debe asfaltarse o ponerse otro piso conveniente.
—Pero apoya al alcalde…
—Tampoco. Los socialistas han cometido un error táctico enorme, el primero de su mandato: la oposición hará presa en él y no lo soltará fácilmente.
—¿Qué error?
—La falta de cautela: no prever las consecuencias, no haber hecho labor de persuasión ni recabado el apoyo explícito de los vecinos. La impulsividad es mala consejera.
—El alcalde es así.
—Debería sosegarse.