domingo, 13 de agosto de 2017

El asfalto quema

Creo que los amigos no deben dar malas noticias a los amigos de no ser imprescindible. Por eso, he tardado en llamar a don Juan, que está encerrado en Navaltizón, en sus libros, en sus cosas. Al final, débil que soy, he sucumbido a la tentación:
—¡La que se ha liado, don Juan, a cuenta de nuestra última charla!
—No es para tanto. Quizá nos explicáramos mal; quizá —noto un ligero reproche hacia mí, el amanuense— hubiéramos podido ser más delicados y cuidadosos. Desde luego, si nos hemos equivocado, no me duelen prendas en pedir disculpas. Pero hay algo que me gusta: en ocasiones hemos dicho que Almagro parece mudo y que quizás esta mudez provenga de la sordera: bien está que al menos una parte de los almagreños haya recuperado el oído y tomado la palabra.
—Le dan a usted buenas collejas.
—A mis años tengo el cogote encallecido. Además, forma parte de las reglas del juego: quien publica recibirá críticas favorables y adversas. ¿Acepta complacido las primeras?: ha de aguantar estoicamente las segundas.
—Pero le escocerán…
—En absoluto: que los demás hagan y digan lo que les dé la gana igual que digo y hago lo que me da la gana. Escuece, en cambio, que la polémica no discurra por cauces sosegados o que se desvíe a cuestiones que nada tienen que ver con el fondo.
—¿Cuál es?
—En lo que les dije el otro día hay tres puntos principales: una opinión, una conjetura y un diagnóstico —con sus consiguientes pronóstico y tratamiento—. Para sostenerlos aducía varios hechos.
—Resuma la opinión, por favor.
—Opino que nunca se debe asfaltar —ni poner pisos extravagantes— dentro de las rondas. Fuera de las rondas, cuando el tránsito de vehículos lo aconseje, hay que asfaltar o pavimentar como mejor convenga; en los demás casos, que se dejen las calles como están.
—¿La conjetura?
—Que en materia de patrimonio muchos almagreños se incomodan por asuntos contingentes y enmendables, mientras que permanecen impávidos ante otros trascendentales y definitivos. Lo ilustraba con ejemplos: se irritan por el mobiliario de la plaza —cosa fácilmente corregible— o por el pavimento —cosa enmendable y que se ha enmendado de hecho en todas partes numerosas veces a lo largo del tiempo—, en tanto que no los conmueve la pérdida o modificación irreparable del patrimonio construido: supongo que no es preciso poner ejemplos porque estarán en la mente de todos.
—¿Diagnóstico, pronóstico y tratamiento?
—El diagnóstico es claro: asfaltar así, sin explicaciones, ha sido un tremendo error del equipo de gobierno. El pronóstico —he acertado, pero no tiene mérito—, que la oposición iba a explotar concienzudamente el error: tanto que el Partido Popular y Ciudadanos —mediante un comunicado de prosa desgreñada, lo que invita a pensar que Maldonado, hombre culto, no tiene arte ni parte— han pregonado conversaciones para llegar a la moción de censura. Del tratamiento no hace falta hablar puesto que —si hemos de hacer caso al comunicado, que no sé yo— el paciente se muere.
—¿Los hechos?
—Una ristra: fuera de las rondas hay asfaltadas ya desde hace años numerosas calles; dentro de las rondas se ha alterado el pavimento en otras cuantas; nadie ha establecido aún que el empedrado de las que ahora se alquitranan tenga valor patrimonial; en Almagro no hay ninguna portada mudéjar; el suelo original de todas las calles de Almagro —y el único hasta antes de ayer— era la pobre tierra apisonada; salvo por Pedro de Oviedo, por las calles que se han asfaltado no pasan turistas; los turistas que pasan por Pedro de Oviedo son los que se alojan en un hotel que no es precisamente ejemplo de respeto al patrimonio… Acaso adujera alguno más.
—Pues, por lo que veo, nadie ha discutido la opinión, nadie ha desmontado la conjetura, nadie ha contradicho el diagnóstico ni aventurado otro pronóstico, y tampoco se han negado los hechos…
—No era obligatorio.
Es verdad. Por mi parte, creo recordar que don Juan enunció también un principio: la necesidad de conjugar comodidad de los ciudadanos y conservación del patrimonio. Reconozco que es más fácil enunciarlo que llevarlo a la práctica; pero el lunes pasado Rubén Amón contaba lo que, según él, suele decir el alcalde de Burdeos Alain Juppé —sí, fue ministro de Defensa y Exteriores con Sarkozy, pero lleva de alcalde desde 1995: en Francia pasan estas cosas—: “Hagamos de la ciudad el mejor lugar para los vecinos. Pensemos en ellos. En su día a día, en su cotidianidad. Y si luego la ciudad les gusta a los turistas, pues que vengan, que serán bienvenidos”. Burdeos es Patrimonio Mundial de la Humanidad. Y los turistas van.


domingo, 6 de agosto de 2017

Asfalto en Navaltizón

Como la hija y los nietos están de vacaciones, don Juan se ha recluido en Navaltizón. Allí hace vida retirada: al amanecer pasea por el campo, inspecciona los cultivos, habla con el pastor, el tractorista, los caseros; desayuna y se encierra en la biblioteca; al mediodía se baña en la alberca; duerme la siesta; cuando el sol afloja lee en el porche o bajo la noguera; se acuesta temprano, no mira el teléfono… Así todos los días, iguales y felices: don Juan, hombre sociable, disfruta de la soledad tanto como de la buena compañía.
Nosotros seremos buena compañía: ayer nos convidó a comer, una costumbre que acabará en tradición. Don Juan está contento: los temores del año pasado se han diluido, goza de buena salud, puede hacer la vida que le gusta con pocas limitaciones. Nos recibe muy cariñoso, saluda ceremoniosamente a las señoras, comemos y tomamos las copas en la biblioteca. La charla es ligera, saltarina, errabunda, inconsistente, divagatoria, banal como suelen serlo a menudo las charlas de amigos; pero, al calor de las copas, alguien pregunta por el asfalto:
—A mí no me gusta: aquí no hay ni un centímetro cuadrado.
—Usted no lo necesita, don Juan. No arregla el camino porque vienen pocos coches y para no facilitarles el acceso a los ladrones; y la era y el patio están bien como estaban.
Don Juan evita —lo sabemos— las ásperas polémicas locales, más si se amplifican en las redes: ensucian los asuntos, excluyen el matiz, sacan a relucir rancias inquinas, rara vez se atienen a razones o argumentos… nada se gana en ellas y puede acabar uno salpicado de pringue. Sin embargo, con nosotros siempre hace la excepción:
—Ha dado usted la clave: la era y el patio quedan bien así, el camino lo arreglaría si pasaran más coches.
Estamos acostumbrados a los enigmas de don Juan; esperamos en silencio; prosigue:
—Quiero decir que han de asfaltarse —o pavimentarse con otro material adecuado: quizá lo haya— las calles que tengan tránsito abundante: el ejido de San Lázaro, la Santa, la propia calle de San Lázaro o el camino de Daimiel; ya se ha hecho acertadamente con otras —San Ildefonso, Bolaños, las rondas— y nadie se ha llevado las manos a la cabeza. En cambio, las de poco tránsito que se dejen como están.
—Pero ¿y el atentado contra el patrimonio? ¿Y los efectos sobre el turismo?
—Almagro, afortunadamente, no es todavía un pueblo pintoresco de esos que están vacíos la mayor parte del año y abren en verano y los fines de semana. En Almagro vive gente —ustedes mismos— que quizá diariamente sufra incomodidades superfluas. La cuestión está en superar tales incomodidades sin atentar contra el patrimonio. Si alguien cree que se ha atentado contra el patrimonio debería argumentarlo de manera contundente; por ejemplo, demostrando que el pavimento actual tiene valor patrimonial o evitando afirmar a la ligera que en estas calles hay portadas mudéjares o casas de labranza: ¡qué tendrán que ver las portadas mudéjares —que no las hay— o las casas de labranza con el pavimento si cuando las levantaron no había otro pavimento que la tierra?
—Dicen que el empedrado da sabor a nuestro pueblo y atrae turistas.
—Aceptemos el sabor —aunque no sepamos lo que significa—: ¿por qué, entonces, se alteró de manera tan brutal e incómoda el pavimento de las calles Mayor de Carnicerías y de la Feria? ¿Por qué esa cursilada de la calle bonita? ¿Por qué las pizarras del pradillo de San Blas? ¿Por qué el asfalto alrededor de la Magdalena o San Ildefonso?
—¿Y los turistas?
—El patrimonio tiene valor intrínseco; la explotación turística es consecuencia, y no causa, del valor patrimonial. De todas formas, por las calles que han asfaltado no pasan turistas.
—Por Pedro de Oviedo pasan.
—Sí: los que se alojan en un hotel que no es precisamente ejemplo de respeto al patrimonio. En Almagro y en este asunto, vemos a veces notables hipocresías: se enfurecen ciertos almagreños por cosas irrelevantes o corregibles —el pavimento, los muebles de la plaza— mientras que no se inmutan ante pérdidas y esperpentos irremediables.
—Luego es usted partidario del asfaltado.
—No. Dentro de las rondas, nunca —ni asfalto ni suelos extravagantes o bonitos—, porque el casco histórico debe ir acercándose a la peatonalización; fuera de ellas, cuando sea preciso lo he dicho antes debe asfaltarse o ponerse otro piso conveniente.
—Pero apoya al alcalde…
—Tampoco. Los socialistas han cometido un error táctico enorme, el primero de su mandato: la oposición hará presa en él y no lo soltará fácilmente.
—¿Qué error?
—La falta de cautela: no prever las consecuencias, no haber hecho labor de persuasión ni recabado el apoyo explícito de los vecinos. La impulsividad es mala consejera.
—El alcalde es así.
—Debería sosegarse.