domingo, 9 de julio de 2017

Sacristán, Premio Corral de Comedias

Hablamos desganadamente del tiempo; hay quien se impacienta:
—Don Juan, ¿no lo han invitado este año al Premio Corral de Comedias y a la inauguración del Festival?
—Y estuve.
—Cuéntenos, hombre.
—Si fui capaz de interpretar bien los signos de los tiempos creo que asistimos a un cambio de era.
—¿Signos de los tiempos?
—Dos muy elocuentes: nadie pronunció la palabra emblemático; y, en el vídeo, un señor de marcado acento catalán sentenció que Sacristán es un referente de la escena nacional, sobre todo de la española.
Don Juan hace una pausa; mira alrededor; las caras varían entre el escepticismo y la curiosidad. Pregunto lo que espera:
—¿Qué significan?
—Lo de emblemático, que ha concluido —ojalá— una manera ostentórea de entender lo público: aquella que a todo alcalde, presidente de diputación o periodista corifeo les prescribía asociarse con un edificio o evento emblemático así faltara para el pan. En la historia española reciente lo emblemático sustituyó a lo lúdico, igual de inane pero más barato. Sería curioso estudiar estas palabras —y algunas de su caterva— como fósiles guía de etapas históricas o estados de ánimo colectivos.
Las caras de escepticismo se acentúan. Don Juan prosigue:
—Lo de Sacristán, que definitivamente España y Cataluña divergen, aunque el ciudadano espectador —acaso emulando a Rajoy— no atinara a expresarlo mejor.
En el corro no estamos para divagaciones; alguien apremia:
—¿Y qué más?
—Las inauguraciones del Festival, demasiado largas, suelen ser menos aburridas que otros actos de la misma especie: tal vez porque eligen bien a premiados e intervinientes, y porque no meten en el mismo saco a los políticos y a la gente de la cultura.
—Cuente cuente…
—Las cualidades eutrapélicas de Natalia Menéndez y su condición sedante se han ido perfeccionando con el tiempo; ya son muy obvias: se echarán de menos. Ella condujo el acto con discreta eficacia.
—¿Quién hizo los elogios?
—Gentes del oficio muy en su papel. La laudatio oficial, Gomá Lanzón. Me gustó mucho.
—¿Por qué?
—Gomá Lanzón, joven entrado en años, gasta un porte casual que transparenta buena familia y éxitos presentes; gasta también una escritura limpia, clara, elegante; lee lo escrito con voz calma, envolvente, en la que se cuela de cuando en cuando cierto tonillo profesoral. Nos habló de los premios, del envejecimiento, de la vida ejemplar; recurrió a una cita inevitable de Fernández de Andrada; todo ello se lo aplicó a Sacristán, y le salió un hermoso discurso que el público aplaudió entusiasmado.
—¿Ningún reproche?
—Un par de tópicos bien sobados: que envejecer es buena cosa sobre todo si se miran las alternativas, y que hay que añadir vida a los años, no años a la vida.
—¿Los políticos dieron la talla?
—Benzo, el Secretario de Estado, pronunció un buen discurso al que solo se le puede reprochar redundancia: dedicó la mayor parte al elogio de Sacristán, que ya estaba bien elogiado por todos los demás; el Consejero de Educación y el alcalde pasaron el examen con suficiencia; desentonó el Presidente de la Diputación.
—Lástima.
—Los discursos del Presidente de la Diputación son triviales, deslavazados, de piñón fijo. Dice siempre las mismas cosas en los mismos momentos, no se sale de dos o tres lugares comunes sazonados con chistecillos de dudosa gracia. En esto —y en más cosas— se va pareciendo peligrosamente a su antecesor. Menos mal que no muestra querencia por los adjetivos extravagantes. Al terminar citó a León Felipe. Con eso está dicho todo.
—En Almagro quedan aún convencidos de que la poesía es un arma cargada de futuro.
—Ellos sabrán.
—¿Sacristán?
—Muy bien. Es un anciano menudo, lúcido, de aire distraído, de dicción áspera y poderosa, al que uno puede imaginar bajo la olma de la plaza, el cigarro en la mano, contando historias ejemplares, taumatúrgicas, a jóvenes que lo oyen con respeto. Los jóvenes llegarán a viejos, se acordarán de él... contarán de nuevo las mismas historias primordiales donde cabe todo el saber de la humanidad. A partir del sombrero talismán narró una existencia mágica que ha dado cobijo a casi todas las existencias posibles. Por el mundo pasamos gentes grises, todos los días iguales en nuestra vileza o en nuestra heroicidad; pasan también —bienaventurados— los que en una vida encierran sin incoherencia muchas. Se emocionó Sacristán; nos emocionamos todos. Y, sin embargo…
—¿Qué?
—¿Era imprescindible el cojonudo sobresdrújulo para calificar un premio que a Sacristán le satisface? ¿Solo se puede estar acojonado ante la presencia imponente de Sacristán?