domingo, 2 de julio de 2017

Pensar la plaza

Por la ventana del Marqués miramos la plaza. En la solana empieza a dar la sombra: se van llenando las terrazas con gentes diversas entre las que predominan turistas culturales y bohemios a sueldo del Festival. En la umbría aún da el sol, pero las mesas y las sillas forman ya la red donde caerán los clientes dentro de un rato. Algunos niños juegan al balón; veloces adolescentes en bicicleta pasan esquivando a los que se hacen fotos con aire de artístico ensimismamiento. La portada de El País, bajo el epígrafe de ideas, lanza el reto de controlar las masas de turistas.
—Llamazares también nos echó ayer el mismo sermón; y, según dicen, los barceloneses abominan del turismo, que hace dos o tres decenios los puso en el mundo e hizo de su ciudad la más cool del planeta.
—¿De qué planeta? —pregunta inocente don Juan.
—¿De cuál va a ser, hombre? ¡De este nuestro!
—Antes existía El Planeta de los Toros.
—De eso no se acuerdan más que los viejos.
Los viejos nos acordamos también de cuando la plaza era un lugar apacible, de pocos bares, que los domingos tras la misa o al caer las tardes del verano se llenaba de paseantes metódicos como agrimensores recorriéndola incansables de este a oeste y de oeste a este con la tenacidad de las yuntas. Entonces los turistas eran exotismos distinguidos a quienes los indígenas mirábamos un poco incrédulos y asombrados: ¿a qué vendrán?
—Ahora sabemos perfectamente a qué vienen —cuela el cínico.
—¿A qué?
—Los turistas integran dóciles rebaños que se dejan ordeñar sin oponer resistencia. En Almagro, cuando llega la temporada, los ordeñadores se apostan a ambos lados de la plaza y se aplican a la tarea con inmisericorde rigor: no lo hacían mejor los indios de las praderas que esperaban las manadas de bisontes ni los cocodrilos que aguardan a los ñúes en el delta del Okavango.
—El turismo es un negocio igual que otro: el turista viene por la promesa de ciertas recompensas, le ofrecemos determinados servicios, nos paga lo que corresponde y quedamos en paz: como el que vende zapatos o instala televisores —matiza alguien que está en el sector.
—Es cierto —habla don Juan—. Sin embargo, hay algunas diferencias.
—¿Que al turista se le puede dar gato por liebre? —insiste el cínico.
—No. Eso nos trae sin cuidado. Los turistas no son niños ni tontos: ellos sabrán por qué vienen y a qué; conocerán sus derechos; procurarán que lo que les den esté a la altura de lo que pagan; si no, que reclamen.
—¿Entonces?
—En casi todas las actividades económicas, los empresarios ofrecen un producto o servicio que han creado y costeado con sus propios recursos: justo es que se lleven el beneficio. En el turismo, en cambio, el producto básico es de todos, todos lo costeamos: sin embargo, los beneficios se los llevan solo unos pocos.
—Explíquenos eso, por favor.
—El sol, las playas, los parques nacionales, las montañas nevadas, los yacimientos arqueológicos, los museos, los conjuntos monumentales de las ciudades… son de todos, se mantienen y cuidan con los impuestos de todos, entre todos pagamos las carreteras que llevan a ellos, las campañas publicitarias que los promocionan…
—Y los hosteleros se los apropian y no nos devuelven ni las gracias.
—No solo los hosteleros: todos los que viven de esto, que son infinitos.
—Pagan impuestos.
—No más que el resto. Y en muchos casos nos deterioran o roban las joyas que les prestamos sin cobrarles alquiler. Fíjense en la plaza de Almagro. El principal problema que tiene no es el que los estetas se empeñan en difundir con insistencia miope.
—¿Cuál?
—La acumulación de mesas, sillas y otros abundantes cachivaches que proliferan como plaga. Tal acumulación no es problema ninguno; es solo el síntoma de una enfermedad grave, bien estudiada en otros sitios: la privatización de los espacios comunes a efectos de explotación turística. Naturalmente la privatización conlleva la expulsión del ciudadano normal en beneficio del turista rebañego.
—No exagere, don Juan: nosotros estamos en la plaza.
—Cada vez menos tiempo. Salvo el estanco, una mercería, una tienda de ropa, otra de ultramarinos, en la plaza no quedan establecimientos que ofrezcan algo útil a los almagreños.
—Quedan los bares, un servicio esencial.
—Muchos, muy caros y sin clientes autóctonos; no tardarán en venir los alojamientos legales o furtivos. En ciertos días y a ciertas horas el almagreño corriente no pisa la plaza. Si la tendencia sigue, dentro de poco nadie vivirá en ella.
—¿Hay remedio?
—No lo sé. Pero deberíamos darnos cuenta de la enfermedad, o sea, pensar la plaza.