domingo, 16 de julio de 2017

"Apresúrese a ver Córdoba"

Estuvimos en la plaza de Santo Domingo viendo Eco y Narciso, comedia muy digna, con una tercera jornada emocionante, cuya representación no le gustó a don Juan.
—Los versos suenan a carraca tartajosa. No sé si Calderón merece este maltrato.
Por la calle de Bernardas —todavía preciosa— fuimos a Mayor de Carnicerías, y de ahí a la plaza a ver si tomábamos unas copas. A don Juan Mayor de Carnicerías le pilla a trasmano; no suele pasar por ella. Anoche le llamó la atención una casa frente al pósito, envuelta concienzudamente en plásticos como si Christo hubiera andado por Almagro y dejado aquí huella de su ingenio. Mientras los demás caminábamos resueltos al abrevadero, él se quedó atrás, la estuvo mirando despacio, apartó una valla, levantó el plástico, metió la cabeza sin miedo a que los viandantes lo tuvieran por lo que no es… y al cabo de un ratillo regresó al centro de la calle, se sacudió la ropa, volvió a mirar la casa y se nos unió a paso ligero; en la tertulia estamos acostumbrados a estas rarezas de don Juan: nadie se extrañó ni él hizo comentario ninguno.
Esta tarde, de sopetón, don Juan pregunta:
—¿Sabrán los jóvenes quién fue Castilla del Pino? ¿Se acuerdan ustedes?
Hago memoria: por lo que a mí respecta, vagamente. Don Juan no espera contestación; sigue:
—Carlos Castilla del Pino fue uno de tantos intelectuales de primer nivel sobre los cuales apenas muertos se amontona el polvo del olvido. Esta semana tres cosas me lo han recordado.
—¿Qué ha ocurrido, don Juan?
—Nada extraordinario. Que el otro día en los sesenta años de Primer Acto se habló de Triunfo: Castilla del Pino escribía en Triunfo a menudo; que alguien —no recuerdo dónde ni quién— ha rescatado hace poco un artículo suyo en la revista que tuvo cierta repercusión; y que he estado leyendo el Examen de ingenios de Caballero Bonald y la semblanza tan aguda que le dedica. Ya ven: un recuerdo que se salva por casualidad. Además, me he dado el gusto de volver a las memorias de Castilla y he leído de nuevo el artículo de Triunfo: nos viene al pelo.
—¿Qué dice el artículo? ¿Por qué nos viene al pelo?
—El artículo se llama “Apresúrese a ver Córdoba”; se publicó el 20 de enero de 1973; nos viene al pelo porque habla de la pérdida del patrimonio y el diagnóstico que hace le cuadra perfectamente a este pueblo de ustedes.
—Resúmanoslo, haga el favor.
—Dice Castilla que, porque España no tuvo revolución industrial, conserva más patrimonio histórico construido que otros países donde sí la hubo; añade que esta suerte derivada de una anomalía histórica debería aprovecharse con inteligencia y sensatez; pero teme que ello no sea posible debido a la incuria y al egoísmo de quienes lo tienen en sus manos: esas gentes que de boquilla ensalzan los valores patrios y se emocionan con el glorioso pasado mientras en realidad están más pendientes del bolsillo que de otra cosa. Por eso invita a visitar Córdoba cuanto antes si usted, querido lector, pretende tener idea de lo que Córdoba era, porque de algo de lo que fuera puede no quedar huella alguna cuando venga o, por el contrario, puede hallarlo todavía, pero bajo la forma de esperpento.
—Una exageración —proclama el optimista—: Córdoba está hermosísima.
—Córdoba está hermosísima, sí. Ahora bien, eso no le resta fortaleza a la argumentación de Castilla. En primer lugar, porque podría estarlo más; en segundo lugar, porque quizá esté hermosísima para los turistas y menos para los residentes; es decir, es posible que Córdoba haya convertido su patrimonio en mero adorno con que deslumbrar a los de afuera, mientras que ha destruido —forma extrema de alienación, dice Castilla— todo cuanto le había venido otorgando identidad. Miren Ciudad Real. La alcaldesa sin sonrojarse presume de riquísimo patrimonio. Tal vez lo conserve, aunque en forma de esperpento: media docena de edificios notables huérfanos del contexto que les dio sentido.
—Pero ni Córdoba ni Almagro han llegado a tanto.
—Tenga paciencia, que todo se andará. Para ver lo que se ha perdido y lo que pervive en forma de esperpento basta un breve paseo. Un día lo haremos. Mientras tanto, en la calle Mayor de Carnicerías se está produciendo otra baja irreversible. ¡Y los estetas, preocupados por las sillas de la plaza!
—Hombre, don Juan, tendrán permiso.
—Los estetas no lo precisan; los otros tendrán permiso para rehabilitar, que es lo que pone en el cartel; si lo tuvieran para demoler, no se esconderían tanto.