domingo, 23 de abril de 2017

Autores y obras

—Desde que Nuestro Señor Jesucristo proclamó aquello de A fructibus eorum cognoscetis eos, mucha gente se lo toma al pie de la letra, como dogma de fe; y lo repite al tuntún, como se repiten los dogmas de fe.
—Claro, don Juan. Si lo dijo Nuestro Señor Jesucristo, verdad será. Y lo sabe Pero Grullo: los buenos hacen buenas obras; los malos, malas
—No siempre; en Utah, a veces, los grandes hombres hacen obras malas, le dijo el juez al hombre bueno y extraordinario, jerarca mormón, que había violado a la cuñada.
—Hombre…
—El violador, sí —ironiza don Juan—; la violada es mujer.
El despistado pregunta:
—¿Hablamos de teología y de moral?
—Hablamos del Día del Libro. ¿No es hoy el Día del Libro?
—¿Y qué tiene que ver?
—A estas horas, numerosos próceres de la cultura y la política estarán alabando un libro que quizá no hayan leído, y trasladarán, sin pensárselo mucho, el elogio de sus cualidades estéticas a las cualidades éticas del autor. A mi parecer, mezclan churras con merinas.
—¿Cuáles son las churras y cuáles las merinas?
—Las que ha oído: ética y estética.
—Alguien dijo que no hay estética sin ética.
—Le salió un enunciado redondo, contundente como un disparo, oportunísimo… pero falso; lo mismo que la frase tan citada estos días de Kapuscinski, eso de que una mala persona no puede ser un buen periodista. Simplificaciones, por no decir simplezas.
—Don Juan…
—Permítanme imitar a Nuestro Señor Jesucristo, o sea, incurrir en la perogrullada: las virtudes morales se aprecian en las obras morales; las virtudes estéticas, en las obras estéticas.
—Pero un autor se manifiesta en su obra: en ella dejará su visión del mundo, valores, ideas, presupuestos estéticos…
—A veces. Las personas son seres muy versátiles que se conducen de forma distinta según las circunstancias, las necesidades, las intenciones… o ¿hablan ustedes aquí lo mismo que le hablarían al notario o al cirujano? El creador en cuanto tal —es decir, en el acto de crear— no se identifica exactamente con el padre de familia, el socio de la peña del Real Madrid o el paciente del dentista, aunque sea también todas esas cosas. Lo sabe bien cualquier poeta o lector de poesía; lo sabe cualquier aficionado al fútbol: Maradona era un futbolista magnífico y —Dios nos perdone el juicio temerario— un individuo escasamente recomendable. Por no hablar de Quevedo, de Lope, de Cela, de Ruano…
—¿Y de Cervantes?
—Cervantes sería un buen hombre, pero nadie lo recuerda por eso. Lo recordamos porque escribió una obra maestra y varias de muy alto nivel. Buenas personas hubo en su tiempo —en todos los tiempos— a millares: la inmensa mayoría pasó sin hacer ruido, duró en el recuerdo de sus allegados unos pocos lustros, se hundió después en el pozo del olvido sin que nadie la echara de menos. Como a nosotros, ay, no tardando.
—Todavía somos jóvenes —suelta un iluso.
Nadie le hace caso. Don Juan concluye:
—Por lo tanto, quizás haya que fijarse más en la obra que en el autor.
—De ninguna manera, don Juan —sobreactúa el escéptico—: ¿quién indemnizaría los egos hipertrofiados de tanto creador que crea exclusivamente con objeto de recibir alabanzas?
Don Juan soslaya la ironía. Responde:
—Aunque ahí el Arcipreste de Hita —habitualmente tan atento y perspicaz— se despistara un poco, la vanidad es uno de los motores principales de la conducta humana. Pero eso a los lectores, espectadores, oyentes, visitantes de exposiciones y museos no les importa: ¿qué más da si Góngora escribió el Polifemo para entretenerse, para exhibir ingenio y agudeza o para hacerle la pelota al conde de Niebla? El hecho es que lo escribió, y que nosotros podemos leerlo hoy con sumo deleite.
Al decir nosotros don Juan —puedo certificarlo— exagera. También exagera, me parece, al desgajar la obra del autor; lo digo en voz alta:
—¿Qué se pierde, don Juan, si atribuimos, cuando se pueda, buenas cualidades morales al autor de una obra que tiene buenas cualidades estéticas? Aunque sea por metonimia…
—No se pierde nada, amigo mío. Pero la recíproca sí estará prohibida: ¿o debemos tachar de malvado a cualquier sujeto que componga poemas ripiosos o novelas abominables?
Pienso entre mí que basta con no leerlos.