domingo, 17 de septiembre de 2017

Xenofobia y (micro)fascismo

Aunque está de vendimia —la cuadrilla de rumanos a pleno rendimiento—, don Juan se ha venido esta mañana para atender aquí alguna obligación familiar cuya naturaleza exacta me es desconocida. No será muy grave; llega a la tertulia el primero y de buen humor: la vendimia es la cosecha más alegre del año, tal vez porque anticipa las alegrías innumerables del vino, uno de los mejores inventos de la historia humana.
Sin embargo, la conversación, una vez pasados los saludos y bromas iniciales, no es alegre: cae enseguida en el cenagal de Cataluña y, sin salir apenas, se atasca en el pantano de la frustrada moción de censura con su carga de reacciones desabridas e intemperantes. Don Juan observa y calla; cuando la conversación languidece en pesimismos, alguien pretende resumirla estoicamente:
—El ser humano es animal gregario.
Don Juan corrobora, pero matiza:
—Sí: tendemos a agruparnos en rebaños; seguimos ciega y obedientemente al pastor. Siempre —eso sí— que el pastor no descuide sus obligaciones.
—¿Qué quiere decir?
—Lo que sabe todo el mundo: que para mantener al rebaño unido y en orden hay que alabarle sus buenas cualidades y despreciar las malas de los demás rebaños, que siempre nos envidian y desean la ruina.
—Y entonces las ovejas, mansas y obedientes al pastor, se tornan lobos —apostilla alguien.
—El filósofo dijo que somos lobos ya de nacimiento —retruca el culto.
—Lo natural —continúa don Juan— es, desde luego, formar grupos cohesionados hacia adentro y hostiles hacia afuera: en eso nos parecemos a otras especies animales; nos diferenciamos de ellas en que los grupos humanos pueden estar constituidos por millones de individuos, todos a una dispuestos a matar y morir por el grupo y el pastor. Con poco que a los pastores se les vaya la mano…
—¿Cómo se les puede ir la mano?
—Aprovechándose de la naturaleza humana: el Partido Popular ha ganado elecciones excitando el anticatalanismo de los patriotas españoles; el PdeCat o encabeza la independencia o se extingue. En cambio, lo civilizado —es decir, lo contrario de lo natural— es la razón, la templanza, la paz, la concordia, la convicción de que todos los seres humanos son iguales: un camino angosto, áspero, sembrado de abrojos, que a las ovejas les cuesta transitar y por donde los pastores, perezosos o interesados, no quieren llevarlas.
—La mayoría de los ciudadanos sí va por ahí, don Juan —afirma el optimista.
—A veces, pero en cuanto nos descuidamos… En Almagro hay, lo saben, una asociación de mujeres que se llama Rita Lambert. Rita Lambert —otro día hablaremos de ella— es un mito que concita, más o menos difusamente, ciertas ideas de emancipación y empoderamiento femeninos y, por tanto, de igualdad, libertad, justicia, progreso, etcétera. Es decir, desde afuera y sin ánimo de ofender a nadie, da la impresión de que el Colectivo Rita Lambert no es una asociación de amas de casa de las que apacienta Quintanilla.
—¿Adónde va, don Juan?
—El colectivo tiene —faltaría más— grupo de whatsapp; mi hija pertenece al colectivo; mientras comíamos me ha enseñado una conversación del miércoles pasado: alguien reenvía un larguísimo texto, mal redactado, explicando cómo los moros saquean nuestro sistema de protección social mientras los pobres españoles sucumben a la indigencia: ¡Hasta la mora de cincuenta años que no sabe leer ni escribir, ni español ni nada de nada vive como una sultana a nuestra costa!
—Una caricatura, don Juan…
—Claro; y el texto, mercancía averiada. Pero solo hay dos personas que respondan, muy bien ambas.
—¿Piensa que las demás son xenófobas? Mi mujer está en el grupo: puedo asegurarle que no lo es.
—Mi hija tampoco —responde don Juan— y, porque no le entren moscas manchadas de pringue, ha mantenido la boca cerrada. Yo sé que los españoles en general son inmunes a los reclamos de la xenofobia; hasta ahora, al menos. Pero también Cataluña constituía una isla de seny en este país de cabreros
—¡Nada que ver! —se ofende uno.
—Quién sabe: los microfascismosmicro porque aún son pequeños: ojalá no lleguen a grandes— abundan; anidan en personas que quizá no sean conscientes de ellos. Y a las patrias las carga el diablo. Yo tenía en el corazón una libélula como otros tienen una patria, dice el poeta. Quizá tener la patria en el corazón no esté mal del todo; tenerla en vísceras menos nobles es nefasto: la patria, en la cabeza si es posible. Si no, en el bolsillo.
Y nos deja rumiando el enigma. 
  

domingo, 10 de septiembre de 2017

Luces y sombras

La tarde del viernes fuimos a ver las pinturas del silo, que se inauguraban o presentaban a la noche. Andando por la calle de Lepanto, don Juan me llama la atención sobre un letrero en el que pocos se fijarán. Lo señala con la mano, pero mis ojos no están para agudezas; los suyos sí.
Temblores de verdades, un verso de Manolita Espinosa.
—¿Lo ve usted?
—Gracias a Dios. Pertenece a un poema sobre el Corral de Comedias, de metro y rima curiosos, pero no malo. En la pared opuesta está el verso que le sigue, aunque le falta una coma, a mi entender, pertinente.
Evito entrar en detalles técnicos que acaso iniciaran una minuciosa disertación de la que sacaría poco en claro; prefiero atajar: hago la pregunta de los legos.
—¿Qué significa?
Amaga una sonrisilla condescendiente.
—En el poema de Espinosa habla el Corral; dice, si no estoy equivocado, que él esconde temblores de verdades que no pasan y que tienen ojos.
—¿Tienen ojos las verdades?
La sonrisilla ya no es amago: ha perdido el diminutivo.
—Quizá quiera decir que en el Corral —en el teatro— palpitan verdades humanas esenciales y eternas que a todos nos miran, o sea, nos atañen y conmueven.
También ahora evito meterme en berenjenales.
—¿Y eso es lo que ha pretendido representar el artista?
—Lo veremos.
Llegamos al Silo; como los peregrinos en la Meca, damos varias vueltas alrededor. Antonio Laguna, artista urbano de notable prestigio, ha pintado en las cuatro paredes de la torre motivos más o menos teatrales a cuenta de la cuadragésima edición del Festival. Me gustan las pinturas, no las entiendo; escarmentado, no pregunto a las claras qué significan.
—¿Qué le parecen?
—Será difícil pintar superficies tan grandes y con tantos escollos; por eso, las más logradas son las dos más limpias, la norte y la sur; la que da al poniente es confusa; y la que mira al saliente carece de unidad y abunda en tópicos. Pero la factura y composición son buenas.
En los alrededores se va congregando gente, porque al acabar la presentación e iluminación de las pinturas habrá concierto; nosotros esperamos paseando; tomamos cerveza en vaso de plástico; vienen autoridades; don Juan saluda a algunas; nos asomamos un ratillo a los discursos; oímos al artista —No es Demóstenes, constata don Juan— explicar la obra; nos retiramos al camino de Daimiel para ver desde lejos las luces. Al cabo de un rato, vuelvo a la carga.
—¿Qué le parecen?
—Habrá quien diga que son luces de prostíbulo.
Don Juan es delicado y optimista; yo estoy seguro de que, en caso de decirlo, lo dirán de otra manera.
—Pero ¿a usted qué le parecen? —insisto.
—A mí, ya se lo dije hace unos meses, la desacralización del silo me parece estupenda. Esta noche, además, han tratado de explicarla. De la iluminación no me atrevo a opinar todavía; creo que tapa las pinturas y que es demasiado efectista, pero le da al edificio cierto aire cosmopolita y moderno que lava toda la mugre del franquismo. Y, cuando haya algo que celebrar o lamentar, podrán iluminarlo a juego, igual que el Empire State o la Torre Eiffel.
Vamos a oscuras, por el otro lado del ferrocarril, camino de la estación, huyendo del concierto: no veo si hay ironía. Al llegar comprueba:
—Y tiene otra virtud: alumbra el edificio, no el cielo.
—Hay pareceres sobre eso.
—Y sobre todo…
—Quiero decir que a algunos no les gusta la nueva iluminación del pueblo: que alumbra poco, que solo se ve la parte baja de los edificios…
—Tal vez, más que pareceres, sean prejuicios genuinamente humanos; los seres humanos somos conservadores y rutinarios: uno se acostumbra a una cosa, llega a creer que ha sido así desde el comienzo del mundo y, si se la cambian, despotrica. Pero hoy la iluminación nocturna ha de ser eficiente, barata y nada más que la precisa, o sea, cumplir su finalidad —alumbrar el camino a los viandantes— pensando en el medio y en los bolsillos del contribuyente.
—¿Y los monumentos?
—Los monumentos de Almagro se concibieron y construyeron en tiempos en que de noche no había otra iluminación que la luna o el farol que llevaran los noctámbulos. Si excepcionalmente algunos días del año hay que iluminarlos como ascuas de luz, bien está; de ordinario la luz que los alumbre también ha de ser respetuosa —con el edificio, con sus habitantes y con el medio—, eficiente y barata. Otra cosa sería ostentación de nuevo rico.
No me atrevo a llevarle la contraria.


domingo, 3 de septiembre de 2017

La vuelta, qué pereza

El pueblo de mi mujer está lejos, las carreteras son malas: hemos llegado a Almagro después de las dos. Entre que descargas, ordenas, comes, recoges, te sacudes la astenia que empuja a pasar la tarde encerrado en casa soñando, deseando con vehemencia pueril, que algún suceso inverosímil —un milagro, una catástrofe— impida acudir mañana al trabajo… aparezco por la tertulia, llevado en brazos de la inercia, muy tarde, ya bien empezada, cumpliendo desganadamente un rito casi tan insulso como el de la oficina. Hacen sitio amablemente, pero no hablan: el saludo es apenas un gesto, una sonrisa, una inclinación de cabeza: están jubilados, para ellos todos los días son iguales, no recuerdan la desazón anual del comienzo, de aterrizar en el suelo tedioso de los días laborables. Tardo un rato en enterarme de la conversación, la mente todavía opacada por el asombro o la sorpresa del recién despertado: hablan del nuevo curso político, esa pejiguera.
—No habrá moción de censura, veréis —opina alguien.
—¿Cómo lo sabes? ¿Tienes algún topo en el Partido Popular? —ironiza otro.
—No sé nada; me pregunto lo que tantas veces se pregunta don Juan: ¿a quién beneficia?
—Hombre: a los que se monten en el borrico y a sus secuaces.
—No a todos —interviene don Juan.
Lo miran interrogantes; le animan a seguir.
—Desde luego no beneficiaría a los almagreños. La gestión de este equipo de gobierno, discutible, imperfecta, con carencias, supera a muchas de equipos anteriores: ¿es razonable abortar abruptamente una trayectoria más o menos exitosa y permanecer semanas o meses empantanados hasta iniciar otra —cuyas características ignoramos— cuando queda poco más de un año para las elecciones?
—¿Y el asfalto, don Juan? Decían que era un pecado imperdonable.
—El asfalto está olvidado: ni era tan grave ni eran tantos los que se oponían. Ahora hasta parece haber más partidarios que detractores. Aquí, despiste frecuente, hemos confundido opinión pública con opinión publicada.
—¿Quién más no ganaría nada?
—El Partido Popular de Almagro. Desalojando a los actuales gobernantes por una cosa tan nimia como el asfaltado descontentaría a los partidarios, y gobernando con AECA metería al enemigo en casa y daría aire al principal rival.
—Explíquenos eso.
—El principal contrincante electoral del Partido Popular no es el Partido Socialista: electorados distintos casi incomunicados. El contendiente del PP es AECA, esa quimera ideológica —extrema derecha adobada con toques demagógicos y populistas— escindida de ellos y que abreva en el mismo sector social: ¿para qué darles poder sabiendo que sin él acabarán diluyéndose y sus votantes volviendo al partido que abandonaron? Los militantes más inteligentes del Partido Popular en Almagro se oponen, por eso, a la moción.
—¿Y si hicieran las paces y Galán encabezara la papeleta del PP en mayo del 19?
A don Juan la pregunta lo pilla desprevenido. Titubea.
—No lo había pensado —confiesa al fin— ni lo creo probable, pero en política… Ahora bien: ¿tendrían tragaderas tan amplias los militantes y votantes del PP, que sufrieron la traición de Galán en 2015?
—Quién sabe —se espanta las moscas el de la pregunta—. Enumere los beneficiarios.
—Galán, desde luego: en ningún momento ha ocultado la intención de llegar al poder ni ha dejado de intrigar para lograrlo. De rebote, quizá también el Partido Socialista, que se presentaría víctima de una oscura maniobra antidemocrática y de un pacto de perdedores, la muletilla perenne de Maldonado.
—Si esto es así, don Juan, ¿a qué cuento vino el comunicado de la directiva provincial del PP anunciando la moción?
—Nadie está libre de hacer el ridículo de vez en cuando. Quizá los dirigentes provinciales, absortos en el ombligo de la capital, desconozcan lo que pasa en los pueblos. Quizá alguien con capacidad de embrollar los metió en este lío sin que se dieran cuenta.
—¿Por qué insiste la prensa, entonces?
—La Tribuna de Méndez Pozo es la única que insiste. Y sabemos de qué pie cojea. Por lo demás, si leen ustedes las informaciones despacio, comprobarán que no hay ninguna información: mero periodismo especulativo que no pretende contar la realidad sino influir en ella. Hemos hablado de esto y hablaremos: no lleva trazas de extinguirse.
—¿Cómo acabará la cosa?
—No lo sé. Si Galán dice en La Tribuna que no pone condiciones, que solo lo mueve el bien de los almagreños, podrían dimitir él y Maldonado, buscar un candidato que no levante ampollas y tantear entonces la moción…
Don Juan sonríe beatíficamente, da un sorbo al jerez, se levanta, coge el sombrero y la garrota…
—¡Dimitir Galán...?
—Los prodigios existen.
Yo me agarro a esto último: ojalá mañana no tenga que ir a la oficina.



domingo, 27 de agosto de 2017

'Las desventuras de Martín Prigman'

Dios aprieta pero no ahoga. Como todas las ferias he venido unos días al pueblo de mi mujer, y aquí vivo, en mitad de la España vacía, alejado de ruidos, en comunión con la naturaleza, hasta que llegue el primer lunes de septiembre y haya que regresar a las tareas que nos dan de comer. De modo que no sabía muy bien qué hacer con la entrada de hoy. Este correo de don Juan, que está en todo, me saca del apuro:
Querido amigo:
Decía usted que no se deben dar malas noticias de no ser estrictamente imprescindible. Estoy de acuerdo. A cambio, convendrá conmigo en que una de las alegrías mayores y más nobles de la vida es traer buenas noticias a quienes queremos bien: de ahí que los cristianos llamen, por antonomasia, evangelio al mensaje de Nuestro Señor Jesucristo. Yo no llego a tanto, claro está, pero me satisface mucho comunicarle que acabo de leer un libro excelente, llegado a mis manos gracias a un amigo partidario también de difundir rápidamente las buenas noticias.
Aunque leo los trabajos que publica en el Lanza y ojeé con gusto el libro del año pasado sobre las hazañas futbolísticas del Almagro, no conozco personalmente a Francisco José Otero Moreno; pero —visto lo visto he de confesar el error y pedir perdón humildemente— mis prejuicios sobre las inclinaciones literarias de los periodistas deportivos impedían imaginar que pudiera escribir un libro tan ambicioso y tan bien resuelto como este del que le hablo.
Dice Francisco Otero —personaje no necesariamente identificable con Francisco José Otero Moreno— en El estudio que la literatura es un juego (página 203), y algo después (página 259) afirma lo contrario: que la literatura no es un juego. ¿En qué quedamos?, se preguntará el lector despistado. Quedamos, obviamente, en que la literatura es un juego; o sea, una cosa muy seria. Y a este juego de la literatura se aplica nuestro autor provisto de conocimientos, muchas lecturas, destreza y una arma afiladísima que maneja con precisión de cirujano: la ironía.
El juego consiste en un relato —¿biografía o novela?—, modesto y lineal, escrito por un tal José Moreno —al que tampoco debemos confundir con Francisco José Otero Moreno—, que no llegó a publicarse en su momento y que Francisco Otero encuentra por casualidad en los archivos de la editorial Cenit. Moreno se encarga de estudiarlo, editarlo y publicarlo. No les contaré cómo lo hace, pero puedo anticiparles que es un exquisito placer literario sumergirse en las abundantes y equívocas notas a pie de página; leer la Aproximación a la obra como si fuera un paper académico; saborear la ironía que, picante condimento mexicano, está en todas partes; reírse a ratos; convenir con el autor en alguno de sus juicios; repasar, cargados de escepticismo, la historia de España en el siglo XX; detenerse en la Vivi/o/grafía a ver cuánto hay de broma en ella —¡ese Membrilla del Pino!—; admirar la erudición enciclopédica; recrearse en la mera escritura: limpia, matizada, precisa, sinuosa, rica, literaria en el mejor sentido de la palabra; intimar con los personajes, que —gracias al juego cervantino/quijotesco— son personas con vida fuera del texto… En definitiva, leer un libro culto —juego que tiene más de póker que de brisca—, exigente, a la altura de paladares entrenados, algo, por desgracia, no tan común en este Almagro de nuestros gozos y sombras.
Provisto de tales cualidades, me choca que el libro no haya encontrado hueco en una editorial de fuste: ha visto la luz gracias al crowdfunding —o como se llame—, es decir, a la aportación generosa de unos cuantos amigos, parientes o simples amantes de la literatura. Aun así, y para lo que se estila en estos casos —que es casi siempre la chapuza—, la edición es digna, probablemente porque el original llegaría bien cuidado. Pese a todo, se echa de menos un trabajo concienzudo de edición dirigido a evitar los contados errores materiales, gramaticales y ortográficos que hacen la lectura menos placentera de lo deseable. Ente los errores materiales señalaremos dos: que los agustinos no son monjes, sino frailes; y que el pirata del Mediterráneo del que se habla en la página 249 no es Ausiàs March. Entre los errores gramaticales, dos vulgarismos no achacables a José Moreno: el más cerca suyo de la página 116 y el mucho hambre de la 123. Y entre los ortográficos, alguna vacilación en el uso de las mayúsculas. Nada de importancia: se pueden corregir fácilmente en la segunda edición.
Mientras tanto, lea usted este libro y recomiéndelo a sus amigos. Me lo agradecerán.
Lo haré, por supuesto, en cuanto pueda.


(Francisco José Otero Moreno. Las desventuras de Martín Prigman. Libros.com. Madrid. 2017. Dieciséis euros en papel; cuatro en electrónico.)

domingo, 20 de agosto de 2017

Turismofobia, turismolatría

Los amigos hablan de terrorismo, pero no dicen nada: nada que alumbre, nada que consuele, nada que prevenga… Lugares comunes, perplejidades comunes, exabruptos comunes, ignorancias comunes, panaceas comunes: todos los velatorios, idénticos. Menos mal que no incurren en las barbaridades de otros. Yo me desentiendo, miro la plaza que se arregla para la feria. Conocen ustedes, misericordiosos lectores, el propósito firme de no escribir nunca del terrorismo hasta que halle palabras pertinentes: no las tengo; no las he leído ni oído todavía; mejor el silencio.
Un amigo deja caer:
—Cuando el 11 M mucha gente de orden, agarrando el titadine por las hojas, le echó la culpa a ETA; quizás ahora sientan la tentación de echársela a Arran.
No se me había ocurrido. Interviene don Juan:
—Desde luego, el turismo —actividad banal, despreocupada, inocente, superflua— casa mal con el miedo. El turista en cuanto que turista es lo contrario del héroe; el miedo lo espanta, literalmente, de los sitios: miren Egipto, por ejemplo. De modo que, si los de Arran quieren espantar a los turistas, han hallado un socio formidable.
—Un socio no buscado, don Juan: no vaya usted a hacerles el caldo gordo a ciertos patriotas españoles —se atreve alguien a decir.
Don Juan lo mira con asombro, quizá con algo de decepción:
—Claro, amigo mío: parece que no me conociera. Ahora bien, los planteamientos de unos y de otros no andan en realidad tan lejos: ambos consideran que la suma bondad está en la pureza de lo propio; que esta pureza ha degenerado por la contaminación espuria de lo ajeno; y que restaurar la bondad pura y prístina requiere firmeza y, tal vez, cirugía. La cirugía de Arran es menor, poco invasiva, superficial, casi indolora; la de los yihadistas es primitiva, brutal, cruda, como era la de ETA.
—Los de Arran solo están contra el turismo de masas.
—Que en nuestros tiempos es la única forma de turismo. Pero conviene ser precisos: no están contra el turismo, ente abstracto, sino contra los turistas, seres de carne y hueso; y, más en concreto, contra los turistas pobres o de medio pelo que abarrotan las Ramblas, inundan el parque Güell, rebosan la Sagrada Familia —esa tarta nupcial empalagosa— y se alojan en pisos erbienbí —negros como el tizón— del Poble Nou. Los turistas ricos, en cambio, son invisibles: no molestan.
—También han protestado contra ellos.
—Para que no se les note demasiado el plumero.
—Reconocerá usted, don Juan, que el turismo masivo produce efectos secundarios indeseables: es preferible el turismo de calidad.
—Lo reconozco: ruidos, suciedad y otras molestias, rotura del tejido social y urbano tradicional, encarecimiento de los precios… Aun así no estoy seguro de que el turismo de calidad —es decir, menos turistas, pero más ricos y gastosos— sea preferible en todos los casos. Imagine un Almagro al que viniera la mitad de turistas dispuestos a dejarse el triple de dinero: ¿dónde se alojarían? ¿dónde comerían? ¿dónde se tomarían un aperitivo o un café? ¿dónde comprarían suvenires? Obviamente, la mayoría de los bares de la plaza, la mayoría de las tiendas de recuerdos, la mayoría de los alojamientos, la mayoría de los restaurantes echaría el cierre, aunque los supervivientes ganaran el triple. ¿Sería bueno eso? Habría que pensarlo.
—Y que los pobres también tenemos derecho a viajar —apunta el portavoz del sentido común.
Don Juan sonríe:
—Por supuesto: y ese es precisamente el cascabel que hay que ponerle al gato.
—¿Cómo se hace?
—No lo sé: no me dedico a esto, pero doctores habrá y no les cabrá duda de que los recién llegados están a tiempo de escarmentar en cabeza ajena.
—¿Por ejemplo?
—Por ejemplo y por lo pronto: Almagro, aunque no sea un recién llegado, está todavía a tiempo de aprender. Podría, pongo por caso, aprender de Toledo para reducir el excursionismo, plaga semejante al crucerismo: multitudes llegadas de golpe, invadiéndolo todo y gastando bien poco; y encauzar el excursionismo estudiantil —como hacen, muy meritoriamente, las jornadas escolares de teatro clásico de C+C, aunque ignoro si el Corral es el mejor sitio para ellas— de manera que la visita se convierta en semilla que fructificará a medio plazo. De Barcelona se podría aprender a atar corto al turismo, bicho cimarrón y resabiado; y de otros sitios, que si la calidad de la oferta se degrada, se degradará también la calidad de la demanda.
—¿Significa eso que es usted partidario del turismo, pero con normas y mesura?
—Eso significa; y que el turismo quede supeditado a los intereses generales de los almagreños. O sea: turismofobia no; turismolatría tampoco: Almagro no es Villar del Río.


domingo, 13 de agosto de 2017

El asfalto quema

Creo que los amigos no deben dar malas noticias a los amigos de no ser imprescindible. Por eso, he tardado en llamar a don Juan, que está encerrado en Navaltizón, en sus libros, en sus cosas. Al final, débil que soy, he sucumbido a la tentación:
—¡La que se ha liado, don Juan, a cuenta de nuestra última charla!
—No es para tanto. Quizá nos explicáramos mal; quizá —noto un ligero reproche hacia mí, el amanuense— hubiéramos podido ser más delicados y cuidadosos. Desde luego, si nos hemos equivocado, no me duelen prendas en pedir disculpas. Pero hay algo que me gusta: en ocasiones hemos dicho que Almagro parece mudo y que quizás esta mudez provenga de la sordera: bien está que al menos una parte de los almagreños haya recuperado el oído y tomado la palabra.
—Le dan a usted buenas collejas.
—A mis años tengo el cogote encallecido. Además, forma parte de las reglas del juego: quien publica recibirá críticas favorables y adversas. ¿Acepta complacido las primeras?: ha de aguantar estoicamente las segundas.
—Pero le escocerán…
—En absoluto: que los demás hagan y digan lo que les dé la gana igual que digo y hago lo que me da la gana. Escuece, en cambio, que la polémica no discurra por cauces sosegados o que se desvíe a cuestiones que nada tienen que ver con el fondo.
—¿Cuál es?
—En lo que les dije el otro día hay tres puntos principales: una opinión, una conjetura y un diagnóstico —con sus consiguientes pronóstico y tratamiento—. Para sostenerlos aducía varios hechos.
—Resuma la opinión, por favor.
—Opino que nunca se debe asfaltar —ni poner pisos extravagantes— dentro de las rondas. Fuera de las rondas, cuando el tránsito de vehículos lo aconseje, hay que asfaltar o pavimentar como mejor convenga; en los demás casos, que se dejen las calles como están.
—¿La conjetura?
—Que en materia de patrimonio muchos almagreños se incomodan por asuntos contingentes y enmendables, mientras que permanecen impávidos ante otros trascendentales y definitivos. Lo ilustraba con ejemplos: se irritan por el mobiliario de la plaza —cosa fácilmente corregible— o por el pavimento —cosa enmendable y que se ha enmendado de hecho en todas partes numerosas veces a lo largo del tiempo—, en tanto que no los conmueve la pérdida o modificación irreparable del patrimonio construido: supongo que no es preciso poner ejemplos porque estarán en la mente de todos.
—¿Diagnóstico, pronóstico y tratamiento?
—El diagnóstico es claro: asfaltar así, sin explicaciones, ha sido un tremendo error del equipo de gobierno. El pronóstico —he acertado, pero no tiene mérito—, que la oposición iba a explotar concienzudamente el error: tanto que el Partido Popular y Ciudadanos —mediante un comunicado de prosa desgreñada, lo que invita a pensar que Maldonado, hombre culto, no tiene arte ni parte— han pregonado conversaciones para llegar a la moción de censura. Del tratamiento no hace falta hablar puesto que —si hemos de hacer caso al comunicado, que no sé yo— el paciente se muere.
—¿Los hechos?
—Una ristra: fuera de las rondas hay asfaltadas ya desde hace años numerosas calles; dentro de las rondas se ha alterado el pavimento en otras cuantas; nadie ha establecido aún que el empedrado de las que ahora se alquitranan tenga valor patrimonial; en Almagro no hay ninguna portada mudéjar; el suelo original de todas las calles de Almagro —y el único hasta antes de ayer— era la pobre tierra apisonada; salvo por Pedro de Oviedo, por las calles que se han asfaltado no pasan turistas; los turistas que pasan por Pedro de Oviedo son los que se alojan en un hotel que no es precisamente ejemplo de respeto al patrimonio… Acaso adujera alguno más.
—Pues, por lo que veo, nadie ha discutido la opinión, nadie ha desmontado la conjetura, nadie ha contradicho el diagnóstico ni aventurado otro pronóstico, y tampoco se han negado los hechos…
—No era obligatorio.
Es verdad. Por mi parte, creo recordar que don Juan enunció también un principio: la necesidad de conjugar comodidad de los ciudadanos y conservación del patrimonio. Reconozco que es más fácil enunciarlo que llevarlo a la práctica; pero el lunes pasado Rubén Amón contaba lo que, según él, suele decir el alcalde de Burdeos Alain Juppé —sí, fue ministro de Defensa y Exteriores con Sarkozy, pero lleva de alcalde desde 1995: en Francia pasan estas cosas—: “Hagamos de la ciudad el mejor lugar para los vecinos. Pensemos en ellos. En su día a día, en su cotidianidad. Y si luego la ciudad les gusta a los turistas, pues que vengan, que serán bienvenidos”. Burdeos es Patrimonio Mundial de la Humanidad. Y los turistas van.


domingo, 6 de agosto de 2017

Asfalto en Navaltizón

Como la hija y los nietos están de vacaciones, don Juan se ha recluido en Navaltizón. Allí hace vida retirada: al amanecer pasea por el campo, inspecciona los cultivos, habla con el pastor, el tractorista, los caseros; desayuna y se encierra en la biblioteca; al mediodía se baña en la alberca; duerme la siesta; cuando el sol afloja lee en el porche o bajo la noguera; se acuesta temprano, no mira el teléfono… Así todos los días, iguales y felices: don Juan, hombre sociable, disfruta de la soledad tanto como de la buena compañía.
Nosotros seremos buena compañía: ayer nos convidó a comer, una costumbre que acabará en tradición. Don Juan está contento: los temores del año pasado se han diluido, goza de buena salud, puede hacer la vida que le gusta con pocas limitaciones. Nos recibe muy cariñoso, saluda ceremoniosamente a las señoras, comemos y tomamos las copas en la biblioteca. La charla es ligera, saltarina, errabunda, inconsistente, divagatoria, banal como suelen serlo a menudo las charlas de amigos; pero, al calor de las copas, alguien pregunta por el asfalto:
—A mí no me gusta: aquí no hay ni un centímetro cuadrado.
—Usted no lo necesita, don Juan. No arregla el camino porque vienen pocos coches y para no facilitarles el acceso a los ladrones; y la era y el patio están bien como estaban.
Don Juan evita —lo sabemos— las ásperas polémicas locales, más si se amplifican en las redes: ensucian los asuntos, excluyen el matiz, sacan a relucir rancias inquinas, rara vez se atienen a razones o argumentos… nada se gana en ellas y puede acabar uno salpicado de pringue. Sin embargo, con nosotros siempre hace la excepción:
—Ha dado usted la clave: la era y el patio quedan bien así, el camino lo arreglaría si pasaran más coches.
Estamos acostumbrados a los enigmas de don Juan; esperamos en silencio; prosigue:
—Quiero decir que han de asfaltarse —o pavimentarse con otro material adecuado: quizá lo haya— las calles que tengan tránsito abundante: el ejido de San Lázaro, la Santa, la propia calle de San Lázaro o el camino de Daimiel; ya se ha hecho acertadamente con otras —San Ildefonso, Bolaños, las rondas— y nadie se ha llevado las manos a la cabeza. En cambio, las de poco tránsito que se dejen como están.
—Pero ¿y el atentado contra el patrimonio? ¿Y los efectos sobre el turismo?
—Almagro, afortunadamente, no es todavía un pueblo pintoresco de esos que están vacíos la mayor parte del año y abren en verano y los fines de semana. En Almagro vive gente —ustedes mismos— que quizá diariamente sufra incomodidades superfluas. La cuestión está en superar tales incomodidades sin atentar contra el patrimonio. Si alguien cree que se ha atentado contra el patrimonio debería argumentarlo de manera contundente; por ejemplo, demostrando que el pavimento actual tiene valor patrimonial o evitando afirmar a la ligera que en estas calles hay portadas mudéjares o casas de labranza: ¡qué tendrán que ver las portadas mudéjares —que no las hay— o las casas de labranza con el pavimento si cuando las levantaron no había otro pavimento que la tierra?
—Dicen que el empedrado da sabor a nuestro pueblo y atrae turistas.
—Aceptemos el sabor —aunque no sepamos lo que significa—: ¿por qué, entonces, se alteró de manera tan brutal e incómoda el pavimento de las calles Mayor de Carnicerías y de la Feria? ¿Por qué esa cursilada de la calle bonita? ¿Por qué las pizarras del pradillo de San Blas? ¿Por qué el asfalto alrededor de la Magdalena o San Ildefonso?
—¿Y los turistas?
—El patrimonio tiene valor intrínseco; la explotación turística es consecuencia, y no causa, del valor patrimonial. De todas formas, por las calles que han asfaltado no pasan turistas.
—Por Pedro de Oviedo pasan.
—Sí: los que se alojan en un hotel que no es precisamente ejemplo de respeto al patrimonio. En Almagro y en este asunto, vemos a veces notables hipocresías: se enfurecen ciertos almagreños por cosas irrelevantes o corregibles —el pavimento, los muebles de la plaza— mientras que no se inmutan ante pérdidas y esperpentos irremediables.
—Luego es usted partidario del asfaltado.
—No. Dentro de las rondas, nunca —ni asfalto ni suelos extravagantes o bonitos—, porque el casco histórico debe ir acercándose a la peatonalización; fuera de ellas, cuando sea preciso lo he dicho antes debe asfaltarse o ponerse otro piso conveniente.
—Pero apoya al alcalde…
—Tampoco. Los socialistas han cometido un error táctico enorme, el primero de su mandato: la oposición hará presa en él y no lo soltará fácilmente.
—¿Qué error?
—La falta de cautela: no prever las consecuencias, no haber hecho labor de persuasión ni recabado el apoyo explícito de los vecinos. La impulsividad es mala consejera.
—El alcalde es así.
—Debería sosegarse.


domingo, 30 de julio de 2017

'Julio César'

Porque don Juan tiene hoy comida familiar que acaso se alargue, desayunamos en el Teo. Están montando en la plaza unos artefactos descomunales con aire de película futurista: o bien acaban de llegar los extraterrestres o los seres humanos se aprestan a la colonización de otros planetas.
—Don Juan, se nota que no frecuenta usted las ferias ni los parques de atracciones: a eso es a lo que se parecen estos chismes, a atracciones de feria.
—Y quizá lo sean —duda inesperadamente don Juan.
—No lo son, don Juan: yo solo he dicho que se parecen. Para la feria falta un mes.
—El Festival es también una feria; es decir, una aglomeración de personas que acuden con diversos propósitos y se concentran aquí en gran número durante poco tiempo: hay que entretenerlos y, de paso, aligerarles la bolsa. Así viene ocurriendo desde la más remota antigüedad y ocurrirá mientras el mundo sea mundo.
—Pero esta maquinaria que llena la plaza es cosa del propio Festival: el espectáculo de la clausura. Dicen que será muy atractivo.
—Vendremos a verlo. Mientras tanto, piénsenlo a la luz de lo que comentábamos el otro día: el Festival se siente obligado a huir del elitismo; la clausura es ocasión formidable para ello: se puede montar en la plaza un gran espectáculo, a medio camino entre el circo y la ceremonia inaugural de las olimpiadas, que satisfaga a cualquier posible espectador y lo deje con la boca abierta. ¡A ver quién lo critica!
—O sea, don Juan: ¿piensa usted que se trata de una simple maniobra demagógica para engatusar al vulgo y congraciarse con él?
—No. Pienso que debe haber de todo y que la directora del Festival, cuya inteligencia y habilidad están demostradas, lo piensa también. Acuérdense de las romerías religiosas, por ejemplo: su principal objetivo será salvar las almas de los fieles, llevarlos por el buen camino que conduce al cielo; sin embargo, tan elevado designio no excluye otros más pedestres; es más: los buscará intencionadamente para el fortalecimiento de aquel. Lo mismo ocurre aquí: de cuanto se ofrece cada uno se quedará con lo que prefiera, pero al final saldrán ganando el teatro clásico y los bolsillos de los almagreños, que para eso se ideó este tinglado.
—¿El teatro clásico?
—Y lo que pulula a su alrededor. Hace cuarenta años el teatro clásico en España estaba tan muerto como los trilobites; y, como los trilobites, era asunto de especialistas —principalmente filólogos— y de algunos friquis. Hoy el teatro clásico ha resucitado: llega a los escenarios con regularidad, hay un público amplio y entendido que acude a verlo, y da de comer a mucha gente. No es poca cosa. Pero nadie pretende que el público del teatro clásico sea mayoritario: ya lo fue hace cuatro siglos cuando era cultura popular; hoy es alta cultura: para cultura popular quedan el fútbol y los parques de atracciones.
—¿Qué le ha hecho a usted el fútbol?
—Nada. Saben ustedes que no tengo nada contra el fútbol: no es alta cultura, desde luego, pero es cultura popular característica de nuestros días.
—¿Cuál es la diferencia entre cultura popular y alta cultura, don Juan? —pregunto sin segundas intenciones.
Me mira algo perplejo por si se tratara de una trampa saducea; responde llanamente:
—Los seres humanos se diferencian de los demás animales en que no están sometidos exclusivamente a los dictados de la naturaleza: a lo largo de la historia han ido creando formas de percibir y percibirse en el mundo y de modificarlo que llamamos cultura. La cultura es cambiante y se aprende. Según cómo se aprenda, distinguimos entre cultura popular y alta cultura: grosso modo y entre otras cosas, la primera se aprende por impregnación, involuntariamente y casi sin esfuerzo; la segunda requiere voluntad, estudio y perseverancia.
—Y eso la hace más valiosa…
—De ningún modo. La cultura popular —atarse los cordones de los zapatos, cocinar los alimentos de una determinada manera, santificar las fiestas, fabricar herramientas…— es imprescindible para la vida; la alta cultura, en cambio, es perfectamente prescindible, incluso habrá quien la considere inútil: pero el ser humano es el único animal que disfruta de placeres inútiles.
—Unos mejores y otros peores.
—Dejemos la moral para otro día; quedémonos hoy en el arte: actividad inútil, trabajosa, genuinamente humana y humanizadora. En el Festival, a veces, se nos da la oportunidad de adentrarnos en él y salir sobrecogidos y gozosos, nuevos, más humanos.
—Ponga ejemplos.
—Ayer vimos un Julio César con bastantes defectos, pero emocionante y hermosísimo. Él solo justifica los cuarenta años del Festival.
—Aunque al vulgo haya que darle fútbol y parques de atracciones… —digo por lo bajo.
Don Juan hace como que no se entera: ya le volveré a preguntar.



domingo, 23 de julio de 2017

Migas del Festival

Ayer la organización del Festival exhibió unas muestras de la cocina del Quijote en el patio —claustro le dicen, a saber por qué— del Museo Nacional del Teatro; luego convidó a migas a todo el que quiso acercarse. Don Juan lo lee hoy en el periódico; se acuerda de Quevedo:
—Quevedo, uno de los españoles con más mala uva de la historia y un talento enorme desperdiciado en ruindades y baratijas, dio la receta para ser culto en veinticuatro horas; tan eficaz, a su juicio, que ya toda Castilla / con sola esta cartilla / se abrasa de poetas babilones / escribiendo sonetos confusiones; / y en la Mancha pastores y gañanes, / atestadas de ajos las barrigas, / hacen ya Soledades como migas. Naturalmente, la intención de Quevedo era ridiculizar a Góngora —que había muerto: hay que ser borde— y a sus secuaces —los poetas babilones que escriben sonetos confusiones: brillantes sintagmas—; el resto le traía sin cuidado, pero nosotros podemos preguntarnos para qué iban a querer producir Soledades los pastores y gañanes manchegos.
—¿Para qué?
—Para nada, claro.
—Entonces, ¿por qué nos lo cuenta?
—Porque acaso los del Festival hayan visto alguna relación entre migas y cultura, y pensado que, si le dan migas al pueblo, quizá lo arrastren a las Soledades.
—Don Juan, habla usted en jerigonza, parece un poeta babilón —dice alguien.
Don Juan sonríe complacido: le gusta que vayamos aprendiendo. Prosigue:
—Estos días he oído muchas veces que el Festival es un acontecimiento evento, sueltan algunos— cultural de primer orden. No lo dudo; ahora bien: ¿están ustedes seguros de que para los almagreños lo es?
Quedamos perplejos. Don Juan repite la pregunta:
—¿Ven los almagreños en el Festival una cosa relacionada con la cultura?
—Habrá de todo —supone el prudente.
—Habrá de todo, desde luego. Pero tal vez en la organización del Festival cuenten con datos más precisos; a lo mejor han hecho estudios para conocer la actitud de los almagreños respecto al festival, y algo no les cuadra.
—¿Qué supone usted?
—Yo solo puedo hacer sociología de casino sin validez científica: no soy de aquí, vengo de higos a brevas, no conozco la idiosincrasia almagreña, hablo con poca gente, me muevo en contados sitios… Lo que yo les diga carece de importancia.
—Díganoslo de todas formas.
—Supongo que una buena parte de los almagreños, y Almagro mismo, constituyen simplemente el marco incomparable del Festival, el escenario, magnífico y pasivo, de la representación; para un número considerable y cada vez mayor, el Festival es parte de una industria —formal o informal— que en julio hace el agosto; habrá quienes lo miren como una fiesta: aglomeración de gente y de ofertas de diversión a la que hay, por lo menos, que asomarse; no pocos abominarán de los ruidos y otras molestias; bastantes, sobre todo en las periferias geográficas, sociales o de edad, casi no se enterarán de lo que pasa; no faltarán quienes sientan, con variable nivel de irritación, que los beneficios del Festival siempre paran en los mismos bolsillos, o sea, que siempre seleccionan al hijo de la vecina para trabajar en lo que sea y “al mío no le toca nunca”; una minoría —¿inmensa? y libre de prosaicas preocupaciones— se interesará por lo estrictamente teatral y sus agregados culturales; otra minoría no despreciable se entregará a la ostentación y a los cotilleos faranduleros; ciertos tiquismiquis con ínfulas de hidalgos percibirán como una afrenta al sacrosanto honor almagreño cualquier nimiedad que les disguste…
Hace una pausa; toma un trago del jerez; cierra:
—Y hasta podría ocurrir que sectores más o menos amplios de la población pensaran que esto de la cultura en general —no digamos la alta cultura— es un entretenimiento tonto, superfluo, elitista, de gente estirada, cursi y pedante, que no vale para nada: una forma boba de tirar el dinero.
—Pero están equivocados…
—¿Y qué? En los tiempos que corren ningún responsable público, ninguna institución, quiere que lo tachen de elitista: lo que se lleva es ser popular y participativo. Participativo es la palabra de moda: fíjense y verán.
—Es bueno que la gente participe, don Juan.
—O no: según… cada uno sabrá lo que hace. A mí no me gusta que me empujen a participar: ya veré yo lo que me conviene. Pero los del Festival parece que sí quieren ser populares y participativos: por eso van a los barrios, invitan a gentes desfavorecidas, hacen actividades con niños, las sacan a la calle… o reparten migas en el Caballo. ¿Será eficaz, es decir, hará eso que los almagreños se arrimen a la cultura? ¿O se quedará en mera operación de márquetin: aplebeyamiento populista que los vacune contra cualquier tentación de elitismo?
Y ahí deja la pregunta: yo no sabría contestarla.


domingo, 16 de julio de 2017

"Apresúrese a ver Córdoba"

Estuvimos en la plaza de Santo Domingo viendo Eco y Narciso, comedia muy digna, con una tercera jornada emocionante, cuya representación no le gustó a don Juan.
—Los versos suenan a carraca tartajosa. No sé si Calderón merece este maltrato.
Por la calle de Bernardas —todavía preciosa— fuimos a Mayor de Carnicerías, y de ahí a la plaza a ver si tomábamos unas copas. A don Juan Mayor de Carnicerías le pilla a trasmano; no suele pasar por ella. Anoche le llamó la atención una casa frente al pósito, envuelta concienzudamente en plásticos como si Christo hubiera andado por Almagro y dejado aquí huella de su ingenio. Mientras los demás caminábamos resueltos al abrevadero, él se quedó atrás, la estuvo mirando despacio, apartó una valla, levantó el plástico, metió la cabeza sin miedo a que los viandantes lo tuvieran por lo que no es… y al cabo de un ratillo regresó al centro de la calle, se sacudió la ropa, volvió a mirar la casa y se nos unió a paso ligero; en la tertulia estamos acostumbrados a estas rarezas de don Juan: nadie se extrañó ni él hizo comentario ninguno.
Esta tarde, de sopetón, don Juan pregunta:
—¿Sabrán los jóvenes quién fue Castilla del Pino? ¿Se acuerdan ustedes?
Hago memoria: por lo que a mí respecta, vagamente. Don Juan no espera contestación; sigue:
—Carlos Castilla del Pino fue uno de tantos intelectuales de primer nivel sobre los cuales apenas muertos se amontona el polvo del olvido. Esta semana tres cosas me lo han recordado.
—¿Qué ha ocurrido, don Juan?
—Nada extraordinario. Que el otro día en los sesenta años de Primer Acto se habló de Triunfo: Castilla del Pino escribía en Triunfo a menudo; que alguien —no recuerdo dónde ni quién— ha rescatado hace poco un artículo suyo en la revista que tuvo cierta repercusión; y que he estado leyendo el Examen de ingenios de Caballero Bonald y la semblanza tan aguda que le dedica. Ya ven: un recuerdo que se salva por casualidad. Además, me he dado el gusto de volver a las memorias de Castilla y he leído de nuevo el artículo de Triunfo: nos viene al pelo.
—¿Qué dice el artículo? ¿Por qué nos viene al pelo?
—El artículo se llama “Apresúrese a ver Córdoba”; se publicó el 20 de enero de 1973; nos viene al pelo porque habla de la pérdida del patrimonio y el diagnóstico que hace le cuadra perfectamente a este pueblo de ustedes.
—Resúmanoslo, haga el favor.
—Dice Castilla que, porque España no tuvo revolución industrial, conserva más patrimonio histórico construido que otros países donde sí la hubo; añade que esta suerte derivada de una anomalía histórica debería aprovecharse con inteligencia y sensatez; pero teme que ello no sea posible debido a la incuria y al egoísmo de quienes lo tienen en sus manos: esas gentes que de boquilla ensalzan los valores patrios y se emocionan con el glorioso pasado mientras en realidad están más pendientes del bolsillo que de otra cosa. Por eso invita a visitar Córdoba cuanto antes si usted, querido lector, pretende tener idea de lo que Córdoba era, porque de algo de lo que fuera puede no quedar huella alguna cuando venga o, por el contrario, puede hallarlo todavía, pero bajo la forma de esperpento.
—Una exageración —proclama el optimista—: Córdoba está hermosísima.
—Córdoba está hermosísima, sí. Ahora bien, eso no le resta fortaleza a la argumentación de Castilla. En primer lugar, porque podría estarlo más; en segundo lugar, porque quizá esté hermosísima para los turistas y menos para los residentes; es decir, es posible que Córdoba haya convertido su patrimonio en mero adorno con que deslumbrar a los de afuera, mientras que ha destruido —forma extrema de alienación, dice Castilla— todo cuanto le había venido otorgando identidad. Miren Ciudad Real. La alcaldesa sin sonrojarse presume de riquísimo patrimonio. Tal vez lo conserve, aunque en forma de esperpento: media docena de edificios notables huérfanos del contexto que les dio sentido.
—Pero ni Córdoba ni Almagro han llegado a tanto.
—Tenga paciencia, que todo se andará. Para ver lo que se ha perdido y lo que pervive en forma de esperpento basta un breve paseo. Un día lo haremos. Mientras tanto, en la calle Mayor de Carnicerías se está produciendo otra baja irreversible. ¡Y los estetas, preocupados por las sillas de la plaza!
—Hombre, don Juan, tendrán permiso.
—Los estetas no lo precisan; los otros tendrán permiso para rehabilitar, que es lo que pone en el cartel; si lo tuvieran para demoler, no se esconderían tanto.


domingo, 9 de julio de 2017

Sacristán, Premio Corral de Comedias

Hablamos desganadamente del tiempo; hay quien se impacienta:
—Don Juan, ¿no lo han invitado este año al Premio Corral de Comedias y a la inauguración del Festival?
—Y estuve.
—Cuéntenos, hombre.
—Si fui capaz de interpretar bien los signos de los tiempos creo que asistimos a un cambio de era.
—¿Signos de los tiempos?
—Dos muy elocuentes: nadie pronunció la palabra emblemático; y, en el vídeo, un señor de marcado acento catalán sentenció que Sacristán es un referente de la escena nacional, sobre todo de la española.
Don Juan hace una pausa; mira alrededor; las caras varían entre el escepticismo y la curiosidad. Pregunto lo que espera:
—¿Qué significan?
—Lo de emblemático, que ha concluido —ojalá— una manera ostentórea de entender lo público: aquella que a todo alcalde, presidente de diputación o periodista corifeo les prescribía asociarse con un edificio o evento emblemático así faltara para el pan. En la historia española reciente lo emblemático sustituyó a lo lúdico, igual de inane pero más barato. Sería curioso estudiar estas palabras —y algunas de su caterva— como fósiles guía de etapas históricas o estados de ánimo colectivos.
Las caras de escepticismo se acentúan. Don Juan prosigue:
—Lo de Sacristán, que definitivamente España y Cataluña divergen, aunque el ciudadano espectador —acaso emulando a Rajoy— no atinara a expresarlo mejor.
En el corro no estamos para divagaciones; alguien apremia:
—¿Y qué más?
—Las inauguraciones del Festival, demasiado largas, suelen ser menos aburridas que otros actos de la misma especie: tal vez porque eligen bien a premiados e intervinientes, y porque no meten en el mismo saco a los políticos y a la gente de la cultura.
—Cuente cuente…
—Las cualidades eutrapélicas de Natalia Menéndez y su condición sedante se han ido perfeccionando con el tiempo; ya son muy obvias: se echarán de menos. Ella condujo el acto con discreta eficacia.
—¿Quién hizo los elogios?
—Gentes del oficio muy en su papel. La laudatio oficial, Gomá Lanzón. Me gustó mucho.
—¿Por qué?
—Gomá Lanzón, joven entrado en años, gasta un porte casual que transparenta buena familia y éxitos presentes; gasta también una escritura limpia, clara, elegante; lee lo escrito con voz calma, envolvente, en la que se cuela de cuando en cuando cierto tonillo profesoral. Nos habló de los premios, del envejecimiento, de la vida ejemplar; recurrió a una cita inevitable de Fernández de Andrada; todo ello se lo aplicó a Sacristán, y le salió un hermoso discurso que el público aplaudió entusiasmado.
—¿Ningún reproche?
—Un par de tópicos bien sobados: que envejecer es buena cosa sobre todo si se miran las alternativas, y que hay que añadir vida a los años, no años a la vida.
—¿Los políticos dieron la talla?
—Benzo, el Secretario de Estado, pronunció un buen discurso al que solo se le puede reprochar redundancia: dedicó la mayor parte al elogio de Sacristán, que ya estaba bien elogiado por todos los demás; el Consejero de Educación y el alcalde pasaron el examen con suficiencia; desentonó el Presidente de la Diputación.
—Lástima.
—Los discursos del Presidente de la Diputación son triviales, deslavazados, de piñón fijo. Dice siempre las mismas cosas en los mismos momentos, no se sale de dos o tres lugares comunes sazonados con chistecillos de dudosa gracia. En esto —y en más cosas— se va pareciendo peligrosamente a su antecesor. Menos mal que no muestra querencia por los adjetivos extravagantes. Al terminar citó a León Felipe. Con eso está dicho todo.
—En Almagro quedan aún convencidos de que la poesía es un arma cargada de futuro.
—Ellos sabrán.
—¿Sacristán?
—Muy bien. Es un anciano menudo, lúcido, de aire distraído, de dicción áspera y poderosa, al que uno puede imaginar bajo la olma de la plaza, el cigarro en la mano, contando historias ejemplares, taumatúrgicas, a jóvenes que lo oyen con respeto. Los jóvenes llegarán a viejos, se acordarán de él... contarán de nuevo las mismas historias primordiales donde cabe todo el saber de la humanidad. A partir del sombrero talismán narró una existencia mágica que ha dado cobijo a casi todas las existencias posibles. Por el mundo pasamos gentes grises, todos los días iguales en nuestra vileza o en nuestra heroicidad; pasan también —bienaventurados— los que en una vida encierran sin incoherencia muchas. Se emocionó Sacristán; nos emocionamos todos. Y, sin embargo…
—¿Qué?
—¿Era imprescindible el cojonudo sobresdrújulo para calificar un premio que a Sacristán le satisface? ¿Solo se puede estar acojonado ante la presencia imponente de Sacristán?




domingo, 2 de julio de 2017

Pensar la plaza

Por la ventana del Marqués miramos la plaza. En la solana empieza a dar la sombra: se van llenando las terrazas con gentes diversas entre las que predominan turistas culturales y bohemios a sueldo del Festival. En la umbría aún da el sol, pero las mesas y las sillas forman ya la red donde caerán los clientes dentro de un rato. Algunos niños juegan al balón; veloces adolescentes en bicicleta pasan esquivando a los que se hacen fotos con aire de artístico ensimismamiento. La portada de El País, bajo el epígrafe de ideas, lanza el reto de controlar las masas de turistas.
—Llamazares también nos echó ayer el mismo sermón; y, según dicen, los barceloneses abominan del turismo, que hace dos o tres decenios los puso en el mundo e hizo de su ciudad la más cool del planeta.
—¿De qué planeta? —pregunta inocente don Juan.
—¿De cuál va a ser, hombre? ¡De este nuestro!
—Antes existía El Planeta de los Toros.
—De eso no se acuerdan más que los viejos.
Los viejos nos acordamos también de cuando la plaza era un lugar apacible, de pocos bares, que los domingos tras la misa o al caer las tardes del verano se llenaba de paseantes metódicos como agrimensores recorriéndola incansables de este a oeste y de oeste a este con la tenacidad de las yuntas. Entonces los turistas eran exotismos distinguidos a quienes los indígenas mirábamos un poco incrédulos y asombrados: ¿a qué vendrán?
—Ahora sabemos perfectamente a qué vienen —cuela el cínico.
—¿A qué?
—Los turistas integran dóciles rebaños que se dejan ordeñar sin oponer resistencia. En Almagro, cuando llega la temporada, los ordeñadores se apostan a ambos lados de la plaza y se aplican a la tarea con inmisericorde rigor: no lo hacían mejor los indios de las praderas que esperaban las manadas de bisontes ni los cocodrilos que aguardan a los ñúes en el delta del Okavango.
—El turismo es un negocio igual que otro: el turista viene por la promesa de ciertas recompensas, le ofrecemos determinados servicios, nos paga lo que corresponde y quedamos en paz: como el que vende zapatos o instala televisores —matiza alguien que está en el sector.
—Es cierto —habla don Juan—. Sin embargo, hay algunas diferencias.
—¿Que al turista se le puede dar gato por liebre? —insiste el cínico.
—No. Eso nos trae sin cuidado. Los turistas no son niños ni tontos: ellos sabrán por qué vienen y a qué; conocerán sus derechos; procurarán que lo que les den esté a la altura de lo que pagan; si no, que reclamen.
—¿Entonces?
—En casi todas las actividades económicas, los empresarios ofrecen un producto o servicio que han creado y costeado con sus propios recursos: justo es que se lleven el beneficio. En el turismo, en cambio, el producto básico es de todos, todos lo costeamos: sin embargo, los beneficios se los llevan solo unos pocos.
—Explíquenos eso, por favor.
—El sol, las playas, los parques nacionales, las montañas nevadas, los yacimientos arqueológicos, los museos, los conjuntos monumentales de las ciudades… son de todos, se mantienen y cuidan con los impuestos de todos, entre todos pagamos las carreteras que llevan a ellos, las campañas publicitarias que los promocionan…
—Y los hosteleros se los apropian y no nos devuelven ni las gracias.
—No solo los hosteleros: todos los que viven de esto, que son infinitos.
—Pagan impuestos.
—No más que el resto. Y en muchos casos nos deterioran o roban las joyas que les prestamos sin cobrarles alquiler. Fíjense en la plaza de Almagro. El principal problema que tiene no es el que los estetas se empeñan en difundir con insistencia miope.
—¿Cuál?
—La acumulación de mesas, sillas y otros abundantes cachivaches que proliferan como plaga. Tal acumulación no es problema ninguno; es solo el síntoma de una enfermedad grave, bien estudiada en otros sitios: la privatización de los espacios comunes a efectos de explotación turística. Naturalmente la privatización conlleva la expulsión del ciudadano normal en beneficio del turista rebañego.
—No exagere, don Juan: nosotros estamos en la plaza.
—Cada vez menos tiempo. Salvo el estanco, una mercería, una tienda de ropa, otra de ultramarinos, en la plaza no quedan establecimientos que ofrezcan algo útil a los almagreños.
—Quedan los bares, un servicio esencial.
—Muchos, muy caros y sin clientes autóctonos; no tardarán en venir los alojamientos legales o furtivos. En ciertos días y a ciertas horas el almagreño corriente no pisa la plaza. Si la tendencia sigue, dentro de poco nadie vivirá en ella.
—¿Hay remedio?
—No lo sé. Pero deberíamos darnos cuenta de la enfermedad, o sea, pensar la plaza.


domingo, 25 de junio de 2017

Dominicos

Un día de estos se irán los dominicos. Alguien llorará en Facebook lágrimas de cocodrilo; acaso haya concentración de velas y ositos de peluche como la hubo cuando se fueron las monjitas —adolescentes que eran— de la plaza de Santo Domingo. No existe riesgo de inundación; tampoco de que Almagro despierte de la siesta: el llanto no desbordará Pellejero; a la mayoría de los almagreños, metida en sus asuntos, le importará muchísimo menos que si cerrara Mercadona.
—¿Qué opina usted, Don Juan?
—Que hacen muy bien los almagreños en no darse por aludidos. Los dominicos llevan fuera de Almagro treinta y cinco años poco más o menos.
—Se equivoca, don Juan: todos los días veo al padre Baldomero de tertulia con otros viejos en la Encajera y, de vez en cuando, al padre Vicente dando vueltas por ahí. Si acudiera usted a misa, también los vería.
—Ya: dos ancianos como hay tantos, como yo mismo, sin importancia ninguna: cuando faltemos nadie lo notará. El último dominico en Almagro fue el padre Fernando. Su figura es trágica a la manera antigua.
—¿Por qué?
—Porque en circunstancias adversas se creyó el hombre providencial llamado a restaurar la presencia pública, el poder y la influencia que los dominicos ya habían perdido. Fracasó, claro está; pero hay que reconocerle inteligencia práctica, notable capacidad de seducción, y un coraje rayano en el fanatismo.
—Explíquenos eso, por favor.
—Al comienzo del siglo XX los dominicos se instalaron en el convento de las calatravas; vivieron muy plácidamente en Almagro hasta la Guerra: el seminario lleno, el pueblo a sus pies, nadie les tosía ni les disputaba la posición de preeminencia. Pero en la Guerra, naturalmente, padecieron sevicias atroces: veintitantos murieron asesinados.
—¿Por qué dice usted naturalmente?
—Porque lo contrario hubiera sido una excepción muy improbable. En los primeros meses de la Guerra la maquinaria estatal de la República se derrumbó; su lugar lo ocuparon hordas extremistas que cometieron abundantes salvajadas. Alguna vez tendremos que hablar con claridad de estas cosas e incorporarlas a lo que se ha dado en llamar “memoria histórica”: quizás el mismo día en que ya no quede ningún cadáver tirado en la cuneta o enterrado, contra la voluntad de sus deudos, en el Valle de los Caídos.
—¿Qué pasó después?
—Que las aguas volvieron a su cauce... hasta los años sesenta. A partir de ahí se precipitaron sobre los dominicos tres desastres fatales: el II Concilio Vaticano —y el consiguiente aggiornamento de la Iglesia—, que alteró las relaciones entre el clero y el pueblo y provocó —habrá almagreñas que se acuerden— la defección de numerosos frailes y seminaristas; el desarrollo económico y la modernización de la sociedad, que enfriaron notablemente el fervor religioso de los españoles y convirtieron las vocaciones en rarezas; y la proliferación de institutos —o secciones delegadas— de bachillerato, que para los adolescentes listos del mundo rural supuso una alternativa poderosísima a los internados de curas y frailes. El padre Fernando fue incapaz de entender que tales cambios eran irreversibles: combatirlos mediante el deporte, la formación profesional, el liderazgo individual o las intrigas políticas suponía un esfuerzo tan osado como inútil. Desde entonces la presencia de los dominicos en Almagro ha sido irrelevante.
—Y, encima, se llevan el Cristo—recuerda el descreído.
—Efectivamente: ni aposta hubieran conseguido una despedida tan mustia.
—Se les olvida a ustedes la universidad —interviene el católico.
—No fue un pozo de ciencia. Ni siquiera se parecía remotamente a las de Salamanca o Alcalá. En realidad andaba en el pelotón de las torpes, es decir, el de las universidades menores —Baeza, Osuna, Sigüenza, Oñate, Ávila, Osma…—, ninguna de las cuales contribuyó mucho al avance del conocimiento. Eran pobres, tenían escasísimos alumnos, malos profesores, ningún prestigio que transmitir a los egresados… o sea, formaban filósofos nutridos de sopa de convento, teólogos de vuelo rasante o gramáticos a quienes les costaría recordar la primera declinación latina. Si pudiéramos investigar la trayectoria vital de los titulados en el Colegio de Nuestra Señora del Rosario, veríamos que ninguno llegó demasiado lejos… como mucho serían buenos frailes o buenos formadores de frailes.
—Salvarían almas —ironiza el descreído.
—Y salvaron vidas —dice don Juan sin ironía—. Muchos niños espabilados se libraron de la pobreza o de la esclavitud de la tierra —es decir, llevaron una vida más digna y mejor que a la que parecían predestinados— gracias a las instituciones educativas de los dominicos: estarán eternamente agradecidos. Pero ese es otro cantar del que hablaremos más adelante.




domingo, 18 de junio de 2017

Esencias

Algunos lectores han preguntado qué quería decir don Juan el otro día con eso del paisaje lingüístico y el anuncio de Bodybell. Venía dispuesto a trasladarle la pregunta, pero los amigos toman la delantera: ellos también se han quedado en ayunas. De modo que pongo atención:
—Sin meternos en profundidades, paisaje lingüístico es el conjunto de todas las manifestaciones escritas de una lengua —o de unas lenguas— que podemos ver —y leer, si sabemos— en un determinado espacio público: rótulos, carteles, anuncios, esquelas, pintadas, avisos, bandos, publicidad… Hay estudiosos más estrictos que otros a la hora de inventariar qué elementos forman parte del paisaje lingüístico y cuáles, aun siendo mensajes escritos, no forman parte de él, pero es una cuestión menor.
—¿A quién le interesa eso? ¿Para qué vale? —interrumpe el práctico.
Don Juan se atufa un poco ante esta clase de impertinencias; sabe, sin embargo, que la ignorancia es muy atrevida: lo mira por encima de las gafas, sonríe —pensará en las palabras de Nuestro Señor Jesucristo: Padre, perdónalos…— y responde con calma:
—Les interesa a muchos y vale para muchos propósitos. A nosotros, por ejemplo, una ojeada al paisaje lingüístico de la plaza en 1610 nos basta para notar que el cuadro no es de 1610 sino del mes pasado.
—¿Por qué?
—Porque hay una tienda de esencias. Una tienda de esencias en 1610 causaría la misma extrañeza que si hoy viéramos otra de fenómenos o de apariencias… o de conceptos, accidentes, atributos, circunstancias: mercancías abstractas que solo un loco o un guasón intentaría vender.
—Explíquese, por favor.
Esencia era en 1610 un tecnicismo —de filósofos, teólogos, físicos que significaba ‘el ser de la cosa’; es decir, ‘aquello que constituye la naturaleza de las cosas, lo permanente e invariable de ellas’. Y en la lengua común se usaba la locución ser de esenciaEs de esencia que todo caballero andante haya de ser enamorado, dice un personaje del Quijote— para indicar que algo es característico, propio, inseparable o imprescindible. Nada más. Lo sabe cualquiera que haya leído a los clásicos.
La ingenuidad de don Juan es candorosa: tal vez suponga que cualquiera ha leído a los clásicos.
—¿No fabricaban y vendían esencias en 1610?
—Claro. Pero no les daban ese nombre. De ahí que esencia sea un anacronismo tan grande como si hubieran puesto el anuncio de Bodybell: había perfumes y cosméticos de muchas clases; no existían cadenas de perfumerías.
—Luego el grabado es una falsificación…
—Yo no digo tanto: digo únicamente que no es de la época de la que dice ser. En el mejor de los casos será una reconstrucción ideal de la plaza en 1610 que se ha grabado echándole ciertas dosis de imaginación, algunos detalles bien conocidos y una completa ignorancia de la historia de la lengua. Los del cine, en las películas de romanos, hacen lo mismo —reconstruir idealmente el mundo de Roma—; pero procuran asesorarse para lograr un mínimo de verosimilitud: que a los extras no se les vea el reloj de pulsera. En nuestro grabado, esencias es un reloj de pulsera demasiado grande: tapa cualquier asomo de verosimilitud.
—¿Y en el peor de los casos?
—En el peor, el grabado es un anzuelo de pescar incautos. ¿Se acuerdan ustedes de las películas del Oeste? A menudo aparecían buhoneros ofreciendo remedios milagrosos para la calvicie. ¡Y lograban venderlos! En nuestros días aún quedan primos que caen en el timo de la estampita: no les tengo lástima.
—¿Los de Almágora hacen de primos aquí?
—Los conocemos; debemos creer que no: habrán puesto el grabado como mera curiosidad.
—Podría ser una broma.
—Ojalá. Gastarles una broma a los crédulos no estaría mal.
—¿Por qué no dicen nada los historiadores?
—Están en sus cosas, predican en sus púlpitos, tienen su prestigio: no van a caer tan bajo.
—Entonces, ¿por qué habla usted?
—Yo no soy historiador. Además estoy jubilado, soy viejo: puedo hacer y decir lo que me dé la gana. Ahora bien, si me meto en este berenjenal es por dos razones: porque ustedes han preguntado, y por respeto a la lengua. Imaginen que en el dibujo apareciera un automóvil: sería el hazmerreír; a continuación piensen que la tienda de esencias es un disparate tan grande o más: nadie se ha dado cuenta.
Saben ustedes que don Juan es persona tolerante. Pero se enfada por nimiedades lingüísticas. A estas alturas ya no tiene remedio.


domingo, 11 de junio de 2017

Exposiciones

Ayer echamos la mañana a exposiciones. Don Juan es adicto; ahora bien, no siempre sale satisfecho: qué se le va a hacer.
Empezamos en el Centro de Recepción de Visitantes. Me cuesta un rato ver la exposición, es decir, caer en la cuenta de que allí han puesto algo para que lo veamos: en un sitio donde hay tantas cosas que distraen, las fotos quedan pequeñas y los textos apenas destacan en el blanco de las paredes; miope como soy, a cada instante tengo que quitarme las gafas y pegar las narices a los letreros. De modo que me desentiendo pronto; en la calle gozo de la exposición del mundo: turistas vestidos de turistas, ancianos que charlan a la sombra de los árboles, niños sueltos, jóvenes mamás, una ceremonia —con música y todo— en el monumento a la encajera. Sale don Juan; sin que le pregunte, dice:
—Horcajada tiene cualidades y vocación de artista —de poeta ya lo sabíamos, de fotógrafo nos enteramos ahora—, pero no sé si se toma las cosas en serio.
—Usted lo elogia siempre.
—Elogios merecidos. Sin embargo, creo ver en él demasiada satisfacción consigo mismo: quizá tan abundantes cualidades le veden el esfuerzo de aprender. Aquí, por ejemplo, las fotos son mejores que los textos —él sabrá por qué los llama poéticas: descuidados, efectistas, con abundantes lapsus ortográficos y tipográficos, y lamentables descensos al dialecto formulario de la televisión.
La siguiente estación es en la Universidad Popular. Cuando llegamos la están preparando para una boda. Aun así, entra don Juan al II Salón del Poema Ilustrado. Yo me quedo en el patio: la ingenuidad de las bodas —ay, la osada proclamación pública de amor eterno— y la luz hiriente de la mañana me interesan más.
—No se ha perdido usted nada —informa don Juan al cabo de diez minutos—. Aunque hay poemas estimables, la mayoría no levanta de la trivialidad bienintencionada. Las ilustraciones otro tanto; y la presentación rebosa desaliño. Si quieren que esto sobreviva han de esmerarse; de lo contrario degenerará en ejercicio escolar.
—¿Cómo se hace?
—Usando un harnero más exigente.
Mientras habla vamos paseando por las galerías; el aula del fondo tiene la puerta abierta; nos asomamos. Allí hay otra exposición mucho más modesta: trabajos finales de los alumnos. Don Juan la recorre despacio:
—El que sigue voluntariamente y con aplicación un curso —de lo que sea nos da dos lecciones morales. Una de modestia: reconoce que no sabe o que sabe menos de lo que le gustaría; otra de diligencia: se esfuerza y persevera en el aprendizaje. Parece que estos van por buen camino. No estaría mal que los del otro salón tomaran ejemplo.
Acabamos el paseo en San Agustín. La exposición de Almágora sobre la plaza es sencilla y, si no rigurosa, eficaz: enseña muy didácticamente su evolución. Me gusta mucho: las fotos, ¡la maqueta!, alguna pintura, los vídeos del Nodo… Don Juan hace que repare en la primera pieza, la vista de la plaza en 1610:
—¿Ha oído usted hablar del paisaje lingüístico?
—Yo no, don Juan.
—Otro día se lo explico. Por ahora le basta saber que el grabado quizá represente con toda exactitud cómo era y lo que había en la plaza al comienzo del siglo XVII: no lo sé; lo que sí sé es que el paisaje lingüístico resulta anacrónico: le falta un anuncio de Bodybell.
No lo entiendo; no me da tiempo a preguntarle: él ya está atento a la última foto:
—Lo vivo es sucio y cambiante. Quizás algunos desearan una plaza pulcra como pieza de museo, pero las piezas de museo, aunque sean bellísimas, están muertas. Yo la prefiero viva, promiscua, sudorosa, estridente, plebeya…
—Ándese con ojo, don Juan, o se le echarán encima los cultos.
Don Juan sonríe. Salimos; la plaza bulle:
—Dentro de un orden, eso sí: el orden de la urbanidad, del civismo, del respeto a las normas… y a los clientes —mira a los bares— que les dan de comer.
Para compensar el viacrucis,  don Juan me convida a un vermú en el Marqués:
—¿No hay demasiadas exposiciones, don Juan?
—Considere usted que no solo exhiben objetos; exhiben principalmente vanidades. Y las vanidades son incontables como las arenas del mar, proliferantes y ávidas: más exposiciones tendría que haber para saciarlas.
Luego bebemos sin prisa hablando del 15 de junio de 1977. Cómo pasa el tiempo.

Jesús Miguel Horcajada. “Rescoldos. Exposición fotográfica”. Centro de Recepción de Visitantes. Almagro.
II Salón del Poema Ilustrado. Universidad Popular. Almagro.
“Plaza Mayor: 50 años de su última remodelación”. Iglesia de San Agustín. Almagro.