domingo, 12 de noviembre de 2017

Libros y librerías

Día de las Librerías, reportaje del Lanza, relleno del Cronista sobre la biblioteca de los dominicos, el anhelo de meterse a librero que nos ha confesado Horcajada… De modo que esta tarde hemos hablado de libros, librerías, bibliotecas y cosas por el estilo.
Don Juan no es bibliófilo ni fetichista de los libros: él los lee o los consulta, no los almacena; o los almacena solo si tiene el propósito de leerlos o consultarlos; por eso se ha aficionado a los libros electrónicos: todos los que va a leer una sola vez los compra así. Los de papel le gustan materialmente bien hechos: que se note en ellos, además de la solvencia del autor, el trabajo riguroso de los profesionales cualificados que trabajan —o trabajaban, o deberían trabajar— en el mundo editorial; así que huye de los libros autoeditados —eufemismo para decir chapuza— y, más todavía, de los publicados por ciertas editoriales que aprovechan sin pudor la ingenua vanidad de no pocos escritores sedicentes.
—Don Juan, no sea usted tiquismiquis, que cada uno se gasta el dinero en lo que quiere.
—Me parece muy bien. Eso es lo que hago yo mismo: no comprar libros autoeditados, y fiarme de las editoriales solventes.
—Pues a veces se lleva usted chascos: recuerde lo que le pasó con Pre-Textos y la antología de la poesía manchega.
—Nadie está libre de picar un anzuelo, sobre todo si viene tan bien envuelto como aquel. Pero daría algo valioso por quitarme el resquemor de no saber todavía cuánto costó el engendro ni quién puso el dinero.
—Y de los libreros y librerías ¿qué nos dice?
—Que está muy bien que haya libreros prescriptores y librerías multifunción donde lo mismo te sirven un café que te arreglan la barba hipster, pero que a mí me bastan las librerías silenciosas y bien surtidas en que no solo encuentre los libros que busco, sino, muy principalmente, los libros que no busco.
—Es usted un antiguo, don Juan.
—No lo niego. La lectura —y su herramienta principal: el libro— ha perdido buena parte del prestigio del que gozaba en otros tiempos. Acaso sea inevitable, porque ahora hay otros formatos más de moda, tal vez igualmente placenteros y útiles. Y quizás por eso también las librerías y los libreros se hayan visto obligados a transformarse —reinventarse, dirían quienes yo me sé—: ellos sabrán.
—Claro que lo saben: unos cuantos nos lo explican en el reportaje del Lanza.
—Superficial y tópico, muestra estupendamente el nivel de librerías que tienen ustedes por aquí.
—¿Cuál es?
—Superficial y tópico, ya se lo he dicho. A lo peor la tierra no da para más.
—Eso no lo sabemos, don Juan.
—Lleva usted razón: no lo sabemos. No sabemos cuánta gente lee en Almagro ni qué. Pero, si ni en Almagro ni por aquí cerca hay librerías que merezcan tal nombre, será por algo.
—Hay librerías en internet. Los almagreños compran ahí los libros.
—Probablemente. El servicio de las grandes librerías de internet será perjudicial para los libreros tradicionales; para el lector común es una maravilla: te traen cualquier libro en un momento.
—Cuándo se queden solos, veremos.
—Mientras eso llega, el único inconveniente que le nota el normal aficionado a los libros es no poder mirar, tocar ni probar el género.
—No es poco.
—Pasa con todos los artículos: el libro es ya un producto industrial como los zapatos o las corbatas. Antes era también la principal vía de acceso a la cultura: no sé si continúa siéndolo.
—¿Qué es la cultura, don Juan?
—La palabra cultura es polisémica. Significa cosas sustancialmente distintas si la miramos desde el punto de vista de la historia, de la antropología, de la sociología…, sin meternos en honduras y para lo que vamos diciendo, cultura es el cultivo intelectual de los seres humanos; como en cualquier cultivo, los frutos dependen del terreno, de las circunstancias, de la dedicación: de ahí que unas personas sean más cultas que otras.
—¿Qué entiende usted por persona culta?
Grosso modo, una persona culta es —era— una persona que lee con provecho. Es también alguien que goza de las artes, aprecia las ciencias, y cuyo comportamiento y actitudes son moral y cívicamente irreprochables.
—¿Todo al mismo nivel? ¿No es usted un tanto elitista?
—Confieso que lo segundo es más importante que lo primero. No obstante, lo ideal es que vayan juntos. Si a eso le llamamos elitismo...
Vengo a casa rumiando. Me quedan dudas abundantes. Habrá que tratar el asunto más despacio.


domingo, 5 de noviembre de 2017

Calendarios, revoluciones, libros

Hay días en que la tertulia —por obediencia a la actualidad o por la enjundia del asunto— parece traer un propósito visible: con las divagaciones y titubeos inevitables, la conversación discurre más o menos derecha. Otras veces —lo habré dicho ya— los temas se entrelazan caprichosos, se dispersan, se olvidan, reaparecen… y me veo negro para levantar acta. Hoy, por ejemplo:
—La semana que entra —dice don Juan— se cumple un siglo de la Revolución de Octubre…
—¿En noviembre?
—Cosas del calendario. En esta parte del mundo el primer calendario moderno y científico lo implantó Julio César el año 45 antes de Cristo. A César viajar a Egipto le proporcionó, además de un affaire —y un hijo, según dicen— con Cleopatra, los fundamentos para reformar el calendario. De todas formas, el calendario juliano no era perfecto: a finales del siglo XVI llevaba diez días de retraso. Lo afinó más el papa Gregorio XIII, adelantó esos diez días —santa Teresa murió el 4 de octubre de 1582; la enterraron al día siguiente, 15 de octubre— y, con ligeros ajustes, es el calendario que usamos aún. Pero un calendario papista no se aceptó fácilmente en los países protestantes ni en los ortodoxos: el 25 de octubre ruso de 1917 era en Occidente el 7 de noviembre. Todavía, por lo menos en lo religioso, los ortodoxos perseveran: este año celebrarán la Navidad cuando aquí hayan pasado los Reyes.
—Eso lo sabe todo el mundo, don Juan —interviene un culto—. Continúe usted con la Revolución, por favor.
—Lo que iba a decir de la Revolución también lo sabe todo el mundo: que es uno de los mayores chascos de la historia, un callejón sin salida del que no está siendo fácil salir.
—Hombre, no es lo que opinan bastantes…
—A estas alturas, cualquiera sabe que los diez días que estremecieron al mundo desembocaron muy pronto en una dictadura feroz, trajeron el imperialismo soviético, provocaron a la larga muchos millones de muertos, el Gulag, el Holodomor… y condicionaron el futuro de tal manera que muchos países de la órbita soviética padecen lastres pesadísimos.
—Hubo también héroes.
—Esa es una paradoja irritante —reconoce don Juan— que pone en relación al comunismo con otras religiones.
—¿El comunismo es un religión?
—Como el cristianismo, por ejemplo. Se diferencia del cristianismo en que promete el paraíso en la tierra, no en el cielo. Y tanto el comunismo como el cristianismo han producido héroes de la entereza, de la abnegación, del desprendimiento, de la solidaridad… Héroes equivocados —y una pizca fanáticos en cuanto a la certeza de sus dogmas—, pero héroes al fin.
—Y liberó al proletariado de la opresión.
—Por poco tiempo; el proletariado comenzó a padecer enseguida una opresión igual o mayor: la del Partido —con mayúsculas, claro: se había quedado solo— y su nomenklatura. Curiosamente, los únicos efectos positivos del comunismo se sintieron fuera de los países comunistas: los partidos socialistas quedaron vacunados contra toda veleidad revolucionaria —se convirtieron en socialdemócratas—, y las oligarquías de Occidente, por miedo, se dieron cuenta de que era preciso ceder y acordar. En cierto modo, eso que llamamos Estado del Bienestar es una consecuencia indirecta de la Revolución Soviética. Acaso ahí resida la causa de que al desaparecer la amenaza comunista las oligarquías capitalistas hayan vuelto por sus fueros.
—Luego es necesaria otra revolución.
—Que la hagan en otro sitio —ironiza el escéptico.
—Los partidos socialistas tardaron en vacunarse.
—Sí. La épica de la Revolución Soviética siguió —sigue, quizás anacrónicamente— atrayendo. Aquí en España, por ejemplo, la Revolución de Octubre del 34, sobre todo en Asturias, tuvo tintes claramente soviéticos. Lo cuenta muy bien —y en muy pocas palabras: dos méritos— Ángel Luis López Villaverde, paisano de ustedes que publicó hace poco un libro estupendo.
—¿Por qué no nos habla de él?
—Porque sobrepasa con mucho los límites de la tertulia: comentamos libros que se refieren a nuestro territorio, o libros de poesía, que ha sido siempre cosa de pocos. Pero les recomiendo con entusiasmo que lean este: alta divulgación, muy bien organizada, clara, y en una lengua sencilla y elegante que tiene escaso parentesco con el latín farragoso y árido de tantos historiadores, y no quiero señalar. Tan solo echo de menos en él un índice alfabético que facilitara las consultas.
—La Revolución del 34 fracasó —alguien vuelve al hilo.
—Vista desde hoy era una locura. Sin embargo quizá nos deje alguna lección: el gobierno de entonces abusó de la victoria —sangrienta—; metió en la cárcel a muchos —a Azaña, a Companys—; y uno de los cementos que fraguaron el Frente Popular fue el deseo de amnistía. ¡A ver si va a pasar algo parecido el 21 de diciembre…!

(Ángel Luis López Villaverde. La Segunda República (1931-1936). Sílex. Madrid. 2017. Veinte euros)

(John Reed. Diez días que estremecieron el mundo. Akal. Madrid. 2004. Once euros)


domingo, 29 de octubre de 2017

AVE por Tomelloso

Ayer, día espléndido para las gentes de ciudad, pésimo para los que viven del campo, don Juan nos convidó a comer en Navaltizón: celebramos que ha cumplido setenta y ocho años, y sigue lúcido y firme. Ojalá le dure.
Hablamos del tiempo —del mal tiempo: que no llueve, que no ha empezado la simienza, que el guindo del patio tiene brotes nuevos y los rosales rosas—, de la semana de poesía —a don Juan le gustó mucho Francisco Caro, pero eso lo esperaba; le sorprendió Constantino Molina: ya ha comprado sus libros—, y de Cataluña, esa tristeza.
Navaltizón está cerca de Tomelloso, mucho más cerca que de Barcelona. Quizá por eso, en lo más alto de la querella catalana, un amigo suelta inopinadamente:
—¡AVE por Tomelloso!
La sorpresa trae un silencio estupefacto: acaso el amigo se haya pasado de copas. Don Juan viene en su ayuda:
—Lleva usted razón —el amigo sonríe agradecido—. Hace diez o doce años, Tomelloso padeció una epidemia que se parecía mucho al nacionalismo. Gracias a Dios, las epidemias remiten; sin embargo, el patógeno puede andar agazapado por ahí en cualquier reservorio insospechado.
—Hable claro, por favor —implora alguien.
—Hubo un tiempo en que los tomelloseros —laboriosos, emprendedores, inteligentes, sobrios— se veían mejores que los vecinos —gandules, flojos, torpes, derrochadores—; maltratados y esquilmados por estos; humillados por las autoridades regionales y nacionales; vendidos por los políticos del pueblo —puelo, decían ellos—. Revestidos de santa ira, reaccionaron: hubo manifestaciones a las que acudieron los niños de teta y los viejos decrépitos; los balcones se llenaron de esteladas —“¡AVE por Tomelloso!”—; el alma popular cristalizó en Plataforma cátara —ANC variopinta en donde confluían no pocos intereses espurios y bastantes egos desmesurados—; en las escuelas se adoctrinó a los niños; quien no sucumbió a la fiebre patriótica quedó tachado de traidor o pusilánime; se practicaron escraches tumultuarios; oímos estruendo de cacerolas aporreadas con brío; los partidos oscilaban entre el anhelo de capitalizar el movimiento y el miedo a ser arrollados por él; de la prensa no es preciso hablar… Tomelloso fue el ombligo del mundo; todo estaba permitido, todo se podría conseguir sin más coste que el de formar bajo la sacrosanta bandera del puelo; el futuro jubiloso, la tierra que mana leche y miel, brillaban al alcance de la mano… Hasta se inventaron sus particulares països catalans: “Tomelloso y su comarca”, proclamaban, tal vez al tuntún… Afortunadamente aquellos desatinos se han olvidado.
—¿Es lo mismo Cataluña que Tomelloso? ¿No hay diferencias?
—Entre los tomelloseros y los catalanes tomados de uno en uno, no: todos los seres humanos somos iguales, todos sufrimos enfermedades contagiosas. Entre los ciudadanos de Cataluña y los de Tomelloso, es decir, entre Cataluña y Tomelloso en tanto que sujetos políticos, sí: baste mencionar el frustrado Estatuto de 2006. ¿Se acuerdan de cómo jugó el Partido Popular con una cosa tan seria? ¿Se acuerdan de las recogidas de firmas —cinco mil en esta provincia de ustedes—? ¿Se acuerdan de los manejos en el Tribunal Constitucional?
—No eran firmas contra el Estatut, eran firmas contra Zapatero, don Juan.
—En realidad pretendían matar dos pájaros de un tiro: a Zapatero consiguieron derribarlo —aunque él colaborara, y no poco, con la ceguera ante la crisis— y desprestigiarlo hasta la caricatura; por lo que respecta a Cataluña, al menos desde 2006 y hasta ayer mismo, el Partido Popular ha sembrado vientos y ahora entre todos recogemos tempestades: aquella actitud les reportó beneficios electorales a corto plazo, pero hoy sabemos que Zapatero entendía mucho mejor el curso de la Historia —con mayúscula, sí— que Rajoy.
—El Partido Popular es el garante de la unidad de España —sentencia el conservador.
—¡Quién lo diría! —murmura alguien.
—Muchos lo piensan y lo dicen —corrige don Juan—, por absurdo que sea. Nunca ha estado tan en riesgo la unidad de España: nadie culpa de ello al Partido Popular.
—Porque la culpa es de Puigdemont.
Don Juan matiza:
—No solo por eso. El Partido Popular funciona de hecho como Partido Nacionalista Español. Igual que todos los partidos nacionalistas, se apropia de la patria y, según le convenga, la usa de escudo o de lanza. Los demás partidos españoles, a saber por qué, reconocen implícitamente este derecho: cuando el PP está en la oposición le toleran los más zafios e insolente dislates —que le pregunten al pobre Zapatero—; cuando está en el poder, lo arropan siempre en los asuntos de estado, amplia capa que todo lo tapa. ¿Imaginan ustedes como se comportarían los gerifaltes del PP de estar hoy en la oposición?
Nos lo imaginamos perfectamente. Y casi nos da miedo, porque nadie aprende.

domingo, 22 de octubre de 2017

'El tiempo hermoso'

A don Juan no se le ocurre comprar jamás esa yunta redundante que forman La Razón de Marhuenda y La Tribuna de Méndez Pozo: “Si vienen envueltas en bolsa de plástico por algo será”, dice socarrón. Pero en los bares —atenuada la toxicidad por el uso y la exposición al aire— les echa un vistazo de vez en cuando: los baristas de Almagro no compran otros periódicos, acaso porque desprecien la capacidad intelectual de los clientes o porque la suya no dé para más.
—Porque son baratos, don Juan.
—Pues añada mezquindad a lo dicho.
El caso es que esta tarde cuando llegamos al Marqués está ojeando La Tribuna del jueves pasado; cierra el periódico y, antes del saludo, nos señala con el dedo la contraportada:
—Lean ustedes este libro.
—¿Cuál?
—El de Pedro Pablo Novillo que presentaron la otra tarde en Ciudad Real.
—¿Lo ha leído usted?
—De un tirón. Es emocionante e insidioso; polisémico, muy bien escrito. Un objeto literario de primer nivel.
—Cuéntenos.
—Me acerqué al libro con reservas. Aparenta ser muestrario de estampas empalagosas sobre la vida de hace sesenta años, o de batallitas autocomplacientes de un viejo que empieza a chochear: cosas que ya hemos visto. De modo que no lo hubiera leído de no ser porque frecuento el blog del autor y porque lo edita Almud.
—¿Cómo esquiva Novillo esos riesgos? —pregunta uno que lee.
—Aparte de la ñoñería y la autocomplacencia, el riesgo más evidente es la dificultad de aportar algo original en un terreno tan transitado. Creo que Novillo salva las dificultades gracias a la literatura. Quiero decir que en el contenido del libro no hay nada extraordinario, nada que no sepamos quienes nacimos antes del Plan de Estabilización…
—¿Plan de Estabilización?
—El Plan de Estabilización de 1959 marca una frontera vital decisiva: los que nacimos antes conocimos un mundo rural que había durado siglos; los que nacieron inmediatamente después ya no lo vieron porque aquel mundo colapsó en menos de diez años. Pero tal cosa, a nuestros efectos, carece de importancia: importa la literatura. Y la literatura es creación: el escritor de genio, aprovechando materiales comunes y manejándolos adecuadamente, fabrica mundos que no existían. Eso es lo que hace Novillo: crear, no recrear; y por eso el libro no es una evocación, ni unas memorias, ni una colección de estampas costumbristas, aunque algunos lo hayan visto así, y los que somos viejos y de pueblo podamos leerlo también así.
—Explíquenos cómo lo hace.
—Por procedimientos literarios, ya se lo he dicho. Dos muy importantes: el punto de vista y el lenguaje. Lo común en el caso de las estampas costumbristas es que el narrador sea un observador satisfecho y cómplice, como el narrador de las malas novelas; aquí, en cambio, el punto de vista es múltiple: por un lado el niño cuyo mundo era hermoso; por otro el adulto que evoca al niño que fue y al mundo en que vivió con los ojos de lo que sabe ahora; más los personajes secundarios, cada uno con su punto de vista fruto de una particular peripecia vital; y, por último, un tú —o un vosotros: el lector en general, ¿ciertos lectores en particular?— que no es meramente retórico porque de él se espera que opine, que complete o refute lo contado. El diálogo, el contraste de pareceres, las coincidencias y contradicciones entre unos y otros, dotan al libro de relieve y  profundidad e impiden al lector cualquier amago de idealización ahistórica.
—¿Y el lenguaje?
—Además de los distintos puntos de vista, el valor del libro viene del lenguaje; no solo del lenguaje como herramienta —el libro está muy bien escrito: otro día lo podremos comentar—, sino del lenguaje como materia y tema. El mundo que levanta Novillo —y de esto quizás también hablemos otro día— no está hecho de cosas ni de personas: está hecho de palabras; su originalidad —y carga subversiva— reside en contraponer las palabras del niño con las palabras del lector de hoy. Mostrarnos, como si dijéramos, el absurdo de una Autovía de los Viñedos en una tierra donde no hay ni un solo viñedo: hay viñas, muchas viñas.
Alguno enarca las cejas desconcertado. Otro pregunta:
—¿No le pone ningún pero?
—Casi ninguno: una olla que debería ser hoya (página 72); una palabra, aunque grave y distinguida, de acentuación aguda (página 21); y dos o tres caídas en el lenguaje formulario más ramplón de la juventud de hoy a cuenta del adjetivo especial. Es decir, que ojalá Novillo sucumba a la tentación de pasarse a ese territorio, en principio más fértil, de la ficción pura (página 57).
Me quedo con ganas de más, pero estoy contento: no hemos hablado del dichoso 155.

(Pedro Pablo Novillo Cicuéndez. El tiempo hermoso. Almud Ediciones de Castilla-La Mancha. Toledo. 2017. Quince euros)

domingo, 15 de octubre de 2017

Recular ante el abismo

—Como a un enfermo grave postrado en la cama miramos a España —exagera alguien.
—¿Tanto?
—Al menos como a un convaleciente todavía débil.
—Eso está mejor —concede don Juan.
—Lo que quiero decir —matiza el amigo— es que, parados alrededor, estamos ansiosos de cualquier indicio que señale mejoría, y temblamos ante los que muestran empeoramiento. Por eso, la pregunta de este otoño es siempre la misma: “¿Cómo anda?”.
A propósito del discurso de Rajoy don Juan ha hojeado estos días los diarios de Azaña. En la entrada del 14 de julio del 31 —apertura de las Cortes Constituyentes— Azaña comenta el estilo oratorio de Alcalá Zamora: “Sobre todo son temibles sus imágenes. Las dilata, las desarrolla, las esquilma. Cuando salen el hacha, el cincel, la escultura, etcétera, no las suelta”. Quizá vacunado, don Juan no quiere seguir por ahí.
—¿Cómo lo ven ustedes? —pregunta.
Hay división de opiniones; la tertulia deriva en guirigay: España resumida entre las cuatro paredes del Marqués. Uno sentencia:
—A veces hay que asomarse al abismo antes de recular.
Las imágenes del abismo y el vértigo están muy percudidas, pero don Juan transige:
—Lleva usted razón. Todos han reculado, y eso es bueno.
—Puigdemont no ha reculado —interviene el conservador—: ha diferido el desafío. E Iglesias continúa a lo suyo.
—Otro día hablaremos de Iglesias. Baste decir hoy que su retórica es rancia, tramposa, ensimismada, y que miente con desparpajo digno de las viejas glorias del Partido Popular: Rajoy es presidente del gobierno gracias a los errores tácticos que el propio Iglesias cometió en la legislatura corta, cuando él y sus secuaces se comportaban como adolescentes malcriados —ahora, ¿en qué sillón bescansa Carolina? ¿en cuál su nene?—. De aquellos errores infantiles Podemos no alcanzará a recuperarse nunca…
—Don Juan, que a Iglesias lo íbamos a dejar para otro día.
—Dejémoslo, sí. Lo de Puigdemont será un galimatías jurídico y un formidable vivero de chascarrillos más o menos graciosos. Pero a mí me parece que estaba ofreciendo una tregua, pidiendo que le ayudemos a rectificar. Rajoy —¡por fin!— lo entendió así, creo: hizo un buen discurso en el Congreso, se avino a reformar la Constitución; y el PSOE ha recuperado el papel de partido central en la democracia española… Además, el 12 de octubre no ocurrió nada extraordinario: una semana mejor de lo temido.
—¿Qué podíamos temer?
—Que perseveraran en sus paranoias Rajoy y Puigdemont. Rajoy, además de equivocarse gravísimamente el primero de octubre, se viene equivocando respecto a Cataluña desde los tiempos de su bisabuelo; Puigdemont también se equivoca respecto a España desde los tiempos de su bisabuelo. Acaso se hayan dado cuenta.
—Explíquenos eso.
—Digo Rajoy y Puigdemont, pero es una manera de hablar: me refiero a sus partidos y a los grupos sociales que representan. La derecha española —y la izquierda jacobina— no entiende el hecho diferencial catalán y es insensible a la lengua, la cultura y la historia catalanas: creen que Cataluña es y puede tratarse como se trata a Venta de Baños o a la Puebla del Príncipe. Tanta ignorancia les ha llevado a cometer numerosas imprudencias, que se han agravado por su afán miope de obtener réditos políticos inmediatos a costa de agraviar a los catalanes. Por su parte, muchos catalanistas desprecian España porque la consideran una construcción flaca y huera; y a los españoles, brutos, incultos y atrasados. Tanta ignorancia, les ha impedido ver que España es una democracia como las mejores del mundo y una entidad política, cultural e histórica sólida y estable. Confío en que ambos se hayan caído del caballo. Ojalá, como dice usted, llegar al borde del abismo los haya vuelto lúcidos o, si no tanto, sensatamente egoístas.
—¿Egoísmo sensato?
—El egoísmo sensato es una de las mayores virtudes que puede alcanzar el ser humano, porque es siempre la opción más inteligente: ofender al otro sin necesidad es estúpido. Hoy es obvio que Cataluña está mejor dentro de España que afuera; es también obvio que una España amputada de Cataluña estaría peor. Por otra parte, el catalanismo constituye un hecho contundente e innegable; y la solidez de las estructuras políticas españolas lo mismo: negar las evidencias —nos sean dulces o amargas— es gran estupidez…
—Luego…
—Luego habrá que llegar a acuerdos que dejarán insatisfechos a los bobos, pero que serán buenos para todos los demás. De paso, si fuera posible, hagamos una reforma de la Constitución que le alargue la vida otros cuarenta años. Y en 2060 ya verán lo que hacen quienes anden por aquí.
Pienso entre mí que es mucho pedir. Sin embargo... Dios quiera que en el aniversario de la muerte de Companys y del entierro de santa Teresa se nos bajen los humos a todos.


domingo, 8 de octubre de 2017

Francisco Caro

—Parece que no cejan las banderas…
—Ceje usted: abandone ese camino, que nos merecemos un descanso. Ya habrá tiempo la semana entrante de comentar lo que pase el martes y, sobre todo, lo que pase el jueves —corta don Juan.
—¿El jueves?
—Aunque bastantes lo desconozcan, el jueves es la Fiesta Nacional. No pocos catalanes trabajarán ese día esforzadamente solo por darles a roer cebolla a los españoles. Estoy deseando ver si Rajoy manda que la policía cierre aulas, tiendas, oficinas, talleres o fábricas como la mandó a cerrar centros electorales. Pero hoy hablaremos de poesía.
Me alegro. Un amigo pregunta:
—¿Los versos de Manolita Espinosa que han borrado del silo?
Don Juan arquea las cejas: no lo sabía. Nosotros sabemos que los han borrado: ignoramos por qué.
—Habrá que enterarse —pone tarea don Juan mientras saca del bolsillo de la chaqueta, y nos enseña, un libro pequeño, blanco, sobrio, de apariencia impecable—. Locus poetarum, Francisco Caro: ¿lo conocen?
Algunos asienten sin excesiva convicción; otros callamos.
—Francisco Caro, de Piedrabuena, estuvo aquí en la pasada semana de poesía, incluido en la jarca de poetas oretanos. Aunque lo tenía difícil por el tema y por la multitud, destacó claramente: fino sentido del humor, elegante autoironía, amplio caudal de lecturas, buena técnica y buena voz… ¿Lo recuerdan?
Algunos asienten sin excesiva convicción; otros callamos. Un alma caritativa nos saca del apuro:
—¿De qué trata?
—De poesía: poemas sobre poesía. Si frecuentan el blog de Caro sabrán de qué hablo y se notarán inmediatamente en sitio conocido. El libro se nos aparece bajo la forma de curso escolar, con examen de ingreso y todo, en el Locus Poetarum, o sea, en la academia de los poetas, cuyo Maestro —con mayúscula— ilustra, guía, da consejos al neófito y le recomienda lecturas; naturalmente, una vez superada la prueba de ingreso, el curso se reparte en trimestres. Los poemas son el resultado —y la muestra: los testigos— de los aprendizajes y lecturas del aprendiz de poeta.
—Ingenioso artificio.
—Y metáfora muy eficaz. El oficio de poeta se aprende; y las vías de aprendizaje son dos: la lectura constante, reflexiva y variada, y las indicaciones de quienes saben más. O sea, organizando así el libro, Caro nos da una lección de propia humildad y, de paso, alecciona —quizás sin pretenderlo— a un gran número de poetas jóvenes que creen serlo —y enseguida son: poetas sedicentes— sin necesidad de lecturas ni otro tipo de adiestramientos.
—¿Qué aprende Caro en el curso?
—Muchas cosas. Algunas ya sabidas desde antiguo, pero que todo poeta ha de aprehender e interiorizar carnalmente como dogmas de una religión. Por ejemplo: que la poesía es una enfermedad contagiosa e incurable, incluso un vicio adictivo; que poesía y poema no se confunden, pero que no puede haber poesía sin buen poema; que las palabras son los materiales de construcción del poema, aunque el proceso de construcción es mucho más que el mero amontonamiento de palabras; que el poeta es un topo que excava túneles para llevar la luz donde la luz no llega; que la poesía es la antítesis de lo utilitario y, sin embargo, es imprescindible…
—¿Y a quién lee?
—A muchos y muy buenos: Cernuda, Huidobro, Bécquer, Esenin, Goytisolo. Elytis, Quevedo, Girondo Valente… solo en el primer trimestre; en el segundo a Colinas, González, Lorca, Sexton, Cirlot, Juan Ramón Jiménez, Pizarnik, Adonis, Rubén Darío; y en el tercero a Stevens, Panero, Auden, Pessoa, Rilke, Vallejo, Crespo, Ungaretti, Pavesse, Mayakovski… No sé si me dejo alguno.
—¿Qué es lo que más le ha gustado?
—Casi todo. Lo primero, que el aprendiz de poeta ha seguido el curso con notable aprovechamiento y el resultado —el libro— es coherente con lo aprendido: versos de línea clara extremadamente cuidados y trabajados, elaboradísimos, en los que se evidencia que el poema es el resultado de un proceso largo de destilación, de ascesis, donde lo que hay es imprescindible porque se ha prescindido de todo lo superfluo. Lo segundo, la técnica: el dominio impecable de una multitud de recursos, que en ocasiones se disimulan coquetamente —véanse las décimas dedicadas a Bécquer y a Lorca, que lo son y muy buenas—. También la interpretación, recreación o actualización de los poetas leídos; y algunos poemas memorables —o sea, memorizables y recordables—, de entre los que destaco ahora cuatro: el de la prueba de ingreso —“La fragua de Ángel”—, uno del primer trimestre —“Arroyo”—, otro del segundo —“Parábola”— y otro del tercero —“La casa del poema”—. Buenos escudos contra la tristeza que nos cerca.
Francisco Caro: nuevo en la nómina de poetas tutelares de la tertulia. La ensancha y engrandece.

(Francisco Caro. Locus poetarum. Polibea. Madrid. 2017. Nueve euros y medio.)


domingo, 1 de octubre de 2017

Banderas

Temprano don Juan y yo hemos salido a dar un paseo. La mañana estaba fresca, el cielo bajo y gris, las calles, vacías; por el campo, ciclistas —equipados para el Tour—, servidores de perros y atletas esforzados. Nosotros, parsimoniosamente, hablando de banalidades. Ya algo tarde para la costumbre, el sol queriendo salir de entre las nubes, llegamos a la plaza, compramos el periódico —estallido rojigualda cuatribarrado o bibarrado—, desayunamos en un bar.
—¿Se ha fijado usted en las banderas? —pregunta don Juan.
—Claro. La portada está llena.
—Digo en las del pueblo.
—También. No hay demasiadas.
—Dos o tres docenas he contado. Menos cuatro o cinco, todas tienen una cosa en común: son de estreno, recién sacadas de la bolsa, flamantes, con los pliegues bien marcados.
—¿Qué importa eso?
—Claro que importa. Al contrario de lo que pasa en otros sitios —en todos los países de América, en Portugal mismo— en España no hay costumbre de exhibir la bandera nacional.
—Probablemente porque no tenemos bandera nacional —interrumpo.
—En efecto: carecemos de bandera nacional o el consenso sobre ella dista de ser unánime. Pero, al menos hoy, las que hemos visto son constitucionales.
—Una tenía el toro de Osborne —interrumpo de nuevo.
—Y cruzado por un letrero de Made in Spain: ¿ironía o bendito desconocimiento? Sin embargo, para lo que le iba a decir, eso es secundario.
—¿Qué me iba a decir?
—Que si unos cuantos ciudadanos, sin haberlo hecho antes, se han tomado la molestia de ir a los chinos a comprar una bandera y la han colgado en el balcón, por algo será. Y que si estos mismos ciudadanos —o sea, veinticinco o treinta— se juntaron ayer en la plaza para decirnos a los demás que ellos son españoles españoles españoles, también será por algo.
—Por lo de Cataluña, hombre.
—No solo por eso. En Almagro habrá unas ocho mil personas adultas y conscientes que se sientan españoles de manera natural y que crean superfluo salir a manifestarlo. Otros, en cambio, ahora lo consideran imprescindible. Dejando aparte el instinto de imitación, muy poderoso en una especie rebañega como la humana, cuando alguien se apresta a resaltar y defender lo obvio puede ser por dos razones: o porque duda de que los demás lo vean tan obvio o porque los demás son herejes o tibios a los que se debe corregir. En ambos casos la defensa encierra ciertas dosis de agresividad.
—No exagere usted. Estas banderas cuelgan pacíficamente de los balcones y quienes las han colgado son ciudadanos ejemplares.
—Quizá. Igual que los que cuelgan esteladas o quienes, en un partido de fútbol, hacen ondear otras: pacíficos en apariencia, pero más o menos dispuestos a liarse a mamporros con quien sea preciso para afirmar la propia identidad e imponerla a los remisos. La eclosión de banderas en Almagro, aunque mínima, me inquieta por eso.
—¿Por qué?
—Cataluña está lejos; el patriotismo exhibido aquí poco ha de influir en el exhibido allí; luego los que aquí han sacado banderas acaso estén, por un lado, voceando su apoyo a un cierto partido político y, por otro, reprochándonos a los demás nuestra deficiente españolía. Ninguna de las dos cosas me agrada demasiado.
—No tiene importancia.
—Sí tiene importancia: otra división más. Españoles fervientes y españoles tibios: de eso iban las mociones que presentaron el PP y AECA en el pleno del ayuntamiento el otro día.
No sé qué decir. Un tanto alicaídos nos despedimos. Esta tarde los amigos, inevitablemente, le preguntan a don Juan por Cataluña.
—El Partido Popular siempre ha manejado este asunto pro domo sua. Ahora no ha sabido ver que la situación es sustancialmente distinta: ha cometido innumerables errores. El más importante tratar como referéndum ilegal —repitiendo machaconamente lo de referéndum estaban aceptando que lo era— algo que no pasaba de performance. Y han matado moscas a cañonazos, y han hecho el ridículo ante el mundo, y han multiplicado el número de separatistas, y a muchos españoles nos han decepcionado otra vez… Es decir, han reunido copiosamente todos los inconvenientes de haber aplicado el artículo 155 de la Constitución —ganarse el título de represores, el principal— sin ninguna de sus ventajas. Un desastre.
—Los catalanes no han ayudado —dice el conservador.
—Se podía prever y no se ha previsto: se han hundido puentes y se ha conseguido reforzar en las gentes de cada bando que el malo es el otro.
—Algo habrá que hacer, dijo usted el otro día.
—Sí, pero ignoro qué.
Nadie lo sabe, pienso entre mí: qué tristeza.

domingo, 24 de septiembre de 2017

Cuando las Cortes de Cádiz

A don Juan no le gustan los héroes imbuidos de indiscutible y fatal heroicidad; tampoco le gustan las personas que alaban constantemente sus propios méritos y se amohínan cuando los demás no los reconocen como debieran. De la heroicidad de los primeros piensa que quizá no ande demasiado lejos de la villanía; de la jactancia de los segundos, que no estarán tan seguros de sus logros si necesitan constantemente el reconocimiento ajeno. Menos, claro está, le gustan los ventajistas héroes teatrales; es decir, los que arriesgando lo mínimo posible procuran el máximo provecho apuntándose con entusiasmo a cualquier causa que consideren ganadora: si ganan efectivamente, no dejarán de proclamarlo a tambor batiente; si pierden, pronto encontrarán un empedrado al que echarle la culpa. Tampoco profesa ninguna simpatía a los que, desde la comodidad de su sillón, hallan para todo hipotéticas soluciones heroicas, eficaces como la purga de Benito: “Si me dejaran a mí, esto lo arreglaba yo…”
—Don Juan, que nosotros somos de esos —previene alguien con retintín.
—No, querido amigo. Nosotros procuramos pensar antes de hablar y no decir demasiadas tonterías. Además, ni vendemos panaceas ni queremos discípulos.
—Pues anda… —lamenta alguien por lo bajo.
Don Juan, que quizá haya oído, prosigue:
—Esto nuestro es un entretenimiento inocente que, como mucho, será tal vez gimnasia mental y que en todo caso nos dará un pretexto —innecesario, por otra parte— para beber vino en compañía: actividad placentera que no hace daño a nadie.
—Entonces, ¿a qué viene el exordio?
—A que vivimos tiempos confusos: convendría poner jalones que nos evitaran extraviarnos por terrenos peligrosos o demorarnos en otros que carecen de interés.
—Aterrice usted un poco; pónganos ejemplos, por favor.
—Detengámonos en la cuestión catalana, bonal traicionero donde los haya. Rajoy y Puigdemont son buenos prototipos de héroes ventajistas; Rajoy porque lleva años manejando este asunto con miras exclusivamente partidarias y personales; Puigdemont, porque él y su partido juegan a ganarlo todo: nada les queda por perder que no den por perdido. O sea: lo malo para España —signifique la palabra lo que signifique— es que Puigdemont tiene mucho que ganar y poco que perder, mientras que Rajoy, a la mínima equivocación, nos hará perder mucho: daría risa que los paladines de la unidad de España fueran los causantes de su partición.
—Ya estamos perdiendo, en realidad —apunta un sensato.
—Lo veíamos venir, don Juan —corrobora otro.
—Ellos también. Luego está la gente común: por razones diversas que datan de antiguo, hay un poso de incomprensión entre muchos catalanes y muchos españoles. Rajoy y Puigdemont, como sus antecesores, han removido ese poso cuando les ha convenido; no son pocos los ciudadanos que se han alineado ahora marcialmente en cada bando, aunque sea de boquilla y teatralmente: ¿podríamos pedirles sosiego y racionalidad?
—Es difícil ir contracorriente.
—Claro. Y más si otros ciudadanos con capacidad de influencia, pero sin responsabilidad, les ofrecen salidas sencillas y limpias.
—¿Quiénes?
—Bastantes periodistas, por ejemplo, ignorantes e irresponsables. Y algunos partidos, pescadores a río revuelto.
—Díganos uno.
—Podemos, por supuesto: nada y guarda la ropa; y ofrece soluciones beatíficas que serían estupendas si el mundo estuviera habitado por ángeles. De paso, da la oportunidad a ciertos revolucionarios de salón de sentirse héroes por un rato.
—¿Qué se puede hacer?
—Rezar si saben —dice con sarcasmo—. Si, como yo, confían poco o nada en lo sobrenatural, armarse de paciencia y esperar que a nadie se le vaya la mano.
—Eso es echar balones fuera.
—Lo mejor que se puede hacer si no se sabe jugar la pelota. Coscubiela, uno de los raros que ha estado a la altura de los tiempos, dijo que antes del primero de octubre poco se puede hacer, pero que después habrá que hacer algo.
—¿Qué?
—Por ahora, respetar la ley; cuanto antes, ponerla al servicio de los ciudadanos. Lo que han hecho el gobierno y el parlamento de Cataluña es ilegítimo y antidemocrático, pero responde al sentir de una buena parte de los catalanes —no sabemos cuántos—, que tienen derecho a que se les considere y atienda: Se hizo el sábado para el hombre, no el hombre para el sábado, dijo Nuestro Señor Jesucristo.
—Sí, pero él hacía milagros; mientras que nuestros dirigentes...
—Podemos pedirles que aspiren a convertirse en estadistas… Hoy se cumplen doscientos siete años de las Cortes de Cádiz. En circunstancias mucho peores que estas, unas decenas de ciudadanos conscientes y responsables se propusieron trabajar por una España mejor: deberíamos tomar ejemplo.
—De poco valió.
—Porque otros ciudadanos, tercos y brutos, estaban empeñados en arreglar las cosas a garrotazos. La garrota —y el garrote tiene aquí gran prestigio como arma de convicción masiva.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Xenofobia y (micro)fascismo

Aunque está de vendimia —la cuadrilla de rumanos a pleno rendimiento—, don Juan se ha venido esta mañana para atender aquí alguna obligación familiar cuya naturaleza exacta me es desconocida. No será muy grave; llega a la tertulia el primero y de buen humor: la vendimia es la cosecha más alegre del año, tal vez porque anticipa las alegrías innumerables del vino, uno de los mejores inventos de la historia humana.
Sin embargo, la conversación, una vez pasados los saludos y bromas iniciales, no es alegre: cae enseguida en el cenagal de Cataluña y, sin salir apenas, se atasca en el pantano de la frustrada moción de censura con su carga de reacciones desabridas e intemperantes. Don Juan observa y calla; cuando la conversación languidece en pesimismos, alguien pretende resumirla estoicamente:
—El ser humano es animal gregario.
Don Juan corrobora, pero matiza:
—Sí: tendemos a agruparnos en rebaños; seguimos ciega y obedientemente al pastor. Siempre —eso sí— que el pastor no descuide sus obligaciones.
—¿Qué quiere decir?
—Lo que sabe todo el mundo: que para mantener al rebaño unido y en orden hay que alabarle sus buenas cualidades y despreciar las malas de los demás rebaños, que siempre nos envidian y desean la ruina.
—Y entonces las ovejas, mansas y obedientes al pastor, se tornan lobos —apostilla alguien.
—El filósofo dijo que somos lobos ya de nacimiento —retruca el culto.
—Lo natural —continúa don Juan— es, desde luego, formar grupos cohesionados hacia adentro y hostiles hacia afuera: en eso nos parecemos a otras especies animales; nos diferenciamos de ellas en que los grupos humanos pueden estar constituidos por millones de individuos, todos a una dispuestos a matar y morir por el grupo y el pastor. Con poco que a los pastores se les vaya la mano…
—¿Cómo se les puede ir la mano?
—Aprovechándose de la naturaleza humana: el Partido Popular ha ganado elecciones excitando el anticatalanismo de los patriotas españoles; el PdeCat o encabeza la independencia o se extingue. En cambio, lo civilizado —es decir, lo contrario de lo natural— es la razón, la templanza, la paz, la concordia, la convicción de que todos los seres humanos son iguales: un camino angosto, áspero, sembrado de abrojos, que a las ovejas les cuesta transitar y por donde los pastores, perezosos o interesados, no quieren llevarlas.
—La mayoría de los ciudadanos sí va por ahí, don Juan —afirma el optimista.
—A veces, pero en cuanto nos descuidamos… En Almagro hay, lo saben, una asociación de mujeres que se llama Rita Lambert. Rita Lambert —otro día hablaremos de ella— es un mito que concita, más o menos difusamente, ciertas ideas de emancipación y empoderamiento femeninos y, por tanto, de igualdad, libertad, justicia, progreso, etcétera. Es decir, desde afuera y sin ánimo de ofender a nadie, da la impresión de que el Colectivo Rita Lambert no es una asociación de amas de casa de las que apacienta Quintanilla.
—¿Adónde va, don Juan?
—El colectivo tiene —faltaría más— grupo de whatsapp; mi hija pertenece al colectivo; mientras comíamos me ha enseñado una conversación del miércoles pasado: alguien renvía un larguísimo texto, mal redactado, explicando cómo los moros saquean nuestro sistema de protección social mientras los pobres españoles sucumben a la indigencia: ¡Hasta la mora de cincuenta años que no sabe leer ni escribir, ni español ni nada de nada vive como una sultana a nuestra costa!
—Una caricatura, don Juan…
—Claro; y el texto, mercancía averiada. Pero solo hay dos personas que respondan, muy bien ambas.
—¿Piensa que las demás son xenófobas? Mi mujer está en el grupo: puedo asegurarle que no lo es.
—Mi hija tampoco —responde don Juan— y, porque no le entren moscas manchadas de pringue, ha mantenido la boca cerrada. Yo sé que los españoles en general son inmunes a los reclamos de la xenofobia; hasta ahora, al menos. Pero también Cataluña constituía una isla de seny en este país de cabreros
—¡Nada que ver! —se ofende uno.
—Quién sabe: los microfascismosmicro porque aún son chicos: ojalá no lleguen a grandes— abundan; anidan en personas que quizá no sean conscientes de ellos. Y a las patrias las carga el diablo. Yo tenía en el corazón una libélula como otros tienen una patria, dice el poeta. Quizá tener la patria en el corazón no esté mal del todo; tenerla en vísceras menos nobles es nefasto: la patria, en la cabeza si es posible. Si no, en el bolsillo.
Y nos deja rumiando el enigma. 
  

domingo, 10 de septiembre de 2017

Luces y sombras

La tarde del viernes fuimos a ver las pinturas del silo, que se inauguraban o presentaban a la noche. Andando por la calle de Lepanto, don Juan me llama la atención sobre un letrero en el que pocos se fijarán. Lo señala con la mano, pero mis ojos no están para agudezas; los suyos sí.
Temblores de verdades, un verso de Manolita Espinosa.
—¿Lo ve usted?
—Gracias a Dios. Pertenece a un poema sobre el Corral de Comedias, de metro y rima curiosos, pero no malo. En la pared opuesta está el verso que le sigue, aunque le falta una coma, a mi entender, pertinente.
Evito entrar en detalles técnicos que acaso iniciaran una minuciosa disertación de la que sacaría poco en claro; prefiero atajar: hago la pregunta de los legos.
—¿Qué significa?
Amaga una sonrisilla condescendiente.
—En el poema de Espinosa habla el Corral; dice, si no estoy equivocado, que él esconde temblores de verdades que no pasan y que tienen ojos.
—¿Tienen ojos las verdades?
La sonrisilla ya no es amago: ha perdido el diminutivo.
—Quizá quiera decir que en el Corral —en el teatro— palpitan verdades humanas esenciales y eternas que a todos nos miran, o sea, nos atañen y conmueven.
También ahora evito meterme en berenjenales.
—¿Y eso es lo que ha pretendido representar el artista?
—Lo veremos.
Llegamos al Silo; como los peregrinos en la Meca, damos varias vueltas alrededor. Antonio Laguna, artista urbano de notable prestigio, ha pintado en las cuatro paredes de la torre motivos más o menos teatrales a cuenta de la cuadragésima edición del Festival. Me gustan las pinturas, no las entiendo; escarmentado, no pregunto a las claras qué significan.
—¿Qué le parecen?
—Será difícil pintar superficies tan grandes y con tantos escollos; por eso, las más logradas son las dos más limpias, la norte y la sur; la que da al poniente es confusa; y la que mira al saliente carece de unidad y abunda en tópicos. Pero la factura y composición son buenas.
En los alrededores se va congregando gente, porque al acabar la presentación e iluminación de las pinturas habrá concierto; nosotros esperamos paseando; tomamos cerveza en vaso de plástico; vienen autoridades; don Juan saluda a algunas; nos asomamos un ratillo a los discursos; oímos al artista —No es Demóstenes, constata don Juan— explicar la obra; nos retiramos al camino de Daimiel para ver desde lejos las luces. Al cabo de un rato, vuelvo a la carga.
—¿Qué le parecen?
—Habrá quien diga que son luces de prostíbulo.
Don Juan es delicado y optimista; yo estoy seguro de que, en caso de decirlo, lo dirán de otra manera.
—Pero ¿a usted qué le parecen? —insisto.
—A mí, ya se lo dije hace unos meses, la desacralización del silo me parece estupenda. Esta noche, además, han tratado de explicarla. De la iluminación no me atrevo a opinar todavía; creo que tapa las pinturas y que es demasiado efectista, pero le da al edificio cierto aire cosmopolita y moderno que lava toda la mugre del franquismo. Y, cuando haya algo que celebrar o lamentar, podrán iluminarlo a juego, igual que el Empire State o la Torre Eiffel.
Vamos a oscuras, por el otro lado del ferrocarril, camino de la estación, huyendo del concierto: no veo si hay ironía. Al llegar comprueba:
—Y tiene otra virtud: alumbra el edificio, no el cielo.
—Hay pareceres sobre eso.
—Y sobre todo…
—Quiero decir que a algunos no les gusta la nueva iluminación del pueblo: que alumbra poco, que solo se ve la parte baja de los edificios…
—Tal vez, más que pareceres, sean prejuicios genuinamente humanos; los seres humanos somos conservadores y rutinarios: uno se acostumbra a una cosa, llega a creer que ha sido así desde el comienzo del mundo y, si se la cambian, despotrica. Pero hoy la iluminación nocturna ha de ser eficiente, barata y nada más que la precisa, o sea, cumplir su finalidad —alumbrar el camino a los viandantes— pensando en el medio y en los bolsillos del contribuyente.
—¿Y los monumentos?
—Los monumentos de Almagro se concibieron y construyeron en tiempos en que de noche no había otra iluminación que la luna o el farol que llevaran los noctámbulos. Si excepcionalmente algunos días del año hay que iluminarlos como ascuas de luz, bien está; de ordinario la luz que los alumbre también ha de ser respetuosa —con el edificio, con sus habitantes y con el medio—, eficiente y barata. Otra cosa sería ostentación de nuevo rico.
No me atrevo a llevarle la contraria.


domingo, 3 de septiembre de 2017

La vuelta, qué pereza

El pueblo de mi mujer está lejos, las carreteras son malas: hemos llegado a Almagro después de las dos. Entre que descargas, ordenas, comes, recoges, te sacudes la astenia que empuja a pasar la tarde encerrado en casa soñando, deseando con vehemencia pueril, que algún suceso inverosímil —un milagro, una catástrofe— impida acudir mañana al trabajo… aparezco por la tertulia, llevado en brazos de la inercia, muy tarde, ya bien empezada, cumpliendo desganadamente un rito casi tan insulso como el de la oficina. Hacen sitio amablemente, pero no hablan: el saludo es apenas un gesto, una sonrisa, una inclinación de cabeza: están jubilados, para ellos todos los días son iguales, no recuerdan la desazón anual del comienzo, de aterrizar en el suelo tedioso de los días laborables. Tardo un rato en enterarme de la conversación, la mente todavía opacada por el asombro o la sorpresa del recién despertado: hablan del nuevo curso político, esa pejiguera.
—No habrá moción de censura, veréis —opina alguien.
—¿Cómo lo sabes? ¿Tienes algún topo en el Partido Popular? —ironiza otro.
—No sé nada; me pregunto lo que tantas veces se pregunta don Juan: ¿a quién beneficia?
—Hombre: a los que se monten en el borrico y a sus secuaces.
—No a todos —interviene don Juan.
Lo miran interrogantes; le animan a seguir.
—Desde luego no beneficiaría a los almagreños. La gestión de este equipo de gobierno, discutible, imperfecta, con carencias, supera a muchas de equipos anteriores: ¿es razonable abortar abruptamente una trayectoria más o menos exitosa y permanecer semanas o meses empantanados hasta iniciar otra —cuyas características ignoramos— cuando queda poco más de un año para las elecciones?
—¿Y el asfalto, don Juan? Decían que era un pecado imperdonable.
—El asfalto está olvidado: ni era tan grave ni eran tantos los que se oponían. Ahora hasta parece haber más partidarios que detractores. Aquí, despiste frecuente, hemos confundido opinión pública con opinión publicada.
—¿Quién más no ganaría nada?
—El Partido Popular de Almagro. Desalojando a los actuales gobernantes por una cosa tan nimia como el asfaltado descontentaría a los partidarios, y gobernando con AECA metería al enemigo en casa y daría aire al principal rival.
—Explíquenos eso.
—El principal contrincante electoral del Partido Popular no es el Partido Socialista: electorados distintos casi incomunicados. El contendiente del PP es AECA, esa quimera ideológica —extrema derecha adobada con toques demagógicos y populistas— escindida de ellos y que abreva en el mismo sector social: ¿para qué darles poder sabiendo que sin él acabarán diluyéndose y sus votantes volviendo al partido que abandonaron? Los militantes más inteligentes del Partido Popular en Almagro se oponen, por eso, a la moción.
—¿Y si hicieran las paces y Galán encabezara la papeleta del PP en mayo del 19?
A don Juan la pregunta lo pilla desprevenido. Titubea.
—No lo había pensado —confiesa al fin— ni lo creo probable, pero en política… Ahora bien: ¿tendrían tragaderas tan amplias los militantes y votantes del PP, que sufrieron la traición de Galán en 2015?
—Quién sabe —se espanta las moscas el de la pregunta—. Enumere los beneficiarios.
—Galán, desde luego: en ningún momento ha ocultado la intención de llegar al poder ni ha dejado de intrigar para lograrlo. De rebote, quizá también el Partido Socialista, que se presentaría víctima de una oscura maniobra antidemocrática y de un pacto de perdedores, la muletilla perenne de Maldonado.
—Si esto es así, don Juan, ¿a qué cuento vino el comunicado de la directiva provincial del PP anunciando la moción?
—Nadie está libre de hacer el ridículo de vez en cuando. Quizá los dirigentes provinciales, absortos en el ombligo de la capital, desconozcan lo que pasa en los pueblos. Quizá alguien con capacidad de embrollar los metió en este lío sin que se dieran cuenta.
—¿Por qué insiste la prensa, entonces?
—La Tribuna de Méndez Pozo es la única que insiste. Y sabemos de qué pie cojea. Por lo demás, si leen ustedes las informaciones despacio, comprobarán que no hay ninguna información: mero periodismo especulativo que no pretende contar la realidad sino influir en ella. Hemos hablado de esto y hablaremos: no lleva trazas de extinguirse.
—¿Cómo acabará la cosa?
—No lo sé. Si Galán dice en La Tribuna que no pone condiciones, que solo lo mueve el bien de los almagreños, podrían dimitir él y Maldonado, buscar un candidato que no levante ampollas y tantear entonces la moción…
Don Juan sonríe beatíficamente, da un sorbo al jerez, se levanta, coge el sombrero y la garrota…
—¡Dimitir Galán...?
—Los prodigios existen.
Yo me agarro a esto último: ojalá mañana no tenga que ir a la oficina.



domingo, 27 de agosto de 2017

'Las desventuras de Martín Prigman'

Dios aprieta pero no ahoga. Como todas las ferias he venido unos días al pueblo de mi mujer, y aquí vivo, en mitad de la España vacía, alejado de ruidos, en comunión con la naturaleza, hasta que llegue el primer lunes de septiembre y haya que regresar a las tareas que nos dan de comer. De modo que no sabía muy bien qué hacer con la entrada de hoy. Este correo de don Juan, que está en todo, me saca del apuro:
Querido amigo:
Decía usted que no se deben dar malas noticias de no ser estrictamente imprescindible. Estoy de acuerdo. A cambio, convendrá conmigo en que una de las alegrías mayores y más nobles de la vida es traer buenas noticias a quienes queremos bien: de ahí que los cristianos llamen, por antonomasia, evangelio al mensaje de Nuestro Señor Jesucristo. Yo no llego a tanto, claro está, pero me satisface mucho comunicarle que acabo de leer un libro excelente, llegado a mis manos gracias a un amigo partidario también de difundir rápidamente las buenas noticias.
Aunque leo los trabajos que publica en el Lanza y ojeé con gusto el libro del año pasado sobre las hazañas futbolísticas del Almagro, no conozco personalmente a Francisco José Otero Moreno; pero —visto lo visto he de confesar el error y pedir perdón humildemente— mis prejuicios sobre las inclinaciones literarias de los periodistas deportivos impedían imaginar que pudiera escribir un libro tan ambicioso y tan bien resuelto como este del que le hablo.
Dice Francisco Otero —personaje no necesariamente identificable con Francisco José Otero Moreno— en El estudio que la literatura es un juego (página 203), y algo después (página 259) afirma lo contrario: que la literatura no es un juego. ¿En qué quedamos?, se preguntará el lector despistado. Quedamos, obviamente, en que la literatura es un juego; o sea, una cosa muy seria. Y a este juego de la literatura se aplica nuestro autor provisto de conocimientos, muchas lecturas, destreza y una arma afiladísima que maneja con precisión de cirujano: la ironía.
El juego consiste en un relato —¿biografía o novela?—, modesto y lineal, escrito por un tal José Moreno —al que tampoco debemos confundir con Francisco José Otero Moreno—, que no llegó a publicarse en su momento y que Francisco Otero encuentra por casualidad en los archivos de la editorial Cenit. Moreno se encarga de estudiarlo, editarlo y publicarlo. No les contaré cómo lo hace, pero puedo anticiparles que es un exquisito placer literario sumergirse en las abundantes y equívocas notas a pie de página; leer la Aproximación a la obra como si fuera un paper académico; saborear la ironía que, picante condimento mexicano, está en todas partes; reírse a ratos; convenir con el autor en alguno de sus juicios; repasar, cargados de escepticismo, la historia de España en el siglo XX; detenerse en la Vivi/o/grafía a ver cuánto hay de broma en ella —¡ese Membrilla del Pino!—; admirar la erudición enciclopédica; recrearse en la mera escritura: limpia, matizada, precisa, sinuosa, rica, literaria en el mejor sentido de la palabra; intimar con los personajes, que —gracias al juego cervantino/quijotesco— son personas con vida fuera del texto… En definitiva, leer un libro culto —juego que tiene más de póker que de brisca—, exigente, a la altura de paladares entrenados, algo, por desgracia, no tan común en este Almagro de nuestros gozos y sombras.
Provisto de tales cualidades, me choca que el libro no haya encontrado hueco en una editorial de fuste: ha visto la luz gracias al crowdfunding —o como se llame—, es decir, a la aportación generosa de unos cuantos amigos, parientes o simples amantes de la literatura. Aun así, y para lo que se estila en estos casos —que es casi siempre la chapuza—, la edición es digna, probablemente porque el original llegaría bien cuidado. Pese a todo, se echa de menos un trabajo concienzudo de edición dirigido a evitar los contados errores materiales, gramaticales y ortográficos que hacen la lectura menos placentera de lo deseable. Ente los errores materiales señalaremos dos: que los agustinos no son monjes, sino frailes; y que el pirata del Mediterráneo del que se habla en la página 249 no es Ausiàs March. Entre los errores gramaticales, dos vulgarismos no achacables a José Moreno: el más cerca suyo de la página 116 y el mucho hambre de la 123. Y entre los ortográficos, alguna vacilación en el uso de las mayúsculas. Nada de importancia: se pueden corregir fácilmente en la segunda edición.
Mientras tanto, lea usted este libro y recomiéndelo a sus amigos. Me lo agradecerán.
Lo haré, por supuesto, en cuanto pueda.


(Francisco José Otero Moreno. Las desventuras de Martín Prigman. Libros.com. Madrid. 2017. Dieciséis euros en papel; cuatro en electrónico.)

domingo, 20 de agosto de 2017

Turismofobia, turismolatría

Los amigos hablan de terrorismo, pero no dicen nada: nada que alumbre, nada que consuele, nada que prevenga… Lugares comunes, perplejidades comunes, exabruptos comunes, ignorancias comunes, panaceas comunes: todos los velatorios, idénticos. Menos mal que no incurren en las barbaridades de otros. Yo me desentiendo, miro la plaza que se arregla para la feria. Conocen ustedes, misericordiosos lectores, el propósito firme de no escribir nunca del terrorismo hasta que halle palabras pertinentes: no las tengo; no las he leído ni oído todavía; mejor el silencio.
Un amigo deja caer:
—Cuando el 11 M mucha gente de orden, agarrando el titadine por las hojas, le echó la culpa a ETA; quizás ahora sientan la tentación de echársela a Arran.
No se me había ocurrido. Interviene don Juan:
—Desde luego, el turismo —actividad banal, despreocupada, inocente, superflua— casa mal con el miedo. El turista en cuanto que turista es lo contrario del héroe; el miedo lo espanta, literalmente, de los sitios: miren Egipto, por ejemplo. De modo que, si los de Arran quieren espantar a los turistas, han hallado un socio formidable.
—Un socio no buscado, don Juan: no vaya usted a hacerles el caldo gordo a ciertos patriotas españoles —se atreve alguien a decir.
Don Juan lo mira con asombro, quizá con algo de decepción:
—Claro, amigo mío: parece que no me conociera. Ahora bien, los planteamientos de unos y de otros no andan en realidad tan lejos: ambos consideran que la suma bondad está en la pureza de lo propio; que esta pureza ha degenerado por la contaminación espuria de lo ajeno; y que restaurar la bondad pura y prístina requiere firmeza y, tal vez, cirugía. La cirugía de Arran es menor, poco invasiva, superficial, casi indolora; la de los yihadistas es primitiva, brutal, cruda, como era la de ETA.
—Los de Arran solo están contra el turismo de masas.
—Que en nuestros tiempos es la única forma de turismo. Pero conviene ser precisos: no están contra el turismo, ente abstracto, sino contra los turistas, seres de carne y hueso; y, más en concreto, contra los turistas pobres o de medio pelo que abarrotan las Ramblas, inundan el parque Güell, rebosan la Sagrada Familia —esa tarta nupcial empalagosa— y se alojan en pisos erbienbí —negros como el tizón— del Poble Nou. Los turistas ricos, en cambio, son invisibles: no molestan.
—También han protestado contra ellos.
—Para que no se les note demasiado el plumero.
—Reconocerá usted, don Juan, que el turismo masivo produce efectos secundarios indeseables: es preferible el turismo de calidad.
—Lo reconozco: ruidos, suciedad y otras molestias, rotura del tejido social y urbano tradicional, encarecimiento de los precios… Aun así no estoy seguro de que el turismo de calidad —es decir, menos turistas, pero más ricos y gastosos— sea preferible en todos los casos. Imagine un Almagro al que viniera la mitad de turistas dispuestos a dejarse el triple de dinero: ¿dónde se alojarían? ¿dónde comerían? ¿dónde se tomarían un aperitivo o un café? ¿dónde comprarían suvenires? Obviamente, la mayoría de los bares de la plaza, la mayoría de las tiendas de recuerdos, la mayoría de los alojamientos, la mayoría de los restaurantes echaría el cierre, aunque los supervivientes ganaran el triple. ¿Sería bueno eso? Habría que pensarlo.
—Y que los pobres también tenemos derecho a viajar —apunta el portavoz del sentido común.
Don Juan sonríe:
—Por supuesto: y ese es precisamente el cascabel que hay que ponerle al gato.
—¿Cómo se hace?
—No lo sé: no me dedico a esto, pero doctores habrá y no les cabrá duda de que los recién llegados están a tiempo de escarmentar en cabeza ajena.
—¿Por ejemplo?
—Por ejemplo y por lo pronto: Almagro, aunque no sea un recién llegado, está todavía a tiempo de aprender. Podría, pongo por caso, aprender de Toledo para reducir el excursionismo, plaga semejante al crucerismo: multitudes llegadas de golpe, invadiéndolo todo y gastando bien poco; y encauzar el excursionismo estudiantil —como hacen, muy meritoriamente, las jornadas escolares de teatro clásico de C+C, aunque ignoro si el Corral es el mejor sitio para ellas— de manera que la visita se convierta en semilla que fructificará a medio plazo. De Barcelona se podría aprender a atar corto al turismo, bicho cimarrón y resabiado; y de otros sitios, que si la calidad de la oferta se degrada, se degradará también la calidad de la demanda.
—¿Significa eso que es usted partidario del turismo, pero con normas y mesura?
—Eso significa; y que el turismo quede supeditado a los intereses generales de los almagreños. O sea: turismofobia no; turismolatría tampoco: Almagro no es Villar del Río.


domingo, 13 de agosto de 2017

El asfalto quema

Creo que los amigos no deben dar malas noticias a los amigos de no ser imprescindible. Por eso, he tardado en llamar a don Juan, que está encerrado en Navaltizón, en sus libros, en sus cosas. Al final, débil que soy, he sucumbido a la tentación:
—¡La que se ha liado, don Juan, a cuenta de nuestra última charla!
—No es para tanto. Quizá nos explicáramos mal; quizá —noto un ligero reproche hacia mí, el amanuense— hubiéramos podido ser más delicados y cuidadosos. Desde luego, si nos hemos equivocado, no me duelen prendas en pedir disculpas. Pero hay algo que me gusta: en ocasiones hemos dicho que Almagro parece mudo y que quizás esta mudez provenga de la sordera: bien está que al menos una parte de los almagreños haya recuperado el oído y tomado la palabra.
—Le dan a usted buenas collejas.
—A mis años tengo el cogote encallecido. Además, forma parte de las reglas del juego: quien publica recibirá críticas favorables y adversas. ¿Acepta complacido las primeras?: ha de aguantar estoicamente las segundas.
—Pero le escocerán…
—En absoluto: que los demás hagan y digan lo que les dé la gana igual que digo y hago lo que me da la gana. Escuece, en cambio, que la polémica no discurra por cauces sosegados o que se desvíe a cuestiones que nada tienen que ver con el fondo.
—¿Cuál es?
—En lo que les dije el otro día hay tres puntos principales: una opinión, una conjetura y un diagnóstico —con sus consiguientes pronóstico y tratamiento—. Para sostenerlos aducía varios hechos.
—Resuma la opinión, por favor.
—Opino que nunca se debe asfaltar —ni poner pisos extravagantes— dentro de las rondas. Fuera de las rondas, cuando el tránsito de vehículos lo aconseje, hay que asfaltar o pavimentar como mejor convenga; en los demás casos, que se dejen las calles como están.
—¿La conjetura?
—Que en materia de patrimonio muchos almagreños se incomodan por asuntos contingentes y enmendables, mientras que permanecen impávidos ante otros trascendentales y definitivos. Lo ilustraba con ejemplos: se irritan por el mobiliario de la plaza —cosa fácilmente corregible— o por el pavimento —cosa enmendable y que se ha enmendado de hecho en todas partes numerosas veces a lo largo del tiempo—, en tanto que no los conmueve la pérdida o modificación irreparable del patrimonio construido: supongo que no es preciso poner ejemplos porque estarán en la mente de todos.
—¿Diagnóstico, pronóstico y tratamiento?
—El diagnóstico es claro: asfaltar así, sin explicaciones, ha sido un tremendo error del equipo de gobierno. El pronóstico —he acertado, pero no tiene mérito—, que la oposición iba a explotar concienzudamente el error: tanto que el Partido Popular y Ciudadanos —mediante un comunicado de prosa desgreñada, lo que invita a pensar que Maldonado, hombre culto, no tiene arte ni parte— han pregonado conversaciones para llegar a la moción de censura. Del tratamiento no hace falta hablar puesto que —si hemos de hacer caso al comunicado, que no sé yo— el paciente se muere.
—¿Los hechos?
—Una ristra: fuera de las rondas hay asfaltadas ya desde hace años numerosas calles; dentro de las rondas se ha alterado el pavimento en otras cuantas; nadie ha establecido aún que el empedrado de las que ahora se alquitranan tenga valor patrimonial; en Almagro no hay ninguna portada mudéjar; el suelo original de todas las calles de Almagro —y el único hasta antes de ayer— era la pobre tierra apisonada; salvo por Pedro de Oviedo, por las calles que se han asfaltado no pasan turistas; los turistas que pasan por Pedro de Oviedo son los que se alojan en un hotel que no es precisamente ejemplo de respeto al patrimonio… Acaso adujera alguno más.
—Pues, por lo que veo, nadie ha discutido la opinión, nadie ha desmontado la conjetura, nadie ha contradicho el diagnóstico ni aventurado otro pronóstico, y tampoco se han negado los hechos…
—No era obligatorio.
Es verdad. Por mi parte, creo recordar que don Juan enunció también un principio: la necesidad de conjugar comodidad de los ciudadanos y conservación del patrimonio. Reconozco que es más fácil enunciarlo que llevarlo a la práctica; pero el lunes pasado Rubén Amón contaba lo que, según él, suele decir el alcalde de Burdeos Alain Juppé —sí, fue ministro de Defensa y Exteriores con Sarkozy, pero lleva de alcalde desde 1995: en Francia pasan estas cosas—: “Hagamos de la ciudad el mejor lugar para los vecinos. Pensemos en ellos. En su día a día, en su cotidianidad. Y si luego la ciudad les gusta a los turistas, pues que vengan, que serán bienvenidos”. Burdeos es Patrimonio Mundial de la Humanidad. Y los turistas van.