domingo, 23 de julio de 2017

Migas del Festival

Ayer la organización del Festival exhibió unas muestras de la cocina del Quijote en el patio —claustro le dicen, a saber por qué— del Museo Nacional del Teatro; luego convidó a migas a todo el que quiso acercarse. Don Juan lo lee hoy en el periódico; se acuerda de Quevedo:
—Quevedo, uno de los españoles con más mala uva de la historia y un talento enorme desperdiciado en ruindades y baratijas, dio la receta para ser culto en veinticuatro horas; tan eficaz, a su juicio, que ya toda Castilla / con sola esta cartilla / se abrasa de poetas babilones / escribiendo sonetos confusiones; / y en la Mancha pastores y gañanes, / atestadas de ajos las barrigas, / hacen ya Soledades como migas. Naturalmente, la intención de Quevedo era ridiculizar a Góngora —que había muerto: hay que ser borde— y a sus secuaces —los poetas babilones que escriben sonetos confusiones: brillantes sintagmas—; el resto le traía sin cuidado, pero nosotros podemos preguntarnos para qué iban a querer producir Soledades los pastores y gañanes manchegos.
—¿Para qué?
—Para nada, claro.
—Entonces, ¿por qué nos lo cuenta?
—Porque acaso los del Festival hayan visto alguna relación entre migas y cultura, y pensado que, si le dan migas al pueblo, quizá lo arrastren a las Soledades.
—Don Juan, habla usted en jerigonza, parece un poeta babilón —dice alguien.
Don Juan sonríe complacido: le gusta que vayamos aprendiendo. Prosigue:
—Estos días he oído muchas veces que el Festival es un acontecimiento evento, sueltan algunos— cultural de primer orden. No lo dudo; ahora bien: ¿están ustedes seguros de que para los almagreños lo es?
Quedamos perplejos. Don Juan repite la pregunta:
—¿Ven los almagreños en el Festival una cosa relacionada con la cultura?
—Habrá de todo —supone el prudente.
—Habrá de todo, desde luego. Pero tal vez en la organización del Festival cuenten con datos más precisos; a lo mejor han hecho estudios para conocer la actitud de los almagreños respecto al festival, y algo no les cuadra.
—¿Qué supone usted?
—Yo solo puedo hacer sociología de casino sin validez científica: no soy de aquí, vengo de higos a brevas, no conozco la idiosincrasia almagreña, hablo con poca gente, me muevo en contados sitios… Lo que yo les diga carece de importancia.
—Díganoslo de todas formas.
—Supongo que una buena parte de los almagreños, y Almagro mismo, constituyen simplemente el marco incomparable del Festival, el escenario, magnífico y pasivo, de la representación; para un número considerable y cada vez mayor, el Festival es parte de una industria —formal o informal— que en julio hace el agosto; habrá quienes lo miren como una fiesta: aglomeración de gente y de ofertas de diversión a la que hay, por lo menos, que asomarse; no pocos abominarán de los ruidos y otras molestias; bastantes, sobre todo en las periferias geográficas, sociales o de edad, casi no se enterarán de lo que pasa; no faltarán quienes sientan, con variable nivel de irritación, que los beneficios del Festival siempre paran en los mismos bolsillos, o sea, que siempre seleccionan al hijo de la vecina para trabajar en lo que sea y “al mío no le toca nunca”; una minoría —¿inmensa? y libre de prosaicas preocupaciones— se interesará por lo estrictamente teatral y sus agregados culturales; otra minoría no despreciable se entregará a la ostentación y a los cotilleos faranduleros; ciertos tiquismiquis con ínfulas de hidalgos percibirán como una afrenta al sacrosanto honor almagreño cualquier nimiedad que les disguste…
Hace una pausa; toma un trago del jerez; cierra:
—Y hasta podría ocurrir que sectores más o menos amplios de la población pensaran que esto de la cultura en general —no digamos la alta cultura— es un entretenimiento tonto, superfluo, elitista, de gente estirada, cursi y pedante, que no vale para nada: una forma boba de tirar el dinero.
—Pero están equivocados…
—¿Y qué? En los tiempos que corren ningún responsable público, ninguna institución, quiere que lo tachen de elitista: lo que se lleva es ser popular y participativo. Participativo es la palabra de moda: fíjense y verán.
—Es bueno que la gente participe, don Juan.
—O no: según… cada uno sabrá lo que hace. A mí no me gusta que me empujen a participar: ya veré yo lo que me conviene. Pero los del Festival parece que sí quieren ser populares y participativos: por eso van a los barrios, invitan a gentes desfavorecidas, hacen actividades con niños, las sacan a la calle… o reparten migas en el Caballo. ¿Será eficaz, es decir, hará eso que los almagreños se arrimen a la cultura? ¿O se quedará en mera operación de márquetin: aplebeyamiento populista que los vacune contra cualquier tentación de elitismo?
Y ahí deja la pregunta: yo no sabría contestarla.


domingo, 16 de julio de 2017

"Apresúrese a ver Córdoba"

Estuvimos en la plaza de Santo Domingo viendo Eco y Narciso, comedia muy digna, con una tercera jornada emocionante, cuya representación no le gustó a don Juan.
—Los versos suenan a carraca tartajosa. No sé si Calderón merece este maltrato.
Por la calle de Bernardas —todavía preciosa— fuimos a Mayor de Carnicerías, y de ahí a la plaza a ver si tomábamos unas copas. A don Juan Mayor de Carnicerías le pilla a trasmano; no suele pasar por ella. Anoche le llamó la atención una casa frente al pósito, envuelta concienzudamente en plásticos como si Christo hubiera andado por Almagro y dejado aquí huella de su ingenio. Mientras los demás caminábamos resueltos al abrevadero, él se quedó atrás, la estuvo mirando despacio, apartó una valla, levantó el plástico, metió la cabeza sin miedo a que los viandantes lo tuvieran por lo que no es… y al cabo de un ratillo regresó al centro de la calle, se sacudió la ropa, volvió a mirar la casa y se nos unió a paso ligero; en la tertulia estamos acostumbrados a estas rarezas de don Juan: nadie se extrañó ni él hizo comentario ninguno.
Esta tarde, de sopetón, don Juan pregunta:
—¿Sabrán los jóvenes quién fue Castilla del Pino? ¿Se acuerdan ustedes?
Hago memoria: por lo que a mí respecta, vagamente. Don Juan no espera contestación; sigue:
—Carlos Castilla del Pino fue uno de tantos intelectuales de primer nivel sobre los cuales apenas muertos se amontona el polvo del olvido. Esta semana tres cosas me lo han recordado.
—¿Qué ha ocurrido, don Juan?
—Nada extraordinario. Que el otro día en los sesenta años de Primer Acto se habló de Triunfo: Castilla del Pino escribía en Triunfo a menudo; que alguien —no recuerdo dónde ni quién— ha rescatado hace poco un artículo suyo en la revista que tuvo cierta repercusión; y que he estado leyendo el Examen de ingenios de Caballero Bonald y la semblanza tan aguda que le dedica. Ya ven: un recuerdo que se salva por casualidad. Además, me he dado el gusto de volver a las memorias de Castilla y he leído de nuevo el artículo de Triunfo: nos viene al pelo.
—¿Qué dice el artículo? ¿Por qué nos viene al pelo?
—El artículo se llama “Apresúrese a ver Córdoba”; se publicó el 20 de enero de 1973; nos viene al pelo porque habla de la pérdida del patrimonio y el diagnóstico que hace le cuadra perfectamente a este pueblo de ustedes.
—Resúmanoslo, haga el favor.
—Dice Castilla que, porque España no tuvo revolución industrial, conserva más patrimonio histórico construido que otros países donde sí la hubo; añade que esta suerte derivada de una anomalía histórica debería aprovecharse con inteligencia y sensatez; pero teme que ello no sea posible debido a la incuria y al egoísmo de quienes lo tienen en sus manos: esas gentes que de boquilla ensalzan los valores patrios y se emocionan con el glorioso pasado mientras en realidad están más pendientes del bolsillo que de otra cosa. Por eso invita a visitar Córdoba cuanto antes si usted, querido lector, pretende tener idea de lo que Córdoba era, porque de algo de lo que fuera puede no quedar huella alguna cuando venga o, por el contrario, puede hallarlo todavía, pero bajo la forma de esperpento.
—Una exageración —proclama el optimista—: Córdoba está hermosísima.
—Córdoba está hermosísima, sí. Ahora bien, eso no le resta fortaleza a la argumentación de Castilla. En primer lugar, porque podría estarlo más; en segundo lugar, porque quizá esté hermosísima para los turistas y menos para los residentes; es decir, es posible que Córdoba haya convertido su patrimonio en mero adorno con que deslumbrar a los de afuera, mientras que ha destruido —forma extrema de alienación, dice Castilla— todo cuanto le había venido otorgando identidad. Miren Ciudad Real. La alcaldesa sin sonrojarse presume de riquísimo patrimonio. Tal vez lo conserve, aunque en forma de esperpento: media docena de edificios notables huérfanos del contexto que les dio sentido.
—Pero ni Córdoba ni Almagro han llegado a tanto.
—Tenga paciencia, que todo se andará. Para ver lo que se ha perdido y lo que pervive en forma de esperpento basta un breve paseo. Un día lo haremos. Mientras tanto, en la calle Mayor de Carnicerías se está produciendo otra baja irreversible. ¡Y los estetas, preocupados por las sillas de la plaza!
—Hombre, don Juan, tendrán permiso.
—Los estetas no lo precisan; los otros tendrán permiso para rehabilitar, que es lo que pone en el cartel; si lo tuvieran para demoler, no se esconderían tanto.


domingo, 9 de julio de 2017

Sacristán, Premio Corral de Comedias

Hablamos desganadamente del tiempo; hay quien se impacienta:
—Don Juan, ¿no lo han invitado este año al Premio Corral de Comedias y a la inauguración del Festival?
—Y estuve.
—Cuéntenos, hombre.
—Si fui capaz de interpretar bien los signos de los tiempos creo que asistimos a un cambio de era.
—¿Signos de los tiempos?
—Dos muy elocuentes: nadie pronunció la palabra emblemático; y, en el vídeo, un señor de marcado acento catalán sentenció que Sacristán es un referente de la escena nacional, sobre todo de la española.
Don Juan hace una pausa; mira alrededor; las caras varían entre el escepticismo y la curiosidad. Pregunto lo que espera:
—¿Qué significan?
—Lo de emblemático, que ha concluido —ojalá— una manera ostentórea de entender lo público: aquella que a todo alcalde, presidente de diputación o periodista corifeo les prescribía asociarse con un edificio o evento emblemático así faltara para el pan. En la historia española reciente lo emblemático sustituyó a lo lúdico, igual de inane pero más barato. Sería curioso estudiar estas palabras —y algunas de su caterva— como fósiles guía de etapas históricas o estados de ánimo colectivos.
Las caras de escepticismo se acentúan. Don Juan prosigue:
—Lo de Sacristán, que definitivamente España y Cataluña divergen, aunque el ciudadano espectador —acaso emulando a Rajoy— no atinara a expresarlo mejor.
En el corro no estamos para divagaciones; alguien apremia:
—¿Y qué más?
—Las inauguraciones del Festival, demasiado largas, suelen ser menos aburridas que otros actos de la misma especie: tal vez porque eligen bien a premiados e intervinientes, y porque no meten en el mismo saco a los políticos y a la gente de la cultura.
—Cuente cuente…
—Las cualidades eutrapélicas de Natalia Menéndez y su condición sedante se han ido perfeccionando con el tiempo; ya son muy obvias: se echarán de menos. Ella condujo el acto con discreta eficacia.
—¿Quién hizo los elogios?
—Gentes del oficio muy en su papel. La laudatio oficial, Gomá Lanzón. Me gustó mucho.
—¿Por qué?
—Gomá Lanzón, joven entrado en años, gasta un porte casual que transparenta buena familia y éxitos presentes; gasta también una escritura limpia, clara, elegante; lee lo escrito con voz calma, envolvente, en la que se cuela de cuando en cuando cierto tonillo profesoral. Nos habló de los premios, del envejecimiento, de la vida ejemplar; recurrió a una cita inevitable de Fernández de Andrada; todo ello se lo aplicó a Sacristán, y le salió un hermoso discurso que el público aplaudió entusiasmado.
—¿Ningún reproche?
—Un par de tópicos bien sobados: que envejecer es buena cosa sobre todo si se miran las alternativas, y que hay que añadir vida a los años, no años a la vida.
—¿Los políticos dieron la talla?
—Benzo, el Secretario de Estado, pronunció un buen discurso al que solo se le puede reprochar redundancia: dedicó la mayor parte al elogio de Sacristán, que ya estaba bien elogiado por todos los demás; el Consejero de Educación y el alcalde pasaron el examen con suficiencia; desentonó el Presidente de la Diputación.
—Lástima.
—Los discursos del Presidente de la Diputación son triviales, deslavazados, de piñón fijo. Dice siempre las mismas cosas en los mismos momentos, no se sale de dos o tres lugares comunes sazonados con chistecillos de dudosa gracia. En esto —y en más cosas— se va pareciendo peligrosamente a su antecesor. Menos mal que no muestra querencia por los adjetivos extravagantes. Al terminar citó a León Felipe. Con eso está dicho todo.
—En Almagro quedan aún convencidos de que la poesía es un arma cargada de futuro.
—Ellos sabrán.
—¿Sacristán?
—Muy bien. Es un anciano menudo, lúcido, de aire distraído, de dicción áspera y poderosa, al que uno puede imaginar bajo la olma de la plaza, el cigarro en la mano, contando historias ejemplares, taumatúrgicas, a jóvenes que lo oyen con respeto. Los jóvenes llegarán a viejos, se acordarán de él... contarán de nuevo las mismas historias primordiales donde cabe todo el saber de la humanidad. A partir del sombrero talismán narró una existencia mágica que ha dado cobijo a casi todas las existencias posibles. Por el mundo pasamos gentes grises, todos los días iguales en nuestra vileza o en nuestra heroicidad; pasan también —bienaventurados— los que en una vida encierran sin incoherencia muchas. Se emocionó Sacristán; nos emocionamos todos. Y, sin embargo…
—¿Qué?
—¿Era imprescindible el cojonudo sobresdrújulo para calificar un premio que a Sacristán le satisface? ¿Solo se puede estar acojonado ante la presencia imponente de Sacristán?




domingo, 2 de julio de 2017

Pensar la plaza

Por la ventana del Marqués miramos la plaza. En la solana empieza a dar la sombra: se van llenando las terrazas con gentes diversas entre las que predominan turistas culturales y bohemios a sueldo del Festival. En la umbría aún da el sol, pero las mesas y las sillas forman ya la red donde caerán los clientes dentro de un rato. Algunos niños juegan al balón; veloces adolescentes en bicicleta pasan esquivando a los que se hacen fotos con aire de artístico ensimismamiento. La portada de El País, bajo el epígrafe de ideas, lanza el reto de controlar las masas de turistas.
—Llamazares también nos echó ayer el mismo sermón; y, según dicen, los barceloneses abominan del turismo, que hace dos o tres decenios los puso en el mundo e hizo de su ciudad la más cool del planeta.
—¿De qué planeta? —pregunta inocente don Juan.
—¿De cuál va a ser, hombre? ¡De este nuestro!
—Antes existía El Planeta de los Toros.
—De eso no se acuerdan más que los viejos.
Los viejos nos acordamos también de cuando la plaza era un lugar apacible, de pocos bares, que los domingos tras la misa o al caer las tardes del verano se llenaba de paseantes metódicos como agrimensores recorriéndola incansables de este a oeste y de oeste a este con la tenacidad de las yuntas. Entonces los turistas eran exotismos distinguidos a quienes los indígenas mirábamos un poco incrédulos y asombrados: ¿a qué vendrán?
—Ahora sabemos perfectamente a qué vienen —cuela el cínico.
—¿A qué?
—Los turistas integran dóciles rebaños que se dejan ordeñar sin oponer resistencia. En Almagro, cuando llega la temporada, los ordeñadores se apostan a ambos lados de la plaza y se aplican a la tarea con inmisericorde rigor: no lo hacían mejor los indios de las praderas que esperaban las manadas de bisontes ni los cocodrilos que aguardan a los ñúes en el delta del Okavango.
—El turismo es un negocio igual que otro: el turista viene por la promesa de ciertas recompensas, le ofrecemos determinados servicios, nos paga lo que corresponde y quedamos en paz: como el que vende zapatos o instala televisores —matiza alguien que está en el sector.
—Es cierto —habla don Juan—. Sin embargo, hay algunas diferencias.
—¿Que al turista se le puede dar gato por liebre? —insiste el cínico.
—No. Eso nos trae sin cuidado. Los turistas no son niños ni tontos: ellos sabrán por qué vienen y a qué; conocerán sus derechos; procurarán que lo que les den esté a la altura de lo que pagan; si no, que reclamen.
—¿Entonces?
—En casi todas las actividades económicas, los empresarios ofrecen un producto o servicio que han creado y costeado con sus propios recursos: justo es que se lleven el beneficio. En el turismo, en cambio, el producto básico es de todos, todos lo costeamos: sin embargo, los beneficios se los llevan solo unos pocos.
—Explíquenos eso, por favor.
—El sol, las playas, los parques nacionales, las montañas nevadas, los yacimientos arqueológicos, los museos, los conjuntos monumentales de las ciudades… son de todos, se mantienen y cuidan con los impuestos de todos, entre todos pagamos las carreteras que llevan a ellos, las campañas publicitarias que los promocionan…
—Y los hosteleros se los apropian y no nos devuelven ni las gracias.
—No solo los hosteleros: todos los que viven de esto, que son infinitos.
—Pagan impuestos.
—No más que el resto. Y en muchos casos nos deterioran o roban las joyas que les prestamos sin cobrarles alquiler. Fíjense en la plaza de Almagro. El principal problema que tiene no es el que los estetas se empeñan en difundir con insistencia miope.
—¿Cuál?
—La acumulación de mesas, sillas y otros abundantes cachivaches que proliferan como plaga. Tal acumulación no es problema ninguno; es solo el síntoma de una enfermedad grave, bien estudiada en otros sitios: la privatización de los espacios comunes a efectos de explotación turística. Naturalmente la privatización conlleva la expulsión del ciudadano normal en beneficio del turista rebañego.
—No exagere, don Juan: nosotros estamos en la plaza.
—Cada vez menos tiempo. Salvo el estanco, una mercería, una tienda de ropa, otra de ultramarinos, en la plaza no quedan establecimientos que ofrezcan algo útil a los almagreños.
—Quedan los bares, un servicio esencial.
—Muchos, muy caros y sin clientes autóctonos; no tardarán en venir los alojamientos legales o furtivos. En ciertos días y a ciertas horas el almagreño corriente no pisa la plaza. Si la tendencia sigue, dentro de poco nadie vivirá en ella.
—¿Hay remedio?
—No lo sé. Pero deberíamos darnos cuenta de la enfermedad, o sea, pensar la plaza.


domingo, 25 de junio de 2017

Dominicos

Un día de estos se irán los dominicos. Alguien llorará en Facebook lágrimas de cocodrilo; acaso haya concentración de velas y ositos de peluche como la hubo cuando se fueron las monjitas —adolescentes que eran— de la plaza de Santo Domingo. No existe riesgo de inundación; tampoco de que Almagro despierte de la siesta: el llanto no desbordará Pellejero; a la mayoría de los almagreños, metida en sus asuntos, le importará muchísimo menos que si cerrara Mercadona.
—¿Qué opina usted, Don Juan?
—Que hacen muy bien los almagreños en no darse por aludidos. Los dominicos llevan fuera de Almagro treinta y cinco años poco más o menos.
—Se equivoca, don Juan: todos los días veo al padre Baldomero de tertulia con otros viejos en la Encajera y, de vez en cuando, al padre Vicente dando vueltas por ahí. Si acudiera usted a misa, también los vería.
—Ya: dos ancianos como hay tantos, como yo mismo, sin importancia ninguna: cuando faltemos nadie lo notará. El último dominico en Almagro fue el padre Fernando. Su figura es trágica a la manera antigua.
—¿Por qué?
—Porque en circunstancias adversas se creyó el hombre providencial llamado a restaurar la presencia pública, el poder y la influencia que los dominicos ya habían perdido. Fracasó, claro está; pero hay que reconocerle inteligencia práctica, notable capacidad de seducción, y un coraje rayano en el fanatismo.
—Explíquenos eso, por favor.
—Al comienzo del siglo XX los dominicos se instalaron en el convento de las calatravas; vivieron muy plácidamente en Almagro hasta la Guerra: el seminario lleno, el pueblo a sus pies, nadie les tosía ni les disputaba la posición de preeminencia. Pero en la Guerra, naturalmente, padecieron sevicias atroces: veintitantos murieron asesinados.
—¿Por qué dice usted naturalmente?
—Porque lo contrario hubiera sido una excepción muy improbable. En los primeros meses de la Guerra la maquinaria estatal de la República se derrumbó; su lugar lo ocuparon hordas extremistas que cometieron abundantes salvajadas. Alguna vez tendremos que hablar con claridad de estas cosas e incorporarlas a lo que se ha dado en llamar “memoria histórica”: quizás el mismo día en que ya no quede ningún cadáver tirado en la cuneta o enterrado, contra la voluntad de sus deudos, en el Valle de los Caídos.
—¿Qué pasó después?
—Que las aguas volvieron a su cauce... hasta los años sesenta. A partir de ahí se precipitaron sobre los dominicos tres desastres fatales: el II Concilio Vaticano —y el consiguiente aggiornamento de la Iglesia—, que alteró las relaciones entre el clero y el pueblo y provocó —habrá almagreñas que se acuerden— la defección de numerosos frailes y seminaristas; el desarrollo económico y la modernización de la sociedad, que enfriaron notablemente el fervor religioso de los españoles y convirtieron las vocaciones en rarezas; y la proliferación de institutos —o secciones delegadas— de bachillerato, que para los adolescentes listos del mundo rural supuso una alternativa poderosísima a los internados de curas y frailes. El padre Fernando fue incapaz de entender que tales cambios eran irreversibles: combatirlos mediante el deporte, la formación profesional, el liderazgo individual o las intrigas políticas suponía un esfuerzo tan osado como inútil. Desde entonces la presencia de los dominicos en Almagro ha sido irrelevante.
—Y, encima, se llevan el Cristo—recuerda el descreído.
—Efectivamente: ni aposta hubieran conseguido una despedida tan mustia.
—Se les olvida a ustedes la universidad —interviene el católico.
—No fue un pozo de ciencia. Ni siquiera se parecía remotamente a las de Salamanca o Alcalá. En realidad andaba en el pelotón de las torpes, es decir, el de las universidades menores —Baeza, Osuna, Sigüenza, Oñate, Ávila, Osma…—, ninguna de las cuales contribuyó mucho al avance del conocimiento. Eran pobres, tenían escasísimos alumnos, malos profesores, ningún prestigio que transmitir a los egresados… o sea, formaban filósofos nutridos de sopa de convento, teólogos de vuelo rasante o gramáticos a quienes les costaría recordar la primera declinación latina. Si pudiéramos investigar la trayectoria vital de los titulados en el Colegio de Nuestra Señora del Rosario, veríamos que ninguno llegó demasiado lejos… como mucho serían buenos frailes o buenos formadores de frailes.
—Salvarían almas —ironiza el descreído.
—Y salvaron vidas —dice don Juan sin ironía—. Muchos niños espabilados se libraron de la pobreza o de la esclavitud de la tierra —es decir, llevaron una vida más digna y mejor que a la que parecían predestinados— gracias a las instituciones educativas de los dominicos: estarán eternamente agradecidos. Pero ese es otro cantar del que hablaremos más adelante.




domingo, 18 de junio de 2017

Esencias

Algunos lectores han preguntado qué quería decir don Juan el otro día con eso del paisaje lingüístico y el anuncio de Bodybell. Venía dispuesto a trasladarle la pregunta, pero los amigos toman la delantera: ellos también se han quedado en ayunas. De modo que pongo atención:
—Sin meternos en profundidades, paisaje lingüístico es el conjunto de todas las manifestaciones escritas de una lengua —o de unas lenguas— que podemos ver —y leer, si sabemos— en un determinado espacio público: rótulos, carteles, anuncios, esquelas, pintadas, avisos, bandos, publicidad… Hay estudiosos más estrictos que otros a la hora de inventariar qué elementos forman parte del paisaje lingüístico y cuáles, aun siendo mensajes escritos, no forman parte de él, pero es una cuestión menor.
—¿A quién le interesa eso? ¿Para qué vale? —interrumpe el práctico.
Don Juan se atufa un poco ante esta clase de impertinencias; sabe, sin embargo, que la ignorancia es muy atrevida: lo mira por encima de las gafas, sonríe —pensará en las palabras de Nuestro Señor Jesucristo: Padre, perdónalos…— y responde con calma:
—Les interesa a muchos y vale para muchos propósitos. A nosotros, por ejemplo, una ojeada al paisaje lingüístico de la plaza en 1610 nos basta para notar que el cuadro no es de 1610 sino del mes pasado.
—¿Por qué?
—Porque hay una tienda de esencias. Una tienda de esencias en 1610 causaría la misma extrañeza que si hoy viéramos otra de fenómenos o de apariencias… o de conceptos, accidentes, atributos, circunstancias: mercancías abstractas que solo un loco o un guasón intentaría vender.
—Explíquese, por favor.
Esencia era en 1610 un tecnicismo —de filósofos, teólogos, físicos que significaba ‘el ser de la cosa’; es decir, ‘aquello que constituye la naturaleza de las cosas, lo permanente e invariable de ellas’. Y en la lengua común se usaba la locución ser de esenciaEs de esencia que todo caballero andante haya de ser enamorado, dice un personaje del Quijote— para indicar que algo es característico, propio, inseparable o imprescindible. Nada más. Lo sabe cualquiera que haya leído a los clásicos.
La ingenuidad de don Juan es candorosa: tal vez suponga que cualquiera ha leído a los clásicos.
—¿No fabricaban y vendían esencias en 1610?
—Claro. Pero no les daban ese nombre. De ahí que esencia sea un anacronismo tan grande como si hubieran puesto el anuncio de Bodybell: había perfumes y cosméticos de muchas clases; no existían cadenas de perfumerías.
—Luego el grabado es una falsificación…
—Yo no digo tanto: digo únicamente que no es de la época de la que dice ser. En el mejor de los casos será una reconstrucción ideal de la plaza en 1610 que se ha grabado echándole ciertas dosis de imaginación, algunos detalles bien conocidos y una completa ignorancia de la historia de la lengua. Los del cine, en las películas de romanos, hacen lo mismo —reconstruir idealmente el mundo de Roma—; pero procuran asesorarse para lograr un mínimo de verosimilitud: que a los extras no se les vea el reloj de pulsera. En nuestro grabado, esencias es un reloj de pulsera demasiado grande: tapa cualquier asomo de verosimilitud.
—¿Y en el peor de los casos?
—En el peor, el grabado es un anzuelo de pescar incautos. ¿Se acuerdan ustedes de las películas del Oeste? A menudo aparecían buhoneros ofreciendo remedios milagrosos para la calvicie. ¡Y lograban venderlos! En nuestros días aún quedan primos que caen en el timo de la estampita: no les tengo lástima.
—¿Los de Almágora hacen de primos aquí?
—Los conocemos; debemos creer que no: habrán puesto el grabado como mera curiosidad.
—Podría ser una broma.
—Ojalá. Gastarles una broma a los crédulos no estaría mal.
—¿Por qué no dicen nada los historiadores?
—Están en sus cosas, predican en sus púlpitos, tienen su prestigio: no van a caer tan bajo.
—Entonces, ¿por qué habla usted?
—Yo no soy historiador. Además estoy jubilado, soy viejo: puedo hacer y decir lo que me dé la gana. Ahora bien, si me meto en este berenjenal es por dos razones: porque ustedes han preguntado, y por respeto a la lengua. Imaginen que en el dibujo apareciera un automóvil: sería el hazmerreír; a continuación piensen que la tienda de esencias es un disparate tan grande o más: nadie se ha dado cuenta.
Saben ustedes que don Juan es persona tolerante. Pero se enfada por nimiedades lingüísticas. A estas alturas ya no tiene remedio.


domingo, 11 de junio de 2017

Exposiciones

Ayer echamos la mañana a exposiciones. Don Juan es adicto; ahora bien, no siempre sale satisfecho: qué se le va a hacer.
Empezamos en el Centro de Recepción de Visitantes. Me cuesta un rato ver la exposición, es decir, caer en la cuenta de que allí han puesto algo para que lo veamos: en un sitio donde hay tantas cosas que distraen, las fotos quedan pequeñas y los textos apenas destacan en el blanco de las paredes; miope como soy, a cada instante tengo que quitarme las gafas y pegar las narices a los letreros. De modo que me desentiendo pronto; en la calle gozo de la exposición del mundo: turistas vestidos de turistas, ancianos que charlan a la sombra de los árboles, niños sueltos, jóvenes mamás, una ceremonia —con música y todo— en el monumento a la encajera. Sale don Juan; sin que le pregunte, dice:
—Horcajada tiene cualidades y vocación de artista —de poeta ya lo sabíamos, de fotógrafo nos enteramos ahora—, pero no sé si se toma las cosas en serio.
—Usted lo elogia siempre.
—Elogios merecidos. Sin embargo, creo ver en él demasiada satisfacción consigo mismo: quizá tan abundantes cualidades le veden el esfuerzo de aprender. Aquí, por ejemplo, las fotos son mejores que los textos —él sabrá por qué los llama poéticas: descuidados, efectistas, con abundantes lapsus ortográficos y tipográficos, y lamentables descensos al dialecto formulario de la televisión.
La siguiente estación es en la Universidad Popular. Cuando llegamos la están preparando para una boda. Aun así, entra don Juan al II Salón del Poema Ilustrado. Yo me quedo en el patio: la ingenuidad de las bodas —ay, la osada proclamación pública de amor eterno— y la luz hiriente de la mañana me interesan más.
—No se ha perdido usted nada —informa don Juan al cabo de diez minutos—. Aunque hay poemas estimables, la mayoría no levanta de la trivialidad bienintencionada. Las ilustraciones otro tanto; y la presentación rebosa desaliño. Si quieren que esto sobreviva han de esmerarse; de lo contrario degenerará en ejercicio escolar.
—¿Cómo se hace?
—Usando un harnero más exigente.
Mientras habla vamos paseando por las galerías; el aula del fondo tiene la puerta abierta; nos asomamos. Allí hay otra exposición mucho más modesta: trabajos finales de los alumnos. Don Juan la recorre despacio:
—El que sigue voluntariamente y con aplicación un curso —de lo que sea nos da dos lecciones morales. Una de modestia: reconoce que no sabe o que sabe menos de lo que le gustaría; otra de diligencia: se esfuerza y persevera en el aprendizaje. Parece que estos van por buen camino. No estaría mal que los del otro salón tomaran ejemplo.
Acabamos el paseo en San Agustín. La exposición de Almágora sobre la plaza es sencilla y, si no rigurosa, eficaz: enseña muy didácticamente su evolución. Me gusta mucho: las fotos, ¡la maqueta!, alguna pintura, los vídeos del Nodo… Don Juan hace que repare en la primera pieza, la vista de la plaza en 1610:
—¿Ha oído usted hablar del paisaje lingüístico?
—Yo no, don Juan.
—Otro día se lo explico. Por ahora le basta saber que el grabado quizá represente con toda exactitud cómo era y lo que había en la plaza al comienzo del siglo XVII: no lo sé; lo que sí sé es que el paisaje lingüístico resulta anacrónico: le falta un anuncio de Bodybell.
No lo entiendo; no me da tiempo a preguntarle: él ya está atento a la última foto:
—Lo vivo es sucio y cambiante. Quizás algunos desearan una plaza pulcra como pieza de museo, pero las piezas de museo, aunque sean bellísimas, están muertas. Yo la prefiero viva, promiscua, sudorosa, estridente, plebeya…
—Ándese con ojo, don Juan, o se le echarán encima los cultos.
Don Juan sonríe. Salimos; la plaza bulle:
—Dentro de un orden, eso sí: el orden de la urbanidad, del civismo, del respeto a las normas… y a los clientes —mira a los bares— que les dan de comer.
Para compensar el viacrucis,  don Juan me convida a un vermú en el Marqués:
—¿No hay demasiadas exposiciones, don Juan?
—Considere usted que no solo exhiben objetos; exhiben principalmente vanidades. Y las vanidades son incontables como las arenas del mar, proliferantes y ávidas: más exposiciones tendría que haber para saciarlas.
Luego bebemos sin prisa hablando del 15 de junio de 1977. Cómo pasa el tiempo.

Jesús Miguel Horcajada. “Rescoldos. Exposición fotográfica”. Centro de Recepción de Visitantes. Almagro.
II Salón del Poema Ilustrado. Universidad Popular. Almagro.
“Plaza Mayor: 50 años de su última remodelación”. Iglesia de San Agustín. Almagro.


domingo, 4 de junio de 2017

El 'Contubernio' de Múnich

Llego tarde a la tertulia. No hablan del Madrid, no hablan de Londres, no hablan de Goytisolo. Don Juan —cosa rara— habla de sí mismo. Me siento sin saludar ni hacer ruido; pongo atención:
—Se puede decir que mi conciencia política y posición ideológica quedaron fijadas para siempre hace cincuenta y cinco años por estas mismas fechas. Estoy seguro, incluso, de que a primeros de junio de 1962 me hice ciudadano consciente y adulto.
—¿Se cayó del caballo como san Pablo?
—No: empecé a oír emisoras de radio extranjeras en onda corta: Radio París, la BBC, Radio Moscú, la Pirenaica, la Deutsche Welle, Radio Hilversum y hasta Radio Tirana, emisora nacional de la República Popular de Albania, que a todas horas nos calentaba la cabeza con el camarada Enver Hoxha y el revisionismo soviético.
—Abigarrada mezcla —se asombra el culto.
—Efectivamente. Aquí todas las radios, todos los periódicos aparecían idénticos. Un observador poco atento hubiera pensado que solo era posible mirar la realidad de una manera: la canónica, infalible y unánime que fluía del poder. Oyendo radios tan distintas se entendía de sopetón que no, que siempre caben miradas diferentes.
—¿Qué le llevó a las radios extranjeras?
—Menéndez Pidal. Don Ramón —que ya pasaba de los noventa años— era casi un dios para quienes nos iniciábamos en la filología. Pues bien, el 6 de mayo de 1962 él fue el primer firmante de una carta pública dirigida, de catedrático a catedrático, a don Manuel Fraga Iribarne —luego se quedó en Fraga— en la que resaltaba precisamente que la prensa y las radios extranjeras hablaran de huelgas en España mientras las de aquí callaban. La curiosa elección del destinatario, la carta misma y la polvareda que causó merecerían un rato: otro día.
—¿Dónde había huelgas?
—En la minería asturiana; se extendieron pronto a otros sitios y alcanzaron una magnitud sin precedentes en el franquismo: el 4 de mayo se decretó el estado de excepción en Asturias, Vizcaya y Guipúzcoa. La carta de Menéndez Pidal, el decreto del 4 de mayo y las radios extranjeras me hicieron comprender que España era una anomalía en Europa. Y enseguida vino el Contubernio de Múnich…
—¿Contubernio?
—Otros lo llamaron artificiosa coyunda o turbias promiscuidades. En realidad fue una cosa bastante inocente: aprovechando la reunión del Movimiento Europeo que se iba a celebrar en Múnich los días 7 y 8 de junio, e invitados por él, se juntaron en la ciudad más de cien españoles del exilio y de adentro; hablaron, acordaron y el día 6 firmaron una resolución nada extremista: pedían elecciones, partidos y sindicatos libres, derechos civiles, reconocimiento de la personalidad de las distintas comunidades naturales… Lo normal en Europa y lo que dieciséis años después consagró la Constitución.
—¿Entonces?
—El franquismo no podía soportarlo. Sobre todo le dolió la imagen —¡el contubernio!— de Gil Robles y Rodolfo Llopis dándose la mano: significaba que, de espaldas al franquismo, la Guerra había terminado, que era posible la convivencia en paz de personas e ideologías muy diferentes siempre que se aceptara el juego democrático; significaba también que el franquismo no tenía futuro.
—Pues sobrevivió todavía quince años.
—Ni Franco ni los franquistas eran bobos; fueron capaces de modular el discurso y adaptarlo a las circunstancias; además, tenían la fuerza… y el apoyo de muchísimos españoles: de unos entusiasta, de otros rutinario porque en lo económico las cosas fueron muy bien durante los años sesenta.
—Algunos dicen que el franquismo sobrevive.
—Claro: como sobrevive en nosotros el niño que fuimos o como sobrevive el comunismo en Rusia, el fascismo en Italia, o Pétain —bien visible— en Francia: la historia no se borra. O sí: en la mano de los españoles de hoy está borrar los feos residuos del franquismo que aún perduran; entre ellos el caudillismo, es decir, eso de confiar ciegamente en un hombre providencial que todo lo sabe y para todo tiene remedios. Por lo que veo últimamente el caudillismo goza de muy buena salud.
—¿Qué pasó después?
—Que el 9 de junio se suspendió por dos años el artículo 14 del Fuero de los Españoles; se confinó a varios de los que estuvieron en Múnich y se les impusieron cuantiosas multas. Hubo manifestaciones espontáneas y multitudinarias de apoyo a Franco; cambió el gobierno; el ministro de la Gobernación pronunció un interesante discurso en las Cortes explicando lo sucedido… llegó 1963, la muerte de Grimáu, más huelgas, graves sevicias policiales, el Manifiesto de los 102…
—¿Y usted?
—Me convertí en demócrata radical, la represión franquista me salpicó un poquillo… Ya se lo contaré.



domingo, 28 de mayo de 2017

Por fin se acabaron las 'primarias'

Les prometí hace tiempo, misericordiosos lectores, que no escribiría nunca más de terrorismo; tan solo, si alguna vez oyera algo original del asunto, lo recogería aquí con suma prudencia; pero es muy difícil: la maldad inútil que causa dolor ajeno sin provecho propio, la cobardía de pillar al enemigo descuidado, la falta absoluta de justificación, la estupidez de matar por la patria, por la religión, por lo que sea, la locura de matarse a sí mismo para alcanzar el paraíso… las reacciones desmesuradas o insensatas, los exabruptos, las muestras sensibleras y cursis de pésame, el aprovechamiento político, la ignorancia periodística que llama ‘inmolación’ a lo que es mero suicidio por intoxicación de fanatismo… Todo está dicho y repartidas las culpas más o menos arbitrariamente por el colegio de especialistas en la equidistancia, que, de no estar creado, debería crearse. De modo que, digan lo que quieran —y hoy dicen de Mánchester—, me salgo de la conversación.
También me saldré de aquí en adelante si soban de nuevo las primarias socialistas: qué pesadez. Hoy ya iba a estrenar el propósito, pero lo que expone don Juan acaso interese:
—De las primarias del PSOE se pueden sacar innumerables conclusiones, unas mejor fundadas que otras; quizá deberíamos resaltar una cosa tan obvia que pocos reparan en ella.
—Díganos.
—Que en la política no cuentan los hechos sino las opiniones, y que para forjar opiniones es más útil y rápido apelar a los sentimientos o a los impulsos primitivos que al prudente uso de la razón.
—Lo sabíamos: Trump, Le Pen y otros populistas lo han demostrado con creces. Incluso han tratado de vestirlo con ropajes dignos: eso de los hechos alternativos, por ejemplo.
—No es preciso llegar a tanto, porque los extremos siempre parecen caricaturas.
—¿En qué nos fijamos entonces?
—En Pedro Sánchez. Muchos de quienes hoy lo adoran abominaban de él hace un año.
—Naturalmente: lo echaron abajo de mala manera.
—He ahí la clave: aparecer como víctima. Ahora bien: si Sánchez era en septiembre torpe, inculto, flojo, cándido, autoritario, ahora no puede ser diestro, culto, firme, sagaz, demócrata…
—Pentecostés está próximo —ironiza el descreído.
—Los militantes socialistas no han esperado a que llegue para creer en la milagrosa transformación: simplemente, de una forma muy humana aunque irreflexiva, se han puesto del lado de la víctima frente a los verdugos.
—Bien hecho —tercia el vehemente.
—Si se tratara de justicia, tal vez; pero se trata de utilidad. En las primarias los socialistas han juzgado con rectitud el pasado; no sé si han mirado al futuro.
—¿Cuánto durará el idilio de las bases con el líder? —pregunta alguien.
—Eso no importa todavía. Importará cuando llegue el otoño: una vez concluidos los congresos y agotada la tregua veraniega, vendrá la terca realidad a imponer sus razones. ¿Estará Sánchez a la altura? Si conserva las cualidades que tenía hasta septiembre, no; si se ha trasmutado en un personaje nuevo, quizá sí. Me alegraría mucho lo segundo.
—Ya sabemos que no le gusta Sánchez, don Juan. Sin embargo, ¿eran mejores los otros?
—De ninguna manera. El Partido Socialista nos ha propuesto un trío nada atractivo. Acaso López, y solo por contraste, superaba un listón que no se erguía hasta las nubes, sino que rozaba la yerba. ¿Es que no hay nadie en el PSOE con más enjundia? ¿Tampoco con más valor? Quiero creer que los habrá, pero por timidez u otras causas no se nos han mostrado.
—A veces me asombra su ingenuidad, don Juan.
Él sonríe; pone cara de inocente:
—La ingenuidad es un potente somnífero; si se adoba con algo de resentimiento, es también un alucinógeno estupendo.
—Don Juan, explíquese.
—Los socialistas llevan un ramalazo levantisco que viene desde el instante de la fundación del partido: por eso no han congeniado nunca con los comunistas, obedientes y disciplinados. En la elección del secretario general se ha podido observar: todos los militantes estaban al cabo de la calle de que ganaría Sánchez, porque se trataba más de fastidiar al aparato que de elegir a un líder capacitado. Como a muchos eso no les parece una actitud muy inteligente, se han tomado con gusto el brebaje que mezcla resentimiento e ingenuidad y la alucinación inmediata les ha hecho ver en Sánchez una antología de virtudes. Por eso, y porque no había mucho donde elegir, lo han votado: no por méritos ni cualidades —escasos, salvo que se cuente en ellos la tozudez— ni por ideología —tan insustancial como la del resto—.
—¿Es usted pesimista?
—Sí; pero daría algo valioso por equivocarme.


domingo, 21 de mayo de 2017

Lanza digital

Ya sabemos que a don Juan lo invitan —y él acude— a muchos sitios que para los demás contertulios son inaccesibles. ¿Por qué lo invitan? Lo ignoro. ¿Por qué acude? Nos lo explica:
—Porque tengo tiempo, por saludar a antiguos amigos, porque nada me resulta más interesante que observar la reunión de un buen grupo tribal de seres humanos…
—¿Qué es eso de tribal? —pregunta el despistado.
—Grupos cuyos miembros, como los de una tribu, tienen algo en común: oficio, extracción social, aspiraciones, afición, ideología… Da lo mismo que sean científicos en un congreso, amigos en una fiesta o socios de la peña barcelonista: el comportamiento se parece siempre al de una horda de chimpancés.
—Claro: somos parientes; pero explíquenos el parecido.
—En estas reuniones, una vez cumplidas las formalidades del ritual, los participantes se dedican al acicalamiento mutuo; y, mediante maniobras de aproximación, saludos, gestos, risas, conversaciones, se establecen jerarquías, centros y periferias, grupos y subgrupos, quedan elementos marginados…  
—Si es siempre lo mismo, ¿por qué le interesa?
—Porque cambian los individuos.
—Entonces, lo que llama usted observación se parece bastante a lo que el resto de la gente llamamos cotilleo.
—No. El cotilleo, si acaso, vendría luego: cuando yo les contara a ustedes maliciosamente el resultado de la observación.
—¿Nos lo va a contar?
—¿Qué nos tiene que contar? ¿De qué hablamos? —pregunta otra vez el despistado.
—Don Juan estuvo el otro día en el acto del Lanza —le digo por lo bajo.
—Sí: estuve en la presentación del nuevo Lanza digital.
—O sea, en el entierro del Lanza de papel —apunta el conservador.
—En efecto. Por desgracia, pero acaso inevitablemente, el diario Lanza ha dejado de publicarse en papel. Algunos intervinientes dijeron que, pronto o tarde, les va a pasar a todos los periódicos.
—Mal de muchos…
—Es una enfermedad generalizada —don Juan elude el refrán— de la que ya hemos hablado aquí otras veces. Los periódicos en papel tienen un futuro oscuro y tormentoso, y no serán pocos los que desaparezcan. Para mí es triste, pero eso carece de importancia: a los jóvenes, que se nutren de información digital, les da lo mismo. El Lanza, además, era una anomalía.
—¿Una anomalía?
—Durante años el Lanza ha sido el único y el último periódico convencional cuya propietaria era una institución pública: la Diputación de Ciudad Real. Y de esta anomalía se han derivado varias de las dolencias que lo han llevado a la defunción: ya las analizaremos más adelante.
—¿Está usted en contra de los medios públicos?
—No: los medios privados están en contra de los medios públicos; yo, en cambio, no tengo nada contra ellos siempre que se desempeñen con criterios profesionales. Es decir, que no sean la voz de su amo, ni cuenten con una plantilla de mentalidad funcionarial.
—¿El Lanza ha funcionado así?
—Les he dicho que lo analizaremos más adelante. Lo que sí ha hecho el Lanza es llevar información y darla de lugares adonde los demás no llegaban: no está mal.
—¿Y la edición digital?
—No me gustan los periódicos digitales: la única virtud que tienen es la inmediatez, que, menos en caso de catástrofe, emergencia o acontecimiento extraordinario, no es ninguna necesidad. Y, en general, están hechos a la ligera e irreflexivamente. Ahora bien, si esta es la moda… Confío en que el Lanza digital no sea peor que otros.
—Don Juan, cuéntenos el acto.
—Sin pretensiones. Hubo demasiados discursos, como siempre, y demasiado largos: de la diputada responsable, de la directora, de la alcaldesa de Ciudad Real, del portavoz del gobierno de la Junta y del presidente de la Diputación. Nada del otro jueves, salvo el del portavoz.
—¿Bueno?
—Impertinente, confuso, pedante, tópico, propagandístico, interminable… Que Dios se lo perdone.
—Es usted duro.
—Él no tuvo compasión de los sufridos asistentes, que ya llevábamos un buen rato de pie. Encima, empezó con una de esas frases que Internet atribuye tan pronto a Buda como a Cristo, a Einstein o al papa Francisco. A partir de ella mezcló la universidad —y su magnífico rector— con el cambio climático, lo urgente con lo importante, el gobierno de García Page con las nuevas tecnologías… me pregunté si no se estaría confundiendo de acto.
—¿Quiénes eran los asistentes?
—Las autoridades civiles y militares —o sea, los mismos que asistieron a la gala de La Tribuna—, políticos en activo o amortizados, algunos intelectuales, periodistas… faltó el Partido Popular, mezquino como siempre en esta provincia de ustedes.
—¿Y luego?
—Dieron buen vino, se formaron corros, a algunos se les soltó la lengua… Ya les contaré.
Y nos deja con la miel en los labios.


domingo, 14 de mayo de 2017

'Ida y vuelta'

Don Juan deja en la mesa el último libro de Alfonso González-Calero. Mientras pide el café me atrevo a hojearlo: menos de cien páginas, toda la franciscana sencillez de la Biblioteca Añil, y —eso no lo esperaba— un manojo de poemas.
—Me lo ha hecho llegar el autor —dice don Juan—; bien que se lo agradezco. Yo tampoco sabía que fuera poeta.
—¿Qué le parece?
—Una sorpresa, una lección y un libro excelente.
—Concrete, don Juan.
—La sorpresa mayor es que, a estas alturas de la vida —la suya y la nuestra—, nos hayamos enterado de que Alfonso González-Calero es poeta, y de los buenos. Pero hay otras: por ejemplo, que firme el libro con los dos apellidos.
—Tiene madre Alfonso; todos la tenemos: ¿cuál es la sorpresa? —suelta alguien por lo bajo.
Don Juan se hace el sordo:
—Acaso la presencia del apellido materno —un García como hay tantos— sea el homenaje agradecido, pudoroso, a la persona que le inculcó las aficiones literarias: le preguntaremos.
—¿La lección?
—González-Calero es modesto: no habrá querido dar lecciones; sin embargo, en el libro hay una implícita que sirve para bastantes poetas: la poesía debe ser una actividad paciente y reflexiva. La inspiración ha de ir seguida del trabajo; el trabajo no siempre producirá de inmediato los frutos deseados: será preciso esperar, tachar, reescribir y, numerosas veces, desistir, o sea, romper lo escrito y tirarlo a la papelera. El buen poeta es buen lector de poesía; por lo tanto, leerá sus poemas como lee los ajenos; pero, si en la lectura de los demás le está permitida la indulgencia, en la lectura de lo propio no cabe ninguna. El poeta es —ojalá— antólogo de sí mismo: selecciona, desecha y nos muestra únicamente lo mejor. Así, González-Calero, que ya disfruta de la jubilación, publica ahora la cosecha escasa y sustanciosa de treinta años de labor poética: apenas sesenta poemas. 
—Hombre, don Juan, ¿hace falta llegar a viejo para publicar poesía?
—No: hace falta ser autocrítico.
—¿Por qué es un buen libro?
—Quedándonos en las meramente técnicas, por muchas razones. Una es consecuencia de la autocrítica: contiene poemas mejores y peores, pero ninguno malo. Otra: la estructura del libro y la disposición de los poemas está muy bien pensada y responde a criterios que conseguiríamos averiguar a poco que nos pusiéramos a ello, es decir, no se trata de una mera colección ni, como se ha dicho algo a la ligera, de un diario poético aunque casi todos los poemas estén datados. Tres: el sistema de puntuación y de mayúsculas no es caprichoso: tiene que ver con las intenciones expresivas, que cambian a lo largo del libro. Una más: tampoco son decorativos los epígrafes ni obedecen al exhibicionismo lector por más que se detecten muchas lecturas y ecos —de Ángel Crespo o Valente, por ejemplo— conscientes y selectos. Otra: los poemas rehúyen las modas dominantes en la poesía española de cada momento, y no encontramos rastro de los tópicos omnipresentes en la poesía manchega: mérito enorme que le agradezco como lector ahíto —ironiza don Juan—. ¿Quieren más?
—Diga.
—Esta de regalo: hay algún poema político y apenas se nota. En resumen: un libro importante —merecería estudio detenido—, entre los mejores que se han publicado últimamente en estas tierras. Y, desde luego, a partir de ahora cuenten a Alfonso González-Calero García en la nómina de los poetas y sitúenlo en la parte de arriba del escalafón.
—¿No le pone ningún pero?
—Pocos y de poca importancia: me chocan las distintas maneras de fechar, que superponga cursivas y comillas, y la tilde en Espriú...
Hace una pausa:
—El prólogo no está a la altura.
—¡Es de Corredor Matheos!
—Sí, pero pertenece a la especie de prólogos parafrásticos.
—¿Qué es eso?
—Un recurso —plaga, en realidad— muy usado y cómodo para salir del paso: no se estudia el libro ni se explica ni se aclara, tal vez se lea a la ligera; se entresacan algunos versos y se traducen en prosa ampulosamente: cualquier alumno de la ESO espabilado llegaría a lo mismo.
—¿Algo más?
—Una anécdota. Amazon ilustra nuestro libro con la foto de otro Ida y vuelta: el del falangista Antonio José Hernández Navarro, que cuenta sus andanzas en la División Azul. Hernández Navarro —algún viejo se acordará— fue de los pocos procuradores en Cortes que votó contra la Ley para la Reforma Política. Del tal libro hay edición reciente —en Actas: dónde mejor— a cargo de Carlos Caballero Jurado, comprovinciano de ustedes bien conocido en determinado círculo. No sé yo si es buena compañía.


(Alfonso González-Calero García. Ida y vuelta (Poemas 1985-2015). Almud, Ediciones de Castilla-La Mancha. Toledo. 2017. Quince euros)

domingo, 7 de mayo de 2017

El Cristo

Don Juan tiene un concepto deportivo de la discusión; acepta y se somete escrupulosamente a las normas de la dialéctica; respeta al rival: procura entenderlo; nunca desea hacer sangre. Don Juan evita a los tramposos, a los brutos, a los necios; no terquea, no pontifica, no habla de lo que ignora; rechaza las porfías arrabaleras en donde los argumentos son garrotazos y las palabras puñaladas… Don Juan no querría arrimarse al avispero del Cristo de los dominicos.
—Don Juan, la polémica está en la calle. Díganos algo.
A regañadientes, responde:
—De la polémica sé lo mismo que ustedes: que ojalá no se envenene. Del fondo del asunto, muy poco.
—¿Cuál es el fondo?
—La propiedad del Cristo. Resulta evidente que los dominicos no cuentan con documentos que se la adjudiquen: si dispusieran de ellos, ya los habrían enseñado. Pueden acreditar —eso sí, y solo eso la posesión continuada e indiscutida del Cristo los últimos sesenta y dos años. Almagro —signifique aquí la palabra lo que signifique— tampoco cuenta con documento ninguno; es más, bastantes almagreños se enteran ahora de que el Cristo existe: desde hace casi dos siglos apenas ha estado a la vista y no cabe argumentar que la imagen sea objeto de devoción especialmente arraigada…
—Quizá los historiadores nos alumbren: algo habrá escrito —supone un optimista.
—Que yo sepa, nadie se ha ocupado del Cristo, nadie lo ha estudiado. Tan solo Maldonado padre se refiere a él en dos ocasiones. En el libro Almagro, Cabeza de la Orden y Campo de Calatrava dice que pertenecía a las monjas franciscas; que estas, al abandonar el convento cuando la desamortización, se lo “entregaron” a la familia Aparicio; y que la familia “lo conservó en su casa del Arco de Valenzuela” hasta que se llevó al convento de los dominicos en 1955. En el programa de la feria de 1979 precisa que “un miembro de la familia y fraile dominico, el padre Ramón Fernández Aparicio, lo llevó a su convento de la Asunción Calatrava, donde recibe culto actualmente”; y añade que “esta verdadera historia” se la contó don Manuel Aparicio Huertas y que le dio “los detalles de todo ello por escrito”.
—Luego es de los dominicos…
—Habría que ver el escrito de don Manuel Aparicio; quizá Maldonado hijo lo conserve.
—Maldonado hijo contradice a su padre —nos ilustra un asiduo visitante de las redes sociales—. El otro día escribió en Facebook que el Cristo estuvo en el Arco de Valenzuela hasta la Guerra, que de allí fue retirado por la familia del padre Ramón Fernández —“nadie se opuso ni presentó título alguno de propiedad”—, que Ramón Fernández lo heredó legítimamente —recalca legítimamente— de sus padres y, como fraile, lo entregó a la orden, su legítima heredera.
—Mucho insiste en la legitimidad —observa el descreído.
Don Juan elude la observación:
—Ellos sabrán, pero en estas cosas me fío más del padre que del hijo, cuya versión, encima, es menos favorable a los frailes: “retirar” el Cristo de su sitio quizá estuviera justificado por la Guerra, pero no devolverlo al acabar…
—De la Guerra también habla Galán.
—Y no muy atinadamente. Galán saca a colación un asunto por completo extemporáneo —el de la iconoclasia roja durante la Guerra Civil— que, sin embargo, señala el terreno cenagoso en que acaso embarranque la cuestión: reyerta a navajazos entre católicos fervientes y ateos fervientes revestidos ambos de sus peores ropajes.
—¿Qué ropajes?
—Los de clericales y anticlericales, o sea, los de la adhesión irracional a posturas mutuamente excluyentes y con idéntica y recíproca voluntad de exterminio. Que se llegara hasta aquí era previsible, pero que fuera por culpa de un responsable político no me lo esperaba.
—Galán parece hombre impetuoso y de razonamientos nada sutiles.
—¿Qué gana sobrepasando al Partido Popular por la extrema derecha, echando sal en heridas abiertas todavía? Durante los primeros meses de la Guerra se destruyó abundante material religioso y se asesinó concienzudamente a numerosos católicos; ahora bien: ¿determinan tales salvajadas la propiedad del Cristo?
—No. Tampoco mentar a quienes reposan aún en las cunetas.
—Pues entonces Galán nos ha mostrado a las claras su verdadera posición política: después, que venga a pedir votos moderados.
—¿En qué parará esto, don Juan?
—A saber. La inmensa mayoría de los almagreños es gente sensata; los dominicos lo serán igualmente; no estorbarían unos gramos de mesura, delicadeza y generosidad. Pero si los ultras acuerdan embestirse…


domingo, 30 de abril de 2017

Núñez de Arenas

Quién lo iba a decir: me he aficionado al arte contemporáneo. Ayer, sin reserva ninguna, fui con don Juan a la exposición de Esteban Núñez de Arenas en el Centro de Arte. Nada más entrar nos llamó la atención ver al artista mirando, con aire de profundo recogimiento y el pincel en la mano, un cuadro que tiene a medias: es que, en el presbiterio de la que fue capilla, Núñez de Arenas ha instalado el atelier y allí trabaja a la vista de todos. ¿Por qué lo hace? ¿Por qué se exhibe a sí mismo en una actividad casi siempre discreta, incluso íntima, de la que el público suele conocer únicamente el resultado? ¿Será una performance de esas que dicen? ¿Una especie de happening?
—Quizá —condesciende don Juan—, o simplemente quiera mostrarnos que pintar es un trabajo arduo, que el Esto lo hace mi niño de tantos espectadores osados es una imprudente ligereza.
No molestamos al pintor. Recorremos la sala despacio. A la izquierda hay cuadros ya antiguos, en distintos soportes, y dibujos a lápiz; alguno de los cuadros es magnífico; los dibujos, minuciosos, de buena técnica, muestran con sorprendente realismo aparatos inverosímiles. A la derecha, una serie reciente y numerosa de cuadros pequeños, en blanco y negro o con mínimas pinceladas de color, donde las formas se retuercen y combinan en composiciones que parecen desenfocadas, pero que —como si fuéramos ajustando la lente de un microscopio—, tras un rato de contemplación, se organizan hasta constituir piezas oníricas de sorprendente coherencia y capacidad sugestiva. El cuadro que está pintando, de gran formato, es parte de la serie.
—Lo visible y lo invisible —dice don Juan.
—El nombre de la exposición, sí.
—Y también, creo, el del catálogo de la que hubo en Toledo hace dos o tres años por el centenario del Greco. El Greco pintaba lo visible —lo que ve todo el mundo— y lo invisible —lo que ven los creyentes con los ojos de la fe—. En cierto modo, Núñez de Arenas hace otro tanto.
—¿Pinta lo invisible? ¿Con los ojos de la fe?
—No hablo de fe. Hablo de lo que rastrean los psicólogos por debajo de la actividad mental consciente; de lo que vemos en el sueño o en los estados alterados de la conciencia; de lo que creemos ver, cuando nos pillan descuidados, en las nubes, en los desconchones de las paredes, en las sombras… ¿Conoce usted esos test de personalidad hechos con manchas de tinta china? Algo de eso hay aquí.
—O sea, ¿que mirar los cuadros es someternos a un test psicológico?
—Quiero decir que, si miramos atentamente los cuadros, sin prejuicios y sin los frenos de la percepción cotidiana, nos convertimos automáticamente en pintores de lo invisible. Los cuadros de Núñez de Arenas son el estímulo que necesitábamos para ver lo invisible. Y lo que vemos, naturalmente, no será lo mismo que ha visto el pintor mientras pintaba, ni lo que veo yo será lo mismo que esté viendo usted. Por eso no tiene sentido preguntar qué significan los cuadros.
—Pues es lo que hace mucha gente.
—Los que solo ven lo visible, lo que se ajusta a las normas convencionales de percepción: lo obvio, rutinario y banal. ¿Se ha asomado usted a las procesiones de Semana Santa?
—A algunas.
—Se habrá fijado en las imágenes, en los bordados, en la orfebrería… ¿qué le parecen?
—Muy bonitos.
—En efecto: bonitos. Y previsibles: encajan perfectamente con lo que todos se esperan. Es decir, no hay en ello ni un átomo de arte.
—¿Qué hay entonces?
—Hay artesanía, muchas veces estupenda, o mera industria. Actividades sumamente dignas —el mismo Greco montó en Toledo una verdadera factoría de pintura y escultura religiosas—, pero a las que les falta un escalón para llegar al arte. El arte sorprende, incomoda, reta, conmueve, es imprevisible: porque nos pone delante cosas con las que no contábamos, el arte es creación y los artistas verdaderos se acercan a los dioses.
—¿Lo que estamos viendo es arte?
—Tentativa de arte por lo menos.
Cuando acabamos la visita, Núñez de Arenas está para irse. Salimos con él. En la puerta enciende un cigarrillo:
—Unas veces me gana; otras le gano.
Habla del cuadro. ¿Se referirá a la dificultad de crear? Núñez de Arenas es un excelente retratista, un buen dibujante: podría dedicarse con éxito a la pintura alimenticia. Ha escogido, sin embargo, el camino difícil: la incomodidad del arte.



domingo, 23 de abril de 2017

Autores y obras

—Desde que Nuestro Señor Jesucristo proclamó aquello de A fructibus eorum cognoscetis eos, mucha gente se lo toma al pie de la letra, como dogma de fe; y lo repite al tuntún, como se repiten los dogmas de fe.
—Claro, don Juan. Si lo dijo Nuestro Señor Jesucristo, verdad será. Y lo sabe Pero Grullo: los buenos hacen buenas obras; los malos, malas
—No siempre; en Utah, a veces, los grandes hombres hacen obras malas, le dijo el juez al hombre bueno y extraordinario, jerarca mormón, que había violado a la cuñada.
—Hombre…
—El violador, sí —ironiza don Juan—; la violada es mujer.
El despistado pregunta:
—¿Hablamos de teología y de moral?
—Hablamos del Día del Libro. ¿No es hoy el Día del Libro?
—¿Y qué tiene que ver?
—A estas horas, numerosos próceres de la cultura y la política estarán alabando un libro que quizá no hayan leído, y trasladarán, sin pensárselo mucho, el elogio de sus cualidades estéticas a las cualidades éticas del autor. A mi parecer, mezclan churras con merinas.
—¿Cuáles son las churras y cuáles las merinas?
—Las que ha oído: ética y estética.
—Alguien dijo que no hay estética sin ética.
—Le salió un enunciado redondo, contundente como un disparo, oportunísimo… pero falso; lo mismo que la frase tan citada estos días de Kapuscinski, eso de que una mala persona no puede ser un buen periodista. Simplificaciones, por no decir simplezas.
—Don Juan…
—Permítanme imitar a Nuestro Señor Jesucristo, o sea, incurrir en la perogrullada: las virtudes morales se aprecian en las obras morales; las virtudes estéticas, en las obras estéticas.
—Pero un autor se manifiesta en su obra: en ella dejará su visión del mundo, valores, ideas, presupuestos estéticos…
—A veces. Las personas son seres muy versátiles que se conducen de forma distinta según las circunstancias, las necesidades, las intenciones… o ¿hablan ustedes aquí lo mismo que le hablarían al notario o al cirujano? El creador en cuanto tal —es decir, en el acto de crear— no se identifica exactamente con el padre de familia, el socio de la peña del Real Madrid o el paciente del dentista, aunque sea también todas esas cosas. Lo sabe bien cualquier poeta o lector de poesía; lo sabe cualquier aficionado al fútbol: Maradona era un futbolista magnífico y —Dios nos perdone el juicio temerario— un individuo escasamente recomendable. Por no hablar de Quevedo, de Lope, de Cela, de Ruano…
—¿Y de Cervantes?
—Cervantes sería un buen hombre, pero nadie lo recuerda por eso. Lo recordamos porque escribió una obra maestra y varias de muy alto nivel. Buenas personas hubo en su tiempo —en todos los tiempos— a millares: la inmensa mayoría pasó sin hacer ruido, duró en el recuerdo de sus allegados unos pocos lustros, se hundió después en el pozo del olvido sin que nadie la echara de menos. Como a nosotros, ay, no tardando.
—Todavía somos jóvenes —suelta un iluso.
Nadie le hace caso. Don Juan concluye:
—Por lo tanto, quizás haya que fijarse más en la obra que en el autor.
—De ninguna manera, don Juan —sobreactúa el escéptico—: ¿quién indemnizaría los egos hipertrofiados de tanto creador que crea exclusivamente con objeto de recibir alabanzas?
Don Juan soslaya la ironía. Responde:
—Aunque ahí el Arcipreste de Hita —habitualmente tan atento y perspicaz— se despistara un poco, la vanidad es uno de los motores principales de la conducta humana. Pero eso a los lectores, espectadores, oyentes, visitantes de exposiciones y museos no les importa: ¿qué más da si Góngora escribió el Polifemo para entretenerse, para exhibir ingenio y agudeza o para hacerle la pelota al conde de Niebla? El hecho es que lo escribió, y que nosotros podemos leerlo hoy con sumo deleite.
Al decir nosotros don Juan —puedo certificarlo— exagera. También exagera, me parece, al desgajar la obra del autor; lo digo en voz alta:
—¿Qué se pierde, don Juan, si atribuimos, cuando se pueda, buenas cualidades morales al autor de una obra que tiene buenas cualidades estéticas? Aunque sea por metonimia…
—No se pierde nada, amigo mío. Pero la recíproca sí estará prohibida: ¿o debemos tachar de malvado a cualquier sujeto que componga poemas ripiosos o novelas abominables?
Pienso entre mí que basta con no leerlos.