domingo, 31 de diciembre de 2017

Divagaciones calatravas y buenos deseos

Don Juan pasa la Nochevieja en Navaltizón con toda la familia, incluidas las novias —o como ahora se diga— de los nietos. Aunque los preparativos le dan quehacer, no le disgustan estas cosas y, a medida que ha ido envejeciendo, cada vez menos: la vejez enternece. Para ultimar algún detalle vino a ver a la hija el miércoles pasado y se quedó hasta el jueves. En la noche del miércoles lo acompañé al teatro, a una lectura dramatizada de La judía de Toledo. Me aburrí no poco: el horario infame, la duración kilométrica, los discursos prolijos… Salí a escape antes de que acabaran los generosísimos aplausos. Don Juan, en cambio, parecía en su salsa: se quedó al vino que dieron como estrambote.
Hoy hablo con él por teléfono:
—¿Qué celebraban, don Juan?
—Que, según dicen, hace ochocientos años que los calatravos se mudaron de Calatrava la Vieja a la Nueva.
—¿Tiene eso algo que ver con las aventuras extramatrimoniales de Alfonso VIII?
—Poco, creo yo. Como no sea que Alfonso VIII perdió Calatrava la Vieja tras el desastre de Alarcos y la recuperó cuando las Navas…
—¿La perdió por sus andanzas sexuales?
—Quién sabe: el Dios de la Edad Media era más duro que el de ahora. El caso es que los amores de Alfonso con la judía de Toledo han tenido consecuencias literarias muy notables. La que nos leyeron la otra noche tal vez no sea de las mejores.
—Pero estuvo usted bien atento…
—Me interesa El Taular. Para ser un grupo aficionado, tiene buen nivel. Me interesa también el Centro de Estudios Calatravos: conviene que haya alguna institución solvente dedicada a la investigación y la reflexión sobre la comarca; y sería estupendo que difundieran eficazmente lo investigado y reflexionado. No sé si hacen lo primero, pero lo segundo no lo hacen; es decir, apenas publican y la repercusión de sus actividades es mínima.
—Pues hay en él gente muy importante.
—Sin duda: empezando por la cabeza, Sánchez Meseguer, cuyo currículo es brillantísimo.
—Nos enteramos el martes de que en la intimidad le dicen Mese.
—Poco habríamos perdido de no saberlo. A los viejos estas familiaridades en actos que deberían ser formales y hasta solemnes nos desconciertan un tanto: tardamos en enterarnos de que Mariano es Rajoy o de que Pablo es Iglesias; y ya, si emplean los hipocorísticos, nos desorientan del todo.
—Lo harán aposta.
—Es posible, pero no lo creo. Lo hacen así porque no distinguen que hay situaciones y situaciones; quizá tampoco sepan que en cuanto la camaradería sobrepasa ciertos límites se torna chabacana; y, sobre todo, ignoran que el público no tiene por qué participar de sus efusiones: la formalidad y la buena educación no sobran nunca; el respeto tampoco.
—No se enfade usted, don Juan: esta guerra la tenemos perdida.
—Pudiera ser —dice melancólico.
Vuelve al camino del que nos ha sacado la digresión:
—Y me interesa, igualmente, la orden de Calatrava, más como mito fundacional que como realidad histórica.
—Explíquese.
—Dejando para otro día juicios de valor y demás cuestiones espinosas, concedo que acaso en los primeros tiempos los calatravos cumplieran eficazmente la misión de proteger a la cristiandad contra la morisma. En cuanto dejó de hacer falta se convirtieron en el prototipo de élite extractiva; es decir, emplearon todas sus energías en la explotación concienzuda de estas tierras y sus gentes, sin un átomo de misericordia.
—Así eran entonces las cosas.
—Eran así, en efecto. Pero ¿por qué quienes viven ahora en la comarca se sienten tan orgullosos de los que exprimieron ferozmente a sus antepasados? ¿Por qué la cruz de Calatrava —más garra ensangrentada que otra cosa— está en todas partes?
—Hombre, don Juan: la orden de Calatrava es un elemento muy principal de nuestra historia, nos hizo como somos.
—¿Igual que Hitler hizo a Primo Levi, por ejemplo?
—Exagera usted.
—Conviene que alguien exagere por el lado de la crítica para compensar un poco el platillo de la beatería laudatoria.
—¿Echa usted sobre sus hombros tan alta misión?
—Yo no estoy para misiones ni proselitismos: que cada uno piense, diga y haga lo que quiera. Pero, de vez en cuando, no viene mal abrir el armario de los mitos fundacionales y airearlos un poco.
Será verdad: habrá tiempo. Abrevio la conversación. Intercambiamos buenos deseos. Me pide que los extienda a ustedes, pacientes lectores. Obedezco: que el año venidero les sea propicio, que les devuelva con creces todo lo que nosotros les debemos y no sabemos cómo pagarles.

domingo, 24 de diciembre de 2017

Feliz Navidad

A estas horas el Marqués está lleno; los clientes ríen, brindan, hablan alto, se saludan o despiden con abrazos. Grises, morigerados, viejos, somos la isla extravagante que salva la dignidad vespertina de este humilde domingo de invierno: para los demás no es domingo, es Nochebuena, la puerta grande de las Fiestas. Reclamos innumerables se disputan, como aves de presa, la adhesión o el bolsillo de los pobres mortales. No es fácil escapar al aturdimiento, a la embriaguez de dicha que se ofrece al alcance de la mano. No será difícil despertar con resaca después de los Reyes.
—¿Y qué hacemos? —pregunta alguien con resignación.
—Huir —dice el escéptico.
—Disfrutar lo que podamos: no se pongan ustedes exquisitos ni se suban al púlpito de quienes piensan que saben, porque no beben el vino de las tabernas —corrige don Juan.
—¿Nosotros? —replica el escéptico.
—Nosotros también tenemos derecho a disfrutar de las fiestas aunque seamos viejos y, dentro de un orden —valga el oxímoron—, incluso a cometer excesos.
—Pero estas son fiestas religiosas —precisa, como siempre, el católico.
—Son fiestas; el apellido que se les ponga carece de importancia. En el mundo occidental han sido durante siglos fiestas religiosas. ¿Lo son todavía? Cabe dudarlo. En el resto de la tierra la tradición cristiana ni siquiera existe, pero las fiestas —o sea, la Navidad— sí, cada vez más. ¿Tiene algo de malo? No lo creo.
—Es malo el imperialismo cultural de Occidente —se altera el rojo.
—Ojalá todos los imperialismos fueran tan recios como este —ironiza don Juan—. Hay actualmente un afán de pureza étnica, cultural, religiosa, bastante ingenuo que incurre en excesos algo ridículos. Sin irnos muy lejos: me cuentan que las familias de ciertos alumnos del colegio Cervantes han pedido que no vayan sus hijos al belén. Tienen todo el derecho del mundo y no seré yo quien se lo niegue, pero ¿no estarán simplificando excesivamente las cosas, es decir, incurriendo en un fundamentalismo pedestre que en nada beneficia a la formación de los niños?
—¿Y si los padres son musulmanes u ortodoxos o ateos?
—Aunque lo sean. La cultura occidental incluye grandes dosis de cristianismo, de judaísmo, de herencia grecolatina… Resulta imposible entender a Garcilaso o a Góngora sin rudimentos de mitología clásica; no es preciso ser cristiano para oír gozosamente la música de Bach, pero conviene conocer qué es un Kyrie antes de sumergirnos en la Misa en si menor, por decir algo. ¿Se puede ir al Prado, al Louvre, a la Galleria degli Uffizi ignorando por completo la iconografía cristiana? Quizá, pero no estorbaría.
Don Juan toma un sorbo de jerez. Prosigue:
—Conocen ustedes cuáles son mis creencias religiosas: ninguna. Aun así considero imprescindibles y sumamente placenteros los productos culturales del cristianismo, desde las sutilezas laberínticas de la cristología de los primeros concilios a los villancicos populares, de las iglesias románicas a la música de Händel, del Greco a Miguel de Molinos. Y eso nada tiene que ver con la fe.
—Hombre, al menos en su origen…
—Quizá en su origen, ya no necesariamente. Luego excluir a los niños de todo ese formidable legado cultural me parece un insensatez y una ligereza, cuando no un rasgo de fanatismo. Lo mismo opino de las fiestas: ¿a quién ofenden los que en el bar se están achispando despreocupadamente? A nadie, felices ellos, salvo en lo de usar gorros de Papá Noel.
—La iglesia católica habla del sentido religioso de la fiesta.
—Que haga lo que quiera. La iglesia tiene un reducido número de fieles —¿cuántos por mera tradición, cuántos por fe viva?— que acuden a los cultos y tratan de ocupar simbólicamente los espacios públicos de maneras diversas: que los pastoree como le plazca. ¿Aborrecen el jolgorio, las comilonas, el despilfarro, los excesos? Ellos se lo pierden. El ciudadano común, sensato y moderado, está tan lejos del catolicismo ferviente como del ateísmo ferviente, y oye con la misma risueña indiferencia a los solemnes predicadores de las religiones nuevas como a los de las religiones viejas: todos refractarios al alborozo festivo, sosos de nacimiento.
Don Juan —la moderación misma— nos tiene acostumbrados a exaltadas defensas de la juerga. A sus años, sabemos que lo hace más por nostalgia y aversión a los moralistas que por la propia juerga, ya casi inalcanzable.
Como partidario de la fiesta —de cualquier fiesta— y enemigo declarado de quienes se oponga a ella —sean quienes sean—, nos despide con un brindis, nos desea una feliz Navidad y me encarga que yo también se la desee a todos ustedes, misericordiosos lectores.
Obedezco gustoso: pásenla bien.

domingo, 17 de diciembre de 2017

"Esfínters dil·latats"

Los amigos de la tertulia somos gente como el resto. Abundamos en vicios —unos fruto de la edad, de la educación y los prejuicios; otros de la naturaleza, que nos sacó imperfectos; ninguno de la voluntad de obrar mal—; no presumimos de ellos: si no atinamos a corregirlos, al menos les ponemos sordina. Desde luego, sabiéndonos del mismo barro que los otros, evitamos dar lecciones a nadie aunque metamos baza con absoluta libertad en lo que se tercie…
—Habría que matizar —interrumpe don Juan.
—Matice, por favor.
—La edad por sí sola no cría vicios ni virtudes. La educación —intencionada o por impregnación— sí puede dar lugar a tropiezos y conductas más o menos sinuosas: hay que andarse con ojo.
—Eso quería decir, don Juan: que somos viejos, que tenemos costumbres anticuadas y antojeras que nos impiden apreciar bien las novedades.
—Precisemos de nuevo: las costumbres son territorio privado; cada uno tiene las que le placen. Por ejemplo, esta es una tertulia de hombres solos, bebedores y, supongo, de sexualidad más o menos convencional —signifique lo que signifique—: a nadie le importa. Pero defendemos la igualdad de mujeres y hombres, no exhortamos al alcoholismo, y las preferencias sexuales del prójimo nos traen sin cuidado.
—Claro, don Juan.
Él va embalado:
—Y en lo de opinar libremente… no estaría mal añadirle algo de conocimiento y una pizca de prudencia. O sea, tratemos de evitar las muchas tonterías y la excesiva difusión de las que digamos; ahora, el prójimo que diga las que quiera y las difunda a los cuatro vientos: la libertad de expresión es sagrada.
—Hombre… —duda alguien.
—Sabiendo, eso sí, que al que dice muchas tonterías lo llaman tonto muy justamente.
Algún amigo no encuentra el hilo:
—¿De qué se habla hoy?
—De que la estupidez está bien repartida —se anticipa don Juan—. Miren los comentarios de un ilustre científico sobre Miquel Iceta.
—Poco tienen que ver con nosotros.
—Quién sabe. El patriotismo es ponzoñoso.
El amigo sigue perdido, pero no dice nada; don Juan continúa.
—Cuando digo patriotismo, perdonen el atrevimiento y entiendan cualquier tipo de adhesión emotiva a un grupo. Con demasiada frecuencia los grupos se fundamentan en el odio a lo ajeno tanto como en el amor a lo propio. De ahí las rivalidades y conflictos; de ahí también la descalificación previa y absoluta del otro, lo conozcamos o no: si no es de los nuestros, es pérfido y no son precisas más averiguaciones.
—Pero un científico es una persona racional: no afirma las cosas a humo de pajas, sino después de haberlas comprobado.
—Mientras actúa de científico, probablemente sí. En cuanto sale del laboratorio, ya es un hombre común, con su carga de prejuicios a cuestas: cultura no siempre es sinónimo de inteligencia ni de racionalidad, menos todavía de rectitud moral. Cuando una lumbrera de la ciencia, del arte o de la cultura cae enfermo de patriotismo se vuelve muy peligroso: las tonterías o vilezas que haga o diga serán mucho más tontas y viles que las de otro cualquiera.
—¿No es un freno la inteligencia, entonces?
—Solo si se combina con la ética. De lo contrario, hasta podría ser un acicate. Miren este buen hombre: emplea oblicuamente la expresión esfínters dil·latats, un sintagma culto, para acusar a Iceta de ciertas prácticas sexuales que él considera perversas y que, por tanto, lo incapacitan absolutamente. Ahora bien: ¿está completamente seguro de que la actividad sexual de Iceta ocasiona la dilatación de esfínteres?, ¿lo ha comprobado él?, ¿cree a estas alturas que solo hay un tipo de sexualidad ortodoxo y aceptable?, ¿qué le da derecho a pensar que las actividades sexuales de alguien anulen las cualidades o capacidades que pueda tener, sean estas para jugar al mus o para presidir la Generalitat, y que lo conviertan automáticamente en impostor, ignorante, demagogo…?, ¿no se da cuenta de que sus prejuicios son los mismos que los del Dios del Antiguo Testamento y sus secuaces hasta hoy? A qué seguir: basta para darnos cuenta de lo encenagada que anda la convivencia en algunos sitios.
—¿Tiene remedio?
—En la medida en que lo tienen las cosas que atañen a la condición humana. Los seres humanos somos animales, y no de los mejores. Lo natural en los seres humanos es la lealtad irracional al grupo —rebaño, manada, patria, fe, lo que sea— y el odio feroz a lo que no sea grupo. Contra esa tendencia natural lleva siglos oponiéndose la civilización. La civilización es un trabajo arduo y lento. Confiemos en que no sea un trabajo inútil.


domingo, 10 de diciembre de 2017

Suum cuique

Don Juan no había vuelto al Corral de Comedias desde el verano, cuando estuvo en la representación —correctísima políticamente, quizá tramposa— de A secreto agravio, secreta venganza, la función que ganó el Almagro Off. El viernes último, con un hato de amigos pastoreados por una guía monótona y funcionarial, volvió como turista: aunque se lo conoce bien, lo recorrió a conciencia, despacio, fijándose en detalles y pequeños cambios que casi nadie nota. Dos le llamaron la atención, ambos perfectamente prescindibles: la placa en memoria de Elena Damiana de Juren, a quien le está dedicado uno de los innumerables tomos de las comedias de Lope, y la prolija aclaración junto al poema de Manolita Espinosa del que hablamos hace unos meses. La placa es erudita y discreta, e incluso puede excitar la curiosidad intelectual de algún visitante, pero don Juan piensa que está traída por los pelos y que a este paso el Corral se va llenando de cachivaches banales; en cuanto al escolio del poema…
—¿Qué es un escolio? —pregunta alguien que no pertenece a la cofradía de los cultos.
—Los escolios son observaciones o comentarios en forma de nota que se añaden a un texto para explicar algo que precise explicación. Antiguamente se ponían en los márgenes, y en los márgenes han puesto el de Espinosa.
—¿En qué márgenes? ¿Qué han puesto? ¿Para qué?
Don Juan es paciente:
—Desde hace muchos años en el vestíbulo del Corral hay un cuadro de marco funerario que, además de ciertos dibujos ingenuamente almagreñistas, copia el poema este de Manolita Espinosa, caligrafiado con el tipo de letra emperifollada que estuvo de moda hace un siglo. El tiempo ha desleído el texto, pero todavía se ve perfectamente, al pie, el nombre de la autora. De modo que nadie duda de que el poema es obra exclusiva del ingenio y la inspiración de la poeta local por excelencia.
—El escolio ¿qué dice?
—Que el poema es de Manolita Espinosa, que se ha traducido a diversas lenguas, que lo han leído y representado importantes personalidades, y —cabe deducir, porque la redacción es lóbrega— que está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual. Toda esa información, impresa en una de las fuentes más cursis del Office, ocupa un folio, enmarcado también funeralmente, que han colgado como hijuela junto al texto principal.
—¿Para qué?
—¡Si hicieran ustedes las tareas…! —se lamenta irónico don Juan.
—¿Qué tareas, don Juan? Déjese de enigmas, por favor.
—¿No han borrado los versos de Espinosa que había en el silo? ¿No les encargué que averiguaran la causa?
Por mi parte estaba convencido de que aquel fue un encargo retórico que no nos obligaba a nada: lo había olvidado por completo; los demás, igual.
—¿Qué relación hay? —la pregunta es casi una llamada de auxilio.
—A estas alturas ignoramos todavía por qué borraron los versos; pero ya tenemos una pista —don Juan se pone detectivesco.
—¿Cuál?
—El Registro de la Propiedad Intelectual. Si nos dicen que el poema está protegido por un escudo tan poderoso será para ahuyentar a quienes quieran echarle mano.
—¿Pretendió Antonio Laguna aprovecharse de la obra de Espinosa? Eso es descabellado, don Juan. Laguna quiso hacer un homenaje a la poeta: así lo dijo públicamente, y confesó que siente por ella profunda admiración.
—Quién lo duda. Pero no puso el nombre de la autora. Y ya saben cómo son de susceptibles los poetas. Quizá a alguien no le gustara la falta.
—La omisión o falta que dice usted no pasaba de descuido fácilmente enmendable. ¿Qué necesidad había de quitar los versos ni de advertir del registro?
—No lo sabemos. Tampoco creo que nadie nos vaya a facilitar las pesquisas. Pero ahí están los hechos a la vista de todos. ¿No les llaman a ustedes la atención?
—Están los hechos, pero establecer una relación entre ellos es aventurado: ¿a qué poeta le incomoda la difusión de sus versos?
—La difusión, a ninguno; el control de la difusión a muchos. Quizá en otros tiempos el máximo honor de los poetas fuera que sus versos llegaran a ser tan populares que se convirtiesen en anónimos: Juan de Mairena dijo algo al respecto. En nuestros días, en cambio, el marchamo de la autoría debe acompañar al poema necesariamente; de lo contrario, el poeta sufre sarpullidos y escoceduras muy molestos y dolorosas.
Sé que don Juan carga la suerte aposta, y que se arriesga a ser malinterpretado, pero no quiero pedirle precisiones: al alcance de cualquiera está que, salvo algunos parapoetas, nadie se ha hecho rico escribiendo versos; ahora bien, que los autores quieran ver reconocida la autoría no tiene nada de malo: es mera justicia.


domingo, 3 de diciembre de 2017

Y, además, suerte

El 3 de diciembre de 1977 cayó en sábado. ¿Era los sábados cuando salían entonces las revistas de información general? Don Juan no lo recuerda, pero hoy ha repasado los números fechados aquel día por dos que guarda con mucho cariño, completas, encuadernadas, y que —cosas de viejo— hojea de vez en cuando para entretenerse: Triunfo y Cuadernos para el Diálogo.
—Para entretenerme, y para refrescar la memoria y aprender.
—Hombre, la historia se aprende mejor en los libros de historia, digo yo — y lo dice el amigo sin excesiva meditación.
Don Juan lo mira interrogante; el otro se retrae; don Juan precisa:
—Los libros de historia, si son buenos, nos cuentan las cosas como fueron, vistas desde hoy. Usando un lugar común de nuestros días, los buenos historiadores presentan un relato coherente de lo que pasó, bien estructurado a la manera de las buenas novelas, con sus causas y consecuencias; de modo que el lector, de no andar sobre aviso, podría creer que lo sucedido tenía que suceder inexorablemente, obedeciendo a leyes tan estrictas como las de la física.
—¿Y no es así? —pregunta un ingenuo.
—Ignoro si la historia, la vida en general, tiene algún sentido; si lo tiene, se me escapa. Se les escapa igual, obviamente, a quienes están haciendo o padeciendo la historia en el momento de hacerla o padecerla.
—Es usted muy pesimista, don Juan.
—Creo que no. Ahora bien: hay personas a quienes el sinsentido del presente y la incertidumbre del futuro les causan desasosiego; por eso se han inventado las religiones: el marxismo o el cristianismo sí están seguros de que la historia tiene sentido, tanto que a menudo escriben la palabra con mayúscula.
—Los patriotas, lo mismo —amplía alguien con agudeza.
—Claro: las patrias son religiones; es decir, cada patria es un relato perfecto, sin desfallecimientos: la Historia de la Salvación de un pueblo heroico que, conducido por pastores maravillosos, salva incontables peligros, arriba —o ha de arribar— a la Tierra Prometida, y hace realidad lo que era desde el principio de los tiempos un Destino Manifiesto. Antiguamente estas cosas las contaban muy bien los poetas; ahora las cuentan —muy mal— historiadores capciosos, maestros de escuela, políticos balbucientes y otros varios tenderos de mercancías averiadas.
—La gente los cree.
—Ya hemos dicho que las incertidumbres dan miedo: el calor del rebaño y la clarividencia del pastor lo mitigan. Pero el rebaño no sabe adónde va hasta que ha llegado; los pastores, tampoco.
—No exagere usted, don Juan: los seres humanos tienen aspiraciones, expectativas, anhelos; tales sentimientos pueden ser compartidos; de vez en cuando surgen líderes visionarios y seductores capaces de proponer metas al pueblo y de disciplinarlo para encaminarse a ellas.
—Quién lo niega. Por supuesto hay aspiraciones individuales y colectivas, líderes carismáticos, etcétera y etcétera. Lo que no hay son destinos manifiestos ni pueblos elegidos. Quiero decir que las aspiraciones se pueden frustrar o ser descabelladas, y que con demasiada frecuencia vemos líderes atolondrados y tramposos que guían al pueblo por el filo de la navaja o lo arrojan al precipicio. No es preciso traer ejemplos de que unas veces las cosas salen bien —la Transición— y otras mal —la Segunda República—, y no siempre por los aciertos o errores de quienes reman o están al timón. Así que lo mejor que se les puede pedir a los gobernantes es inteligencia, tacto y buena fe; luego, generosidad, sentido común, respeto, humildad y… suerte.
—¿A qué viene todo esto, don Juan?
—Lean los números de Triunfo y de Cuadernos para el Diálogo del 3 de diciembre de 1977. Faltaba un año para el referendun de la Constitución: nadie lo sabía, claro está; pocos eran optimistas. En el número de la semana anterior Cuadernos publicó el borrador al que habían llegado trabajosamente los siete padres que, andando el tiempo, serían cubiertos de elogios: por aquellos días no paraban de caerles palos encima, algunos con muy mala uva. Y el texto que se había filtrado —¡un mero primer borrador!— recibió críticas de todas partes: desde lingüistas a politólogos, de plumillas pretendidamente ingeniosos a sesudos profesores, de la derecha extrema y de la extrema izquierda, de los sindicatos y de las patronales; de Pedro Altares y de Haro Tecglen; de la iglesia católica, por supuesto. Haro Tecglen escribió: Una Constitución se hace para muchos años, pero la española se está haciendo mediante componendas y pactos para una coyuntura; Pozuelo, su heterónimo, se burlaba inmisericorde en la columna de al lado de los siete enanitos...
—¿Y?
—Que la iglesia católica, barriendo siempre para casa, no se ha movido un milímetro. Y que tuvimos suerte.




domingo, 26 de noviembre de 2017

Ciudad Real

—Si Ciudad Real no es la capital de provincia más fea, por ahí le andará —sentencia un amigo.
—¿Las conoces todas? —pregunta otro con prudente ironía.
—Ni falta que me hace: conozco muchas y en todas las que conozco hay algo interesante. En Ciudad Real nada.
—¿Qué opina usted, don Juan? —viene otro a poner paz.
—Ciudad Real es fea, claro. Ahora bien, con las ciudades, igual que con las personas, no es necesario proclamar los defectos crudamente, que la sinceridad linda a menudo con la mala educación: baste decir que no le han tocado los mejores gobernantes. Además, adjetivos tan drásticos y tan al alcance de la mano valen para andar por casa y entendernos, pero necesitarían precisiones en cuanto quisiéramos alzar una pizca el nivel de la conversación.
—Bien elevado era el artículo de Rivero Serrano el otro día.
—Lo era: serio, documentado, ecuánime, agudo, culto… como suyo.
—¿Entonces?
—El mayor reproche que puede hacérsele a Ciudad Real no es que sea fea, sino que la fealdad es voluntaria. Puertollano, por ejemplo, es de aluvión, creció en tumulto de gentes misérrimas que colgaron sus tristes casas de los cerros como Dios les dio a entender. Ciudad Real, en cambio, se desarrolló pausadamente durante siglos, habitada por gentes de orden aunque no nadaran en la abundancia: menestrales, labradores, burócratas, mercaderes, clérigos, hidalgos, nobles de medio pelo; pobres también, pero de los que aquella sociedad conservadora y estática podía tolerar sin conflicto, casi como una bendición divina para ejercer la caridad…
—Qué tendrá eso que ver.
—Tiene que ver. La paciencia de los siglos fue creando un poblachón que a mediados del XX era todavía modesto pero digno: barrios populares, casas burguesas de ciertas pretensiones, algún edificio noble, algún palacio, conventos… Salvo las iglesias y el palacio de la Diputación nada queda. Aposta, con plena conciencia, el aplauso del pueblo y el de los intelectuales —¿se acuerdan de Eladio Cabañero?—, siguiendo un plan meticuloso, los munícipes, los constructores, los arquitectos se propusieron no dejar piedra sobre piedra.
—¿Por qué?
—Quién sabe: unos, catetos, por modernez; otros, prácticos, para hacerse ricos. El caso es que tuvieron éxito: han conseguido una de las ciudades más feas de España sin discusión posible.
—Explíquenos en qué consiste la fealdad.
—¿La de Ciudad Real? Observen algunos detalles. El primero, que es una fealdad premeditada, concienzuda, satisfecha de sí misma: de ahí el haber dejado inermes y cercados de adefesios, los tres o cuatro edificios un poco valiosos que le quedan. El segundo, que es una fealdad monstruosa, hecha de abortos sucesivos —¡la plaza mil leches del ayuntamiento!— o de mutilaciones, cirugías y ortopedias pegoteadas con el engrudo del lucro —¡ese engendro en la esquina de Conde de la Cañada con la calle de la Lanza!—. El tercero, que es inmune a la modernidad: miren, por ejemplo, las rotondas de la avenida de los Reyes Católicos. El cuarto, que es terca y perseverante: cuando, al sacar el ferrocarril, se le quedaron libres muchas hectáreas de suelo, levantaron… el Quesito. ¿Más?
—No hace falta: le ha dado usted buen repaso.
—Y, sin embargo, esta ciudad chata y filistea está engullendo la provincia.
—¿Qué quiere decir?
—Como allí radican las instituciones y viven los que mandan, parece que la provincia fuera el ejido de Ciudad Real. Y, por sinécdoque abusiva —y consentida—, llaman Ciudad Real a Cabañeros o dicen que el AVE beneficia a la provincia. De modo que, seducidos con la miel de los servicios, en Ciudad Real han comprado piso todos los que cobran la PAC; la mitad occidental de la provincia se ha quedado vacía; los maestros, los médicos, los profesores, ¡hasta muchos alcaldes de pueblos! viven en la capital así hagan diariamente montones de kilómetros a lo tonto y se dejen medio sueldo en gasolina.
—Ocurre en todas las provincias.
—Ocurre en muchas; en esta no debería ocurrir. A diferencia de Albacete, por decir alguna, la provincia de Ciudad Real conserva todavía unas cuantas ciudades medianas y pujantes —Alcázar, Tomelloso, Valdepeñas, Manzanares, Daimiel, la Solana— que deberían ver en Ciudad Real a su principal enemigo, defenderse de ella encarnizadamente: para que no les pase como a Almadén o a Porzuna. Para que no les pase como a Almagro.
—¿Almagro?
—Almagro lleva camino de ser la parte vieja de Ciudad Real: donde acude uno de visita pero no se queda.
Volviendo a casa pienso entre mí que, de aplicarse sus propios consejos, don Juan acaso hubiera hilado más fino: Ciudad Real será fea y beocia, pero allí viven cientos —¿decenas?— de personas inteligentes, cultas, ponderadas —nuestros amigos, sin ir más lejos— bien conscientes de los defectos y empeñadas en corregirlos. ¿A qué meter a todo el mundo en el mismo saco?


domingo, 19 de noviembre de 2017

Almeida y exposiciones

Don Juan llegó ayer tarde con el tiempo justo para la charla de Cristina Almeida en el palacio de Valdeparaíso; lo acompañé sin demasiado entusiasmo. Esta mañana también he ido con él a las exposiciones de San Agustín y la Universidad Popular; hubiera preferido un paseo por el campo o quedarme en casa sin hacer nada, pero los amigos son los amigos.
Mitigado el aire de rudeza campesina que tuvo en otros tiempos, Cristina Almeida es ahora una anciana amabilísima a la que cualquiera ofrecería el brazo para cruzar la calle; otra cosa es que ella lo aceptara. La voz y el discurso, en cambio, son los mismos de siempre. El auditorio, lleno de partidarios, sigue la charla como si estuviera en misa: atento y fervoroso. A mí también me seduce esa manera confianzuda, algo histriónica, de contar las cosas. Pero cuando toma la palabra un nene engolado y redicho —“Yo soy científico”, proclamó urbi et orbi con ridícula solemnidad— me escabullo discretamente y me vengo a casa a ver el fútbol.
—¿Dejaste a don Juan solo?
—Él se apaña bien sin necesidad de nadie.
Don Juan sonríe.
—Al menos no deberías confesar en público que abandonaste a Cristina Almeida por el fútbol. Te tacharán de frívolo o de inculto.
—Acertarán: las dos cosas soy desde hace tiempo. Y no lo sería menos de haberme quedado, ni lo soy más por haberme venido.
—¿Qué opina usted? —le pregunta alguien a don Juan.
—Que cada uno debe hacer lo que le dé la gana. En cuanto a Almeida, que dijo cosas muy serias y pertinentes, pero las dijo como esperábamos que las dijera y gastó en decirlas más tiempo del que era menester. Por lo demás, me gusta esta iniciativa del Ateneo; ojalá se consolide y tenga éxito: traer a Almagro personajes relevantes para que nos alumbren algún aspecto de la actualidad —Cristina Almeida y la situación de las mujeres, por ejemplo— es cosa conveniente y de agradecer… Yo aprecio mucho lo que hace el Ateneo; sin embargo —supongo que sin darse cuenta—, tal vez adoben sus actividades de una liturgia excesivamente tiesa y elitista: quizá por ello no alcancen el seguimiento que merecen.
—¿Y las exposiciones?
—La de San Agustín, aunque el título —de periodismo adocenado: La Tribuna de Méndez Pozo no hubiera titulado peor— y las explicaciones —prosa en zapatillas— podrían mejorarse, es excelente. Con muy poco dinero, aprovechando bien los fondos del archivo municipal, y tomándose el trabajo de recorrer el pueblo para localizar los edificios y fotografiarlos con el mismo encuadre que tenían las fotos del archivo, han conseguido una muestra didáctica, emotiva y útil. Es emotiva como lo son todas las fotos antiguas: jirones de tiempo atrapados milagrosamente en un cartón. Es didáctica porque con la mera contraposición de lo que hubo y lo que hay nos pone ante los ojos cómo ha cambiado el pueblo en los últimos cuarenta años. Y es útil porque desmonta el pesimismo irracional de ciertos almagreños que quisieran vivir momificados en el siglo XVI: en general los cambios no han sido a peor, simplemente se han adaptado las viviendas a las nuevas formas de vivir, cosa inevitable desde que el mundo es mundo. En ninguna parte he visto el nombre del responsable de la exposición; supongo que será obra de don Eustaquio Jiménez Puga, nuestro amigo el archivero: felicidades.
—¿La otra?
—Lo expuesto es más conocido, pero también merece elogios quien la haya montado. Se trata de fotos de la plaza desde finales del siglo XIX hasta nuestros días. Alguna de ellas —¡la de la viajera!— es formidable; todas son buenas e instructivas. La lección es la misma, hasta quizá más clara, que la de San Agustín: a pesar de los pesares, Almagro y los almagreños están ahora mucho mejor que en cualquier otro momento de la historia.
—¿Don Juan, vivimos en el mejor de los mundos posibles? ¿Se ha vuelto usted panglosiano?
—De ninguna manera, querido amigo. Muchas cosas del mundo van mal, incluso tienden a ir peor —mire usted el día que hace, por ejemplo: de mayo—; pero el pesimismo constante y plañidero de ciertas personas es tan reprochable como el optimismo bobalicón e ingenuo de otras. El patrimonio construido de Almagro corre riesgos —más en la arquitectura privada que en la pública—, y ha habido pérdidas o mistificaciones dolorosas que cualquiera puede recordar; ahora bien, llorar constantemente por el agua derramada no lleva a ningún sitio. Mejor es estudiar, identificar los peligros, y proponer maneras de esquivarlos que no solo beneficien a Almagro, sino principalmente a los almagreños. ¿O es que alguien quiere un Almagro en el que no vivan almagreños?
—Hombre, don Juan...

domingo, 12 de noviembre de 2017

Libros y librerías

Día de las Librerías, reportaje del Lanza, relleno del Cronista sobre la biblioteca de los dominicos, el anhelo de meterse a librero que nos ha confesado Horcajada… De modo que esta tarde hemos hablado de libros, librerías, bibliotecas y cosas por el estilo.
Don Juan no es bibliófilo ni fetichista de los libros: él los lee o los consulta, no los almacena; o los almacena solo si tiene el propósito de leerlos o consultarlos; por eso se ha aficionado a los libros electrónicos: todos los que va a leer una sola vez los compra así. Los de papel le gustan materialmente bien hechos: que se note en ellos, además de la solvencia del autor, el trabajo riguroso de los profesionales cualificados que trabajan —o trabajaban, o deberían trabajar— en el mundo editorial; así que huye de los libros autoeditados —eufemismo para decir chapuza— y, más todavía, de los publicados por ciertas editoriales que aprovechan sin pudor la ingenua vanidad de no pocos escritores sedicentes.
—Don Juan, no sea usted tiquismiquis, que cada uno se gasta el dinero en lo que quiere.
—Me parece muy bien. Eso es lo que hago yo mismo: no comprar libros autoeditados, y fiarme de las editoriales solventes.
—Pues a veces se lleva usted chascos: recuerde lo que le pasó con Pre-Textos y la antología de la poesía manchega.
—Nadie está libre de picar un anzuelo, sobre todo si viene tan bien envuelto como aquel. Pero daría algo valioso por quitarme el resquemor de no saber todavía cuánto costó el engendro ni quién puso el dinero.
—Y de los libreros y librerías ¿qué nos dice?
—Que está muy bien que haya libreros prescriptores y librerías multifunción donde lo mismo te sirven un café que te arreglan la barba hipster, pero que a mí me bastan las librerías silenciosas y bien surtidas en que no solo encuentre los libros que busco, sino, muy principalmente, los libros que no busco.
—Es usted un antiguo, don Juan.
—No lo niego. La lectura —y su herramienta principal: el libro— ha perdido buena parte del prestigio del que gozaba en otros tiempos. Acaso sea inevitable, porque ahora hay otros formatos más de moda, tal vez igualmente placenteros y útiles. Y quizás por eso también las librerías y los libreros se hayan visto obligados a transformarse —reinventarse, dirían quienes yo me sé—: ellos sabrán.
—Claro que lo saben: unos cuantos nos lo explican en el reportaje del Lanza.
—Superficial y tópico, muestra estupendamente el nivel de librerías que tienen ustedes por aquí.
—¿Cuál es?
—Superficial y tópico, ya se lo he dicho. A lo peor la tierra no da para más.
—Eso no lo sabemos, don Juan.
—Lleva usted razón: no lo sabemos. No sabemos cuánta gente lee en Almagro ni qué. Pero, si ni en Almagro ni por aquí cerca hay librerías que merezcan tal nombre, será por algo.
—Hay librerías en internet. Los almagreños compran ahí los libros.
—Probablemente. El servicio de las grandes librerías de internet será perjudicial para los libreros tradicionales; para el lector común es una maravilla: te traen cualquier libro en un momento.
—Cuándo se queden solos, veremos.
—Mientras eso llega, el único inconveniente que le nota el normal aficionado a los libros es no poder mirar, tocar ni probar el género.
—No es poco.
—Pasa con todos los artículos: el libro es ya un producto industrial como los zapatos o las corbatas. Antes era también la principal vía de acceso a la cultura: no sé si continúa siéndolo.
—¿Qué es la cultura, don Juan?
—La palabra cultura es polisémica. Significa cosas sustancialmente distintas si la miramos desde el punto de vista de la historia, de la antropología, de la sociología…, sin meternos en honduras y para lo que vamos diciendo, cultura es el cultivo intelectual de los seres humanos; como en cualquier cultivo, los frutos dependen del terreno, de las circunstancias, de la dedicación: de ahí que unas personas sean más cultas que otras.
—¿Qué entiende usted por persona culta?
Grosso modo, una persona culta es —era— una persona que lee con provecho. Es también alguien que goza de las artes, aprecia las ciencias, y cuyo comportamiento y actitudes son moral y cívicamente irreprochables.
—¿Todo al mismo nivel? ¿No es usted un tanto elitista?
—Confieso que lo segundo es más importante que lo primero. No obstante, lo ideal es que vayan juntos. Si a eso le llamamos elitismo...
Vengo a casa rumiando. Me quedan dudas abundantes. Habrá que tratar el asunto más despacio.


domingo, 5 de noviembre de 2017

Calendarios, revoluciones, libros

Hay días en que la tertulia —por obediencia a la actualidad o por la enjundia del asunto— parece traer un propósito visible: con las divagaciones y titubeos inevitables, la conversación discurre más o menos derecha. Otras veces —lo habré dicho ya— los temas se entrelazan caprichosos, se dispersan, se olvidan, reaparecen… y me veo negro para levantar acta. Hoy, por ejemplo:
—La semana que entra —dice don Juan— se cumple un siglo de la Revolución de Octubre…
—¿En noviembre?
—Cosas del calendario. En esta parte del mundo el primer calendario moderno y científico lo implantó Julio César el año 45 antes de Cristo. A César viajar a Egipto le proporcionó, además de un affaire —y un hijo, según dicen— con Cleopatra, los fundamentos para reformar el calendario. De todas formas, el calendario juliano no era perfecto: a finales del siglo XVI llevaba diez días de retraso. Lo afinó más el papa Gregorio XIII, adelantó esos diez días —santa Teresa murió el 4 de octubre de 1582; la enterraron al día siguiente, 15 de octubre— y, con ligeros ajustes, es el calendario que usamos aún. Pero un calendario papista no se aceptó fácilmente en los países protestantes ni en los ortodoxos: el 25 de octubre ruso de 1917 era en Occidente el 7 de noviembre. Todavía, por lo menos en lo religioso, los ortodoxos perseveran: este año celebrarán la Navidad cuando aquí hayan pasado los Reyes.
—Eso lo sabe todo el mundo, don Juan —interviene un culto—. Continúe usted con la Revolución, por favor.
—Lo que iba a decir de la Revolución también lo sabe todo el mundo: que es uno de los mayores chascos de la historia, un callejón sin salida del que no está siendo fácil salir.
—Hombre, no es lo que opinan bastantes…
—A estas alturas, cualquiera sabe que los diez días que estremecieron al mundo desembocaron muy pronto en una dictadura feroz, trajeron el imperialismo soviético, provocaron a la larga muchos millones de muertos, el Gulag, el Holodomor… y condicionaron el futuro de tal manera que muchos países de la órbita soviética padecen lastres pesadísimos.
—Hubo también héroes.
—Esa es una paradoja irritante —reconoce don Juan— que pone en relación al comunismo con otras religiones.
—¿El comunismo es un religión?
—Como el cristianismo, por ejemplo. Se diferencia del cristianismo en que promete el paraíso en la tierra, no en el cielo. Y tanto el comunismo como el cristianismo han producido héroes de la entereza, de la abnegación, del desprendimiento, de la solidaridad… Héroes equivocados —y una pizca fanáticos en cuanto a la certeza de sus dogmas—, pero héroes al fin.
—Y liberó al proletariado de la opresión.
—Por poco tiempo; el proletariado comenzó a padecer enseguida una opresión igual o mayor: la del Partido —con mayúsculas, claro: se había quedado solo— y su nomenklatura. Curiosamente, los únicos efectos positivos del comunismo se sintieron fuera de los países comunistas: los partidos socialistas quedaron vacunados contra toda veleidad revolucionaria —se convirtieron en socialdemócratas—, y las oligarquías de Occidente, por miedo, se dieron cuenta de que era preciso ceder y acordar. En cierto modo, eso que llamamos Estado del Bienestar es una consecuencia indirecta de la Revolución Soviética. Acaso ahí resida la causa de que al desaparecer la amenaza comunista las oligarquías capitalistas hayan vuelto por sus fueros.
—Luego es necesaria otra revolución.
—Que la hagan en otro sitio —ironiza el escéptico.
—Los partidos socialistas tardaron en vacunarse.
—Sí. La épica de la Revolución Soviética siguió —sigue, quizás anacrónicamente— atrayendo. Aquí en España, por ejemplo, la Revolución de Octubre del 34, sobre todo en Asturias, tuvo tintes claramente soviéticos. Lo cuenta muy bien —y en muy pocas palabras: dos méritos— Ángel Luis López Villaverde, paisano de ustedes que publicó hace poco un libro estupendo.
—¿Por qué no nos habla de él?
—Porque sobrepasa con mucho los límites de la tertulia: comentamos libros que se refieren a nuestro territorio, o libros de poesía, que ha sido siempre cosa de pocos. Pero les recomiendo con entusiasmo que lean este: alta divulgación, muy bien organizada, clara, y en una lengua sencilla y elegante que tiene escaso parentesco con el latín farragoso y árido de tantos historiadores, y no quiero señalar. Tan solo echo de menos en él un índice alfabético que facilitara las consultas.
—La Revolución del 34 fracasó —alguien vuelve al hilo.
—Vista desde hoy era una locura. Sin embargo quizá nos deje alguna lección: el gobierno de entonces abusó de la victoria —sangrienta—; metió en la cárcel a muchos —a Azaña, a Companys—; y uno de los cementos que fraguaron el Frente Popular fue el deseo de amnistía. ¡A ver si va a pasar algo parecido el 21 de diciembre…!

(Ángel Luis López Villaverde. La Segunda República (1931-1936). Sílex. Madrid. 2017. Veinte euros)

(John Reed. Diez días que estremecieron el mundo. Akal. Madrid. 2004. Once euros)


domingo, 29 de octubre de 2017

AVE por Tomelloso

Ayer, día espléndido para las gentes de ciudad, pésimo para los que viven del campo, don Juan nos convidó a comer en Navaltizón: celebramos que ha cumplido setenta y ocho años, y sigue lúcido y firme. Ojalá le dure.
Hablamos del tiempo —del mal tiempo: que no llueve, que no ha empezado la simienza, que el guindo del patio tiene brotes nuevos y los rosales rosas—, de la semana de poesía —a don Juan le gustó mucho Francisco Caro, pero eso lo esperaba; le sorprendió Constantino Molina: ya ha comprado sus libros—, y de Cataluña, esa tristeza.
Navaltizón está cerca de Tomelloso, mucho más cerca que de Barcelona. Quizá por eso, en lo más alto de la querella catalana, un amigo suelta inopinadamente:
—¡AVE por Tomelloso!
La sorpresa trae un silencio estupefacto: acaso el amigo se haya pasado de copas. Don Juan viene en su ayuda:
—Lleva usted razón —el amigo sonríe agradecido—. Hace diez o doce años, Tomelloso padeció una epidemia que se parecía mucho al nacionalismo. Gracias a Dios, las epidemias remiten; sin embargo, el patógeno puede andar agazapado por ahí en cualquier reservorio insospechado.
—Hable claro, por favor —implora alguien.
—Hubo un tiempo en que los tomelloseros —laboriosos, emprendedores, inteligentes, sobrios— se veían mejores que los vecinos —gandules, flojos, torpes, derrochadores—; maltratados y esquilmados por estos; humillados por las autoridades regionales y nacionales; vendidos por los políticos del pueblo —puelo, decían ellos—. Revestidos de santa ira, reaccionaron: hubo manifestaciones a las que acudieron los niños de teta y los viejos decrépitos; los balcones se llenaron de esteladas —“¡AVE por Tomelloso!”—; el alma popular cristalizó en Plataforma cátara —ANC variopinta en donde confluían no pocos intereses espurios y bastantes egos desmesurados—; en las escuelas se adoctrinó a los niños; quien no sucumbió a la fiebre patriótica quedó tachado de traidor o pusilánime; se practicaron escraches tumultuarios; oímos estruendo de cacerolas aporreadas con brío; los partidos oscilaban entre el anhelo de capitalizar el movimiento y el miedo a ser arrollados por él; de la prensa no es preciso hablar… Tomelloso fue el ombligo del mundo; todo estaba permitido, todo se podría conseguir sin más coste que el de formar bajo la sacrosanta bandera del puelo; el futuro jubiloso, la tierra que mana leche y miel, brillaban al alcance de la mano… Hasta se inventaron sus particulares països catalans: “Tomelloso y su comarca”, proclamaban, tal vez al tuntún… Afortunadamente aquellos desatinos se han olvidado.
—¿Es lo mismo Cataluña que Tomelloso? ¿No hay diferencias?
—Entre los tomelloseros y los catalanes tomados de uno en uno, no: todos los seres humanos somos iguales, todos sufrimos enfermedades contagiosas. Entre los ciudadanos de Cataluña y los de Tomelloso, es decir, entre Cataluña y Tomelloso en tanto que sujetos políticos, sí: baste mencionar el frustrado Estatuto de 2006. ¿Se acuerdan de cómo jugó el Partido Popular con una cosa tan seria? ¿Se acuerdan de las recogidas de firmas —cinco mil en esta provincia de ustedes—? ¿Se acuerdan de los manejos en el Tribunal Constitucional?
—No eran firmas contra el Estatut, eran firmas contra Zapatero, don Juan.
—En realidad pretendían matar dos pájaros de un tiro: a Zapatero consiguieron derribarlo —aunque él colaborara, y no poco, con la ceguera ante la crisis— y desprestigiarlo hasta la caricatura; por lo que respecta a Cataluña, al menos desde 2006 y hasta ayer mismo, el Partido Popular ha sembrado vientos y ahora entre todos recogemos tempestades: aquella actitud les reportó beneficios electorales a corto plazo, pero hoy sabemos que Zapatero entendía mucho mejor el curso de la Historia —con mayúscula, sí— que Rajoy.
—El Partido Popular es el garante de la unidad de España —sentencia el conservador.
—¡Quién lo diría! —murmura alguien.
—Muchos lo piensan y lo dicen —corrige don Juan—, por absurdo que sea. Nunca ha estado tan en riesgo la unidad de España: nadie culpa de ello al Partido Popular.
—Porque la culpa es de Puigdemont.
Don Juan matiza:
—No solo por eso. El Partido Popular funciona de hecho como Partido Nacionalista Español. Igual que todos los partidos nacionalistas, se apropia de la patria y, según le convenga, la usa de escudo o de lanza. Los demás partidos españoles, a saber por qué, reconocen implícitamente este derecho: cuando el PP está en la oposición le toleran los más zafios e insolente dislates —que le pregunten al pobre Zapatero—; cuando está en el poder, lo arropan siempre en los asuntos de estado, amplia capa que todo lo tapa. ¿Imaginan ustedes como se comportarían los gerifaltes del PP de estar hoy en la oposición?
Nos lo imaginamos perfectamente. Y casi nos da miedo, porque nadie aprende.

domingo, 22 de octubre de 2017

'El tiempo hermoso'

A don Juan no se le ocurre comprar jamás esa yunta redundante que forman La Razón de Marhuenda y La Tribuna de Méndez Pozo: “Si vienen envueltas en bolsa de plástico por algo será”, dice socarrón. Pero en los bares —atenuada la toxicidad por el uso y la exposición al aire— les echa un vistazo de vez en cuando: los baristas de Almagro no compran otros periódicos, acaso porque desprecien la capacidad intelectual de los clientes o porque la suya no dé para más.
—Porque son baratos, don Juan.
—Pues añada mezquindad a lo dicho.
El caso es que esta tarde cuando llegamos al Marqués está ojeando La Tribuna del jueves pasado; cierra el periódico y, antes del saludo, nos señala con el dedo la contraportada:
—Lean ustedes este libro.
—¿Cuál?
—El de Pedro Pablo Novillo que presentaron la otra tarde en Ciudad Real.
—¿Lo ha leído usted?
—De un tirón. Es emocionante e insidioso; polisémico, muy bien escrito. Un objeto literario de primer nivel.
—Cuéntenos.
—Me acerqué al libro con reservas. Aparenta ser muestrario de estampas empalagosas sobre la vida de hace sesenta años, o de batallitas autocomplacientes de un viejo que empieza a chochear: cosas que ya hemos visto. De modo que no lo hubiera leído de no ser porque frecuento el blog del autor y porque lo edita Almud.
—¿Cómo esquiva Novillo esos riesgos? —pregunta uno que lee.
—Aparte de la ñoñería y la autocomplacencia, el riesgo más evidente es la dificultad de aportar algo original en un terreno tan transitado. Creo que Novillo salva las dificultades gracias a la literatura. Quiero decir que en el contenido del libro no hay nada extraordinario, nada que no sepamos quienes nacimos antes del Plan de Estabilización…
—¿Plan de Estabilización?
—El Plan de Estabilización de 1959 marca una frontera vital decisiva: los que nacimos antes conocimos un mundo rural que había durado siglos; los que nacieron inmediatamente después ya no lo vieron porque aquel mundo colapsó en menos de diez años. Pero tal cosa, a nuestros efectos, carece de importancia: importa la literatura. Y la literatura es creación: el escritor de genio, aprovechando materiales comunes y manejándolos adecuadamente, fabrica mundos que no existían. Eso es lo que hace Novillo: crear, no recrear; y por eso el libro no es una evocación, ni unas memorias, ni una colección de estampas costumbristas, aunque algunos lo hayan visto así, y los que somos viejos y de pueblo podamos leerlo también así.
—Explíquenos cómo lo hace.
—Por procedimientos literarios, ya se lo he dicho. Dos muy importantes: el punto de vista y el lenguaje. Lo común en el caso de las estampas costumbristas es que el narrador sea un observador satisfecho y cómplice, como el narrador de las malas novelas; aquí, en cambio, el punto de vista es múltiple: por un lado el niño cuyo mundo era hermoso; por otro el adulto que evoca al niño que fue y al mundo en que vivió con los ojos de lo que sabe ahora; más los personajes secundarios, cada uno con su punto de vista fruto de una particular peripecia vital; y, por último, un tú —o un vosotros: el lector en general, ¿ciertos lectores en particular?— que no es meramente retórico porque de él se espera que opine, que complete o refute lo contado. El diálogo, el contraste de pareceres, las coincidencias y contradicciones entre unos y otros, dotan al libro de relieve y profundidad e impiden al lector cualquier amago de idealización ahistórica.
—¿Y el lenguaje?
—Además de los distintos puntos de vista, el valor del libro viene del lenguaje; no solo del lenguaje como herramienta —el libro está muy bien escrito: otro día lo podremos comentar—, sino del lenguaje como materia y tema. El mundo que levanta Novillo —y de esto quizás también hablemos otro día— no está hecho de cosas ni de personas: está hecho de palabras; su originalidad —y carga subversiva— reside en contraponer las palabras del niño con las palabras del lector de hoy. Mostrarnos, como si dijéramos, el absurdo de una Autovía de los Viñedos en una tierra donde no hay ni un solo viñedo: hay viñas, muchas viñas.
Alguno enarca las cejas desconcertado. Otro pregunta:
—¿No le pone ningún pero?
—Casi ninguno: una olla que debería ser hoya (página 72); una palabra, aunque grave y distinguida, de acentuación aguda (página 21); y dos o tres caídas en el lenguaje formulario más ramplón de la juventud de hoy a cuenta del adjetivo especial. Es decir, que ojalá Novillo sucumba a la tentación de pasarse a ese territorio, en principio más fértil, de la ficción pura (página 57).
Me quedo con ganas de más, pero estoy contento: no hemos hablado del dichoso 155.

(Pedro Pablo Novillo Cicuéndez. El tiempo hermoso. Almud Ediciones de Castilla-La Mancha. Toledo. 2017. Quince euros)

domingo, 15 de octubre de 2017

Recular ante el abismo

—Como a un enfermo grave postrado en la cama miramos a España —exagera alguien.
—¿Tanto?
—Al menos como a un convaleciente todavía débil.
—Eso está mejor —concede don Juan.
—Lo que quiero decir —matiza el amigo— es que, parados alrededor, estamos ansiosos de cualquier indicio que señale mejoría, y temblamos ante los que muestran empeoramiento. Por eso, la pregunta de este otoño es siempre la misma: “¿Cómo anda?”.
A propósito del discurso de Rajoy don Juan ha hojeado estos días los diarios de Azaña. En la entrada del 14 de julio del 31 —apertura de las Cortes Constituyentes— Azaña comenta el estilo oratorio de Alcalá Zamora: “Sobre todo son temibles sus imágenes. Las dilata, las desarrolla, las esquilma. Cuando salen el hacha, el cincel, la escultura, etcétera, no las suelta”. Quizá vacunado, don Juan no quiere seguir por ahí.
—¿Cómo lo ven ustedes? —pregunta.
Hay división de opiniones; la tertulia deriva en guirigay: España resumida entre las cuatro paredes del Marqués. Uno sentencia:
—A veces hay que asomarse al abismo antes de recular.
Las imágenes del abismo y el vértigo están muy percudidas, pero don Juan transige:
—Lleva usted razón. Todos han reculado, y eso es bueno.
—Puigdemont no ha reculado —interviene el conservador—: ha diferido el desafío. E Iglesias continúa a lo suyo.
—Otro día hablaremos de Iglesias. Baste decir hoy que su retórica es rancia, tramposa, ensimismada, y que miente con desparpajo digno de las viejas glorias del Partido Popular: Rajoy es presidente del gobierno gracias a los errores tácticos que el propio Iglesias cometió en la legislatura corta, cuando él y sus secuaces se comportaban como adolescentes malcriados —ahora, ¿en qué sillón bescansa Carolina? ¿en cuál su nene?—. De aquellos errores infantiles Podemos no alcanzará a recuperarse nunca…
—Don Juan, que a Iglesias lo íbamos a dejar para otro día.
—Dejémoslo, sí. Lo de Puigdemont será un galimatías jurídico y un formidable vivero de chascarrillos más o menos graciosos. Pero a mí me parece que estaba ofreciendo una tregua, pidiendo que le ayudemos a rectificar. Rajoy —¡por fin!— lo entendió así, creo: hizo un buen discurso en el Congreso, se avino a reformar la Constitución; y el PSOE ha recuperado el papel de partido central en la democracia española… Además, el 12 de octubre no ocurrió nada extraordinario: una semana mejor de lo temido.
—¿Qué podíamos temer?
—Que perseveraran en sus paranoias Rajoy y Puigdemont. Rajoy, además de equivocarse gravísimamente el primero de octubre, se viene equivocando respecto a Cataluña desde los tiempos de su bisabuelo; Puigdemont también se equivoca respecto a España desde los tiempos de su bisabuelo. Acaso se hayan dado cuenta.
—Explíquenos eso.
—Digo Rajoy y Puigdemont, pero es una manera de hablar: me refiero a sus partidos y a los grupos sociales que representan. La derecha española —y la izquierda jacobina— no entiende el hecho diferencial catalán y es insensible a la lengua, la cultura y la historia catalanas: creen que Cataluña es y puede tratarse como se trata a Venta de Baños o a la Puebla del Príncipe. Tanta ignorancia les ha llevado a cometer numerosas imprudencias, que se han agravado por su afán miope de obtener réditos políticos inmediatos a costa de agraviar a los catalanes. Por su parte, muchos catalanistas desprecian España porque la consideran una construcción flaca y huera; y a los españoles, brutos, incultos y atrasados. Tanta ignorancia, les ha impedido ver que España es una democracia como las mejores del mundo y una entidad política, cultural e histórica sólida y estable. Confío en que ambos se hayan caído del caballo. Ojalá, como dice usted, llegar al borde del abismo los haya vuelto lúcidos o, si no tanto, sensatamente egoístas.
—¿Egoísmo sensato?
—El egoísmo sensato es una de las mayores virtudes que puede alcanzar el ser humano, porque es siempre la opción más inteligente: ofender al otro sin necesidad es estúpido. Hoy es obvio que Cataluña está mejor dentro de España que afuera; es también obvio que una España amputada de Cataluña estaría peor. Por otra parte, el catalanismo constituye un hecho contundente e innegable; y la solidez de las estructuras políticas españolas lo mismo: negar las evidencias —nos sean dulces o amargas— es gran estupidez…
—Luego…
—Luego habrá que llegar a acuerdos que dejarán insatisfechos a los bobos, pero que serán buenos para todos los demás. De paso, si fuera posible, hagamos una reforma de la Constitución que le alargue la vida otros cuarenta años. Y en 2060 ya verán lo que hacen quienes anden por aquí.
Pienso entre mí que es mucho pedir. Sin embargo... Dios quiera que en el aniversario de la muerte de Companys y del entierro de santa Teresa se nos bajen los humos a todos.


domingo, 8 de octubre de 2017

Francisco Caro

—Parece que no cejan las banderas…
—Ceje usted: abandone ese camino, que nos merecemos un descanso. Ya habrá tiempo la semana entrante de comentar lo que pase el martes y, sobre todo, lo que pase el jueves —corta don Juan.
—¿El jueves?
—Aunque bastantes lo desconozcan, el jueves es la Fiesta Nacional. No pocos catalanes trabajarán ese día esforzadamente solo por darles a roer cebolla a los españoles. Estoy deseando ver si Rajoy manda que la policía cierre aulas, tiendas, oficinas, talleres o fábricas como la mandó a cerrar centros electorales. Pero hoy hablaremos de poesía.
Me alegro. Un amigo pregunta:
—¿Los versos de Manolita Espinosa que han borrado del silo?
Don Juan arquea las cejas: no lo sabía. Nosotros sabemos que los han borrado: ignoramos por qué.
—Habrá que enterarse —pone tarea don Juan mientras saca del bolsillo de la chaqueta, y nos enseña, un libro pequeño, blanco, sobrio, de apariencia impecable—. Locus poetarum, Francisco Caro: ¿lo conocen?
Algunos asienten sin excesiva convicción; otros callamos.
—Francisco Caro, de Piedrabuena, estuvo aquí en la pasada semana de poesía, incluido en la jarca de poetas oretanos. Aunque lo tenía difícil por el tema y por la multitud, destacó claramente: fino sentido del humor, elegante autoironía, amplio caudal de lecturas, buena técnica y buena voz… ¿Lo recuerdan?
Algunos asienten sin excesiva convicción; otros callamos. Un alma caritativa nos saca del apuro:
—¿De qué trata?
—De poesía: poemas sobre poesía. Si frecuentan el blog de Caro sabrán de qué hablo y se notarán inmediatamente en sitio conocido. El libro se nos aparece bajo la forma de curso escolar, con examen de ingreso y todo, en el Locus Poetarum, o sea, en la academia de los poetas, cuyo Maestro —con mayúscula— ilustra, guía, da consejos al neófito y le recomienda lecturas; naturalmente, una vez superada la prueba de ingreso, el curso se reparte en trimestres. Los poemas son el resultado —y la muestra: los testigos— de los aprendizajes y lecturas del aprendiz de poeta.
—Ingenioso artificio.
—Y metáfora muy eficaz. El oficio de poeta se aprende; y las vías de aprendizaje son dos: la lectura constante, reflexiva y variada, y las indicaciones de quienes saben más. O sea, organizando así el libro, Caro nos da una lección de propia humildad y, de paso, alecciona —quizás sin pretenderlo— a un gran número de poetas jóvenes que creen serlo —y enseguida son: poetas sedicentes— sin necesidad de lecturas ni otro tipo de adiestramientos.
—¿Qué aprende Caro en el curso?
—Muchas cosas. Algunas ya sabidas desde antiguo, pero que todo poeta ha de aprehender e interiorizar carnalmente como dogmas de una religión. Por ejemplo: que la poesía es una enfermedad contagiosa e incurable, incluso un vicio adictivo; que poesía y poema no se confunden, pero que no puede haber poesía sin buen poema; que las palabras son los materiales de construcción del poema, aunque el proceso de construcción es mucho más que el mero amontonamiento de palabras; que el poeta es un topo que excava túneles para llevar la luz donde la luz no llega; que la poesía es la antítesis de lo utilitario y, sin embargo, es imprescindible…
—¿Y a quién lee?
—A muchos y muy buenos: Cernuda, Huidobro, Bécquer, Esenin, Goytisolo. Elytis, Quevedo, Girondo Valente… solo en el primer trimestre; en el segundo a Colinas, González, Lorca, Sexton, Cirlot, Juan Ramón Jiménez, Pizarnik, Adonis, Rubén Darío; y en el tercero a Stevens, Panero, Auden, Pessoa, Rilke, Vallejo, Crespo, Ungaretti, Pavesse, Mayakovski… No sé si me dejo alguno.
—¿Qué es lo que más le ha gustado?
—Casi todo. Lo primero, que el aprendiz de poeta ha seguido el curso con notable aprovechamiento y el resultado —el libro— es coherente con lo aprendido: versos de línea clara extremadamente cuidados y trabajados, elaboradísimos, en los que se evidencia que el poema es el resultado de un proceso largo de destilación, de ascesis, donde lo que hay es imprescindible porque se ha prescindido de todo lo superfluo. Lo segundo, la técnica: el dominio impecable de una multitud de recursos, que en ocasiones se disimulan coquetamente —véanse las décimas dedicadas a Bécquer y a Lorca, que lo son y muy buenas—. También la interpretación, recreación o actualización de los poetas leídos; y algunos poemas memorables —o sea, memorizables y recordables—, de entre los que destaco ahora cuatro: el de la prueba de ingreso —“La fragua de Ángel”—, uno del primer trimestre —“Arroyo”—, otro del segundo —“Parábola”— y otro del tercero —“La casa del poema”—. Buenos escudos contra la tristeza que nos cerca.
Francisco Caro: nuevo en la nómina de poetas tutelares de la tertulia. La ensancha y engrandece.

(Francisco Caro. Locus poetarum. Polibea. Madrid. 2017. Nueve euros y medio.)


domingo, 1 de octubre de 2017

Banderas

Temprano don Juan y yo hemos salido a dar un paseo. La mañana estaba fresca, el cielo bajo y gris, las calles, vacías; por el campo, ciclistas —equipados para el Tour—, servidores de perros y atletas esforzados. Nosotros, parsimoniosamente, hablando de banalidades. Ya algo tarde para la costumbre, el sol queriendo salir de entre las nubes, llegamos a la plaza, compramos el periódico —estallido rojigualda cuatribarrado o bibarrado—, desayunamos en un bar.
—¿Se ha fijado usted en las banderas? —pregunta don Juan.
—Claro. La portada está llena.
—Digo en las del pueblo.
—También. No hay demasiadas.
—Dos o tres docenas he contado. Menos cuatro o cinco, todas tienen una cosa en común: son de estreno, recién sacadas de la bolsa, flamantes, con los pliegues bien marcados.
—¿Qué importa eso?
—Claro que importa. Al contrario de lo que pasa en otros sitios —en todos los países de América, en Portugal mismo— en España no hay costumbre de exhibir la bandera nacional.
—Probablemente porque no tenemos bandera nacional —interrumpo.
—En efecto: carecemos de bandera nacional o el consenso sobre ella dista de ser unánime. Pero, al menos hoy, las que hemos visto son constitucionales.
—Una tenía el toro de Osborne —interrumpo de nuevo.
—Y cruzado por un letrero de Made in Spain: ¿ironía o bendito desconocimiento? Sin embargo, para lo que le iba a decir, eso es secundario.
—¿Qué me iba a decir?
—Que si unos cuantos ciudadanos, sin haberlo hecho antes, se han tomado la molestia de ir a los chinos a comprar una bandera y la han colgado en el balcón, por algo será. Y que si estos mismos ciudadanos —o sea, veinticinco o treinta— se juntaron ayer en la plaza para decirnos a los demás que ellos son españoles españoles españoles, también será por algo.
—Por lo de Cataluña, hombre.
—No solo por eso. En Almagro habrá unas ocho mil personas adultas y conscientes que se sientan españoles de manera natural y que crean superfluo salir a manifestarlo. Otros, en cambio, ahora lo consideran imprescindible. Dejando aparte el instinto de imitación, muy poderoso en una especie rebañega como la humana, cuando alguien se apresta a resaltar y defender lo obvio puede ser por dos razones: o porque duda de que los demás lo vean tan obvio o porque los demás son herejes o tibios a los que se debe corregir. En ambos casos la defensa encierra ciertas dosis de agresividad.
—No exagere usted. Estas banderas cuelgan pacíficamente de los balcones y quienes las han colgado son ciudadanos ejemplares.
—Quizá. Igual que los que cuelgan esteladas o quienes, en un partido de fútbol, hacen ondear otras: pacíficos en apariencia, pero más o menos dispuestos a liarse a mamporros con quien sea preciso para afirmar la propia identidad e imponerla a los remisos. La eclosión de banderas en Almagro, aunque mínima, me inquieta por eso.
—¿Por qué?
—Cataluña está lejos; el patriotismo exhibido aquí poco ha de influir en el exhibido allí; luego los que aquí han sacado banderas acaso estén, por un lado, voceando su apoyo a un cierto partido político y, por otro, reprochándonos a los demás nuestra deficiente españolía. Ninguna de las dos cosas me agrada demasiado.
—No tiene importancia.
—Sí tiene importancia: otra división más. Españoles fervientes y españoles tibios: de eso iban las mociones que presentaron el PP y AECA en el pleno del ayuntamiento el otro día.
No sé qué decir. Un tanto alicaídos nos despedimos. Esta tarde los amigos, inevitablemente, le preguntan a don Juan por Cataluña.
—El Partido Popular siempre ha manejado este asunto pro domo sua. Ahora no ha sabido ver que la situación es sustancialmente distinta: ha cometido innumerables errores. El más importante tratar como referéndum ilegal —repitiendo machaconamente lo de referéndum estaban aceptando que lo era— algo que no pasaba de performance. Y han matado moscas a cañonazos, y han hecho el ridículo ante el mundo, y han multiplicado el número de separatistas, y a muchos españoles nos han decepcionado otra vez… Es decir, han reunido copiosamente todos los inconvenientes de haber aplicado el artículo 155 de la Constitución —ganarse el título de represores, el principal— sin ninguna de sus ventajas. Un desastre.
—Los catalanes no han ayudado —dice el conservador.
—Se podía prever y no se ha previsto: se han hundido puentes y se ha conseguido reforzar en las gentes de cada bando que el malo es el otro.
—Algo habrá que hacer, dijo usted el otro día.
—Sí, pero ignoro qué.
Nadie lo sabe, pienso entre mí: qué tristeza.