domingo, 27 de noviembre de 2016

Reaperturas

Recojo a don Juan en las gradas de Madre de Dios. Me espera impávido bajo la lluvia terca. Encima del abrigo de buen paño, caro, lleva un impermeable de turista que escurre el agua sobre los zapatos todavía relucientes. Yo he venido en coche; él insiste en que andemos: dice que estos días le recuerdan los temporales de la infancia, cuando los gañanes no podían salir y la casa se llenaba del olor consistente de las cuadras. Don Juan es labrador; en cambio, los almagreños somos de ciudad —chica, es cierto—: la lluvia se nos hace un engorro; el pueblo está vacío. Desayunamos en la plaza; a nuestro lado, un tendero lamenta que este tiempo crudo espante a la clientela. En la portada del periódico Fidel Castro entorna los ojos melancólicamente, no sabe uno si abrumado bajo el peso de la púrpura o molesto por el humo del cigarro. “El siglo XX queda definitivamente atrás con la muerte de Castro”, sentencia el diario con apresurado desparpajo.
—¿Qué opina, don Juan?
—Los seres humanos, bestias todavía, nos distinguimos por ciertas particularidades. Repare en dos: la conciencia de la muerte y la propensión a exagerar. De la primera, poco hay que decir. La conciencia de la propia muerte se actualiza en la muerte de los otros, que duele, tanto o más que por la pérdida de alguien al que quizás apreciáramos, porque golpea con el inexorable vaticinio de nuestra propia aniquilación. La muerte sobrecoge por eso; y por eso es sagrada. Quizá los jóvenes, que son inmortales, puedan reírse de la muerte; los viejos no podemos. Respecto a la segunda, ojalá el titular del periódico dé en la diana: que con Castro se esfume la feraz temporada de dictaduras que fue el siglo XX; que con Marcos Ana se extingan los prisioneros políticos; que Barberá se haya llevado para siempre una característica manera de gobernar muy arraigada entre los españoles de todas las clases
La lluvia flojea. Andando de nuevo, vamos a la ermita de San Juan donde presentan la restauración del camarín. Hay mucha gente, viejos y viejas la mayoría; pero entre los directivos de la hermandad abundan los jóvenes de atuendo asevillanado, con trajes y medallas ostentosas: Sevilla manda en las semanasantas de España, qué le vamos a hacer. La ermita de San Juan —nos lo ha enseñado Arcadio Calvo— se levantó en el siglo XVII, extramuros, en lo que entonces era un barrio nuevo. En el XVIII le adosaron una capilla barroca dedicada a la Virgen de los Remedios, muy elegante, parecida a San Agustín; ahora acoge al Señor de San Juan —el Cristo de las Tres Caídas, que le dicen sevillanamente—. Después de la Guerra, el camarín se añadió a la vivienda del santero. Lo han restaurado; hoy lo bendicen y lo muestran al público. A don Juan la ermita le gusta mucho; y la capilla, más: por eso hemos venido. La presentación —solemne, vistosa, bien medida— tiene caída de telón, cohetes, música y conferencia —muy instructiva— de Enrique Herrera. Incluye —ya lo he dicho— bendición. Don Juan, gran visitador de templos, procura escabullirse de las ceremonias religiosas; así que le asombra lo que ve: aplausos en la iglesia —en los entierros también: será moda—, el cura que no se reviste para la ocasión —ni una poca estola—, y los antiguos útiles de asperjar —hisopo y acetre, ¿alguien os recuerda?— arrumbados por una especie de estilográfica que cabe en el bolsillo —“Si Dios nos da salud, susurra don Juan, los veremos usar pulverizador”. Explica Herrera que los camarines fueron cosa de la Contrarreforma; bien: pero, en vísperas del quinto centenario de la machada de Wittenberg, parece que los católicos se acercan a Lutero. Ellos sabrán.
Al final subimos al camarín, cuya recuperación es, literalmente, ejemplar y debería serlo para otras futuras; los cofrades invitan a un vino en la sacristía: nos arrimamos gustosos para charlar un rato con amigos a los que don Juan ve de higos a brevas. Aprovechando una clara, volvemos a la plaza. En el Marqués nos aguarda la tertulia; tomamos el vermú; alguien informa de que también ha reabierto el Corregidor. Una vela a Dios y otra al Diablo: llamamos a las señoras, comemos en el Corregidor. Acabo de llegar a casa tras algunas copas. Ya les contaré el domingo que viene.