domingo, 16 de octubre de 2016

Francisco Rico

Don Juan cumplió el viernes setenta y siete años. Otras veces nos ha convidado a comer y le hemos hecho algún regalo conforme a sus intereses, casi siempre libros. Este año, por la enfermedad, la celebración ha quedado orillada: ya la recuperaremos. Con todo, como le han dado unos días de descanso en el tratamiento, se ha venido a Almagro a ver a la familia. Llegó en el tren la mañana del cumpleaños; comió con la hija y los nietos; se echó la siesta; a media tarde dimos un paseo por el pueblo comentando las novedades. Está demacrado, pálido, pero se le ve de buen ánimo; no ha perdido el humor y tiene más fuerzas de las que aparenta: el paseo no se le ha resistido; aunque lleva bastón, apenas se apoya en él. Anocheciendo se despidió; dijo que iba a ver a Francisco Rico. Algunos lo acompañaron; yo tenía otros compromisos. Ayer mañana nos contaron la conferencia.
Uno de los acompañantes de don Juan estaba indignado:
—Francisco Rico es la mayor figura intelectual que ha visitado Almagro en años; no había ni cincuenta personas en el salón. Qué vergüenza.
Yo no fui; me doy por aludido:
—Hombre, no exageres: acudió el 0,5 por ciento de los almagreños. Si en Madrid a un acto de esta clase acudiera el 0,5 por ciento de los madrileños, habría que meterlos en un campo de fútbol.
—Pero los almagreños presumen de cultos y refinados —persevera.
—¡No vamos a presumir de ignorantes y brutos! Sin embargo, todos sabemos que la sabiduría y el refinamiento, la ignorancia y la zafiedad, se reparten aquí en las mismas proporciones que en el resto del mundo. No somos tan fatuos.
El indignado matiza:
—Lo de Francisco Rico era un acontecimiento, un cometa que se asoma de higos a brevas. En Madrid están acostumbrados a estas cosas. Y aquí… —se para un poco, hace recuento mental, prosigue— los profesores de instituto se podían contar con los dedos de una mano y sobraban dedos; maestros en activo solo vi a una; jóvenes de menos de treinta años había dos o tres —los profesores de literatura ¿no podrían haber mandado a los alumnos de bachillerato?—; figuras intelectuales de primer nivel, Lola Cabezudo y Elena Arenas; políticos, los que estaban de servicio…
—Completaste bien el censo —apunto maliciosamente.
No me hace caso. Continúa:
—Y estaba la polémica con Pérez Reverte. Pérez Reverte tiene muchos lectores, ¿ninguno quiso venir a defenderlo? ¿Nadie se dejó atraer por el morbo de una riña de altura? Los partidarios del lenguaje no sexista ¿dónde estaban? ¿El venenoso adverbio alatristemente carece de poder de convocatoria?
Tengo que recular:
—Había otras cosas al mismo tiempo: el teatro, la poesía de las mujeres rurales, el desfile de moda, mañana viene la Virgen…
Me mira despectivamente, seguro de haber ganado la batalla. Don Juan, que ha estado en silencio, expectante, interviene:
—La gente va a lo que le da la gana. No hay que llorar por lo de ayer; mucho menos despreciar al vulgo necio y sentirnos superiores a él como el fariseo de la parábola o los militantes de Podemos —miro de reojo al indignado: está disolviendo la azúcar del café—. Es posible que el formato de las conferencias esté anticuado ahora que cualquiera puede ver cualquier cosa en cualquier momento echando mano al teléfono de bolsillo. Además, la conferencia de Rico tampoco fue excesivamente brillante ni dijo nada que sus lectores desconocieran: quizá los que no acudieron son, precisamente, los que leen a Rico, y se lo saben.
Le brillan los ojos con una chispa de ironía. Cierra:
—Por otra parte, en estos tiempos eso que llamamos la Cultura —mayúsculas, por favor— no es solo, ni siquiera principalmente, cultura escrita.
—Carlos García Gual lo confirmaba hace poco en Babelia. Escribía que la lectura ya no es una actividad prestigiosa —paradójicamente, presumo de lecturas cultas.
—Por eso la Academia Sueca la ha dado el Nobel a Bob Dylan.
—Hay polémica ¿Usted qué opina?
—A menudo hay polémica. Estando Boyero y Sabina a favor, casi estoy por decirles que lo sensato es estar en contra, y no darle muchas vueltas. Pero no se lo diré: las cosas son siempre algo más complejas. Otro día lo comentamos.
Se despidió con prisa: la hija estaba esperándolo para acercarlo al tren. Yo no sé a qué carta quedarme.