domingo, 25 de septiembre de 2016

Regreso

Don Juan está prácticamente recuperado de la operación; ahora le aguarda la segunda fase del tratamiento, que empezará en octubre y se alargará varias semanas. Entre tanto, él se ha instalado tozudo y feliz en el presente —un paraíso recién descubierto—, libre de las inquietudes del pasado y voluntariamente ignorante de las asechanzas del futuro. En el paraíso presente don Juan ha retomado el gobierno de su vida, disfruta con fruición de los dones gratuitos que se esparcen por el mundo, y se interesa ávidamente por las cosas que pasan, o sea, que les pasan a los seres humanos, en cuya tribu se ha vuelto a incluir.
Hoy acude a la tertulia algo pálido, un poco más flaco, con bastón; pide café cortado y un jerez dulce; la voz, aunque firme, me suena extraña, ronca, como oída por la radio o en una grabación antigua. Le preguntamos por la salud; se sacude el asunto en pocas palabras:
—Bien. Estoy vivo y puedo valerme. Por ahora es suficiente.
Para descartar la recurrencia, pregunta él:
—¿Hay novedades? Cuéntenmelas..
Sabemos que son preguntas retóricas, que él está al día; respondemos cautamente:
—Pocas novedades hay. En la política…
Interrumpe:
—En la política hay algunas: Sánchez quiere formar gobierno.
—¿Qué le parece?
—Me parece la única salida que le quedaba, pero no creo que tenga éxito ni sé si será bueno.
—Explíquese.
—Si Sánchez, perseverando en el no, excluye tercamente la posibilidad de un gobierno de Rajoy y no desea terceras elecciones, el camino inevitable es intentar gobernar él mismo. Se trata de un corredor arriesgado, cada vez más estrecho, infestado de abrojos, sin vuelta atrás, que quizá concluya en la celada de su muerte política. Pero ha llegado aquí por errores tácticos propios: ¿qué necesidad tenía de haberse cerrado desde el principio todas las puertas? ¿No podría haber negociado? ¿Haber dicho, al menos, que estaba dispuesto a negociar? ¿Haber puesto condiciones serias y duras al PP a cambio de la abstención y, si la negociación fructificaba, liderar en el Congreso la oposición a un gobierno en minoría?
—¿Y si no fructificaba?
—Hacer evidente que era por culpa del Partido Popular.
—No es fácil negociar con Rajoy.
—No. Y menos después de todos los desaires que el pobre Sánchez ha tenido que sufrir. Pero el Partido Popular quiere las terceras elecciones —sabe que le beneficiarán— y los desaires a Sánchez no son viscerales: forman parte de una estrategia bien calculada para frustrar cualquier negociación que merezca ese nombre; forzar la repetición de las elecciones, pero echarle la culpa al PSOE por la intransigencia de Sánchez. Es decir, la estrategia del PP tiene como objetivo la mayoría absoluta, que ahora sienten al alcance de la mano. Sánchez debería haberlo visto y haberse anticipado.
—¿Qué pasará, entonces?
—Que Sánchez fracasará en el intento de formar gobierno. Entre otras cosas porque negociar con Podemos —incluso abandonado el histrionismo pueril de antaño no es más fácil que negociar con Rajoy. Y porque incluir en el lote a partidos nacionalistas numerosos y muy diversos sería a costa de dejarse muchos pelos en la gatera. Demasiados izquierdistas españoles son, a este respecto, de una ingenuidad candorosa: creen que los partidos nacionalistas de izquierda son de izquierda antes que nacionalistas; se equivocan lamentablemente: los partidos nacionalistas —como el adjetivo indica— pondrán siempre la patria —su patria por delante de la clase.
—¿Entonces? —insiste el del piñón fijo.
—Entonces habrá elecciones. El Partido Popular, solo o en compañía de Ciudadanos se hará con la mayoría absoluta. Sánchez —si es que le dejan presentarse— saldrá de ellas amortizado políticamente; el Partido Socialista, como tantas veces en la historia, quedará hecho unos zorros; y la política, los políticos y la democracia española acumularán desprestigio sobre desprestigio. Qué lástima.
—Pero usted sostenía hasta hace bien poco que no habría elecciones…
—Es cierto. Creía que los dirigentes españoles eran más inteligentes y más generosos. Lamento haberme equivocado.
—¿No pagará el PP la corrupción que lo tizna por todos lados?
—No. Los votos escandalizados que tuviera que perder los perdió en diciembre del año pasado. Mientras, en la izquierda, el PSOE continuará desangrándose; y Podemos, ya exento de glamur, se deshinchará otro poco.
No ha terminado el café; apenas ha probado el jerez; se levanta sin apoyarse en la garrota, y se despide hasta el domingo que viene.
En la tertulia queda una sombra de desazón. La espantamos con otra copa.


domingo, 18 de septiembre de 2016

Convalecencia y memoria

Desde primeros de septiembre don Juan se ha quitado obligaciones: de la vendimia se ocupa el capataz de los rumanos bajo la supervisión del amigo bodeguero; los trabajos académicos y las lecturas profesionales han quedado aparcados sine die; vive con la hija en Almagro y, por primera vez en la vida, se deja cuidar. Por lo tanto, le queda mucho tiempo para perderlo… o echarlo en la introspección.
—La convalecencia —dice esta tarde, con la seguridad de quien se ha enterado hace poco— no es solo el periodo durante el que uno va recuperándose de la enfermedad; es también un estado de ánimo que propende a la melancolía y a la pereza: algo así como el final de las vacaciones.
—¿La enfermedad es una vacación?
—Cuando no es grave o está siendo derrotada, así se puede ver: nadie te pide cuentas, nadie te aprieta. Sin embargo, la convalecencia, propende a la melancolía porque uno no logra olvidar que ha palpado el desvalimiento y la decrepitud.
—Habría que alegrarse de haberlos eludido. ¿No?
—Si uno es viejo, no.
—¿Y la pereza?
—Las fuerzas menguadas disuaden de cualquier esfuerzo, incluso lo descartan por inútil.
—¿No hace usted nada, entonces?
—Leo distraídamente libros atrasados.
—¿Novela histórica?
Me mira con horror exagerado pero verdadero: como si la temiera más que a la enfermedad.
—No, por Dios. Leo historia más o menos polémica, sin ningún afán de contraste ni de comprobación: para pasar el rato. Hace unos cuantos años, cuando salieron al mercado, compré casi al mismo tiempo dos libros muy diferentes y complementarios: El holocausto español de Preston y El terror rojo de Julius Ruiz, y seguí las controversias a que dieron lugar. Pero, quizá por las controversias, hasta ahora no los había leído.
—¿Julius Ruiz? ¡Vaya nombre! —interrumpe un lego.
—Julius Ruiz, nieto de un español republicano exiliado en el Reino Unido, es profesor de la universidad de Edimburgo. Tiene mala prensa entre el público y los historiadores progresistas, pero nadie niega que es concienzudo, atento a las fuentes y sujeto a los datos.
Cuando todos creíamos que don Juan iba a seguir con los libros, hace un regate de los que tanto le gustan:
—Por aquel tiempo estaban arreglando la carretera de Carrión. Antes de llegar al cruce con la de Pozuelo a Torralba había en la cuneta una pequeña cruz de piedra, costrosa de líquenes, sucia, casi cubierta por los yerbajos, olvidada. Un buen día apareció limpia y con los nombres del pedestal bien visibles.
Lo miramos desconcertados, interrogantes. Don Juan prosigue.
—Hablamos aquí hace poco de la Guerra. Ochenta años han pasado y continúa viva, es decir, continúa influyendo en las conciencias de la gente, conmoviéndola y condicionando las actitudes, no solo las convicciones políticas. ¿Por qué alguien limpió la cruz de la cuneta? ¿Por qué el libro de Preston fue un best seller? ¿Por qué el de Ruiz se vendió mucho menos? ¿Por qué historiadores de pacotilla —Vidal, Moa— se hicieron ricos? ¿Por qué se habla tanto de la memoria histórica? ¿Qué es exactamente? ¿Cómo se explica lo que está pasando en Herencia?
Muchas preguntas son. Habría que irlas respondiendo poco a poco, una a una, aunque todas estén relacionadas. Parece que don Juan me hubiera oído.
—Desde muchos puntos de vista, la Guerra partió a España en dos. Todos los españoles sufrieron y muchos hicieron sufrir. Aquel sufrimiento es una herida que no está del todo cicatrizada. La historia —la historia limpia y honrada— puede ayudar a cicatrizarla. La historia mezquina y tramposa, no. Y las preguntas tendrían buenas respuestas. Por lo que estoy viendo, Ruiz hace menos trampas que Preston, aunque cometa errores y tenga algún gazapo bastante gracioso, no sé si por su culpa o la del traductor.
—Pero no todo el mundo lee historia rigurosa ni está en condiciones de distinguir el trigo de la cizaña.
—El consenso científico existe: en los institutos se podría enseñar. Y en los espacios públicos de convivencia, además o en lugar de borrar, se podría difundir. Hay quien lo está haciendo en algunos sitios; pero en Almagro, por ejemplo, que yo sepa, no lo ha hecho nadie.
—Quizá no haga falta.
—Durante un tiempo fue bueno que no se hablara de estas cosas. Ahora, tal vez es imprescindible que se hable. Con rigor y buena fe; no para ajustar cuentas: para aprender.
Y dejamos a don Juan convaleciendo.



domingo, 11 de septiembre de 2016

Hospital

Visitamos a don Juan en el hospital. Don Juan ha sido funcionario; cobra pensión de Clases Pasivas; tiene derecho a algún tipo de sanidad privada: lo podrían haber operado en La Milagrosa, muy cerca de su casa de Madrid —junto al colegio en que vota—, o en otras clínicas de nombre altisonante donde dan a luz las famosas que salen en el Hola. Él, sin embargo, ha preferido siempre la sanidad pública. No por razones ideológicas —ya sabemos que es muy poco dogmático—, sino meramente prácticas: la sanidad pública es mejor que la sanidad privada, lo mismo que la enseñanza pública o la policía pública son mejores que la enseñanza o la policía privadas. Es verdad que en la enseñanza pública tu nieto corre el riesgo de sentarse al lado de un pobre rumano —de un rumano pobre, quiero decir—, y en la sanidad pública quizá compartas habitación con cualquier paria cuya lengua y modales te resulten tan exóticos como los de un kolufo. Qué le vamos a hacer: a cambio de la pequeña molestia, la sanidad pública cura. Y cura muy bien y más barato que cualquier sanidad privada.
—Don Juan, lo dice usted porque está agradecido y todavía convaleciente.
—Estoy agradecido, por supuesto: he tenido que pasar la pejiguera de análisis —perdón: analíticas—, pruebas diversas, colas y la incertidumbre de la operación. Eso te deja en un estado de inquieto desamparo en el que resulta maravilloso poder confiar en gentes capacitadas y en instituciones eficaces que se ponen al servicio de tu salud simplemente porque eres una persona, un ciudadano. En otros países se pondrían al servicio de tu salud solo si pudieras pagarles. Así que la convalecencia no me ha debilitado el entendimiento: me ha robustecido la fe en las virtudes del estado del bienestar.
—La sanidad española tampoco es gratis: se lleva una buena porción de los impuestos.
—Ese es, precisamente, el milagro: que desde 1986 todos los españoles, solo por ser españoles, tengan derecho con cargo a los impuestos de todos, no a las cotizaciones de cada unoa idénticas prestaciones sanitarias. Fuera de Europa, en muy pocos países del mundo pasa eso. En Estados Unidos, por poner un ejemplo, el ciudadano recibe la sanidad que paga, bien a tocateja cuando la prestación, bien anticipadamente mediante un seguro. También es un milagro que en estos treinta años la sanidad española haya alcanzado un nivel de calidad envidiable.
—Pero algunos la acusan de ineficiente.
—No creo que atinen. Es posible que se gaste demasiado en medicinas, que se practiquen pruebas redundantes, que los ciudadanos —mal educados— abusen de los servicios de urgencias… Pero casi todos los que acusan de ineficiencia al Sistema Nacional de Salud o están mal informados o tienen intereses en la sanidad privada; es decir, querrían que la sanidad privada parasitara a la sanidad pública de la misma manera que cierta enseñanza privada parasita a la enseñanza pública. Debe haber sanidad privada, claro, pero quien la quiera que la pague: que no la paguemos con recursos de la sanidad pública. Algún día hablaremos de ciertos experimentos de algunos gobiernos liberales en este terreno: en Valencia, en Madrid, en Cataluña, aquí mismo. Algún día hablaremos de cómo Thatcher destrozó el National Health System del Reino Unido.
Me atrevo a intervenir:
—Quizá no hayan sido solo intereses económicos: puede que tampoco les guste que los pobres dispongan de la misma sanidad que los ricos.
—Quizá —conviene don Juan—: el acceso universal a la sanidad es una auténtica revolución, una subversión completa de lo que se había considerado natural durante siglos. Y se hizo sin ruido.
—¿Qué quiere decir?
—Que casi siempre las revoluciones verdaderas, las que provocan cambios decisivos en las sociedades, son silenciosas y muy poco heroicas. Y que, casi siempre también, la faramalla revolucionaria es ruido sin nueces.
En el hospital llega la hora de la merienda. La hija de don Juan —que ha asistido a la conversación sin decir palabra, que no nos tiene ninguna simpatía porque culpa a los vinos y copas de los domingos de la dolencia de próstata que padece su padre— nos invita discretamente a salir.
Nos vamos contentos. Veníamos a practicar una obra de misericordia; nos llevamos una lección de política. La vida y la salud de don Juan no peligran por ahora.

domingo, 4 de septiembre de 2016

Burquini

Alguien viene hoy con la pretensión de ponerse al día:
—Don Juan, que se acaba el verano y no hemos hablado de lo que habla todo el mundo…
—¿De qué habla todo el mundo?
—Parece usted de otro planeta, don Juan. De la Olimpiada, de los pokémones, de Trump, de Rajoy y Rivera, de vacaciones y viajes, de las playas atestadas, del burquini, de Turquía, de las series o libros “que no te puedes perder”… ¿No lee los periódicos, no ve la tele u oye la radio?
—Leo todos los días un periódico de cabo a rabo en papel y hojeo unos cuantos; en internet miro los titulares de muchos. Apenas veo la tele, es verdad; y oír la radio se me hace muy cuesta arriba, incluso Radio Clásica, que se ha apuntado a la moda de hablar al tuntún para no decir nada.
—Pues con los periódicos y poner oído a lo que dice la gente le basta.
—Nosotros casi podríamos parafrasear a Nuestro Señor Jesucristo: nuestro reino ya no es de este mundo aunque vivamos en él, ojalá que por mucho tiempo.
—Sí, don Juan: el mundo es de otros. Pero, mientras estemos aquí…
—Mientras estemos aquí hay que enterarse de lo que pasa, claro; sin embargo, no siempre lo que pasa es lo que dice la prensa y luego comenta la gente. En el mundo ocurren cada día millones de cosas —más las que podrían ocurrir—; la prensa da noticia de unas pocas: importantes —el terremoto de Italia, el golpe de Turquía—; menos importantes —las Olimpiadas, Trump, Rivera y Rajoy—; y hasta nimias —pokémones, libros y series “que no te puedes perder”, burquini—. Los que mandan en la prensa tienen un poder enorme, porque crean —o sea, inventan— la actualidad. Seleccionan como les da la gana una mínima porción de la complejísima, multiforme y casi infinita realidad; nos la ponen en letras gordas en la primera página del periódico o abren con ella el telediario; y ya está: esa es la actualidad. Una actualidad inevitablemente pobre y sesgada, pero muchas veces también cínicamente sesgada aposta en beneficio de alguien, aunque ese alguien sea tan solo la estupidez.
—Siempre exagerando, don Juan.
—Esta vez no: me quedo corto. Reparen ustedes: en una playa varias mujeres se meten vestidas en el mar; ustedes, que están distraídos cazando pokémones, las ven por el rabillo del ojo; les prestan algo de atención; se extrañan; lo comentan con los vecinos de sombrilla; otra extravagancia… Al cabo de un rato, el bañador talar no es sino uno de los tantos espectáculos gratuitos que la playa ofrece: fútil anécdota para contar al regreso. Pues bien, ¿cuántas páginas de periódico, cuántos telediarios, cuántas tertulias radiofónicas se han llenado con esta trivialidad?
—No es una trivialidad, don Juan; las musulmanas se bañan así porque no lo pueden hacer de otra manera: el heteropatriarcado se lo prohíbe.
—¿Quién es ese? —pregunta don Juan con sorna indisimulada—. Desde que hay memoria, en casi todas las culturas, tuvieran la organización social que tuvieran, las mujeres y los hombres se han vestido de forma diferente, y el atuendo de unas y otros ha estado sometido a reglas o convenciones más o menos rígidas pero no inmutables. En la España de nuestra infancia y juventud las mujeres rurales iban tapadas de pies a cabeza. Y miren ahora.
—Porque la sociedad ha cambiado.
—Efectivamente. Con todas las dificultades y reticencias que ustedes quieran —y aún son muchas e importantes— las mujeres en España han pasado a ser dueñas de sí mismas y de su propia vida: por eso, entre otras cosas, se visten o se desvisten como les parece sin que nadie se escandalice ni quiera impedirlo.
—A las musulmanas les está vedado.
—Es probable. Pero les está vedado en la playa y en cualquier parte; es decir, no son dueñas de sí mismas: se atienen a lo que decidan los padres, los maridos, los hijos. Y ese sí es un asunto serio. Lo de la playa es un mero síntoma, y de los más intrascendentes. En Francia, que en tantas cosas ya no es un buen espejo, han confundido el síntoma con el mal y han comenzado un tratamiento que lo agravará.
—¿Entonces? —insiste el del piñón fijo.
—Entonces paciencia, tolerancia, firmeza, educación y promoción económica y social. Y no matar moscas a cañonazos. Ya hemos hablado de esto alguna vez.
***
Y otra cosa: operan a don Juan la semana que entra. Los mantendré informados.