domingo, 10 de julio de 2016

Inauguración

Sabemos que a don Juan no le entusiasma el teatro. Si parte de un buen texto, con frecuencia es demasiado teatral, o sea, enfatiza lo obvio, lo que resulta accesible a la más pobre imaginación; y, si el texto es flojo o falta, el teatro se parece al circo: un espectáculo tal vez entretenido, incluso interesante, pero del que uno sale lo mismo que entró, como se sale de las novelas de playa. Aun así, don Juan reconoce y elogia las excepciones, y de ninguna manera pretende sentar cátedra: quizá se trate tan solo de su incapacidad para apreciar manjares que otros, más entrenados o de mejor paladar, consideran exquisitos.
Alguien se toma los manjares al pie de la letra:
—Don Juan, que el teatro da de comer a mucha gente… Aquí, en julio, a muchísima.
—Lo mismo que la fabricación y venta de recuerdos para turistas, por ejemplo. No se han de confundir las industrias culturales con la cultura, ni las artísticas con el arte: entre ellos hay simbiosis —ocasionalmente, parasitismo—, pero no identidad. Desde luego, en tanto que industria, el teatro debe protegerse o, por lo menos, no hay que castigarlo con los latigazos sangrantes del IVA: ahí no tengo dudas.
—Fomentarlo también.
—Ya se conformarían los interesados con que no lo apalearan.
Estamos estrenando el viejo Ches, resucitado con nombre aristocrático —ya lo comentaremos—; don Juan nos cuenta los fastos inaugurales del Festival a él, no sé por qué, lo invitan a estas cosas—, que no se pierde ningún año. El jueves se presentó oscuro y tormentoso; a la hora del comienzo rompió a llover; la ceremonia se apagó un tanto; pero, más allá de que el Premio Corral de Comedias no pudiera entregarse en el Corral de Comedias, el trastorno no pasó de pequeña incomodidad.
Don Juan habla de la exposición en San Agustín, que hemos visto hace un rato. La iglesia luce espléndida pese a los achaques de la edad; los elementos de la exposición no tapan el edificio, se adaptan a él con delicadeza, incluso alguno subraya sutilmente su condición de templo —la tenue iluminación tras las celosías de las tribunas—; y es didáctica y, por momentos, emocionante.
—Por allí andaba Helena Pimenta —dice don Juan—, ajena al recorrido de los prebostes, muy pendiente de los figurines de La Barraca.
—Yo vi al ministro —interviene un curioso—; tardé en reconocerlo. Entre tanto traje adusto y tanto vestido de ceremonia, el ministro parecía, no del Reino de España, sino de la República Bolivariana de Venezuela.
—Este hombre es más listo de lo que aparenta. ¿Cuánto hace que un ministro no acudía al festival? Pues él se ha internado audazmente en un territorio que otros de su partido consideran hostil y ha salido indemne, hasta airoso: no hay más que acordarse de Cospedal y comparar.
—Pero algún dirigente local del PP no disimulaba el disgusto.
—Hay quien se molesta por cualquier menudencia. De la exposición fuimos al teatro. Llegué de los primeros; me acomodé en un palco, bien pendiente de lo que pasaba en el patio de butacas. Como el orden del Corral se había trastocado, fue de ver el espectáculo de la lucha por las preeminencias; gracias a Dios la sangre no llegó al río.
—Don Juan, también usted peleó por el asiento.
—Solo con astucia y velocidad.
—¿Qué le pareció el acto?
—Digno. Se premiaba a Concha Velasco; vinieron sus amigos; hicieron los discursos esperables; la laudatio, meramente administrativa: el currículo de la actriz. Los políticos, muy bien: fueron breves, no dijeron ni una vez emblemático, tampoco demasiadas tonterías ni grandilocuencias, gastaron sentido del humor… y el ministro demostró condiciones de showman que yo no hubiera imaginado.
—¿La premiada?
—Concha Velasco debe ser más o menos de mi edad: ya me gustaría estar como ella.
—Usted está estupendamente.
Don Juan no oye.
—Hizo un discurso sencillo, modesto, emotivo sin sensiblería, muy bien dicho, con voz espléndida, y eficacísimo para ganarse al público: discurso de actriz que domina divinamente los recursos escénicos. Le aplaudieron entusiasmados. Y, luego, estuvo atentísima con todo el que quiso acercársele: tardó un buen rato en salir del teatro.
—¿Y usted?
—Yo esperé sentado a que la gente se fuera; salí a la lluvia; en la plaza me tomé un vino infame por el que Dios le ha de pedir cuentas al tabernero; y me marché para casa pensando en qué tendrán ciertos baristas de la plaza contra los clientes. ¿Les deberemos algo?