domingo, 1 de mayo de 2016

Pereza

Habrá elecciones. Casi nadie quería que pasara, pero todos sabíamos que iba a pasar. Y dan mucha pereza: una pereza semejante a la famosa melancolía nacida del esfuerzo inútil. Porque la pereza actual profetiza y anticipa, sin riesgo de error, la melancolía que se apoderará de los españoles a finales de junio, cuando comprueben que el esfuerzo no ha valido de nada, que estamos como estábamos.
—Hombre, don Juan —dice un optimista—, de algo han servido estos meses: los dirigentes se han retratado, que dicen ahora.
—Poca cosa es eso, e innecesaria.
—¿Reniega usted de la democracia, don Juan? ¿A estas alturas?
—No reniego de la democracia, Dios me libre. Reniego de los dirigentes que nos han tocado. En algún momento —¿Cuándo se jodió el Perú, Zabalita?—, seguramente por su culpa, la ocupación política empezó a desprestigiarse: los ciudadanos apreciaron que bastantes de los que estaban en ella, al revés que Nuestro Señor Jesucristo, no habían venido a servir, sino a ser servidos; y el desprestigio creciente ahuyentó de la política a las personas valiosas: quedan recuelos. Pero no están dispuestos a irse.
—Hay gente nueva.
—Que ha aprendido muy pronto los vicios de los viejos y ya no se diferencia en nada de ellos. Observen, por ejemplo, que en este momento no sería posible un “debate” virginal como aquel con Jordi Évole: en medio año los nuevos son ancianos; pocos casos habrá de envejecimiento tan prematuro.
—En el atuendo sí son jóvenes aún.
—En el atuendo, en efecto. Y también en otra cosa que los hace especialmente antipáticos: las ínfulas de superioridad moral e intelectual. Se creen más inteligentes y mejores que el resto y nos lo restriegan en las narices de día y de noche. Aunque fuera cierto, molesta.
—¿Molesta? Como no sea a usted, no le molesta a nadie.
—A mí no me molesta, claro está, que haya gente más instruida o de moral más elevada que la mía: eso lo constato diariamente desde la infancia y nunca me ha dado envidia ni pesar. También tengo constatado que las personas de verdad inteligentes y bondadosas ni suelen proclamarlo de sí mismas ni suelen reprochar a los demás que no lo sean;  por eso, tampoco me molesta la fatuidad boba de quien presume de sus virtudes venga o no a cuento.
—¿En qué quedamos?
—Quedamos en que los simples ciudadanos tenemos derechos —el de hacer o decir estupideces, por ejemplo— que los dirigentes políticos, en cuanto que dirigentes políticos, no deberían permitirse. Idealmente, al menos, la política democrática es un ámbito de confrontación racional y educada en el que partidos y dirigentes racionales y educados compiten por el voto de ciudadanos racionales y educados. En ese ámbito nadie pretende eliminar al adversario; es más, considera al adversario imprescindible, puesto que constituye la piedra de toque de las ideas propias y el vigilante de la propia rectitud.
—Pide usted mucho.
—Pasaba no hace tanto. Ahora, por desgracia, el ámbito racional de la política se desliza cada vez más hacia el dominio irracional de la religión: lo importante no es la consistencia de las ideas o lo irreprochable de los comportamientos; lo importante es pertenecer a una secta. Dentro de la secta habitan, por definición —o sea, por revelación—, la sabiduría y la bondad; fuera de la secta, la ignorancia y la perfidia. El adversario no merece respeto, pues: o se convierte o será eliminado. Hemos retrocedido al mundo de la fe del carbonero y las lealtades inquebrantables.
—En la derecha siempre ha sido así —dice un rojo.
—Probablemente. Cierta derecha, como en los tiempos de la limpieza de sangre, cree conservar todavía prerrogativas innatas que le pertenecen por razón de herencia. Yo pensaba que era algo residual, casi anecdótico y en vías de extinción. Ahora veo que se extiende sin recato y que en la izquierda ocurre algo semejante. Miedo me da.
—¿Por qué?
—Porque perderemos los tibios: entre el yunque de unos y el martillo de otros nos aplastarán.
—¿A quiénes?
—A quienes no queremos comulgar con ruedas de molino, a quienes no nos consideramos mejores que nadie, a los que oímos al prójimo con atención por si tuviera algo interesante que decir, a los que huimos de las certezas cómodas y arrogantes de la religión y sobrellevamos con humildad el peso de las dudas: en resumen, a los pobres infelices que acampamos solos a la intemperie, pero por nada del mundo aceptaríamos afiliarnos a un rebaño. Ni siquiera al rebaño de los que no están en ningún rebaño.
En silencio apuramos las copas. Con algo de aprensión, pienso entre mí que, paradójicamente, si su diagnóstico es atinado, don Juan yerra en el pronóstico: mucho cambiará en junio; la política española quedará en manos de los que siempre quisieron repetir las elecciones. Por desistimiento o incomparecencia de los tibios. Por pereza.