domingo, 22 de mayo de 2016

Fútbol

Don Juan sigue el fútbol a bastante distancia y sin pasión ninguna; le ocurre lo mismo con la teología o el macramé, por decir algo. Pero no desprecia en absoluto estas dignísimas actividades y, menos todavía, a quienes las practican o están pendientes de ellas. Por el contrario, don Juan acepta, bien lo sabemos, que los seres humanos somos múltiples y variados, que a unos les da por una cosa y a otros por otra, y que es bueno que todos hagan y digan, con entera libertad, lo que les dé la gana.
—Don Juan, siempre repite usted lo mismo.
—Lleva usted razón: los viejos tenemos esa mala costumbre, para desesperación de los jóvenes —mira al interviniente de arriba abajo, con exagerada ironía—. Pero algunas de las cosas que repito no sobran nunca: esta, por ejemplo.
El otro sonríe y recula. Meto baza:
—Nunca hablamos de fútbol, don Juan: seremos los únicos.
—Hoy es buen día para enmendarnos: celebremos que el Almagro se ha clasificado para la fase de ascenso a Segunda B…
—Se entera usted de todo.
—Uno de mis nietos tiene amigos futbolistas: está muy contento de la heroicidad. Y, más todavía, de que le hayan ganado esta mañana al Atlético de Madrid en el primer partido. Él ha estado allí; le ha llegado al alma que los madrileños gritaran "Que boten los paletos", refiriéndose a la afición almagreña. Ya saben: el patriotismo es susceptible y propende a la vehemencia... 
—¿Le interesa el asunto?
—El del patriotismo, sí; el del fútbol, escasamente. Pero me alegra que un grupo de personas de las que nadie esperaba tal hazaña la hayan logrado. Mucha ilusión, mucha fe, mucho esfuerzo y bastante inteligencia habrán puesto en ello. Y a mí los éxitos de los demás conseguidos limpiamente me satisfacen siempre.
—¿Inteligencia? ¿En el fútbol?
—Cualquier cosa que se haga bien hecha requiere inteligencia: la inteligencia también es múltiple y variada.
—Pero hay ocupaciones mejores que el fútbol. Estos muchachos podrían haber empleado la ilusión, la fe, el esfuerzo y la inteligencia en empresas más altas —deja caer un culto.
También lo mira don Juan con ironía:
—Confunde usted la liturgia con la metalurgia. El día tiene veinticuatro horas; los años, trescientos sesenta y cinco días; y la vida, en general, muchos años: tiempo para todo. Siempre que no hagan daño a nadie, no hay ocupaciones más altas que otras: depende del momento y de la ocasión. Y el juego es una cosa muy seria: ¿no han visto ustedes las caras de concentración de los jugadores, el ahínco y la intensidad con que se entregan a la tarea? ¿No han visto el interés de los que miran? Mientras el juego dura, para los jugadores y los espectadores no hay otra cosa más importante. Luego, se regresa a la vida real y, por supuesto, hay otras cosas más importantes.
—Así que el fútbol es un narcótico: el opio del pueblo.
—No. El fútbol es, simplemente, el juego más difundido. El ser humano no puede vivir sin jugar, de modo que el fútbol no es opio, es juego: una ocupación imprescindible —casi igual que la comida o el sexo—, y tan necesaria como el trabajo. ¿Que a ustedes les gustan más otros juegos? A mí también; pero eso, para lo que estamos comentando, es irrelevante.
—Ha dicho usted muchas veces que el deporte de hoy no se parece al juego, que, en ciertos aspectos, es lo contrario del juego.
—En ciertos aspectos. Para que el juego lo sea verdaderamente, ha de estar acotado en el tiempo. El juego es un paréntesis durante el cual se suspende la vida cotidiana. Por lo tanto, el juego no puede ser la vida cotidiana. La mayoría de la gente lo entiende así y, si es aficionada al fútbol o al ajedrez, no se entrega a la afición a todas horas. Pero algunos se pasan: los viciosos, es decir, los fanáticos de esta nueva religión deportiva cuyos ritos y valores impregnan la vida entera de incontables fieles.
—¿No educa el deporte?
—De refilón, si acaso; y al juego no le hace falta ser educativo: el juego es juego, se agota en sí mismo. Pero ese es otro asunto del que ya hemos hablado y al que tendremos que volver: ahora no importa. Lo que importa ahora es celebrar la proeza del Almagro, dar la enhorabuena a quienes la han alcanzado y desear que no se acabe todavía: que lleguen más lejos.
—¿Adónde? ¿A la segunda división B? He leído que eso sería una locura.
—Yo no lo sé: no entiendo de fútbol. Pero podrían ganar el ascenso y después ya se vería.
—¿Qué habríamos de ver?
—Si se sube o no: cabe renunciar a lo ganado. Y es muy elegante.