domingo, 27 de diciembre de 2015

Miedos

Don Juan es hombre sensato y razonable; no sabe de todo, pero sabe que de todo hay quien sepa: por eso se fía de los especialistas. Quiero decir que, si tuviera que levantar una casa, recurriría a un arquitecto, y que, cuando necesita que le poden la viña, no echa mano del primero que pasa por la puerta, sino de alguien cuya solvencia esté bien acreditada. Ustedes me dirán que eso es lo que hace todo el mundo. Naturalmente; eso es lo que hace todo el mundo. Salvo cuando se tiene miedo.
—El miedo es uno de los sentimientos esenciales y más poderosos de los seres humanos, y también de los demás animales. Seguramente, la importancia evolutiva del miedo es enorme: gracias a él huimos de los peligros, conservamos la vida y podemos transmitirla a los descendientes. El miedo es, pues, una recurso biológico que nos acompañará siempre.
—Sin embargo, don Juan, los seres humanos, en todas las sociedades, desprecian el miedo y aprecian enormemente su contrario: la valentía; es decir, el valor por antonomasia, el valor ante el que palidecen los demás valores.
Dime de lo que presumes
Los que conocemos a don Juan —ustedes, por ejemplo, hipotéticos lectores— sabemos bien que su confianza en la humanidad no es ilimitada, y que hace un uso bastante frecuente de la gramática parda. Prosigue, ya en serio:
—En todas las sociedades algo complejas, el miedo y el valor están modelados —y modulados— por factores culturales cuyo estudio, aunque dificultoso, puede hacerse caso por caso. Otro día nos ocuparemos de ello. Lo evidente es que el miedo sigue existiendo: el miedo individual y los miedos colectivos. De los miedos individuales también nos ocuparemos otro día.
—Va dejando usted muchas cosas para otro día. ¡Como hiciéramos la lista…!
—Hay más días que longanizas —responde socarrón—. Los miedos colectivos son, a la vez, agregado y sublimación de miedos individuales. Y, aunque muchas sociedades modernas presuman de haberlos reducido y se jacten de la seguridad de que disfrutan los ciudadanos, los miedos gozan de muy buena salud y son esencialmente los mismos que en el Paleolítico. Todos ellos se pueden resumir en uno: el miedo a lo nuevo, es decir, a los extraños, a lo desconocido, a lo no previsto, a todo lo que amenace con perturbar las cosas que damos por ciertas y firmes.
—Se olvida usted, don Juan, de que siempre ha habido exploradores, aventureros, revolucionarios…
—Y en ninguna parte los han visto con buenos ojos… salvo que hayan tenido éxito: la gente prefiere casi siempre lo malo conocido.
—Por eso las sociedades tienden a la estabilidad, y todos los gobiernos se afanan en lograrla o en restablecerla.
—Efectivamente. Lo que más teme siempre cualquier gobierno es una catástrofe —sea natural o provocada— que amenace la estabilidad y desate los miedos. Casi ningún gobierno se maneja bien en estos casos. Pero hay individuos y grupos, pescadores a río revuelto, que sí se manejan bien: siempre hay beneficiarios del miedo.
—¿Está usted hablando de la amenaza terrorista, don Juan? ¿O de la incertidumbre política que tenemos en España?
—También, aunque ahora me quedo más cerca. Estoy hablando de una cosa que vi la otra tarde en Manzanares, y hace un par de años en Almagro. Saben ustedes que en Manzanares hay un brote de legionela que ha matado a dos personas y ha hospitalizado a muchas. Hubo un pleno extraordinario para tratar el asunto. Al pleno, claro, no acudió ningún especialista, pero no me detendré en ello. Lo que me llamó la atención es que en la plaza se congregó una multitud y que los ánimos estaban algo exaltados.
—Natural: la gente tenía miedo, se sentía insegura… en esos casos se trastorna un poco la razón…
—Y muy fácilmente puede prender la violencia —interrumpe don Juan bastante serio—. Si alguien hubiera dicho que la culpa de todo la tenían los mendigos, los rumanos, el alcalde, las monjas, los membrillatos, o cualquier otro, porque envenenan las fuentes, ofenden a Dios o han roto alguna tradición sagrada, ya hubiéramos visto...
—Don Juan, eso era antes.
—Antes y hoy, mientras la gente no aprenda a comportarse racionalmente y a hacer caso de los especialistas. Por eso me asombraron mucho las declaraciones de Vicente Tirado y de una responsable regional de Comisiones Obreras; ellos sí saben: deberían obrar responsablemente, no como beneficiarios del miedo ajeno.
—Ha dicho usted también algo de Almagro.
—Hace dos o tres años se instaló en Almagro un violador recién salido de la cárcel, o sea, un ciudadano que había saldado deudas con la justicia. La reacción de muchos vecinos y de ciertas autoridades no fue demasiado ejemplar.
—¿También en ese caso deberían haber recurrido a los especialistas?
—En efecto. Y no emular a los feroces individuos del Salvaje Oeste. Pero el miedo es libre, y el aprendizaje de la democracia, trabajoso. No le echo la culpa a la gente; me pregunto qué hacían las autoridades en la manifestación.
No sé qué decir: en estas cosas yo soy gente común.


domingo, 20 de diciembre de 2015

Voto invernal

Don Juan está en Madrid. Esta mañana, después de votar en el colegio La Inmaculada, de la calle García de Paredes, me ha llamado por teléfono. Hemos hablado de las últimas entradas en el blog. No parece que le hayan gustado en exceso. Desliza una crítica velada: si fuera verdad todo lo que he dicho, tendría que habérmelo callado. Pero enseguida pasa a hablar de las elecciones. No nos hemos visto desde el puente de la Constitución, de modo que tampoco hemos comentado la campaña. Don Juan, tras lamentar algunas banalidades, ciertos excesos y el tratamiento que le han dado las televisiones —ya nadando todas en el fango del cotilleo—, dice:
—Esta es la tercera vez que voto en diciembre. Las dos primeras fueron el referéndum de la Ley para la Reforma Política y el de la Constitución. La Ley para la Reforma Política, que cabe en un folio, es un prodigio de eficacia, una maravilla legal. Los reformistas del franquismo —es decir, los más listos, los conscientes de que el franquismo no podía sobrevivir a Franco— aprovecharon los recursos franquistas para dinamitarlo, hasta las manipulaciones electorales: votaron los muertos, los padres por los hijos, los ausentes… y quizá en algunos pueblos hubiera pucherazos descarados. Yo, aunque la oposición —ya semiclandestina— pedía la abstención, voté a favor. Gracias a Dios y a la sensatez de los españoles —no de todos: estaba secuestrado Oriol, un mes después secuestrarían a Villaescusa, y se produciría la Matanza de Atocha— la cosa salió bien. El 15 de diciembre de 1976 comenzó oficialmente la Transición Española.
—De manera muy poco airosa —apunto.
—Usted era ya adolescente. Quizá se acuerde. Hubiera sido más gloriosa una Revolución de los Claveles —buena envidia nos dio a muchos españoles—, pero en cada momento se debe hacer lo que se puede. Y eso se hizo de manera irreprochable: vista desde ahora la transición española fue más prosaica, pero mejor que la portuguesa.
Yo tenía entonces dieciocho años. Vivía en Almagro. Si hago memoria, si pienso en lo que había entonces aquí, creo que don Juan lleva razón. Prosigue:
—La segunda fue el referéndum de la Constitución, el 6 de diciembre de 1978. En algo menos de dos años España se había convertido en una democracia completa, equiparable a las mejores del mundo. Las triquiñuelas de 1976 hubieran sido ya inconcebibles: había un buen sistema electoral, partidos —también el Partido Comunista—, sindicatos, libertad de prensa, se había concedido una amnistía completa para todos los delitos políticos, incluidos los de sangre… y unas Cortes Constituyentes, elegidas limpísima y libérrimamente el 15 de junio de 1977, habían redactado la Constitución que todavía está en vigor. Hoy no lo parece, pero entonces aquel proceso asombró al mundo —y hasta a los españoles, siempre tan tacaños con nuestros propios méritos—. Naturalmente, la Constitución se aprobó por muy amplia mayoría, a pesar de que a gentes como Aznar no les gustara demasiado. El 6 de diciembre del 78 se acabó la Transición: España pasó a ser un país normal, como los demás del Occidente europeo.
—¿Es casualidad que todo fuera en diciembre?
—Supongo que sí: sabe usted que no soy supersticioso, pero la historia está llena de casualidades. Algunos podrían pensar que hoy, como aquel 15 de diciembre de hace treinta y nueve años, estamos abriendo la puerta de una nueva etapa política. Si así fuera, yo solo les pediría a los jóvenes que aprendieran de los que entonces lo éramos. En unas circunstancias mucho peores que las actuales fuimos capaces de salir con bien y de fijar unas reglas de convivencia que han dado resultados excelentes: si ya no valen —si hoy se demuestra que ya no valen— hagamos otras sin romper la baraja.
Mientras me tomo un vermú en la plaza como si fuera en el mes de abril, pienso en ello: seguramente es verdad. Lo que dice de la política y lo que me reprocha como escritor. Pero le doy más vueltas a esto último porque me pilla más cerca: el que publica nunca debe dar explicaciones sobre lo publicado; lo publicado ya no le pertenece: que el hipotético lector opine lo que le dé la gana o se quede sin opinar. La única disculpa que tengo es la inexperiencia. Lo dijo el rey viejo y lo repito yo: “me he equivocado; no volverá a ocurrir”.

jueves, 17 de diciembre de 2015

Y cien

Hoy jueves tocaba 'Lecturas'. Tengo, incluso, el texto que don Juan me ha mandado sobre los Diarios de Emilio Renzi de Ricardo Piglia —estupendo libro, que alaba sin reticencias—, pero me voy a saltar la norma: al fin y al cabo don Juan dice que esto es cosa mía y que haga lo que me dé la gana.
A saber por qué los seres humanos sentimos una rara atracción por las cifras redondas. Las cifras redondas vienen a ser como los hitos o mojones del camino: propicios para sentarse un rato, hacer balance de lo andado y planes sobre lo que nos queda por andar. De modo que aquí estoy: parado en la piedra de las cien entradas, pensando en cosas que no me habían llamado la atención, que hasta hace muy poco quedaban lejos de mis preocupaciones, y dándole vueltas a lo que hablamos el domingo pasado.
Les dije el domingo que yo estoy familiarizado con la prosa utilitaria, pero que a la literatura solo me he asomado como lector no demasiado exquisito. Por lo tanto, nunca me había hecho preguntas sobre asuntos que —ahora lo sé— traen de cabeza a los especialistas. Por ejemplo:
¿Por qué escribo? Jamás lo había pensado, esa es la verdad. Llevo un cuaderno en el que apunto —por entretenerme y para leerlo luego: lo mismo que se hacen fotos— cosas de las conversaciones con don Juan o de lo que venga al pelo. Nadie ha leído los cuadernos; a un amigo se lo comenté, y él tiene la culpa del blog. No me arrepiento: en este año he notado que hay considerables diferencias entre escribir para uno mismo, a mano, en el cuaderno de muelle, y escribir algo que otros pueden leer; esto último supone un reto, requiere aplicación, lleva tiempo… pero es como jugar: hay tensión e incertidumbre, apasiona. Así que podría decir que escribo como muchos se dan a la petanca, al bricolaje o a las cartas. Ahora bien, está el riesgo de enviciarse. Este año he cumplido escrupulosamente: todos los jueves a las siete de la mañana, y todos los domingos a las 23:58. De aquí en adelante me lo tomaré con calma, sin compromiso de puntualidad, sin ‘Lecturas’ los jueves: cuando salga escribiré de lo que salga.
¿Para quién escribo? Para los almagreños en primer lugar, indudablemente, porque la mayoría de los temas tienen que ver con Almagro. Pero agradezco muchísimo las demás visitas, y la fidelidad de los seguidores de Alemania, Francia, Reino Unido, Portugal, México… También, claro está, la de los cuarentaitantos almagreños que entran aquí dos veces a la semana. ¿Por qué lo harán?
¿Para qué escribo? Desde luego, no para cambiar la opinión ni los comportamientos de nadie; no para alcanzar notoriedad —en estos meses me he dado perfecta cuenta de qué temas gustan, no he caído en la tentación de agotarlos—: para entender yo mismo ciertas cosas, ordenarlas, digerirlas. Y para fijarme en asuntos de los que normalmente no se habla en Almagro. Si se hablara de ellos, quizá este blog no existiría.
¿Cómo escribo? Casi siempre de buen humor; bastantes veces con ironía. Y, dentro de la ironía, caben tres poses que he usado mucho: la solemnidad, la pedantería y la exageración. Yo quiero creer que cualquier lector avezado las habrá visto. Si no las ha visto, que no se culpe: será mi torpeza. También, con respeto a todas las personas; pero no con respeto a todas las ideas.
¿Por qué me oculto? En realidad, no me oculto: la prueba es que nadie ha reparado en mí. Yo he pretendido ser como el espejo que refleja lo que dice don Juan —destilando la libérrima palabra oral en letras de molde—. Si lo he hecho bien, ese es mi mérito; no quiero otro; y, menos que ninguno, el de la popularidad. En cuanto a don Juan, de él lo saben todo; aunque no lo sepan, está curado de espanto; es decir, quiere que sus opiniones se defiendan solas, que no estén tuteladas por ninguna autoridad. ¿No se aspira a eso hoy?
¿Y qué más? Que es un placer superar las 700 palabras de cada entrada. Y otro más grande durar un año.
¿El futuro? Mientras don Juan viva y venga, aquí estaremos. Pero ustedes no se sientan obligados a nada: lean tan solo cuando les apetezca. Y, si les gusta, convídennos a unos vinos.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Noventa y nueve

Desde el 11 de diciembre de 2014 estamos aquí. Se lo recuerdo:
—Ya hace un año que empezamos esto del blog.
Como quien se espanta las moscas, don Juan contesta:
—¿Que empezamos? A mí no me meta: el blog es cosa suya.
Y lleva razón. Desde el primer día quedó claro: yo iba a apuntar aquí, a mi manera y bajo mi responsabilidad, lo que más me llamara la atención de las conversaciones con don Juan. Por su parte, muy pocas veces ha comentado las entradas —si las ha leído o no, eso no lo sé— o me ha dado alguna queja sobre ellas. El facebook es distinto; el facebook —que tenemos a medias— le ha gustado y se ha llegado a interesar mucho por él y a meter baza con bastante desparpajo, quizá porque se parece más a una charla de amigos. De todas formas, insisto:
—Pues está teniendo bastante éxito, y muchos me preguntan por usted.
—No sé qué se entiende por éxito.
—Que lo han visitado más de siete mil personas.
—No lo creo: el blog habrá tenido siete mil y pico de visitas, pero no lo han visto —y, desde luego, no lo han leído siete mil personas. La cuenta debe ser otra: divida usted las visitas entre las entradas; eso le dará una medida más justa del éxito.
—Setenta y tantas —digo, con la euforia bastante menguada.
—Eso está mejor. Si descuenta las visitas del extranjero y las del resto de España, ¿cuántos almagreños cree usted que siguen el blog?
—Muy pocos —reconozco—: cuarenta o por ahí.
—Los números son muy adecuados para bajar los humos. Pero, si le digo la verdad, no me disgusta.
—¿Por qué?
—Porque las conversaciones íntimas son mejores que las multitudinarias.
Supongo que don Juan emplea conmigo el procedimiento de la ducha escocesa: antes agua fría, ahora calentita. Yo bien sé que las conversaciones íntimas son mejores que las multitudinarias: lo sabe todo el mundo. Pero este no es el caso: en las charlas de viva voz el público, poco o mucho, está asegurado y casi siempre atento. Pero los textos escritos publicados —y hasta los no publicados— tienen que buscarse la parroquia: unos llaman al lector a voces y otros en voz baja; ninguno tiene garantizado que acuda: el hipotético lector está en otras cosas, hay mucho donde escoger o no le da la gana prestar atención. La culpa, claro, no la tiene el lector hipotético, sino el osado autor: ¿quién le dijo a él que habría público?
Don Juan, a su manera, saca el pañuelo de lágrimas:
—No se flagele. Usted se ha esforzado. Usted ha intentado dar forma literaria a charlas de bar que discurrían informes, como todas las charlas de bar: desordenadas, confusas, titubeantes, deslavazadas, intermitentes, errabundas… Bastante ha hecho. Quizá el único reproche con el que deba usted cargar es que no ha recogido la confusión y el desorden; se ha centrado en lo serio y trascendente; alguien habrá podido pensar que somos una tertulia de pedantes, y que yo soy el mayor de todos: no me ha hecho ningún favor.
—Pues ha intrigado usted a los pocos lectores que conozco: todos me piden noticias. ¿Quién es don Juan?, preguntan.
—¿Lo ve? No me ha retratado bien. Si el retrato hubiera sido fiel, me reconocerían, coincidiría con lo que los almagreños ven constantemente: me tienen delante, todos los fines de semana me pueden encontrar paseando por el pueblo o en los bares; usted ha escrito dónde y cuándo nací, dónde he vivido, qué he estudiado, a qué me he dedicado y me dedico, cuáles son mis gustos y aficiones… Soy transparente, como se dice ahora. En cambio, el lector no sabe nada de usted.
—¿De mí? ¿Qué tendrían que saber de mí? Yo no soy nadie: el oyente; si acaso, el secretario de actas.
Verdaderamente, nunca había pensado en esto. Y parece que los lectores tampoco: nadie se ha interesado por mí: ¿es para estar satisfecho o para lamentarlo? Dejando aparte lo impertinente de la comparación, ¿quién es más importante, Nuestro Señor Jesucristo o los evangelistas? ¿Johnson o Boswell? Creo que no hay duda. En sentido contrario, don Juan tampoco la tiene:
—Puesto que es usted el escritor, todo lo escrito es suyo exclusivamente. Los demás somos personajes, marionetas. Usted nos da la vida y sostiene nuestras opiniones. Sin usted no somos nadie, no existimos. ¿No se da cuenta?
Me hace pensar. Él es filólogo: está familiarizado con la literatura y sus artificios. Yo soy oficinista: solo entiendo de prosa utilitaria. Quizá lleve razón. Pero, si la lleva, ¿tendré fuerzas para cargar con tanta responsabilidad, una vez que soy consciente de ella? No lo sé.

jueves, 10 de diciembre de 2015

Lecturas de don Juan: Gómez Cabezas

Orden de búsqueda y captura para un ángel de la guarda
José Ramón Gómez Cabezas
Ledoira
Toledo, 2014

Don Juan llegó a Gómez Cabezas hace dos veranos, gracias a la recomendación de González Calero, ese formidable agitador cultural. ¿Por qué entonces, si ha pasado ya más de un año desde que leyó la novela, la trae hoy aquí? Por tres razones: la primera, porque el otro día se presentó en Almagro, en la biblioteca; don Juan no asistió se enteró tarde, pero le gusta que el pueblo se abra a estas cosas. La segunda porque Almagro está presente en el libro y, además, gracias a un hecho proverbial: el fiasco aquel del torero Cagancho. Y la tercera, porque es un buen libro: tampoco, por desgracia, hay muchas buenas novelas que tengan como escenario estas tierras...
Orden de búsqueda... —el título, demasiado largo, no es un buen anzuelo para pescar lectores— es la segunda obra del autor, dedicado a la novela negra y ya con cierto prestigio en este mundo —efectivamente: más que un género, es un mundo— tan característico, y, en principio, ajeno a sus ocupaciones profesionales. Los protagonistas —¡a ver! forman pareja y resuelven misterios, aunque no precisamente mediante depurados razonamientos, y sufren vicisitudes que los integran en la acción. No son, por tanto, estos rasgos los más interesantes. Lo que da valor a la novela de Gómez Cabezas es que la trama está bien ideada; los episodios, bien enganchados; el misterio y la acción, en dosis justas; los personajes, convincentes; y los temas, de actualidad —sí, de actualidad... Pero, sobre todo, hay tres cosas que a don Juan le gustaron especialmente: el "ambiente" de la Ciudad Real del primer tercio del siglo XX, perfectamente evocado; el estilo, muy rico, expresivo y eficaz —mucho mejor que "la media" de lo que se escribe por aquí, incluso de lo que se escribe con pretensiones "literarias"—; y la estructura: en un escenario verdadero, Gómez Cabezas es capaz de insertar unos personajes y una trama verosímiles y servirse de ellos para propósitos de conocimiento y crítica de aquel mundo que no está tan lejos del nuestro; es más: que vive todavía en gran medida. Quiere eso decir que rara vez da puntada sin hilo, que todo está estudiado y sirve a un propósito y que ese propósito tiene más trascendencia que la resolución del consabido misterio.
El libro es, pues, muy estimable, aun a pesar de ciertos deslices cúpula triangular de la catedral, archidiócesis de Ciudad Real, "afectuosa diatriba sobre las múltiples virtudes", derecho canónigo, un hujier con hache y un ostias sin ella ...— y de dos dudas que a don Juan le rondan por la cabeza: en el primer tercio del siglo XX ¿alguien en Ciudad Real llamaba bebés a los recién nacidos, alguien decía género donde hasta hace nada se decía sexo?
Fuera de estas minucias, la novela merece la pena; así que léanla ustedes; cuesta catorce euros y pasarán un buen rato.

domingo, 6 de diciembre de 2015

Día de la Constitución

El año pasado don Juan no quiso tratar el asunto; hoy empieza con ganas:
—De todos los regímenes políticos que surgieron en Europa Occidental —lo de Europa Oriental es otra cosa— a finales de la primera mitad del siglo XX, el único que no hizo nada por integrar a los perdedores, y los machacó y humilló de todas las formas posibles, fue el franquismo. La perfidia del franquismo —primero muy sangrienta y, luego, principalmente administrativa— no tiene igual en Europa. Y su ruindad tampoco: López Camarena la describe muy bien —supongo que sin darse cuenta— en el prólogo al primer volumen de las Efemérides manchegas.
—Pues Franco se murió en la cama.
—Tenía muchos partidarios; a menudo el mal tiene muchos partidarios, no nos preguntemos por qué. Pero, si hubiera sido por los alemanes, los italianos o los franceses, Hitler, Mussolini y Pétain también habrían acabado los días plácidamente. Lo impidieron soviéticos, norteamericanos y británicos.
—Sin embargo, en Italia, en Alemania y, más todavía, en Francia, se dice lo contrario: que la mayoría de los ciudadanos se opuso a los fascismos.
—Autoengaño comprensible y muy práctico. No digamos nada de la oposición a Hitler en Alemania: inexistente; no hablemos tampoco de los partisanos de Italia: tres docenas; fijémonos en la heroica Resistencia Francesa —¡Mayúsculas Mayúsculas!—: lean ustedes a Chaves Nogales, reparen en que los primeros tanques que liberaron París se llamaban Teruel o Guadalajara e iban llenos de españoles. La resistencia francesa fueron cuatro gatos y la retórica eficacísima de De Gaulle en los micrófonos de la BBC.
—Cuando rompe usted a exagerar, don Juan…
—No exagero. Quienes exageraron, endulzando un poquillo la historia, fueron los nuevos regímenes que se impusieron tras la Segunda Guerra Mundial. Muy razonablemente, pensaron: si difundimos el mito de la resistencia casi unánime, no hace falta cargar la mano en las depuraciones y pronto todos viviremos en armonía dentro del mismo país. Añádanle a eso el Plan Marshall, mucha prudencia de los gobernantes, bastante misericordia de casi todos los ciudadanos —gatos escaldados—, generosidad para mirar hacia adelante, unos tragos de olvido… y ahí tienen: los mejores setenta y cinco años de la historia de Europa.
—Edificados sobre la mentira.
—No tanto; más bien, sobre la utilidad. La política no es el terreno de lo bueno y lo malo en abstracto, sino de lo práctico: lo bueno es lo útil; la Verdad —¡Mayúsulas Mayúsculas!—, sobre todo si se predica con énfasis, casi nunca es útil. Para que hubiera convivencia tuvo que haber olvido… porque la alternativa era tremenda: matar o excluir a más de la mitad de la población.
—¿Y en España?
—Ya les he dicho: el franquismo no lo hizo; la mezquindad congénita se lo impedía. Hubo que hacerlo, con treinta y tantos años de retraso, en la Transición. Los primeros que se dieron cuenta de la necesidad de la reconciliación racional fueron los comunistas. Producido el hecho biológico —el franquismo era maestro en eufemismos: la muerte de Franco—, todos confluyeron en que la reconciliación era inevitable para eludir males mayores. Cualquier reconciliación implica olvido. Y se olvidó. De aquel esfuerzo de generosidad y desmemoria, y de la correlación de fuerzas existente —es decir, del análisis racional de lo que había, no de las ilusiones y ensueños— nació la Constitución de 1978. Nunca los españoles han tenido tanto sentido práctico, nunca tanta sensatez —la sensatez es preferir el pájaro en mano a los ciento volando: descartar el heroísmo teatral—. El resultado ha sido excelente, dentro de lo que cupo, que es la única manera de medir la excelencia en la vida.
—Pues ahora no lo parece.
—La Constitución está vieja y renquea, pero los problemas que tiene son achaques de la edad y vicios de ejercicio —hablaremos de ambos algún día, no de origen.
—Los jóvenes no opinan eso.
—¿Cuántos y cuáles? Los jóvenes que usted dice son bastante cómodos y poltrones. Les gustaría que nosotros les hubiéramos dejado el mundo apañado para siempre, es decir, querrían vivir en el paraíso. Pero eso no es posible. Hicimos lo que pudimos con la mejor voluntad. Que hagan ellos ahora lo mismo: que se procuren un sistema político para otra larga temporada de libertades, convivencia pacífica y progreso económico. Que mejoren lo que les dejamos y corrijan sus faltas. Si son capaces, que nos juzguen a los de entonces; si no lo son...
—Qué duro es usted.
—No. Me fastidia el poco conocimiento de la realidad que tienen algunos. Los marxistas sí lo tenían. Pero ya no hay marxistas. Muchos jóvenes —signifique la palabra lo que signifique— son una especie de anarquistas light que se comportan como niños caprichosos. O como cristianos auténticos. No sabe uno qué es peor.
Creo que don Juan se parece hoy a los viejos gruñones que tanto detesta. Pero no se lo digo.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Lecturas de don Juan: García Baena

Mientras cantan los pájaros
Antología poética (1946-2015)
Pablo García Baena
Cátedra
Madrid, 2015


Hablaba don Juan el otro día de la importancia de las editoriales. Sigue insistiendo: ¿Cuánto le debemos a Cátedra? ¿Cuánto le debemos a la colección Letras Hispánicas? Desde hace ya muchos años, con pocos altibajos, Letras Hispánicas ha puesto a disposición de los estudiantes y del público culto no especialista las obras fundamentales de nuestra literatura desde el comienzo hasta la actualidad, en unos ejemplares manejables, duraderos, bien anotados y con estudios introductorios, aunque desiguales, de muy buen nivel. Y a un precio más que asequible. ¿Qué más se puede pedir? Que continúen mucho tiempo.
Por otra parte, aparecer en Letras Hispánicas es algo así como una consagración, tener garantizado el pasaporte a la posteridad, convertirse en clásico. Y quizá otros no tanto, pero el autor cuyo libro comenta hoy don Juan lo merece plenamente.
Pablo García Baena, que nació en Córdoba el día de San Pedro y San Pablo de 1921 —en bastantes sitios, incluida la Wikipedia, se dice que fue en 1923, pero el propio poeta le confesaba a Rodríguez Marcos en El País hace unos meses que nació en el 21—,  es tal vez el más importante poeta del llamado Grupo Cántico, en el que también se incluyen Ricardo Molina, Juan Bernier, Julio Aumente, Mario López... Los poetas de Cántico, tanto por sus obra como por sus biografías, fueron un fenómeno absolutamente extraordinario en la España de la época.
La poesía de García Baena es barroca, sensual, delicada, atenta a los misterios del mundo, introspectiva, a veces decadente y siempre muy consciente de la importancia del lenguaje, que el poeta maneja con virtuosismo. Por diecisiete euros se puede comprobar.
Aquí va una muestra, que tiene ecos obvios de Góngora:
            EL RINCÓN NATIVO
      Hermosa sí lo eras pero ruin y turbia.
      Y te invoqué de lejos cuando me preguntaron,
       llorándote perdida y te rogué, sumiso
       amante que ya teme leteos en la noche,
       y espera el abandono y es el ascua del celo
       como garra de cólera, adunco sacre torvo
       que el corazón rasgara goteante en balajes.
       Bella sí y deseada. Pero yo te hice mía
       y te muré en diamante, lapidario que talla
       en boato palabras para aderezo tuyo,
       sabiendo de tus urnas caducas de soberbia,
       de tus lúbricas ovas ahogando linfas claras.
       Mas en el duro jaspe se inscriben nuestros nombres
       para siempre, nupciales, los vínculos esdrújulos,
       mientras te yergues fría y desnuda en la almena
       de aquel excelso muro.