domingo, 8 de noviembre de 2015

Almágora

No pude acudir el viernes a la presentación de Almágora porque tenía un compromiso social ineludible —la cena de jubilación de un amigo—. Don Juan sí estuvo: hoy viene contento. El aprecio de don Juan por la especie humana experimenta altibajos: unas veces —ahora, por ejemplo— se encumbra a las alturas de la admiración, otras se arrastra por los suelos cenagosos del desdén.
—Don Juan, ni lo uno ni lo otro: ya sabe aquello de “la virtud, en el punto medio”.
—Ojalá fuera fácil la sensatez de Aristóteles. Por lo común, la humanidad es borreguil, mezquina, ignorante, pérfida, olvidadiza…
—Parece usted el fariseo de la parábola.
—Con una diferencia: yo no me creo mejor que los demás. Ocasionalmente, sin embargo, la humanidad es libre, generosa, inteligente, buena, agradecida…
—¿Por qué esos vaivenes?
—No lo sé, amigos. Los seres humanos, de uno en uno, son cada cual de su manera, y lo son desde muy chicos: desde que terminan el bachillerato; luego cambiarán poco, de modo que casi todas las vidas individuales se nos muestran coherentes y previsibles: conversiones como la de San Pablo no abundan. Por contra, las sociedades me parecen plásticas y moldeables: si alguien las seduce y las entusiasma las puede llevar adonde quiera y, si no hay nadie que las despierte, se estancan en la ramplonería rutinaria y va cada uno a su avío.
—Entonces, lo de Almágora…
No me deja terminar. Le sale el entusiasmo a borbotones:
—Lo de Almágora es un pequeño milagro desde el mismo nombre. Querer reavivar el alma de Almagro y convertirlo en ágora donde todos tengan cabida y voz, y todo se pueda argumentar es un propósito estupendo. ¿No se han dado cuenta ustedes de que muchas veces Almagro parece estar mudo? ¿De que las cosas que ocurren, buenas o malas, no alcanzan repercusión ni para bien ni para mal? En algún momento he llegado a pensar que esta mudez estruendosa se debe a la sordera: los almagreños no hablan —civilizadamente, quiero decir; otra cosa es el balbuceo inarticulado, el griterío primitivo de la maledicencia y la murmuración, los lloriqueos pueriles— porque ni oyen ni atienden. Y si les llega en sueños, como un rumor distante, / clamor de mercaderes de muelles de Levante, / no acudirán siquiera a preguntar qué pasa.
—Exagera usted, don Juan.
—Exagero aposta. Quiero resaltar que estos muchachos —para don Juan todo el que tenga menos de sesenta años es un muchacho: yo mismo casi— de Almágora, con solo el entusiasmo, han conseguido crear una máquina que sacuda y despierte a los almagreños, que los seduzca, que les haga ver que lo que tienen es muy importante —porque es casi único— y que bien conocido y gestionado puede convertirse en mina inagotable. Y lo han hecho altruistamente. ¿Está justificado el entusiasmo?
—Habrá que ver cómo se desenvuelven.
—Habrá que verlo, sí. Pero, por lo pronto, llenaron la iglesia de Nuestra Señora del Rosario; la gente estuvo atenta y maravillada; el montaje fue espectacular; los objetivos quedaron clarísimos; la lección de historia que nos dio Hidalgo, inmejorable; hubo patrocinadores para el convite final y para cuidar de los niños mientras el acto; las autoridades prometieron apoyo; los comentarios que oí al salir, además de admiración, expresaban confianza…
—¿Nada le disgustó? Usted suele ser crítico.
—No. No me disgustó nada. Yo también salí entusiasmado. Los viejos, que acostumbramos a ser bastante escépticos, necesitamos cosas así: nos revitalizan. A mí lo de Almágora me reconcilió con la humanidad almagreña, no ya por los organizadores, sino por el público: Almagro estaba muerto y ha resucitado; estaba perdido y lo hemos encontrado.
—A ver si la sobredosis de entusiasmo le ha producido alucinaciones…
—Pudiera ser; no lo descarto. Tampoco lo lamento: si este arbolillo que plantaron anteanoche recibe los cuidados que merece, dentro de unos años podremos descansar bajo su sombra frondosa. Yo espero verlo. Espero ver restaurado el magnífico edificio de la iglesia que nos cobijó el otro día y espero ver cómo los almagreños, todos a una, conocen, protegen y mejoran el patrimonio. Y también que lo explotan bien y le sacan rendimiento.
—¿Qué cuidados hacen falta?
—Que muchos se sumen a este empeño, cada uno con lo que tenga: imaginación, conocimientos… o dinero. El que tenga dinero que ponga dinero —los empresarios, a cambio de publicidad; los hosteleros, a cambio de clientes—. Y que nadie atraviese obstáculos. Estos muchachos —vuelve a decir muchachos y la palabra rezuma esperanza— no se pueden desanimar.
El entusiasmo es contagioso pero volátil. Para espantar los pajarracos de la volatilidad pienso en la parábola del grano de mostaza. Decido también que mañana mismo me haré socio: solo son veinte euros al año.