domingo, 18 de octubre de 2015

Guerra de religión

Don Juan ha cumplido setenta y seis años. Ayer nos invitó a comer ―sencilla pero deliciosamente― en Navaltizón. De regalo le llevamos un facsímil del Lumen ad revelationem gentium de Fray Alonso de Oropesa, que nos ha costado un dineral. Don Juan no es bibliófilo; pero nos agradece el regalo porque últimamente lee mucho sobre las tribulaciones religiosas que asolaron España desde mediados del siglo XIV. Con frecuencia ―a los viejos les pasa―, siente nostalgia de lo que pudo haber sido: ¡Ay si Cartagena, Oropesa, Talavera... hubieran ganado la partida!
¿Cantones de la Primera República? ―pregunta un amigo con retintín.
Don Juan elude la broma:
No. Alonso de Cartagena, Alonso de Oropesa, Hernando de Talavera y muchos más fueron españoles inteligentes, cultos y tolerantes que se enfrentaron con argumentos a otros cerriles, y acabaron perdiendo. Si hubieran triunfado, hoy España sería distinta y probablemente mejor. Ya hablaremos de eso.
Comemos y bebemos, damos un repaso a la actualidad, y luego ―alto honor― tomamos café y copas en la biblioteca. En la mesa de trabajo tiene varios libros y un cuaderno de anotaciones. Cuando veo los libros de alguien curioseo disimuladamente. Aquí están la Biblia del Oso que publicó Alfaguara ―llevo dos o tres años buscándola―, el Diálogo de la doctrina cristiana, la Historia de los jerónimos del Padre Sigüenza, el Defensorium de Cartagena, la Sentencia-estatuto de Sarmiento, el Memorial del bachiller Marquillos y ediciones de Espina, Lea, Netanyahu, Castro, Bataillon, un tomo de los Heterodoxos...
Se habla de religión y religiosidad. Alguien nos enseña ―en el teléfono, ese aparato fascinante, milagroso, que está de moda denigrar― una entrada en el facebook de la Hermandad del Cristo de la Columna de Bolaños. Últimamente se han acumulado en Bolaños varios sucesos desgraciados, algunos con tintes dramáticos. Desde el Paleolítico, en lugar de aceptar que estas cosas pasan sin más, la gente se pregunta por la causa. Y en Bolaños han dado con ella: ¡la coincidencia extraordinaria ―por obras en la ermita― de las imágenes del Cristo de la Columna y la Virgen del Monte en la iglesia parroquial! Los astrólogos proceden lo mismo: de la conjunción de los planetas surgen los hilos que gobiernan la vida de las personas, peleles zarandeados. A nosotros nos parece, claro está, una insensatez descabellada, pero el asunto ha debido alcanzar proporciones considerables puesto que la propia Hermandad ―al fin y al cabo, institución eclesiástica, si bien de carácter subalterno― se ha creído en la obligación de emitir este comunicado, que leemos con asombro. Todos miramos a don Juan. Él se escabulle:
De teología entiendo poco. Pero las represalias del Dios del Antiguo Testamento son tremendas, y por cualquier minucia; de modo que los feligreses habrán escarmentado en cabeza ajena: ¡a ver si la cercanía forzada del Cristo y la Virgen…!
¡Don Juan…!
Lo que quiero decir es que quienes piensan estas simplezas están pensando de manera religiosa: los dioses son seres caprichosos y poderosísimos a los que no conviene contrariar.
Pero el Dios de los cristianos no es así: Dios es amor.
Eso dicen. Pero no nos explican por qué, entonces, hay tanto sufrimiento en el mundo.
El asunto del mal en el mundo es muy complicado.
Complicadísimo. Sobre todo si se cree en un solo Dios omnipotente, bueno y misericordioso, paternal, que nos ama. Los hombres y mujeres comunes tienen muy difícil encajar una cosa con la otra.
No sabemos qué replicar. Estas cosas, cultivados y racionales como somos, algo descreídos, nos preocupan poco: rara vez pensamos que alguien sobrenatural intervenga en nuestras vidas. Don Juan prosigue:
El pensamiento religioso ―que no es exactamente igual que la magia o la superstición― ha evolucionado a lo largo del tiempo: de la evidencia de que nuestra suerte no depende siempre de nosotros al interés ―muy comprensible― de congraciarnos con las fuerzas ajenas a nosotros que nos influyen; y, después, a personificarlas y a reducirlas a una.
Porque es más práctico entenderse con un solo jefe resolutivo que con muchos jefecillos accesorios… ―añade un irreverente.
Don Juan lo mira; no sé si asiente.
Más adelante, las religiones monoteístas tienden a convertirse en iglesias jerárquicas y burocratizadas con respuesta para todo. Pero bajo la buena capa que todo lo tapa del catolicismo o del islam continúan viviendo y gozando de buena salud bastantes religiones primitivas: animismos, politeísmos, sincretismos varios… Esto de Bolaños es un buen ejemplo. Así que, de alguna manera, estamos asistiendo a un nuevo capítulo en el innumerable sucederse de las guerras de religión. Ganará la Iglesia, pero no se acabará la disidencia.