jueves, 17 de septiembre de 2015

Lecturas de don Juan: 'La España de los pingüinos'

La España de los pingüinos
Enric Juliana
Destino
Barcelona, 2006


Hace ya muchos años, en Almagro se podía comprar La Vanguardia. Todos los días, dos o tres ejemplares formaban en el quiosco un montón ridículo junto a los montones mucho más altos de los periódicos de Madrid. Don Juan nunca llegó a saber quién o quiénes serían los compradores, pero se los imaginaba cultivados, apacibles y poco proclives a la teatral indignación que promovían —todavía promueven— algunos diarios de la capital. Aquellos desconocidos lectores de La Vanguardia —y ahora ustedes también, si tienen la curiosidad de asomarse a la edición digital— leerían, sin duda, las muy agudas crónicas que enviaba desde Madrid Enric Juliana. Juliana es un periodista a la vieja usanza, en la estela de otros grandes periodistas catalanes —Gaziel, Pla— que cuidan mucho la vertiente literaria del periodismo sin olvidar que este se reduce a tres cosas: observar, entender y contar.
Juliana publicó en 2006 el libro que ahora, con cierta melancolía, relee don Juan. Algunos de los nombres que en él aparecen se han diluido en la penumbra del olvido y uno tiene que hacer esfuerzos para rememorarlos, pero la realidad que describe, las nubes que otea en el horizonte, los riesgos sobre los que llama la atención siguen vigentes y, desgraciadamente, con pronóstico más incierto. Por eso merece la pena leer este libro: está escrito por alguien convencido de la bondad de España, cree que merece la pena trabajar por el entendimiento, pero duda de la sensatez de los españoles para asegurarle la continuidad. Si ustedes vieran a un ciego correr hacia el abismo ¿no le avisarían del riesgo, no le pedirían que se parara? Pues eso hace Juliana en resumidas cuentas. Y con una prosa excelente.
Si no encuentran este ejemplar —que a don Juan le costó dieciocho euros y medio—, pueden comprar España en el diván, un volumen que agrupa a La España de los pingüinos (2006), La deriva de España (2009) y Modesta España (2012). Cuesta veinticuatro euros, algo menos de siete en electrónico. Les vendrá bien: entender lleva más esfuerzo que descalificar, pero es mucho más sensato.